Archivo de la categoría: BIOGRAFIA

DOCTOR DE LA IGLESIA

BENEDICTO XVI, DOCTOR DE LA IGLESIA… esta frase es la noticia que nos gustaría dar algún día no muy lejano, ya que consideramos que el Papa Emérito es digno de tal merecimiento tal y como ha quedado reflejado con vuestros comentarios en nuestro blog:

https://ratzingerganswein.wordpress.com/b-xvi-doctor-de-la-iglesia-ya/

Queremos agradeceros todo el apoyo y cariño que durante todo este tiempo hemos recibido, ha sido una gran experiencia para nosotras el poder compartir el gran legado del Papa Emérito, alguien que sin querer nos unió en el Señor y que sus enseñanzas hemos intentado plasmarlas en este blog desde nuestro punto de vista con el máximo respeto.

Siempre quedará una parte de nosotras en este blog, en el que la siguiente entrada que quisiéramos realizar sería precisamente la del nombramiento como DOCTOR DE LA IGLESIA. Esa sección permanecerá activa para todo aquel que quiera dejar su comentario.

https://ratzingerganswein.wordpress.com/category/suscribe-la-iniciativa/

¡¡¡Gracias por haber compartido todo este tiempo con nosotras!!!

Un abrazo en el Señor y que Dios os bendiga.

DOCTOR DE LA IGLESIA

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ANIVERSARIO ORDENACIÓN SACERDOTAL JOSEPH RATZINGER

29 de Junio de 1951, catedral de Frisinga, Joseph Ratzinger recibe la consagración sacerdotal por S. Emcia Rvma. Michael cardenal von Faulhaber, arzobispo de Munich y Frisinga.

CATHOLICVS-Recordatorio-Ordenacion-Ratzinger-Ordination-Card-Ratzinger

Consagración sacerdotal y Primera Santa Misa 29 de Junio Freising – 1951 – 08 de Julio Traunstein Joseph Ratzinger

“Vídeo Diócesis de Ciudad del Este”

No somos dueños de vuestra fe, sino servidores de vuestro gozo (2 Cor 1, 24)

“(…) Éramos más de cuarenta candidatos; cuando fuimos llamados respondíamos “Adsum”: “Aquí estoy”. Era un espléndido día de varano que nace inolvidable como el momento más importante de mi vida. No se debe ser supersticioso, pero en el momento en que el anciano arzobispo impuso sus manos sobre las mías, un pajarillo -tal vez una alondra- se elevó del altar mayor como si una voz del Cielo me dijese: “Va bien así, estás en el camino justo”. Siguieron después cuatro semanas de verano que fueron como una única y gran fiesta.

Ver biografia

PRIMERA PARROQUIA

Joseph Ratzinger neo-presbítero en el altar mayor de la iglesia de St. Oswald en Traunstein, donde dijo su primera misa el 8 de julio de 1951

El día de la primera misa, nuestra iglesia parroquial de San Osvaldo estaba iluminada en todo su esplendor y la alegría, que casi se tocaba, envolvió a todos en la acción sacra, en la forma vivísima de una “participación activa”, que no tenía necesidad de una particular actividad exterior. Estábamos invitados a llevar a todas las casas la bendición de la primera misa y fuimos acogidos en todas partes -también entre personas completamente desconocidas- con una cordialidad que hasta aquel momento no me podría haber imaginado. Experimenté así muy directamente cuán grandes esperanzas ponían los hombes en sus relaciones con el sacerdote, cuántos esperaban su bendición, que viene de la fuerza del sacramento. No se trataba de mi persona ni la de mi hermano: ¿qué podrían significar, por sí mismo, dos hermanos, como nosotros, para tanta gente que encontrábamos? Veían en nosotros unas personas a las que Cristo habían confiado una tarea para llevar su presencia entre los hombres; así, justamente porque no éramos nosotros quienes estábamos en el centro, nacían tan rápidamente relaciones amistosas. (…)”

 
REFERENCIAS:

24/04/2005: INICIO PONTIFICADO BENEDICTO XVI

SANTA MISA IMPOSICIÓN DEL PALIO Y ENTREGA DEL ANILLO DEL PESCADOR


EN EL SOLEMNE INICIO DEL MINISTERIO PETRINO DEL OBISPO DE ROMA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

PLAZA DE SAN PEDRO – DOMINGO 24 DE ABRIL DE 2005

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Señor Cardenales,
venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
distinguidas Autoridades y Miembros del Cuerpo diplomático,
queridos Hermanos y Hermanas 

Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto de las letanías de los santos: durante los funerales de nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión de la entrada de los Cardenales en Cónclave, y también hoy, cuando las hemos cantado de nuevo con la invocación: Tu illum adiuva, asiste al nuevo sucesor de San Pedro. He oído este canto orante cada vez de un modo completamente singular, como un gran consuelo. ¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 años ha sido nuestro pastor y guía en el camino a través de nuestros tiempos. Él cruzó el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. Pero no dio este paso en solitario. Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos podido invocar a los santos de todos los siglos, sus amigos, sus hermanos en la fe, sabiendo que serían el cortejo viviente que lo acompañaría en el más allá, hasta la gloria de Dios. Nosotros sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está entre los suyos y se encuentra realmente en su casa. Hemos sido consolados de nuevo realizando la solemne entrada en cónclave para elegir al que Dios había escogido. ¿Cómo podíamos reconocer su nombre? ¿Cómo 115 Obispos, procedentes de todas las culturas y países, podían encontrar a quien Dios quería otorgar la misión de atar y desatar? Una vez más, lo sabíamos; sabíamos que no estamos solos, que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todo vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como fruto de su resurrección.

La Iglesia está viva: de este modo saludo con gran gozo y gratitud a todos vosotros que estáis aquí reunidos, venerables Hermanos Cardenales y Obispos, queridos sacerdotes, diáconos, agentes de pastoral y catequistas. Os saludo a vosotros, religiosos y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de Dios. Os saludo a vosotros, fieles laicos, inmersos en el gran campo de la construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier manifestación de la vida. El saludo se llena de afecto al dirigirlo también a todos los que, renacidos en el sacramento del Bautismo, aún no están en plena comunión con nosotros; y a vosotros, hermanos del pueblo hebreo, al que estamos estrechamente unidos por un gran patrimonio espiritual común, que hunde sus raíces en las irrevocables promesas de Dios. Pienso, en fin –casi como una onda que se expande– en todos los hombres de nuestro tiempo, creyente y no creyentes.

¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, la he podido exponer ya en mi mensaje del miércoles, 20 de abril; no faltarán otras ocasiones para hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. En lugar de exponer un programa, desearía más bien intentar comentar simplemente los dos signos con los que se representa litúrgicamente el inicio del Ministerio petrino; por lo demás, ambos signos reflejan también exactamente lo que se ha proclamado en las lecturas de hoy.

El primer signo es el palio, tejido de lana pura, que se me pone sobre los hombros. Este signo antiquísimo, que los Obispos de Roma llevan desde el siglo IV, puede ser considerado como una imagen del yugo de Cristo, que el Obispo de esta ciudad, el Siervo de los Siervos de Dios, toma sobre sus hombros. El yugo de Dios es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es la vía de la vida, era la alegría de Israel, su gran privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios, en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica –quizás a veces de manera dolorosa– y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y así, no servimos solamente Él, sino también a la salvación de todo el mundo, de toda la historia. En realidad, el simbolismo del Palio es más concreto aún: la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad –todos nosotros– es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte así en el símbolo de la misión del pastor del que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy. La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud. El símbolo del cordero tiene todavía otro aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: “Yo soy el buen pastor […]. Yo doy mi vida por las ovejas”, dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. “Apacienta mis ovejas”, dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros. 

El segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del Ministerio petrino es la entrega del anillo del pescador. La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene después de la narración de una pesca abundante; después de una noche en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, “aunque eran tantos, no se rompió la red” (Jn 21, 11). Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: “Maestro, por tu palabra echaré las redes”. Se le confió entonces la misión: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres” (Lc 5, 1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo.

Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita la llamad a la unidad. “Tengo , además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor” (Jn 10, 16), dice Jesús al final del discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constatación: “Y aunque eran tantos, no se rompió la red” (Jn 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto, quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes! Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor, acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!

En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén.

 

 

19/04/2005: HABEMUS PAPAM – BENEDICTO XVI

BENEDICTO XVI

19 de Abril de 2005

Annuntio vobis gaudium magnum;
HABEMUS PAPAM:

Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum,
Dominum Josephum
Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Ratzinger
qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI

Os anuncio un gran gozo;
TENEMOS PAPA:

El eminentísimo y reverendísimo Señor,
Don Joseph
Cardenal de la Santa Iglesia Romana Ratzinger
quien se ha impuesto el nombre de Benedicto XVI

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  •  Bendición Urbi et Orbi (19 de abril de 2005)

Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor.

Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones.

En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!”

CÓNCLAVE 2005

El cónclave de 2005 comenzó el 18 de abril de 2005 y terminó al día siguiente. Los miembros del Colegio Cardenalicio de la Iglesia Católica Romana eligieron al sucesor del fallecido Papa Juan Pablo II.

Resultó electo el cardenal Joseph Ratzinger, de 78 años, desde entonces conocido como Benedicto XVI

VOTACIONES:

Primer día, lunes 18 de abril

Las actividades del primer día consistieron en una Misa matinal “para la Elección del Pontífice Romano” (latín: Pro Eligendo Romano Pontífice) presidida por el decano del Colegio Cardenalicio (entonces el cardenal Ratzinger) en la Basílica de San Pedro, seguido por la reunión de los cardenales en la Capilla Sixtina del Palacio Apostólico de la Ciudad del Vaticano en la tarde para una ronda de votación.

Los cardenales se reunieron en primer lugar en el Aula de las Bendiciones, a las 4:00 de la tarde, hora de Roma, donde hubo un breve momento de oración presidido por el decano. Luego, se dirigieron procesionalmente, a través de los ambientes del Palacio Apostólico, a la Capilla Sixtina en medio de cantos de letanías a los santos. Tras ubicarse en sus sitios, se cantó el Veni Creator (Himno al Espíritu Santo). El Decano del Colegio Cardenalicio leyó el juramento y luego cada cardenal elector afirmó el juramento colocando su mano sobre el Nuevo Testamento. El cardenal Ratzinger, fue el primero en avanzar, seguido por el vicedecano, cardenal Angelo Sodano y el resto de los cardenales. Era la primera vez que los ojos del mundo podían ver esta parte de la ceremonia.

Solamente los cardenales Baum y Ratzinger habían participado previamente en un cónclave (los de 1978). Dos cardenales se diferenciaban por su vestimenta; el cardenal Ignacio Moisés I Daoud de la Iglesia Católica Siria y el cardenal Lubomyr Husar de la Iglesia Católica Griega de Ucrania.

Posteriormente, el arzobispo Piero Marini, Maesto de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, pronunció las palabras “extra omnes” (todos fuera), indicando que aquellos que no participaran en el cónclave debían salir del recinto. A continuación los miembros del coro, los guardias de seguridad, ceremonieros, la prensa, y demás personal abandonó la capilla y las puertas de la Capilla Sixtina se cerraron, indicando que los cardenales iniciaban el cónclave.

Se observó humo negro (fumata nera) en el techo de la Capilla Sixtina hacia las 8:00 de la noche, hora del Vaticano, indicando que la primera votación se realizó sin que se eligiera un nuevo Papa.

Segundo día, martes 19 de abril

A mediodía nuevamente hubo humo negro, pero a las 16:50h (UTC) hubo fumata blanca en el Vaticano. Un nuevo Papa ha sido elegido en la cuarta votación. A las 17:04 (UTC) las campanas de San Pedro repicaron saludando y confirmando la elección.

Desde ese momento Joseph Ratzinger, que tomó el nombre de Benedicto XVI, fue quien sucedió a Juan Pablo II al frente de la Iglesia católica, hasta su renuncia en febrero de 2013.

10 ANIV HABEMUS PAPAM BENEDICTO

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REFERENCIAS:

http://www.elmundo.es/especiales/2005/04/sociedad/nuevo_papa/albumes/album01/

http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%B3nclave_de_2005

BIOGRAFÍA JOSEPH RATZINGER

INFANCIA

Joseph Aloisius Ratzinger nació el 16 de de abril de 1927, Sábado Santo, en Martktl am Inn, a las 04:15 de la mañana, diócesis Passau, en la dirección Schultrße 11, en Alemania.

La fecha de su nacimiento fue el último día de la Semana Santa, (en aquel entonces, la Pascua se celebraba en sábado), víspera de la noche de Pascua de Resurrección: fue bautizado ese mismo día a las 08:30 con agua apenas bendecida de la noche Pascual; bautizado con la nueva agua, era un importante signo premonitorio: “Siempre ha sido muy grato para mí el hecho que, de este modo, mi vida estuviese ya desde el principio inmersa en el ministerio pascual, lo que no podía ser más que un signo de bendición”.

Es el tercero y más joven de los hijos de Joseph Ratzinger (6 de Marzo de 1877 – 25 de agosto de 1959), [“Después de la muerte de mi padre sentía que el mundo se había vuelto un poco más vacío para mí y que una parte de mi persona, de mi hogar, se había marchado al otro mundo”], un oficial de policia y Maria Rieger, (7 de enero de 1884 – 16 de diciembre de 1963), [“Mi madre cerró para siempre los ojos, pero la luz de su bondad permaneció y para mí se convirtió cada vez más en una demostración concreta de la fe por la que se había dejado moldear”].

Su hermano Georg Ratzinger, (nacido en 1923), también es sacerdote: Mi hermano ha sido siempre no sólo un compañero, sino además un guía fiable. Ha constituido para mí un punto de orientación y de referencia con la clarividencia y la determinación de sus decisiones. Siempre ma ha indicado el camino que debía tomar incluso en situaciones difíciles”. Su hermana Maria Rarzinger, (nacida en 1921), nunca se casó y administró la casa de su hermano Cardenal hasta su muerte en 1991. En el recordatorio de defunción decía: “Durante 34 años sirvió a su hamano Joseph en todas las estaciones de su camino con incansable entrega y gran bondad y humildad”.

Niño enfermizo. A los dos o tres años contrajo la grave enfermedad de difteria, y años más tarde estuvo a punto de fallecer por una picadura de abeja, de cuyo veneno es alérgico.
Como todos los niños tenía sus caprichos. El pequeño Joseph quedó fascinado por un osito de peluche llamado “Teddy” que se encontraba en el escaparate de la tienda de juguetes en su pueblo natal de Marktl. Paco antes de las Fiestas Navideñas el osito desapareció de su lugar. El pobre niño lloró amargamente sin saber la sorpresa que le esperaba. En Navidad, cuando entró en la sala donde se encontraban los ragalos, allí esperaba por él “Teddy”, El Niño Jesús se lo había traído. Su hermano Georg comento que “sin duda fue la mayor alegría de su niñez”
Cuando contaba con la tierna edad de cuatro años, Ratzinger estaba con un grupo de niños que dieron la bienvenida al Cardenal Faulhaber, Arzobispo de Múnich y Frisinga que asistía a una confirmación en Titmoning, nuevo lugar de residencia de la familia. El Cardenal se desplazaba en un espectacular coche negro y cuando este descendió de él dirigió una mirada majestuosa a la multitud, esto le impresionó tanto que constató: “Un día seré Cardenal”. Otra vez su hermano Georg, afirma, que fue la frase de un pequeño soñador. Días después de este acto, sus padres contrataron a un pintor para que blanqueara su casa, cuando el niño vio el cambio que había transformado su hogar declaró: “Un día seré también pintor”.
En 1932 se vuelven a trasladar, la mudanza fue difícil de asimilar, aunque pronto se sintirían en casa. Esta vez vivirían en Aschau del Eno: “próspero pueblo campesino con grandes y vistosas granjas”. El nuevo domicilio contaba con un pequeño estanque que utilizaban como vivero de carpas, Joseph, como a cualquier niño, le gustaba explorar, rodar por el suelo y bajar resbalando la pendiente que llevaba hasta el estanque. Una vez cayó al agua corriendo el peligro de ahogarse. Todos reaccionaron con rapidez consiguiendo recatarlo de una muerte segura. Hoy nadie puede localizar la situación del estanque. Pocos días después del incidente fue rellenado. Fue aquí  donde vivió su tiempo escolar, en la década de los 30, después del fortalecimiento del nacionalsocialismo.
En 1937, el patriarca de la familia, pasa al retiro y toda la familia va a vivir a Hufschlag, en las afueras de la ciudad de Traunstein; este lugar es recordado por Ratzinger como el “verdadero hogar”. Aquí pasaría la mayor parte de sus años adolescentes. Inicia sus estudio en el Gymnasium de lenguas clásicas, donde aprende latín y griego.
En 1939, a pesar de que sus padres tenían algunas cargas económicas, lo enviaron al Seminario de San Miguel, donde se desempeñó como estudiante dedicado, dando su primer paso en la carrera eclesiástica.

ADOLESCENCIA Y VIDA ACADÉMICA

En 1943, él y todos sus compañeros de clase son reclamados al Flack, (escuadrón antiáreo), sin embargo, se les permitía asistir a clase tres veces por semana.
“El 10 de septiembre de 1944 en el periodo de edad del servicio militar, nos licenciaron del servicio antiaéreo en el que habíamos prestado servicio desde que éramos estudiantes. Cuando volví a casa, sobre la mesa estaba ya la llamada para el servicio laboral del Reich”.
Continúa D. Joseph: “Una noche nos sacaron de la cama y nos hicieron formar filas, medio dormidos, vestidos de chandal. Un oficial de las SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos a enrolarnos como “voluntarios en el cuerpo de las SS, aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo reunido. . Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacedote católico. Fuimos cubiertos de escarnio e insultos, pero aquellas humillaciones nos superion a gloria, porque sabíamos que nos librábamos de la amenaza de este enrolamiento falsamente “voluntario” y de todas las consecuencias.
En la primavera de 1945, mientras se acercan las fuerzas aliadas, Joseph Ratzinger se convirtió en desertor y regresa a su casa en Traunstein, pero fue hecho prisionero por soldados aliados en un campo cerca de Ulm. “Mi padre y mi madre consiguieron procurarme todo tipo de cosas útiles para los días de camino que me esperaban y yo mismo metí en el bolsillo un gran cuaderno y un lápiz – una elección aparentemente poco práctica, pero, en realidad, ese cuaderno se convirtió en un compañero maravilloso, porque día a día fui escribiendo en él pensamientos y reflexiones de todo tipo, incluso llegué a intentar hacer composiciones en haxámetros griegos”.
El 19 de junio de ese mismo año es liberado y regresa al hogar en Traunstein, lo sigue su hermano Georg en julio.
“… Al verme de repento vivo delante de él, mi padre estaba fuera de sí de alegría… Nunca en mi vida he comido una comida con tanto gusto como el almuerzo que preparó mi madre aquella vez con los productos de nuestro huerto”.
Después de ser puesto en libertad, en cuanto alumno del seminario diocesano, entonces sito en Traunstein, hizo su examen de bachillerato en “Chiemgan – Gymnasiium”, (Instituto Chiemgan).
Desde 1946 hasta 1951, Ratzinger estudió Teología Católica y Filosofía en la Universidad de Teología y Filosofía de Freising, así como en el Herzogliches Greorgianum de la Universidad de Múnich y en la Universidad de Friburgo. Sus mayores influencias filosóficas, después de un periodo de interés por el neo – kantismo, fueron sobre todo las obras de Gertrud von le Fort, Ernst Wiechert, Elisabeth Langgässer, Theodor Steinbüchel, Martin Heidegger y Karl Jaspers. Igualmente se refiere a Fiódor Dosyevski como una fuente de influencia literaria.
En cuanto a los Padres de la Iglesia, estudió con interés a San Agustín de Hipona, (“En la facultad de teología era costumbre que cada año se propusiese un tema de concurso cuyo argumento debía elaborarse en el espacio de nueve meses y que había de firmar de forma anónima y presentar bajo un seudónimo. Si un trabajo obtenía el premio, [que consistía en una suma de dinero bastante modesta], era asimismo automáticamente aceptado como disertación con la calificación de “summa cum laude”; al ganador se le abrían así las puertas del doctorado […]. El tema elegido por el maestro fue: “Pueblo y casa de Dios en la Enseñanza sobre la Iglesia de San Agustín”).
Respecto de los escolásticos, su interés se centró en San Buenaventura. Su primer escrito de tesis sobre San Buenaventura le fue devuelto en 1954 con una severa crítita del Profesor Michael Schmaus. Sus enfoques empezaban a romper esquemas tradicionales de la época, lo que le ocasionaba alguna incompresión y dificultad. “Mientras las dos primeras partes estaban repletas de anotaciones polémicas que, por otro lado, sólo raramente me parecían convincentes y que, algunas veces, se aclaraban dos páginas más adelante, la última parte de mi trabajo había quedado totalmente libre de observaciones de críticas. Tuve así una idea para salvar mi trabajo. Aquello que había escrito sobre la teología de la historia de Buenaventura estaba estrechamente ligado al conjunto del libro, pero poseía de algún modo su autonomía. Dado que, a pesar de las duras críticas a mi trabajo, esta parte había permanecido sin observaciones negativas, no había ahora ninguna posibilidad de declararla a posteriori científicamente inaceptable”. 
Después de la reunión del Consejo, el decano se dirigió al pasillo donde esperaba Ratzinger, y le comunicó de una manera completamente informal que había superado el examen y que era apto para la docencia. “En ese momento no alcancé a sentir alegría alguna; tan grande había sido la pesadilla que había pasado”.

ORDENACIÓN, SACERDOTE, ARZOBISPO Y CARDENAL

El 29 de junio de 1951, recibió, junto a su hermano Georg, el Sacramento del Orden Sacerdotal en la Catedral de Freising.
“No se debe ser supersticioso, pero en el momento en que el anciano arzobispo impuso sus manos sobre las mías un pajarillo – tal vez una alondra – se elevó del Altar Mayor de la Catedral y entonó un breve canto gozoso; para mí fue como si una voz de lo algo me dijese: vas bien así, estás en el camino justo”.

Padres de los hermanos Ratzinger el día de la Ordenación de ambos.

Ratzinger se eirgió, en uno de los teólgos de referencia del Concilio Vaticano II. A sus 25 años, el bávaro tenía un admirable bagaje como docente.

Como asesor del Cardenal Frings, defendió un debate abierto y una elaboración de los textos creativa y una nueva manera de exponer las verdades centrales del cristianismo como la
Revelación o la Salvación.
El 25 de marzo de 1977, el Papa Pablo VI lo nombró Arzobispo de Múnich y Freising. El 28 de mayo recibió la Ordenación Episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano después de ochenta años que asumió el gobierno pastoral de la gran archidiócesis bávara. Escogió como lema episcopal: “COLABORADOR DE LA VERDAD” y él mismo lo explicó:
“Por un lado, me parecía que expresaba la relación entre mi tarea previa como profesor y mi nueva misión. Aunque de diferentes modos, lo que estaba y seguía estando en juego era seguir la verdad, estar a su servicio. Y, por otro, escogí este lema porque en el mundo de hoy el tema de la verdad es acallado casi totalmente; pues se presenta como algo demasiado grande para el hombre y, sin embargo, si falta la verdad todo se desmorona”.
Pablo VI lo creó Cardenal, con el título presbiteral de “Nuestra Señora de la Consolación del Tiburtino”, en el Consistorio del 27 de junio del mismo año, deslumbrado por las lecturas de las diversas obras de Ratzinger.
En 1978 fue testigo del llamado “verano de los tres Papas”: Pablo VI, el efímero Juan Pablo I y Juan Pablo II. Asistió al cónclave celebrado en octubre del mismo año que eligió a Karol Wojtyla como Santo Padre.
El joven Cardenal quedó deslumbrado por la entereza del nuevo Pontífice, inflexible en el dogma y la moral católicas y acérrimo enemigo de aquel régimen comunista que había amargado su juventud. La sintonía fue mutua.
Juan Pablo II lo nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Comisión Teológica Internacional, el 25 de noviembre de 1981. El 15 de febrero de 1982 renunció al gobierno pastoral de la Archidiócesis de Múnich y Freising. el 5 de abril de 1993, lo elevó a la Orden de los Obispos, asignándole la Sede Suburbicaria de Velletri – Segui
Fue Presidente de la Comisión para la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica que, después de 6 años de trabajo, (1986-1992), presentó al Papa el nuevo Catecismo.

Juan pablo II, el 6 de noviembre de 1998, aprobó la elección del Cardenal Ratzinger como Vicedecano del Colegio Cardenalicio, realizada por los Cardenales del Orden de los Obispos. El 30 de noviembre de 2002, aprobó su elección como Decano; con dicho cargo se le asignaba, además, la Sede Suburbicaria de Ostia.

En 1999 fue Enviado Especial del Papa a las celebraciones con ocasión del XII centenario de la creación de la Diócesis de Paderborn, Alemania, que tuvieron lugar el 3 de enero.
Desde el 13 de noviembre del 2000 fue Académico Honorario de la Academia Pontificia de las Ciencias.
En la Curia romana, fue miembro del Consejo de la Secretaría de Estado para las Relaciones con los Estado; de las Congregaciones para las Iglesias Orientales, para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para los Obispos, para la Evangelización de los Pueblos, para la Educación Católica para el Clero y para la Causa de los Santos; de los Consejos Pontificios para la Promoción de la Universidad de la Unidad de los Cristianos y para la Cultura; del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica; y de las Comisiones Pontificias para América Latina, “Ecclesia Dei”, para la Interpretación Auténtica del Código del Derecho Canónico para la Remisión del Código del Derecho Canónico Oriental.
Ha recibido siete “Honoris Causa”:
1. Por el College of St. Thomas in St. Paul (Minnesota, Estados Unidos), en 1984.
2. Por la Universidad Católica de Eichstätt (Alemania), en 1985.
3. Por la Universidad Católica de Lima (Perú), en 1986.
4. Por la Universidad Católica de Lublin (Polonia), en 1988.
5. Por la Universidad de Navarra (España), en 1998.

DISCURSO HONORIS CAUSA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Gran Canciller,
Respetable Claustro Académico,
Señoras y Señores:

Quisiera expresar ante todo a Vuestra Excelencia, muy estimado y querido Señor Gran Canciller, y a la ilustre Facultad de Teología, mi profunda y sentida gratitud por el gran honor que se me confiere con esta investidura como Doctor honoris causa. De modo particular, quiero manifestarle a Usted, muy estimado colega Profesor Rodríguez, mi agradecimiento por la atenta y delicada valoración que ha hecho de mi trabajo teológico, en la que ha ido más allá de mis méritos.

Usted, Profesor Rodríguez, con el descubrimiento y la edición crítica del manuscrito original del “Catecismo Romano”, ha prestado a la teología un servicio que trasciende unas concretas circunstancias históricas, y que ha revestido también gran importancia para mis trabajos durante la preparación del “Catecismo de la Iglesia Católica”. Forma Usted parte de una Facultad que, en el tiempo relativamente breve de su existencia, ha conseguido ocupar un puesto relevante en el diálogo teológico mundial. Significa, por tanto, para mí un honor y una alegría grandes ser recibido a través de este Doctorado en el Claustro de esta Facultad, con la que estoy unido desde hace ya bastantes años con lazos de amistad personal y de diálogo científico.

Ante un acontecimiento como el de hoy, surge inevitablemente una pregunta: ¿qué es propiamente un doctor en teología? Y, en mi caso, además, una pregunta muy personal: ¿tengo yo derecho a considerarme como tal? ¿Respondo yo al criterio que con esta dignidad se significa? Quizá pudiera plantearse, en este sentido, para muchos una objeción seria respecto de mi persona: ¿el cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe -al que hoy gusta caracterizar de nuevo (y con esto también criticarle) con el título de “Inquisidor”- no estará quizás en cierta contradicción con la esencia de la ciencia y, por tanto, también con la naturaleza de la teología? ¿No se excluirán quizás ciencia y autoridad externa? ¿Podría acaso la ciencia reconocer otra autoridad que no fuese la de sus propios conocimientos, es decir, la de sus argumentaciones? ¿No es contradictorio en sí mismo un Magisterio que quiera imponer límites en materia científica al pensamiento?

Preguntas como éstas, que tocan la esencia de la teología católica, requieren sin duda un continuo examen de conciencia, tanto por parte de los teólogos como de aquellos otros que están constituidos en autoridad dentro de la Iglesia, quienes además deben ser también teólogos para poder realizar adecuadamente su oficio. Nos ponen esas preguntas ante la cuestión fundamental: ¿Qué es propiamente la teología? ¿Quedaría ya suficientemente caracterizada si la describiésemos como una reflexión metódica y sistemática sobre los interrogantes de la religión, de la relación del hombre con Dios? Mi respuesta sería: no, pues de ese modo sólo habríamos alcanzado a situarnos ante la llamada “ciencia de la religión”. La filosofía de la religión y, en general, la ciencia de la religión son indudablemente disciplinas de gran importancia, pero sus limitaciones se hacen patentes cuando tratan de traspasar el ámbito académico, pues no son realmente capaces de ofrecer una verdadera guía. O bien tratan de cosas del pasado, o bien se ocupan en describir las cosas del presente desde la confrontación existencial de los unos con los otros, o acaban siendo, en fin, un puro tantear acerca de los interrogantes últimos sobre el hombre, un tantear que, en definitiva, debe siempre quedarse en simple interrogante, pues no puede superar las tinieblas que rodean al hombre precisamente cuando se pregunta por su origen y por su fin, es decir, cuando se pregunta por sí mismo. Si la teología quiere y debe ser algo distinto de la ciencia de la religión, algo distinto de un simple tratar las cuestiones irresueltas sobre lo que nos trasciende y a la vez, sin embargo, nos constituye, entonces ha de basarse únicamente en el hecho de que surge de una respuesta que nosotros no hemos inventado. Pero para que ésta respuesta sea verdaderamente respuesta para nosotros, debemos esforzarnos en comprenderla y no dejar que se diluya.

Lo peculiar de la Teología es ocuparse de algo que nosotros no nos hemos imaginado y que puede ser fundamento de nuestra vida precisamente porque nos precede y nos sostiene, es decir, porque es más grande que nuestro propio pensamiento. El camino de la teología se encuentra bien expresado en la fórmula Credo ut intelligam: acepto un presupuesto previamente dado para encontrar, desde él y en él, el acceso a la vida verdadera, a la verdadera comprensión de mí mismo. Esto significa a su vez que la Teología presupone, por su propia naturaleza, una auctoritas. Sólo existe porque sabe que la esfera del propio pensamiento ha sido trascendida, porque sabe que -por decirlo así- ha sido tendida una mano en ayuda del pensamiento humano, una mano que tira de él hacia lo alto por encima de sus propias fuerzas. Sin este presupuesto dado, que supera siempre la capacidad del propio pensamiento y que nunca se diluye en algo puramente personal, no habría Teología.

Pero entonces debe plantearse una nueva pregunta: ¿Cómo es este presupuesto que nos es dado, esa respuesta que encauza por completo nuestro pensar y le señala el camino? Esa autoridad es, así lo podemos decir como en una primera aproximación, una Palabra. Vista desde nuestro tema, tal afirmación resulta completamente lógica: la palabra procede del entender y quiere ayudar a entender. El presupuesto que ha sido dado al espíritu humano que se pregunta es, de modo plenamente razonable, una Palabra. En el proceso de la ciencia el pensamiento precede a la palabra. Y se traduce en la palabra. Pero aquí, donde nuestro pensamiento fracasa, es enviada la Palabra desde el Pensamiento eterno, en la que esconde un fragmento de su esplendor, tanto cuanto somos capaces de resistir, tanto cuanto necesitamos, tanto cuanto puede la palabra humana formular. Conocer el significado de esta Palabra, entender esta Palabra es la más honda razón de ser de la Teología, razón que nunca podrá tampoco faltar del todo en el camino de fe de los fieles sencillos.

El presupuesto que nos ha sido dado es la Palabra, la Escritura, deberíamos decir, y a continuación deberíamos seguir preguntándonos: junto a esa autoridad esencial para la Teología, ¿puede quizá existir otra? Parecería, a primera vista, que la respuesta debería ser: no. Este es un punto crítico de la controversia entre teología de la reforma y teología católica. Hoy en día también una gran parte de los teólogos evangélicos reconocen, de un modo u otro, que la sola scriptura, es decir, la reducción de la Palabra al Libro, no es sostenible. La Palabra, por su estructura interna, supera siempre lo que pudiera entrar en el Libro. La relativización del principio escriturístico, en la que también la teología católica tiene que ahondar, y en la que ambas partes podrían llegar a un nuevo motivo de encuentro, es por una parte fruto del diálogo ecuménico, pero se ha visto también motivada por el progreso de la interpretación histórico-crítica de la Biblia, que a su vez ha aprendido también, por eso mismo, a autolimitarse.

En el proceso de la exégesis crítica, sobre la naturaleza de la Palabra bíblica han sido puestas de manifiesto sobre todo dos cosas. En primer lugar, se ha tomado conciencia de que la Palabra bíblica, en el momento de su fijación escrita, ya ha recorrido un proceso más o menos largo de configuración oral, y que, al ponerse por escrito, no ha quedado solidificada, sino que ha entrado en nuevos procesos de interpretación -relectures-, que han desarrollado ulteriormente sus potencialidades ocultas. La extensión, por tanto, del significado de la Palabra no puede quedar reducida al pensamiento de un autor singular de un determinado momento histórico. Más aún, la Palabra no pertenece a un único autor, sino que vive en una historia que progresa, y posee, por eso, una extensión y una profundidad hacia el pasado y hacia el futuro que finalmente se pierden en lo imprevisible. Sólo a partir de aquí se puede empezar a comprender qué quiere decir Inspiración; se puede ver cómo Dios entra misteriosamente en el ámbito del hombre y trasciende al autor meramente humano. Pero esto significa también que la Escritura no es un meteorito caído del cielo, que como tal se contrapondría a toda palabra humana con la rigurosa alteridad de un mineral celeste no procedente de la tierra.

Ciertamente, la Escritura es portadora del pensamiento de Dios. Esto hace que sea única y que se convierta en “autoridad”. Pero viene mediada por una historia humana. Encierra el pensar y el vivir de una comunidad histórica, a la que llamamos “Pueblo de Dios” precisamente porque ha sido reunida y mantenida en la unidad por la irrupción de la Palabra divina. Y existe entre ambas un mutuo intercambio. Esta comunidad es la condición esencial del origen y del crecimiento de la Palabra bíblica; y, a la inversa, esta Palabra confiere a la comunidad su identidad y su continuidad. Y así, el análisis de la estructura de la Palabra bíblica ha puesto de manifiesto una compenetración entre Iglesia y Biblia, entre Pueblo de Dios y Palabra de Dios, que teóricamente conocíamos de algún modo desde siempre, pero que nunca se nos había hecho tan patente.

De lo dicho hasta aquí se deduce un segundo elemento, a través del cual queda relativizado el principio escriturístico. Lutero estaba convencido de la perspicuitas de la Escritura, de su univocidad, que haría superflua cualquier instancia oficial de explicación. La idea de la univocidad es constitutiva del principio escriturístico. Pues, si la Biblia como libro no fuera unívoca en sí misma, tampoco podría constituir por sí sola, es decir, únicamente como libro, el presupuesto que nos ha sido dado, y que nos ha de guiar. Quedaríamos, por tanto, de nuevo abandonados a nosotros mismos. Permaneceríamos otra vez solos con nuestro pensamiento, que se encontraría desamparado frente a lo esencial del ser. Pero, a raíz de la estructura de la Palabra y de las experiencias concretas de la exégesis bíblica, ha habido que renunciar a este postulado fundamental de la univocidad. No puede ser mantenido por la estructura objetiva de la Palabra que, a causa de su propia dinámica, trasciende lo escrito. Precisamente lo más profundo de la Palabra se hace perceptible sólo al superar el nivel de lo meramente escrito. Pero también desde el punto de vista subjetivo, es decir, desde las leyes esenciales de la razón histórica, es imposible mantener dicho postulado. La historia de la exégesis es una historia de contradicciones. Las aventuradas propuestas de algunos exégetas modernos, que han llegado hasta el extremo de ofrecer la interpretación materialista de la Biblia, han puesto de manifiesto que la Palabra queda indefensa cuando es reducida simplemente a un libro, y se encuentra entonces expuesta a ser manipulada por intenciones y opiniones preconcebidas.

La Escritura, la Palabra que nos ha sido dada como presupuesto, la que está en el centro de los esfuerzos de la Teología, no está aislada, por su misma naturaleza, ni es solamente un libro. Su sujeto humano, el Pueblo de Dios, está vivo y se mantiene idéntico consigo mismo a través de los tiempos. El espacio vital que ha creado y que la sostiene es una interpretación que le es propia e inseparable. Sin su sujeto vivo e imperecedero que es la Iglesia, le faltaría a la Escritura la contemporaneidad con nosotros. Ya no estaría en condiciones -como es su razón de ser- de unir sincronía y diacronía, historia y presente, sino que decaería en lo irrecuperablemente perdido en el pasado. Quedaría reducida a simple literatura que es interpretada, como se puede interpretar cualquier obra literaria. Y de ese modo, también la Teología quedaría convertida, de una parte en pura historia de la literatura y en historia de tiempos pasados y, por otro lado, en filosofía de la religión y en ciencia de la religión en general.

Quizá sea útil concretar aún algo más esta reflexión con respecto al Nuevo Testamento. A lo largo del entero camino de fe desde Abraham hasta el final de la constitución del canon bíblico se fue formando la confesión de la fe, que tiene en Cristo su verdadero centro y su figura definitiva. Pero el ámbito vital originario de la profesión de fe cristiana es la vida sacramental de la Iglesia. El canon bíblico se ha formado según este criterio, y es éste también el motivo por el que el Símbolo es la primera instancia de interpretación de la Biblia. Pero el Símbolo no es una pieza literaria. Durante mucho tiempo la Regla de Fe correspondiente al Símbolo no se puso, a propósito, por escrito, precisamente porque es vida concreta de la comunidad creyente. De esta manera, la autoridad de la Iglesia que habla, la autoridad de la sucesión apostólica, se encuentra inscrita, por medio del Símbolo mismo, en la Escritura, y no puede separarse de ella. El Magisterio de los sucesores de los Apóstoles no yuxtapone una segunda autoridad a la Escritura, sino que pertenece desde dentro a ella misma. Esta viva vox no está llamada a reducir la autoridad de la Escritura o a limitarla o incluso a sustituirla por otra. Antes al contrario, su misión es asegurar la indisponibilidad de la Escritura, garantizar su no manipulación, conservar intacta, en medio de la disputa entre las diversas opiniones, su propia perspicuitas, su univocidad. Se da así una misteriosa interacción mutua. La Escritura señala la medida y el límite a la viva vox; y la Voz viva garantiza que la Escritura no venga a ser manipulada. Comprendo perfectamente el temor de los teólogos protestantes -y hoy también de muchos teólogos católicos-, especialmente de los exégetas, de que el principio Magisterio pudiera menoscabar la libertad y la autoridad de la Biblia, y de ese modo también de la Teología en general.

Viene a mi memoria un pasaje de la famosa correspondencia entre Harnack y Peterson del año 1928. Peterson, el más joven, que estaba en búsqueda, en una carta había hecho ver a Harnack que él mismo, en su estudio sobre “El Antiguo Testamento en las cartas paulinas y en las comunidades paulinas”, había expresado prácticamente la doctrina católica acerca de Escritura, Tradición y Magisterio. Harnack en efecto, había expuesto en ese trabajo que en el Nuevo Testamento la autoridad de la doctrina apostólica se agrega a la autoridad de la Biblia, organizándola y delimitándola, y, de esta manera, constituye un correctivo saludable del biblicismo. Con relación a esta advertencia de Peterson, Harnack despreocupado como era, contestó al joven colega: “Es un truism que el llamado principio formal del viejo protestantismo es una imposibilidad crítica, y que -comparado con él- el principio católico es formalmente el mejor; pero materialmente el principio católico sobre la tradición asola la historia mucho más…”. Eso que, en cuanto principio, parece evidente e incluso innegable, en la realidad infunde cierto temor.

Se podría decir mucho más sobre el diagnóstico de Harnack, sobre qué ha asolado más la historia, sobre dónde por tanto el presupuesto que nos ha sido dado con la Palabra ha sido más amenazado. No es éste el momento. Por encima de toda discusión, queda patente que ninguna de las dos partes puede prescindir de la confianza en el poder de protección y guía del Espíritu Santo. Una autoridad eclesiástica podría llegar a ser arbitraria, si el Espíritu no la guardase. Pero, sin duda, la arbitrariedad de una exégesis dejada en manos de sus propios recursos constituiría, en sus múltiples manifestaciones, un peligro no menor, como demuestra la historia. Es más, el milagro que haría falta allí para mantener la unidad y hacer valer la Palabra en toda su grandiosa exigencia es mucho más improbable que ese otro milagro que se necesita para mantener dentro de sus límites y medidas el ministerio de los sucesores de los Apóstoles.

Pero dejemos de lado las especulaciones. La estructura de la Palabra es suficientemente unívoca, pero la exigencia que implica para los llamados a la responsabilidad de suceder a los Apóstoles es de hecho muy ardua. Es misión del Magisterio no oponerse al pensamiento, sino dar voz a la autoridad de la Respuesta que nos ha sido dada, y así crear espacio para la Verdad misma que viene a nosotros. Ser portador de tal misión es excitante y arriesgado. Requiere la humildad de someterse, de escuchar y de obedecer. Se trata, no de hacer valer lo propio, sino de mantener abierto el espacio para el hablar del Otro, sin cuya Palabra presente todo lo demás cae en el vacío. El Magisterio bien entendido debe ser un servicio humilde para que siempre sea posible la Teología verdadera, y así se puedan oír las respuestas sin las cuales no podemos vivir rectamente.

6. Por la Libre Universidad María Santísima Asunta (LUMSA), (Roma), en 1999.
7. Por la Facultad de Teología de la Universidad de Wroclaw (Polonia), en 2000.

SANTO PADRE BENEDICTO XVI

El 19 de Abril de 2005, el Cardenal Ratzinger fue elegido como sucesor de Juan pablo II en el segundo día del Cónclave, después de 4  rondas de votaciones: Coincidió con la fiesta de San León IX, el más importante Papa alemán de la Edad Media, conocido por instituir el mayor número de reformas durante el Pontificado.

Ratzinger esperaba retirarse pacíficamente y había dicho que:
“Hasta cierto punto, le dije a Dios, por favor, no me hagas esto… Evidentemente, esta vez Él no me escuchó”.
Antes de su primera aparición en el balcón de la Basílica de San Pedro, después de ser electo, fue anunciado por el Cardenal chileno, Jorge Arturo Medina Estévez, diácono de S. Saba y Protodiácono del Colegio Cardinalicio, éste fue el encargado de imponerle el palio, mientras que Angelo Sodano, Cardenal Obispo de Albano y del título in commendan de S. Maria Nuova, Secretario de Estado, le colocó el Anillo de Pescador.

En el balcón, las primeras palabras de Benedicto XVI a la multitud, dadas en italiano antes de que impartiera la tradicional bendición Urbi et Orbi en latín, fueron:

“Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores Cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajor de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!”

 ESCR

Encíclicas:

  • Deus Caritas Est.
  • Spe Salvi.
  • Caritas in Veritate.

Exhotaciones Apostólicas:

  • Sacramentum Caritas.
  • Verbum Domini.
  • Africae Munus.
  • Ecclesia in Medio Oriente.

Motus Propios:

  • “La antigua y venerable Basílica”, para la Basílica de San Pablo Extramuros.
  • Para la aprobación y publicación del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.
  • “Totius orbis”, con nuevas disposiciones sobre las Basílicas de S. Francisco y Sta Mª de los Ángeles, en Asís.
  • Para restablecer la norma racional acerca de la mayoría requerida para la elección del Sumo Pontífice.
  • Summorum Pontificum, sobre la “Liturgia romana anterior a la reforma de 1970″.
  • “Ministrorum institutio” con el que tranfieren las competencias sobre los seminarios desde la Congregación para la Educación Católica a la Congregación para el Clero.
  • Normas nonnulas con ulteriores modificaciones a las normas sobre sede vacante y la elección del Sumo Pontífice.

Otras Publicaciones:

En los años 2007 y 2012 publicó tres libros sobre la vida de Jesús, a partir de los datos fundamentales ofrecidos en los Evangelios y en otros escritos del Nuevo Testamento.
  • 2007: Jesús de Nazareth.

Presentación “Jesús de Nazareth:

  • 2011: Jesús de Nazareth: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección.

Presentación “Jesús de Nazareth: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección.

  • 2012: La Infancia de Jesús

Presentación “La Infancia de Jesús”

Consistorios para la creación de nuevos Cardenales:

  • Primer Consistorio (24/03/2006): Creó 12 Cardenales Electores y 3 No Electores.
  • Segundo Consistorio (24/11/2007): Creó 18 Cardenales Electores y 5 No Electores.
  • Tercer Consistorio (20/11/2010): Creó 20 Cardenales Electores y 4 No Electores.
  • Cuarto Consitorio (18/02/2012): Creó 18 Cardenales Electores y 4 No Electores.
  • Quinto Consitorio (24/11/2012): Creó 6 Cardenales.

Viajes:

En Italia:

29 de Mayo de 2005, BARI: En su primer viaje oficial como Sumo Pontífice, el Papa visitó el puerto italiano de Bari el día del Corpus Chirsti para clausurar el Congreso Eucarístico Nacional Italiano y hacer un encuentro de reconciliación con la Iglesia Ortodoxa Oriental.

1 de Septiembre de 2006, SANTUARIO DE MANOPELLO JUNTO A PESCARA

19 de Octubre de 2006, VERONA: Con ocasión de IV Congreso Eclesial Nacional de la Iglesia Italiana).

21 y 22 de Abril de 2007, VIGEVANO Y PAVÍA

17 de junio de 2007, ASÍS: Con ocasión del VIII Centenario de la Conversión de San Francisco.

1 y 2 de septiembre de 2007, SANTUARIO DE LORETO: Con ocasión del Ágora de los jóvenes italianos.

23 de septiembre de 2007, VELLETRI

21 de Octubre de 2007, NÁPOLES

17 y 18 de Mayo de 2008, SAVONA Y GÉNOVA

14 Y 15 de junio de 2008, SANTA MARIA DI LEUCA Y BRINDISI

17 de Septiembre de 2008, CERDEÑA: para concluir en Cagliari las celebraciones del primer centenario de la proclamación de la Virgen de Bonaria como patrona de la isla.

19 de Octubre de 2008, POMPEYA: Al Santuario de Nuestra Señora del Santo Rosario

28 de Abril de 2009, ZONA DE LOS ABRUZOS: afectadas por el terremoto.

24 de Mayo de 2009, CASSINO Y MONTECASSINO

21 de junio de 2009, SAN GIOVANNI ROTONDO

6 de Septiembre de 2009, VITERBO Y BAGNOREGIO

8 de Noviembre de 2009, BRESCIA Y CONCESIO

2 de Mayo de 2010, TURÍN

4 de Julio de 2010, SULMONA

5 de Septiembre de 2010, CARPINETO ROMANO

3 de Octubre de 2010, PALERMO

7 y 8 de Mayo de 2011, AQUILEIA Y VENECIA

19 de Junio de 2011, SAN MARINO – MONTEFELTRO

11 de Septiembre de 2011, ANCONA: para la clausura del XXV Congreso Eucarístico Nacional

9 de Octubre de 2011, LAMEZIA TERME Y SERRA BRUNO

27 de Octubre de 2011, ASÍS: “Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz”

13 de Mayo de 2012, LA VERNA Y SANSEPOLCRO

Del 1 al 3 de Junio de 2012, MILÁN: Con ocasión del VII encuentro Mundial de las Familias

26 de Junio de 2012, EMILIA – ROMANA: Zonas afectadas por el terremoto

4 de Octubre de 2012, LORETO: 50º Aniversario del viaje de Juan XXIII

Fuera de Italia

ALEMANIA (18 de agosto a 21 de agosto de 2005): el Papa llegó a Alemania el 18 de agosto para participar en la XX Jornada mundial de la juventud en Colonia. Visitó la famosa Catedral de Colonia, donde están las reliquias de los Santos Reyes Magos. El Papa visitó la sinagoga de la comunidad judía en Colonia, que es la comunidad judía más antigua en el norte de los Alpes. Benedicto XVI y su inmediato predecesor Juan Pablo II son los únicos dos papas desde San Pedro que han visitado una sinagoga. También habló con representantes de las comunidades islámica y protestante de Colonia. El 21 de agosto, celebró una misa con un millón de jóvenes presentes.

POLONIA (25 de mayo a 28 de mayo de 2006): Durante su visita, casi siempre habló en polaco, confirmando que a sus 78 años de edad había tomado cursos intensisvos en dicho lenguaje. Visitió la Catedral de Varsovia, donde lo esperaban unos 200 clérigos y después durante el día llevó a cabo una entrevista con líderes de varias religiones. Celebró una misa al aire libre en la plaza de Pilsudski en Varsovia, visitó el Santuario mariano de Jasna Góra en Czestochowa. Fue a Wadowice, lugar de nacimiento de su predecesor, al santuario de Kalwaria Zebrzydowska, la Basílica de la Divina Misericordia y la Catedral de Wawel. Benedicto XVI celebró una Misa en el parque de Blonia en Cracovia para unos 900.000 peregrinos, y después rezó en el Campo de Concentración nazi de Auschwitz-Birkenau.

ESPAÑA: Específicamente Valencia en ocasión del Encuentro Mundial de las Familias, que se llevó a cabo del 8 de julio al 9 de julio de 2006.

ALEMANIA: Del 9 al 14 de septiembre de 2006, volvió a viajara Alemania, concretamente a Baviera, con visitas a Múnich, Ratisbona y Altöting, así como su lugar natal Marktl am Inn. Se detuvo también en la tumba de sus padres de su hermana.

TURQUÍA: El Papa viajó a Éfeso, donde celebró una Misa en la Casa de la Virgen María y por la tarde se trasladó a Estambul, donde tuvo un encuentro con el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Griega, Bartolomé I, rezando juntos en la iglesia patriarcal de San Jorge. El Papa asistió en esa misma iglesia a la celebración ortodoxa del día de San Andrés, patrono de la Iglesia Ortodoxa Griega. El Papa y el Patriarca firmaron una declaración conjunta, con un mensaje sobre la unidad de las dos Iglesias.

BRASIL: el 9 de mayo de 2007 inició una visita pastoral de cinco días, con motivo de la celebración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en el Santuario Mariano de Aparecida. Ante más de un millón de católicos Benedicto XVI canonizó al religioso Antonio de Santa Ana, mejor conocido como Fray Galvao, que se convertía así en el primer Santo nacido en Brasil. La ceremonia fue oficiada en portugués, idioma que el Sumo Pontífice utilizó desde el primero comento en que pisó tierra brasileña.

AUSTRIA: Del 7 al 9 de septiembre de 2007. Visitó y ofició una Misa en la explanada del Santuario de Mariazell, (donde rezó ante la Virgen). El viaje se realizó con ocasión del 850 aniversario de la fundación de este santuario mariano. El último día presidió otra Misa en la Catedral de San Esteban en Viena y rezó el Ángelus Dómini. Por la tarde visitó la abadía y se reunió con el mundo del voluntariado.

ESTADOS UNIDOS: Del 15 al 21 de abril de 2008 el Santo Padre realizó un viaje apostólico a EEUU. En este viaje celebró su 81 cumpleaños y el III aniversario de su elección en 2005. Los días 15, 16 y 17 el papa estvo en Washington, el día 18 en la sede de la Organización de las Naciones Unidas y los días 18, 19, 20 y 21 en Nueva York.

AUSTRALIA: Del 17 al 20 de julio de 2008. Fue su primera visita a ese país. Se desarrolló con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud.

FRANCIA: El Papa visitó Lourdes con ocasión del 150º aniversario de las aparaciones de la Santísima Virgen a Bernadette Soubirous, del 12 al 15 de septiembre de 2008. El viaje ha incluido también una breve estancia en París.

ÁFRICA: Visita a Camerún y Angola entre el 17 y 23 de marzo de 2009.

TIERRA SANTA: Del 8 al 15 de mayo de 2009.

MALTA

PORTUGAL

CHIPRE

REINO UNIDO

ESPAÑA (por segunda vez): Visita las ciudades de Santiago de Compostela y de Barcelona, los días 6 y 7 de noviembre de 2010

CROACIA: 4 y 5 de abril de 2011,con motivo de la Jornada Nacional de las Familias Católicas en ese país.

ESPAÑA (por tercera vez): en agosto de 2011, vuelve a España para el evento religioso de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid.

BENIN: del 18 al 20 de noviembre de 2011, con motivo de la entrega de la exhoratación apostólica post-sinodal “Africae Munus”, dedicada al continente africano.

MÉXICO: El 23 de marzo de 2012. Visitó las ciudades de León (Guanajuato), Silao y Guanajuato.

CUBA: El 26 de marzo de 2012, se efectúo el segundo viaje de un Papa a la isla de Cuba. Visita el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre.

LÍBANO: Del 14 al 16 de septiembre de 2012, para entregar la exhoratación apostólica postsinodal Ecclesia in Medio Oriente.

El 11 de febrero de 2013, el Papa Benedicto anunció por sorpresa su dimisión del cargo alegando falta de fuerzas. El anuncio lo realizó en latín durante el Consistorio de Canonización de los mártires de Otranto.
“He llegado a la certeza de que mis fuerzas, debido a mi avanzada edad, no se adecúan por más tiempo al ejercicio del Ministerio Petrino. Con total libertad declaro que renuncio al Ministerio de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro”.
Benedicto XVI abandonó el Vaticano en helicóptero aproximadamente a las 17:00 h. Mientas sobrevolaba Roma, las campanas de todas las iglesias y basílicas de la ciudad tañían a la vez. Llegado a Castelgandolfo, su nueva residencia en los dos primeros meses tras su renuncia, compareció en el blacón del Palacio Apostólico, donde dirigió sus últimas palabras como Papa a la gente congregada en la plaza: “Gracias, gracias de corazón. Gracias por vuestra amistad y vuestro afecto (…). No soy más el Sumo Pontífice de la Iglesia. A partir de las 20:00 h, seré simplemente un peregrino que continúa su peregrinaje sobre la tierra y afronta la etapa final (…) Gracias y buenas noches”. Seguidamente, dio la bendición y se retiró.

Como toda su vida, un adiós sencillo y excepcional.

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