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31/08/2006 – ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES DE LA DIÓCESIS DE ALBANO

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON LOS SACERDOTES DE LA DIÓCESIS DE ALBANO

Sala de los Suizos, Palacio pontificio de Castelgandolfo
Jueves 31 de agosto de 2006

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Algunos problemas de vida de los sacerdotes

P. Giuseppe Zane, vicario ad omnia, de 83 años:

Nuestro obispo le ha explicado, aunque brevemente, la situación de nuestra diócesis de Albano. Los sacerdotes estamos plenamente insertados en esta Iglesia, viviendo todos sus problemas y vicisitudes. Tanto los jóvenes como los mayores nos sentimos inadecuados, en primer lugar porque somos pocos en comparación con las muchas necesidades y procedemos de lugares muy diversos; además, sufrimos escasez de vocaciones al sacerdocio. Por estos motivos a veces nos desanimamos, tratando de tapar agujeros aquí o allá, a menudo obligados sólo a realizar “primeros auxilios”, sin proyectos precisos. Al ver las muchas cosas que habría que hacer, sentimos la tentación de dar prioridad al hacer, descuidando el ser; y esto se refleja inevitablemente en la vida espiritual, en el diálogo con Dios, en la oración y en la caridad, en el amor a los hermanos, especialmente a los alejados. Santo Padre, ¿qué nos puede decir al respecto? Yo soy de edad avanzada…, pero estos jóvenes hermanos míos ¿pueden tener esperanza?

BENEDICTO XVI:

Queridos hermanos, ante todo, quisiera dirigiros unas palabras de bienvenida y de agradecimiento. Gracias al cardenal Sodano por su presencia, con la que expresa su amor y su solicitud por esta Iglesia suburbicaria. Gracias a usted, excelencia, por sus palabras. Con pocas frases me ha presentado la situación de esta diócesis, que no conocía en esta medida. Sabía que es la mayor de las diócesis suburbicarias, pero no sabía que hubiera crecido hasta los cincuenta mil habitantes. Veo que es una diócesis llena de desafíos, de problemas, pero ciertamente también de alegrías en la fe. Y veo que todas las cuestiones de nuestro tiempo están presentes: la emigración, el turismo, la marginación, el agnosticismo, pero también una fe firme.

No pretendo ser aquí ahora como un “oráculo”, que podría responder de modo satisfactorio a todas las cuestiones. Las palabras de san Gregorio Magno que ha citado usted, excelencia, “que cada uno conozca infirmitatem suam”, valen también para el Papa. También el Papa, día tras día, debe conocer y reconocer “infirmitatem suam”, sus límites. Debe reconocer que sólo colaborando todos, en el diálogo, en la cooperación común, en la fe, como “cooperatores veritatis”, de la Verdad que es una Persona, Jesús, podemos cumplir juntos nuestro servicio, cada uno en la parte que le corresponde. En este sentido, mis respuestas no serán exhaustivas, sino fragmentarias. Sin embargo, aceptamos precisamente esto: que sólo juntos podemos componer el “mosaico” de un trabajo pastoral que responda a la magnitud de los desafíos.

Usted, cardenal Sodano, ha comentado que nuestro querido hermano el padre Zane parece un poco pesimista. Pero hay que reconocer que cada uno de nosotros pasa por momentos en los que puede desanimarse ante la magnitud de lo que tiene que hacer y los límites de lo que en realidad puede hacer. Esto sucede también al Papa. ¿Qué debo hacer en esta hora de la Iglesia, con tantos problemas, con tantas alegrías, con tantos desafíos que afronta la Iglesia universal? Suceden tantas cosas cada día y no soy capaz de responder a todo. Hago mi parte, hago lo que puedo hacer.
Trato de encontrar las prioridades. Y soy feliz de contar con muchos buenos colaboradores. Puedo decir en este momento que constato cada día el gran trabajo que lleva a cabo la Secretaría de Estado bajo su sabia guía. Y sólo con esta red de colaboración, insertándome con mis pequeñas capacidades en una totalidad más grande, puedo y me atrevo a seguir adelante.

Así, naturalmente, también un párroco que está solo ve que son muchas las cosas que es preciso hacer en esta situación que usted, padre Zane, ha descrito brevemente. Y sólo puede hacer una: tapar agujeros —como dijo usted—, dedicarse a los “primeros auxilios”, consciente de que se debería hacer mucho más. Pues bien, la primera necesidad de todos nosotros es reconocer con humildad nuestros límites, reconocer que debemos dejar que el Señor haga la mayoría de las cosas. Hoy escuchamos en el evangelio la parábola del siervo fiel (cf. Mt 24, 42-51). Este siervo, como nos dice el Señor, da la comida a los demás a su tiempo. No lo hace todo a la vez, sino que es un siervo sabio y prudente, que sabe distribuir en los diversos momentos lo que debe hacer en aquella situación. Lo hace con humildad, y también está seguro de la confianza de su señor. Así nosotros debemos hacer lo posible para tratar de ser sabios y prudentes, y también tener confianza en la bondad de nuestro Señor, porque al fin y al cabo debe ser él quien guíe a su Iglesia. Nosotros nos insertamos con nuestro pequeño don y hacemos lo que podemos, sobre todo las cosas siempre necesarias: los sacramentos, el anuncio de la Palabra, los signos de nuestra caridad y de nuestro amor.

Por lo que respecta a la vida interior, a la que usted ha aludido, es esencial para nuestro servicio sacerdotal. El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente “trabajo” pastoral, es orar también por los demás. En el “Común de pastores” se lee que una de las características del buen pastor es que “multum oravit pro fratribus”. Es propio del pastor ser hombre de oración, estar ante el Señor orando por los demás, sustituyendo también a los demás, que tal vez no saben orar, no quieren orar o no encuentran tiempo para orar. Así se pone de relieve que este diálogo con Dios es una actividad pastoral.

Por consiguiente, la Iglesia nos da, casi nos impone —aunque siempre como Madre buena— dedicar tiempo a Dios, con las dos prácticas que forman parte de nuestros deberes: celebrar la santa misa y rezar el breviario. Pero más que recitar, hacerlo como escucha de la Palabra que el Señor nos ofrece en la liturgia de las Horas. Es preciso interiorizar esta Palabra, estar atentos a lo que el Señor nos dice con esta Palabra, escuchar luego los comentarios de los Padres de la Iglesia o también del Concilio, en la segunda lectura del Oficio de lectura, y orar con esta gran invocación que son los Salmos, a través de los cuales nos insertamos en la oración de todos los tiempos. Ora con nosotros el pueblo de la antigua Alianza, y nosotros oramos con él. Oramos con el Señor, que es el verdadero sujeto de los Salmos. Oramos con la Iglesia de todos los tiempos. Este tiempo dedicado a la liturgia de las Horas es tiempo precioso. La Iglesia nos da esta libertad, este espacio libre de vida con Dios, que es también vida para los demás.

Así, me parece importante ver que estas dos realidades, la santa misa, celebrada realmente en diálogo con Dios, y la liturgia de las Horas, son zonas de libertad, de vida interior, que la Iglesia nos da y que constituyen una riqueza para nosotros. Como he dicho, en ellas no sólo nos encontramos con la Iglesia de todos los tiempos, sino también con el Señor mismo, que nos habla y espera nuestra respuesta. Así aprendemos a orar, insertándonos en la oración de todos los tiempos y nos encontramos también con el pueblo.

Pensemos en los Salmos, en las palabras de los profetas, en las palabras del Señor y de los Apóstoles; pensemos en los comentarios de los santos Padres. Hoy tuvimos el maravilloso comentario de san Columbano sobre Cristo, fuente de “agua viva”, de la que bebemos. Orando nos encontramos también con los sufrimientos del pueblo de Dios hoy. Estas oraciones nos hacen pensar en la vida de cada día y nos guían al encuentro con la gente de hoy. Nos iluminan en este encuentro, porque a él no sólo acudimos con nuestra pequeña inteligencia, con nuestro amor a Dios, sino que también aprendemos, a través de esta palabra de Dios, a llevarles a Dios. Esto es lo que ellos esperan: que les llevemos el “agua viva”, de la que habla hoy san Columbano.

La gente tiene sed. Y trata de apagar esta sed con diversas diversiones. Pero comprende bien que esas diversiones no son el “agua viva” que necesitamos. El Señor es la fuente del “agua viva”. Pero en el capítulo 7 de san Juan nos dice que todo el que cree se convierte en una “fuente”, porque ha bebido de Cristo. Y esta “agua viva” (v. 38) se transforma en nosotros en agua que brota, en una fuente para los demás.

Así, tratemos de beberla en la oración, en la celebración de la santa misa, en la lectura; tratemos de beber de esta fuente para que se convierta en fuente en nosotros, y podamos responder mejor a la sed de la gente de hoy, teniendo en nosotros el “agua viva”, teniendo la realidad divina, la realidad del Señor Jesús, que se encarnó. Así podremos responder mejor a las necesidades de nuestra gente.

Esto por lo que se refiere a la primera pregunta: ¿Qué podemos hacer? Hagamos siempre todo lo posible en favor de la gente —en las otras preguntas tendremos la posibilidad de volver a este punto— y vivamos con el Señor para poder responder a la verdadera sed de la gente.

Su segunda pregunta era: ¿Tenemos esperanza para esta diócesis, para esta porción de pueblo de Dios que es la diócesis de Albano y para la Iglesia? Respondo sin dudarlo: sí. Naturalmente, tenemos esperanza: la Iglesia está viva. Tenemos dos mil años de historia de la Iglesia, con tantos sufrimientos, incluso con tantos fracasos. Pensemos en la Iglesia en Asia menor, la grande y floreciente Iglesia de África del norte, que con la invasión musulmana desapareció. Por tanto, porciones de Iglesia pueden desaparecer realmente, como dice san Juan en el Apocalipsis, o el Señor a través de san Juan: “Si no te arrepientes, iré donde ti y cambiaré de su lugar tu candelero” (Ap 2, 5). Pero, por otra parte, vemos cómo entre tantas crisis la Iglesia ha resurgido con nueva juventud, con nueva lozanía.

En el siglo de la Reforma, la Iglesia católica parecía en realidad casi acabada. Parecía triunfar esa nueva corriente, que afirmaba: ahora la Iglesia de Roma se ha acabado. Y vemos que con los grandes santos, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, y otros, la Iglesia resurgió. Encontró en el concilio de Trento una nueva actualización y una revitalización de su doctrina. Y revivió con gran vitalidad. Lo vemos también en el tiempo de la Ilustración, en el que Voltaire dijo: “Por fin se ha acabado esta antigua Iglesia, vive la humanidad”. Y ¿qué sucedió, en cambio? La Iglesia se renovó. En el siglo XIX florecieron grandes santos, hubo una nueva vitalidad con tantas congregaciones religiosas: la fe es más fuerte que todas las corrientes que van y vienen.

Lo mismo sucedió en el siglo pasado. Hitler dijo en cierta ocasión: “La Providencia me ha llamado a mí, un católico, para acabar con el catolicismo. Sólo un católico puede destruir el catolicismo”. Estaba seguro de contar con todos los medios para destruir por fin al catolicismo. Igualmente la gran corriente marxista estaba segura de realizar la revisión científica del mundo y de abrir las puertas al futuro: “la Iglesia está llegando a su fin, está acabada”. Pero la Iglesia es más fuerte, según las palabras de Cristo. Es la vida de Cristo la que vence en su Iglesia.

También en tiempos difíciles, cuando faltan las vocaciones, la palabra del Señor permanece para siempre. Y, como dice el Señor mismo, el que construye su vida sobre esta “roca” de la palabra de Cristo, construye bien. Por eso, podemos tener confianza. Vemos también en nuestro tiempo nuevas iniciativas de fe. Vemos que en África la Iglesia, a pesar de todos sus problemas, tiene una gran floración de vocaciones que estimula. Y así, con todas las diversidades del panorama histórico de hoy, vemos —y no sólo, creemos— que las palabras del Señor son espíritu y vida, son palabras de vida eterna. San Pedro, como escuchamos el domingo pasado en el evangelio, dijo: “Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el santo de Dios” (Jn 6, 69). Y viendo a la Iglesia de hoy; viendo la vitalidad de la Iglesia, a pesar de todos sus sufrimientos, podemos decir también nosotros: hemos creído y conocido que tú tienes palabras de vida eterna y, por tanto, una esperanza que no defrauda.

La pastoral “integrada”

Mons. Gianni Macella, párroco de Albano:

En los últimos años, en sintonía con el proyecto de la Conferencia episcopal italiana para el decenio 2000-2010, estamos tratando de realizar un proyecto de “pastoral integrada”. Son muchas las dificultades. Vale la pena recordar al menos el hecho de que muchos de los sacerdotes estamos aún vinculados a una praxis pastoral poco misionera y que parecía consolidada, pues estaba unida a un contexto “de cristiandad” como suele decirse; por otra parte, muchas de las peticiones de numerosos fieles dan por supuesto que la parroquia es como una especie de “supermercado” de servicios sagrados. Por eso, Santidad, quisiera preguntarle: una pastoral “integrada” ¿es sólo cuestión de estrategia, o hay una razón más profunda por la que debemos seguir trabajando en este sentido?

BENEDICTO XVI:

Confieso que con su pregunta he escuchado por primera vez la expresión “pastoral integrada”. Me parece haber entendido su contenido: debemos tratar de integrar en un único camino pastoral tanto a los diversos agentes pastorales que existen hoy, como las diversas dimensiones del trabajo pastoral. Así, yo distinguiría las dimensiones de los sujetos del trabajo pastoral, y trataría de integrarlo todo en un único camino pastoral.

En su pregunta, usted ha dado a entender que existe un nivel que podríamos llamar “clásico” del trabajo en la parroquia para los fieles que han quedado —y tal vez aumentan— dando vida a la parroquia. Esta es la pastoral clásica, que siempre es importante. De ordinario distingo entre evangelización continuada —porque la fe continúa, la parroquia vive— y nueva evangelización, que trata de ser misionera, de ir más allá de los confines de los que ya son “fieles” y viven en la parroquia, o se benefician, tal vez también con una fe “reducida”, de los servicios de la parroquia.

Me parece que en la parroquia tenemos tres compromisos fundamentales, que brotan de la esencia de la Iglesia y del ministerio sacerdotal. El primero es el servicio sacramental. El bautismo, su preparación y el esfuerzo por dar continuidad a los compromisos bautismales ya nos ponen en contacto también con los que no son demasiado creyentes. Podríamos decir que no es una actividad para conservar la cristiandad, sino un encuentro con personas que tal vez raramente van a la iglesia. El esfuerzo por preparar el bautismo, por abrir las almas de los padres, de los familiares, de los padrinos y las madrinas, a la realidad del bautismo ya puede y debe ser un compromiso misionero, que va más allá de los confines de las personas ya “fieles”.

Al preparar el bautismo, tratemos de dar a entender que este sacramento es insertarse en la familia de Dios, que Dios vive y se preocupa de nosotros hasta el punto de que asumió nuestra carne e instituyó la Iglesia, que es su Cuerpo, en el que puede asumir de nuevo —por decirlo así— carne en nuestra sociedad. El bautismo es novedad de vida en el sentido de que, más allá del don de la vida biológica, necesitamos el don de un sentido para la vida que sea más fuerte que la muerte y que perdure aunque los padres un día desaparezcan. El don de la vida biológica sólo se justifica si podemos añadir la promesa de un sentido estable, de un futuro que, incluso en las crisis que se presentarán y que no podemos conocer, dará valor a la vida, de forma que valga la pena vivir, ser criaturas.

Creo que en la preparación de este sacramento, o hablando con los padres que no aprecian el bautismo, tenemos una situación misionera. Es un mensaje cristiano. Debemos hacernos intérpretes de la realidad que comienza con el bautismo. No conozco suficientemente bien el Ritual italiano. En el Ritual clásico, herencia de la Iglesia antigua, el bautismo comienza con la pregunta: “¿Qué pedís a la Iglesia de Dios?”. Hoy, al menos en el Ritual alemán, se responde sencillamente: “El bautismo”.
Esto no explicita suficientemente qué es lo que se debe desear. En el antiguo Ritual se decía: “la fe”, es decir, una relación con Dios. Conocer a Dios. “Y ¿por qué pedís la fe?”, continúa. “Porque queremos la vida eterna”. Es decir, queremos una vida segura también en las crisis futuras, una vida que tenga sentido, que justifique el ser hombre.

En cualquier caso, yo creo que este diálogo se debe realizar con los padres ya antes del bautismo. Sólo para decir que el don del sacramento no es simplemente una “cosa”, no es simplemente “cosificación”, como dicen los franceses, sino que es una actividad misionera.

Luego viene la Confirmación, que conviene preparar en la edad en que las personas comienzan a tomar decisiones también con respecto a la fe. Ciertamente, no debemos transformar la Confirmación en una especie de “pelagianismo”, como si en ella uno se hiciera católico por sí mismo, sino en una unión de don y respuesta.

Por último, la Eucaristía es la presencia permanente de Cristo en la celebración diaria de la santa misa. Como he dicho ya, es muy importante para el sacerdote, para su vida sacerdotal, como presencia real del don del Señor.

Ahora podemos mencionar el matrimonio: también este sacramento se presenta como una gran ocasión misionera, porque hoy, gracias a Dios, siguen queriendo casarse en la iglesia también muchos que no frecuentan demasiado la iglesia. Es una ocasión para ayudar a estos jóvenes a confrontarse con la realidad que es el matrimonio cristiano, el matrimonio sacramental. Me parece también una gran responsabilidad. Lo vemos en los procesos de nulidad y lo vemos sobre todo en el gran problema de los divorciados que se han vuelto a casar, que quieren recibir la Comunión y no entienden por qué no es posible. Probablemente, en el momento del “sí” ante el Señor no entendieron lo que implica ese “sí”. Es unirse al “sí” de Cristo con nosotros. Es entrar en la fidelidad de Cristo y, por tanto, en el sacramento que es la Iglesia y así en el sacramento del matrimonio.

Por eso, la preparación para el matrimonio es una ocasión de suma importancia, tiene una dimensión misionera, para anunciar de nuevo en el sacramento del matrimonio el sacramento de Cristo, para comprender esta fidelidad y así hacer comprender luego el problema de los divorciados que se han vuelto a casar.

Este es el primer sector, el sector “clásico”, de los sacramentos, que nos brinda la ocasión para encontrarnos con personas que no van todos los domingos a la iglesia y, por tanto, es una ocasión para realizar un anuncio realmente misionero, una “pastoral integrada”. El segundo sector es el anuncio de la Palabra, con sus dos elementos esenciales: la homilía y la catequesis.

En el Sínodo de los obispos del año pasado los padres hablaron mucho de la homilía, poniendo de relieve cuán difícil es encontrar el “puente” entre la palabra del Nuevo Testamento, escrita hace dos mil años, y nuestro presente. La exégesis histórico-crítica a menudo no basta para ayudarnos en la preparación de la homilía. Lo constato yo mismo al tratar de preparar homilías que actualicen la palabra de Dios, o mejor, dado que la Palabra tiene una actualidad en sí misma, para hacer que la gente vea, perciba esta actualidad.

La exégesis histórico-crítica nos dice mucho acerca del pasado, acerca del momento en que nació la Palabra, acerca del significado que tuvo en el tiempo de los Apóstoles de Jesús, pero no siempre nos ayuda suficientemente a comprender que las palabras de Jesús, de los Apóstoles, y también del Antiguo Testamento, son espíritu y vida: en su palabra el Señor habla también hoy. Creo que debemos plantear a los teólogos el “desafío” —así lo hizo el Sínodo— de proseguir, de ayudar más a los párrocos a preparar las homilías, de hacer ver la presencia de la Palabra: el Señor habla conmigo hoy y no sólo en el pasado.

En estos últimos días he leído el proyecto de exhortación apostólica postsinodal. He visto, con satisfacción, que se habla de este “desafío” de preparar modelos de homilías. Al final, la homilía la prepara el párroco en su contexto, porque habla a “su” parroquia. Pero necesita ayuda para comprender y para ayudar a entender este “presente” de la Palabra, que nunca es una palabra del pasado sino que tiene plena actualidad.

Por último, el tercer sector: la cáritas, la diakonía. Siempre somos responsables de los que sufren, de los enfermos, de los marginados, de los pobres. A través del retrato de vuestra diócesis veo que son muchos los que necesitan de vuestra diakonía y también esta es una ocasión siempre misionera. Así, me parece que la pastoral parroquial “clásica” se autotrasciende en los tres sectores y es una pastoral misionera.

Paso ahora al segundo aspecto de la pastoral, tanto con respecto a los agentes como al trabajo que es preciso realizar. El párroco no puede hacerlo todo. Es imposible. No puede ser un “solista”; no puede hacerlo todo; necesita la ayuda de otros agentes pastorales. Me parece que hoy, tanto en los Movimientos como en la Acción católica, en las nuevas comunidades que existen, contamos con agentes que deben ser colaboradores en la parroquia para una pastoral “integrada”.

Para esta pastoral “integrada” hoy es importante que los otros agentes que hay no sólo sean activos, sino que además se integren en el trabajo de la parroquia. El párroco no debe actuar él solo; debe también delegar. Deben aprender a integrarse realmente en el trabajo común de la parroquia y, naturalmente, también en la autotrascendencia de la parroquia en dos sentidos: autotrascendencia en el sentido de que las parroquias colaboran en la diócesis, porque el obispo es su pastor común y ayuda a coordinar también sus compromisos; y autotrascendencia en el sentido de que trabajan para todos los hombres de este tiempo y tratan también de llevar el mensaje a los agnósticos, a las personas que están en fase de búsqueda.

Este es el tercer nivel, del que ya hablamos antes ampliamente. Me parece que las ocasiones señaladas nos dan la posibilidad de encontrarnos con los que no frecuentan la parroquia, los que no tienen fe o tienen poca fe, y decirles una palabra misionera. Sobre todo estos nuevos sujetos de la pastoral, y los laicos que viven en las profesiones de nuestro tiempo, deben llevar la palabra de Dios también a los ámbitos que para el párroco a menudo son inaccesibles.

Coordinados por el obispo, tratemos de coordinar estos diversos sectores de la pastoral, de activar a los diversos agentes y sujetos pastorales en el compromiso común: por una parte, ayudar a la fe de los creyentes, que es un gran tesoro; y, por otra, hacer que el anuncio de la fe llegue a todos los que buscan con corazón sincero una respuesta satisfactoria a sus interrogantes existenciales.

La liturgia

Don Vittorio Petruzzi, vicario parroquial en Aprilia:

Santidad, para el año pastoral que está a punto de comenzar nuestra diócesis ha sido llamada por el obispo a prestar atención particular a la liturgia, tanto a nivel teológico como en la práctica de las celebraciones. Las semanas residenciales, en las que participaremos el próximo mes de septiembre, tendrán como tema central de reflexión: “Programar y realizar el anuncio en el Año litúrgico, en los sacramentos y en los sacramentales”. Los sacerdotes estamos llamados a realizar una liturgia “seria, sencilla y hermosa”, según una bella fórmula recogida en el documento “Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia” del Episcopado italiano. Padre Santo, ¿puede ayudarnos a comprender cómo se puede llevar todo esto a la práctica en el ars celebrandi?

BENEDICTO XVI:

También en el ars celebrandi existen varias dimensiones. La primera es que la celebratio es oración y coloquio con Dios, de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto, la primera exigencia para una buena celebración es que el sacerdote entable realmente este coloquio. Al anunciar la Palabra, él mismo se siente en coloquio con Dios. Es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra, en el sentido de que se hace instrumento del Señor y trata de comprender esta palabra de Dios, que luego debe transmitir al pueblo. Está en coloquio con Dios, porque los textos de la santa misa no son textos teatrales o algo semejante, sino que son plegarias, gracias a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos con Dios.

Así pues, es importante entrar en este coloquio. San Benito, en su “Regla”, hablando del rezo de los Salmos, dice a los monjes: “Mens concordet voci”. La vox, las palabras preceden a nuestra mente. De ordinario no sucede así. Primero se debe pensar y luego el pensamiento se convierte en palabra. Pero aquí la palabra viene antes. La sagrada liturgia nos da las palabras; nosotros debemos entrar en estas palabras, encontrar la concordia con esta realidad que nos precede.

Además de esto, debemos también aprender a comprender la estructura de la liturgia y por qué está articulada así. La liturgia se ha desarrollado a lo largo de dos milenios e incluso después de la reforma no es algo elaborado sólo por algunos liturgistas. Sigue siendo una continuación de un desarrollo permanente de la adoración y del anuncio. Así, para poder sintonizar bien con ella, es muy importante comprender esta estructura desarrollada a lo largo del tiempo y entrar con nuestra mens en la vox de la Iglesia.

En la medida en que interioricemos esta estructura, en que comprendamos esta estructura, en que asimilemos las palabras de la liturgia, podremos entrar en consonancia interior, de forma que no sólo hablemos con Dios como personas individuales, sino que entremos en el “nosotros” de la Iglesia que ora; que transformemos nuestro “yo” entrando en el “nosotros” de la Iglesia, enriqueciendo, ensanchando este “yo”, orando con la Iglesia, con las palabras de la Iglesia, entablando realmente un coloquio con Dios.

Esta es la primera condición: nosotros mismos debemos interiorizar la estructura, las palabras de la liturgia, la palabra de Dios. Así nuestro celebrar es realmente celebrar “con” la Iglesia: nuestro corazón se ha ensanchado y no hacemos algo, sino que estamos “con” la Iglesia en coloquio con Dios. Me parece que la gente percibe si realmente nosotros estamos en coloquio con Dios, con ellos y, por decirlo así, si atraemos a los demás a nuestra oración común, si atraemos a los demás a la comunión con los hijos de Dios; o si, por el contrario, sólo hacemos algo exterior.

El elemento fundamental de la verdadera ars celebrandi es, por tanto, esta consonancia, esta concordia entre lo que decimos con los labios y lo que pensamos con el corazón. El “sursum corda”, una antiquísima fórmula de la liturgia, ya debería ser antes del Prefacio, antes de la liturgia, el “camino” de nuestro hablar y pensar. Debemos elevar nuestro corazón al Señor no sólo como una respuesta ritual, sino como expresión de lo que sucede en este corazón que se eleva y arrastra hacia arriba a los demás.

En otras palabras, el ars celebrandi no pretende invitar a una especie de teatro, de espectáculo, sino a una interioridad, que se hace sentir y resulta aceptable y evidente para la gente que asiste. Sólo si ven que no es un ars exterior, un espectáculo —no somos actores—, sino la expresión del camino de nuestro corazón, entonces la liturgia resulta hermosa, se hace comunión de todos los presentes con el Señor.

Naturalmente, a esta condición fundamental, expresada en las palabras de san Benito: “Mens concordet voci”, es decir, que el corazón se eleve realmente al Señor, se deben añadir también cosas exteriores. Debemos aprender a pronunciar bien las palabras. Cuando yo era profesor en mi patria, a veces los muchachos leían la sagrada Escritura, y la leían como se lee el texto de un poeta que no se ha comprendido.

Como es obvio, para aprender a pronunciar bien, antes es preciso haber entendido el texto en su dramatismo, en su presente. Así también el Prefacio. Y la Plegaria eucarística. Para los fieles es difícil seguir un texto tan largo como el de nuestra Plegaria eucarística. Por eso, se han “inventado” siempre plegarias nuevas. Pero con Plegarias eucarísticas nuevas no se responde al problema, dado que el problema es que vivimos un tiempo que invita también a los demás al silencio con Dios y a orar con Dios. Por tanto, las cosas sólo podrán mejorar si la Plegaria eucarística se pronuncia bien, incluso con los debidos momentos de silencio, si se pronuncia con interioridad pero también con el arte de hablar.

De ahí se sigue que el rezo de la Plegaria eucarística requiere un momento de atención particular para pronunciarla de un modo que implique a los demás. También debemos encontrar momentos oportunos, tanto en la catequesis como en otras ocasiones, para explicar bien al pueblo de Dios esta Plegaria eucarística, a fin de que pueda seguir sus grandes momentos: el relato y las palabras de la institución, la oración por los vivos y por los difuntos, la acción de gracias al Señor, la epíclesis, de modo que la comunidad se implique realmente en esta plegaria.

Por consiguiente, hay que pronunciar bien las palabras. Luego, debe haber una preparación adecuada. Los monaguillos deben saber lo que tienen que hacer; los lectores deben saber realmente cómo han de pronunciar. Asimismo, el coro, el canto, deben estar preparados; el altar se debe adornar bien. Todo ello, aunque se trate de muchas cosas prácticas, forma parte del ars celebrandi. Pero, para concluir, este arte de entrar en comunión con el Señor, que preparamos con toda nuestra vida sacerdotal, es un elemento fundamental.

La familia

Don Angelo Pennazza, párroco en Pavona:

Santidad, en el Catecismo de la Iglesia católica leemos que “el Orden y el matrimonio, están ordenados a la salvación de los demás. (…) Confieren una misión particular en la Iglesia y sirven a la edificación del pueblo de Dios” (n. 1534). Esto nos parece realmente fundamental no sólo para nuestra acción pastoral, sino también para nuestro modo de ser sacerdotes. ¿Qué podemos hacer los sacerdotes para llevar a la práctica pastoral esta afirmación y, según lo que usted mismo ha reafirmado recientemente, cómo podemos comunicar de forma positiva la belleza del matrimonio, de forma que siga siendo atractivo también para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo? La gracia sacramental de los esposos, ¿qué puede dar a nuestra vida sacerdotal?

BENEDICTO XVI:

Se trata de dos grandes preguntas. La primera es: ¿cómo comunicar a la gente de hoy la belleza del matrimonio? Vemos cómo muchos jóvenes tardan en casarse en la iglesia, porque tienen miedo de hacer una opción definitiva. Más aún, también tardan en casarse por lo civil. A muchos jóvenes, y también a muchos no tan jóvenes, una opción definitiva les parece un vínculo contra la libertad. Y su primer deseo es la libertad. Tienen miedo de fallar al final. Ven muchos matrimonios fracasados. Tienen miedo de que esta forma jurídica, como ellos la perciben, sea una carga exterior que apague el amor.

Es preciso ayudarles a comprender que no se trata de un vínculo jurídico, de una carga que se asume con el matrimonio. Al contrario, la profundidad y la belleza radican precisamente en el hecho de que es una opción definitiva. Sólo así el matrimonio puede hacer madurar el amor en toda su belleza. Pero, ¿cómo comunicarlo? Creo que es un problema que afrontamos todos nosotros.

Para mí, en Valencia —y usted, eminencia, podrá confirmarlo— un momento importante no sólo fue cuando hablé de esto, sino también cuando se presentaron ante mí diversas familias con más o menos hijos; una familia era casi una “parroquia”, con muchos niños. La presencia, el testimonio de estas familias fue realmente mucho más fuerte que todas las palabras. Esas familias presentaron ante todo la riqueza de su experiencia familiar: cómo una familia tan grande resulta realmente una riqueza cultural, una oportunidad de educación de unos y otros, una posibilidad de hacer que convivan juntas las diversas expresiones de la cultura de hoy, la entrega, la ayuda mutua también en los momentos de sufrimiento, etc…

Pero también fue importante el testimonio de las crisis que han sufrido. Uno de esos matrimonios casi había llegado al divorcio. Explicaron cómo habían aprendido a superar esa crisis, el sufrimiento ante la alteridad del otro, y cómo habían aprendido a aceptarse de nuevo. Precisamente al superar el momento de la crisis, del deseo de separarse, creció una nueva dimensión del amor y se abrió una puerta hacia una nueva dimensión de la vida, que sólo podía abrirse soportando el sufrimiento de la crisis. Esto me parece muy importante. Hoy se llega a la crisis en el momento en que se constata la diversidad de temperamentos, la dificultad de soportarse cada día, durante toda la vida. Entonces, al final, se decide: separémonos.

A través de estos testimonios hemos comprendido que en la crisis, soportando el momento en que parece que ya no se puede más, realmente se abren nuevas puertas y una nueva belleza del amor. Una belleza hecha sólo de armonía no es una verdadera belleza; le falta algo; es deficitaria. La verdadera belleza necesita también el contraste. Lo oscuro y lo luminoso se completan. La uva para madurar no sólo necesita el sol, sino también la lluvia; no sólo el día, sino también la noche.

Los sacerdotes, tanto los jóvenes como los mayores, debemos aprender la necesidad del sufrimiento, de la crisis. Debemos aguantar, trascender este sufrimiento. Sólo así la vida resulta rica. Para mí el hecho de que el Señor lleve por toda la eternidad los estigmas tiene un valor simbólico. Esos estigmas, expresión de los atroces sufrimientos y de la muerte, son ahora sellos de la victoria de Cristo, de toda la belleza de su victoria y de su amor por nosotros.

Tanto los sacerdotes como las personas casadas debemos aceptar la necesidad de soportar la crisis de la alteridad, del otro, la crisis en que parece que ya no se puede convivir. Los esposos deben aprender juntos a seguir adelante, también por amor a los hijos, y así conocerse de nuevo, amarse de nuevo, con un amor mucho más profundo, mucho más verdadero. Así, en un camino largo, con sus sufrimientos, realmente madura el amor.

Me parece que nosotros, los sacerdotes, podemos también aprender de los esposos, precisamente de sus sufrimientos y de sus sacrificios. A menudo pensamos que sólo el celibato es un sacrificio.
Pero, conociendo los sacrificios de las personas casadas —pensemos en sus hijos, en los problemas que surgen, en los temores, en los sufrimientos, en las enfermedades, en la rebelión, y también en los problemas de los primeros años, cuando se pasan casi todas las noches en vela porque los niños lloran— debemos aprender de ellos, de sus sacrificios, nuestro sacrificio. Y aprender juntos que es hermoso madurar en los sacrificios y así trabajar por la salvación de los demás.

Usted, don Pennazza, con razón ha citado el Catecismo, que afirma que el matrimonio es un sacramento para la salvación de los demás: ante todo para la salvación del otro, del esposo, de la esposa, pero también de los niños, de los hijos y, por último, de toda la comunidad. Así el sacerdote madura también al encontrarse con los demás.

Así pues, creo que debemos implicar a las familias. Las fiestas de la familia me parecen muy importantes. Con ocasión de las fiestas conviene que aparezca la familia, que se destaque la belleza de las familias. También los testimonios, aunque quizá estén demasiado de moda, en ciertas ocasiones pueden ser realmente un anuncio, una ayuda para todos nosotros.

Para concluir, a mi parecer sigue siendo muy importante que en la carta de san Pablo a los Efesios las bodas de Dios con la humanidad a través de la encarnación del Señor se realicen en la cruz, en la que nace la nueva humanidad, la Iglesia. El matrimonio cristiano nace precisamente en estas bodas divinas. Como dice san Pablo, es la concretización sacramental de lo que sucede en este gran misterio. Así debemos seguir redescubriendo siempre este vínculo entre la cruz y la resurrección, entre la cruz y la belleza de la Redención, e insertarnos en este sacramento. Pidamos al Señor que nos ayude a anunciar bien este misterio, a vivir este misterio, a aprender de los esposos cómo lo viven ellos, a ayudarnos a vivir la cruz, de forma que lleguemos también a los momentos de la alegría y de la resurrección.

Los jóvenes

Don Gualtiero Isacchi, responsable del servicio diocesano de pastoral juvenil:

Los jóvenes son objeto de una atención especial por parte de nuestra diócesis. Las Jornadas mundiales los han puesto al descubierto: son muchos y entusiastas. Sin embargo, por lo general, nuestras parroquias no están adecuadamente preparadas para acogerlos; las comunidades parroquiales y los agentes pastorales no están suficientemente preparados para dialogar con ellos; los sacerdotes, comprometidos en las diversas tareas, no tienen el tiempo necesario para escucharlos. Sólo nos acordamos de ellos cuando resultan un problema o cuando los necesitamos para animar una celebración o una fiesta… ¿Cómo puede un sacerdote expresar hoy la opción preferencial por los jóvenes, a pesar de una agenda tan cargada? ¿Cómo podemos servir a los jóvenes a partir de sus valores, en vez de servirnos de ellos para “nuestras cosas”?

BENEDICTO XVI:

Ante todo, quisiera subrayar lo que usted ha dicho. Con motivo de las Jornadas mundiales de la juventud, y también en otras ocasiones, como recientemente en la Vigilia de Pentecostés, se pone de manifiesto que en la juventud hay un deseo, una búsqueda también de Dios. Los jóvenes quieren ver si Dios existe y qué les dice. Por tanto, tienen cierta disponibilidad, a pesar de todas las dificultades de hoy. También tienen entusiasmo. Por tanto, debemos hacer todo lo posible por mantener viva esta llama que se manifiesta en ocasiones como las Jornadas mundiales de la juventud.

¿Cómo hacerlo? Es nuestra pregunta común. Creo que precisamente aquí debería realizarse una “pastoral integrada”, porque en realidad no todos los párrocos tienen la posibilidad de ocuparse suficientemente de la juventud. Por eso, se necesita una pastoral que trascienda los límites de la parroquia y que trascienda también los límites del trabajo del sacerdote. Una pastoral que implique también a muchos agentes.

Me parece que, bajo la coordinación del obispo, por una parte, se debe encontrar el modo de integrar a los jóvenes en la parroquia, a fin de que sean fermento de la vida parroquial; y, por otra, encontrar para estos jóvenes también la ayuda de agentes extra-parroquiales. Las dos cosas deben ir juntas. Es preciso sugerir a los jóvenes que, no sólo en la parroquia sino también en diversos contextos, deben integrarse en la vida de la diócesis, para luego volver a encontrarse en la parroquia. Por eso, hay que fomentar todas las iniciativas que vayan en este sentido.

Creo que es muy importante en la actualidad la experiencia del voluntariado. Es muy importante que a los jóvenes no sólo les quede la opción de las discotecas; hay que ofrecerles compromisos en los que vean que son necesarios, que pueden hacer algo bueno. Al sentir este impulso de hacer algo bueno por la humanidad, por alguien, por un grupo, los jóvenes sienten un estímulo a comprometerse y encuentran también la “pista” positiva de un compromiso, de una ética cristiana.

Me parece de gran importancia que los jóvenes tengan realmente compromisos cuya necesidad vean, que los guíen por el camino de un servicio positivo para prestar una ayuda inspirada en el amor de Cristo a los hombres, de forma que ellos mismos busquen las fuentes donde pueden encontrar fuerza y estímulo.

Otra experiencia son los grupos de oración, donde aprenden a escuchar la palabra de Dios, a comprender la palabra de Dios, precisamente en su contexto juvenil, a entrar en contacto con Dios. Esto quiere decir también aprender la forma común de oración, la liturgia, que tal vez en un primer momento les parezca bastante inaccesible. Aprenden que existe la palabra de Dios que nos busca, a pesar de toda la distancia de los tiempos, que nos habla hoy a nosotros. Nosotros llevamos al Señor el fruto de la tierra y de nuestro trabajo, y lo encontramos transformado en don de Dios.
Hablamos como hijos con el Padre y recibimos luego el don de él mismo. Recibimos la misión de ir por el mundo con el don de su presencia.

También serían útiles algunas clases de liturgia, a las que los jóvenes puedan asistir. Por otra parte, hacen falta ocasiones en que los jóvenes puedan mostrarse y presentarse. Aquí, en Albano, según he escuchado, se hizo una representación de la vida de san Francisco. Comprometerse en este sentido quiere decir entrar en la personalidad de san Francisco, de su tiempo, y así ensanchar la propia personalidad. Se trata sólo de un ejemplo, algo en apariencia bastante singular. Puede ser una educación para ensanchar la propia personalidad, para entrar en un contexto de tradición cristiana, para despertar la sed de conocer mejor la fuente donde bebió este santo, que no era sólo un ambientalista o un pacifista, sino sobre todo un hombre convertido.

Me ha complacido leer que el obispo de Asís, mons. Sorrentino, precisamente para salir al paso de este “abuso” de la figura de san Francisco, con ocasión del VIII centenario de su conversión convocó un “Año de conversión” para ver cuál es el verdadero “desafío”. Tal vez todos podemos animar un poco a la juventud para que comprenda qué es la conversión, remitiéndonos a la figura de san Francisco, a fin de buscar un camino que ensanche la vida. Francisco al inicio era casi una especie de “playboy”. Luego, cayó en la cuenta de que eso no era suficiente. Escuchó la voz del Señor: “Reconstruye mi casa”. Poco a poco comprendió lo que quería decir “construir la casa del Señor”.

Así pues, no tengo respuestas muy concretas, porque se trata de una misión donde encuentro ya a los jóvenes reunidos, gracias a Dios. Pero me parece que se deben aprovechar todas las oportunidades que se ofrecen hoy en los Movimientos, en las asociaciones, en el voluntariado, y en otras actividades juveniles.

También es necesario presentar la juventud a la parroquia, a fin de que vea quiénes son los jóvenes. Hace falta una pastoral vocacional. Todo debe coordinarlo el obispo. Me parece que, a través de la auténtica cooperación de los jóvenes que se forman, se encuentran agentes pastorales. Así, se puede abrir el camino de la conversión, la alegría de que Dios existe y se preocupa de nosotros, de que nosotros tenemos acceso a Dios y podemos ayudar a otros a “reconstruir su casa”. Me parece que, en resumen, nuestra misión, a veces difícil, pero en último término muy hermosa consiste en “construir la casa de Dios” en el mundo actual.

Os agradezco vuestra atención y os pido disculpas por lo fragmentario de mis respuestas. Queremos colaborar juntos para que crezca la “casa de Dios” en nuestro tiempo, para que muchos jóvenes encuentren el camino del servicio al Señor.

19/08/2006 – DISCURSO AL FINAL DE LA REPRESENTACIÓN DE LA OBRA “EL MISTERIO DE LA CARIDAD DE JUANA DE ARCO”

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL FINAL DE LA REPRESENTACIÓN DE LA OBRA
“EL MISTERIO DE LA CARIDAD DE JUANA DE ARCO”

Sábado 19 de agosto de 2006

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Queridos amigos:

Al concluir esta excelente representación de “El misterio de la caridad de Juana de Arco”, que me habéis ofrecido esta tarde, agradezco cordialmente a monseñor Bernard Barsi, arzobispo de Mónaco y al arzobispado de Mónaco, promotores de esta hermosa iniciativa, que he apreciado mucho. También saludo cordialmente al señor embajador del Principado de Mónaco ante la Santa Sede, así como a las demás autoridades presentes.

La obra de Charles Péguy que nos han representado tres actrices de gran talento nos ha llevado a descubrir el alma de Juana de Arco y la raíz de su vocación. A través de una profunda reflexión sobre temas siempre presentes en el pensamiento de nuestros contemporáneos, hemos sido introducidos en el corazón del misterio cristiano. En este texto de gran riqueza, Péguy ha sabido expresar con gran fuerza la plegaria que Juana de Arco elevó a Dios con pasión, implorándole que eliminara la miseria y el sufrimiento que veía a su alrededor, y expresando la inquietud del hombre y su búsqueda de la felicidad.

La excelente interpretación de “El misterio de la caridad de Juana de Arco”, que nos han ofrecido, también nos ha mostrado que esa apremiante plegaria de Juana, que manifiesta su dolor y su desconcierto, revela ante todo su fe ardiente y lúcida, caracterizada por la esperanza y la valentía.

Adentrándonos aún más en la meditación, Péguy nos ha hecho vislumbrar en el “misterio” de la pasión de Cristo lo que, en definitiva, da sentido a la oración de la joven, cuya fuerza de espíritu no puede por menos de conmovernos.

La representación de esta obra ante nosotros esta tarde me parece particularmente oportuna. En efecto, en el contexto internacional que vivimos hoy, ante los dramáticos acontecimientos de Oriente Próximo y ante las situaciones de sufrimiento provocadas por la violencia en numerosas regiones del mundo, el mensaje transmitido por Charles Péguy en “El misterio de la caridad de Juana de Arco” es una fuente de reflexión muy provechosa. Que Dios escuche la plegaria de la santa de Domremy y la nuestra, y conceda al mundo la paz que anhela.

Deseo expresar mi agradecimiento al director, que ha sabido poner de relieve con gran sobriedad los elementos esenciales de esta obra maestra de Charles Péguy. Felicito vivamente a las artistas, que nos han ofrecido una interpretación de gran calidad, poniendo al servicio del texto no sólo su talento, su “oficio” de actrices teatrales, sino también su interioridad, llevándonos así a entrar en los sentimientos de los personajes que han hecho revivir ante nosotros.

Doy las gracias también a los técnicos y a todas las personas que han participado en la realización de esta representación, de la que conservaremos un grato recuerdo.

Que, después de esta hermosa velada, santa Juana de Arco nos ayude a entrar cada vez más profundamente en el misterio de Cristo para descubrir en él el camino de la vida y de la felicidad.
Sobre todos vosotros invoco de corazón la abundancia de las bendiciones del Señor.

05/08/2006 – ENTREVISTA CONCEDIDA POR EL PAPA BENEDICTO XVI A RADIO VATICANO Y A CUATRO CADENAS DE TELEVISIÓN ALEMANAS CON MOTIVO DE SU VIAJE APOSTÓLICO A ALEMANIA

ENTREVISTA CONCEDIDA POR EL PAPA BENEDICTO XVI
A RADIO VATICANO Y A CUATRO CADENAS
DE TELEVISIÓN ALEMANAS
CON MOTIVO DE SU VIAJE APOSTÓLICO A ALEMANIA

Palacio Apostólico de Castelgandolfo
Sábado 5 de agosto de 2006

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Hicieron las preguntas representantes de Radio Vaticano (RV) y de cuatro cadenas de televisión alemanas: Bayerischer Rundfunk (BR, televisión de Baviera), la primera cadena nacional (ARD), la segunda (ZDF) y la cadena Deutsche Welle (DW).

Representante de BR: Santo Padre, en septiembre usted visitará Alemania o, con más precisión, naturalmente Baviera. “El Papa tiene nostalgia de su patria”, así han dicho sus colaboradores en el curso de la preparación de este viaje. ¿Qué temas desearía tocar en particular durante la visita, y el concepto de “patria” forma parte de los valores que desea proponer de modo especial?

Benedicto XVI: Ciertamente. El motivo de la visita es precisamente que quiero volver a ver los lugares, las personas con las que he crecido, que me han marcado y han formado parte de mi vida. Personas a las que quiero manifestar mi gratitud. Y naturalmente también quiero expresar un mensaje que vaya más allá de mi tierra, como es coherente con mi ministerio. Simplemente he dejado que las conmemoraciones litúrgicas me indicaran los temas. El asunto fundamental es que debemos redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios que tiene rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo vemos a Dios. Y partiendo de esto debemos hallar los caminos para encontrarnos mutuamente en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos; los caminos de la reconciliación y la convivencia pacífica en este mundo. Los caminos que conducen hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz desde lo alto. Por tanto, no he elegido temas muy específicos, sino que es la liturgia la que me guía a expresar el mensaje fundamental de la fe, que naturalmente se inserta en la actualidad de hoy, en la que queremos buscar sobre todo la colaboración de los pueblos y los caminos posibles hacia la reconciliación y la paz.

Representante de ZDF: Como Papa, usted es responsable de la Iglesia en el mundo entero. Pero naturalmente su visita hace que la atención se dirija también a la situación de los católicos en Alemania. Ahora todos los observadores concuerdan en que el clima es bueno, entre otras causas, gracias a su elección. Pero naturalmente los antiguos problemas persisten. Por poner algunos ejemplos: cada vez son menos los practicantes; cada vez son menos los bautizados; por lo general, cada vez influyen menos en la vida social. ¿Cómo ve usted la situación actual de la Iglesia católica en Alemania?

Benedicto XVI: Ante todo diría que Alemania forma parte de Occidente, si bien con sus características particulares, y en el mundo occidental hoy vivimos una ola de un nuevo iluminismo drástico o laicismo, o como se lo quiera llamar. Creer se ha vuelto más difícil, porque el mundo en el que nos encontramos está hecho completamente por nosotros mismos y en él, por decirlo así, Dios ya no aparece directamente. Ya no se bebe directamente de la fuente, sino del recipiente que se nos presenta ya lleno. Los hombres se han construido su propio mundo, y resulta difícil encontrar a Dios en este mundo. Esto no es específico de Alemania; es algo que se constata en todo el mundo, de manera particular en el occidental.

Por otra parte, Occidente está hoy fuertemente influenciado por otras culturas, en las que el elemento religioso originario es muy poderoso; esas culturas quedan horrorizadas por la frialdad que encuentran en Occidente con respecto a Dios. Y esta presencia de lo sagrado en otras culturas, aunque sea velada de muchas maneras, toca nuevamente al mundo occidental, nos toca a nosotros, que nos encontramos en una “encrucijada” de muchas culturas. Y también desde lo más profundo del hombre en Occidente, y en Alemania, surge el anhelo de algo “más grande”. Vemos cómo la juventud busca “algo más”; en cierto modo el fenómeno religión —como se dice— vuelve, aunque se trate de un movimiento de búsqueda a menudo bastante indeterminado. Pero con todo esto la Iglesia está de nuevo presente; la fe se presenta como respuesta. Yo creo que esta visita, como la de Colonia, es precisamente una oportunidad para que se vea que creer es algo bello, que la alegría de una gran comunidad universal posee una fuerza que arrastra, que tras ella hay algo importante y que, por tanto, junto a los nuevos movimientos de búsqueda existen también nuevas perspectivas de fe, que nos llevan a unos hacia los otros y que son positivas también para la sociedad en su conjunto.

Representante de RV: Santo Padre, hace exactamente un año usted estaba en Colonia con los jóvenes, y creo que en esa ocasión experimentó que la juventud está muy dispuesta a acoger, y que usted personalmente fue muy bien acogido. En este próximo viaje, ¿lleva un mensaje especial para los jóvenes?

Benedicto XVI: Quisiera decir, antes que nada, que estoy muy contento de que haya jóvenes que quieran estar juntos, que quieran estar juntos en la fe, y que quieran hacer el bien. La disponibilidad al bien es muy fuerte en la juventud; basta pensar en las diversas formas de voluntariado. El compromiso para dar una contribución personal ante las necesidades de este mundo es una gran cosa. Por tanto, un primer impulso puede ser alentar a esto: “Seguid adelante; buscad las ocasiones para hacer el bien; el mundo necesita esta voluntad, necesita este compromiso”.

Luego, quizá, podría recordar el valor de las decisiones definitivas. Los jóvenes son muy generosos, pero ante el riesgo de comprometerse para toda la vida, sea en el matrimonio sea en el sacerdocio, se tiene miedo. El mundo está en continuo movimiento de manera dramática: ¿Puedo disponer ya desde ahora de mi vida entera con todos sus imprevisibles acontecimientos futuros? ¿Con una decisión definitiva, no renuncio yo mismo a mi libertad, privándome de la posibilidad de cambiar? Conviene fomentar la valentía de tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que permiten crecer, caminar hacia adelante y lograr algo importante en la vida, son las únicas que no destruyen la libertad, sino que le indican la justa dirección en el espacio. Tener el valor de dar este salto —por así decir— a algo definitivo, acogiendo así plenamente la vida, es algo que me alegraría poder comunicar.

Representante de DW: Santo Padre, una pregunta sobre la política exterior. La esperanza de paz en Oriente Próximo se ha debilitado nuevamente en las semanas pasadas. ¿Qué posibilidades ve usted para la Santa Sede con respecto a la situación actual? ¿Qué influencia positiva puede ejercer usted en el desarrollo de la situación en Oriente Próximo?

Benedicto XVI: Naturalmente no tenemos ninguna posibilidad política, y no queremos ningún poder político. Pero queremos hacer un llamamiento a los cristianos y a todos aquellos que se sienten de alguna manera unidos e interpelados por la palabra de la Santa Sede, para que se movilicen todas las fuerzas que reconocen que la guerra es la peor solución para todos. No aporta nada bueno para nadie, ni siquiera para los supuestos “vencedores”. En Europa lo sabemos muy bien, con la experiencia de las dos guerras mundiales. La paz es lo que todos necesitan. Existe una fuerte comunidad cristiana en el Líbano; hay cristianos también entre los árabes; hay cristianos en Israel; y los cristianos de todo el mundo se comprometen en favor de estos países tan queridos por todos nosotros. Existen fuerzas morales dispuestas a hacer comprender que la única solución es aprender a convivir. Estas son las fuerzas que queremos movilizar. Corresponde a los políticos encontrar los caminos para que esto acontezca lo más pronto posible y sobre todo de forma duradera.

Representante de BR: Como Obispo de Roma usted es Sucesor de san Pedro. ¿Cómo puede mostrarse de modo adecuado en los tiempos actuales el ministerio de Pedro? ¿Cómo ve usted la relación de tensión y equilibrio entre el primado del Papa, por una parte, y la colegialidad de los obispos, por otra?

Benedicto XVI: Existe naturalmente una relación de tensión y equilibrio, y así debe ser. La multiplicidad y la unidad deben encontrar siempre nuevamente su relación recíproca, y esta relación debe restablecerse de una manera siempre nueva en las cambiantes situaciones del mundo. Hoy en día existe una nueva polifonía de culturas, en la cual Europa ya no es la única que determina, sino que las comunidades cristianas de los diversos continentes están adquiriendo su propio peso, su propio color. Debemos fomentar siempre de nuevo esta sinergia. Por eso hemos desarrollado diversos instrumentos. Las visitas “ad limina” de los obispos, que han existido siempre, en la actualidad se valoran mucho más, pues permiten hablar con todos los organismos de la Santa Sede y también conmigo. Yo hablo personalmente con cada obispo. Ya he hablado con casi todos los obispos de África y con muchos de los de Asia. Ahora vendrán los de Europa central, Alemania, Suiza. En estos encuentros, en los que precisamente el centro y la periferia se encuentran juntos en un intercambio franco, crece la correcta relación recíproca en una tensión equilibrada.

Además tenemos otros instrumentos, como el Sínodo, o el consistorio, que yo celebraré regularmente y que quisiera desarrollar. En ellos, incluso sin tener un gran orden del día, se pueden discutir juntos los problemas actuales, intentando encontrar soluciones. Por un lado sabemos que el Papa no es un monarca absoluto, pero, escuchando todos a Cristo, —por decirlo de alguna forma— debe personificar la totalidad.

Es muy fuerte la conciencia de que resulta necesaria una instancia unificadora que asegure también la independencia de las fuerzas políticas y garantice que las comunidades cristianas no se identifiquen demasiado con las nacionalidades; es fuerte la conciencia de que es necesaria esa instancia superior y más amplia que, por una parte, cree unidad integrando dinámicamente todo y, por otra, acoja, acepte y promueva la multiplicidad. Por eso creo que, en este sentido, hay verdaderamente una adhesión íntima al ministerio petrino, con la voluntad de desarrollarlo ulteriormente, de forma que responda tanto a la voluntad del Señor como a las necesidades de los tiempos.

Representante de ZDF: Alemania como tierra de la Reforma está marcada naturalmente y de forma particular por las relaciones entre las distintas confesiones. Las relaciones ecuménicas son una realidad sensible, que de vez en cuando encuentra dificultades. ¿Qué posibilidades ve de mejorar la relación con la Iglesia evangélica, o qué dificultades ve en este camino?

Benedicto XVI: Quizá sea importante decir, antes que nada, que la Iglesia evangélica presenta una notable variedad. En Alemania, si no me equivoco, tenemos tres comunidades principales: luteranos; reformados y la Unión prusiana. Además hoy se forman numerosas Iglesias libres (Freikirchen) y, dentro de las Iglesias clásicas, movimientos como la “Iglesia confesante” entre otras. Por tanto, se trata también de un conjunto con muchas voces, con el cual tenemos que entrar en diálogo, respetando la multiplicidad de voces, para buscar la unidad y entablar una colaboración.

Lo primero que hay que lograr es que en esta sociedad todos juntos nos preocupemos por hacer que sean claras las grandes directrices éticas, por encontrarlas nosotros mismos y por traducirlas en hechos, para garantizar de este modo la cohesión ética de la sociedad, sin la cual no puede llevar a cabo la finalidad de la política, que es la justicia para todos, una buena convivencia y la paz.

En este sentido creo que ya se ha conseguido mucho: frente a los grandes desafíos morales nos encontramos realmente unidos gracias al fundamento cristiano común. Naturalmente, después hay que testimoniar a Dios en un mundo que tiene dificultades para encontrarlo, como ya hemos dicho; hay que hacer visible al Dios que tiene el rostro humano de Jesucristo, ofreciendo a los hombres el acceso a las fuentes sin las cuales la moral resulta estéril y pierde sus referencias; también hay que comunicar la alegría, porque no estamos solos en este mundo. Sólo de este modo nace la alegría ante la grandeza del hombre, que no es un producto defectuoso de la evolución, sino imagen de Dios.

Nos tenemos que mover en estos dos niveles: el de las grandes referencias éticas y el que muestra, desde el interior de esas referencias y orientándose hacia ellas, la presencia de Dios, de un Dios concreto. Si lo hacemos, y sobre todo si cada una de nuestras comunidades trata de vivir la fe no de forma particularista, sino siempre desde sus raíces más profundas, entonces, aunque tal vez no lleguemos muy rápido a manifestaciones externas de unidad, avanzaremos hacia una unidad interior, que si Dios quiere un día llevará también a formas exteriores de unidad.

Representante de RV: Tema: la familia. Hace un mes usted estuvo en Valencia para celebrar el Encuentro mundial de las familias. Quien ha escuchado con atención —como hemos intentado hacerlo desde Radio Vaticano— se ha dado cuenta de que usted no ha pronunciado la palabra “matrimonio homosexual”, no ha hablado de aborto, ni de anticoncepción. Algunos observadores atentos han dicho: “¡Interesante! Evidentemente su intención es anunciar la fe y no dar la vuelta al mundo como “apóstol de la moral””. ¿Nos puede hacer un comentario al respecto?

Benedicto XVI: Claro que sí. Ante todo debo decir que tuve solamente dos ocasiones de veinte minutos para hablar. Teniendo tan poco tiempo no se puede comenzar inmediatamente con lo negativo. Lo primero es saber qué es lo que queremos decir, ¿no es así? Y el cristianismo, el catolicismo no es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que esto se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Se ha hablado mucho de lo que no está permitido, y ahora hay que decir: Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer: el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro; existe una escala, por decirlo de algún modo: sexualidad, eros, agapé, que son las dimensiones del amor; así se forma en primer lugar el matrimonio como encuentro, lleno de felicidad, entre un hombre y una mujer y después la familia, que garantiza la continuidad entre las generaciones; en ella se reconcilian las generaciones entre sí y también las culturas se pueden encontrar. Por tanto, sobre todo es importante poner de relieve lo que queremos.

En segundo lugar, se puede ver después también por qué no queremos algunas cosas. Y yo creo que es necesario reconocer que el hecho de que un hombre y una mujer estén hechos el uno para el otro para que la humanidad siga viviendo no es una invención católica: en el fondo lo saben todas las culturas. Con respecto al aborto, no pertenece al sexto mandamiento, sino al quinto: “No matarás”. Y esto deberíamos considerarlo obvio, reafirmando siempre de nuevo que la persona humana comienza en el seno materno y sigue siendo persona humana hasta su último respiro. Es necesario respetar siempre al hombre como persona humana. Pero todo esto resulta más claro si antes hemos explicado lo positivo.

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Representante de DW: Santo Padre, mi pregunta se relaciona en cierto modo con la del padre von Gemmingen. En todo el mundo los creyentes esperan de la Iglesia católica respuestas a los problemas globales más urgentes, como el sida y la superpoblación. ¿Por qué la Iglesia católica insiste tanto en la moral en lugar de intentar soluciones concretas para estos problemas cruciales de la humanidad, por ejemplo en el continente africano?

Benedicto XVI: Sí, el problema es: ¿insistimos realmente demasiado en la moral? Después de mis conversaciones con los obispos africanos, estoy cada vez más convencido de que, si queremos avanzar en este campo, la cuestión fundamental es la educación, la formación. El progreso sólo puede ser progreso real si sirve a la persona humana y si la persona humana crece; no sólo debe crecer su poder técnico, sino también su capacidad moral. Y creo que el verdadero problema de nuestra situación histórica es el desequilibrio entre el crecimiento increíblemente rápido de nuestro poder técnico y el de nuestra capacidad moral, que no crece de forma proporcional.

Por eso la formación de la persona humana es la verdadera receta, la clave de todo; y este es también nuestro camino. En pocas palabras, esta formación tiene dos dimensiones. Ante todo, naturalmente, tenemos que aprender, adquirir conocimientos, capacidad, know-how, como se suele decir. En esta dirección Europa, y en los últimos decenios América, han hecho mucho, y se trata de algo importante. Pero si sólo se difunde el know-how, si sólo se enseña cómo se construyen y se usan las máquinas, y cómo se emplean los métodos de anticoncepción, entonces no debe sorprendernos que al final nos encontremos con guerras y con epidemias de sida.

Necesitamos dos dimensiones: hace falta al mismo tiempo la formación del corazón —si me puedo expresar de este modo— con la que la persona humana adquiere referencias y así aprende también a usar correctamente la técnica, que es asimismo necesaria. Y esto es lo que estamos intentando hacer. En toda África, y también en muchos países de Asia, tenemos una gran red de escuelas de todos los grados, donde ante todo se puede aprender, adquirir verdadero conocimiento, capacidad profesional, y con ello alcanzar autonomía y libertad. Pero en estas escuelas nosotros no sólo tratamos de enseñar el know-how, sino también formar a personas que quieran reconciliarse, que sepan que tenemos que construir y no destruir, y que tengan las referencias necesarias para saber convivir.

En gran parte de África, las relaciones entre musulmanes y cristianos son ejemplares. Los obispos han formado comités comunes junto con los musulmanes para ver cómo crear paz en las situaciones de conflicto. Y esta red de escuelas, de aprendizaje y formación humana, que es muy importante, se completa con una red de hospitales y de centros de asistencia, que llegan de forma capilar incluso a las aldeas más remotas. Y en muchos lugares, a pesar de las destrucciones de la guerra, la Iglesia es la única realidad que ha permanecido intacta. No una fuerza, sino una realidad donde se cura, también a los enfermos de sida, y por otro lado se ofrece una educación que ayuda a entablar buenas relaciones con los demás. Por eso creo que se debería corregir la imagen según la cual sólo sembramos en nuestro entorno rígidos “no”. Precisamente en África se trabaja mucho para que se puedan integrar las diferentes dimensiones de la formación y así sea posible superar la violencia y también las epidemias, entre las que están también la malaria y la tuberculosis.

Representante de BR: Santo Padre, el cristianismo se ha difundido por todo el mundo partiendo de Europa. Ahora muchos piensan que el futuro de la Iglesia se encuentra en los otros continentes. ¿Es verdad? En otras palabras, ¿qué futuro tiene el cristianismo en Europa, donde parece que se está reduciendo a asunto privado de una minoría?

Benedicto XVI: Ante todo, quiero hacer una aclaración. En realidad, como sabemos, el cristianismo nació en Oriente Próximo, y durante mucho tiempo su desarrollo principal se quedó allí, difundiéndose por Asia mucho más de lo que pensamos hoy tras los cambios introducidos por el islam. Por otra parte, precisamente por este motivo su eje se trasladó sensiblemente hacia Occidente y Europa, y Europa —estamos orgullosos de ello y nos alegramos— ha desarrollado ulteriormente el cristianismo en sus grandes dimensiones, también intelectuales y culturales. Pero creo que es importante que recordemos a los cristianos de Oriente, ya que se corre el peligro de que ellos, que han sido siempre una minoría importante, ahora emigren. Existe el peligro de que precisamente esos lugares donde tuvo su origen el cristianismo se queden sin cristianos. Creo que debemos ayudar mucho para que se puedan quedar.

Ahora contesto a su pregunta. Sin lugar a dudas, Europa se ha transformado en el centro del cristianismo y de su actividad misionera. Hoy los demás continentes, las otras culturas, entran con igual peso en el concierto de la historia del mundo. De este modo crece el número de las voces de la Iglesia, y esto es positivo. Conviene que se puedan expresar los diferentes temperamentos, los dones propios de África, de Asia y de América, especialmente de América Latina.
Naturalmente todos ellos no sólo han sido tocados por la palabra del cristianismo, sino también por el mensaje secularista de este mundo, que lleva también a los demás continentes la dura prueba que hemos sufrido en nosotros mismos. Todos los obispos del resto del mundo dicen: todavía necesitamos a Europa, aunque Europa sea sólo una parte de un todo mayor. Todavía tenemos una responsabilidad al respecto. Para los otros continentes son muy importantes nuestras experiencias, la ciencia teológica que se ha desarrollado aquí, toda nuestra experiencia litúrgica, nuestras tradiciones, incluidas las experiencias ecuménicas que hemos acumulado.

Por eso es necesario que nosotros no nos rindamos, diciendo: “Ya somos sólo una minoría; intentemos al menos conservar nuestro número reducido”. Al contrario, debemos mantener vivo nuestro dinamismo, entablar relaciones de intercambio, para que en consecuencia nos lleguen de ahí nuevas fuerzas. Hoy hay sacerdotes indios y africanos en Europa, también en Canadá, donde trabajan muchos sacerdotes africanos. Es interesante. Se trata de un intercambio recíproco. Pero aunque en el futuro nos toque recibir más, debemos seguir siendo capaces de dar, desarrollando en este sentido la valentía y el dinamismo necesarios.

Representante de ZDF: Santo Padre, quiero volver a un tema del que ya se ha tratado. Las sociedades modernas en las decisiones importantes sobre política y ciencia no se orientan según los valores cristianos. Y la Iglesia, como muestran las encuestas, está considerada casi siempre sólo como una voz que amonesta o incluso frena. ¿No debería salir la Iglesia de esta posición defensiva, asumiendo una actitud más positiva en lo que respecta al futuro y a su construcción?

Benedicto XVI: Diría que en cualquier caso tenemos el deber de poner de relieve que nosotros queremos lo positivo. Y esto debemos hacerlo a través del diálogo con las culturas y las religiones, ya que, como he dicho, el continente africano, el alma africana y también el alma asiática están desconcertadas ante la frialdad de nuestra racionalidad. Es importante demostrar que aquí no sólo hay eso. De forma recíproca es importante que nuestro mundo laicista se dé cuenta de que la fe cristiana no es un impedimento, sino un puente para el diálogo con los otros mundos. No es correcto pensar que la cultura puramente racional, gracias a su tolerancia, permita un acercamiento más fácil a las otras religiones. Le falta en gran parte “el órgano religioso” y así el punto de enganche a partir del cual y con el cual los otros quieren entrar en relación. Por eso debemos y podemos mostrar que precisamente por la nueva interculturalidad, en la que vivimos, la pura racionalidad separada de Dios no es suficiente, sino que es necesaria una racionalidad más amplia, que vea a Dios en armonía con la razón; debemos mostrar que la fe cristiana, que se ha desarrollado en Europa, es también un medio para armonizar la razón y la cultura, y para integrarlas también con las acciones en una visión unitaria y comprensiva. En este sentido creo que tenemos una gran tarea: mostrar que esta Palabra, que nosotros poseemos, no es algo perteneciente al pasado, sino que es necesaria también hoy.

Representante de RV: Santo Padre hablemos de sus viajes. Usted está en el Vaticano; posiblemente le cueste estar un poco lejos de la gente y separado del mundo, también aquí en el bellísimo ambiente de Castelgandolfo. Pero usted dentro de poco tendrá 80 años. ¿Piensa poder realizar muchos viajes, con la ayuda de Dios? ¿Tiene idea de los que quisiera realizar? ¿A Tierra Santa?, ¿a Brasil? ¿Lo sabe ya?

Benedicto XVI: En realidad, no estoy tan solo. Efectivamente existen —por decirlo de alguna manera— las murallas que dificultan el acceso, pero hay una “familia pontificia”; todos los días hay muchas visitas, especialmente cuando estoy en Roma. Llegan obispos y otras personas; hay visitas de Estado, de personalidades que quieren hablar conmigo también personalmente y no sólo de cuestiones políticas. En este sentido, gracias a Dios, tengo continuamente múltiples encuentros. Y también es importante que la sede del Sucesor de Pedro sea un lugar de encuentro. ¿No es verdad?

Además, desde el tiempo del Papa Juan XXIII, el péndulo se ha desplazado en otra dirección: ahora son los Papas los que han comenzado a realizar visitas. Debo confesar que no me siento tan fuerte como para incluir en mi agenda muchos viajes largos, pero donde permiten dirigir un mensaje, donde responden a un auténtico deseo, los quisiera realizar, con la “dosis” que me sea posible. Alguno ya está previsto: el próximo año en Brasil hay un encuentro del Celam, el Consejo episcopal latinoamericano, y creo que mi presencia allí es un paso importante, teniendo en cuenta las vicisitudes dramáticas que está viviendo América del sur y también las esperanzas que se tienen puestas en esa región. Después quisiera ir a Tierra Santa, y espero poder visitarla en tiempo de paz. Por lo demás, veremos qué me reserva la Providencia.

Representante de RV: Permítame insistir. Los austriacos hablan también alemán y lo esperan en Mariazell.

Benedicto XVI: Sí, ya está acordado. Yo sencillamente lo he prometido, de manera un poco imprudente. Es un lugar que me ha gustado tanto que he dicho: “Sí, volveré a la Magna Mater Austriae”. Naturalmente esa afirmación se convirtió inmediatamente en una promesa, y la mantendré con gusto.

Representante de RV: Insisto aún. Yo lo admiro cada miércoles, cuando celebra la audiencia general. Acuden cincuenta mil personas. Debe ser cansado, muy cansado. ¿Cómo logra resistir?

Benedicto XVI: Sí, Dios me da la fuerza necesaria. Y cuando se ve la acogida cordial, naturalmente uno se siente animado.

Representante de DW: Santo Padre, acaba de decir que ha hecho una promesa un poco imprudente. ¿Quiere decir que a pesar de su ministerio, con sus abundantes compromisos protocolarios, usted no se deja arrebatar su espontaneidad?

Benedicto XVI: En cualquier caso, lo intento, pues, aunque los compromisos estén fijados, yo quisiera conservar y realizar también algo propiamente personal.

Representante de BR: Santo Padre, las mujeres son muy activas en diversas funciones en la Iglesia católica. ¿Su aportación no debería ser más claramente visible, también en puestos de mayor responsabilidad en la Iglesia?

Benedicto XVI: Sobre este asunto naturalmente se reflexiona mucho. Como usted sabe, nosotros estamos convencidos de que nuestra fe, la constitución del Colegio de los Apóstoles, nos obliga y no nos permite conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Pero no hay que pensar que en la Iglesia la única posibilidad de desempeñar un papel importante es la de ser sacerdote. En la historia de la Iglesia hay muchísimas tareas y funciones. Basta recordar las hermanas de los Padres de la Iglesia, y la Edad Media, cuando grandes mujeres desempeñaron un papel muy decisivo, y también en la época moderna.

Pensemos en Hildegarda de Bingen, que protestaba enérgicamente ante los obispos y el Papa; en Catalina de Siena y en Brígida de Suecia. También en los tiempos modernos las mujeres deben buscar siempre de nuevo —y nosotros con ellas— el lugar que les corresponde. Hoy, están muy presentes en los dicasterios de la Santa Sede. Pero existe un problema jurídico: el de la jurisdicción, es decir, el hecho de que, según el Derecho canónico, la facultad de tomar decisiones jurídicamente vinculantes va unida al Orden sagrado. Desde este punto de vista hay límites, pero creo que las mismas mujeres, con su ímpetu y su fuerza, con su “preponderancia”, con su “fuerza espiritual”, sabrán crearse su espacio. Y nosotros deberíamos tratar de ponernos a la escucha de Dios, para no oponernos a él; es más, nos alegramos de que el elemento femenino obtenga en la Iglesia el puesto operativo que le corresponde, comenzando por la Madre de Dios y por María Magdalena.

Santo Padre, en tiempos más recientes se habla de una nueva fascinación del catolicismo. ¿Cuál es la vitalidad y la capacidad de futuro de esta institución, por otra parte antiquísima?

Benedicto XVI: Todo el pontificado de Juan Pablo II ha atraído la atención de los hombres y los ha reunido. Lo que ocurrió con ocasión de su muerte fue un acontecimiento histórico muy especial: cientos de miles de personas acudían con gran orden a la plaza de San Pedro, permanecían largas horas de pie y, en lugar de desfallecer, resistían sostenidas por una fuerza interior.

Luego lo revivimos con ocasión de la ceremonia de inicio de mi pontificado y también en Colonia. Es muy hermoso que la experiencia de la comunidad se convierta al mismo tiempo en una experiencia de fe; que la comunión no solamente se viva en un lugar cualquiera, sino que sea más viva precisamente en los lugares de la fe, haciendo que la catolicidad resplandezca con toda su luminosidad.

Como es obvio, esto debe realizarse también en la vida cotidiana. Las dos cosas deben ir juntas. Por una parte, los grandes momentos, en los que se experimenta que es hermoso participar, que el Señor está presente y que formamos una gran comunidad reconciliada más allá de todos los confines. Pero, naturalmente, después eso nos debe estimular para resistir durante las fatigosas vicisitudes de la vida diaria, afrontándolas a partir de estos puntos luminosos e invitando también a otros a formar parte de la comunidad en camino.

Pero quiero aprovechar esta ocasión para decir: me sonroja todo lo que se está haciendo como preparación de mi visita, todo lo que la gente está haciendo. Mi casa ha sido pintada nuevamente; una escuela profesional ha rehecho el recinto. El profesor evangélico de religión ha colaborado para mi recinto. Se trata de pequeños detalles, pero son indicios de todo lo que se está haciendo. Todo esto lo considero extraordinario, y no lo refiero a mí mismo; lo veo como expresión de una voluntad de pertenecer a esta comunidad de fe y de un servicio recíproco. Me conmueve esa solidaridad, ese dejarse inspirar en esto por el Señor, y también por ello quiero dar gracias de todo corazón.

Santo Padre, usted ha hablado de la experiencia de la comunidad. Ahora va a ir a Alemania por segunda vez tras su elección. Por la Jornada mundial de la juventud, y posiblemente también por el campeonato mundial de fútbol, en cierto sentido el clima ha cambiado. Se tiene la impresión de que los alemanes se han abierto más al mundo, de que son más tolerantes, más alegres. ¿Qué cosa espera de los alemanes?

Benedicto XVI: Yo creo que, ya con el final de la segunda guerra mundial, comenzó naturalmente una transformación interior de la sociedad alemana, también de la mentalidad alemana, y que esa transformación se ha reforzado además con la reunificación. Nos hemos insertado mucho más en la sociedad mundial y naturalmente, en cierta medida, nos ha influido su mentalidad. Así salen a la luz también aspectos del carácter alemán que antes se desconocían. Posiblemente se nos ha caracterizado un poco como si todos fuéramos siempre disciplinados y reservados, algo que también tiene su fundamento. Pero me alegra que ahora se aprecie y resulte visible a todos que los alemanes no solamente son reservados, puntuales y disciplinados, sino también espontáneos, alegres y hospitalarios. Esto es muy hermoso. Mi deseo es que estas virtudes se desarrollen aún más y se hagan duraderas con el estímulo de la fe cristiana.

Representante de RV: Santo Padre, su Predecesor declaró beatos y santos a un número muy grande de cristianos. Algunos piensan que demasiados. De ahí mi pregunta: las beatificaciones y las canonizaciones sólo benefician a la Iglesia si estas personas pueden ser consideradas como verdaderos modelos. Alemania da relativamente pocos santos y beatos, en comparación con otros países. ¿Se puede hacer algo para que esta dimensión pastoral se desarrolle, y para que la necesidad de beatificaciones y canonizaciones produzca un verdadero fruto pastoral?

Benedicto XVI: Al inicio yo también era de la idea de que la gran cantidad de beatificaciones casi nos abrumaba y que tal vez convenía elegir más: sólo figuras que entrasen más claramente en nuestra conciencia. Mientras tanto he descentralizado las beatificaciones, para que estas figuras se hagan más visibles en los lugares específicos a los que pertenecen. Quizá un santo de Guatemala interesa menos en Alemania y, viceversa, uno de Altötting quizá no interesa mucho en Los Ángeles, y así sucesivamente.

En este sentido, creo que esta descentralización, que corresponde también a la colegialidad del Episcopado, a su estructura colegial, es algo oportuno precisamente para poner de relieve que los diferentes países tienen sus propias figuras y que estas son eficaces especialmente en esos mismos países. También he observado que estas beatificaciones en diferentes lugares afectan a innumerables personas y que la gente dice: “¡Por fin uno de los nuestros!” y acude a él y le inspira devoción. El beato pertenece a ellos, y nosotros nos alegramos de que haya muchos. Y sería hermoso que gradualmente, con el desarrollo de la sociedad mundial, también nosotros los conociéramos mejor. Pero sobre todo es importante que también en este campo exista la multiplicidad; en este sentido es importante que también nosotros en Alemania aprendamos a conocer a nuestras propias figuras y a alegrarnos de ellas.

Paralelamente están las canonizaciones de las figuras más destacadas, que tienen relieve para toda la Iglesia. Yo creo que cada Conferencia episcopal debería elegir, debería ver quién es apto para nosotros, quién nos transmite realmente algo. Y debería hacer visibles esas figuras más significativas, dándolas a conocer a los fieles mediante la catequesis, la predicación; quizá se podrían presentar también mediante una película. Puedo imaginar películas muy hermosas. Yo naturalmente sólo conozco bien a los Padres de la Iglesia: una película sobre san Agustín, también una sobre san Gregorio Nacianceno y su figura muy particular (huyó continuamente de las responsabilidades cada vez mayores que le venían asignadas), etc.

Conviene demostrar que no existen sólo situaciones desagradables como las que se presentan en tantas de nuestras películas, sino que en la historia hay también figuras admirables, que no son en absoluto aburridas y que tienen gran actualidad. En pocas palabras, hay que evitar cargar demasiado a la gente; más bien, conviene hacer visibles para muchos las figuras que son actuales y que inspiran devoción.

Representante de DW: ¿Historias en las que haya también humor? En 1989, en Munich, se le hizo entrega de la condecoración de la orden de Karl Valentin. ¿Qué papel desempeña en la vida de un Papa el humor y la desenvoltura?

Benedicto XVI: Yo no soy un hombre al que se le ocurran continuamente chistes. Pero considero muy importante, y diría que también necesario, para mi ministerio saber ver también el aspecto divertido de la vida y su dimensión alegre, sin tomarse todo de forma trágica. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos volar un poco más si no nos diéramos tanta importancia.

Cuando se desempeña un ministerio tan importante como el suyo, Santo Padre, es natural que sea muy observado. Los demás hablan de usted. Y, leyendo, me sorprendió lo que dicen muchos observadores: que el Papa Benedicto es una personalidad diferente del cardenal Ratzinger. Por eso, me permito preguntarle: ¿Cómo se ve a sí mismo?

Benedicto XVI: Me han analizado ya en diferentes ocasiones: como profesor durante mi primer período y durante el período intermedio, como cardenal y en el período sucesivo. Ahora me analizan de nuevo. Naturalmente influyen las circunstancias y las situaciones, y también los hombres, ya que he asumido responsabilidades diferentes. Creo que mi personalidad fundamental y mi visión fundamental han crecido, pero en todo lo que es esencial han permanecido idénticas. Me alegra que ahora se pongan de relieve aspectos que antes no se notaban.

¿Se podría decir que su ministerio le gusta, que no es un peso para usted?

Benedicto XVI: Sería demasiado decir eso, porque en realidad es cansado, pero de todas formas intento encontrar la alegría también en este ministerio.

Conclusión (Bellut – ZDF): En nombre mío y en el de mis compañeros, le agradezco muy sinceramente esta entrevista, esta “primicia mundial”. Nos alegra su próxima visita a Alemania, a Baviera. ¡Hasta pronto!

01/08/2009 – DISCURSO A UNA DELEGACIÓN DE PARTICIPANTES EN LOS CAMPEONATOS MUNDIALES DE NATACIÓN

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A UNA DELEGACIÓN DE PARTICIPANTES
EN LOS CAMPEONATOS MUNDIALES DE NATACIÓN

Castelgandolfo
Sábado 1 de agosto de 2009

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Queridos amigos:

He aceptado con mucho gusto vuestra invitación a tener un encuentro con vosotros con ocasión de los campeonatos mundiales de natación. Gracias por vuestra grata visita; doy gustoso a cada uno y cada una de vosotros mi cordial bienvenida. Ante todo dirijo un pensamiento deferente al presidente de la Federación internacional de natación (FINA), señor Julio Maglione, y al presidente de la Federación italiana de natación (FIN), honorable Paolo Barelli, al mismo tiempo que les doy las gracias por las amables palabras que me han dirigido en nombre de todos vosotros. Saludo a las autoridades presentes, a los dirigentes y responsables; a los técnicos, los delegados, los periodistas y los operadores de los medios de comunicación social; a los voluntarios, los organizadores y cuantos han contribuido a la realización de este acontecimiento deportivo mundial.

Mi saludo más afectuoso es especialmente para vosotros, queridos atletas de diferentes nacionalidades, que sois los protagonistas de estos campeonatos de natación. Con vuestras competiciones ofrecéis al mundo un atractivo espectáculo de disciplina y de humanidad, de belleza artística y voluntad tenaz. Mostráis qué metas puede alcanzar la vitalidad de la juventud cuando no se rehúye la fatiga de duros entrenamientos y se aceptan de buen grado no pocos sacrificios y privaciones. Todo esto constituye una importante lección de vida también para vuestros coetáneos.

Como acaban de recordar, el deporte, practicado con pasión y atento sentido ético, especialmente por la juventud, se convierte en gimnasio de sana competición y perfeccionamiento físico, escuela de formación en los valores humanos y espirituales, medio privilegiado de crecimiento personal y de contacto con la sociedad. Asistiendo a estos campeonatos mundiales de natación y admirando los resultados conseguidos, no es difícil darse cuenta de cuántas potencialidades ha dotado Dios al cuerpo humano, y qué interesantes objetivos de perfección puede alcanzar.

Mi pensamiento se dirige al estupor del salmista que, contemplando el universo, canta la gloria de Dios y la grandeza del ser humano. “Al ver tu cielo, —leemos en el Salmo 8— hechura de tus dedos, la luna y las estrellas que fijaste tú, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo del hombre para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios lo hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor” (4-6). Así pues, ¡cómo no dar gracias al Señor por haber dotado al cuerpo del hombre de tanta perfección; por haberlo enriquecido con una belleza y una armonía que se pueden expresar de tantos modos!

Las disciplinas deportivas, cada una con distintas modalidades, nos ayudan a apreciar este don que Dios nos ha dado. La Iglesia sigue y se interesa por el deporte, practicado no como un fin en sí mismo, sino como un medio, como instrumento precioso para la formación perfecta y equilibrada de toda la persona. También en la Biblia encontramos interesantes referencias al deporte como imagen de la vida. Por ejemplo, el apóstol san Pablo lo considera un auténtico valor humano; no sólo lo utiliza como metáfora para ilustrar altos ideales éticos y ascéticos, sino también como medio para la formación del hombre y como parte de su cultura y de su civilización.

Vosotros, queridos atletas, sois modelo para vuestros coetáneos, y vuestro ejemplo puede ser determinante para ellos en la construcción positiva de su futuro. Así pues, ¡sed campeones en el deporte y en la vida! Antes se ha hecho alusión a Juan Pablo II, el cual, al encontrarse en octubre del año santo 2000 con el mundo del deporte, puso de relieve la gran importancia de la práctica deportiva, precisamente porque “puede favorecer en los jóvenes la afirmación de valores importantes como la lealtad, la perseverancia, la amistad, la comunión y la solidaridad” (Homilía durante la misa en el jubileo de los deportistas, 29 de octubre de 2000, n. 2: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de noviembre de 2000, p. 5). Además, manifestaciones deportivas como la vuestra, gracias a los medios modernos de comunicación social, ejercen un notable impacto en la opinión pública, dado que el lenguaje del deporte es universal y llega especialmente a las nuevas generaciones. Hacer circular mensajes positivos a través del deporte contribuye, por tanto, a construir un mundo más fraterno y solidario.

Queridos amigos deportistas de lengua francesa, me alegra recibiros y saludaros cordialmente con ocasión de los campeonatos mundiales de natación. El deporte que practicáis es una escuela de generosidad, lealtad y respeto al otro. Ojalá favorezca el desarrollo de los valores de amistad y comunión entre las personas y entre los pueblos. Que Dios os bendiga.

Me alegra saludar a los atletas de lengua inglesa que participan en los campeonatos mundiales de la Federación internacional de natación, junto a los numerosos dirigentes, personal de apoyo, voluntarios y amigos que os han acompañado aquí en Roma estos días. Que vuestra búsqueda de la excelencia vaya acompañada de la gratitud por los dones que habéis recibido de Dios y por el deseo de ayudar a los demás a utilizar sus propios dones para construir un mundo mejor y más unido. Para vosotros y vuestras familias invoco las bendiciones de Dios de alegría y paz.

Saludo cordialmente a los atletas de lengua alemana que participan en los campeonatos mundiales de natación aquí en Roma. Queridos amigos, como competidores deportivos ofrecéis actuaciones muy elevadas y sois ejemplo para muchos jóvenes. Comprometeos en el mundo en que vivís por lo que es bueno y duradero, a fin de que el deporte sirva para desarrollar los dones que Dios ha dado al hombre. Que el Señor os bendiga en vuestro camino.

Saludo cordialmente a los presentes de lengua española: atletas, dirigentes y cuantos han participado de varios modos en el campeonato mundial de natación. Os invito a seguir fomentando el deporte de acuerdo con los más altos valores humanos, de manera que favorezca el sano desarrollo físico de quienes lo practican, y sea así una propuesta para la formación integral de niños y jóvenes. Muchas gracias.

Queridos amigos de lengua portuguesa que tomáis parte en este campeonato mundial de natación, os saludo a todos cordialmente, aprovechando la ocasión para agradeceros la lección de vida que ofrecéis al mundo, hecha de disciplina y humanidad, de belleza artística y voluntad fuerte para vencer y sobre todo para vencerse a sí mismo. Invoco la ayuda de Dios para vosotros y vuestras familias, y os imparto la bendición apostólica.

Queridos amigos, y sobre todo vosotros, queridos atletas, al mismo tiempo que os doy las gracias por este encuentro cordial, os deseo que “nadéis” hacia ideales cada vez más inigualables. Os aseguro un recuerdo en la oración e invoco, por intercesión de la santísima Virgen María, la bendición divina sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre todos vuestros seres queridos.

30/07/2011 – DISCURSO A UNA DELEGACIÓN DEL MUNICIPIO DE TRAUNSTEIN

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A UNA DELEGACIÓN DEL MUNICIPIO DE TRAUNSTEIN

Patio del Palacio apostólico de Castelgandolfo
Sábado 30 de julio de 2011

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Queridos amigos:

Un cordial saludo a todos vosotros que habéis venido de Chiemgau y de Rupertiwinkel. Con vosotros, como ha dicho el Landrat, Castelgandolfo se ha transformado en una aldea bávara y estoy contento porque a través de vosotros se encuentra aquí presente mi tierra bávara. ¡Que el Señor os recompense!

A usted, querido señor Landrat, mi más profunda gratitud por las palabras salidas del corazón: han brotado de su corazón y han llegado a mi corazón; han trazado un cuadro de nuestra patria y, al mismo tiempo, han afianzado el vínculo conmigo. Para mí es una gran alegría el hecho de que este anillo de honor me haya sido entregado por unanimidad, más allá de toda pertenencia partidista, de todas las diferencias, que —justamente— existen. Para mí es un signo de que entre vosotros me siento verdaderamente «en casa», que nos acogemos mutuamente y que sigo siendo parte de vosotros. Estoy feliz y agradecido por mi bella tierra y por esta maravillosa velada que me habéis regalado. ¡Que el Señor os recompense!

Probablemente, el anillo de honor no se verá en mi mano, pero será colocado de manera que lo tenga siempre ante mis ojos y me pueda recordar lo que de todas formas sé en lo profundo de mi corazón: allí estoy en casa, en Chiemgau, en Rupertiwinkel, en los lugares de mi juventud que usted ha recordado. Os estoy agradecido porque, aunque sea por un instante, me habéis hecho revivir la belleza y la alegría de la cultura bávara.

Querido señor Landrat, usted ha hablado de nuestra tierra como de la «Tierra bendita» y ha aludido a los monjes que han desarrollado en medio de nosotros esta cultura de la alegría. Nuestra tierra es de verdad «Tierra bendita» gracias al Creador: nos ha dado las montañas, los lagos, los valles, los bosques. Debemos estar agradecidos con él porque nos ha encargado una parte tan preciosa de la tierra. Pero nuestra tierra es plenamente «Tierra bendita» principalmente porque los hombres han sido tocados en la fe por la belleza de la creación y por la bondad del Creador y, tocados por él, han sabido dar a nuestra tierra pleno esplendor y capacidad de reflejarlo. ¿Qué sería Baviera sin las torres con las cúpulas bulbosas de nuestras iglesias, sin el espléndido barroco y la alegría de los redimidos que en ellas se difunde? ¿Qué sería sin nuestra música, la música sacra —que te hace mirar directamente dentro del Paraíso— y la profana? A vosotros, los músicos, os expreso mi agradecimiento: habéis logrado presentar aquí muy bien la música bávara y me habéis recordado de nuevo que allí estoy en casa, de allí provengo y de esa tierra sigo formando parte. ¡Que el Señor os recompense!

Sin las iglesias, las cruces de las calles, las capillas —como ha recordado también el consejero provincial— Baviera no sería Baviera; sin su música, su poesía, la afabilidad, la cordialidad y la alegría que acabamos de experimentar… Alegría, cordialidad, bondad crecen sin embargo sólo si el cielo está abierto sobre nosotros. No todos los días hay sol —lo ha dicho también usted, señor Landrat—; a veces debemos atravesar valles oscuros. Pero podemos hacerlo permaneciendo alegres y humanos, si para nosotros el cielo está abierto, si hemos sido tocados por la certeza de que él nos ama en todo, que Dios es bueno y que por ello es hermoso ser hombre. Baviera se ha convertido en lo que es partiendo de esta certeza, y todos nosotros rezamos y esperamos que así permanezca. Para que pueda seguir siendo así, siempre bella, y para que las personas puedan seguir diciendo sí a la vida, al futuro, es importante que no perdamos el esplendor de la fe, que sigamos siendo creyentes, cristianos, católicos donde católico significa también siempre estar «abiertos al mundo» —es decir, mundo, vida y fe juntos—; significa ser tolerantes y abiertos respecto de los demás con cordial fraternidad hacia quienes saben que pertenecen al único Padre y que son amados por el único Señor.

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Esta es mi oración: dejémonos tocar por la fe, dejémonos guiar por la fe a fin de que el esplendor del cielo llegue hasta nosotros e ilumine el mundo en sus miserias, haciéndolo bello y resplandeciente.

Por mi parte os prometo que mi tierra está siempre presente en mis oraciones, y como signo de ello ahora os imparto la bendición apostólica.

¡Que el Señor os recompense! Os deseo una buena estancia en Castelgandolfo! Saludad de mi parte a Baviera.

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