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11/05/2006 – DISCURSO A UN CONGRESO ORGANIZADO POR EL INSTITUTO JUAN PABLO II PARA ESTUDIOS SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A UN CONGRESO ORGANIZADO POR EL INSTITUTO
JUAN PABLO II PARA ESTUDIOS
SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

Jueves 11 de mayo de 2006

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Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría me encuentro con vosotros en este XXV aniversario de la fundación del Instituto pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, en la Universidad pontificia Lateranense. Os saludo a todos cordialmente y os agradezco el gran afecto con que me habéis acogido. Doy las gracias de corazón a monseñor Livio Melina por sus amables palabras y también por haber abreviado. Podremos leer luego lo que quería decir, y queda más tiempo para compartir.

Los inicios de vuestro Instituto están relacionados con un acontecimiento muy especial:  precisamente el 13 de mayo de 1981, en la plaza de San Pedro, mi querido predecesor Juan Pablo II sufrió el grave atentado, bien conocido, durante la audiencia en la que iba a anunciar la creación de vuestro Instituto. Este hecho tiene una importancia especial en la actual conmemoración, que celebramos poco después del primer aniversario de su muerte. Lo habéis querido destacar mediante la oportuna iniciativa de un congreso dedicado al tema:  “La herencia de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia:  amar el amor humano”.

Con razón, vosotros sentís esta herencia de manera totalmente especial, pues sois los destinatarios y los continuadores de la visión que constituyó uno de los ejes de su misión y de sus reflexiones:  el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia. Esta herencia no es simplemente un conjunto de doctrinas o de ideas; es ante todo una enseñanza dotada de una luminosa unidad sobre el sentido del amor humano y de la vida. La presencia de numerosas familias en esta audiencia —y por tanto no sólo los alumnos actuales y del pasado, sino sobre todo los alumnos del futuro— es un testimonio particularmente elocuente de cómo la enseñanza de esa verdad ha sido acogida y ha dado sus frutos.

La idea de “enseñar a amar” ya acompañó al joven sacerdote Karol Wojtyla y sucesivamente lo entusiasmó cuando, siendo un joven obispo, afrontó los difíciles momentos que siguieron a la publicación de la profética y siempre actual encíclica Humanae vitae de mi predecesor Pablo VI.

Fue en esa circunstancia cuando comprendió la necesidad de emprender un estudio sistemático de esta temática. Esto constituyó el substrato de esa enseñanza, que luego ofreció a toda la Iglesia en sus inolvidables Catequesis sobre el amor humano. Así puso de relieve dos elementos fundamentales que en estos años vosotros habéis tratado de profundizar y que configuran la novedad misma de vuestro Instituto como entidad académica con una misión específica dentro de la Iglesia.

El primer elemento es que el matrimonio y la familia están arraigados en el núcleo más íntimo de la verdad sobre el hombre y su destino. La sagrada Escritura revela que la vocación al amor forma parte de la auténtica imagen de Dios que el Creador quiso imprimir en su criatura, llamándola a hacerse semejante a él precisamente en la medida en la que está abierta al amor. Por tanto, la diferencia sexual que caracteriza el cuerpo del hombre y de la mujer no es un simple dato biológico, sino que reviste un significado mucho más profundo:  expresa la forma del amor con la que el hombre y la mujer llegan a ser —como dice la sagrada Escritura— una sola carne, pueden realizar una auténtica comunión de personas abierta a la transmisión de la vida y cooperan de este modo con Dios en la procreación de nuevos seres humanos.

Un segundo elemento caracteriza la novedad de la enseñanza de Juan Pablo II sobre el amor humano:  su manera original de leer el plan de Dios precisamente en la convergencia de la revelación divina con la experiencia humana, pues en Cristo, plenitud de la revelación de amor del Padre, se manifiesta también la verdad plena de la vocación del hombre al amor, que sólo puede encontrarse plenamente en la entrega sincera de sí mismo.

En mi reciente encíclica subrayé cómo precisamente mediante el amor se ilumina “la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino” (Deus caritas est, 1). Es decir, Dios se sirvió del camino del amor para revelar el misterio íntimo de su vida trinitaria.

Además, la íntima relación que existe entre la imagen de Dios Amor y el amor humano nos permite comprender que “a la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano” (ib., 11).

Esta indicación queda todavía, en buena parte, por explorar. De este modo se perfila la tarea que el Instituto para estudios sobre el matrimonio y la familia tiene en el conjunto de sus estructuras académicas:  iluminar la verdad del amor como camino de plenitud en todas las formas de existencia humana. El gran desafío de la nueva evangelización, que Juan Pablo II propuso con tanto impulso, debe ser sostenido con una reflexión realmente profunda sobre el amor humano, pues precisamente este amor es un camino privilegiado que Dios ha escogido para revelarse a sí mismo al mundo y en este amor lo llama a una comunión en la vida trinitaria.

Este planteamiento también nos permite superar una concepción del amor como algo meramente privado, hoy muy generalizada. El auténtico amor se transforma en una luz que guía toda la vida hacia su plenitud, generando una sociedad donde el hombre pueda vivir. La comunión de vida y de amor, que es el matrimonio, se convierte así en un auténtico bien para la sociedad. Evitar la confusión con otros tipos de uniones basadas en un amor débil constituye hoy algo especialmente urgente. Sólo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se convierta en una casa para todos los hombres.

La importancia que el trabajo del Instituto reviste en la misión de la Iglesia explica su configuración propia:  de hecho, Juan Pablo II aprobó un solo Instituto con diferentes sedes distribuidas en los cinco continentes, con la finalidad de ofrecer una reflexión que muestre la riqueza de la única verdad en la pluralidad de las culturas. Esta unidad de visión en la investigación y en la enseñanza, a pesar de la diversidad de lugares y sensibilidades, representa un valor que tenéis que conservar, desarrollando las riquezas arraigadas en cada cultura. Esta característica del Instituto se ha demostrado particularmente adecuada para el estudio de una realidad como la del matrimonio y la familia. Vuestro trabajo puede mostrar cómo el don de la creación vivido en las diferentes culturas ha sido elevado a gracia de redención por Cristo.

Para poder cumplir bien vuestra misión como fieles herederos del fundador del Instituto, el querido Juan Pablo II, os invito a contemplar a María santísima, la Madre del Amor Hermoso. El amor redentor del Verbo encarnado debe convertirse para cada matrimonio y en cada familia en “fuente de agua viva en medio de un mundo sediento” (ib., 42). A todos vosotros, queridos profesores, alumnos de hoy y de ayer, a todo el personal, así como a las familias de vuestro Instituto, os expreso mis mejores deseos, que acompaño con una especial bendición apostólica.

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08/11/2008 – DISCURSO A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO SOBRE PÍO XII

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO SOBRE PÍO XII
ORGANIZADO POR LAS UNIVERSIDADES LATERANENSE
Y GREGORIANA

Sala Clementina
Sábado 8 de noviembre de 2008

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Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Me alegra acogeros con ocasión del congreso sobre: “La herencia del magisterio de Pío XII y el concilio Vaticano II”, organizado por la Pontificia Universidad Lateranense juntamente con la Pontificia Universidad Gregoriana. Es un congreso importante por el tema que afronta y por las personas eruditas, procedentes de varias naciones, que participan en él. Al dirigir a cada uno mi cordial saludo, doy las gracias en particular a monseñor Rino Fisichella, rector magnífico de la Universidad Lateranense, y al padre Gianfranco Ghirlanda, rector de la Universidad Gregoriana, por las amables palabras con que han interpretado los sentimientos comunes.

He apreciado el comprometedor tema en el que habéis concentrado vuestra atención. En los últimos años, cuando se ha hablado de Pío XII, la atención se ha concentrado de modo excesivo en una sola problemática, por lo demás tratada de modo más bien unilateral. Prescindiendo de cualquier otra consideración, eso ha impedido un acercamiento adecuado a una figura de gran relevancia histórico-teológica como es la del Papa Pío XII. El conjunto de la imponente actividad llevada a cabo por este Pontífice, y de modo muy especial su magisterio, sobre el que habéis reflexionado en estos días, son una prueba elocuente de lo que acabo de afirmar. En efecto, su magisterio se caracteriza por una enorme y benéfica amplitud, así como por su excepcional calidad, de forma que se puede decir muy bien que constituye una valiosa herencia que la Iglesia ha atesorado y sigue atesorando.

He hablado de “enorme y benéfica amplitud” de este magisterio. Baste recordar, al respecto, las encíclicas y los numerosísimos discursos y radiomensajes contenidos en los veinte volúmenes de sus “Enseñanzas”. Son más de cuarenta las encíclicas que publicó. Entre ellas destaca la Mystici Corporis, en la que el Papa afronta el tema de la verdadera e íntima naturaleza de la Iglesia. Con una amplia investigación pone de relieve nuestra profunda unión ontológica con Cristo y —en él, por él y con él— con todos los demás fieles animados por su Espíritu, que se alimentan de su Cuerpo y, transformados en él, le permiten seguir extendiendo en el mundo su obra salvífica. Íntimamente vinculadas con la Mystici Corporis están otras dos encíclicas: la Divino afflante Spiritu sobre la Sagrada Escritura y la Mediator Dei sobre la sagrada liturgia, en las que se presentan las dos fuentes en las que deben beber quienes pertenecen a Cristo, Cabeza del Cuerpo místico que es la Iglesia.

En este contexto de amplias dimensiones, Pío XII trató sobre las diversas clases de personas que, por voluntad del Señor, forman parte de la Iglesia, aunque con vocaciones y tareas diferentes: los sacerdotes, los religiosos y los laicos. Así, emanó sabias normas sobre la formación de los sacerdotes, que se deben caracterizar por el amor personal a Cristo, la sencillez y la sobriedad de vida, la lealtad con sus obispos y la disponibilidad con respecto a quienes están encomendados a sus cuidados pastorales.

En la encíclica Sacra virginitas y en otros documentos sobre la vida religiosa, Pío XII puso claramente de manifiesto la excelencia del “don” que Dios concede a ciertas personas invitándolas a consagrarse totalmente a su servicio y al del prójimo en la Iglesia. Desde esta perspectiva, el Papa insiste fuertemente en la necesidad de volver al Evangelio y al auténtico carisma de los fundadores y de las fundadoras de las diversas Órdenes y congregaciones religiosas, aludiendo también a la necesidad de algunas sanas reformas.

Fueron numerosas las ocasiones en que Pío XII trató acerca de la responsabilidad de los laicos en la Iglesia, aprovechando en particular los grandes congresos internacionales dedicados a estos temas. De buen grado afrontaba los problemas de cada una de las profesiones, indicando por ejemplo los deberes de los jueces, de los abogados, de los agentes sociales, de los médicos: a estos últimos el Sumo Pontífice dedicó numerosos discursos, ilustrando las normas deontológicas que deben respetar en su actividad.

En la encíclica Miranda prorsus el Papa puso de relieve la gran importancia de los medios modernos de comunicación, que de un modo cada vez más incisivo estaban influyendo en la opinión pública. Precisamente por esto, el Sumo Pontífice, que valoró al máximo la nueva invención de la Radio, subrayaba el deber de los periodistas de proporcionar informaciones verídicas y respetuosas de las normas morales.

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Pío XII prestó también atención a las ciencias y a los extraordinarios progresos llevados a cabo por ellas. Aun admirando las conquistas logradas en algunos campos, el Papa no dejó de poner en guardia ante los peligros que podía implicar una investigación no atenta a los valores morales. Baste un solo ejemplo: fue célebre el discurso que pronunció sobre la fisión de los átomos ya realizada. Sin embargo, con extraordinaria clarividencia, el Papa advirtió de la necesidad de impedir a toda costa que estos geniales progresos científicos fueran utilizados para la construcción de armas mortíferas que podrían provocar enormes catástrofes e incluso la destrucción total de la humanidad.

Y no podemos menos de recordar los largos e inspirados discursos sobre el anhelado nuevo orden de la sociedad civil, nacional e internacional, para el que indicaba como fundamento imprescindible la justicia, verdadero presupuesto para una convivencia pacífica entre los pueblos: “opus iustitiae pax”.

Merece también una mención especial la enseñanza mariológica de Pío XII, que alcanzó su culmen en la proclamación del dogma de la Asunción de María santísima, por medio del cual el Santo Padre quería subrayar la dimensión escatológica de nuestra existencia y exaltar igualmente la dignidad de la mujer.

Y ¿qué decir de la calidad de la enseñanza de Pío XII? Era contrario a las improvisaciones: escribía cada discurso con sumo esmero, sopesando cada frase y cada palabra antes de pronunciarla en público. Estudiaba atentamente las diversas cuestiones y tenía la costumbre de pedir consejo a eminentes especialistas, cuando se trataba de temas que exigían una competencia particular. Por naturaleza e índole, Pío XII era un hombre mesurado y realista, alejado de fáciles optimismos, pero también estaba inmune del peligro del pesimismo, impropio de un creyente. Odiaba las polémicas estériles y desconfiaba profundamente del fanatismo y del sentimentalismo.

Estas actitudes interiores dan razón del valor y la profundidad, así como de la fiabilidad de su enseñanza, y explican la adhesión confiada que le prestaban no sólo los fieles, sino también numerosas personas que no pertenecían a la Iglesia. Considerando la gran amplitud y la elevada calidad del magisterio de Pío XII, cabe preguntarse cómo lograba hacer tanto, dado que debía dedicarse a las demás numerosas tareas relacionadas con su oficio de Sumo Pontífice: el gobierno diario de la Iglesia, los nombramientos y las visitas de los obispos, las visitas de jefes de Estado y de diplomáticos, las innumerables audiencias concedidas a personas particulares y a grupos muy diversos.

Todos reconocen que Pío XII poseía una inteligencia poco común, una memoria de hierro, una singular familiaridad con las lenguas extranjeras y una notable sensibilidad. Se ha dicho que era un diplomático consumado, un jurista eminente y un óptimo teólogo. Todo esto es verdad, pero eso no lo explica todo. En él se daba también un continuo esfuerzo y una firme voluntad de entregarse a Dios sin escatimar nada y sin cuidar su salud enfermiza.

Este fue el verdadero motivo de su comportamiento: todo nacía del amor a su Señor Jesucristo y del amor a la Iglesia y a la humanidad. En efecto, era ante todo el sacerdote en constante e íntima unión con Dios, el sacerdote que encontraba la fuerza para su enorme trabajo en largos ratos de oración ante el Santísimo Sacramento, en diálogo silencioso con su Creador y Redentor. Allí tenía origen e impulso su magisterio, como por lo demás todas sus restantes actividades.

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Así pues, no debe sorprender que su enseñanza siga difundiendo también hoy luz en la Iglesia. Ya han transcurrido cincuenta años desde su muerte, pero su poliédrico y fecundo magisterio sigue teniendo un valor inestimable también para los cristianos de hoy. Ciertamente, la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, es un organismo vivo y vital, y no ha quedado inmóvil en lo que era hace cincuenta años. Pero el desarrollo se realiza con coherencia. Por eso, la herencia del magisterio de Pío XII fue recogida por el Concilio Vaticano II y propuesta de nuevo a las generaciones cristianas sucesivas.

Es sabido que en las intervenciones orales y escritas presentadas por los padres del Concilio Vaticano II se registran más de mil referencias al magisterio de Pío XII. No todos los documentos del Concilio tienen aparato de notas, pero en los documentos que lo tienen, el nombre de Pío XII aparece más de doscientas veces. Eso quiere decir que, con excepción de la Sagrada Escritura, este Papa es la fuente autorizada que se cita con más frecuencia.

Además, se sabe que, por lo general, las notas de esos documentos no son simples referencias explicativas, sino que a menudo constituyen auténticas partes integrantes de los textos conciliares; no sólo proporcionan justificaciones para apoyar lo que se afirma en el texto, sino que ofrecen asimismo una clave para su interpretación.

Así pues, podemos muy bien decir que, en la persona del Sumo Pontífice Pío XII, el Señor hizo a su Iglesia un don excepcional, por el que todos debemos estarle agradecidos. Por tanto, renuevo la expresión de mi aprecio por el importante trabajo que habéis realizado en la preparación y en el desarrollo de este congreso internacional sobre el magisterio de Pío XII y deseo que se siga reflexionando sobre la valiosa herencia que dejó a la Iglesia este inmortal Pontífice, para sacar provechosas aplicaciones a los problemas que surgen en la actualidad. Con este deseo, a la vez que invoco sobre vuestro esfuerzo la ayuda del Señor, de corazón imparto a cada uno mi bendición.

VIDA, ORACIÓN Y TEOLOGÍA EN LOS ESCRITOS DE JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI (POR PABLO BLANCO SARTO)

VIDA, ORACIÓN Y TEOLOGÍA

EN LOS ESCRITOS DE JOSEPH RATZINGER-BENEDICTO XVI

Por Pablo Blanco Sarto

Don Pablo Blanco

Don Pablo Blanco

         Múnich, 1947. En la más dura posguerra. Como el centro de la ciudad –universidad incluida– se encontraba en ruinas, los profesores y estudiantes de teología tuvieron que irse a las afueras. Fürstenried, una finca que había pertenecido a la familia real bávara, era ahora un complejo con múltiples dependencias (hospital, casa de ejercicios espirituales, seminario para vocaciones tardías, escuela de magisterio), donde tenía cabida también la presencia femenina, «con lo que esta renuncia [se refiere al celibato] tenía unas manifestaciones muy prácticas» , explicaba Ratzinger. ¿Se había enamorado? Joseph tenía sus dudas: se debatía además en primer lugar entre dedicarse al trabajo pastoral en una parroquia o al trabajo académico como profesor de teología. Las objeciones le asaltaban, iban y venían:

         A esto se unía la duda de si iba a ser capaz de vivir el celibato, de estar soltero de por vida. La universidad estaba, por aquel entonces, medio en ruinas, por lo que no teníamos un edificio propio para la facultad de teología. […] Aquello hacía que la convivencia –no solo entre alumnos y profesores, sino entre alumnos y alumnas– fuera muy estrecha; así que la tentación de dejarlo todo y seguir los designios del corazón era casi diaria. Solo podía pensar en estas cosas al pasear por aquellos espléndidos jardines del Fürstenried. Pero también, como es natural, al hacer largas horas de oración en la capilla.

  1. Una aproximación biográfica

         Cuatro años más tarde, recién ordenado sacerdote, trabajaba como joven vicario en la parroquia muniquesa de Heilig Blut. Tuvo allí su primera experiencia docente. Refiriéndose a las clases que impartía a los niños y jóvenes, recuerda: «De todas mis obligaciones pastorales, era lo que más tiempo me llevaba; disfrutaba mucho con aquellas clases porque enseguida comprobé que tenía facilidad para relacionarme con los niños. Fue una experiencia muy interesante para mí dejar en mundo intelectual para, de pronto, dirigirme a los niños». […] Además de celebrar la eucaristía y predicar con fuerza, Vater Joseph a veces cantaba y tocaba el armonio cuando celebraban otros sacerdotes, asistía a los funerales a los que acudía en bicicleta o hacía excursiones con los niños de la parroquia. Una foto lo muestra en un lago, rodeado de niños y vestido con un elegante clergyman, mientras unos muchachos se bañan en el lago de Haarsee. Una niña todavía conserva una poesía escrita por el joven vicario, con un aire decididamente teresiano:

TO GO WITH AFP STORIES ABOUT THE POPE'S VISIT IN GERMANYFILES - Picture taken in 1951 shows the family of Josef Ratzinger (up, R) in Freising, Bavaria, after the ordination of himself and his brother Georg (up L). Germany's Cardinal Joseph Ratzinger was elected the 265th pope of the Roman Catholic Church on 19 April 2005 and took the name Benedict XVI. Bottom row : his sister Maria, his Mother Maria and his father Josef. AFP PHOTO HO

         Solo Dios basta:

         lo que el corazón ama más,

         lo que quiere con ansia abrazar,

         lo que quiere alcanzar,

         es una chispa sin más

         que una pista nos alcanza:

         es él quien todo esto nos da.

         Solo Dios basta

         – Recuerdo de tu profesor de religión.

  1. Teología y oración

[…]

  1. Un papa en oración

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¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno. […] Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas; sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

Son palabras al inicio de su pontificado, y un encuentro mejor definición de oración que esta. En una conferencia pronunciada por el cardenal Camillo Ruini en marzo de 2009, recordaba los cuatro principales ejes del pontificado de Benedicto XVI: Dios, oración, razón y ética. La primera y mayor prioridad era Dios mismo, ese Dios que con demasiada facilidad es puesto al margen de nuestra vida, orientada al placer y al consumo, al “hacer” del cientifismo y del tecnicismo y al gozar-consumir: «El primer esfuerzo del pontificado –afirmaba Ruini– es entonces reabrir la senda a Dios, pero no haciéndose dictar la agenda por los que no creen en Dios y cuentan solamente con ellos mismos. Al contrario, la iniciativa pertenece a Dios y esta iniciativa tiene un nombre, Jesucristo». Por eso uno de los centros neurálgicos de este pontificado –según el cardenal romano– se dará en el encuentro con Jesucristo. Llegamos así –continuaba– a la segunda prioridad del pontificado: la oración. No solo la personal, sino también y sobre todo la oración “en el” y “del” pueblo de Dios y cuerpo de Cristo, es decir, la oración litúrgica de la Iglesia. […] Podemos agregar que hoy es el centro de su pontificado».

[…] En la que es –en mi opinión– la obra de su vida [JdN], aparece un capítulo titulado «La oración de Jesús», en el que es comentado el padrenuestro. Allí nos desvela el motivo por el que Jesucristo –siendo Dios– se dirige al Padre en oración: “Puesto que ser hombre significa esencialmente relación con Dios, está claro que incluye hablar con Dios y el escuchar a Dios”. Establece, según el modelo de toda oración cristiana en la oración de Jesús, las condiciones en la que esta ha de desarrollarse: «La oración no ha de ser una exhibición ante los hombres; requiere esa discreción que es esencial a una relación de amor. […] Esta discreción esencial de la oración no excluye la dimensión comunitaria: el mismo padrenuestro es una oración en primera persona del plural, y solo entrando a formar parte del “nosotros” de los hijos de Dios podemos traspasar los límites de este mundo y elevarnos hasta Dios». Otra forma contra la que nos pone en guardia el Señor es la palabrería, la «verborrea en la que se ahoga el Espíritu». Lo decisivo es que la oración llegue al centro de nuestra vida, de nuestro día, de nuestra existencia. Entonces será oración real:

         […] La oración nos hace fuertes y mejores; tiene que estar arraigada en la vida misma, con sus luchas, angustias y esperanzas. Y cita allí de nuevo a san Benito: Mens nostra concordet voci nostrae: que nuestro pensamiento sea concorde con nuestras palabras. Sin embargo, será en el volumen dedicado a la Pascua del Señor , donde son desarrolladas dos de los momentos de diálogo con el Padre mejor relatados en los evangelios: la oración sacerdotal en la última Cena y la oración en el Huerto de los olivos. En coherencia con lo que acaba de hacer (lavar los pies de sus discípulos) y con lo que va a hacer (dejarnos su Cuerpo y su Sangre, morir en la cruz), pronuncia las palabras en la última Cena donde nos entrega su testamento. Aquí la palabra se va a convertir en rito de expiación y, por medio de él, en realidad, en presencia real: «La oración sacerdotal de Jesús es la puesta en práctica del día de la Expiación, es, por decirlo así, la fiesta siempre accesible de la reconciliación de Dios con los hombres. […] En el coloquio de Jesús con el Padre, el rito del día de la Expiación se transforma en plegaria». En Getsemaní, modelo de oración para todo cristiano, Jesús acepta la voluntad del Padre:        […]

         San Agustín compara la meditación sobre los misterios de Dios a la asimilación del alimento y usa un verbo recurrente en toda la tradición cristiana: «rumiar»; los misterios de Dios deben resonar continuamente en nosotros mismos para que nos resulten familiares, guíen nuestra vida, nos nutran como sucede con el alimento necesario para sostenernos. Y san Buenaventura, refiriéndose a las palabras de la sagrada Escritura dice que «es necesario rumiarlas para que podamos fijarlas con ardiente aplicación del alma». Así pues, meditar quiere decir crear en nosotros una actitud de recogimiento, de silencio interior, para reflexionar, asimilar los misterios de nuestra fe y lo que Dios obra en nosotros; y no sólo las cosas que van y vienen.

         Rumiar en presencia de Dios es considerar las cosas «en su corazón», rumiar aquello que nos desconcierta, que nos “descoloca”. Esta relación personal –de tú a tú– con Dios comporta cambios para la persona. La oración nos cambia la vida: hemos de encontrar en ella sorpresas, imprevistos, cambios de planes. «De Jesús aprendemos a interpretar nuestra vida, a tomar nuestras decisiones, a reconocer y acoger nuestra vocación, a descubrir los talentos que Dios nos ha dado, a cumplir cada día su voluntad, único camino para realizar nuestra existencia».

         Así hará Benedicto XVI hasta el último momento de su pontificado: renunció a seguir gobernando la Iglesia, pero no a lo que él consideraba algo prioritario: a la oración. «En este momento de mi vida», indicó el papa Ratzinger, «el Señor me llama a “subir a al monte”, a dedicarme todavía más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide justamente esto es para que pueda continuar sirviéndola con la misma dedicación y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero de una forma más adecuada con mis fuerzas». Benedicto XVI destacó que de este pasaje del evangelio podemos aprender «la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo». Al concluir sus palabras, el entonces casi papa emérito agradeció el sol que había salido en Roma, pues hasta hacía algunas horas el tiempo era incierto: en gran parte de la península itálica dominaba la nieve y el frío.

«Gracias, agradezcamos al Señor por este sol que nos regala».

02/11/2015 – CONCLUYE EL V CONGRESO DE LA FUNDACIÓN RATZINGER – BENEDICTO XVI SOBRE “LA ORACIÓN, FUERZA QUE CAMBIA EL MUNDO”

CONCLUYE EL V CONGRESO DE LA FUNDACIÓN RATZINGER – BENEDICTO XVI

SOBRE “LA ORACIÓN, FUERZA QUE CAMBIA EL MUNDO”

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FUENTE: revistaecclesia.com

  • En el contexto del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa, con el título “La oración, fuerza que cambia el mundo”
  • Cerca de 500 participantes, entre inscripciones y seguidores online, han formado parte del Congreso.
  • Con las conclusiones de Monseñor Giusseppe Scotti, ha quedado clausurada la quinta edición del Congreso Internacional de la Fundación Ratzinger, en esta ocasión con el título “La oración, fuerza que cambia el mundo”, celebrado en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid.

Madrid, 2 de noviembre de 2015 – La Fundación vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI ha concluido su V Congreso Internacional, celebrado por primera vez en España, en la en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid). Durante dos días se ha profundizado en la “la oración, fuerza que cambia el mundo”, ha estado organizado por la Fundación de la Santa Sede, la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y la Fundación para el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús.

Han sido dos días intensos que han tenido como protagonista a la oración como fuerza que transforma el mundo, íntimamente ligado a la espiritualidad teresiana y muy presente también en el pensamiento y magisterio de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI.

El miércoles, escuchamos el saludo del Papa, sus buenos deseos y su recomendación de que oremos juntos.

El jueves, Monseñor Scotti, presidente de la Fundación Joseph Ratzinger, resumía las conclusiones citando la ponencia del dr. D. Bernardo Estrada, profesor de la Universidad Pontificia de Santa Cruz, que dijo, citando a Benedicto XVI, que “hace ver que la humanidad auténtica, el llegar a ser plenamente hombre, solo se puede comprender a partir de Dios y en relación con Dios. Y esa relación incluye el hablar con Dios y escucharlo”. Además, continuó Monseñor Scotti, “estamos aquí porque nuestra inteligencia está abierta a la fe. De esto estamos plenamente convencidos y estamos felices. Estamos aquí porque la enseñanza y el testimonio de Teresa, mujer sorprendida totalmente por Dios, nos fascina”, explicaba y añadía que, como comentó Monseñor D. Luis Francisco Ladaria, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y profesor en Pontificia Universidad Gregoriana, “la oración cristiana es una dimensión de la respuesta en la fe del hombre que sabe interpelado por Dios, que quiete establecer con el un dialogo amoroso”.

Además, Monseñor Scotti, recordó que el Papa Francisco, durante el Angelus de hace unos domingos, invitó a los pobres y sin hogar a distribuir a los asistentes en la Plaza de San Pedro unos libros de oración. “Nos ha recordado que los pobres de hoy son similares a los pastores del Evangelio, enviados por los ángeles para llevar el mensaje de alegría y paz”, recordó.

Y por último, Monseñor Scotti preguntó a los asistentes al congreso “¿Cuál es el lugar de la fe en el futuro?”, animándoles a “ser los constructores del futuro, mirando el estilo, la pasión y la iniciativa de Teresa”.

A continuación, Daniel Sada, rector de la Universidad Francisco de Vitoria, dio las gracias a la Fundación vaticana por haber confiado en la UFV para ser su sede en el Congreso que “para la UFV supuesto un orgullo y un honor formar parte de este importante Congreso científico que se celebra por primera vez en España y que nos permite, como universidad católica que somos, colaborar estrechamente con la Santa Sede y con la Fundación para el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús Primero porque viene de la Iglesia y segundo porque Benedicto XVI es muy importante para nuestra universidad ahora que nos preguntamos qué significa ser universidad y qué significa ser católica. Hemos buscado referencias y en él hemos encontrado una gran abundancia de textos para avanzar en la respuesta de esta pregunta y nos ha dado mucha luz para estudiar que es “ensanchar los horizontes de la razón” que tiene mucho que ver con nuestra misión en la universidad”.

“También quiero dar las gracias a la Fundación para el V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús y a los más de 300 asistentes al Congreso y a los más de 200 que nos han seguido on line a través de Evangelización Digital de muchos países de Estados Unidos, Méjico, Colombia y España, entre otros”.

Por último, concluía Daniel Sada, “este congreso nos lleva a comprometernos y a que tenga frutos. Por eso, daremos continuidad a este congreso con diferentes actividades en colaboración con la Fundación Joseph Ratzinger y publicaremos las memorias de este Congreso, en colaboración con la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)”.

Entre otros, han participado en el Congreso:

  • Monseñor Luis F. Ladaria, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe;
  • el P. Agustí Borrell, Vicario General de la Orden del Carmelo Descalzo;
  • y diversos profesores de universidades tanto españolas como internacionales.

En la sesión inaugural del día 28 de octubre estarán presentes representantes de la Fundación vaticana,

  • como su Presidente Mons. Guisseppe Scotti;
  • el Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Renzo Fratrini;
  • el Arzobispo de Valladolid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Cardenal Ricardo Blázquez;
  • el Arzobispo de Madrid, Monseñor Carlos Osoro;
  • y el Rector de la Universidad Francisco de Vitoria, Daniel Sada.

El Comité de Organización está dirigido por el profesor de la UFV, Isidro Catela Marcos, en la actualidad Director-Gerente de la Fundación V Centenario. Como ha señalado el P. Emilio Martínez, OCD, ex Vicario General de la Orden del Carmelo Descalzo y ponente del Congreso, “tiene todo el sentido celebrar este acontecimiento en la estela del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa. No hay un tema que una mejor a la Santa y a Joseph Ratzinger que el de la oración. Ambos tienen una fascinación por Cristo que es fundamento de su acción evangelizadora”.

Monseñor Osoro, Arzobispo de Madrid y preside también el Comité Científico del Congreso, pronunció las primeras palabras del Congreso, con una introducción marco al tema, “La oración, fuerza que cambia el mundo”.

También se han celebrado mesas redondas sobre cómo la oración transforma a la persona, a la familia, a la Universidad, al corazón del joven y su compromiso social, o al compromiso político.

Durante los días previos, y también durante la celebración del Congreso, se ha organizado una intensa programación cultural, de alta calidad, en diferentes lugares de Madrid, incluyendo la propia Universidad. De la mano de la Fundación V Centenario, se han estrenado mundialmente varios espectáculos de música y danza contemporánea sobre la oración y Santa Teresa. La semana de actividades concluyó con una peregrinación a Ávila, el viernes día 30.

Hemos podido seguir paso a paso el congreso a través de las noticias que se publicaban en http://www.stj500.com y a través de twitter #ratzinger2015. También en las redes sociales oficiales del V Centenario de Facebook (Quinto Centenario y STJ500) y Twitter (@stj500). También a través de:

www.ufv.es/ratzinger2015

www.fondatzioneratzinger.va

También se ha participado de forma no presencial a través de Evangelizaciondigital.com accediendo a las conferencias en directo: https://attendee.gotowebinar.com/register/1981063037519395329

¿Qué es la Fundación Ratzinger?

La Fundación Ratzinger es una Fundación vaticana que se creó en 2010 con el objetivo fundamental de difundir el pensamiento de Joseph Ratzinger-Papa Benedicto XVI. Para ello trabaja en relación con universidades de todo el mundo, otorga anualmente los prestigiosos “Premios Ratzinger” (concedido en 2011 al teólogo español y profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, Olegario González de Cardedal); concede becas de estudio y organiza Congresos Internacionales de alto nivel científico.

Anteriormente, los Congresos tuvieron lugar en  Poznan (Polonia, 2011), Río de Janeiro (Brasil, 2012), Roma (Italia, 2013) y Medellín (Colombia, 2014).

20/06/2008 – DISCURSO A UN CONGRESO SOBRE LA IDENTIDAD Y LA MISIÓN DE LAS RADIOS CATÓLICAS

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI

A UN CONGRESO SOBRE LA IDENTIDAD

Y LA MISIÓN DE LAS RADIOS CATÓLICAS

Sala clementina

Viernes 20 de junio

Getty

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Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;

ilustres señores y amables señoras:

Me alegra acogeros en esta casa, que es la casa de Pedro. Con alegría os doy la bienvenida a todos vosotros, directores, redactores y administradores, que representáis a las numerosas radios católicas de todo el mundo, reunidos en Roma por el Consejo pontificio para las comunicaciones sociales para reflexionar sobre la identidad y la misión de las radios católicas hoy. Por medio de vosotros quiero saludar con afecto a vuestros numerosos oyentes de los diferentes países y continentes que diariamente escuchan vuestra voz y, gracias a vuestro servicio informativo, aprenden a conocer mejor a Cristo, a escuchar al Papa y a amar a la Iglesia.

Doy vivamente las gracias al arzobispo Claudio Maria Celli, presidente del Consejo pontificio para las comunicaciones sociales, por las amables palabras que me ha dirigido. Asimismo, saludo a los secretarios, al subsecretario y a todos los oficiales del Consejo pontificio para las comunicaciones sociales.

Las muchas y diversas formas de comunicación con las que contamos manifiestan de forma evidente que el hombre, en su estructura antropológica esencial, está hecho para entrar en relación con los demás. Lo hace sobre todo por medio de la palabra. En su sencillez y aparente pobreza, la palabra, insertándose en la gramática común del lenguaje, se pone como instrumento que realiza la capacidad de relación de los hombres. Esta capacidad se funda en la riqueza compartida de una razón creada a imagen y semejanza del Logos eterno de Dios, es decir, del Logos en el que todo es creado libremente y por amor. Nosotros sabemos que ese Logos no ha permanecido ajeno a las vicisitudes humanas, sino que, por amor, se ha comunicado a sí mismo a los hombres —ho Logos sarx egheneto (Jn 1, 14)— y, en el amor revelado por él y donado en Cristo, sigue invitando a los hombres a relacionarse con él y entre sí de una manera nueva.

Al haberse encarnado en el seno de María, el Verbo de Dios ofrece al mundo una relación de intimidad y amistad —“ya no les llamo siervos (…), sino amigos” (Jn 15, 15)—, que se transforma en fuente de novedad para el mundo y se pone en medio de la humanidad como comienzo de una nueva civilización de la verdad y del amor. En efecto, “el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida” (Spe salvi, 2). Esta autocomunicación de Dios es la que ofrece un nuevo horizonte de esperanza y de verdad a las esperanzas humanas, y de esta esperanza es de donde surge, ya en este mundo, el inicio de un mundo nuevo, de esa vida eterna que ilumina la oscuridad del futuro humano.

Queridos amigos, al trabajar en estaciones de radio católicas estáis al servicio de la Palabra. Las palabras que transmitís cada día son un eco de la Palabra eterna que se hizo carne. Vuestras palabras sólo darán fruto si están al servicio de la Palabra eterna, Jesucristo. En el plan de salvación y en la providencia de Dios, esta Palabra vivió entre nosotros, o como dice san Juan, “puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14), con humildad. La Encarnación tuvo lugar en una aldea distante, lejos del ruido de las ciudades imperiales de la antigüedad. Hoy, aunque utilizáis las tecnologías modernas de la comunicación, las palabras que transmitís son también humildes y a veces os podría parecer que se pierden totalmente en la competencia con otros medios de comunicación ruidosos y más poderosos. Pero no os desalentéis. Estáis sembrando la Palabra “a tiempo y a destiempo” (2 Tm 4, 2), cumpliendo de este modo el mandato de Jesús de anunciar el Evangelio a todas las naciones (cf. Mt 28, 19).

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Las palabras que transmitís llegan a innumerables personas. Algunas de ellas están solas y reciben vuestra palabra como un don consolador; otras tienen curiosidad y se interesan por lo que escuchan; otras nunca van a la iglesia, porque pertenecen a otras religiones o no pertenecen a ninguna; otras nunca han escuchado el nombre de Jesucristo, pero gracias a vuestro servicio escuchan por primera vez las palabras de salvación. Esta labor de siembra paciente, realizada día tras día, hora tras hora, constituye la manera como cooperáis en la misión apostólica.

Si las múltiples formas y tipos de comunicación pueden ser un don de Dios al servicio del desarrollo de la persona humana y de toda la humanidad, la radio, con la que realizáis vuestro apostolado, propone una cercanía y una escucha de la palabra y de la música, para informar y entretener, para anunciar y denunciar, pero siempre en el respeto de la realidad y en una clara perspectiva de educación en la verdad y la esperanza. En efecto, Jesucristo nos da la Verdad sobre el hombre y la verdad para el hombre, y a partir de esta verdad, una esperanza para el presente y para el futuro de las personas y del mundo.

Desde esta perspectiva, el Papa os alienta en vuestra misión y os felicita por el trabajo realizado. Pero como subrayó la Redemptoris missio, “no basta usar los medios de comunicación social para difundir el mensaje cristiano y el magisterio auténtico de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en la “nueva cultura” creada por la comunicación moderna” (n. 37).

Por este vínculo con la palabra, la radio participa en la misión de la Iglesia y en su visibilidad, pero al mismo tiempo genera una nueva manera de vivir, de ser y de hacer Iglesia; implica desafíos eclesiológicos y pastorales. Es importante hacer atractiva la palabra de Dios, dándole cuerpo a través de vuestras producciones y emisiones, para tocar el corazón de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, y para participar en la transformación de la vida de nuestros contemporáneos.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo: ¡qué perspectivas tan entusiasmantes se abren ante vuestro compromiso y vuestro trabajo! Vuestras redes pueden representar, ya desde ahora, un eco pequeño pero concreto en el mundo de la red de amistad que la presencia de Cristo resucitado, Dios con nosotros, inauguró entre el cielo y la tierra, y entre los hombres de todos los continentes y de todas las épocas. Así, vuestro trabajo se insertará plenamente en la misión de la Iglesia, a la que os invito a amar profundamente. Ayudando al corazón de cada hombre a abrirse a Cristo, ayudaréis al mundo a abrirse a la esperanza y a la civilización de la verdad y el amor, que es el fruto más elocuente de su presencia entre nosotros. Imparto a todos mi bendición.

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