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VIDA, ORACIÓN Y TEOLOGÍA EN LOS ESCRITOS DE JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI (POR PABLO BLANCO SARTO)

VIDA, ORACIÓN Y TEOLOGÍA

EN LOS ESCRITOS DE JOSEPH RATZINGER-BENEDICTO XVI

Por Pablo Blanco Sarto

Don Pablo Blanco

Don Pablo Blanco

         Múnich, 1947. En la más dura posguerra. Como el centro de la ciudad –universidad incluida– se encontraba en ruinas, los profesores y estudiantes de teología tuvieron que irse a las afueras. Fürstenried, una finca que había pertenecido a la familia real bávara, era ahora un complejo con múltiples dependencias (hospital, casa de ejercicios espirituales, seminario para vocaciones tardías, escuela de magisterio), donde tenía cabida también la presencia femenina, «con lo que esta renuncia [se refiere al celibato] tenía unas manifestaciones muy prácticas» , explicaba Ratzinger. ¿Se había enamorado? Joseph tenía sus dudas: se debatía además en primer lugar entre dedicarse al trabajo pastoral en una parroquia o al trabajo académico como profesor de teología. Las objeciones le asaltaban, iban y venían:

         A esto se unía la duda de si iba a ser capaz de vivir el celibato, de estar soltero de por vida. La universidad estaba, por aquel entonces, medio en ruinas, por lo que no teníamos un edificio propio para la facultad de teología. […] Aquello hacía que la convivencia –no solo entre alumnos y profesores, sino entre alumnos y alumnas– fuera muy estrecha; así que la tentación de dejarlo todo y seguir los designios del corazón era casi diaria. Solo podía pensar en estas cosas al pasear por aquellos espléndidos jardines del Fürstenried. Pero también, como es natural, al hacer largas horas de oración en la capilla.

  1. Una aproximación biográfica

         Cuatro años más tarde, recién ordenado sacerdote, trabajaba como joven vicario en la parroquia muniquesa de Heilig Blut. Tuvo allí su primera experiencia docente. Refiriéndose a las clases que impartía a los niños y jóvenes, recuerda: «De todas mis obligaciones pastorales, era lo que más tiempo me llevaba; disfrutaba mucho con aquellas clases porque enseguida comprobé que tenía facilidad para relacionarme con los niños. Fue una experiencia muy interesante para mí dejar en mundo intelectual para, de pronto, dirigirme a los niños». […] Además de celebrar la eucaristía y predicar con fuerza, Vater Joseph a veces cantaba y tocaba el armonio cuando celebraban otros sacerdotes, asistía a los funerales a los que acudía en bicicleta o hacía excursiones con los niños de la parroquia. Una foto lo muestra en un lago, rodeado de niños y vestido con un elegante clergyman, mientras unos muchachos se bañan en el lago de Haarsee. Una niña todavía conserva una poesía escrita por el joven vicario, con un aire decididamente teresiano:

TO GO WITH AFP STORIES ABOUT THE POPE'S VISIT IN GERMANYFILES - Picture taken in 1951 shows the family of Josef Ratzinger (up, R) in Freising, Bavaria, after the ordination of himself and his brother Georg (up L). Germany's Cardinal Joseph Ratzinger was elected the 265th pope of the Roman Catholic Church on 19 April 2005 and took the name Benedict XVI. Bottom row : his sister Maria, his Mother Maria and his father Josef. AFP PHOTO HO

         Solo Dios basta:

         lo que el corazón ama más,

         lo que quiere con ansia abrazar,

         lo que quiere alcanzar,

         es una chispa sin más

         que una pista nos alcanza:

         es él quien todo esto nos da.

         Solo Dios basta

         – Recuerdo de tu profesor de religión.

  1. Teología y oración

[…]

  1. Un papa en oración

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¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. […] Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas; sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

Son palabras al inicio de su pontificado, y un encuentro mejor definición de oración que esta. En una conferencia pronunciada por el cardenal Camillo Ruini en marzo de 2009, recordaba los cuatro principales ejes del pontificado de Benedicto XVI: Dios, oración, razón y ética. La primera y mayor prioridad era Dios mismo, ese Dios que con demasiada facilidad es puesto al margen de nuestra vida, orientada al placer y al consumo, al “hacer” del cientifismo y del tecnicismo y al gozar-consumir: «El primer esfuerzo del pontificado –afirmaba Ruini– es entonces reabrir la senda a Dios, pero no haciéndose dictar la agenda por los que no creen en Dios y cuentan solamente con ellos mismos. Al contrario, la iniciativa pertenece a Dios y esta iniciativa tiene un nombre, Jesucristo». Por eso uno de los centros neurálgicos de este pontificado –según el cardenal romano– se dará en el encuentro con Jesucristo. Llegamos así –continuaba– a la segunda prioridad del pontificado: la oración. No solo la personal, sino también y sobre todo la oración “en el” y “del” pueblo de Dios y cuerpo de Cristo, es decir, la oración litúrgica de la Iglesia. […] Podemos agregar que hoy es el centro de su pontificado».

[…] En la que es –en mi opinión– la obra de su vida [JdN], aparece un capítulo titulado «La oración de Jesús», en el que es comentado el padrenuestro. Allí nos desvela el motivo por el que Jesucristo –siendo Dios– se dirige al Padre en oración: “Puesto que ser hombre significa esencialmente relación con Dios, está claro que incluye hablar con Dios y el escuchar a Dios”. Establece, según el modelo de toda oración cristiana en la oración de Jesús, las condiciones en la que esta ha de desarrollarse: «La oración no ha de ser una exhibición ante los hombres; requiere esa discreción que es esencial a una relación de amor. […] Esta discreción esencial de la oración no excluye la dimensión comunitaria: el mismo padrenuestro es una oración en primera persona del plural, y solo entrando a formar parte del “nosotros” de los hijos de Dios podemos traspasar los límites de este mundo y elevarnos hasta Dios». Otra forma contra la que nos pone en guardia el Señor es la palabrería, la «verborrea en la que se ahoga el Espíritu». Lo decisivo es que la oración llegue al centro de nuestra vida, de nuestro día, de nuestra existencia. Entonces será oración real:

         […] La oración nos hace fuertes y mejores; tiene que estar arraigada en la vida misma, con sus luchas, angustias y esperanzas. Y cita allí de nuevo a san Benito: Mens nostra concordet voci nostrae: que nuestro pensamiento sea concorde con nuestras palabras. Sin embargo, será en el volumen dedicado a la Pascua del Señor , donde son desarrolladas dos de los momentos de diálogo con el Padre mejor relatados en los evangelios: la oración sacerdotal en la última Cena y la oración en el Huerto de los olivos. En coherencia con lo que acaba de hacer (lavar los pies de sus discípulos) y con lo que va a hacer (dejarnos su Cuerpo y su Sangre, morir en la cruz), pronuncia las palabras en la última Cena donde nos entrega su testamento. Aquí la palabra se va a convertir en rito de expiación y, por medio de él, en realidad, en presencia real: «La oración sacerdotal de Jesús es la puesta en práctica del día de la Expiación, es, por decirlo así, la fiesta siempre accesible de la reconciliación de Dios con los hombres. […] En el coloquio de Jesús con el Padre, el rito del día de la Expiación se transforma en plegaria». En Getsemaní, modelo de oración para todo cristiano, Jesús acepta la voluntad del Padre:        […]

         San Agustín compara la meditación sobre los misterios de Dios a la asimilación del alimento y usa un verbo recurrente en toda la tradición cristiana: «rumiar»; los misterios de Dios deben resonar continuamente en nosotros mismos para que nos resulten familiares, guíen nuestra vida, nos nutran como sucede con el alimento necesario para sostenernos. Y san Buenaventura, refiriéndose a las palabras de la sagrada Escritura dice que «es necesario rumiarlas para que podamos fijarlas con ardiente aplicación del alma». Así pues, meditar quiere decir crear en nosotros una actitud de recogimiento, de silencio interior, para reflexionar, asimilar los misterios de nuestra fe y lo que Dios obra en nosotros; y no sólo las cosas que van y vienen.

         Rumiar en presencia de Dios es considerar las cosas «en su corazón», rumiar aquello que nos desconcierta, que nos “descoloca”. Esta relación personal –de tú a tú– con Dios comporta cambios para la persona. La oración nos cambia la vida: hemos de encontrar en ella sorpresas, imprevistos, cambios de planes. «De Jesús aprendemos a interpretar nuestra vida, a tomar nuestras decisiones, a reconocer y acoger nuestra vocación, a descubrir los talentos que Dios nos ha dado, a cumplir cada día su voluntad, único camino para realizar nuestra existencia».

         Así hará Benedicto XVI hasta el último momento de su pontificado: renunció a seguir gobernando la Iglesia, pero no a lo que él consideraba algo prioritario: a la oración. «En este momento de mi vida», indicó el papa Ratzinger, «el Señor me llama a “subir a al monte”, a dedicarme todavía más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide justamente esto es para que pueda continuar sirviéndola con la misma dedicación y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero de una forma más adecuada con mis fuerzas». Benedicto XVI destacó que de este pasaje del evangelio podemos aprender «la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo». Al concluir sus palabras, el entonces casi papa emérito agradeció el sol que había salido en Roma, pues hasta hacía algunas horas el tiempo era incierto: en gran parte de la península itálica dominaba la nieve y el frío.

«Gracias, agradezcamos al Señor por este sol que nos regala».

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14/07/2015 – BENEDICTO XVI BENDICE CASTELGANDOLFO Y REGRESA AL VATICANO

Benedicto XVI bendice Castel Gandolfo

y regresa al Vaticano

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FUENTE: EUROPA PRESS

Benedicto XVI ha bendecido Castel Gandolfo, una pequeña ciudad a 40 kilómetros de Roma, donde ha pasado las últimas dos semanas y ha regresado este martes al convento Mater Ecclesiae, donde reside.

En esta residencia estival de los pontífices, Benedicto XVI recibió hace poco más de una semana un doctorado honoris causa conferidos por la Pontificia Universidad Juan Pablo II y por la Academia Musical de Cracovia, en el Palacio Apostólico de Castelgandolfo. En aquel acto solemne el Papa emérito Joseph Ratzinger, expresó un cordial agradecimiento y recordó el ejemplo vivo de Juan Pablo II.

“Porque sin él mi camino espiritual y teológico no sería ni siquiera imaginable. Con su ejemplo vivo, él mostró cómo pueden ir de la mano, la alegría de la gran música sacra y la tarea de la participación común en la sagrada liturgia, la alegría solemne y la simplicidad de la humilde celebración de la fe”, recordó.

A finales de agosto, está previsto que Benedicto XVI participe en la inauguración de una biblioteca que lleva su nombre en el Colegio Teutónico del Vaticano. El proyecto fue iniciado por la Fundación Ratzinger, con la que Benedicto ha colaborado con muchos volúmenes.

Tras su renuncia al pontificado, Benedicto XVI se retiró de la vida pública para vivir en retiro y oración en el Mater Ecclesiae, un antiguo monasterio de clausura situado dentro del Estado del Vaticano, donde vive acompañado por su secretario personal, Mons. Georg Gänswein, quien actualmente es Prefecto de la Casa Pontificia.

El Papa Francisco invitó a Benedicto XVI a pasar el verano en la residencia pontificia de Castel Gandolfo, pero Benedicto XVI aceptó este año la invitación.

13/07/2015 – CARTA DEL PAPA EMÉRITO A LA ALCALDESA DE CASTEL GANDOLFO

CARTA DEL PAPA EMÉRITO

A LA ALCALDESA DE CASTEL GANDOLFO

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“Ilustrísima Señora Alcaldesa, no puedo retornar desde Castel Gandolfo a mi Monasterio de Roma sin haberle comunicado unas palabras de sincero agradecimiento por la calurosa bienvenida que usted me transmitió en el día de mi llegada al Catello.

En estas dos bellísimas semanas de vacaciones he sentido confirmada de nuevo cuando hablé hace algunos años sobre la belleza natural de Castel Gandolfo en la sintonía entre lago, montaña y mar y la hospitalidad de la gente de esta pequeña ciudad. En estos días he sentido la simpatía silenciosa de los habitantes de Castel Gandolfo.

Como signo concreto de mi gratitud le entrego un libro en ocasión del X aniversario de mi elección al trono de San Pedro.

Con mis mejores deseos para usted y su ciudad y con mi bendición”.


TEXTO ORIGINAL EN ITALIANO

“Gentilissima Signora Sindaco, non posso ritornare da Castel Gandolfo al mio Monastero a Roma senza aver comunicato a Lei una parola di sincero ringraziamento per il caloroso benvenuto che Lei mi ha trasmesso nel giorno del mio arrivo al Castello.

In queste due bellissime settimane di vacanze ho sentito confermato di nuovo quando avevo detto alcuni anni fa sulla bellezza naturale di Castel Gandolfo nella sintonia tra lago, montagne e mare e l’ospitalità della gente di questa piccola città. Mi sentivo in questi giorni portato dalla simpatia silenziosa degli abitanti di Castel Gandolfo.

Come segno concreto della mia gratitudine Le trasmetto un libro in occasione del X anniversario della mia elezione al soglio di San Pietro.

Con mi miei migliori auguri per Lei e la Sua città e con la mia benedizione”.

Para leer el texto del discurso de agradecimiento en la entrega del Honoris Causa al Papa Emérito, pincha aquí

Para leer las noticias de la entrega del Honoris Causa al Papa Emérito, pincha aquí

04/07/2015 – DISCURSO DE AGRADECIMIENTO DE BENEDICTO XVI EN LA CONCESIÓN DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA “JUAN PABLO II” Y LA ACADEMIA DE MÚSICA DE CRACOVIA

DISCURSO DE AGRADECIMIENTO DE BENEDICTO XVI

EN LA CONCESIÓN DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA

POR LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA “JUAN PABLO II”

Y LA ACADEMIA DE MÚSICA DE CRACOVIA

Castelgandolfo, 4 de Julio de 2015

TRADUCCIÓN: ACIPRENSA

“En este momento no puedo más que expresar mi más grande y cordial agradecimiento por el honor que me han reservado ustedes confiriéndome el doctorado honoris causa. Agradezco al Gran Canciller, su querida Eminencia el Cardenal Stanislaw Dziwisz, y las Autoridades Académicas de los dos Ateneos. Me alegra sobre todo el hecho de que de esta manera se haya hecho todavía más profunda mi unión con Polonia, con Cracovia, con la patria de nuestro gran santo Juan Pablo II. Porque sin él mi camino espiritual y teológico no es siquiera imaginable. Con su ejemplo vivo él nos ha mostrado como pueden ir de la mano la alegría de la gran música sagrada y la tarea de la participación común en la sagrada liturgia, la alegría solemne y la simplicidad de la humilde celebración de la fe. En los años del post-concilio, sobre este punto se manifestó con renovada pasión un antiquísimo contraste. Yo mismo crecí en Salisburghese marcado por la gran tradición de esta ciudad. Aquí las misas festivas iban acompañadas por el coro y la orquesta, que fueron parte integrante de nuestra experiencia de fe en la celebración de la liturgia.

Permanece indeleble grabado en mi memoria cómo, por ejemplo, apenas resonaban las primeras notas de la Misa de coronación de Mozart, parecía que el cielo casi se abriera y se experimentaba de manera muy profunda la presencia del Señor. Junto a esto, sin embargo, entonces ya estaba presente también la nueva realidad del Movimiento litúrgico, sobre todo a través de uno de nuestros capellanes que más tarde se convirtió en vice-regente y después en rector del Seminario mayor de Frisinga. Durante mis estudios en Múnich de Baviera, después, muy concretamente me introduje cada vez más en el interior del Movimiento litúrgico a través de las lecciones del profesor Pascher, uno de los más significativos expertos del Concilio en materia litúrgica, y sobre todo a través de la vida litúrgica en la comunidad del seminario. Así, poco a poco fue perceptible la tensión entre la participatio actuosa conforme a la liturgia y la música solemne que envolvía la acción sagrada, incluso si todavía no se sentía tan fuerte.

En la Constitución sobre la liturgia del Concilio Vaticano II está escrito muy claramente: “Que se conserve y se incremente con gran cuidado el patrimonio de la música sacra”. De otro lado el texto evidencia, cual categoría litúrgica fundamental, la participatio actuosa de todos los fieles a la acción sagrada.

Aquello que en la Constitución está todavía pacíficamente junto, sucesivamente, en la recepción del Concilio, se convirtió a menudo en una relación de dramática tensión. Ambientes significativos del Movimiento litúrgico pensaban que, para las grandes obras corales e incluso para las misas para orquesta, en el futuro habría espacio sólo en las salas de concierto, no en la liturgia. Aquí hubiese sido establecido sólo para el canto y la oración común de los fieles. Por otro lado, existía consternación por el empobrecimiento cultural de la Iglesia que por esto hubiera tenido como resultado.  ¿Cómo conciliar las dos cosas?, ¿cómo hacer realidad el Concilio en su totalidad? Estas eran las preguntas que se me impusieron a mí y a muchos otros fieles, a gente sencilla y a personas en posesión de una formación teológica. A este punto quizás es justo hacer las preguntas de fondo: ¿qué es en realidad la música?, ¿de dónde viene y a qué atiende? Pienso que se pueden localizar tres ‘lugares’ de los cuales proviene la música.

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  1. Una primera es la experiencia del amor. Cuando los hombres fueron atrapados por el amor, se dio en ellos otra dimensión del ser, una nueva grandeza y amplitud de la realidad. Y ella empuja también a expresarse de un modo nuevo. La poesía, el canto y la música en general nacieron de este ser ‘tocados’, de este quedar afectados por una nueva dimensión de la vida.
  2. Un segundo origen de la música es la experiencia de la tristeza, el ser tocados por la muerte, por el dolor y por los abismos de la existencia. También en este caso se producen, en dirección opuesta, nuevas dimensiones de la realidad que no pueden encontrar respuesta sólo en los discursos.
  3. El tercer lugar del origen de la música es el encuentro con el divino, que desde el inicio es parte de lo que define al humano. La mayor razón es que aquí está presente totalmente el otro y totalmente lo grande que suscita en el hombre nuevos modos de expresarse.

Quizás sea posible afirmar que en realidad también en los otros dos ambientes –el amor y la muerte– el misterio divino nos toca y, en este sentido, es el ser tocados por Dios lo que en conjunto constituyen el origen de la música. Encuentro conmovedor observar cómo, por ejemplo, en los salmos a los hombres no les basta sólo con el canto y se apela a todos los instrumentos: la música escondida de la creación se despierta, su lenguaje misterioso. Con el Salterio, en el cual obran también los dos motivos del amor y de la muerte, nos encontramos directamente con el origen de la música de la Iglesia de Dios. Se puede decir que la calidad de la música depende de la pureza y de la grandeza del encuentro con el divino, con la experiencia del amor y del dolor. Cuanto más pura y verdadera es esta experiencia, tanto más pura y grande será también la música que de ella nace y se desarrolla. En este punto querría expresar un pensamiento que en los últimos tiempos he tenido sobre todo cuando las diversas culturas y religiones entran en relación entre ellos. En el ámbito de las más diversas culturas y religiones está presente una gran literatura, una gran arquitectura, una gran pintura y grandes esculturas. Y en todas partes está también la música. Sin embargo, en ningún otro ámbito cultural existe una música de igual grandeza a la nacida en el ámbito de la fe cristiana: desde Palestrina a Bach, de Händel hasta Mozart, Beethoven y Bruckner. La música occidental es única, no tiene iguales en las otras culturas. Esto nos debe hacer pensar. Es cierto que la música occidental supera en mucho el ámbito religioso y eclesial. Y sin embargo, encuentra su fuente más profunda en la liturgia en el encuentro con Dios.

En Bach, para el cual la gloria de Dios representa el fin último de toda la música, esto es del todo evidente. La respuesta grande y pura de la música occidental se ha desarrollado en el encuentro con aquel Dios que, en la liturgia, se hace presente a nosotros en Jesucristo. Esa música, para mí, es una demostración de la verdad del cristianismo. Allí donde se desarrolla una respuesta así, se ha dado el encuentro con la verdad, con el verdadero creador del mundo. Por eso la gran música sagrada es una realidad de rango teológico y de significado permanente para la fe de toda la cristiandad, también si no es necesario que sea realizada siempre o en cualquier lugar. De otro lado, está también claro que ella no puede desaparecer de la liturgia y que su presencia puede ser un modo del todo especial de participación a la celebración sagrada, al misterio de la fe.

Si pensamos en la liturgia celebrada por San Juan Pablo II en cada continente, vemos toda la amplitud de las posibilidades expresivas de la fe en el evento litúrgico; y vemos también como la gran música de la tradición occidental no es extraña a la liturgia, sino que ha nacido y crecido de ella y de este modo contribuye siempre de nuevo a darle forma.

No conocemos el futuro de nuestra cultura y de la música sagrada. Pero una cosa está clara: donde realmente se da el encuentro con el Dios viviente que en Cristo viene hacia nosotros, allí nace y crece nuevamente también la respuesta, cuya belleza proviene de la verdad misma.

La actividad de las dos universidades que me confieren este doctorado honoris causa representa una contribución esencial para que el gran don de la música sagrada que proviene de la tradición de la fe cristiana siga vivo y sea de ayuda para que la fuerza creativa de la fe también en el futuro no se extinga.

Por esto les doy las gracias de corazón a todos ustedes, no sólo por el honor que me han reservado, sino también por todo el trabajo que desarrollan al servicio de la belleza de la fe. El Señor les bendiga a todos”.

“Vídeo Rome Reports en Español”

“Vídeo Tv2000 en Italiano”

“Vídeo JP2 Tv en Polaco”

TEXTO ORIGINAL EN ITALIANO

(c) L'Osservatore Romano

(c) L’Osservatore Romano

Eminenza!
Eccellenze!
Magnificenze!
Illustri Signori Professori!
Signore e Signori!

In questo momento non posso che esprimere il mio più grande e cordiale ringraziamento per l’onore che mi avete riservato conferendomi il doctoratus honoris causa. Ringrazio il Gran Cancelliere la cara Eminenza il Cardinale Stanisław Dziwisz e le autorità Accademiche di tutti e due gli Atenei. Mi rallegra soprattutto il fatto che in questo modo è divenuto ancor più profondo il mio legame con la Polonia, con Cracovia, con la patria del nostro grande santo Giovanni Paolo II. Perché senza di lui il mio cammino spirituale e teologico non è neanche immaginabile. Con il suo esempio vivo egli ci ha anche mostrato come possano andare mano nella mano la gioia della grande musica sacra e il compito della partecipazione comune alla sacra liturgia, la gioia solenne e la semplicità dell’umile celebrazione della fede.

Negli anni del post-concilio, su questo punto si era manifestato con rinnovata passione un antichissimo contrasto. Io stesso sono cresciuto nel Salisburghese segnato dalla grande tradizione di questa città. Qui andava da sé che le messe festive accompagnate dal coro e dall’orchestra fossero parte integrante della nostra esperienza della fede nella celebrazione della liturgia. Rimane indelebilmente impresso nella mia memoria come, ad esempio, non appena risuonavano le prime note della Messa dell’incoronazione di Mozart, il cielo quasi si aprisse e si sperimentasse molto profondamente la presenza del Signore. – E grazie anche a voi, che mi avete fatto sentire Mozart, e anche al Coro: dei grandi canti! – Accanto a questo, tuttavia, era comunque già presente anche la nuova realtà del Movimento liturgico, soprattutto tramite uno dei nostri cappellani che più tardi divenne vice-reggente e poi rettore del Seminario maggiore di Frisinga. Durante i miei studi a Monaco di Baviera, poi, molto concretamente sono sempre più entrato all’interno del Movimento liturgico attraverso le lezioni del professor Pascher, uno dei più significativi esperti del Concilio in materia liturgica, e soprattutto attraverso la vita liturgica nella comunità del seminario. Così a poco a poco divenne percepibile la tensione fra la participatio actuosa conforme alla liturgia e la musica solenne che avvolgeva l’azione sacra, anche se non la avvertii ancora così forte.

Nella Costituzione sulla liturgia del Concilio Vaticano II è scritto molto chiaramente: «Si conservi e si incrementi con grande cura il patrimonio della musica sacra» (114). D’altro canto il testo evidenzia, quale categoria liturgica fondamentale, la participatio actuosa di tutti i fedeli all’azione sacra. Quel che nella Costituzione sta ancora pacificamente insieme, successivamente, nella recezione del Concilio, è stato sovente in un rapporto di drammatica tensione. Ambienti significativi del Movimento liturgico ritenevano che, per le grandi opere corali e financo per le messe per orchestra, in futuro ci sarebbe stato spazio solo nelle sale da concerto, non nella liturgia. Qui ci sarebbe potuto esser posto solo per il canto e la preghiera comune dei fedeli. D’altra parte c’era sgomento per l’impoverimento culturale della Chiesa che da questo sarebbe necessariamente scaturito. In che modo conciliare le due cose? Come attuare il Concilio nella sua interezza? Queste erano le domande che si imponevano a me e a molti altri fedeli, a gente semplice non meno che a persone in possesso di una formazione teologica.

A questo punto forse è giusto porre la domanda di fondo: Che cos’è in realtà la musica? Da dove viene e a cosa tende?

Penso si possano localizzare tre “luoghi” da cui scaturisce la musica.

Una sua prima scaturigine è l’esperienza dell’amore. Quando gli uomini furono afferrati dall’amore, si schiuse loro un’altra dimensione dell’essere, una nuova grandezza e ampiezza della realtà. Ed essa spinse anche a esprimersi in modo nuovo. La poesia, il canto e la musica in genere sono nati da questo essere colpiti, da questo schiudersi di una nuova dimensione della vita.

Una seconda origine della musica è l’esperienza della tristezza, l’essere toccati dalla morte, dal dolore e dagli abissi dell’esistenza. Anche in questo caso si schiudono, in direzione opposta, nuove dimensioni della realtà che non possono più trovare risposta nei soli discorsi.

Infine, il terzo luogo d’origine della musica è l’incontro con il divino, che sin dall’inizio è parte di ciò che definisce l’umano. A maggior ragione è qui che è presente il totalmente altro e il totalmente grande che suscita nell’uomo nuovi modi di esprimersi. Forse è possibile affermare che in realtà anche negli altri due ambiti – l’amore e la morte – il mistero divino ci tocca e, in questo senso, è l’essere toccati da Dio che complessivamente costituisce l’origine della musica. Trovo commovente osservare come ad esempio nei Salmi agli uomini non basti più neanche il canto, e si fa appello a tutti gli strumenti: viene risvegliata la musica nascosta della creazione, il suo linguaggio misterioso. Con il Salterio, nel quale operano anche i due motivi dell’amore e della morte, ci troviamo direttamente all’origine della musica sacra della Chiesa di Dio. Si può dire che la qualità della musica dipende dalla purezza e dalla grandezza dell’incontro con il divino, con l’esperienza dell’amore e del dolore. Quanto più pura e vera è quest’esperienza, tanto più pura e grande sarà anche la musica che da essa nasce e si sviluppa.

A questo punto vorrei esprimere un pensiero che negli ultimi tempi mi ha preso sempre più, tanto più quanto le diverse culture e religioni entrano in relazione fra loro. Nell’ambito delle diverse culture e religioni è presente una grande letteratura, una grande architettura, una grande pittura e grandi sculture. E ovunque c’è anche la musica. E tuttavia in nessun’altro ambito culturale c’è una musica di grandezza pari a quella nata nell’ambito della fede cristiana: da Palestrina a Bach, a Händel, sino a Mozart, Beethoven e Bruckner. La musica occidentale è qualcosa di unico, che non ha eguali nelle altre culture. E questo – mi sembra – ci deve far pensare.

(c) L'Osservatore Romano

(c) L’Osservatore Romano

Certo, la musica occidentale supera di molto l’ambito religioso ed ecclesiale. E tuttavia essa trova comunque la sua origine più profonda nella liturgia nell’incontro con Dio. In Bach, per il quale la gloria di Dio rappresenta ultimamente il fine di tutta la musica, questo è del tutto evidente. La risposta grande e pura della musica occidentale si è sviluppata nell’incontro con quel Dio che, nella liturgia, si rende presente a noi in Cristo Gesù. Quella musica, per me, è una dimostrazione della verità del cristianesimo. Laddove si sviluppa una risposta così, è avvenuto un incontro con la verità, con il vero creatore del mondo. Per questo la grande musica sacra è una realtà di rango teologico e di significato permanente per la fede dell’intera cristianità, anche se non è affatto necessario che essa venga eseguita sempre e ovunque. D’altro canto è chiaro però anche che essa non può scomparire dalla liturgia e che la sua presenza può essere un modo del tutto speciale di partecipazione alla celebrazione sacra, al mistero della fede.

Se pensiamo alla liturgia celebrata da san Giovanni Paolo II in ogni continente, vediamo tutta l’ampiezza delle possibilità espressive della fede nell’evento liturgico; e vediamo anche come la grande musica della tradizione occidentale non sia estranea alla liturgia, ma sia nata e cresciuta da essa e in questo modo contribuisca sempre di nuovo a darle forma. Non conosciamo il futuro della nostra cultura e della musica sacra. Ma una cosa è mi sembra chiara: dove realmente avviene l’incontro con il Dio vivente che in Cristo viene verso di noi, lì nasce e cresce nuovamente anche la risposta, la cui bellezza viene dalla verità stessa.

L’attività delle due università che mi conferiscono – mi hanno conferito – questo dottorato honoris causa – per il quale posso ancora dire grazie di tutto cuore – rappresenta un contributo essenziale affinché il grande dono della musica che proviene dalla tradizione della fede cristiana resti vivo e sia di aiuto perché la forza creativa della fede anche in futuro non si estingua. Per questo ringrazio di cuore tutti voi, non solo per l’onore che mi avete riservato, ma anche per tutto il lavoro che svolgete a servizio della bellezza della fede. Il Signore vi benedica tutti.

BENEDICTO XVI, ¿HÉROE O VILLANO? por PABLO BLANCO SARTO

BENEDICTO XVI, ¿HÉROE O VILLANO?

Pablo Blanco Sarto

Universidad de Navarra

Don Pablo Blanco

Don Pablo Blanco

¿Héroe o villano?, ¿valiente o cobarde?, ¿supremo sacrificio o seguir intrigando detrás de los muros vaticanos? Eran las preguntas que se hacían algunos, incluidos los romanos, curtidos en mil batallas vaticanas. Desde el Lungotevere, Plaza Navona, Campo di Fiori o Piazza Farnese, romanos y turistas leían al día siguiente los periódicos con grandes portadas sobre la renuncia de Benedicto XVI, sentados en las terrazas en un día soleado, a diferencia de la desapacible jornada del día anterior en la que un rayo cayó sobre la cúpula de San Pedro. La imagen de ese fenómeno meteorológico, captada por el fotógrafo Alessandro Di Meo, recorrió el mundo por la extraña coincidencia con la renuncia papal, y se ha convertido en una de las fotografías más publicadas en los medios.

La renuncia de Benedicto XVI no dejó indiferentes ni a cristianos, ni a agnósticos ni a ateos. «Creo que estaba realmente cansado. Ha sido un hombre que ha querido reformar la Iglesia y ha sufrido muchas presiones. Pero el hecho de retirarse es un acto heroico», dijo Patrizia Porpora, atea de 56

años y dueña de una librería en la Plaza Navona. Al portero de un edificio en la Plaza Farnese, Ernesto Calcagni, de 54 años, le gustaba Juan Pablo II «por su carisma, porque atraía mucha gente a la Iglesia y sobre todo, a jóvenes». «Benedicto XVI me parecía frío y distante y durante estos ocho años de pontificado no he sentido nada por él. Sin embargo, tras la sorpresa de ayer y la reflexión que hago hoy, he vuelto a creer en este papa porque su gesto ha sido muy fuerte, de mucho coraje», aseveró. Y antes de regresar a su portería espetó: «Creo que Italia ha sido fuertemente afectada por su renuncia como el rayo que hizo blanco ayer en la cúpula de San Pedro».

¿Traición a la tradición?

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Enseguida salieron a relucir las estadísticas históricas. El último pontífice en renunciar fue Gregorio XII, el veneciano Angelo Correr, que dimitió en 1515, dos años antes de morir. Los demás casos de renuncia al pontificado han sido los de Benedicto IX, elegido en el 1032 y Celestino V (ahora santo), que renunció en 1294 al declararse carente de experiencia en el manejo de los asuntos de la Iglesia. La imagen del papa alemán depositando su palio sobre la tumba de su predecesor dimisionario en la catedral de L’Aquila ha vuelto a dar la vuelta al mundo. Y el futuro inmediato también asomaba en el horizonte: venía también a la imaginación el próximo viaje a Rio de Janeiro, para asistir a la siguiente Jornada mundial de la juventud… El médico había desaconsejado un viaje intercontinental y un papa llevado en volandas no era precisamente lo más estético.

Según se comentaba en los mentideros vaticanos, el papa lo estaba considerando desde antes, tal vez de modo especial después de su último viaje a Cuba, del que volvió más que cansado. Lombardi diluyó este momento puntual, situándolo dentro de un proceso algo más prolongado. Los interrogantes que se suscitan en este momento es si una renuncia supone ser víctima del miedo, o bien una retirada a tiempo. Ha circulado el rumor –nunca demostrado y posiblemente indemostrable– de que el papa alemán había experimentado una crisis de pánico al ser consciente de golpe de los problemas de la Iglesia. Contra este argumento están todos los preparativos (incluidas las obras en el antiguo monasterio) que inducen a pensar en una decisión no tan precipitada. Hay según los expertos otros indicios. ¿No resultaba de hecho más sencillo atenerse a lo que el mismo papa dijo en su comunicado en latín?

Otros testimonios avalan que decidió abandonar el gobierno de la Iglesia universal, cuando se dio cuenta de que el ejercicio del pontificado requería un vigor y unas energías que consideraba que no tenía. León XIII vivió 93 años, pero apenas hubo de salir del Vaticano… Una renuncia, ¿suponía de verdad un acto de cobardía? ¿Era necesario prolongar un estado de cosas que, sin ser terrible, no es el ideal? Evidentemente no. Pero ¿son realmente incompatibles Wojtyla y Ratzinger, a pesar de que han tomado caminos distintos? Tal vez sean dos modos posibles de ejercer un ministerio al servicio de la Iglesia y del mundo. Iban a ser distintos incluso en esto, a pesar de que ambos colaboraran durante 23 años. Son dos estilos, dos modos de vivir una vocación, quizás igualmente legítimos. Ratzinger es además coherente al decir que para él la oración y la adoración son el centro de la misma Iglesia. Por eso su contribución ahora –piensa– es la oración y el estudio.

El futuro papa

Había algún precedente, pero desde luego constituía algo inusual. «Sorpresa de hecho, pero no de derecho», tituló su artículo un experto en derecho canónico. Estaba previsto en el código. Ahora bien, ¿tienen que renunciar todos los papas a partir de ahora? Cada uno sigue siendo del todo libre de hacer lo que vea. Otra pregunta: ¿cómo debía ser el papa que viene? Además de más joven y vigoroso, gracias a los últimos pontífices queda clara una primera condición: ser él mismo. Cada papa ha de obrar en conciencia después de asesorarse. Las diferencias entre Juan Pablo II y Benedicto XVI constituyen una evidencia, y no un simple lugar común de todos los anecdotarios. Son dos opciones posibles.

¿Cuáles deben ser las prioridades del nuevo pontificado? Eso lo decidirá el futuro papa, pero la estela trazada por sus predecesores podrían constituir una posible pauta. Las ideas del papa alemán pueden resumirse en siete palabras:

  1. razón,
  2. corazón,
  3. creación,
  4. (ad)oración,
  5. Jesucristo,
  6. Iglesia
  7. y belleza.

En dos palabras: “nueva evangelización” era la fórmula repetida por Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ha sido un programa que muchos han considerado ilusionante. Constituye toda una hoja de ruta que promete una interesante incursión en el mundo moderno. El nuevo pontífice hará lo que considere oportuno, pero tal vez cuente ya con alguna posible pista. Creyentes y no creyentes, podemos rezar por él…

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