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03/01/2010 – ÁNGELUS

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Domingo 3 de enero de 2010

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

En este domingo —segundo después de Navidad y primero del año nuevo— me alegra renovar a todos mi deseo de todo bien en el Señor.

No faltan los problemas, en la Iglesia y en el mundo, al igual que en la vida cotidiana de las familias. Pero, gracias a Dios, nuestra esperanza no se basa en pronósticos improbables ni en las previsiones económicas, aunque sean importantes. Nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una religiosidad genérica, o de un fatalismo disfrazado de fe. Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de modo completo y definitivo su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia, para guiarnos a todos a su reino de amor y de vida. Y esta gran esperanza anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas.

De esa revelación nos hablan hoy, en la liturgia eucarística, tres lecturas bíblicas de una riqueza extraordinaria: el capítulo 24 del Libro del Sirácida, el himno que abre la Carta a los Efesios de san Pablo y el prólogo del Evangelio de san Juan. Estos textos afirman que Dios no sólo es el creador del universo —aspecto común también a otras religiones— sino que es Padre, que “nos eligió antes de crear el mundo (…) predestinándonos a ser sus hijos adoptivos” (Ef 1, 4-5) y que por esto llegó hasta el punto inconcebible de hacerse hombre: “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1, 14). El misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios fue preparado en el Antiguo Testamento, especialmente donde la Sabiduría divina se identifica con la Ley de Moisés. En efecto, la misma Sabiduría afirma: “El creador del universo me hizo plantar mi tienda, y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, entra en la heredad de Israel”” (Si 24, 8). En Jesucristo, la Ley de Dios se ha hecho testimonio vivo, escrita en el corazón de un hombre en el que, por la acción del Espíritu Santo, reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9).

Queridos amigos, esta es la verdadera razón de la esperanza de la humanidad: la historia tiene un sentido, porque en ella “habita” la Sabiduría de Dios. Sin embargo, el designio divino no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor, y el amor genera libertad y pide libertad. Ciertamente, el reino de Dios viene, más aún, ya está presente en la historia y, gracias a la venida de Cristo, ya ha vencido a la fuerza negativa del maligno. Pero cada hombre y cada mujer es responsable de acogerlo en su vida, día tras día. Por eso, también 2010 será un año más o menos “bueno” en la medida en que cada uno, de acuerdo con sus responsabilidades, sepa colaborar con la gracia de Dios. Por lo tanto, dirijámonos a la Virgen María, para aprender de ella esta actitud espiritual. El Hijo de Dios tomó carne de ella, con su consentimiento. Cada vez que el Señor quiere dar un paso adelante, junto con nosotros, hacia la “tierra prometida”, llama primero a nuestro corazón; espera, por decirlo así, nuestro “sí”, tanto en las pequeñas decisiones como en las grandes. Que María nos ayude a aceptar siempre la voluntad de Dios, con humildad y valentía, a fin de que también las pruebas y los sufrimientos de la vida contribuyan a apresurar la venida de su reino de justicia y de paz.


Después del Ángelus

(En francés)

En este primer domingo del año nuevo, me alegra recibir a los peregrinos de habla francesa. El tiempo de Navidad nos lleva a dar gracias puesto que Cristo, Sabiduría encarnada de Dios, viene a poner su morada entre los hombres. Él ha venido a nuestra historia para iluminar y orientar su curso. En muchos países hoy se celebra la fiesta de la Epifanía, manifestación del Salvador a todas las naciones. Estemos atentos también nosotros, junto con la Virgen María, a los signos que Dios nos da de su presencia en nuestra vida y en nuestro mundo. ¡Feliz domingo y feliz año a todos!

(En inglés)

Saludo a todos los peregrinos y visitantes de lengua inglesa presentes en este Ángelus. Con la alegría por el nacimiento de Cristo nuestro Salvador, pidamos la gracia de vivir en el amor en su presencia. Así, como Juan el Bautista en el Evangelio de hoy, podemos ser testigos de la luz que ilumina toda la creación. Invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestros seres queridos, bendiciones abundantes de Dios.

(En alemán)

Saludo cordialmente a los peregrinos y visitantes de lengua alemana. En este segundo domingo después de Navidad se presenta de nuevo el misterio de Dios que se ha hecho hombre. “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1, 14). Dios es verdaderamente el Dios-con-nosotros. Ha entrado en nuestro mundo; se ha hecho uno de nosotros, para que participemos, como hijos de Dios, en la vida divina. De este don de la presencia y de la comunión con Dios queremos vivir también en el año nuevo y proseguir por el camino de la bondad y del bien. El Señor os bendiga a todos.

(En español)

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española que participan en esta oración mariana. El Evangelio de hoy nos recuerda el grandioso acontecimiento del misterio de la Navidad: la Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros, para que podamos contemplar su gloria y ser hijos de Dios, si creemos en su nombre. En ese nombre se ha abierto hace pocos días en Santiago de Compostela la puerta del Año santo, puerta por la que pasan desde hace muchos siglos multitud de peregrinos en busca de la luz de la fe y la gracia del perdón, tras contemplar el majestuoso “Pórtico de la Gloria” del templo que guarda una particular memoria del apóstol Santiago el Mayor, en los extremos confines de Europa continental. Invito a todos a dejarse iluminar por Cristo, luz del mundo, y renacer así a la esperanza, a una nueva vida y a un mundo nuevo, lleno de paz y concordia. ¡Feliz domingo!

(En polaco)

Dirijo un cordial saludo a los peregrinos polacos. La liturgia de hoy nos recuerda una vez más que el Verbo eterno de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros. Cristo ha entrado en nuestra vida cotidiana para introducirla en la eternidad. Que la conciencia de su presencia perenne en nuestra vida sea fuente de paz y de alegría. ¡Que el Señor os bendiga!

(En italiano)

Para concluir, dirijo un cordial saludo a los peregrinos de lengua italiana. Queridos amigos, que la visita a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo aumente en cada uno de vosotros la fuerza y la alegría de la fe. Os deseo a todos un domingo sereno y un feliz año nuevo.

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11/10/2010 – MEDITACIÓN DURANTE LA PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL

ASAMBLEA ESPECIAL PARA ORIENTE MEDIO
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

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“Vídeo en Italiano”

MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
DURANTE LA PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL

Lunes 11 de octubre de 2010

Queridos hermanos y hermanas:

El 11 de octubre de 1962, hace cuarenta y ocho años, el Papa Juan XXIII inauguraba el concilio Vaticano II. Entonces se celebraba el 11 de octubre la fiesta de la Maternidad divina de María y, con este gesto, con esta fecha, el Papa Juan quería confiar todo el Concilio a las manos maternales, al corazón maternal, de la Virgen. También nosotros comenzamos el 11 de octubre; también nosotros queremos confiar este Sínodo, con todos sus problemas, con todos sus desafíos, con todas sus esperanzas, al corazón maternal de la Virgen, de la Madre de Dios.

Pío XI, en 1931, había introducido esta fiesta, mil quinientos años después del concilio de Éfeso, el cual había legitimado, para María, el título de Theotókos, Dei Genitrix. En esta gran palabra Dei Genitrix, Theotókos, el concilio de Éfeso había resumido toda la doctrina de Cristo, de María, toda la doctrina de la redención. Por eso, vale la pena reflexionar un poco, un momento, sobre aquello de lo que habla el concilio de Éfeso, sobre aquello de lo que habla este día.

En realidad, Theotókos es un título audaz. Una mujer es Madre de Dios. Se podría decir: ¿cómo es posible? Dios es eterno, es el Creador. Nosotros somos criaturas, estamos en el tiempo. ¿Cómo podría una persona humana ser Madre de Dios, del Eterno, dado que nosotros estamos todos en el tiempo, todos somos criaturas? Por ello se entiende que hubiera una fuerte oposición, en parte, contra esta palabra. Los nestorianos decían: se puede hablar de Christotókos, sí, pero de Theotókos no. Theós, Dios, está por encima de todos los acontecimientos de la historia. Pero el Concilio decidió esto, y precisamente así puso de relieve la aventura de Dios, la grandeza de cuanto ha hecho por nosotros. Dios no permaneció en sí mismo: salió de sí mismo, se unió de una forma tan radical con este hombre, Jesús, que este hombre Jesús es Dios; y, si hablamos de él, siempre podemos también hablar de Dios. No nació solamente un hombre que tenía que ver con Dios, sino que en él nació Dios en la tierra. Dios salió de sí mismo. Pero también podemos decir lo contrario: Dios nos atrajo a sí mismo, de modo que ya no estamos fuera de Dios, sino que estamos en su intimidad, en la intimidad de Dios mismo.

La filosofía aristotélica, como sabemos bien, nos dice que entre Dios y el hombre sólo existe una relación no recíproca. El hombre se remite a Dios, pero Dios, el Eterno, existe en sí, no cambia: no puede tener hoy esta relación y mañana otra. Existe en sí, no tiene relación ad extra. Es una palabra muy lógica, pero es una palabra que nos lleva a desesperar: por tanto, Dios mismo no tiene relación conmigo. Con la encarnación, con la llegada de la Theotókos, esto cambió radicalmente, porque Dios nos atrajo a sí mismo y Dios en sí mismo es relación y nos hace participar en su relación interior. Así estamos en su ser Padre, Hijo y Espíritu Santo; estamos dentro de su ser en relación; estamos en relación con él y él realmente ha creado relación con nosotros. En ese momento, Dios quería nacer de una mujer y ser siempre él mismo: este es el gran acontecimiento. Y así podemos entender la profundidad del acto del Papa Juan XXIII, que confió la asamblea conciliar, sinodal, al misterio central, a la Madre de Dios, que fue atraída por el Señor a sí mismo, y así a todos nosotros con ella.

El Concilio comenzó con el icono de la Theotókos. Al final el Papa Pablo VI reconoció a la Virgen misma el título Mater Ecclesiae. Y estos dos iconos, que inician y concluyen el Concilio, están intrínsecamente unidos; son, en definitiva, un solo icono. Porque Cristo no nació como un individuo entre los demás. Nació para crearse un cuerpo: nació —como dice san Juan en el capítulo 12 de su Evangelio— para atraer a todos a sí y en sí. Nació —como dicen las cartas a los Colosenses y a los Efesios— para recapitular todo el mundo; nació como primogénito de muchos hermanos; nació para reunir el cosmos en sí, de forma que él es la Cabeza de un gran Cuerpo. Donde nace Cristo, comienza el movimiento de la recapitulación, comienza el momento de la llamada, de la construcción de su Cuerpo, de la santa Iglesia. La Madre de Theós, la Madre de Dios, es Madre de la Iglesia, porque es Madre de Aquel que vino para reunirnos a todos en su Cuerpo resucitado.

San Lucas nos da a entender esto en el paralelismo entre el primer capítulo de su Evangelio y el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, que repiten en dos niveles el mismo misterio. En el primer capítulo del Evangelio el Espíritu Santo desciende sobre María y así da a luz y nos da al Hijo de Dios. En el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles María está en el centro de los discípulos de Jesús que oran todos juntos, implorando la nube del Espíritu Santo. Y así de la Iglesia creyente, con María en el centro, nace la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. Este doble nacimiento es el único nacimiento del Christus totus, del Cristo que abarca al mundo y a todos nosotros.

Nacimiento en Belén, nacimiento en el Cenáculo. Nacimiento de Jesús niño, nacimiento del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia. Son dos acontecimientos o un único acontecimiento. Pero entre los dos están realmente la cruz y la resurrección. Y sólo a través de la cruz pasa el camino hacia la totalidad del Cristo, hacia su Cuerpo resucitado, hacia la universalización de su ser en la unidad de la Iglesia. Así, teniendo presente que sólo del grano de trigo caído en la tierra nace después la gran cosecha, del Señor traspasado en la cruz viene la universalidad de sus discípulos reunidos en este Cuerpo suyo, muerto y resucitado.

Teniendo en cuenta este nexo entre Theotókos y Mater Ecclesiae, nuestra mirada se dirige al último libro de la Sagrada Escritura, el Apocalipsis, donde, en el capítulo 12, aparece precisamente esta síntesis. La mujer vestida de sol, con doce estrellas sobre la cabeza y la luna bajo sus pies, da a luz. Y da a luz con un grito de dolor, da a luz con gran dolor. Aquí el misterio mariano es el misterio de Belén extendido al misterio cósmico. Cristo nace siempre de nuevo en todas las generaciones y así asume, recoge a la humanidad en sí mismo. Y este nacimiento cósmico se realiza en el grito de la cruz, en el dolor de la Pasión. Y a este grito de la cruz pertenece la sangre de los mártires.

Así, en este momento, podemos mirar el segundo Salmo de esta Hora Media, el Salmo 81, donde se ve una parte de este proceso. Dios está entre los dioses —aún se consideraban en Israel como dioses—. En este Salmo, en una gran concentración, en una visión profética, se ve la pérdida de poder de esos dioses. Los que parecían dioses no son dioses y pierden el carácter divino, caen a tierra. Dii estis et moriemini sicut homines (cf. Sal 81, 6-7): la pérdida de poder, la caída de las divinidades.

Este proceso, que se realiza en el largo camino de la fe de Israel y que se resume aquí en una visión única, es un verdadero proceso de la historia de la religión: la caída de los dioses. Y así la transformación del mundo, el conocimiento del verdadero Dios, la pérdida de poder de las fuerzas que dominan la tierra, es un proceso de dolor. En la historia de Israel vemos cómo esta liberación del politeísmo, este reconocimiento —«sólo él es Dios»— se realiza con muchos dolores, comenzando por el camino de Abraham, el exilio, los Macabeos, hasta Cristo. Y en la historia continúa este proceso de pérdida de poder, del que habla el Apocalipsis en el capítulo 12; habla de la caída de los ángeles, que no son ángeles, no son divinidades en la tierra. Y se realiza realmente, precisamente en el tiempo de la Iglesia naciente, donde vemos cómo con la sangre de los mártires pierden el poder las divinidades, comenzando por el emperador divino, por todas estas divinidades. Es la sangre de los mártires, el dolor, el grito de la Madre Iglesia lo que las hace caer y así transforma el mundo.

Esta caída no es sólo el conocimiento de que no son Dios; es el proceso de transformación del mundo, que cuesta sangre, cuesta el sufrimiento de los testigos de Cristo. Y, si miramos bien, vemos que este proceso no ha terminado nunca. Se realiza en los diversos períodos de la historia con formas siempre nuevas; también hoy, en este momento, en el que Cristo, el único Hijo de Dios, debe nacer para el mundo con la caída de los dioses, con el dolor, el martirio de los testigos. Pensemos en las grandes potencias de la historia de hoy; pensemos en los capitales anónimos que esclavizan al hombre, que ya no son algo del hombre, sino un poder anónimo al que sirven los hombres, por el que los hombres son atormentados e incluso asesinados. Son un poder destructor que amenaza al mundo. Y después el poder de las ideologías terroristas. Aparentemente se comete violencia en nombre de Dios, pero no es Dios: son falsas divinidades a las que es preciso desenmascarar, pero no son Dios. Y luego la droga, este poder que como una bestia feroz extiende sus manos sobre todos los lugares de la tierra y destruye: es una divinidad, pero una divinidad falsa, que debe caer. O también la forma de vivir propagada por la opinión pública: hoy se hace así, el matrimonio ya no cuenta, la castidad ya no es una virtud, etcétera.

Estas ideologías que dominan, que se imponen con fuerza, son divinidades. Y con el dolor de los santos, con el dolor de los creyentes, de la Madre Iglesia, de la cual formamos parte, estas divinidades deben caer, debe realizarse lo que dicen las cartas a los Colosenses y a los Efesios: las dominaciones, los poderes, caen y se convierten en súbditos del único Señor Jesucristo. De esta batalla que estamos librando, de esta pérdida de poder de los dioses, de esta caída de los falsos dioses, que caen porque no son divinidades, sino poderes que destruyen el mundo, habla el Apocalipsis en el capítulo 12, también con una imagen misteriosa, que a mi parecer puede tener distintas interpretaciones bellas. Se dice que el dragón lanza contra la mujer que huye un gran río de agua para arrollarla. Y parece inevitable que la mujer quede ahogada en este río. Pero la buena tierra absorbe este río y no puede hacer daño. Yo creo que el río se puede interpretar fácilmente: son esas corrientes que dominan a todos y que quieren hacer desaparecer la fe de la Iglesia, la cual ya no parece tener sitio ante la fuerza de esas corrientes que se imponen como la única racionalidad, como la única forma de vivir. Y la tierra que absorbe estas corrientes es la fe de los sencillos, que no se deja arrastrar por estos ríos y salva a la Madre y al Hijo. Por ello el Salmo —el primer Salmo de la Hora Media— dice que la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría (cf. Sal 118, 130). Esta sabiduría verdadera de la fe sencilla, que no se deja devorar por las aguas, es la fuerza de la Iglesia. Y hemos vuelto al misterio mariano.

Y hay también una última palabra en el Salmo 81, «movebuntur omnia fundamenta terrae» (Sal 81, 5), tiemblan los fundamentos de la tierra. Hoy, con los problemas climáticos, vemos cómo se ven amenazados los fundamentos de la tierra, pero se ven amenazados por nuestro comportamiento. Tiemblan los fundamentos exteriores porque tiemblan los fundamentos interiores, los fundamentos morales y religiosos, la fe de la que sigue el modo recto de vivir. Y sabemos que la fe es el fundamento; y, en definitiva, los fundamentos de la tierra no pueden temblar si permanece firme la fe, la verdadera sabiduría.

Y luego el Salmo dice: «Levántate, Señor, y juzga la tierra» (Sal 81, 8). Así decimos también nosotros al Señor: «Levántate en este momento, toma la tierra entre tus manos, protege a tu Iglesia, protege a la humanidad, protege a la tierra». Y encomendémonos de nuevo a la Madre de Dios, a María, orando: «Tú, la gran creyente; tú que has abierto la tierra al cielo, ayúdanos, abre también hoy las puertas, para que venza la verdad, la voluntad de Dios, que es el verdadero bien, la verdadera salvación del mundo». Amén.

26/08/2010 – MENSAJE POR EL CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA

 MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

A LA HERMANA MARY PREMA PIERICK, SUPERIORA GENERAL

DE LAS MISIONERAS DE LA CARIDAD, POR EL CENTENARIO

DEL NACIMIENTO DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA

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Envío un cordial saludo a usted y a todas las Misioneras de la Caridad al inicio de las celebraciones del centenario del nacimiento de la beata madre Teresa, fundadora de vuestra congregación y modelo ejemplar de virtud cristiana. Espero que este año sea para la Iglesia y para el mundo una ocasión de gozosa gratitud a Dios por el don inestimable que la madre Teresa fue durante su vida y sigue siendo a través de la obra amorosa e incansable que realizáis vosotras, sus hijas espirituales.

Al prepararos para este año, os habéis esforzado por acercaros más aún a la persona de Jesús, cuya sed de almas apagáis sirviéndole a él en los más pobres entre los pobres. Habiendo respondido con confianza a la llamada directa del Señor, la madre Teresa ejemplificó ante el mundo de modo excelente las palabras de san Juan: «Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud» (1 Jn 4, 11-12).

Que este amor os siga impulsando a vosotras, Misioneras de la Caridad, a entregaros con generosidad a Jesús, a quien veis y servís en los pobres, las personas solas y los abandonados. Os animo a beber constantemente de la espiritualidad y el ejemplo de la madre Teresa y, siguiendo sus huellas, a acoger la invitación de Cristo: «Ven, sé mi luz». Uniéndome espiritualmente a las celebraciones del centenario, con gran afecto en el Señor imparto de corazón a las Misioneras de la Caridad y a todos aquellos a quienes servís, mi paternal bendición apostólica.

11/07/2010 – ÁNGELUS (FESTIVIDAD DE SAN BENITO)

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Palacio Apostólico de Castelgandolfo
Domingo 11 de julio de 2010

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“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

Desde hace algunos días —como veis— he dejado Roma para mi estancia veraniega en Castelgandolfo. Doy gracias a Dios que me ofrece esta posibilidad de descanso. A los queridos residentes de esta bella ciudad, adonde regreso siempre con gusto, dirijo mi cordial saludo. El Evangelio de este domingo se abre con la pregunta que un doctor de la Ley plantea a Jesús: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 10, 25). Sabiéndole experto en Sagrada Escritura, el Señor invita a aquel hombre a dar él mismo la respuesta, que de hecho este formula perfectamente citando los dos mandamientos principales: amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Entonces, el doctor de la Ley, casi para justificarse, pregunta: «Y ¿quién es mi prójimo?» (Lc 10, 29). Esta vez, Jesús responde con la célebre parábola del «buen samaritano» (cf. Lc 10, 30-37), para indicar que nos corresponde a nosotros hacernos «prójimos» de cualquiera que tenga necesidad de ayuda. El samaritano, en efecto, se hace cargo de la situación de un desconocido a quien los salteadores habían dejado medio muerto en el camino, mientras que un sacerdote y un levita pasaron de largo, tal vez pensando que al contacto con la sangre, de acuerdo con un precepto, se contaminarían. La parábola, por lo tanto, debe inducirnos a transformar nuestra mentalidad según la lógica de Cristo, que es la lógica de la caridad: Dios es amor, y darle culto significa servir a los hermanos con amor sincero y generoso.

Este relato del Evangelio ofrece el «criterio de medida», esto es, «la universalidad del amor que se dirige al necesitado encontrado “casualmente” (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea» (Deus caritas est, 25). Junto a esta regla universal, existe también una exigencia específicamente eclesial: que «en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad». El programa del cristiano, aprendido de la enseñanza de Jesús, es un «corazón que ve» dónde se necesita amor y actúa en consecuencia (cf. ib, 31).

Queridos amigos: deseo igualmente recordar que hoy la Iglesia hace memoria de san Benito de Nursiael gran patrono de mi pontificado—, padre y legislador del monaquismo occidental. Él, como narra san Gregorio Magno, «fue un hombre de vida santa… de nombre y por gracia» (Dialogi, II, 1: Bibliotheca Gregorii Magni IV, Roma 2000, p. 136). «Escribió una Regla para los monjes… reflejo de un magisterio encarnado en su persona: en efecto, el santo no pudo en absoluto enseñar de forma diferente de cómo vivió» (ib., II, XXXVI: cit., p. 208). El Papa Pablo VI proclamó a san Benito patrono de Europa el 24 de octubre de 1964, reconociendo su maravillosa obra desarrollada para la formación de la civilización europea.

Confiemos a la Virgen María nuestro camino de fe y, en particular, este tiempo de vacaciones, a fin de que nuestros corazones jamás pierdan de vista la Palabra de Dios y a los hermanos en dificultad.


Saludos

(En francés)

El Evangelio de hoy nos recuerda que el verdadero creyente sabe distinguirse por su amor por todo ser humano, especialmente por los marginados. Sin la caridad y la misericordia, nuestra práctica cristiana no da fruto. Que por intercesión de la Virgen María y de san Benito, patrono de Europa, consolidéis vuestra vida espiritual durante las vacaciones.

(En inglés)

La liturgia de hoy nos recuerda que ser cristianos significa ser fieles a las palabras y el ejemplo de Jesús, especialmente viviendo una vida de amor a Dios y al prójimo. Que el Señor nos conceda la gracia y la valentía necesarios para responder siempre con generosidad, como el buen samaritano, a las necesidades de todos los que sufren, ya sean cercanos o lejanos.

(En alemán)

Los dos mandamientos del amor —amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma, y amar al prójimo como a sí mismo— son la clave para una vida realizada, en comunión con Dios y con los demás. El amor a Dios y al prójimo no es una teoría, sino una tarea concreta: «Haz eso y vivirás» (Lc 10, 28) —dice el Señor en el Evangelio de este domingo. Que también nosotros, como san Benito, mi particular patrono, y todos los santos que han seguido a Jesús en el camino del amor, estemos cerca de todas las personas que pasan necesidades con nuestro afecto y apoyo, para alcanzar así la vida eterna.

(En español)

En la parábola del buen Samaritano, proclamada este domingo, Jesús subraya la importancia primordial del mandamiento del amor y nos invita a practicar la misericordia con nuestro prójimo. Por intercesión de la Santísima Virgen María, supliquemos la gracia de tener los mismos sentimientos del corazón de Cristo y de peregrinar por esta vida haciendo el bien.

(En polaco)

Hoy en la liturgia recordamos a san Benito, uno de los patronos de Europa. Su lema: ora et labora, es una respuesta adecuada a la pregunta que hemos escuchado en la santa misa del día: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?» (Lc 10, 25). Que nuestro trabajo y nuestra oración nos conduzcan a un gozoso encuentro con Dios, que será nuestra recompensa en la eternidad.

07/07/2010 – SANTA MARIA GORETTI (AUDIENCIA GENERAL)

Santa María Goretti

Santa María Goretti

“Santa María Goretti, virgen y mártir. Jovencísima, supo demostrar fortaleza y valentía contra el mal […].

La invoco por vosotros, queridos jóvenes, para que os ayude a elegir siempre el bien, aún cuando cueste;

por vosotros, queridos enfermos, para que os sostenga al soportar los sufrimientos cotidianos;

y por vosotros, queridos recién casados, para que vuestro amor sea siempre fiel y lleno de respeto”.

BENEDICTO XVI – AUDIENCIA GENERAL (7 de Julio de 2010)

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