7-8-9/09/2007 – VIAJE APOSTÓLICO A AUSTRIA CON OCASIÓN DEL 850 ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DEL SANTUARIO DE MARIAZELL

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

A AUSTRIA CON OCASIÓN DEL 850 ANIVERSARIO

DE LA FUNDACIÓN DEL SANTUARIO DE MARIAZELL

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PALABRAS DEL SANTO PADRE

EN SU CONVERSACIÓN CON LOS PERIODISTAS DURANTE EL VUELO

Viernes 7 de septiembre de 2007

P. — Santo Padre, en este viaje vuelve usted a un país que conoce desde su infancia. ¿Qué importancia concede a este regreso a Austria?

R. — Mi viaje quiere ser sobre todo una peregrinación. Quiero insertarme en la larga fila de los peregrinos a lo largo de los siglos —son 850 años— y así, como peregrino con los peregrinos, orar con los que oran. Me parece importante este signo de la unidad que crea la fe:  unidad entre los pueblos, porque es una peregrinación de muchos pueblos, y unidad entre los tiempos; por tanto, es un signo de la fuerza unificadora, de la fuerza de reconciliación que entraña la fe. En este sentido, quiere ser un signo de la universalidad de la comunidad de fe de la Iglesia y también un signo de humildad y, sobre todo, de la confianza que tenemos en Dios, de la prioridad de Dios; Dios existe, necesitamos la ayuda de Dios. Y, naturalmente, también es expresión de amor a la Virgen. Así pues, solamente quiero confirmar estos elementos esenciales de la fe en este momento de la historia.

P. — La Iglesia austriaca en los años 90 atravesó un período difícil e inquieto, con tensiones pastorales y contestaciones. Santo Padre, ¿cree usted que estas dificultades ya se han superado? ¿Piensa ayudar con esta visita a sanar las heridas y a promover la unidad en la Iglesia, también entre los que se sienten al margen de la Iglesia?

R. — Ante todo quisiera dar las gracias a todos los que han sufrido en estos últimos años. Sé que la Iglesia en Austria ha vivido tiempos difíciles; por eso, expreso mi agradecimiento a todos —laicos, religiosos y sacerdotes— los que en medio de esas dificultades han permanecido fieles a la Iglesia, dando testimonio de Jesús, y han sabido reconocer el rostro de Cristo en una Iglesia de pecadores. No creo que hayan quedado totalmente superadas esas dificultades. La vida en este siglo —aunque esto vale en cierto sentido para todos los siglos— sigue siendo difícil. También la fe se vive siempre en contextos difíciles. Pero espero ayudar un poco a la curación de esas heridas, y veo que hay una nueva alegría de la fe, hay un nuevo impulso en la Iglesia. En la medida de mis posibilidades quiero confirmar esta disponibilidad a seguir adelante con el Señor, a confiar en que el Señor permanece presente en su Iglesia y que así, precisamente viviendo la fe en la Iglesia, podemos llegar también nosotros a la meta de nuestra vida y contribuir a un mundo mejor.

P. — Austria es un país de tradición profundamente católica y, a pesar de ello, también muestra signos de secularización. Santo Padre, ¿con qué mensaje de estímulo espiritual se va a dirigir a la sociedad austriaca?

R. — Yo sólo quiero confirmar a la gente en la fe, pues precisamente también hoy necesitamos a Dios, necesitamos una orientación que dé una dirección a nuestra vida. Una vida sin orientación, sin Dios, no tiene sentido; queda vacía. El relativismo lo relativiza todo y, al final, ya no se puede distinguir el bien del mal. Por tanto, sólo quiero confirmar en esta convicción, que resulta cada vez más evidente, de nuestra necesidad de Dios, de Cristo, y de la gran comunión de la Iglesia, que une a los pueblos y los reconcilia.

P. — Viena es sede de muchas organizaciones internacionales, entre las que se halla la Agencia internacional de la energía atómica, y es lugar tradicional de encuentro entre Oriente y Occidente. Santo Padre, ¿piensa enviar mensajes también sobre la política internacional, sobre la paz o sobre las relaciones con la ortodoxia y con el islam, para superar divergencias y polémicas?

R. Mi viaje no es político; como he dicho, es una peregrinación. Son sólo dos días. Al principio sólo estaba prevista la peregrinación a Mariazell; ahora, justamente, tenemos más tiempo para estar también en Viena, para estar con diversos componentes de la sociedad austriaca. En este tiempo tan breve no están previstos inmediatamente encuentros con otras confesiones o religiones: sólo un momento ante el monumento de la Shoah, para mostrar nuestra tristeza, nuestro arrepentimiento y también nuestra amistad con nuestros hermanos judíos, para seguir adelante en esta gran unión que Dios ha creado con su pueblo. Así pues, inmediatamente no están previstos esos mensajes. Sólo al inicio, en el encuentro con el mundo político, quiero hablar un poco de esta realidad que es Europa, de las raíces cristianas de Europa, del camino que conviene tomar. Pero es obvio que hacemos todo siempre basándonos en el diálogo tanto con los demás cristianos como con los musulmanes y con las demás religiones. El diálogo está siempre presente:  es una dimensión de nuestra actividad, aunque en esta circunstancia no se hará tan explícito a causa del carácter específico de esta peregrinación.

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Aeropuerto internacional de Viena/Schwechat

Viernes 7 de septiembre de 2007

Señor presidente federal;
señor canciller federal;
venerado señor cardenal;
queridos hermanos en el episcopado;
ilustres señoras y señores;
queridos jóvenes amigos:

Con gran alegría vengo por primera vez desde el inicio de mi pontificado a Austria, país que me es familiar por la cercanía geográfica al lugar de mi nacimiento, y no sólo por eso. Le agradezco, señor presidente federal, las cordiales palabras con las que me ha dado la bienvenida en nombre de todo el pueblo austriaco. Usted sabe que me siento muy vinculado a su patria y a muchas personas y lugares de su país. Este espacio cultural en el centro de Europa supera fronteras y aúna impulsos y fuerzas de varias partes del continente. La cultura de este país está profundamente impregnada del mensaje de Jesucristo y de la actividad que la Iglesia ha llevado a cabo en su nombre. Todo ello y muchas otras cosas me dan la viva impresión de sentirme entre vosotros, queridos austriacos, como si estuviera “en mi casa”.

El motivo de mi venida a Austria es el 850° aniversario del lugar sagrado de Mariazell. Este santuario de la Virgen constituye, en cierto modo, el corazón materno de Austria y reviste desde siempre una importancia particular también para los húngaros y para los pueblos eslavos. Es  símbolo de una apertura que no  sólo supera fronteras geográficas y nacionales, sino que, además, en la persona de María, remite a una dimensión esencial del hombre: la capacidad de abrirse a la palabra de Dios y a su verdad.

Con esta perspectiva, durante los próximos tres días, deseo realizar aquí en Austria mi peregrinación a Mariazell. En los últimos años se constata con alegría que numerosas personas tienen un interés cada vez mayor por la peregrinación. Al estar en camino durante una peregrinación, también los jóvenes hallan una nueva oportunidad de reflexión meditativa; se conocen unos a otros y juntos se encuentran ante la creación, pero también ante la historia de la fe, que con frecuencia experimentan inesperadamente como una fuerza para el presente. Considero mi peregrinación a Mariazell como un ponerme en camino juntamente con los peregrinos de nuestro tiempo. En este sentido, dentro de poco, en el centro de Viena, iniciaré la oración común que, como una peregrinación espiritual, acompañará estas jornadas en todo el país.

Mariazell no sólo tiene una historia de 850 años, sino que, además, basándose en la experiencia de la historia -y sobre todo teniendo en cuenta que la estatua milagrosa remite maternalmente a Cristo-, indica el camino hacia el futuro. Desde esta perspectiva, juntamente con las autoridades políticas de este país y con los representantes de las organizaciones internacionales, quisiera hoy echar una mirada a nuestro presente y a nuestro futuro.

Mañana es la fiesta de la Natividad de María, la fiesta patronal de Mariazell, un lugar de gracia. En la celebración eucarística ante la basílica nos reuniremos, según la indicación de María, en torno a Cristo que viene a estar con nosotros. A él le pediremos que nos ayude a contemplarlo cada vez más claramente, a reconocerlo en nuestros hermanos, a servirlo en ellos y a ir juntamente con él hacia el Padre. Como peregrinos al santuario, en la oración y a través de los  medios de comunicación social, estaremos  unidos  a todos los fieles y a los  hombres de buena voluntad aquí, en el país, y mucho más allá de sus fronteras.

Peregrinación no sólo significa camino hacia un santuario. También es esencial el camino de vuelta hacia la vida ordinaria. Nuestra vida diaria de cada semana comienza el domingo, don liberatorio de Dios que queremos acoger y conservar. Así, celebraremos este domingo en la catedral de San Esteban en comunión con todos los que en las parroquias de Austria y en el mundo entero se congregarán para la santa misa.

Señoras y señores, sé que muchas personas en Austria usan, en parte, el domingo, por ser un día en que no se trabaja, y también los tiempos libres en otros días de la semana, para un compromiso voluntario al servicio de los demás. Este compromiso, realizado con generosidad y desinterés por el bien y la salvación de los demás, marca también la peregrinación de nuestra vida. Quien “contempla” al prójimo -lo ve y le ayuda- contempla a Cristo y lo sirve. Guiados y animados por María, queremos agudizar nuestra mirada cristiana para descubrir los desafíos que hemos de afrontar con el espíritu del Evangelio y, llenos de gratitud y de esperanza, desde un pasado a veces difícil, pero también siempre colmado de gracia, nos encaminamos hacia un futuro rico en promesas.

Señor presidente federal, queridos amigos, me alegro de estas jornadas en Austria y al inicio de mi peregrinación lo saludo a usted y a todos vosotros con un cordial “Grüß Gott!”.

ENCUENTRO DE ORACIÓN ANTE LA “COLUMNA DE MARÍA”

PALABRAS DEL SANTO PADRE

Plaza “Am Hof”, Viena

Viernes 7 de septiembre de 2007

Venerado y querido señor cardenal;
ilustre señor alcalde;
queridos hermanos y hermanas:

Como primera etapa de mi peregrinación hacia Mariazell he elegido la Mariensäule (“Columna de María”) para reflexionar un momento con vosotros sobre el significado de la Madre de Dios para la Austria del pasado y del presente, así como sobre su significado para cada uno de nosotros.

Saludo cordialmente a todos los que os habéis reunido aquí para la oración ante la “Columna de María”. Le agradezco, querido señor cardenal, las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido al inicio de la celebración. Saludo al señor alcalde de la capital y a todas las autoridades presentes.

Dirijo un saludo particular a los jóvenes y a los representantes de las comunidades de lenguas extranjeras de la archidiócesis de Viena, que después de esta liturgia de la Palabra se congregarán en la iglesia, donde permanecerán hasta mañana en adoración ante el Santísimo. Me han dicho que están aquí ya desde hace tres horas. Los admiro y les digo:  “Vergelt’s Gott!”. Con esta adoración realizáis, de modo muy concreto, lo que en estos días queremos hacer todos:  contemplar a Cristo juntamente con María.

Ya desde los primeros tiempos, a la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, está unida una veneración particular a su Madre, la Mujer en cuyo seno asumió la naturaleza humana, compartiendo incluso el latido de su corazón, la Mujer que lo acompañó con delicadeza y respeto durante su vida, hasta su muerte en cruz, y a cuyo amor materno él, al final, encomendó al discípulo predilecto y con él a toda la humanidad.

Con su sentimiento materno, María acoge también hoy bajo su protección a personas de todas las lenguas y culturas, para llevarlas a Cristo juntas, en una multiforme unidad. A ella podemos recurrir en nuestras preocupaciones y necesidades. Pero también debemos aprender de ella a acogernos mutuamente con el mismo amor con que ella nos acoge a todos:  a cada uno en su singularidad, querido como tal y amado por Dios. En la familia universal de Dios, en la que cada persona tiene reservado un puesto, cada uno debe desarrollar sus dones para el bien de todos.

La “Columna de María”, erigida por el emperador Fernando III en acción de gracias por la liberación de Viena de un gran peligro y por él inaugurada hace exactamente 360 años, debe ser también para nosotros hoy un signo de esperanza. ¡Cuántas personas, desde entonces, se han detenido ante esta columna y, orando, han elevado los ojos hacia María! ¡Cuántos han experimentado en las dificultades personales la fuerza de su intercesión! Pero nuestra esperanza cristiana va mucho más allá de la realización de nuestros deseos pequeños y grandes. Nosotros elevamos los ojos hacia María, que nos muestra a qué esperanza estamos llamados (cf. Ef 1, 18), pues ella personifica lo que el hombre es de verdad.

Como hemos escuchado en la lectura bíblica, ya antes de la creación del mundo Dios nos había elegido en Cristo. Él nos conoce y ama a cada uno desde la eternidad. Y ¿para qué nos ha elegido? Para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor. Y eso no es una tarea imposible de cumplir, ya que Dios nos ha concedido, en Cristo, su realización. Hemos sido redimidos. En virtud de nuestra comunión con Cristo resucitado, Dios nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales.

Abramos nuestro corazón; acojamos esa herencia tan valiosa. Entonces podremos entonar, juntamente con María, el himno de alabanza de su gracia. Y si seguimos poniendo nuestras preocupaciones diarias ante la Madre inmaculada de Cristo, ella nos ayudará a abrir siempre nuestras pequeñas esperanzas hacia la esperanza grande y verdadera, que da sentido a nuestra vida y puede colmarnos de una alegría profunda e indestructible.

En este sentido, quisiera ahora, juntamente con vosotros, elevar los ojos hacia la Inmaculada, para encomendarle a ella las oraciones que acabáis de rezar y pedirle su protección maternal para este país y para sus habitantes:

Santa María, Madre inmaculada de nuestro Señor Jesucristo, en ti Dios nos ha dado el prototipo de la Iglesia y el modo mejor de realizar nuestra humanidad.

A ti te encomiendo a Austria y a sus habitantes:  ayúdanos a todos a seguir tu ejemplo y a orientar totalmente nuestra vida hacia Dios.

Haz que, contemplando a Cristo, lleguemos a ser cada vez más semejantes a él, verdaderos hijos de Dios. Entonces también nosotros, llenos de toda clase de bendiciones espirituales, podremos corresponder cada vez mejor a su voluntad y ser así instrumentos de paz para Austria, para Europa y para el mundo.

Amén.

ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI*

Sala de las Recepciones de la residencia de Hofburg, Viena

Viernes 7 de septiembre de 2007

Estimado señor presidente federal;
estimado señor canciller federal;
ilustres miembros del Gobierno federal;
honorables diputados del Parlamento nacional y miembros del Senado federal;
ilustres presidentes regionales;
estimados representantes del Cuerpo diplomático;
ilustres señoras y señores:

Introducción

Es para mí una gran alegría y un honor encontrarme hoy con usted, señor presidente federal, y con los miembros del Gobierno federal, así como con los representantes de la vida política y pública de la República de Austria. Este encuentro en la residencia de Hofburg refleja las buenas relaciones, marcadas por la confianza recíproca, que existen entre su país y la Santa Sede, de las que ha hablado usted, señor presidente. Por eso me alegro vivamente.

Las relaciones entre la Santa Sede y Austria forman parte de la vasta red de relaciones diplomáticas, en las que Viena constituye una importante encrucijada, pues aquí tienen su sede también numerosas organizaciones internacionales. Me complace la presencia de tantos representantes diplomáticos, a quienes saludo cordialmente. Os agradezco, señoras y señores embajadores, vuestro compromiso no sólo al servicio de los países que representáis y de sus intereses, sino también al servicio de la causa común de la paz y el entendimiento entre los pueblos.
Austria

Esta es mi primera visita como Obispo de Roma y Pastor supremo de la Iglesia católica universal a este país, que, sin embargo, ya conozco desde hace mucho tiempo por mis numerosas visitas anteriores. Para mí —permitidme decirlo— es realmente una gran alegría estar aquí. Tengo aquí muchos amigos y, como vecino bávaro, el estilo de vida de Austria y sus tradiciones me son familiares. Mi gran predecesor, de venerada memoria, el Papa Juan Pablo II visitó Austria tres veces. Cada vez fue recibido muy cordialmente por los habitantes de este país, sus palabras fueron escuchadas con atención y sus viajes apostólicos han dejado huellas imborrables.

En los últimos años y décadas, Austria ha logrado grandes éxitos, que incluso hace dos generaciones nadie hubiera soñado. Vuestro país no sólo ha experimentado un notable progreso económico, sino que también ha desarrollado una convivencia social ejemplar, que se puede resumir con la expresión “solidaridad social”. Los austriacos, con razón, se sienten agradecidos por ello, y no sólo lo manifiestan abriendo su corazón a los pobres y necesitados de su país, sino también siendo generosos al mostrar solidaridad con ocasión de catástrofes y desastres en el mundo. Las grandes iniciativas de Licht ins Dunkel (“Luz en la oscuridad”) antes de Navidad, y Nachbar in Not (“Vecino necesitado”) constituyen un elocuente testimonio de esos sentimientos.

Austria y la ampliación de la Unión europea

Nos encontramos en un lugar histórico, que durante siglos fue sede del gobierno de un Imperio que abarcaba vastas áreas de Europa central y oriental. Este lugar y este momento nos brindan una ocasión providencial para dirigir nuestra mirada a toda la Europa actual. Tras los horrores de la guerra y las traumáticas experiencias del totalitarismo y la dictadura, Europa emprendió el camino hacia una unidad del continente capaz de asegurar un orden duradero de paz y justo desarrollo. La dolorosa división que partió el continente durante décadas ha sido superada políticamente, pero la unidad está aún, en gran parte, por realizar en la mente y en el corazón de las personas. Aunque después de la caída del telón de acero, en 1989, algunas esperanzas excesivas quedaron defraudadas, y en algunos aspectos se pueden formular críticas justificadas contra algunas instituciones europeas, el proceso de unificación se puede considerar un logro de gran alcance, que ha traído un período de paz, desde hacía mucho tiempo desconocido, a este continente, antes desgarrado por continuos conflictos y fatales guerras fratricidas.

Para los países de Europa central y oriental, en particular, la participación en ese proceso es un incentivo ulterior para consolidar dentro de sus fronteras la libertad, el estado de derecho y la democracia. A este respecto, quiero recordar la contribución que dio mi predecesor el Papa Juan Pablo II a este proceso histórico. También Austria, como país puente, al encontrarse en el confín entre Occidente y Oriente, ha contribuido en gran medida a esta unión y además —no debemos olvidarlo— se ha beneficiado mucho de ella.
Europa

La “casa europea”, como solemos llamar a la comunidad de este continente, sólo será para todos un buen lugar para vivir si se construye sobre un sólido fundamento cultural y moral de valores comunes tomados de nuestra historia y de nuestras tradiciones. Europa no puede y no debe renegar de sus raíces cristianas, que representan un componente dinámico de nuestra civilización mientras avanzamos por el tercer milenio. El cristianismo ha modelado profundamente este continente, como lo atestiguan en todos los países, particularmente en Austria, no sólo las numerosas iglesias y los importantes monasterios. La fe se manifiesta sobre todo en las innumerables personas a las que, a lo largo de la historia hasta hoy, ha impulsado a una vida de esperanza, amor y misericordia. Mariazell, el gran santuario nacional de Austria, es también un lugar de encuentro para varios pueblos de Europa. Es uno de los lugares en donde los hombres han encontrado, y siguen encontrando, la “fuerza de lo alto” para una vida recta.

En estos días, el testimonio de la fe cristiana en el centro de Europa se manifiesta también en la “III Asamblea ecuménica europea” que se está celebrando en Sibiu-Hermannstadt (Rumania), cuyo lema es: “La luz de Cristo ilumina a todos los hombres. Esperanza de renovación y unidad en Europa”. Viene espontáneamente a la memoria el recuerdo del Katholikentag centro-europeo, que en el año 2004, con el tema: “Cristo, esperanza de Europa”, congregó a numerosos creyentes en Mariazell.

Hoy se habla a menudo del modelo de vida europeo. Con esa expresión se alude a un orden social que combina eficacia económica con justicia social, pluralismo político con tolerancia, liberalidad con apertura; pero también significa conservación de valores que otorgan a este continente su característica peculiar. Este modelo, con los condicionamientos de la economía moderna, afronta un gran desafío. La —a menudo citada— globalización no se puede detener, pero la política tiene la tarea urgente y la gran responsabilidad de regularla y limitarla para evitar que se realice a expensas de los países más pobres y, en los países ricos, de las personas pobres, y que vaya en detrimento de las futuras generaciones.

Ciertamente, como sabemos, Europa también ha vivido y sufrido terribles caminos equivocados. Entre ellos: restricciones ideológicas de la filosofía, de la ciencia y también de la fe; el abuso de la religión y la razón con fines imperialistas; la degradación del hombre mediante un materialismo teórico y práctico; y, por último, la degeneración de la tolerancia en una indiferencia sin referencias a valores permanentes. Pero Europa también se ha caracterizado por una capacidad de autocrítica que la distingue y cualifica en el vasto panorama de las culturas del mundo.

La vida

Fue en Europa donde se formuló por primera vez la noción de derechos humanos. El derecho humano fundamental, el presupuesto de todos los demás derechos, es el derecho a la vida misma. Esto vale para la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. En consecuencia, el aborto no puede ser un derecho humano; es exactamente lo opuesto. Es una “profunda herida social”, como destacaba continuamente nuestro difunto hermano el cardenal Franz König.

Al afirmar esto, no expreso solamente una preocupación de la Iglesia. Más bien, quiero actuar como abogado de una petición profundamente humana y portavoz de los niños por nacer, que no tienen voz. No cierro los ojos ante los problemas y los conflictos que experimentan muchas mujeres, y soy consciente de que la credibilidad de mis palabras depende también de lo que la Iglesia misma hace para ayudar a las mujeres que atraviesan dificultades.

En este contexto, hago un llamamiento a los líderes políticos para que no permitan que los hijos sean considerados una especie de enfermedad, y para que en vuestro ordenamiento jurídico no sea abolida, en la práctica, la calificación de injusticia atribuida al aborto. Lo digo impulsado por la preocupación por los valores humanos. Pero este es sólo un aspecto de lo que nos preocupa. El otro es la necesidad de hacer todo lo posible para que los países europeos estén nuevamente dispuestos a acoger a los niños. Impulsad a los jóvenes a fundar nuevas familias en el matrimonio y a convertirse en madres y padres. De este modo, no sólo les haréis un bien a ellos mismos, sino también a toda la sociedad. También apoyo decididamente vuestros esfuerzos políticos por fomentar condiciones que permitan a las parejas jóvenes criar a sus hijos. Pero todo ello no serviría de nada si no logramos crear nuevamente en nuestros países un clima de alegría y confianza en la vida, en el que los niños no sean considerados una carga, sino un don para todos.

Otra gran preocupación que tengo es el debate sobre lo que se ha llamado “ayuda activa a morir”. Existe el temor de que, algún día, sobre las personas gravemente enfermas se ejerza una presión tácita o incluso explícita para que soliciten la muerte o se la procuren ellos mismos. La respuesta adecuada al sufrimiento del final de la vida es una atención amorosa y el acompañamiento hacia la muerte —especialmente con la ayuda de los cuidados paliativos— y no la “ayuda activa a morir”.

Sin embargo, para realizar un acompañamiento humano hacia la muerte hacen falta reformas estructurales en todos los campos del sistema sanitario y social, y la organización de estructuras para los cuidados paliativos. También se deben tomar medidas concretas para el acompañamiento psicológico y pastoral de las personas gravemente enfermas y de los moribundos, de sus parientes, de los médicos y del personal sanitario. En este campo el “Hospizbewegung” está realizando una buena labor. Sin embargo, la totalidad de esas tareas no puede delegarse solamente a ellos. Muchas otras personas deben estar dispuestas —o ser impulsadas a esa disponibilidad— a dedicar tiempo e incluso recursos a la asistencia amorosa de los enfermos graves y de los moribundos.

El diálogo de la razón

Por último, también forma parte de la herencia europea una tradición de pensamiento que considera esencial una correspondencia sustancial entre fe, verdad y razón. Aquí, en definitiva, se trata de ver si la razón está al principio de todas las cosas y en su fundamento, o si no es así. Se trata de ver si la realidad tiene su origen en la casualidad y la necesidad y, por tanto, si la razón es un producto casual secundario de lo irracional y si, en el océano de la irracionalidad, se convierte, en fin de cuentas, en algo sin sentido; o si es verdad, en cambio, lo que constituye la convicción de fondo de la fe cristiana: “In principio erat Verbum”, “En el principio era la Palabra”, es decir, en el origen de todas las cosas está la Razón creadora de Dios, que decidió comunicarse a nosotros, los seres humanos.

Permitidme citar, en este contexto, a Jürgen Habermas, un filósofo que no profesa la fe cristiana, el cual afirma: “Para la auto-conciencia normativa del tiempo moderno, el cristianismo no ha sido solamente un catalizador. El universalismo igualitario, del que brotaron las ideas de libertad y de convivencia solidaria, es una herencia directa de la justicia judía y de la ética cristiana del amor. Esta herencia, sustancialmente inalterada, ha sido siempre hecha propia de modo crítico y nuevamente interpretada. Hasta hoy no existe una alternativa a ella”.

Las tareas de Europa en el mundo

Sin embargo, por el carácter único de su vocación, Europa tiene también una responsabilidad única en el mundo. A este respecto, ante todo no debe renunciar a sí misma. Europa, que desde el punto de vista demográfico está envejeciendo rápidamente, no debe convertirse en un continente viejo espiritualmente. Además, será cada vez más consciente de sí misma si asume la responsabilidad que le corresponde en el mundo por su singular tradición espiritual, por sus extraordinarios recursos y por su gran poder económico. Por tanto, la Unión europea debe desempeñar un papel destacado en la lucha contra la pobreza en el mundo y en el compromiso en favor de la paz.

Con gratitud podemos constatar que los países de Europa y la Unión europea son de los que más contribuyen al desarrollo internacional, pero también deberían hacer sentir su importancia política, por ejemplo, ante los urgentísimos desafíos que plantea África, las inmensas tragedias de ese continente, como el flagelo del sida, la situación en Darfur, la injusta explotación de los recursos naturales y el preocupante tráfico de armas.

Asimismo, los esfuerzos diplomáticos o políticos de Europa y de los países que la integran no pueden descuidar la situación siempre grave de Oriente Próximo, en donde resulta necesaria la contribución de todos para promover la renuncia a la violencia, el diálogo recíproco y una auténtica coexistencia pacífica. También deben seguir mejorando las relaciones de Europa con las naciones de América Latina y con las del continente asiático, mediante oportunos vínculos de intercambio.

Conclusión

Estimado señor presidente federal; ilustres señoras y señores, Austria es un país colmado de bendiciones: una gran belleza natural que, año tras año, atrae a millones de personas para sus vacaciones; una extraordinaria riqueza cultural, creada y acumulada por muchas generaciones; y numerosas personas dotadas de talento artístico y de gran capacidad creativa. Por doquier se pueden ver los frutos de la diligencia y de las habilidades de la población que trabaja. Este es un motivo de gratitud y de sano orgullo. Pero, ciertamente, Austria no es una “isla feliz”, y no se considera así. La autocrítica siempre es útil y, desde luego, es muy común en Austria. Un país que ha recibido mucho, también debe dar mucho. Puede contar en gran medida con sus propios recursos, pero también debe exigirse a sí mismo cierta responsabilidad con respecto a los países vecinos, a Europa y al mundo.

Mucho de lo que Austria es y posee, se lo debe a la fe cristiana y a su beneficiosa eficacia sobre las personas. La fe ha modelado profundamente el carácter de este país y a su gente. Por eso, todos deben tener la preocupación de no permitir que un día en este país sólo las piedras hablen del cristianismo. Sin una intensa fe cristiana, Austria ya no sería Austria.

A vosotros y a todos los austriacos, especialmente a los ancianos y los enfermos, así como a los jóvenes, que tienen aún la vida por delante, deseo la esperanza, la confianza, la alegría y la bendición de Dios. Muchas gracias.


*L’Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.37 p.6, 7 (498, 499).

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

DURANTE LA MISA CELEBRADA

DELANTE EL SANTUARIO DE MARIAZELL

Sábado 8 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Con nuestra gran peregrinación a Mariazell celebramos la fiesta patronal de este santuario, la fiesta de la Natividad de María. Desde hace 850 años vienen aquí personas de diferentes pueblos y naciones, que oran trayendo consigo los deseos de su corazón y de sus países, así como sus preocupaciones y esperanzas más íntimas. De este modo, Mariazell se ha convertido para Austria, y mucho más allá de sus fronteras, en un lugar de paz y de unidad reconciliada.

Aquí experimentamos la bondad consoladora de la Madre; aquí encontramos a Jesucristo, en quien Dios está con nosotros como afirma el pasaje evangélico de hoy. Refiriéndose a Jesús, la lectura del profeta Miqueas dice:  “él será la paz” (cf. Mi 5, 4). Hoy nos insertamos en esta gran peregrinación de muchos siglos. Nos detenemos ante la Madre del Señor y le imploramos:  “Muéstranos a Jesús”. Muéstranos a nosotros, peregrinos, a Aquel que es al mismo tiempo el camino y la meta:  la verdad y la vida.

El pasaje evangélico que acabamos de escuchar amplía nuestros horizontes. Presenta la historia de Israel desde Abraham como una peregrinación que, con subidas y bajadas, por caminos cortos y por caminos largos, conduce en definitiva a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto en los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo.

Peregrinar significa estar orientados en cierta dirección, caminar hacia una meta. Esto confiere una belleza propia también al camino y al cansancio que implica. Entre los peregrinos de la genealogía de Jesús algunos habían olvidado la meta y querían ponerse a sí mismos como meta. Pero el Señor había suscitado siempre de nuevo personas que se habían dejado impulsar por la nostalgia de la meta, orientando hacia ella su vida. El impulso hacia la fe cristiana, el inicio de la Iglesia de Jesucristo fue posible porque existían en Israel personas con un corazón en búsqueda, personas que no se acomodaron en la rutina, sino que escrutaron a lo lejos en búsqueda de algo más grande:  Zacarías, Isabel, Simeón, Ana, María y José, los Doce y muchos otros. Al tener su corazón en actitud de espera, podían reconocer en Jesucristo a Aquel que Dios había mandado, llegando a ser así el inicio de su familia universal. La Iglesia de los gentiles pudo hacerse realidad porque tanto en el área del Mediterráneo como en las zonas de Asia más cercanas, a donde llegaban los mensajeros de Jesucristo, había personas en actitud de espera que no se conformaban con lo que todos hacían y pensaban, sino que buscaban la estrella que podía indicarles el camino hacia la Verdad misma, hacia el Dios vivo.

Necesitamos este corazón inquieto y abierto. Es el núcleo de la peregrinación. Tampoco hoy basta ser y pensar, en cierto modo, como todos los demás. El proyecto de nuestra vida va más allá. Tenemos necesidad de Dios, del Dios que  nos ha mostrado su rostro y abierto  su corazón:  Jesucristo. San Juan, con  razón, afirma que “él es el Hijo único, que está en el seno del Padre” (Jn 1, 18); así sólo él, desde la intimidad de Dios mismo, podía revelarnos a Dios y también revelarnos quiénes somos nosotros, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Ciertamente ha habido en la historia muchas grandes personalidades que han hecho bellas y conmovedoras experiencias de Dios. Sin embargo, son sólo experiencias humanas, con su límite humano. Sólo él es Dios y por eso sólo él es el puente que pone realmente en contacto inmediato a Dios y al hombre. Así pues, aunque nosotros lo consideramos el único Mediador de la salvación válido para todos, que afecta a todos y del cual, en definitiva, todos tienen necesidad, esto no significa de ninguna manera que despreciemos a las otras religiones ni que radicalicemos con soberbia nuestro pensamiento, sino únicamente que hemos sido conquistados por Aquel que nos ha tocado interiormente y nos ha colmado de dones, para que podamos compartirlos con los demás.

De hecho, nuestra fe se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad, como si esta fuera demasiado grande para él. Estoy convencido de que esta resignación ante la verdad es el núcleo de la crisis de occidente, de Europa. Si para el hombre no existe una verdad, en el fondo no puede ni siquiera distinguir entre el bien y el mal. Entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se hacen ambiguos:  pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la salvación del hombre, pero también, como vemos, pueden convertirse en una terrible amenaza, en la destrucción del hombre y del mundo.

Necesitamos la verdad. Pero ciertamente, a causa de nuestra historia, tenemos miedo de que la fe en la verdad conlleve intolerancia. Si nos asalta este miedo, que tiene sus buenas razones históricas, debemos contemplar a Jesús como lo vemos aquí, en el santuario de Mariazell. Lo vemos en dos imágenes:

  1. como niño en brazos de su Madre
  2. y, sobre el altar principal de la basílica, crucificado.

Estas dos imágenes de la basílica nos dicen:  la verdad no se afirma mediante un poder externo, sino que es humilde y sólo se da al hombre por su fuerza interior:  por el hecho de ser verdadera. La verdad se demuestra a sí misma en el amor. No es nunca propiedad nuestra, un producto nuestro, del mismo modo que el amor no se puede producir, sino que sólo se puede recibir y transmitir como don. Necesitamos esta fuerza interior de la verdad. Como cristianos, nos fiamos de esta fuerza de la verdad. Somos testigos de ella. Tenemos que transmitir este don de la misma manera que lo hemos recibido, tal como nos ha sido entregado.

“Mirar a Cristo” es el lema de este día. Para el hombre que busca, esta invitación se transforma siempre en una petición espontánea, una petición dirigida en particular a María, que nos dio a Cristo como Hijo suyo:  “Muéstranos a Jesús”. Rezamos hoy así de todo corazón; y rezamos, más allá de este momento, interiormente, buscando el rostro del Redentor. “Muéstranos a Jesús”. María responde, presentándonoslo ante todo como niño. Dios se ha hecho pequeño por nosotros. Dios no viene con la fuerza exterior, sino con la impotencia de su amor, que constituye su fuerza. Se pone en nuestras manos. Pide nuestro amor. Nos invita a hacernos pequeños, a bajar de nuestros altos tronos y aprender a ser niños ante Dios. Nos ofrece el Tú. Nos pide que nos fiemos de él y que así aprendamos a vivir en la verdad y en el amor.

Naturalmente, el niño Jesús nos recuerda también a todos los niños del mundo, en los cuales quiere salir a nuestro encuentro:

  • los niños que viven en la pobreza; los que son explotados como soldados;
  • los que no han podido experimentar nunca el amor de sus padres;
  • los niños enfermos y los que sufren, pero también los alegres y sanos.

Europa se ha empobrecido de niños: lo queremos todo para nosotros mismos, y tal vez no confiamos demasiado en el futuro. Pero la tierra carecerá de futuro si se apagan las fuerzas del corazón humano y de la razón iluminada por el corazón, si el rostro de Dios deja de brillar sobre la tierra. Donde está Dios, hay futuro.

“Mirar a Cristo”:  volvamos a dirigir brevemente la mirada al Crucifijo situado sobre el altar mayor. Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la Pasión:  se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos:  Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos.

“Mirar a Cristo”. Si lo hacemos, nos damos cuenta de que el cristianismo es algo más, algo distinto de un sistema moral, una serie de preceptos y leyes. Es el don de una amistad que perdura en la vida y en la muerte:  “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15) dice el Señor a los suyos. Nos fiamos de esta amistad. Pero, precisamente por el hecho de que el cristianismo es más que una moral, de que es el don de la amistad, implica una gran fuerza moral, que necesitamos tanto ante los desafíos de nuestro tiempo. Si con Jesucristo y con su Iglesia volvemos a leer de manera siempre nueva el Decálogo del Sinaí, penetrando en sus profundidades, entonces se nos revela como una gran enseñanza, siempre válida.

El Decálogo es ante todo un “sí” a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos sostiene y que, sin embargo, nos deja nuestra libertad, más aún, la transforma en verdadera libertad (los primeros tres mandamientos).

  • Es un “sí” a la familia (cuarto mandamiento);
  • un “sí” a la vida (quinto mandamiento);
  • un “sí” a un amor responsable (sexto mandamiento);
  • un “sí” a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento);
  • un “sí” a la verdad (octavo mandamiento);
  • y un “sí” al respeto del prójimo y a lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos).

En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios vivo, vivimos este múltiple “sí” y, al mismo tiempo, lo llevamos como señal del camino en esta hora del mundo.

“Muéstranos a Jesús”. Con esta petición a la Madre del Señor nos hemos puesto en camino hacia este lugar. Esta misma petición nos acompañará en nuestra vida cotidiana. Y sabemos que María escucha nuestra oración:  sí, en cualquier momento, cuando miramos a María, ella nos muestra a Jesús. Así podemos encontrar el camino recto, seguirlo paso a paso, con la alegre confianza de que ese camino lleva a la luz, al gozo del Amor eterno. Amén.


Palabras de saludo del papa Benedicto XVI a los peregrinos de otros países, en Mariazell

Queridos hermanos y hermanas:

Antes del encuentro con los consejos parroquiales y antes de entregaros el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, quiero repetir lo que ya se ha dicho en las intenciones de la oración. Son muchas las personas que aquí, en Austria, durante estos días están sufriendo a causa de las inundaciones y han sufrido daños. Quiero asegurar a todas estas personas mi oración, mi compasión y mi dolor, y estoy seguro de que todos los que puedan, serán solidarios con ellos y les ayudarán.

Asimismo, quiero recordar a los dos peregrinos que han muerto aquí, hoy. Los he encomendado en mi oración durante la santa misa. Podemos confiar en que la Madre de Dios los haya llevado directamente a la presencia de Dios, dado que habían venido en peregrinación para encontrarse con Jesús juntamente con ella.

Queridos peregrinos húngaros, conozco vuestra tradicional devoción a la Virgen de Mariazell. Invoco su protección sobre todos vosotros. ¡Alabado sea Jesucristo!

Queridos hermanos y hermanas que habéis venido de Eslovenia, la Virgen María proteja siempre a vuestro pueblo y a vuestras familias. ¡Alabado sea Jesucristo!

También os saludo cordialmente a vosotros, queridos peregrinos croatas. Que os acompañen la poderosa intercesión y el auxilio de la santísima Virgen María, para que permanezcáis siempre fieles a Cristo y a su Iglesia. ¡Alabados sean Jesús y María!

Saludo cordialmente a los peregrinos de la República Checa. A todos os encomiendo a la protección materna de la santísima Virgen María. ¡Alabado sea Jesucristo!

Asimismo, dirijo un cordial saludo a los peregrinos eslovacos. Queridos amigos, que la Mater Gentium Slavorum os ayude a permanecer siempre fieles a Cristo y a la Iglesia.

Saludo a los polacos que han venido a Mariazell en una peregrinación de fe y de unión. Por intercesión de María, pido a Dios la bendición para vosotros y para vuestras familias.

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

DURANTE LAS VÍSPERAS

CON LOS SACERDOTES Y CONSAGRADOS

Mariazzell

Sábado 8 de septiembre de 2007

Venerados y queridos hermanos en el ministerio sacerdotal;
queridos hombres y mujeres de vida consagrada;
queridos amigos:

Nos hemos reunido en la venerable basílica de nuestra “Magna Mater Austriae”, en Mariazell. Desde hace muchas generaciones la gente reza aquí para obtener la ayuda de la Madre de Dios. Lo hacemos hoy también nosotros. Juntamente con ella, queremos ensalzar la inmensa bondad de Dios y expresar al Señor nuestra gratitud por todos los beneficios recibidos, en particular por el gran don de la fe. También queremos encomendarle a ella nuestras principales intenciones:

  • pedir su protección para la Iglesia,
  • invocar su intercesión para que Dios conceda buenas vocaciones a nuestras diócesis y comunidades religiosas,
  • solicitar su ayuda para las familias y su oración misericordiosa por todas las personas que buscan el camino para salir del pecado y quieren convertirse,
  • y, por último, encomendar a su solicitud materna a todos los enfermos y a las personas ancianas.

Que la Gran Madre de Austria y de Europa nos ayude a todos a llevar a cabo una profunda renovación de la fe y de la vida.

Queridos amigos, como sacerdotes, religiosos y religiosas, sois servidores y servidoras de la misión de Jesucristo. Del mismo modo que hace dos mil años Jesús llamó a personas para que lo siguieran, también hoy muchos jóvenes, chicos y chicas, tras escuchar su llamada, se ponen en camino, fascinados por él e impulsados por el deseo de dedicar su vida al servicio de la Iglesia, entregándola para ayudar a los hombres. Tienen la valentía de seguir a Cristo y quieren ser sus testigos.

De hecho, la vida en el seguimiento de Cristo es una empresa arriesgada, porque siempre nos acecha la amenaza del pecado, de la falta de libertad y de la defección. Por eso, todos necesitamos su gracia, que María recibió en plenitud. Aprendamos a mirar siempre, como María, a Cristo, tomándolo a él como criterio de medida; así podremos participar en la misión universal de salvación de la Iglesia, cuya Cabeza es él.

El Señor llama a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los laicos a entrar en el mundo, en su realidad compleja, para cooperar allí a la edificación del reino de Dios. Lo hacen de muchas y muy diferentes maneras:

  • con el anuncio,
  • con la edificación de la comunidad,
  • con los diversos ministerios pastorales,
  • con el amor concreto y con la caridad vivida,
  • con la investigación y con la ciencia realizadas con espíritu apostólico,
  • con el diálogo con la cultura de su entorno,
  • con la promoción de la justicia querida por Dios
  • y, en no menor medida, con la contemplación silenciosa del Dios trino y rindiéndole una alabanza comunitaria.

El Señor os invita a la peregrinación que la Iglesia lleva a cabo “a lo largo de los tiempos”. Os invita a haceros peregrinos con él y a participar en su vida, que también hoy es vía crucis y camino del Resucitado a través de la Galilea de nuestra existencia. Sin embargo, es siempre el mismo e idéntico Señor quien, mediante el mismo y único bautismo, nos llama a la única fe. Por tanto, compartir su camino significa ambas cosas. La dimensión de la cruz, con fracasos, sufrimientos, incomprensiones, más aún, incluso con desprecio y persecución; pero también la experiencia de una profunda alegría en el servicio y la experiencia de la gran consolación que deriva del encuentro con él. La misión de las parroquias, de las comunidades y de cada uno de los cristianos bautizados, como la de la Iglesia, tiene su origen en la experiencia de Cristo crucificado y resucitado.

El centro de la misión de Jesucristo y de todos los cristianos es el anuncio del reino de Dios. Para la Iglesia, para los sacerdotes, para los religiosos, para las religiosas, al igual que para todos los bautizados, este anuncio en el nombre de Cristo implica el compromiso de estar presentes en el mundo como sus testigos. En  efecto, el reino de Dios es Dios mismo que se hace presente en medio de nosotros y reina por medio de nosotros.

Por tanto, la edificación del reino de Dios se hace realidad cuando Dios vive en nosotros y nosotros llevamos a Dios al mundo. Vosotros lo hacéis dando testimonio de un “sentido” que hunde sus raíces en el amor creador de Dios y se opone a toda insensatez y a toda desesperación. Vosotros estáis de parte de los que buscan con gran esfuerzo este sentido, de todos los que quieren dar a la vida una forma positiva. Orando e intercediendo, sois los abogados de quienes buscan a Dios, de quienes están en camino hacia Dios. Vosotros dais testimonio de una esperanza que, contra toda desesperación silenciosa o manifiesta, remite a la fidelidad y a la solicitud amorosa de Dios.

Al hacerlo, estáis de parte de los que llevan la carga de un destino pesado y no logran librarse de él. Dais testimonio del Amor que se entrega a los hombres y así ha vencido la muerte. Estáis de parte de quienes nunca han experimentado el amor, de quienes ya no logran creer en la vida. Así os oponéis a los numerosos tipos de injusticia, oculta o manifiesta, al igual que al desprecio de los hombres, cada vez más generalizado.

De este modo, queridos hermanos y hermanas, toda vuestra existencia debe ser, como la de san Juan Bautista, un gran reclamo vivo, que lleve a Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado. Jesús afirmó que Juan era “una lámpara que arde y alumbra” (Jn 5, 35). También vosotros debéis ser lámparas como él. Haced que brille vuestra luz en nuestra sociedad, en la política, en el mundo de la economía, en el mundo de la cultura y de la investigación. Aunque sea una lucecita en medio de tantos fuegos artificiales, recibe su fuerza y su esplendor de la gran Estrella de la mañana, Cristo resucitado, cuya luz brilla —quiere brillar a través de nosotros— y no tendrá nunca ocaso.

Seguir a Cristo —y nosotros queremos seguirlo— significa asimilar cada vez más los sentimientos y el estilo de vida de Jesús. Es lo que nos dice la carta a los Filipenses:  “Tened los mismos sentimientos de Cristo” (Flp 2, 5). “Mirar a Cristo” es el lema de estos días. Mirándolo a él, el gran Maestro de vida, la Iglesia ha descubierto tres características que destacan en la actitud fundamental de Jesús. Estas tres características, que con la Tradición llamamos “consejos evangélicos”, han llegado a ser los componentes determinantes de una vida dedicada al seguimiento radical de Cristo:

  1. pobreza,
  2. castidad
  3. y obediencia.

Reflexionemos ahora un poco sobre estas características.

Jesucristo, que poseía toda la riqueza de Dios, se hizo pobre por nosotros, nos dice san Pablo en la segunda carta a los Corintios (cf. 2 Co 8, 9). Se trata de una palabra inagotable, sobre la que deberíamos volver a reflexionar siempre. Y la carta a los Filipenses dice:  “Se despojó de su rango y se rebajó haciéndose obediente hasta la muerte de cruz” (cf. Flp 2, 7-8). Él, que se hizo pobre, llamó “bienaventurados” a los pobres.

San Lucas, en su versión de las Bienaventuranzas, nos ayuda a comprender que esta afirmación —el proclamar bienaventurados a los pobres— se refiere sin duda a la gente pobre, realmente pobre, en el Israel de su tiempo, donde existía una vergonzosa diferencia entre ricos y pobres.

Sin embargo, san Mateo, en su versión de las Bienaventuranzas, nos explica que la sola pobreza material, como tal, no garantiza necesariamente la cercanía a Dios, porque el corazón puede ser duro y estar lleno de afán de riqueza. Pero san Mateo, como toda la sagrada Escritura, nos da a entender que, en cualquier caso, Dios está cercano a los pobres de un modo especial.

Así, resulta claro que el cristiano ve en ellos al Cristo que lo espera, esperando su compromiso. Quien quiera seguir a Cristo de un modo radical, debe renunciar a los bienes materiales. Pero debe vivir esta pobreza a partir de Cristo, como un modo de llegar a ser interiormente libre para el prójimo.

Para todos los cristianos, y especialmente para nosotros los sacerdotes, para los religiosos y las religiosas, tanto para las personas individualmente como para las comunidades, la cuestión de la pobreza y de los pobres debe ser continuamente objeto de un atento examen de conciencia. Precisamente en nuestra situación, en la que no estamos mal, no somos pobres, creo que debemos reflexionar de modo particular en cómo podemos vivir esta llamada de modo sincero. Quisiera recomendarlo para vuestro —nuestro— examen de conciencia.

Para comprender bien lo que significa la castidad, debemos partir de su contenido positivo. Sólo lo encontramos una vez más mirando a Jesucristo. Jesús vivió con una doble orientación:  hacia el Padre y hacia los hombres. En la sagrada Escritura lo conocemos como persona que ora, que pasa noches enteras en diálogo con el Padre. Al orar insertaba su humanidad, y la de todos nosotros, en la relación filial con el Padre. Este diálogo siempre se transformaba después en misión hacia el mundo, hacia nosotros. Su misión lo llevaba a una entrega pura e indivisa a los hombres.

En los testimonios de las sagradas Escrituras no hay ningún momento de su existencia en que se pueda descubrir, en su comportamiento con los hombres, ningún rastro de interés personal o de egoísmo. Jesús amó a los hombres en el Padre, a partir del Padre; así, los amó en su verdadero ser, en su realidad.

Tener los mismos sentimientos de Jesucristo, es decir, estar en total comunión con el Dios vivo y, en esta comunión totalmente pura con los hombres, estar a su disposición sin reservas, inspiró a san Pablo una teología y una praxis de vida que responde a las palabras de Jesús sobre el celibato por el reino de los cielos (cf. Mt 19, 12). Los sacerdotes, los religiosos y las religiosas no viven sin relaciones interpersonales. Al contrario, la castidad significa —de aquí quería yo partir— una intensa relación. Se trata de una relación positiva con Cristo vivo y, a través de él, con el Padre.

Por eso, con el voto de castidad en el celibato no nos consagramos al individualismo o a una vida aislada, sino que prometemos de modo solemne poner totalmente y sin reservas al servicio del reino de Dios —y así al servicio de los hombres— las intensas relaciones de que somos capaces y que recibimos como un don. De este modo, los sacerdotes, las religiosas y los religiosos mismos se convierten en hombres y mujeres de la esperanza:  contando totalmente con Dios y demostrando así que Dios para ellos es una realidad, crean en el mundo espacio para su presencia, para la presencia del reino de Dios.

Vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, dais una contribución importante:  en medio de la avaricia, del egoísmo de no saber esperar, del afán de consumo, del culto al individualismo, os esforzáis por vivir un amor desinteresado a los hombres. Vivís una esperanza que deja a Dios la tarea de la realización, porque creéis que es él quien la llevará a cabo.

¿Qué habría sucedido si en la historia del cristianismo no hubieran existido estas figuras orientadoras para el pueblo? ¿Qué sería de nuestro mundo si no existieran los sacerdotes, si no existieran las mujeres y los hombres de las Órdenes religiosas, de las comunidades de vida consagrada, personas que con su vida testimonian la esperanza de una satisfacción superior de los deseos humanos y la experiencia del amor de Dios, que supera todo amor humano? Precisamente hoy el mundo necesita nuestro testimonio.

Pasemos a la obediencia. Jesús vivió toda su vida, desde los años ocultos de Nazaret hasta el momento de la muerte en la cruz, en la escucha del Padre, en la obediencia al Padre. Por ejemplo, en la noche del monte de los Olivos, oró así:  “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Con esta oración Jesús asume, en su voluntad de Hijo, la terca resistencia de todos nosotros, transforma nuestra rebelión en su obediencia. Jesús era un orante. Pero sabía escuchar y obedecer:  se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Los cristianos han experimentado siempre que, abandonándose a la voluntad del Padre, no se pierden, sino que de este modo encuentran el camino hacia una profunda identidad y libertad interior. En Jesús han descubierto que quien se entrega, se encuentra a sí mismo; y quien se vincula con una obediencia fundamentada en Dios y animada por la búsqueda de Dios, llega a ser libre.
Escuchar a Dios y obedecerle no tiene nada que ver con una constricción desde el exterior y con una pérdida de sí mismo. Sólo entrando en la voluntad de Dios alcanzamos nuestra verdadera identidad. Hoy el mundo, precisamente por su deseo de “autorrealización” y “autodeterminación”, tiene gran necesidad del testimonio de esta experiencia.

Romano Guardini narra en su autobiografía que, en un momento crítico de su itinerario, cuando la fe de su infancia se tambaleaba, le fue concedida la decisión fundamental de toda su vida —la conversión— en el encuentro con las palabras de Jesús en las que afirma que sólo quien se pierde se encuentra a sí mismo (cf. Mc 8, 34 ss; Jn 12, 25). Sin abandonarse, sin perderse, el hombre no puede encontrarse, no puede autorrealizarse.

Pero luego se planteó la pregunta:  ¿En qué dirección debo perderme? ¿A quién puedo entregarme? Le pareció evidente que sólo podemos entregarnos totalmente si al hacerlo caemos en las manos de Dios. En definitiva, sólo en él podemos perdernos y sólo en él podemos encontrarnos a nosotros mismos. Sucesivamente, se planteó otra pregunta:  ¿Quién es Dios? ¿Dónde está Dios? Entonces comprendió que el Dios al que podemos abandonarnos es únicamente el Dios que se hizo concreto y cercano en Jesucristo. Pero de nuevo se preguntó:  ¿Dónde encuentro a Jesucristo? ¿Cómo puedo entregarme a él de verdad?

La respuesta que encontró Guardini en su ardua búsqueda fue la siguiente:  Jesús únicamente está presente entre nosotros de modo concreto en su cuerpo, la Iglesia. Por eso, en la práctica, la obediencia a la voluntad de Dios, la obediencia a Jesucristo, debe transformarse muy concretamente en una humilde obediencia a la Iglesia. Creo que también esto debe ser siempre objeto de un profundo examen de conciencia.

Todo ello se encuentra resumido en la oración de san Ignacio de Loyola, una oración que siempre me ha parecido demasiado grande, hasta el punto de que casi no me atrevo a rezarla. Sin embargo, aunque nos cueste, deberíamos repetirla siempre:  “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta” (Ejercicios Espirituales, 234).

Queridos hermanos y hermanas, ahora vais a volver a vuestro ambiente de vida, a los lugares de vuestro compromiso eclesial, pastoral, espiritual y humano. Que nuestra gran Abogada y Madre, María, extienda su mano protectora sobre vosotros y sobre vuestra actividad. Que interceda por vosotros ante su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

A la vez que os doy las gracias por vuestra oración y por vuestro trabajo en la viña del Señor, pido a Dios que os proteja y bendiga a todos vosotros, a la gente, en especial a los jóvenes, aquí en Austria y en los diversos países de los que proceden muchos de vosotros.

De corazón os acompaño a todos con mi bendición.

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

EN LA CATEDRAL DE SAN ESTEBAN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Viena, domingo 9 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

“Sine dominico non possumus!” Sin el don del Señor, sin el Día del Señor no podemos vivir:  así respondieron en el año 304 algunos cristianos de Abitina, en la actual Túnez, cuando, sorprendidos en la celebración eucarística dominical, que estaba prohibida, fueron conducidos ante el juez y se les preguntó por qué habían celebrado en domingo la función religiosa cristiana, sabiendo que esto se castigaba con la muerte. “Sine dominico non possumus”.

En la palabra dominicum / dominico se encuentran entrelazados indisolublemente dos significados, cuya unidad debemos aprender de nuevo a percibir. Está ante todo el don del Señor. Este don es él mismo, el Resucitado, cuyo contacto y cercanía los cristianos necesitan para ser de verdad cristianos. Sin embargo, no se trata sólo de un contacto espiritual, interno, subjetivo: el encuentro con el Señor se inscribe en el tiempo a través de un día preciso. Y de esta manera se inscribe en nuestra existencia concreta, corpórea y comunitaria, que es temporalidad. Da un centro, un orden interior a nuestro tiempo y, por tanto, a nuestra vida en su conjunto. Para aquellos cristianos la celebración eucarística dominical no era un precepto, sino una necesidad interior. Sin Aquel que sostiene nuestra vida, la vida misma queda vacía. Abandonar o traicionar este centro quitaría a la vida misma su fundamento, su dignidad interior y su belleza.

Esa actitud de los cristianos de entonces, ¿tiene importancia también para nosotros, los cristianos de hoy? Sí, es válida también para nosotros, que necesitamos una relación que nos sostenga y dé orientación y contenido a nuestra vida. También nosotros necesitamos el contacto con el Resucitado, que nos sostiene más allá de la muerte. Necesitamos este encuentro que nos reúne, que nos da un espacio de libertad, que nos hace mirar más allá del activismo de la vida diaria hacia el amor creador de Dios, del cual provenimos y hacia el cual vamos en camino.

Si reflexionamos en el pasaje evangélico de hoy y escuchamos al Señor, que en él nos habla, nos asustamos. “Quien no renuncia a todas sus propiedades y no deja también todos sus lazos familiares, no puede ser mi discípulo”. Quisiéramos objetar:  pero, ¿qué dices, Señor? ¿Acaso el mundo no tiene precisamente necesidad de la familia? ¿Acaso no tiene necesidad del amor paterno y materno, del amor entre padres e hijos, entre el hombre y la mujer? ¿Acaso no tenemos necesidad del amor de la vida, de la alegría de vivir? ¿Acaso no hacen falta también personas que inviertan en los bienes de este mundo y construyan la tierra que nos ha sido dada, de modo que todos puedan participar de sus dones? ¿Acaso no nos ha sido confiada también la tarea de proveer al desarrollo de la tierra y de sus bienes?

Si escuchamos mejor al Señor y, sobre todo, si lo escuchamos en el conjunto de todo lo que nos dice, entonces comprendemos que Jesús no exige a todos lo mismo. Cada uno tiene su tarea personal y el tipo de seguimiento proyectado para él. En el evangelio de hoy Jesús habla directamente de algo que no es tarea de las numerosas personas que se habían unido a él durante la peregrinación hacia Jerusalén, sino que es una llamada particular para los Doce. Estos, ante todo, deben superar el escándalo de la cruz; luego deben estar dispuestos a dejar verdaderamente todo y aceptar la misión aparentemente absurda de ir hasta los confines de la tierra y, con su escasa cultura, anunciar a un mundo lleno de presunta erudición y de formación ficticia o verdadera, y ciertamente de modo especial a los pobres y a los sencillos, el Evangelio de Jesucristo. En su camino a lo largo del mundo, deben estar dispuestos a sufrir en primera persona el martirio, para dar así testimonio del Evangelio del Señor crucificado y resucitado.

Aunque, en esa peregrinación hacia Jerusalén, en la que va acompañado por una gran muchedumbre, la palabra de Jesús se dirige ante todo a los Doce, su llamada naturalmente alcanza, más allá del momento histórico, todos los siglos. En todos los tiempos llama a las personas a contar exclusivamente con él, a dejar todo lo demás y a estar totalmente a su disposición, para estar así a disposición de los otros; a crear oasis de amor desinteresado en un mundo en el que tantas veces parecen contar solamente el poder y el dinero. Demos gracias al Señor porque en todos los siglos nos ha donado hombres y mujeres que por amor a él han dejado todo lo demás, convirtiéndose en signos luminosos de su amor. Basta pensar en personas como Benito y Escolástica, como Francisco y Clara de Asís, como Isabel de Hungría y Eduviges de Polonia, como Ignacio de Loyola y Teresa de Ávila, hasta la madre Teresa de Calcuta y el padre Pío. Estas personas, con toda su vida, han sido una interpretación de la palabra de Jesús, que en ellos se hace cercana y comprensiva para nosotros. Oremos al Señor para que también en nuestro tiempo conceda a muchas personas la valentía para dejarlo todo, a fin de estar así a disposición de todos.

Pero si volvemos al Evangelio, podemos observar que el Señor no habla solamente de unos pocos y de su tarea particular; el núcleo de lo que dice vale para todos. En otra ocasión aclara así de qué cosa se trata, en definitiva:  “Quien  quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ese la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre  haber  ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” (Lc 9, 24-25). Quien quiere sólo poseer su vida, tomarla sólo para sí mismo, la perderá. Sólo quien se entrega recibe su vida. Con otras palabras:  sólo quien ama encuentra la vida. Y el amor requiere siempre salir de sí mismo, requiere olvidarse de sí mismo.

Quien mira hacia atrás para buscarse a sí mismo y quiere tener al otro solamente para sí, precisamente de este modo se pierde a sí mismo y pierde al otro. Sin este más profundo perderse a sí mismo no hay vida. El inquieto anhelo de vida que hoy no da paz a los hombres acaba en el vacío de la vida perdida. “Quien pierda su vida por mí…”, dice el Señor. Renunciar a nosotros mismos de modo más radical sólo es posible si con ello al final no caemos en el vacío, sino en las manos del Amor eterno. Sólo el amor de Dios, que se perdió a sí mismo entregándose a nosotros, nos permite ser libres también nosotros, perdernos, para así encontrar verdaderamente la vida.

Este es el núcleo del mensaje que el Señor quiere comunicarnos en el pasaje evangélico, aparentemente tan duro, de este domingo. Con su palabra nos da la certeza de que podemos contar con su amor, con el amor del Dios hecho hombre. Reconocer esto es la sabiduría de la que habla la primera lectura de hoy. También vale aquí aquello de que de nada sirve todo el saber del mundo si no aprendemos a vivir, si no aprendemos qué es lo que cuenta verdaderamente en la vida.

“Sine dominico non possumus!”. Sin el Señor y el día que le pertenece no se realiza una vida plena. En nuestras sociedades occidentales el domingo se ha transformado en un fin de semana, en tiempo libre. Ciertamente, el tiempo libre, especialmente con la prisa del mundo moderno, es algo bello y necesario, como lo sabemos todos. Pero si el tiempo libre no tiene un centro interior, del que provenga una orientación para el conjunto, acaba por ser tiempo vacío que no nos fortalece ni nos recrea. El tiempo libre necesita un centro:  el encuentro con Aquel que es nuestro origen y nuestra meta. Mi gran predecesor en la sede episcopal de Munich y Freising, el cardenal Faulhaber, lo expresó en cierta ocasión de la siguiente manera:  “Da al alma su domingo, da al domingo su alma”.

Precisamente porque, en su sentido profundo, en el domingo se trata del encuentro, en la Palabra y en el Sacramento, con Cristo resucitado, el rayo de este día abarca toda la realidad. Los primeros cristianos celebraban el primer día de la semana como día del Señor porque era el día de la Resurrección. Sin embargo, muy pronto la Iglesia tomó conciencia también del hecho de que el primer día de la semana es el día de la mañana de la creación, el día en que Dios dijo:  “Hágase la luz” (Gn 1, 3). Por eso, en la Iglesia el domingo es también la fiesta semanal de la creación, la fiesta de la acción de gracias y de la alegría por la creación de Dios.

En una época, en la que, a causa de nuestras intervenciones humanas, la creación parece expuesta a múltiples peligros, deberíamos acoger conscientemente también esta dimensión del domingo. Más tarde, para la Iglesia primitiva, el primer día asimiló progresivamente también la herencia del séptimo día, del sabbat. Participamos en el descanso de Dios, un descanso que abraza a todos los hombres. Así percibimos en este día algo de la libertad y de la igualdad de todas las criaturas de Dios.

En la oración de este domingo recordamos ante todo que Dios, mediante su Hijo, nos ha redimido y adoptado como hijos amados. Luego le pedimos que mire con benevolencia a los creyentes en Cristo y que nos conceda la verdadera libertad y la vida eterna. Pedimos a Dios que nos mire con bondad. Nosotros mismos necesitamos esa mirada de bondad, no sólo el domingo, sino también en la vida de cada día. Al orar sabemos que esa mirada ya nos ha sido donada; más aún, sabemos que Dios nos ha adoptado como hijos, nos ha acogido verdaderamente en la comunión con él mismo.

Ser hijo significa —lo sabía muy bien la Iglesia primitiva— ser una persona libre; no un esclavo, sino un miembro de la familia. Y significa ser heredero. Si pertenecemos al Dios que es el poder sobre todo poder, entonces no tenemos miedo y somos libres; entonces somos herederos. La herencia que él nos ha dejado es él mismo, su amor.

¡Sí, Señor, haz que este conocimiento penetre profundamente en nuestra alma, para que así aprendamos el gozo de los redimidos! Amén.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Plaza de San Esteban, Viena

Domingo 9 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Esta mañana, ha sido para mí una experiencia particularmente hermosa poder celebrar con todos vosotros el día del Señor de modo tan digno en la magnífica catedral de San Esteban. El rito eucarístico, celebrado con el debido decoro, nos ayuda a tomar conciencia de la inmensa grandeza del don que Dios nos hace en la santa misa. Precisamente así nos acercamos también unos a otros y experimentamos la alegría de Dios. Por tanto, expreso mi gratitud a todos los que, mediante su contribución activa en la preparación y en el desarrollo de la liturgia o también mediante su fervorosa participación en los sagrados misterios, han creado un clima en el que la presencia de Dios era verdaderamente perceptible. Gracias de corazón y que Dios os lo pague.

En la homilía he tratado de decir algo sobre el sentido del domingo y sobre el pasaje evangélico de hoy, y creo que esto nos ha llevado a descubrir que el amor de Dios, que “se perdió a sí mismo” por nosotros entregándose a nosotros, nos da la libertad interior para “perder” nuestra vida, para encontrar de este modo la vida verdadera.

La participación en este amor dio a María la fuerza para su “sí” sin reservas. Ante el amor respetuoso y delicado de Dios, que para la realización de su proyecto de salvación espera la colaboración libre de su criatura, la Virgen superó toda vacilación y, con vistas a ese proyecto grande e inaudito, se puso confiadamente en sus manos. Plenamente disponible, totalmente abierta en lo íntimo de su alma y libre de sí, permitió a Dios colmarla con su Amor, con el Espíritu Santo. Así María, la mujer sencilla, pudo recibir en sí misma al Hijo de Dios y dar al mundo el Salvador que se había donado a ella.

También a nosotros, en la celebración eucarística, se nos ha donado hoy el Hijo de Dios. Quien ha recibido la Comunión lleva ahora en sí de un modo particular al Señor resucitado. Como María lo llevó en su seno —un ser humano pequeño, inerme y totalmente dependiente del amor de la madre—, así Jesucristo, bajo la especie del pan, se ha entregado a nosotros, queridos hermanos y hermanas. Amemos a este Jesús que se pone totalmente en nuestras manos. Amémoslo como lo amó María. Y llevémoslo a los hombres como María lo llevó a Isabel, suscitando alegría y gozo. La Virgen dio al Verbo de Dios un cuerpo humano, para que pudiera entrar en el mundo. Demos también nosotros nuestro cuerpo al Señor, hagamos que nuestro cuerpo sea cada vez más un instrumento del amor de Dios, un templo del Espíritu Santo. Llevemos el domingo con su Don inmenso al mundo.

Pidamos a María que nos enseñe a ser, como ella, libres de nosotros mismos, para encontrar en la disponibilidad a Dios nuestra verdadera libertad, la verdadera vida y la alegría auténtica y duradera.

Quiero rezar ahora la oración a la Madre de Dios que, en realidad, hubiera querido recitar ante la “Columna de la Virgen”. Como sabemos, allí se produjo un apagón que lo hizo imposible. Por eso quiero recuperar ahora esa oración a la Virgen:

“Santa María, Madre inmaculada de nuestro Señor Jesucristo, en ti Dios nos ha dado el prototipo de la Iglesia y el modo mejor de realizar nuestra humanidad. A ti te encomiendo a Austria y a sus habitantes:  ayúdanos a todos a seguir tu ejemplo y a orientar totalmente nuestra vida hacia Dios. Haz que, contemplando a Cristo, lleguemos a ser cada vez más semejantes a él, verdaderos hijos de Dios. Entonces también nosotros, llenos de toda clase de bendiciones espirituales, podremos corresponder cada vez mejor a su voluntad y ser así instrumentos de paz para Austria, para Europa y para el mundo. Amén”.

Queridos amigos, ahora cantemos todos juntos el “Ángelus Domini” a la manera austríaca.

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

A LOS COLABORADORES VOLUNTARIOS

DE LOS ORGANISMOS DE AYUDA

Domingo 9 de septiembre de 2007

Honorable señor presidente federal;
reverendísimo monseñor arzobispo Kothgasser;
queridos colaboradores y colaboradoras voluntarios y honorarios de los diversos organismos de ayuda de Austria;
ilustres señoras y señores;
y, sobre todo, queridos jóvenes amigos:

He esperado con particular alegría este encuentro con vosotros, que se realiza al final de mi visita a Austria. Y, naturalmente, se suma también la alegría de haber podido escuchar no sólo una admirable interpretación de Mozart, sino inesperadamente también a los Niños cantores de Viena. Os doy las gracias de todo corazón. Es hermoso encontrarse con personas que en nuestra sociedad tratan de dar un rostro al mensaje del Evangelio; ver personas, ancianas y jóvenes, que hacen experimentar de forma concreta en la Iglesia y en la sociedad el amor que nos debe conquistar a los cristianos: el amor de Dios es lo que nos hace reconocer en el otro al prójimo, al hermano o a la hermana.

Expreso mi gratitud y mi admiración por el generoso compromiso de tantas personas de diferentes edades en el voluntariado en este país; a todos vosotros y a los que desempeñan de forma gratuita un encargo en Austria quisiera expresarles hoy mi particular reconocimiento. Le doy las gracias de corazón a usted, estimado señor presidente; a usted, querido arzobispo de Salzburgo; y sobre todo a vosotros, jóvenes representantes de los voluntarios de Austria, por las hermosas y profundas palabras que me habéis dirigido.

Gracias a Dios, para muchos es una cuestión de honor comprometerse voluntariamente en favor de los demás, de una asociación, de una unión o de determinadas situaciones de bien común. Ese compromiso significa ante todo una ocasión para formar la personalidad y para insertarse en la vida social con una contribución activa y responsable. Sin embargo, la disponibilidad a una actividad de voluntariado se basa a veces en muchas y diversas motivaciones. A menudo en el origen existe simplemente el deseo de hacer algo que tenga sentido y sea útil, y de abrir nuevos campos de experiencia. Naturalmente, de esa forma los jóvenes también buscan, con razón, la alegría y actividades gratificantes, una experiencia de auténtica camaradería en una actividad común llena de sentido. Con frecuencia, las ideas y las iniciativas personales van acompañadas de un amor efectivo al prójimo; así, la persona se integra en una comunidad que lo sostiene.

En este momento, quiero expresar mi gratitud más sincera por la marcada “cultura del voluntariado” en Austria. Quiero dar las gracias a todas las mujeres, a todos los hombres, a todos los jóvenes y a todos los niños. En efecto, a menudo es notable el compromiso de los niños en el voluntariado; basta pensar sólo en la acción de los “Cantores de la estrella” durante el tiempo navideño. Usted, querido arzobispo, ya lo ha mencionado. Sobre todo, quisiera dar las gracias también por los servicios pequeños y grandes, y por los esfuerzos que no siempre llaman la atención.

Muchas gracias, y que Dios os recompense por vuestra contribución a la edificación de una “civilización del amor”, que se pone al servicio de todos y construye la patria. El amor al prójimo no se puede delegar; el Estado y la política, con la solicitud, por lo demás necesaria, por la situación social —como usted, señor presidente, ha afirmado—, no pueden sustituirlo. El amor al prójimo requiere siempre el compromiso personal y voluntario, para el cual ciertamente el Estado puede y debe crear condiciones generales favorables. Gracias a este compromiso, la ayuda mantiene su dimensión humana y no se despersonaliza. Y precisamente por eso vosotros, los voluntarios, no sois “tapagujeros” en la red social, sino personas que de verdad contribuyen a dar un rostro humano y cristiano a nuestra sociedad.

Precisamente los jóvenes desean que su capacidad y sus talentos sean “suscitados y descubiertos”. Los voluntarios quieren ser interpelados personalmente: “Te necesito”, “tú eres capaz”. ¡Cuánto bien nos hace una petición de este tipo! Precisamente en su sencillez humana, nos remite de modo indirecto al Dios que nos ha querido a cada uno de nosotros y que a cada uno ha dado su tarea personal, más aún, que necesita de cada uno de nosotros y espera nuestro compromiso.

Así, Jesús ha llamado a los hombres y les ha dado la valentía para llevar a cabo cosas grandes, que por sí mismos no se sentirían capaces de hacer. Dejarse llamar, decidirse y después emprender un camino sin la acostumbrada pregunta sobre la utilidad y los beneficios: esta actitud dejará huellas sanadoras. Los santos han indicado este camino con su vida. Es un camino interesante y apasionante, un camino generoso y muy actual. El “sí” a un compromiso de voluntariado y solidaridad es una decisión que nos hace libres y nos abre a las necesidades de los demás; a las exigencias de la justicia, de la defensa de la vida y de la salvaguardia de la creación. En los compromisos de voluntariado entra en juego la dimensión clave de la imagen cristiana de Dios y del hombre: el amor a Dios y el amor al prójimo.

Queridos voluntarios, señoras y señores, comprometerse en el voluntariado constituye un eco de la gratitud y es la transmisión del amor recibido. “Deus vult condiligentes”, “Dios quiere personas que amen con él”, afirmó el teólogo Duns Escoto en el siglo XIV (Opus Oxoniense III, d. 32, q. 1, n. 6). Visto así, el compromiso gratuito tiene mucho que ver con la gracia. Una cultura que quiere contabilizarlo todo y pagarlo todo, que sitúa la relación entre los hombres en una especie de corsé de derechos y deberes, experimenta gracias a las innumerables personas comprometidas gratuitamente que la vida misma es un don inmerecido.

Aunque las motivaciones y también los caminos del compromiso del voluntariado puedan ser diversos, múltiples e incluso contradictorios, en resumidas cuentas todos se basan en la profunda comunión que brota de la “gratuidad”. Hemos recibido gratuitamente de nuestro Creador la vida; hemos sido liberados gratuitamente del callejón sin salida del pecado y del mal; nos ha sido dado gratuitamente el Espíritu, con sus múltiples dones. En mi encíclica escribí: “El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos” (Deus caritas est, 31). “Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Es gracia” (ib., 35). Transmitamos gratuitamente, con nuestro compromiso, con nuestra actividad de voluntariado, lo que hemos recibido. Esta lógica de la gratuidad está por encima del simple deber y poder moral.

Sin el compromiso del voluntariado, el bien común y la sociedad no podían, no pueden y no podrán perdurar. La disponibilidad espontánea vive y se demuestra más allá del cálculo y de la compensación esperada; rompe las reglas de la economía de mercado. En efecto, el hombre es mucho más que un simple factor económico, que se valora según criterios económicos. El progreso y la dignidad de una sociedad dependen siempre precisamente de las personas que hacen más de lo que constituye su deber estricto.

Señoras y señores, el compromiso del voluntariado es un servicio a la dignidad del hombre, que se fundamenta en el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. San Ireneo de Lyon, en el siglo II, dijo: “La gloria de Dios es el hombre que vive, y la vida del hombre es la visión de Dios” (Adversus haereses IV, 20, 7). Y Nicolás de Cusa, en su obra sobre la visión de Dios, desarrolló este pensamiento así: “Puesto que el ojo está allí donde se encuentra el amor, siento que tú me amas. (…) Tu mirar, Señor, es amar. (…) Al mirarme, tú, Dios escondido, me permites descubrirte. (…) Tu mirar vivifica. (…) Tu mirar significa obrar” (De visione Dei, Die Gottesschau, en: Philosophisch-Theologische Schriften, hg. und eingef. von Leo Gabriel, übersetzt von Dietlind und Wilhelm Dupré, Viena 1967, Bd. III, 105-111). La mirada de Dios, la mirada de Jesús, nos trasmite el amor de Dios. Hay miradas que pueden caer en el vacío o incluso despreciar. Y miradas que pueden conferir aprecio y expresar amor. Las personas comprometidas gratuitamente confieren aprecio al prójimo, recuerdan la dignidad del hombre y suscitan alegría de vida y esperanza. Los exponentes del voluntariado son custodios y abogados de los derechos del hombre y de su dignidad.

Con la mirada de Jesús va unida también otra forma de mirar. “Lo vio y dio un rodeo”, se lee en el evangelio acerca del sacerdote y del levita que ven al hombre medio muerto a la vera del camino, pero no intervienen (cf. Lc 10, 31-32). Hay quien ve y finge no ver; tiene la necesidad ante los ojos y, sin embargo, permanece indiferente; esto forma parte de las corrientes frías de nuestro tiempo. En la mirada de los demás, precisamente en la mirada de quien necesita nuestra ayuda, experimentamos la exigencia concreta del amor cristiano.

Jesucristo no nos enseña una mística “de ojos cerrados”, sino una mística “de mirada abierta”, es decir, del deber absoluto de percibir la condición de los demás, la situación en la que se encuentra el hombre que, según el evangelio, es nuestro prójimo. La mirada de Jesús, la escuela de los ojos de Jesús, nos lleva a una cercanía humana, a la solidaridad, a compartir nuestro tiempo, a compartir nuestras cualidades y también nuestros bienes materiales. Por eso, “cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por el hecho de que no se limitan a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento —también esto es importante—, sino por su dedicación al otro con atenciones que brotan del corazón. (…) Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (Deus caritas est, 31). Sí, “tengo que llegar a ser una persona que ama, una persona de corazón abierto, que se conmueve ante la necesidad del otro. Entonces encontraré a mi prójimo, o mejor dicho, será él quien me encuentre” (Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 238).

Por último, el mandamiento del amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 22, 37-40; Lc 10, 27) nos recuerda que es a Dios mismo, mediante el amor al prójimo, a quien los cristianos honramos. El arzobispo Kothgasser ha citado ya las palabras de Jesús: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Si en el hombre concreto que encontramos está presente Jesús, entonces la actividad gratuita puede convertirse en una experiencia de Dios. La participación en las situaciones y en las necesidades de los hombres lleva a un “nuevo” estar juntos y actúa “dando sentido”. Así, el servicio gratuito puede ayudar a sacar a las personas del aislamiento e integrarlas en la comunidad.

Por último, quisiera recordar la fuerza y la importancia de la oración para quienes están comprometidos en la actividad caritativa. La oración a Dios es camino para salir de la ideología o de la resignación ante la magnitud de la necesidad. “Los cristianos, a pesar de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que les rodea, siguen creyendo en la “bondad de Dios y su amor al hombre” (Tt 3, 4). Aunque estén inmersos, como los demás hombres, en las dramáticas y complejas vicisitudes de la historia, permanecen firmes en la certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros” (Deus caritas est, 38).

Queridos colaboradores voluntarios y honorarios de las obras de ayuda en Austria, señoras y señores, cuando uno no sólo cumple su deber en la profesión o en la familia —y para cumplirlo bien se requiere ya mucha fuerza y un gran amor—, sino que también se compromete en favor de los demás, poniendo su valioso tiempo libre al servicio del hombre y de su dignidad, su corazón se dilata. Los voluntarios no comprenden de modo estrecho el concepto de prójimo; reconocen también en el “lejano” al prójimo que es aceptado por Dios y al que, con nuestra ayuda, debe llegar la obra de redención realizada por Cristo. El otro, el prójimo en el sentido del Evangelio, se convierte para nosotros en un interlocutor privilegiado ante las presiones y las constricciones del mundo en el que vivimos. Quien respeta la “prioridad del prójimo” vive y actúa según el Evangelio y participa también en la misión de la Iglesia, que siempre mira a todo el hombre y quiere hacerle sentir el amor de Dios.

Queridos voluntarios, la Iglesia sostiene plenamente vuestro servicio. Estoy convencido de que, también en el futuro, los voluntarios de Austria serán fuente de grandes bendiciones; os acompaño a todos con mi oración. Imploro para todos la alegría del Señor (cf. Ne 8, 10), que es nuestra fortaleza. Que Dios esté siempre cerca de vosotros y os guíe continuamente con la ayuda de su gracia.

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Aeropuerto de Viena

Domingo 9 de septiembre de 2007

Honorable señor presidente federal:

Al despedirme de Austria, al final de mi peregrinación con ocasión del 850° aniversario del santuario nacional de Mariazell, repaso mentalmente con corazón agradecido estas jornadas ricas de experiencias. Siento que este país tan hermoso y sus habitantes han llegado a ser para mí aún más familiares.

Doy las gracias de corazón a mis hermanos en el episcopado y al Gobierno, así como a todos los responsables de la vida pública y, no por último, a los numerosos voluntarios que han contribuido al éxito de la organización de esta visita. Deseo a todos una abundante participación en la gracia que nos ha sido concedida durante estos días. En particular a usted, honorable señor presidente federal, le expreso con afecto mi agradecimiento personal por las palabras que me ha dirigido en esta despedida, por haberme acompañado durante la peregrinación y por todas sus atenciones. Muchas gracias.

He podido experimentar nuevamente Mariazell como un lugar particular de gracia, un lugar que durante estos días nos ha atraído a todos hacia sí y nos ha fortalecido interiormente para proseguir nuestro camino. El gran número de personas que participaron con nosotros en la fiesta junto a la basílica, en la ciudad y en toda Austria, nos debe animar a mirar con María a Cristo y a afrontar llenos de confianza el camino hacia el futuro. ¡Qué bien que el viento y el mal tiempo no han podido detenernos, sino que, en el fondo, han aumentado ulteriormente nuestra alegría!

Ya al inicio, con la oración común en la plaza Am Hof, nos reunimos superando los confines nacionales y comprobamos la generosa hospitalidad de Austria, que es una de las grandes cualidades de este país.

¡Ojalá que la búsqueda de una comprensión recíproca y la formación creativa de caminos siempre nuevos para favorecer la confianza entre los hombres y los pueblos sigan inspirando la política nacional e internacional de este país! Viena, según el espíritu de su experiencia histórica y de su posición en el centro vivo de Europa, puede contribuir a ello, favoreciendo consiguientemente la penetración de los valores tradicionales del continente, impregnados de fe cristiana, en las instituciones europeas y en el ámbito de la promoción de las relaciones internacionales, interculturales e interreligiosas.

En la peregrinación de nuestra vida de vez en cuando nos detenemos, agradecidos por el camino recorrido; y, con vistas al camino que aún tenemos por delante, esperamos y rezamos. También yo hice una etapa de este tipo en la abadía de Heiligenkreuz. La tradición cultivada allí por los monjes cistercienses nos hace remontarnos a nuestras raíces, cuya fuerza y belleza provienen, en el fondo, de Dios mismo.

Hoy pude celebrar con vosotros el domingo, el día del Señor -en representación de todas las parroquias de Austria-, en la catedral de San Esteban. Así, en esta ocasión, me uní de modo particular a los fieles de todas las parroquias de Austria.

Por último, para mí un momento conmovedor fue el encuentro con los voluntarios de las organizaciones de ayuda, que en Austria son tan numerosas y variadas. Los miles de voluntarios con quienes me encontré representan a los miles y miles de compañeros que, en todo el país, con su disponibilidad a ayudar, muestran los rasgos más nobles del hombre y hacen reconocible a los creyentes el amor de Cristo.

La gratitud y la alegría colman en este momento mi corazón. A todos vosotros, que habéis seguido estas jornadas, que os habéis esforzado y trabajado tanto para que el denso programa pudiera desarrollarse sin dificultades, que habéis participado en la peregrinación y en las celebraciones con todo el corazón, va una vez más mi agradecimiento más sincero.

Al despedirme, encomiendo el presente y el futuro de este país a la intercesión de la Madre de la Gracia de Mariazell, la Magna Mater Austriae, y a todos los santos y beatos de Austria. Juntamente con ellos queremos mirar a Cristo, nuestra vida y nuestra esperanza. Con sincero afecto os digo a vosotros y a todos un cordialísimo “Dios os lo pague”.

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Publicado el 8 septiembre, 2015 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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