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11/05/2006 – DISCURSO A UN CONGRESO ORGANIZADO POR EL INSTITUTO JUAN PABLO II PARA ESTUDIOS SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A UN CONGRESO ORGANIZADO POR EL INSTITUTO
JUAN PABLO II PARA ESTUDIOS
SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

Jueves 11 de mayo de 2006

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Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría me encuentro con vosotros en este XXV aniversario de la fundación del Instituto pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, en la Universidad pontificia Lateranense. Os saludo a todos cordialmente y os agradezco el gran afecto con que me habéis acogido. Doy las gracias de corazón a monseñor Livio Melina por sus amables palabras y también por haber abreviado. Podremos leer luego lo que quería decir, y queda más tiempo para compartir.

Los inicios de vuestro Instituto están relacionados con un acontecimiento muy especial:  precisamente el 13 de mayo de 1981, en la plaza de San Pedro, mi querido predecesor Juan Pablo II sufrió el grave atentado, bien conocido, durante la audiencia en la que iba a anunciar la creación de vuestro Instituto. Este hecho tiene una importancia especial en la actual conmemoración, que celebramos poco después del primer aniversario de su muerte. Lo habéis querido destacar mediante la oportuna iniciativa de un congreso dedicado al tema:  “La herencia de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia:  amar el amor humano”.

Con razón, vosotros sentís esta herencia de manera totalmente especial, pues sois los destinatarios y los continuadores de la visión que constituyó uno de los ejes de su misión y de sus reflexiones:  el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia. Esta herencia no es simplemente un conjunto de doctrinas o de ideas; es ante todo una enseñanza dotada de una luminosa unidad sobre el sentido del amor humano y de la vida. La presencia de numerosas familias en esta audiencia —y por tanto no sólo los alumnos actuales y del pasado, sino sobre todo los alumnos del futuro— es un testimonio particularmente elocuente de cómo la enseñanza de esa verdad ha sido acogida y ha dado sus frutos.

La idea de “enseñar a amar” ya acompañó al joven sacerdote Karol Wojtyla y sucesivamente lo entusiasmó cuando, siendo un joven obispo, afrontó los difíciles momentos que siguieron a la publicación de la profética y siempre actual encíclica Humanae vitae de mi predecesor Pablo VI.

Fue en esa circunstancia cuando comprendió la necesidad de emprender un estudio sistemático de esta temática. Esto constituyó el substrato de esa enseñanza, que luego ofreció a toda la Iglesia en sus inolvidables Catequesis sobre el amor humano. Así puso de relieve dos elementos fundamentales que en estos años vosotros habéis tratado de profundizar y que configuran la novedad misma de vuestro Instituto como entidad académica con una misión específica dentro de la Iglesia.

El primer elemento es que el matrimonio y la familia están arraigados en el núcleo más íntimo de la verdad sobre el hombre y su destino. La sagrada Escritura revela que la vocación al amor forma parte de la auténtica imagen de Dios que el Creador quiso imprimir en su criatura, llamándola a hacerse semejante a él precisamente en la medida en la que está abierta al amor. Por tanto, la diferencia sexual que caracteriza el cuerpo del hombre y de la mujer no es un simple dato biológico, sino que reviste un significado mucho más profundo:  expresa la forma del amor con la que el hombre y la mujer llegan a ser —como dice la sagrada Escritura— una sola carne, pueden realizar una auténtica comunión de personas abierta a la transmisión de la vida y cooperan de este modo con Dios en la procreación de nuevos seres humanos.

Un segundo elemento caracteriza la novedad de la enseñanza de Juan Pablo II sobre el amor humano:  su manera original de leer el plan de Dios precisamente en la convergencia de la revelación divina con la experiencia humana, pues en Cristo, plenitud de la revelación de amor del Padre, se manifiesta también la verdad plena de la vocación del hombre al amor, que sólo puede encontrarse plenamente en la entrega sincera de sí mismo.

En mi reciente encíclica subrayé cómo precisamente mediante el amor se ilumina “la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino” (Deus caritas est, 1). Es decir, Dios se sirvió del camino del amor para revelar el misterio íntimo de su vida trinitaria.

Además, la íntima relación que existe entre la imagen de Dios Amor y el amor humano nos permite comprender que “a la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano” (ib., 11).

Esta indicación queda todavía, en buena parte, por explorar. De este modo se perfila la tarea que el Instituto para estudios sobre el matrimonio y la familia tiene en el conjunto de sus estructuras académicas:  iluminar la verdad del amor como camino de plenitud en todas las formas de existencia humana. El gran desafío de la nueva evangelización, que Juan Pablo II propuso con tanto impulso, debe ser sostenido con una reflexión realmente profunda sobre el amor humano, pues precisamente este amor es un camino privilegiado que Dios ha escogido para revelarse a sí mismo al mundo y en este amor lo llama a una comunión en la vida trinitaria.

Este planteamiento también nos permite superar una concepción del amor como algo meramente privado, hoy muy generalizada. El auténtico amor se transforma en una luz que guía toda la vida hacia su plenitud, generando una sociedad donde el hombre pueda vivir. La comunión de vida y de amor, que es el matrimonio, se convierte así en un auténtico bien para la sociedad. Evitar la confusión con otros tipos de uniones basadas en un amor débil constituye hoy algo especialmente urgente. Sólo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se convierta en una casa para todos los hombres.

La importancia que el trabajo del Instituto reviste en la misión de la Iglesia explica su configuración propia:  de hecho, Juan Pablo II aprobó un solo Instituto con diferentes sedes distribuidas en los cinco continentes, con la finalidad de ofrecer una reflexión que muestre la riqueza de la única verdad en la pluralidad de las culturas. Esta unidad de visión en la investigación y en la enseñanza, a pesar de la diversidad de lugares y sensibilidades, representa un valor que tenéis que conservar, desarrollando las riquezas arraigadas en cada cultura. Esta característica del Instituto se ha demostrado particularmente adecuada para el estudio de una realidad como la del matrimonio y la familia. Vuestro trabajo puede mostrar cómo el don de la creación vivido en las diferentes culturas ha sido elevado a gracia de redención por Cristo.

Para poder cumplir bien vuestra misión como fieles herederos del fundador del Instituto, el querido Juan Pablo II, os invito a contemplar a María santísima, la Madre del Amor Hermoso. El amor redentor del Verbo encarnado debe convertirse para cada matrimonio y en cada familia en “fuente de agua viva en medio de un mundo sediento” (ib., 42). A todos vosotros, queridos profesores, alumnos de hoy y de ayer, a todo el personal, así como a las familias de vuestro Instituto, os expreso mis mejores deseos, que acompaño con una especial bendición apostólica.

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10/03/2007 – DISCURSO AL FINAL DEL REZO DEL SANTO ROSARIO, EN LA V JORNADA EUROPEA DE LOS UNIVERSITARIOS

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL FINAL DEL REZO DEL SANTO ROSARIO,
EN LA V JORNADA EUROPEA DE LOS UNIVERSITARIOS

Sábado 10 de marzo de 2007

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Queridos jóvenes universitarios:

Me alegra mucho dirigiros mi cordial saludo al final de la Vigilia mariana que el Vicariato de Roma ha organizado con ocasión de la Jornada europea de los universitarios. Expreso mi agradecimiento al cardenal Camillo Ruini y a mons. Lorenzo Leuzzi, así como a todos los que han cooperado en la iniciativa:  las instituciones académicas, los Conservatorios de música, el Ministerio de Universidades e investigación, el Ministerio de comunicaciones. Felicito a los directores de la orquesta y del gran coro, y a vosotros, queridos músicos y miembros del coro.

Al acogeros a vosotros, amigos de Roma, mi pensamiento se dirige con igual afecto a vuestros coetáneos que, gracias a las conexiones de radio y televisión, han podido participar en este momento de oración y reflexión desde varias ciudades de Europa y Asia:  Praga, Calcuta, Hong Kong, Bolonia, Cracovia, Turín, Manchester, Manila, Coimbra, Tirana e Islamabad-Rawalpindi. Realmente, esta “red”, realizada con la colaboración del Centro televisivo vaticano, de Radio Vaticano y de Telespazio, es un signo de los tiempos, un signo de esperanza.

Es una “red” que demuestra todo su valor si consideramos el tema de esta vigilia:  “La caridad intelectual, camino para una nueva cooperación entre Europa y Asia”. Es sugestivo pensar en la caridad intelectual como fuerza del espíritu humano, capaz de unir los itinerarios formativos de las nuevas generaciones. Más globalmente, la caridad intelectual puede unir el camino existencial de jóvenes que, aun viviendo a gran distancia unos de otros, logran sentirse vinculados en el ámbito de la búsqueda interior y del testimonio.

Esta tarde realizamos un puente ideal entre Europa y Asia, continente de riquísimas tradiciones espirituales, donde se han desarrollado algunas de las más antiguas y nobles tradiciones culturales de la humanidad. Por consiguiente, es muy significativo este encuentro. Los jóvenes universitarios de Roma se hacen promotores de fraternidad con la caridad intelectual, fomentan una solidaridad que no se basa en intereses económicos o políticos, sino sólo en el estudio y la búsqueda de la verdad. En definitiva, nos situamos en la auténtica perspectiva “universitaria”, es decir, en la perspectiva de la comunidad del saber, que ha sido uno de los elementos constitutivos de Europa. ¡Gracias, queridos jóvenes!

Me dirijo ahora a los que están en conexión con nosotros desde las diversas ciudades y naciones.

(en checo)
Queridos jóvenes que estáis reunidos en Praga:  que la amistad con Cristo ilumine siempre vuestro estudio y vuestro crecimiento personal.

(en inglés)
Queridos universitarios de Calculta, Hong Kong, Islamabad-Rawalpindi, Manchester y Manila:  testimoniad que Jesucristo no nos quita nada, sino que lleva a hacer realidad nuestros más profundos anhelos de vida y verdad.

(en polaco)
Queridos amigos de Cracovia:  conservad siempre como un tesoro las enseñanzas  que el venerado Papa Juan Pablo II dejó a los jóvenes y, de modo especial, a los universitarios.

(en portugués)
Queridos estudiantes de la universidad de Coimbra:  que la Virgen María, Sede de la Sabiduría, sea vuestra guía, para que seáis verdaderos discípulos y testigos de la Sabiduría cristiana.

(en albanés)
Queridos jóvenes de Tirana:  comprometeos para construir como protagonistas la nueva Albania, recurriendo a las raíces cristianas de Europa.

(en italiano)
Queridos estudiantes de las universidades de Bolonia y Turín:  nunca dejéis de dar vuestra contribución original y creativa a la construcción del nuevo humanismo, basado en el diálogo fecundo entre la fe y la razón.

Queridos amigos, estamos viviendo el tiempo de Cuaresma, y la liturgia nos exhorta continuamente a fortalecer nuestro seguimiento de Cristo. También esta Vigilia, según la tradición de la Jornada mundial de la juventud, puede considerarse una etapa de la peregrinación espiritual guiada por la cruz. Y el misterio de la cruz no está separado del tema de la caridad intelectual, más aún, lo ilumina. La sabiduría cristiana es sabiduría de la cruz:  los estudiantes, y con mayor razón los profesores cristianos, interpretan todas las realidades a la luz del misterio de amor de Dios, que tiene en la cruz su revelación más alta y perfecta.

Una vez más, queridos jóvenes, os encomiendo la cruz de Cristo:  acogedla, abrazadla, seguidla. Es el árbol de la vida. Junto a ella podéis encontrar siempre a María, la Madre de Jesús. Como ella, Sede de la Sabiduría, fijad vuestra mirada en Aquel que por nosotros fue traspasado (cf. Jn 19, 37); contemplad el manantial inagotable del amor y de la verdad, y también vosotros podréis llegar a ser discípulos y testigos llenos de alegría.

Es el deseo que os expreso a cada uno. Lo  acompaño de corazón con la oración y con mi bendición, que de buen grado extiendo a todos vuestros seres queridos.

03/02/2007 – DISCURSO CON MOTIVO DEL 60 ANIVERSARIO DE LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA «PROVIDA MATER ECCLESIA»

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON MOTIVO DEL 60 ANIVERSARIO
DE LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA
«PROVIDA MATER ECCLESIA»

Pope Benedict XVI smiles during his week

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Sala Clementina
Sábado 3 de febrero de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra estar hoy entre vosotros, miembros de los institutos seculares, con quienes me encuentro por primera vez después de mi elección a la Cátedra del apóstol san Pedro. Os saludo a todos con afecto. Saludo al cardenal Franc Rodé, prefecto de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, y le agradezco las palabras de filial devoción y cercanía espiritual que me ha dirigido, también en nombre vuestro.

Saludo al cardenal Cottier y al secretario de vuestra Congregación. Saludo a la presidenta de la Conferencia mundial de institutos seculares, que se ha hecho intérprete de los sentimientos y de las expectativas de todos vosotros, que habéis venido de diferentes países, de todos los continentes, para celebrar un Simposio internacional sobre la constitución apostólica Provida Mater Ecclesia.

Como ya se ha dicho, han pasado sesenta años desde aquel 2 de febrero de 1947, cuando mi predecesor Pío XII promulgó esa constitución apostólica, dando así una configuración teológico-jurídica a una experiencia preparada en los decenios anteriores, y reconociendo que los institutos seculares son uno de los innumerables dones con que el Espíritu Santo acompaña el camino de la Iglesia y la renueva en todos los siglos.

Ese acto jurídico no representó el punto de llegada, sino más bien el punto de partida de un camino orientado a delinear una nueva forma de consagración: la de fieles laicos y presbíteros diocesanos, llamados a vivir con radicalismo evangélico precisamente la secularidad en la que están inmersos en virtud de la condición existencial o del ministerio pastoral.

Pope Benedict XVI waves to the faithful

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Os encontráis hoy aquí para seguir trazando el recorrido iniciado hace sesenta años, en el que sois portadores cada vez más apasionados del sentido del mundo y de la historia en Cristo Jesús. Vuestro celo nace de haber descubierto la belleza de Cristo, de su modo único de amar, encontrar, sanar la vida, alegrarla, confortarla. Y esta belleza es la que vuestra vida quiere cantar, para que vuestro estar en el mundo sea signo de vuestro estar en Cristo.

En efecto, lo  que hace que vuestra inserción en las vicisitudes humanas constituya un lugar teológico es el misterio de la Encarnación:  “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn 3, 16). La obra de la salvación no se llevó a cabo en contraposición con la historia de los hombres, sino dentro y a través de ella. Al respecto dice la carta a los Hebreos:  “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo” (Hb 1, 1-2). El mismo acto redentor se realizó en el contexto del tiempo y de la historia, y se caracterizó como obediencia al plan de Dios inscrito en la obra salida de sus manos.

El mismo texto de la carta a los Hebreos, texto inspirado, explica:  “Dice primero:  “Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron” —cosas todas ofrecidas conforme a la Ley—; luego añade:  “He aquí que vengo a hacer tu voluntad”” (Hb 10, 8-9). Estas palabras del Salmo, que la carta a los Hebreos ve expresadas en el diálogo intratrinitario, son palabras del Hijo que dice al Padre:  “He aquí que vengo a hacer tu voluntad”. Así se realiza la Encarnación:  “He aquí que vengo a hacer tu voluntad”. El Señor nos implica en sus palabras, que se convierten en nuestras:  “He aquí que vengo, con el Señor, con el Hijo, a hacer tu voluntad”.

De este modo se delinea con claridad el camino de vuestra santificación:  la adhesión oblativa al plan salvífico manifestado en la Palabra revelada, la solidaridad con la historia, la búsqueda de la voluntad del Señor inscrita en las vicisitudes humanas gobernadas por su providencia. Y, al mismo tiempo, se descubren los caracteres de la misión secular:  el testimonio de las virtudes humanas, como “la justicia, la paz y el gozo” (Rm 14, 17), la “conducta ejemplar” de la que habla san Pedro en su primera carta (cf. 1 P 2, 12), haciéndose eco de las palabras del Maestro:  “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

Además, forma parte de la misión secular el esfuerzo por construir una sociedad que reconozca en los diversos ámbitos la dignidad de la persona y los valores irrenunciables para su plena realización:  la política, la economía, la educación, el compromiso por la salud pública, la gestión de los servicios, la investigación científica, etc. Toda realidad propia y específica que vive el cristiano, su trabajo y sus intereses concretos, aun conservando su consistencia relativa, tienen como fin último ser abrazados por la misma finalidad por la cual el Hijo de Dios entró en el mundo.

Por consiguiente, sentíos implicados en todo dolor, en toda injusticia, así como en toda búsqueda de la verdad, de la belleza y de la bondad, no porque tengáis la solución de todos los problemas, sino porque toda circunstancia en la que el hombre vive y muere constituye para vosotros una ocasión de testimoniar la obra salvífica de Dios. Esta es vuestra misión. Vuestra consagración pone de manifiesto, por un lado, la gracia particular que os viene del Espíritu para la realización de la vocación; y, por otro, os compromete a una docilidad total de mente, de corazón y de voluntad, al proyecto de Dios Padre revelado en Cristo Jesús, a cuyo seguimiento radical estáis llamados.

Pope Benedict XVI smiles in the Aula Pao

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Todo encuentro con Cristo exige un profundo cambio de mentalidad, pero para algunos, como es vuestro caso, la petición del Señor es particularmente exigente:  dejarlo todo, porque Dios es todo y será todo en vuestra vida. No se trata simplemente de un modo diverso de relacionaros con Cristo y de expresar vuestra adhesión a él, sino de una elección de Dios que, de modo estable, exige de vosotros una confianza absolutamente total en él.

Configurar la propia vida a la de Cristo de acuerdo con estas palabras, configurar la propia vida a la de Cristo a través de la práctica de los consejos evangélicos, es una nota fundamental y vinculante que, en su especificidad, exige compromisos y gestos concretos, propios de “alpinistas del espíritu”, como os llamó el venerado Papa Pablo VI (Discurso a los participantes en el I Congreso internacional de Institutos seculares, 26 de septiembre de 1970:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de octubre de 1970, p. 11).

El carácter secular de vuestra consagración, por un lado, pone de relieve los medios con los que os esforzáis por realizarla, es decir, los medios propios de todo hombre y mujer que viven en condiciones ordinarias en el mundo; y, por otro, la forma de su desarrollo, es decir, la de una relación profunda con los signos de los tiempos que estáis llamados a discernir, personal y comunitariamente, a la luz del Evangelio.

Personas autorizadas han considerado muchas veces que precisamente este discernimiento es vuestro carisma, para que podáis ser laboratorio de diálogo con el mundo, “el “laboratorio experimental” en el que la Iglesia verifique las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo” (Pablo VI, Discurso a los responsables generales de los institutos seculares, 25 de agosto de 1976:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de septiembre de 1976, p. 1)

De aquí deriva precisamente la continua actualidad de vuestro carisma, porque este discernimiento no debe realizarse desde fuera de la realidad, sino desde dentro, mediante una plena implicación. Eso se lleva a cabo por medio de las relaciones ordinarias que podéis entablar en el ámbito familiar y social, así como en la actividad profesional, en el entramado de las comunidades civil y eclesial. El encuentro con Cristo, el dedicarse a su seguimiento, abre de par en par e impulsa al encuentro con cualquiera, porque si Dios se realiza sólo en la comunión trinitaria, también el hombre encontrará su plenitud sólo en la comunión.

A vosotros no se os pide instituir formas particulares de vida, de compromiso apostólico, de intervenciones sociales, salvo las que pueden surgir en las relaciones personales, fuentes de riqueza profética. Ojalá que, como la levadura que hace fermentar toda la harina (cf. Mt 13, 33), así sea vuestra vida, a veces silenciosa y oculta, pero siempre positiva y estimulante, capaz de generar esperanza.

Por tanto, el lugar de vuestro apostolado es todo lo humano, no sólo dentro de la comunidad cristiana —donde la relación se entabla con la escucha de la Palabra y con la vida sacramental, de las que os alimentáis para sostener la identidad bautismal—, sino también dentro de la comunidad civil, donde la relación se realiza en la búsqueda del bien común, en diálogo con todos, llamados a testimoniar la antropología cristiana que constituye una propuesta de sentido en una sociedad desorientada y confundida por el clima multicultural y multirreligioso que la caracteriza.

Provenís de países diversos; también son diversas las situaciones culturales, políticas e incluso religiosas en las que vivís, trabajáis y envejecéis. En todas buscad la Verdad, la revelación humana de Dios en la vida. Como sabemos, es un camino largo, cuyo presente es inquieto, pero cuya meta es segura.

Pope Benedict XVI blesses the faithful i

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Anunciad la belleza de Dios y de su creación. A ejemplo de Cristo, sed obedientes por amor, hombres y mujeres de mansedumbre y misericordia, capaces de recorrer los caminos del mundo haciendo sólo el bien. En el centro de vuestra vida poned las Bienaventuranzas, contradiciendo la lógica humana, para manifestar una confianza incondicional en Dios, que quiere que el hombre sea feliz.

La Iglesia os necesita también a vosotros para cumplir plenamente su misión. Sed semilla de santidad arrojada a manos llenas en los surcos de la historia. Enraizados en la acción gratuita y eficaz con que el Espíritu del Señor está guiando las vicisitudes humanas, dad frutos de fe auténtica, escribiendo con vuestra vida y con vuestro testimonio parábolas de esperanza, escribiéndolas con las obras sugeridas por la “creatividad de la caridad” (Novo millennio ineunte, 50).

Con estos deseos, a la vez que os aseguro mi constante oración, para sostener vuestras iniciativas de apostolado y de caridad os imparto una especial bendición apostólica.

20/01/2006 – DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A LA COMUNIDAD DEL ALMO COLEGIO CAPRÁNICA

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A LA COMUNIDAD DEL ALMO COLEGIO CAPRÁNICA

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Viernes 20 de enero de 2006

Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado;
queridos alumnos del Almo Colegio Capránica:

Me alegra acogeros en esta audiencia especial, en la víspera de la memoria litúrgica de santa Inés, vuestra patrona celestial. Me encuentro con vosotros por primera vez después de mi elección a la cátedra del apóstol san Pedro, y de buen grado aprovecho la ocasión para dirigiros a todos un cordial saludo. Deseo saludar en primer lugar al cardenal Camillo Ruini y a los demás prelados, que componen la comisión episcopal encargada de vuestro colegio; saludo al rector, monseñor Ermenegildo Manicardi, y a los demás formadores; os saludo a vosotros, queridos jóvenes, que os preparáis para desempeñar el ministerio sacerdotal. Os encontráis en un período muy importante de la vida, el de vuestra formación, un tiempo propicio para crecer humana, cultural y espiritualmente.

Queridos jóvenes, en la organización del Colegio todo os ayuda a prepararos bien para vuestra futura misión pastoral: la oración, el recogimiento, el estudio, la vida comunitaria y el apoyo de los formadores. Podéis beneficiaros del hecho de que vuestro seminario, rico en historia, está insertado en la vida de la diócesis de Roma, y la comunidad del Capránica ha tenido siempre el compromiso y se ha sentido orgullosa de cultivar un fuerte vínculo de fidelidad al Obispo de Roma.

La posibilidad de cursar los estudios teológicos en la ciudad de Roma os brinda también una singular oportunidad de crecimiento y de apertura a las exigencias de la Iglesia universal. Durante estos años, debéis esforzaros por aprovechar todas las ocasiones para testimoniar eficazmente el Evangelio en medio de los hombres de nuestro tiempo.

Para responder a las expectativas de la sociedad moderna y para cooperar en la vasta acción evangelizadora que implica a todos los cristianos, hacen falta sacerdotes preparados y valientes que, sin ambiciones ni temores, sino convencidos de la verdad evangélica, se preocupen ante todo de anunciar a Cristo y, en su nombre, estén dispuestos a ayudar a las personas que sufren, haciendo experimentar el consuelo del amor de Dios y la cercanía de la familia eclesial a todos, especialmente a los pobres y a cuantos se encuentran en dificultades.

Como sabéis bien, esto exige no sólo una maduración humana y una adhesión diligente a la verdad revelada, que el magisterio de la Iglesia propone fielmente, sino también un serio compromiso de santificación personal y de ejercicio de las virtudes, especialmente de la humildad y la caridad; también es necesario alimentar la comunión con los diversos miembros del pueblo de Dios, para que crezca en cada uno la conciencia de que forma parte del único Cuerpo de Cristo, en el que unos somos miembros de los otros (cf. Rm 12, 4-6).

Para que todo esto pueda realizarse, os invito, queridos amigos, a mantener la mirada fija en Cristo, autor y perfeccionador de la fe (cf. Hb 12, 2). En efecto, cuanto más permanezcáis en comunión con él, tanto más podréis seguir fielmente sus pasos, de modo que, “revestidos del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14), madure vuestro amor al Señor, bajo la guía del Espíritu Santo. Tenéis ante vuestros ojos el testimonio de sacerdotes celosos, que a lo largo de los años vuestro “Almo” Colegio ha contado entre sus alumnos, sacerdotes que han difundido tesoros de ciencia y de bondad en la viña del Señor. Seguid su ejemplo.

Queridos amigos, el Papa os acompaña con la oración, pidiendo al Señor que os fortalezca y os colme de abundantes dones. Que interceda por vosotros santa Inés, la cual, muy joven, resistiendo a lisonjas y amenazas, eligió como su tesoro la “perla” preciosa del Reino y amó a Cristo hasta el martirio. La Virgen María os conceda que deis abundantes frutos de obras buenas, para alabanza del Señor y bien de la santa Iglesia. En prenda de estos deseos, os imparto con afecto a vosotros y a toda la comunidad del Capránica la bendición apostólica, que de buen grado extiendo a vuestros seres queridos.

14/01/2006 – DISCURSO AL PERSONAL DE LA COMISARÍA DE POLICÍA QUE SE HALLA JUNTO AL VATICANO

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
AL PERSONAL DE LA COMISARÍA DE POLICÍA
QUE SE HALLA JUNTO AL VATICANO

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Sábado 14 de enero de 2006

Señor prefecto;
señor jefe de policía;
señor director;
queridos funcionarios y agentes:

El encuentro del Papa con vosotros, que todos los años se renueva, representa una hermosa tradición, queridos amigos, que con esmero y profesionalidad estáis al servicio de los peregrinos y os encargáis de garantizar la seguridad en la plaza de San Pedro y en torno al Vaticano. Además, es una ocasión oportuna para intercambiarnos cordiales felicitaciones al inicio del nuevo año, que deseo sea para todos sereno y provechoso.

Tengo la alegría de acogeros por primera vez como Sucesor del apóstol san Pedro, aunque en el pasado casi diariamente me encontraba con vosotros en la plaza o en los alrededores, y siempre pude constatar personalmente cuán meritorio es vuestro arduo trabajo. Por tanto, os doy con afecto a cada uno mi sincera bienvenida y mi saludo, que de buen grado extiendo a vuestras respectivas familias y a todos vuestros seres queridos.

En particular, quisiera saludar a vuestro director general, doctor Vincenzo Caso, que desde hace pocos meses está al frente de la Comisaría, agradeciéndole las amables palabras que me ha dirigido en nombre de los presentes y de cuantos forman parte de vuestra singular comunidad laboral. También quisiera saludar cordialmente al prefecto Salvatore Festa.

Os encargáis de mantener el orden y la seguridad. Esta tarea requiere preparación técnica y profesional, así como mucha paciencia, vigilancia constante, amabilidad y espíritu de sacrificio. Los que trabajan en las diversas oficinas de la Santa Sede, los peregrinos y los turistas que vienen a encontrarse con el Papa o a rezar en San Pedro, saben que pueden contar con vuestra asistencia discreta y eficiente. Sois para ellos silenciosos y atentos “ángeles custodios” que velan día y noche sobre la zona.

¿Cómo no recordar, por ejemplo, el gran esfuerzo realizado por vuestra Comisaría y por la policía, con el apoyo de diversos componentes de las Fuerzas armadas italianas y otros organismos, en los difíciles días de la enfermedad, la muerte y el funeral del amado Papa Juan Pablo II? Igualmente eficientes fuisteis con ocasión de mi elección a la Sede de Pedro. Aprovecho este encuentro para renovar mi agradecimiento más sincero y el de mis colaboradores a todos los que en aquellas circunstancias históricas contribuyeron a que todo se desarrollara con orden y tranquilidad, y el mundo entero pudo admirar la eficiencia de la organización desplegada.

Esto lleva a considerar cuán importante es trabajar siempre en armonía y con sincera cooperación por parte de todos. Las familias, las comunidades, las diferentes organizaciones, las naciones y el mundo mismo serían mejores si, como en un cuerpo sano y bien articulado, cada miembro desarrollara con conciencia y altruismo su propia tarea, sea grande o pequeña.

Queridos amigos, abramos el corazón a Cristo y acojamos con confianza su Evangelio, valiosa regla de vida para quienes buscan el sentido verdadero de la existencia humana. Pidamos ayuda a la Virgen María para que, como Madre solícita, os proteja a cada uno de vosotros, a vuestras familias, vuestro trabajo, y vele sobre Italia durante el año 2006, recién iniciado.

Con estos sentimientos, invoco sobre vosotros y sobre vuestros seres queridos la abundancia de los dones celestiales, a la vez que de corazón imparto a todos una especial bendición apostólica.

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