06/09/2009 – VISITA PASTORAL A VITERBO Y BAGNOREGIO

VISITA PASTORAL A VITERBO Y BAGNOREGIO

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Valle Faul – Viterbo
Domingo 6 de septiembre de 2009

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

Es verdaderamente inédito y sugestivo el escenario en el que celebramos la santa misa: nos encontramos en el “Valle” que se asoma a la antigua Puerta denominada FAUL, cuyas cuatro letras recuerdan las cuatro colinas de la antigua Viterbium, esto es, Fanum-Arbanum-Vetulonia-Longula. A un lado se yergue imponente el palacio, en otro tiempo residencia de los Papas, que —como ha recordado vuestro obispo— en el siglo XIII fue sede de cinco cónclaves; nos rodean construcciones y espacios, testigos de múltiples sucesos del pasado, y hoy tejido de vida de vuestra ciudad y provincia. En este contexto, que evoca siglos de historia civil y religiosa, se encuentra ahora idealmente reunida, con el Sucesor de Pedro, toda vuestra comunidad diocesana para ser confirmada por él en la fidelidad a Cristo y a su Evangelio.

A todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, os expreso con afecto mi gratitud por la cordial acogida que me habéis reservado. Saludo en primer lugar a vuestro amado pastor, monseñor Lorenzo Chiarinelli, a quien agradezco sus palabras de bienvenida. Saludo a los demás obispos, en particular a los del Lacio con el cardenal vicario de Roma, los queridos sacerdotes diocesanos, los diáconos, los seminaristas, los religiosos y las religiosas, los jóvenes y los niños, y extiendo mi recuerdo a todos los miembros de la diócesis, que en el pasado reciente ha visto unirse a Viterbo, con la abadía de San Martín en el Monte Cimino, las diócesis de Acquapendente, Bagnoregio, Montefiascone y Tuscania. Esta nueva configuración se esculpe ahora artísticamente en las “Puertas de bronce” de la iglesia catedral que, al comenzar mi visita por la plaza de San Lorenzo, he podido bendecir y admirar.

Con deferencia me dirijo a las autoridades civiles y militares, a los representantes del Parlamento, del Gobierno, de la Región y de la Provincia, y de manera especial al alcalde de la ciudad, que se ha hecho intérprete de los cordiales sentimientos de la población de Viterbo. Doy las gracias a las fuerzas del orden y saludo a los numerosos militares presentes en esta ciudad, así como a los comprometidos en misiones de paz en el mundo. Saludo y doy las gracias a los voluntarios y a cuantos han contribuido a la realización de mi visita. Reservo un saludo muy especial a los ancianos y a las personas solas, a los enfermos, a los presos y a cuantos no han podido participar en este encuentro de oración y amistad.

Queridos hermanos y hermanas, cada asamblea litúrgica es espacio de la presencia de Dios. Los discípulos del Señor, reunidos para la santa Eucaristía, proclaman que él ha resucitado, está vivo y es dador de vida, y testimonian que su presencia es gracia, es tarea, es alegría. Abramos el corazón a su palabra y acojamos el don de su presencia. En la primera lectura de este domingo, el profeta Isaías (35, 4-7) anima a los “cobardes de corazón” y anuncia esta estupenda novedad, que la experiencia confirma: cuando el Señor está presente se despegan los ojos del ciego, se abren los oídos del sordo, el cojo “salta” como un ciervo. Todo renace y todo revive porque aguas benéficas riegan el desierto. El “desierto”, en su lenguaje simbólico, puede evocar los acontecimientos dramáticos, las situaciones difíciles y la soledad que no raramente marca la vida; el desierto más profundo es el corazón humano cuando pierde la capacidad de oír, de hablar, de comunicarse con Dios y con los demás. Se vuelve entonces ciego porque es incapaz de ver la realidad; se cierran los oídos para no escuchar el grito de quien implora ayuda; se endurece el corazón en la indiferencia y en el egoísmo. Pero ahora —anuncia el profeta— todo está destinado a cambiar; esta “tierra árida” de un corazón cerrado será regada por una nueva linfa divina. Y cuando el Señor viene, dice con autoridad a los cobardes de corazón de toda época: “¡Ánimo, no temáis!” (v. 4).

Aquí se enlaza perfectamente el episodio evangélico, narrado por san Marcos (7, 31-37): Jesús cura en tierra pagana a un sordomudo. Primero lo acoge y se ocupa de él con el lenguaje de los gestos, más inmediatos que las palabras; y después, con una expresión en lengua aramea, le dice: “Effatà”, o sea, “ábrete”, devolviendo a aquel hombre oído y lengua. Llena de estupor, la multitud exclama: “Todo lo ha hecho bien” (v. 37). En este “signo” podemos ver el ardiente deseo de Jesús de vencer en el hombre la soledad y la incomunicabilidad creadas por el egoísmo, a fin de dar rostro a una “nueva humanidad”, la humanidad de la escucha y de la palabra, del diálogo, de la comunicación, de la comunión con Dios. Una humanidad “buena”, como es buena toda la creación de Dios; una humanidad sin discriminaciones, sin exclusiones —como advierte el apóstol Santiago en su carta (2, 1-5)—, de forma que el mundo sea realmente y para todos “espacio de verdadera fraternidad” (Gaudium et spes, 37), en la apertura al amor al Padre común, que nos ha creado y nos ha hecho sus hijos y sus hijas.

Querida Iglesia de Viterbo, que Cristo, a quien vemos en el Evangelio abrir los oídos y desatar el nudo de la lengua al sordomudo, abra tu corazón y te dé siempre la alegría de la escucha de su Palabra, la valentía del anuncio de su Evangelio, la capacidad de hablar de Dios y de hablar así con los hermanos y las hermanas y, por último, el valor del descubrimiento del rostro de Dios y de su belleza. Pero para que esto pueda suceder —recuerda san Buenaventura de Bagnoregio, adonde iré esta tarde—, la mente debe “ir más allá de todo con la contemplación e ir más allá no sólo del mundo sensible, sino también más allá de sí misma” (Itinerarium mentis in Deum VII, 1). Este es el itinerario de salvación, iluminado por la luz de la Palabra de Dios y alimentado por los sacramentos, para todos los cristianos.

De este camino que también tú, amada Iglesia que vive en esta tierra estás llamada a recorrer, quisiera ahora retomar algunas líneas espirituales y pastorales. Una prioridad que interesa mucho a tu obispo es la educación en la fe, como búsqueda, como iniciación cristiana, como vida en Cristo. Es el “ser cristianos” que consiste en el “aprender a Cristo” que san Pablo expresa con la fórmula: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). En esta experiencia están involucradas las parroquias, las familias y las diversas asociaciones. Están llamados a comprometerse los catequistas y todos los educadores; está llamada a dar su aportación la escuela, desde la primaria hasta la Universidad de Tuscia, cada vez más importante y prestigiosa, y en particular la escuela católica, con el Instituto filosófico-teológico “San Pedro”.

Hay modelos siempre actuales, auténticos pioneros de la educación en la fe en quienes inspirarse. Me complace mencionar, entre otros, a santa Rosa Venerini (1656-1728) —a quien tuve la alegría de canonizar hace tres años—, verdadera precursora de las escuelas femeninas en Italia, precisamente “en el siglo de las Luces”; y a santa Lucia Filippini (1672-1732), quien, con la ayuda del venerable cardenal Marco Antonio Barbarigo (1640-1706), fundó las beneméritas “Maestras Pías”. De estas fuentes espirituales se podrá felizmente seguir bebiendo para afrontar con lucidez y coherencia la actual, ineludible y prioritaria “emergencia educativa”, gran desafío para cada comunidad cristiana y para toda la sociedad, que es precisamente un proceso de “Effatà”, de abrir los oídos, el nudo de la lengua y también los ojos.

Junto con la educación, el testimonio de la fe. “La fe —escribe san Pabloactúa a través de la caridad” (Ga 5, 6). Desde esta perspectiva se hace visible la acción caritativa de la Iglesia: sus iniciativas, sus obras son signos de la fe y del amor de Dios, que es Amor, como he recordado ampliamente en las encíclicas Deus caritas est y Caritas in veritate. En este ámbito florece y se incrementa cada vez más la presencia del voluntariado, tanto en el plano personal como en el asociativo, que halla en la Caritas su organismo propulsor y educativo. La joven santa Rosa (1233-1251), co-patrona de la diócesis, cuya fiesta se celebra precisamente en estos días, es ejemplo brillante de fe y de generosidad hacia los pobres. ¿Cómo no recordar además a santa Jacinta Marescotti (1585-1640), que promovió en la ciudad la adoración eucarística desde su monasterio y dio vida a instituciones e iniciativas para los encarcelados y los marginados? Tampoco podemos olvidar el testimonio franciscano de san Crispín, capuchino (1668-1759), que todavía inspira presencias asistenciales beneméritas.

Es significativo que en este clima de fervor evangélico hayan nacido muchas casas de vida consagrada, masculinas y femeninas, y en particular monasterios de clausura, que constituyen una llamada visible al primado de Dios en nuestra existencia y nos recuerdan que la primera forma de caridad es precisamente la oración. Al respecto, es emblemático el ejemplo de la beata Gabriela Sagheddu (1914-1939), trapense: en el Monasterio de Vitorchiano, donde está enterrada, sigue proponiéndose el ecumenismo espiritual, alimentado de oración incesante, que recomendó vivamente el Concilio Vaticano II (cf. Unitatis redintegratio, 8). Recuerdo también al beato, originario de Viterbo, Domingo Bàrberi (1792-1849), pasionista, que en 1845 acogió en la Iglesia católica a John Henry Newman, quien después fue cardenal, figura de elevado perfil intelectual y de espiritualidad luminosa.

Quisiera aludir, por último, a una tercera línea de vuestro plan pastoral: la atención a los signos de Dios. Como hizo Jesús con el sordomudo, de igual modo Dios sigue revelándonos su proyecto mediante “hechos y palabras”. Escuchar su palabra y discernir sus signos debe ser, por tanto, el compromiso de todo cristiano y de toda comunidad. El signo de Dios más inmediato es ciertamente la atención al prójimo, según lo que dijo Jesús: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Además, como afirma el Concilio Vaticano II, el cristiano está llamado a ser “ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y signo del Dios vivo” (Lumen gentium, 38). Debe serlo en primer lugar el sacerdote, a quien Cristo ha escogido todo para él. Durante este Año sacerdotal, orad con mayor intensidad por los sacerdotes, por los seminaristas y por las vocaciones, para que sean fieles a la llamada. Asimismo, toda persona consagrada y todo bautizado debe ser signo del Dios vivo.

Fieles laicos, jóvenes y familias, ¡no tengáis miedo de vivir y testimoniar la fe en los diversos ámbitos de la sociedad, en las múltiples situaciones de la existencia humana! Viterbo también ha tenido al respecto figuras prestigiosas. En esta ocasión es un deber y una alegría recordar al joven Mario Fani de Viterbo, iniciador del “Círculo Santa Rosa”, que encendió, junto a Giovanni Acquaderni, de Bolonia, la primera luz que después se transformaría en la experiencia histórica del laicado en Italia: la Acción católica. Se suceden las estaciones de la historia, cambian los contextos sociales, pero es inmutable y no pasa de moda la vocación de los cristianos a vivir el Evangelio en solidaridad con la familia humana, al paso de los tiempos. He aquí el compromiso social, he aquí el servicio propio de la acción política, he aquí el desarrollo humano integral.

Queridos hermanos y hermanas, cuando el corazón se extravía en el desierto de la vida, no tengáis miedo, confiad en Cristo, el primogénito de la humanidad nueva: una familia de hermanos construida en la libertad y en la justicia, en la verdad y en la caridad de los hijos de Dios. De esta gran familia forman parte santos queridos para vosotros: Lorenzo, Valentino, Hilario, Rosa, Lucía, Buenaventura y muchos otros. Nuestra Madre común es María, a quien veneráis con el título de Virgen de la Encina como patrona de toda la diócesis en su nueva configuración. Que ellos os conserven siempre unidos y alimenten en cada uno el deseo de proclamar, con las palabras y las obras, la presencia y el amor de Cristo. Amén.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Valle Faul – Viterbo
Domingo 6 de septiembre de 2009

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

Al término de esta solemne celebración eucarística, doy de nuevo las gracias al Señor por haberme dado la alegría de realizar esta visita pastoral a vuestra comunidad diocesana. He venido entre vosotros para alentaros y para confirmaros en la fidelidad a Cristo, como bien indica además el tema que habéis elegido: “Confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31). Jesús dirigió estas palabras al apóstol Pedro en la Última Cena, encomendándole la tarea de ser aquí en la tierra Pastor de toda la Iglesia.

Desde hace muchos siglos vuestra diócesis se caracteriza por un singular vínculo de afecto y de comunión con el Sucesor de Pedro. He podido percibirlo al visitar el palacio de los Papas y, en particular, la sala del “Cónclave”. En el extenso territorio de la antigua Tuscia nació san León Magno, quien prestó un gran servicio a la verdad en la caridad, mediante un asiduo ejercicio de la palabra, testimoniado por sus Sermones y sus Cartas. En Blera tuvo lugar el nacimiento del Papa Sabiniano, sucesor de san Gregorio Magno; en Canino nació Pablo III. Viterbo fue escogida durante toda la segunda parte del siglo XIII como residencia de los Romanos Pontífices; aquí cinco de mis predecesores fueron elegidos y cuatro de ellos fueron sepultados; cincuenta la visitaron —el último fue el siervo de Dios Juan Pablo II, hace 25 años—. Estas cifras revisten un significado histórico, pero, en este momento, quisiera recalcar sobre todo su valor espiritual. A Viterbo se le llama justamente “Ciudad de los Papas”, y esto constituye para vosotros un estímulo ulterior para vivir y testimoniar la fe cristiana, la misma fe por la que dieron la vida los santos mártires Valentín e Hilario, custodiados en la iglesia catedral, los primeros de una larga estela de santos, mártires y beatos de vuestra tierra.

“Confirma a tus hermanos”: hoy advierto esta invitación del Señor dirigida a mí con una intensidad singular. Orad, queridos hermanos y hermanas, para que cumpla siempre con fidelidad y amor la misión de Pastor de toda la grey de Cristo (cf. Jn 21, 15 ss). Por mi parte, aseguro un constante recuerdo ante el Señor por vuestra comunidad diocesana, para que sus distintas articulaciones —de las que he podido admirar una simbólica representación en las nuevas puertas de la catedral— tiendan cada vez más a una plena unidad y comunión fraterna, condiciones indispensables para dar al mundo un testimonio evangélico eficaz. Esta tarde encomendaré estas intenciones a la Virgen María, al visitar el santuario de la Virgen de la Encina. Ahora, con la oración que recuerda su “sí” al anuncio del ángel, le pedimos que mantenga nuestra fe siempre fuerte y gozosa.


Después del Ángelus

Deseo ahora enviar un cordial saludo a los participantes en el congreso internacional “Hombres y religiones”, que se celebra en Cracovia sobre el tema:  “Credos y culturas en diálogo”. Numerosas personalidades y representantes de varias religiones —invitados por la archidiócesis de Cracovia y por la Comunidad de San Egidio— están reunidos para reflexionar y orar por la paz a los 70 años del estallido de la segunda guerra mundial. No podemos menos de recordar los dramáticos hechos que dieron inicio a uno de los conflictos más terribles de la historia, que causó decenas de millones de muertos y provocó tantos sufrimientos al amado pueblo polaco; un conflicto que vio la tragedia del Holocausto y el exterminio de otros grupos de inocentes. Que la memoria de estos sucesos nos impulse a orar por las víctimas y por cuantos llevan aún sus heridas en el cuerpo y en el corazón; que, además, sea advertencia para todos a no repetir semejantes barbaries y a intensificar los esfuerzos por construir en nuestro tiempo, marcado todavía por conflictos y contraposiciones, una paz duradera, transmitiendo, sobre todo a las nuevas generaciones, una cultura y un estilo de vida caracterizado por el amor, la solidaridad y la estima por el otro. Desde esta perspectiva, es especialmente importante la aportación que las religiones pueden y deben dar en la promoción del perdón y la reconciliación contra la violencia, el racismo, el totalitarismo y el extremismo que desfiguran la imagen del Creador en el hombre, suprimen el horizonte de Dios y, en consecuencia, conducen al  desprecio del hombre mismo. Que el  Señor  nos  ayude a construir la paz, partiendo del amor y de la comprensión recíproca (cf. Caritas in veritate, 72).

ORACIÓN A LA VIRGEN DE LA ENCINA

Queridas hermanas:

Es para mí una verdadera alegría poderme encontrar con vosotras en este lugar querido para la piedad popular. Vosotras, monjas de vida contemplativa, tenéis en la Iglesia la misión de ser antorchas que, en el silencio de los monasterios, arden de oración y de amor a Dios. A vosotras encomiendo mis intenciones, las intenciones del Pastor de esta diócesis y las necesidades de cuantos viven en esta tierra. A vosotras encomiendo, en este Año sacerdotal, sobre todo a los sacerdotes, a los seminaristas y las vocaciones. Sed con vuestro silencio orante su apoyo “a distancia” y ejerced con respecto a ellos vuestra maternidad espiritual, ofreciendo al Señor el sacrificio de vuestra vida por su santificación y por el bien de las almas. Os agradezco vuestra presencia y os bendigo de corazón; llevad el saludo y la bendición del Papa también a vuestras hermanas que no han podido venir. Os pido ahora que os unáis a mí al invocar la protección materna de María sobre esta comunidad diocesana y sobre los habitantes de esta tierra, rica en tradiciones religiosas y culturales.

Virgen Santa, Virgen de la Encina,
patrona de la diócesis de Viterbo,
reunidos en este santuario a ti consagrado,
te dirigimos una oración ferviente y confiada:
vela por el Sucesor de Pedro
y por la Iglesia encomendada a su solicitud;
vela por esta comunidad diocesana y por sus pastores,
por Italia, por Europa y por los demás continentes.
Reina de la paz, alcánzanos el don
de la concordia y de la paz
para los pueblos y para toda la humanidad.

Virgen obediente, Madre de Cristo,
que con tu dócil “sí” al anuncio del ángel
te convertiste en Madre del Omnipotente,
ayuda a tus hijos a seguir
los planes que el Padre celestial tiene para cada uno,
a fin de cooperar al proyecto universal de redención,
que Cristo realizó muriendo en la cruz.

Virgen de Nazaret, Reina de la familia,
haz de nuestras familias cristianas fraguas de vida evangélica,
enriquecidas por el don de muchas vocaciones
al sacerdocio y a la vida consagrada.
Mantén firme la unidad de nuestras familias,
hoy tan amenazada por todas partes,
y haz de ellas hogares de serenidad y concordia,
donde el diálogo paciente disipe las dificultades y los contrastes.
Vela sobre todo por las que están divididas y en crisis,
Madre de perdón y de reconciliación.

Virgen Inmaculada, Madre de la Iglesia,
alimenta el entusiasmo de todos los componentes
de nuestra diócesis:  de las parroquias y de los grupos eclesiales,
de las asociaciones y de las nuevas formas de compromiso apostólico
que el Señor va suscitando con su Santo Espíritu;
haz que sea firme y decidida la voluntad de cuantos
el Dueño de la mies sigue llamando
como obreros a su viña, a fin de que,
resistiendo a toda adulación e insidia mundana,
perseveren generosamente
en el seguimiento del camino emprendido,
y, con tu ayuda materna, sean testigos de Cristo
atraídos por el fulgor de su amor, fuente de alegría.

Virgen Clemente, Madre de la humanidad,
dirige tu mirada a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo,
a los pueblos y sus gobernantes, a las naciones y los continentes;
consuela a quien llora, a quien sufre,
a quien padece a causa de la injusticia humana,
sostén a quien vacila bajo el peso de la fatiga
y contempla el futuro sin esperanza;
alienta a quien trabaja para construir un mundo mejor
donde triunfe la justicia y reine la fraternidad,
donde cesen el egoísmo y el odio, y la violencia.
Que toda forma y manifestación de violencia
sea vencida por la fuerza pacificadora de Cristo.

Virgen de la escucha, Estrella de la esperanza,
Madre de la Misericordia,
fuente por la cual vino al mundo Jesús,
nuestra vida y nuestro gozo,
te damos gracias y te renovamos la ofrenda de la vida,
seguros de que jamás nos abandonas,
especialmente en los momentos oscuros y difíciles de la existencia.
Acompáñanos siempre:  ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

ENCUENTRO CON LA POBLACIÓN

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Plaza de San Agustín – Bagnoregio
Domingo 6 de septiembre de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

La solemne celebración eucarística de esta mañana en Viterbo abrió mi visita pastoral a vuestra comunidad diocesana, y nuestro encuentro aquí, en Bagnoregio, prácticamente la cierra. Os saludo a todos con afecto: autoridades religiosas, civiles y militares, sacerdotes, religiosos y religiosas, agentes pastorales, jóvenes y familias, y os doy las gracias por la cordialidad con la que me habéis recibido. Renuevo mi agradecimiento en primer lugar a vuestro obispo por sus afectuosas palabras, que han recordado mi vínculo con san Buenaventura. Y saludo con deferencia al alcalde de Bagnoregio, agradecido por la cortés bienvenida que me ha dirigido en nombre de toda la ciudad.

Giovanni Fidanza, que se convirtió después en fray Buenaventura, une su nombre al de Bagnoregio en la conocida presentación que hace de sí mismo en la Divina Comedia. Diciendo: “Yo soy el alma de san Buenaventura de Bagnoregio, que en los altos cargos siempre pospuse los cuidados temporales” (Dante, Paraíso XII, 127-129), subraya cómo, en las importantes tareas que desempeñó en la Iglesia, pospuso siempre el cuidado de las realidades temporales al bien espiritual de las almas. Aquí, en Bagnoregio, pasó su infancia y su adolescencia; después siguió a san Francisco, hacia quien albergaba especial gratitud porque, como escribió, cuando era niño lo había “arrancado de las fauces de la muerte” (Legenda Maior, Prologus, 3, 3) y le había predicho “Buena ventura”, como ha recordado hace un momento vuestro alcalde. Con el Poverello de Asís supo establecer un vínculo profundo y duradero, obteniendo de él inspiración ascética y genio eclesial. De este ilustre conciudadano vuestro custodiáis celosamente la insigne reliquia del “Santo Brazo”, mantenéis viva la memoria y profundizáis la doctrina, especialmente mediante el Centro de Estudios Bonaventurianos fundado por Bonaventura Tecchi, que anualmente promueve cualificados congresos de estudio dedicados a él.

No es fácil sintetizar la amplia doctrina filosófica, teológica y mística que nos ha dejado san Buenaventura. En este Año sacerdotal desearía invitar especialmente a los sacerdotes a entrar en la escuela de este gran doctor de la Iglesia para profundizar en su enseñanza de sabiduría enraizada en Cristo. A la sabiduría, que florece en santidad, él orienta cada paso de su especulación y tensión mística, pasando por los grados que van desde la que él llama “sabiduría uniforme”, relativa a los principios fundamentales del conocimiento, a la “sabiduría multiforme”, que consiste en el misterioso lenguaje de la Biblia, y después a la “sabiduría omniforme”, que reconoce en toda realidad creada el reflejo del Creador, hasta la “sabiduría informe”, o sea, la experiencia del íntimo contacto místico con Dios, en cuanto que el intelecto del hombre roza en silencio el Misterio infinito (cf. J. Ratzinger, San Bonaventura e la teologia della storia, ed. Porziuncola, 2006, pp. 92 ss). Al recordar a este profundo buscador y amante de la sabiduría, desearía expresar además aliento y estima por el servicio que, en la comunidad eclesial, los teólogos están llamados a prestar a la fe que busca el intelecto, a la fe que es “amiga de la inteligencia” y que se convierte en vida nueva según el proyecto de Dios.

Del rico patrimonio doctrinal y místico de san Buenaventura me limito esta tarde a sacar alguna “pista” de reflexión, que podría resultar útil para el camino pastoral de vuestra comunidad diocesana. Fue, en primer lugar, un incansable buscador de Dios desde que estudiaba en París, y siguió siéndolo hasta la muerte. En sus escritos indica el itinerario a recorrer. “Puesto que Dios está en lo alto —escribe— es necesario que la mente se eleve a él con todas las fuerzas” (De reductione artium ad theologiam, n. 25). Traza así un camino de fe arduo, en el que no basta “la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la búsqueda sin la admiración, la consideración sin la alegría, la diligencia sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia divina, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada” (Itinerarium mentis in Deum, prol. 4).

Este camino de purificación compromete a toda la persona para llegar, a través de Cristo, al amor transformante de la Trinidad. Y dado que Cristo, desde siempre Dios y para siempre hombre, lleva a cabo en los fieles una nueva creación con su gracia, la exploración de la presencia divina se convierte en contemplación de él en el alma “donde él habita con los dones de su incontenible amor” (ib., iv, 4), para ser al final transportados en él. Por lo tanto, la fe es perfeccionamiento de nuestras capacidades cognoscitivas y participación en el conocimiento que Dios tiene de sí mismo y del mundo; la esperanza la advertimos como preparación al encuentro con el Señor, que marcará el pleno cumplimiento de la amistad que desde ahora nos une a él. Y la caridad nos introduce en la vida divina, haciendo que consideremos hermanos a todos los hombres, según la voluntad del Padre celestial común.

Además de buscador de Dios, san Buenaventura fue seráfico cantor de la creación, que, tras las huellas de san Francisco, aprendió a “alabar a Dios en todas y por medio de todas las criaturas”, en las cuales “resplandecen la omnipotencia, la sabiduría y la bondad del Creador” (ib., I, 10). San Buenaventura presenta una visión positiva del mundo, don de amor de Dios a los hombres: reconoce en el mundo el reflejo de la suma Bondad y Belleza que, tras la estela de san Agustín y san Francisco, afirma ser Dios mismo. Todo nos ha sido dado por Dios. De él, como de fuente originaria, brota lo verdadero, lo bueno y lo bello. Hacia Dios, como a través de los peldaños de una escalera, se sube hasta alcanzar y casi aferrar el Sumo Bien y hallar en él nuestra felicidad y nuestra paz. ¡Qué útil sería que también hoy se redescubriera la belleza y el valor de la creación a la luz de la bondad y de la belleza divinas! En Cristo, el universo mismo —observa san Buenaventura— puede volver a ser voz que habla de Dios y nos impulsa a explorar su presencia; nos exhorta a honrarlo y a glorificarlo en todas las cosas (cf. ib., I, 15). Se advierte aquí el alma de san Francisco, cuyo amor por todas las criaturas compartió nuestro santo.

San Buenaventura fue mensajero de esperanza. Una bella imagen de la esperanza la encontramos en una de sus predicaciones de Adviento, donde compara el movimiento de la esperanza con el vuelo del ave, que despliega sus alas lo más ampliamente posible y para moverlas emplea todas sus fuerzas. En cierto sentido toda ella se hace movimiento para elevarse y volar. Esperar es volar, dice san Buenaventura. Pero la esperanza exige que todos nuestros miembros se pongan en movimiento y se proyecten hacia la verdadera altura de nuestro ser, hacia las promesas de Dios. Quien espera —afirma— “debe levantar la cabeza, dirigiendo a lo alto sus pensamientos, a la altura de nuestra existencia, o sea, hacia Dios” (Sermo XVI, Dominica I Adv., Opera omnia, IX, 40a).

El señor alcalde en su discurso ha planteado la cuestión: “¿Qué será de Bagnoregio mañana?”. En verdad todos nos preguntamos por nuestro futuro y el del mundo, y este interrogante tiene mucho que ver con la esperanza, de la que todo corazón humano tiene sed. En la encíclica Spe salvi observé que no basta, en cambio, una esperanza cualquiera para afrontar y superar las dificultades del presente; es indispensable una “esperanza fiable” que, dándonos la certeza de llegar a una meta “grande”, justifique “el esfuerzo del camino” (cf. n. 1). Sólo esta “gran esperanza-certeza” nos asegura que, a pesar de los fracasos de la vida personal y de las contradicciones de la historia en su conjunto, nos custodia siempre el “poder indestructible del Amor”. Así que cuando lo que nos sostiene es esta esperanza, jamás corremos el riesgo de perder la valentía de contribuir, como han hecho los santos, a la salvación de la humanidad, abriéndonos nosotros mismos y el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor, la luz (cf. n. 35). Que san Buenaventura nos ayude a “desplegar las alas” de la esperanza que nos impulsa a ser, como él, incesantes buscadores de Dios, cantores de las bellezas de la creación y testigos del Amor y de la Belleza que “mueve todo”.

Gracias, queridos amigos, una vez más por vuestra acogida. A la vez que os aseguro un recuerdo en la oración, imparto, por intercesión de san Buenaventura y especialmente de María, Virgen fiel y Estrella de la esperanza, una bendición apostólica especial, que gustosamente extiendo a todos los habitantes de esta tierra bella y rica en santos.

¡Gracias por vuestra atención!

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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