2003 – LA MIRADA AL ORIGEN. EL DIOS QUE SE ENTREGA A SÍ MISMO. PRESENTACIÓN DEL TRÍPTICO ROMANO DEL PAPA JUAN PABLO II

LA MIRADA AL ORIGEN

EL DIOS QUE SE ENTREGA A SÍ MISMO

PRESENTACIÓN DEL TRÍPTICO ROMANO

DEL PAPA JUAN PABLO II

AP

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La primera tabla del Tríptico romano del papa Juan Pablo II refleja la experiencia de la creación, de su belleza y dinamismo. En ella se adivinan las colinas boscosas, y también, y con más fuerza, la imagen de las aguas que corren hacia el valle, de la “plateada cascada del torrente, que cae ritmado del monte”. A este propósito acudieron a mi mente algunas frases escritas por Karol Wojtyla en 1976, cuando predicó los Ejercicios a Pablo VI y a la Curia. En ellos habla de un físico con el que había discutido largo tiempo y que al final le había dicho: “Desde el punto de vista de mi ciencia y de su método soy ateo…”. No obstante, en una carta este mismo hombre le escribió: “Cada vez que me encuentro ante la majestuosidad de la naturaleza, de los montes, siento que Él existe”. Ciertamente, la primera tabla del tríptico se detiene casi con timidez en el umbral. El Papa no habla aun directamente de Dios. Pero reza como se reza a un Dios todavía desconocido: “Permíteme asperjar los labios con agua de la fuente, percibir la frescura – frescura vivificante”. Hablado así, busca la fuente y recibe esta indicación: “Si quieres hallar la fuente, debes remontar la corriente”. En el primer verso de la meditación había dicho: “Seno de bosque desciende”; el bosque y las aguas habían indicado el movimiento de descenso. Pero la búsqueda de la fuente ahora le obliga a subir, a ir contra corriente.

LA MIRADA DEL ORIGEN

Creo que es esta precisamente la clave de lectura de las dos tablas siguientes. En efecto, ellas nos conducen a la subida “contra corriente”. La peregrinación espiritual hecha en este texto conduce hacia el “Principio”. Al llegar, la verdadera sorpresa es que el “inicio” desvela también el “fin”. El que conoce el origen, ve también el dónde y el porqué de todo el movimiento del ser, el cual es devenir, y precisamente por ello perdurar: “Todo perdura deviniendo perpetuamente”. El nombre de la fuente que descubre el peregrino es, ante todo, Verbo, según las palabras iniciales de la Biblia, es decir: “Dijo Dios”, que Juan retoma en su Evangelio reformulándolas de modo insuperable: “Al principio ya existía el Verbo”. Pero la verdadera palabra clave que resume la peregrinación de la segunda tabla del Tríptico no es “Verbo”, sino visión y ver. El Verbo tiene un rostro. El Verbo –la fuente- es una visión. Lo creado, el universo proviene de una visión. Y el hombre sale de una visión. Así pues, esta palabra clave conduce al Papa que medita sobre Miguel Ángel, a los frescos de la Capilla Sixtina, que tanto apreciaba. En las imágenes del mundo, Miguel Ángel descubre la visión de Dios; él ha visto, por así decir, con la mirada creadora de Dios y, a través de esta mirada ha reproducido en la pared, por medio de audaces frescos, la visión original de la que deriva toda realidad. En Miguel Ángel, que nos ayuda a redescubrir la visión de Dios en las imágenes del mundo, parece realizarse de modo ejemplar nuestro común destino. De Adán a Eva, que representan al ser humano en general, hombre y mujer, dice el Papa: “También ellos se hicieron partícipes de esta visión…”. Todo hombre está llamado a “reconquistar esta visión de nuevo”. El camino que lleva a la fuente es un camino para hacerse videntes: para aprender de Dios a ver. Entonces aparecen el principio y el fin. Entonces el hombre se vuelve justo.

Principio y fin –probablemente al Papa, que peregrina hacia el interior y hacia lo alto, el nexo existente entre ellos le ha resultado claro precisamente en la Capilla Sixtina, donde Miguel Ángel nos ha transmitido las imágenes del principio y el fin-, la visión y la creación y la imponente pintura del juicio final. La contemplación del Juicio universal, en el epílogo de la segunda tabla, es quizá la parte del Tríptico que más conmueve al lector. De los ojos interiores del Papa surge nuevamente el recuerdo de los cónclaves de agosto y octubre de 1978. Puesto que yo también me encontraba allí, sé perfectamente lo expuestos que estábamos a aquellas imágenes en las horas de la gran decisión, cómo nos interpelaban, cómo insinuaban en nuestra alma la grandeza de la responsabilidad. El Papa habla a los cardenales del futuro cónclave le impone el pensamiento de las llaves, de la herencia de las llaves entregadas a Pedro. Poner estas llaves en las manos adecuadas es la inmensa responsabilidad de aquellos días. Así se recuerdan las palabras de Jesús, los “ayes” que dirigió a los doctores de la ley: “Os habéis apoderado de la llave de la ciencia” (Lc 11,52). No quitar la llave, sino usarla para abrir a fin de que se pueda entrar por la puerta: esto es a lo que exhorta Miguel Ángel.

Pero volvamos al auténtico centro de la segunda tabla, es decir, a la mirada al “origen”. ¿Qué ve en ella el hombre? En la obra de Miguel Ángel el Creador aparece con los “rasgos de un ser humano”: se invierte la imagen y semejanza del hombre con Dios, de modo que pueda deducirse la humanidad de Dios, que hace posible representar al Creador. No obstante, la mirada que Cristo nos ha abierto conduce mucho más allá y muestra de modo inverso, partiendo del Creador, de los orígenes, quién es el hombre en realidad. El Creador –el origen- no es, como podría parecer en la pintura de Miguel Ángel, simplemente el “Todopoderoso Anciano”. Es más bien “comunión de personas…, un entregarse recíproco…”. Si al principio vimos a Dios partiendo del hombre, ahora aprendemos a ver al hombre partiendo de Dios: un entregarse recíproco –a esto está destinado el hombre-; si logra encontrar el camino para llegar a esto, entonces refleja la esencia de Dios y por tanto desvela el nexo entre el principio y el fin.

EL DIOS QUE SE ENTREGA A SÍ MISMO

El inmenso arco, que es la verdadera visión del Tríptico romano, se revela claramente en la tercera tabla, la subida de Abrahán e Isaac al monte Moria, el monte del sacrificio, del darse sin reservas. La subida es la última y decisiva fase del camino de Abrahán, camino iniciado con la salida de su patria, Ur de los Caldeos, la fase fundamental en la subida hacia la cima, contra corriente, hacia la fuente, que es también la meta. En el diálogo inagotable entre padre e hijo, hecho de pocas palabras y de llevar juntos, en silencio, el misterio de estas palabras, se reflejan todas las preguntas de la historia, su sufrimiento, sus miedos y esperanzas. Al fin emerge que este diálogo entre padre e hijo, contra Abrahán e Isaac, es el diálogo en Dios mismo, el diálogo entre el Padre eterno y su Hijo, el Verbo, y que este diálogo eterno representa al mismo tiempo también la respuesta a nuestro diálogo humano inacabado. En efecto, al fin está la salvación de Isaac, el cordero –signo misterioso del Hijo, que se hace Cordero y víctima sacrificial, desvelándonos así el verdadero rostro de Dios: ese Dios que da a sí mismo, que es enteramente don y amor, hasta el extremo, hasta el fin (cf Jn 13,1)-. Así, precisamente en este concretísimo evento de la historia, que tanto parece alejarnos de las grandes visiones de la creación de la primera tabla del Tríptico, aparece evidente el origen y el fin de todo, el nexo entre descenso y subida, entre fuente, camino y meta: se hace reconocible el Dios que se entrega a sí mismo, que es a la par principio, camino y meta. Este Dios se trasluce en la creación y en la historia. Nos busca en nuestros sufrimientos y en nuestros interrogantes, qué es lo que significa ser hombres: darse en el amor, cosa que nos hace semejantes a Dios. A través del camino del Hijo en el monte del sacrificio se desvela “el misterio escondido desde el comienzo del mundo”. El amor que da es el misterio original y, amándonos también a nosotros, comprendemos el mensaje de la creación, encontramos el camino.

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Publicado el 22 octubre, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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