01-02/09/2007 – VISITA PASTORAL A LORETO CON OCASIÓN DEL ÁGORA DE LOS JÓVENES ITALIANOS

VISITA PASTORAL

DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A LORETO

CON OCASIÓN DEL ÁGORA DE LOS JÓVENES ITALIANOS

Logo_agora_loreto_2007

VIGILIA DE ORACIÓN CON LOS JÓVENES

Explanada de Montorso de Loreto

Sábado 1 de septiembre de 2007

RESPUESTAS DEL SANTO PADRE

A LAS PREGUNTAS DE LOS JÓVENES

DURANTE LA VIGILIA DE ORACIÓN

Pregunta formulada por los jóvenes Piero Tisti y Giovanna Di Mucci:

A muchos de los jóvenes de la periferia nos falta un centro, un lugar o personas capaces de dar identidad. A menudo no tenemos historia ni perspectivas; por eso, no tenemos futuro. Parece que lo que esperamos nunca se hace realidad. De aquí la experiencia de la soledad y, a veces, de dependencias. Santidad, ¿hay alguien —o algo— para quien podamos llegar a ser importante? ¿Es posible esperar cuando la realidad nos niega cualquier sueño de felicidad, cualquier proyecto de vida?.

Respuesta del Santo Padre:

L'Osservatore Romano

L’Osservatore Romano

Gracias por esta pregunta y por la presentación tan realista de la situación.

Con respecto a las periferias de este mundo, en las que existen grandes problemas, no es fácil ahora responder. No queremos vivir en un fácil optimismo, pero, por otra parte, debemos ser valientes y seguir adelante. Podría anticipar así el núcleo de mi respuesta:  “Sí, hay esperanza también hoy; cada uno de vosotros es importante, porque cada uno es conocido y querido por Dios; y Dios tiene un proyecto para cada uno. Debemos descubrirlo y corresponder a él, para que, a pesar de estas situaciones de precariedad y marginalidad, sea posible realizar el proyecto de Dios sobre nosotros”.

Pero, entrando en detalles, usted nos ha presentado de forma realista la situación de una sociedad:  en las periferias parece difícil salir adelante, cambiar el mundo mejorándolo. Todo parece concentrado en los grandes centros del poder económico y político; las grandes burocracias dominan y quienes se encuentran en las periferias, realmente parecen quedar excluidos de esta vida.

Un aspecto de esta situación de marginación de muchos es que las grandes células de la vida de la sociedad, que pueden construir centros también en la periferia, están desintegradas:  la familia, que debería ser el lugar de encuentro de las generaciones —desde los bisabuelos hasta los nietos—; que no sólo debería ser un lugar donde se encuentren las generaciones, sino también donde se aprenda a vivir, donde se aprendan las virtudes esenciales para la vida, está desintegrada, se encuentra en peligro. Por eso, debemos hacer todo lo posible para que la familia sea viva, para que sea también hoy la célula vital, el centro en la periferia.

Del mismo modo, también la parroquia, célula viva de la Iglesia, debe ser realmente un lugar de inspiración, de vida, de solidaridad, que ayude a construir juntamente los centros en la periferia.

En la Iglesia se habla a menudo de periferia y de centro, que sería Roma, pero de hecho en la Iglesia no hay periferia, porque donde está Cristo allí está todo el centro. Donde se celebra la Eucaristía, donde está el sagrario, allí está Cristo y, por consiguiente, allí está el centro, y debemos hacer todo lo posible para que estos centros vivos sean eficaces, para que estén presentes y sean realmente una fuerza que se oponga a esa marginación.

La Iglesia viva, la Iglesia de las pequeñas comunidades, la Iglesia parroquial, los movimientos, deberían formar también centros en la periferia, para ayudar así a superar las dificultades que la gran política obviamente no supera. Al mismo tiempo, también debemos pensar que, a pesar de las grandes concentraciones de poder, precisamente la sociedad actual necesita la solidaridad, el sentido de la legalidad, la iniciativa y la creatividad de todos.

Sé que es más fácil decirlo que realizarlo, pero veo aquí personas que se comprometen para que surjan también centros en las periferias, para que crezca la esperanza. Por tanto, me parece que precisamente en las periferias debemos tomar la iniciativa. Es necesario que la Iglesia esté presente; que Cristo, el centro del mundo, esté presente.

Hemos visto, y vemos hoy en el evangelio, que para Dios no hay periferias. La Tierra Santa, en el vasto contexto del Imperio romano, era periferia; Nazaret era periferia, una aldea desconocida. Y, sin embargo, precisamente esa realidad fue de hecho el centro que cambió el mundo. Así, también nosotros debemos formar centros de fe, de esperanza, de amor y de solidaridad, de sentido de la justicia y de la legalidad, de cooperación.

Sólo así puede sobrevivir la sociedad moderna. Necesita esta valentía de crear centros, aunque aparentemente no parece existir esperanza. Debemos oponernos a esta desesperación; debemos colaborar con gran solidaridad y hacer todo lo posible para que aumente la esperanza, para que los hombres colaboren y vivan. Como vemos, es necesario cambiar el mundo; pero es precisamente la juventud la que tiene la misión de cambiarlo. No lo podemos hacer sólo con nuestras fuerzas, sino en comunión de fe y de camino. En comunión con María, con  todos  los  santos;  en comunión con Cristo, podemos hacer algo esencial.

Os estimulo y os invito a tener confianza en Cristo, a tener confianza en Dios. Estar en la gran compañía de los santos y avanzar con ellos puede cambiar el mundo, creando centros en la periferia, para que esa compañía sea realmente visible y así se haga realidad la esperanza de todos, de modo que cada uno pueda decir:  “Yo soy importante en la totalidad de la historia. El Señor nos ayudará”. Gracias.

Pregunta formulada por la joven Sara Simonetta:

Yo creo en el Dios que ha tocado mi corazón, pero son muchas las inseguridades, los interrogantes, los miedos que llevo en mi interior. No es fácil hablar de Dios con mis amigos; muchos de ellos ven a la Iglesia como una realidad que juzga a los jóvenes, que se opone a sus deseos de felicidad y de amor. Ante este rechazo siento fuertemente la soledad humana y quisiera sentir la cercanía de Dios. Santidad, ¿en este silencio dónde está Dios?

Respuesta del Santo Padre:

L'Osservatore Romano

L’Osservatore Romano

Sí, todos nosotros, aunque seamos creyentes, experimentamos el silencio de Dios. En el Salmo que acabamos de rezar se encuentra este grito casi desesperado:  “Habla, Señor; no te escondas”. Hace poco se publicó un libro con las experiencias espirituales de la madre Teresa. En él se pone de manifiesto aún más claramente lo que ya sabíamos:  con toda su caridad, su fuerza de fe, la madre Teresa sufría el silencio de Dios.

Por una parte, debemos soportar este silencio de Dios también para poder comprender a nuestros hermanos que no conocen a Dios. Por otra, con el Salmo, podemos gritar continuamente a Dios:  “Habla, muéstrate”. Sin duda, en nuestra vida, si tenemos el corazón abierto, podemos encontrar los grandes momentos en los que realmente la presencia de Dios se hace sensible también para nosotros.

Me viene a la mente en este momento una anécdota que refirió Juan Pablo II en los ejercicios espirituales que predicó en el Vaticano cuando aún no era Papa. Contó que después de la guerra lo visitó un oficial ruso, que era científico, el cual le dijo:  “Como científico, estoy seguro de que Dios no existe; pero cuando me encuentro en una montaña, ante su majestuosa belleza, ante su grandeza, también estoy seguro de que el Creador existe y de que Dios existe”.

La belleza de la creación es una de las fuentes donde realmente podemos descubrir la belleza de Dios, donde podemos ver que el Creador existe y es bueno, que es verdad lo que dice la sagrada Escritura en el relato de la creación, o sea, que Dios pensó e hizo este mundo con su corazón, con su voluntad, con su razón, y vio que era bueno. También nosotros debemos ser buenos, teniendo el corazón abierto a percibir realmente la presencia de Dios.

Asimismo, al escuchar la palabra de Dios en las grandes celebraciones litúrgicas, en las fiestas de la fe, en la gran música de la fe, percibimos esta presencia.

Recuerdo en este momento otra anécdota que me contó hace poco tiempo un obispo en visita “ad limina”:  una mujer no cristiana muy inteligente comenzó a escuchar la gran música de Bach, Händel, Mozart. Estaba fascinada y un día dijo: “Debo encontrar la fuente de donde pudo brotar esta belleza”. Esa mujer se convirtió al cristianismo, a la fe católica, porque había descubierto que esa belleza tiene una fuente, y la fuente es precisamente la presencia de Cristo en los corazones, es la revelación de Cristo en este mundo.

Por consiguiente, las grandes fiestas de la fe, de la celebración litúrgica, pero también el diálogo personal con Cristo: Él no siempre responde, pero hay momentos en que realmente responde.

Luego viene la amistad, la compañía de la fe. Ahora, reunidos aquí en Loreto, vemos cómo la fe une, la amistad crea una compañía de personas en camino. Y sentimos que todo esto no viene de la nada, sino que realmente tiene una fuente, que el Dios silencioso es también un Dios que habla, que se revela, y sobre todo que nosotros mismos podemos ser testigos de su presencia, que nuestra fe proyecta realmente una luz también para los demás.

Así pues, por una parte, debemos aceptar que en este mundo Dios es silencioso, pero no debemos ser sordos cuando habla, cuando se nos muestra en muchas ocasiones; vemos la presencia del Señor sobre todo en la creación, en una hermosa liturgia, en la amistad dentro de la Iglesia; y, llenos de su presencia, también nosotros podemos iluminar a los demás.

Paso a la segunda parte de su pregunta:  hoy es difícil hablar de Dios a los amigos y tal vez resulta aún más difícil hablar de la Iglesia, porque ven a Dios sólo como el límite de nuestra libertad, un Dios de mandamientos, de prohibiciones, y a la Iglesia como una institución que limita nuestra libertad, que nos impone prohibiciones.

Pero debemos tratar de presentarles la Iglesia viva, no esa idea de un centro de poder en la Iglesia con estas etiquetas, sino las comunidades de compañía en las que, a pesar de todos los problemas de la vida, que todos tenemos, nace la alegría de vivir.

Aquí me viene a la mente un tercer recuerdo. En Brasil estuve en la “Hacienda de la Esperanza”, una gran realidad donde los drogadictos se curan y recobran la esperanza, recobran la alegría de vivir. Los drogadictos testimoniaron que precisamente descubrir que Dios existe significó para ellos la curación de la desesperación. Así comprendieron que su vida tiene un sentido y recobraron la alegría de estar en este mundo, la alegría de afrontar los problemas de la vida humana.

Por tanto, en todo corazón humano, a pesar de los problemas que existen, hay sed de Dios; y donde Dios desaparece, desaparece también el sol que da luz y alegría. Esta sed de infinito que hay en nuestro corazón se demuestra también en la realidad de la droga:  el hombre quiere ensanchar su vida, quiere obtener más de la vida, quiere alcanzar el infinito, pero la droga es una mentira, una estafa, porque no ensancha la vida, sino que la destruye.

Realmente, tenemos una gran sed, que nos habla de Dios y nos pone en camino hacia Dios, pero debemos ayudarnos mutuamente. Cristo vino precisamente para crear una red de comunión en el mundo, donde todos podemos apoyarnos unos a otros, ayudándonos a encontrar juntos el camino de la vida y a comprender que los mandamientos de Dios no son limitaciones de nuestra libertad, sino las señales de carretera que nos orientan hacia Dios, hacia la plenitud de la vida.
Pidamos a Dios que nos ayude a descubrir su presencia, a estar llenos de su Revelación, de su alegría, a ayudarnos unos a otros en la compañía de la fe para avanzar y encontrar cada vez más, con Cristo, el verdadero rostro de Dios, y así la vida verdadera.

DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Queridos jóvenes, que constituís la esperanza de la Iglesia en Italia:

Me alegra encontrarme con vosotros en este lugar tan singular, en esta velada especial, en la que se entrelazan oraciones, cantos y silencios, una velada llena de esperanzas y profundas emociones. Este valle, donde en el pasado también mi amado predecesor Juan Pablo II se encontró con muchos de vosotros, ya se ha convertido en vuestra “ágora”, en vuestra plaza sin muros y sin barreras, donde convergen y parten mil caminos.

He escuchado con atención al que ha hablado  en nombre de todos vosotros. A este lugar de encuentro pacífico, auténtico y jubiloso, habéis llegado impulsados por mil motivos diversos:  unos por pertenecer a un grupo; otros, invitados por algún amigo; otros, por íntima convicción; otros,  con alguna duda en el corazón; y otros, por simple curiosidad…

Cualquiera que sea el motivo que os ha traído aquí, quiero deciros que quien nos ha reunido aquí, aunque hace falta valentía para decirlo, es el Espíritu Santo. Sí, esto es lo que ha sucedido. Quien os ha guiado hasta aquí es el Espíritu. Habéis venido con vuestras dudas y vuestras certezas, con vuestras alegrías y vuestras preocupaciones. Ahora nos toca a todos nosotros, a todos vosotros, abrir el corazón y ofrecer todo a Jesús.

Decidle:  “Heme aquí. Ciertamente no soy todavía como tú quisieras que fuera; ni siquiera logro entenderme a fondo a mí mismo, pero con tu ayuda estoy dispuesto a seguirte. Señor Jesús, esta tarde quisiera hablarte, haciendo mía la actitud interior y el abandono confiado de aquella joven que hace dos mil años pronunció su “sí” al Padre, que la escogía para ser tu Madre. El Padre la eligió porque era dócil y obediente a su voluntad”. Como ella, como la pequeña María, cada uno de vosotros, queridos jóvenes amigos, diga con fe a Dios:  “Heme aquí, hágase en mí según tu palabra”.

¡Qué espectáculo tan admirable de fe joven y comprometedora estamos viviendo esta tarde! Esta tarde, gracias a vosotros, Loreto se ha convertido en la capital espiritual de los jóvenes, en el centro hacia el que convergen idealmente las multitudes de jóvenes que pueblan los cinco continentes.

En este momento nos sentimos, en cierto modo, rodeados por las expectativas y las esperanzas de millones de jóvenes del mundo entero:  en esta misma hora unos están en vela, otros se encuentran durmiendo y otros están estudiando o trabajando; unos esperan y otros desesperan; unos creen y otros no logran creer; unos aman la vida y otros, en cambio, la están desperdiciando.

Quisiera que a todos llegaran mis palabras:  el Papa está cerca de vosotros, comparte vuestras alegrías y vuestras tristezas; y comparte sobre todo las esperanzas más íntimas que lleváis en vuestro corazón. Para cada uno pide al Señor el don de una vida plena y feliz, una vida llena de sentido, una vida verdadera.

Por desgracia, hoy, con frecuencia, muchos jóvenes creen que una existencia plena y feliz es un sueño difícil —hemos escuchado muchos testimonios—, a veces casi irrealizable. Muchos coetáneos vuestros piensan en el futuro con miedo y se plantean no pocos interrogantes. Se preguntan, preocupados:  ¿Cómo integrarse en una sociedad marcada por numerosas y graves injusticias y sufrimientos? ¿Cómo reaccionar ante el egoísmo y la violencia, que a menudo parecen prevalecer? ¿Cómo dar sentido pleno a la vida?

Con amor y convicción os repito a vosotros, jóvenes aquí presentes, y a través de vosotros a vuestros coetáneos del mundo entero:  ¡No tengáis miedo! Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas de vuestro corazón. ¿Acaso existen sueños irrealizables cuando es el Espíritu de Dios quien los suscita y cultiva en el corazón? ¿Hay algo que pueda frenar nuestro entusiasmo cuando estamos unidos a Cristo? Nada ni nadie, diría el apóstol san Pablo, podrá separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, Señor nuestro (cf. Rm 8, 35-39).

Permitidme que os repita esta tarde:  cada uno de vosotros, si permanece unido a Cristo, puede realizar grandes cosas. Por eso, queridos amigos, no debéis tener miedo de soñar, con los ojos abiertos, en grandes proyectos de bien y no debéis desalentaros ante las dificultades. Cristo confía en vosotros y desea que realicéis todos vuestros sueños más nobles y elevados de auténtica felicidad.

Nada es imposible para quien se fía de Dios y se entrega a Dios. Mirad a la joven María. El ángel le propuso algo realmente inconcebible:  participar del modo más comprometedor posible en el más grandioso de los planes de Dios, la salvación de la humanidad. Como hemos escuchado en el evangelio, ante esa propuesta María se turbó, pues era consciente de la pequeñez de su ser frente a la omnipotencia de Dios, y se preguntó:  ¿Cómo es posible? ¿Por qué precisamente yo? Sin embargo, dispuesta a cumplir la voluntad divina, pronunció prontamente su “sí”, que cambió su vida y  la  historia de la humanidad entera. Gracias a su “sí” hoy también nosotros nos encontramos reunidos esta tarde.

Me pregunto y os pregunto: lo que Dios nos pide, por más arduo que pueda parecernos, ¿podrá equipararse a lo que pidió a la joven María? Queridos muchachos y muchachas, aprendamos de María a pronunciar nuestro “sí”, porque ella sabe de verdad lo que significa responder con generosidad a lo que pide el Señor. María, queridos jóvenes, conoce vuestras aspiraciones más nobles y profundas. Conoce bien, sobre todo, vuestro gran anhelo de amor, vuestra necesidad de amar y ser amados. Mirándola a ella, siguiéndola dócilmente, descubriréis la belleza del amor, pero no de un amor que se usa y se tira, pasajero y engañoso, prisionero de una mentalidad egoísta y materialista, sino del amor verdadero y profundo.

En lo más íntimo del corazón, todo muchacho y toda muchacha que se abre a la vida cultiva el sueño de un amor que dé pleno sentido a su futuro. Para muchos este sueño se realiza en la opción del matrimonio y en la formación de una familia, donde el amor entre un hombre y una mujer se vive como don recíproco y fiel, como entrega definitiva, sellada por el “sí” pronunciado ante Dios el día del matrimonio, un “sí” para toda la vida.

Sé bien que este sueño hoy es cada vez más difícil de realizar. ¡Cuántos fracasos del amor contempláis en vuestro entorno! ¡Cuántas parejas inclinan la cabeza, rindiéndose, y se separan! ¡Cuántas familias se desintegran! ¡Cuántos muchachos, incluso entre vosotros, han visto la separación y el divorcio de sus padres!

A quienes se encuentran en situaciones tan delicadas y complejas quisiera decirles esta tarde:  la Madre de Dios, la comunidad de los creyentes, el Papa están cerca de vosotros y oran para que la crisis que afecta a las familias de nuestro tiempo no se transforme en un fracaso irreversible. Ojalá que las familias cristianas, con la ayuda de la gracia divina, se mantengan fieles al solemne compromiso de amor asumido con alegría ante el sacerdote y ante la comunidad cristiana el día solemne del matrimonio.

Frente a tantos fracasos con frecuencia se formula esta pregunta:  “¿Soy yo mejor que mis amigos y que mis parientes, que lo han intentado y han fracasado? ¿Por qué yo, precisamente yo, debería triunfar donde tantos otros se rinden?”. Este temor humano puede frenar incluso a los corazones más valientes, pero en esta noche que nos espera, a los pies de su Santa Casa, María os repetirá a cada uno de vosotros, queridos jóvenes amigos, las palabras que el ángel le dirigió a ella:  “¡No temáis! ¡No tengáis miedo! El Espíritu Santo está con vosotros y no os abandona jamás. Nada es imposible para quien confía en Dios”.

Eso vale para quien está llamado a la vida matrimonial, y mucho más para aquellos a quienes Dios propone una vida de total desprendimiento de los bienes de la tierra a fin de entregarse a tiempo completo a su reino. Algunos de entre vosotros habéis emprendido el camino del sacerdocio, de la vida consagrada; algunos aspiráis a ser misioneros, conscientes de cuántos y cuáles peligros implica. Pienso en los sacerdotes, en las religiosas y en los laicos misioneros que han caído en la trinchera del amor al servicio del Evangelio.

Nos podría decir muchas cosas al respecto el padre Giancarlo Bossi, por el que oramos durante el tiempo de su secuestro en Filipinas, y hoy nos alegramos de que esté aquí con nosotros. A través de él quisiera saludar y dar las gracias a todos los que consagran su vida a Cristo en las fronteras de la evangelización. Queridos jóvenes, si el Señor os llama a vivir más íntimamente a su servicio, responded con generosidad. Tened la certeza de que la vida dedicada a Dios nunca se gasta en vano.

Queridos jóvenes, antes de concluir estas palabras, quiero abrazaros con corazón de padre. Os abrazo a cada uno, y os saludo cordialmente. Saludo a los obispos presentes, comenzando por el arzobispo Angelo Bagnasco, presidente de la Conferencia episcopal italiana, y al arzobispo Gianni Danzi, que nos acoge en su comunidad eclesial. Saludo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los animadores que os acompañan. Saludo a las autoridades civiles y a los que se han ocupado de la organización de este encuentro.

Nos uniremos “virtualmente” más tarde y nos volveremos a ver mañana por la mañana, al terminar esta noche de vela, para el momento más importante de nuestro encuentro, cuando Jesús mismo se haga realmente presente en su Palabra y en el misterio de la Eucaristía. Sin embargo, ya desde ahora quisiera daros cita, a vosotros jóvenes, en Sydney, donde dentro de un año se celebrará la próxima Jornada mundial de la juventud. Sé que Australia está muy lejos y para  los jóvenes italianos se encuentra literalmente en los antípodas del mundo…

Oremos para que el Señor, que realiza todo prodigio, conceda a muchos de vosotros estar allí; para que me lo conceda a mí y os lo conceda a vosotros. Este es uno de los muchos sueños que esta noche, orando juntos, encomendamos a María. Amén.

VISITA AL SANTUARIO LAURETANO

ORACIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI A LA VIRGEN DE LORETO

María, Madre del sí, tú escuchaste a Jesús
y conoces el timbre de su voz
y el latido de su corazón.

Estrella de la mañana, háblanos de él
y descríbenos tu camino
para seguirlo por la senda de la fe.

María, que en Nazaret habitaste con Jesús,
imprime en nuestra vida tus sentimientos,
tu docilidad, tu silencio que escucha y hace florecer
la Palabra en opciones de auténtica libertad.

María, háblanos de Jesús, para que el frescor
de nuestra fe brille en nuestros ojos
y caliente el corazón de aquellos
con quienes nos encontremos,
como tú hiciste al visitar a Isabel,
que en su vejez se alegró contigo
por el don de la vida.

María, Virgen del Magníficat
ayúdanos a llevar la alegría al mundo
y, como en Caná, impulsa a todos los jóvenes
comprometidos en el servicio a los hermanos
a hacer sólo lo que Jesús les diga.

María, dirige tu mirada al ágora de los jóvenes,
para que sea el terreno fecundo de la Iglesia italiana.
Ora para que Jesús, muerto y resucitado,
renazca en nosotros
y nos transforme en una noche llena de luz,
llena de él.

María, Virgen de Loreto, puerta del cielo,
ayúdanos a elevar nuestra mirada a las alturas.
Queremos ver a Jesús, hablar con él
y anunciar a todos su amor.

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS FRAILES CAPUCHINOS
Y A LAS MONJAS DE CLAUSURA DE LORETO

Sábado 1 de septiembre de 2007

Queridos padres y queridas hermanas:

En este momento de recogimiento y oración, quiero solamente daros las gracias a todos vosotros. Ante todo, a los padres capuchinos, que ayudan para que esta Casa de la Virgen se mantenga siempre realmente viva, para que sea un lugar de oración, de conversión y de alegría en la fe.

Queridos padres, sé que pasáis mucho tiempo en el confesionario y ayudáis a numerosas personas a volver a encontrar a Jesús, a convertirse para avanzar por el camino que Jesús nos enseña, para avanzar en comunión con el “sí” de la Virgen, que nos ayuda con su ternura, con su bondad, con su generosidad. Así pues, os doy las gracias, queridos padres capuchinos. Para mí, bávaro, los capuchinos son los padres por definición, ya desde mi juventud, porque eran padres capuchinos quienes iban en misión y sabían predicar con fuerza y también con alegría.

Queridas hermanas, también a vosotras os doy las gracias. Vosotras sois realmente la casa orante, viva, que renueva aquí el “sí” de la Virgen, el “sí” de la disponibilidad total de la vida para Jesús. Así actualizáis el “sí” de la Virgen, lo realizáis día a día, y sé que también lleváis una vida de sacrificios. No es fácil pronunciar constantemente este “sí” y ponerse a disposición del Señor cada día. Gracias a todas vosotras y gracias sobre todo porque estoy seguro de que oráis por el Papa, el cual necesita esta ayuda de la oración.

Ahora quiero impartir la bendición a todos. Una vez más, me encomiendo a vuestras oraciones.

De nuevo, gracias. El Señor os bendiga a todos.

CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Explanada de Montorso
Domingo 2 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas;
queridos jóvenes amigos:

Después de la vigilia de esta noche, nuestro encuentro en Loreto se concluye ahora en torno al altar con la solemne celebración eucarística. Una vez más os saludo cordialmente a todos. Saludo en especial a los obispos y doy las gracias al arzobispo Angelo Bagnasco, que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos comunes. Saludo al arzobispo de Loreto, que nos ha acogido con afecto y solicitud. Saludo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los que han preparado con esmero esta importante manifestación de fe. Saludo con deferencia a las autoridades civiles y militares presentes, y de modo particular al vicepresidente del Gobierno, hon. Franceso Rutelli.

Este es realmente un día de gracia. Las lecturas que acabamos de escuchar nos ayudan a comprender cuán maravillosa es la obra que ha realizado el Señor al reunirnos aquí, en Loreto, en tan gran número y en un clima jubiloso de oración y de fiesta. Con nuestro encuentro en el santuario de la Virgen se hacen realidad, en cierto sentido, las palabras de la carta a los Hebreos “Os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo” (Hb 12, 22).

Al celebrar la Eucaristía a la sombra de la Santa Casa, también nosotros nos hemos acercado a la “reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos” (Hb 12, 23). Así podemos experimentar la alegría de encontrarnos ante “Dios, juez universal, y los espíritus de los justos llegados ya a su consumación” (Hb 12, 23). Con María, Madre del Redentor y Madre nuestra, vamos sobre todo al encuentro del “mediador de la nueva Alianza” (Hb 12, 24).

El Padre celestial, que muchas veces y de muchos modos habló a los hombres (cf. Hb 1, 1), ofreciendo su alianza y encontrando a menudo resistencias y rechazos, en la plenitud de los tiempos quiso establecer con los hombres un pacto nuevo, definitivo e irrevocable, sellándolo con la sangre de su Hijo unigénito, muerto y resucitado para la salvación de la humanidad entera.

Jesucristo, Dios hecho hombre, asumió en María nuestra misma carne, tomó parte en nuestra vida y quiso compartir nuestra historia. Para realizar su alianza, Dios buscó un corazón joven y lo encontró en María, “una joven”.

También hoy Dios busca corazones jóvenes, busca jóvenes de corazón grande, capaces de hacerle espacio a él en su vida para ser protagonistas de la nueva Alianza. Para acoger una propuesta fascinante como la que nos hace Jesús, para establecer una alianza con él, hace falta ser jóvenes interiormente, capaces de dejarse interpelar por su novedad, para emprender con él caminos nuevos.

Jesús tiene predilección por los jóvenes, como lo pone de manifiesto el diálogo con el joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22); respeta su libertad, pero nunca se cansa de proponerles metas más altas para su vida:  la novedad del Evangelio y la belleza de una conducta santa. Siguiendo el ejemplo de su Señor, la Iglesia tiene esa misma actitud. Por eso, queridos jóvenes, os mira con inmenso afecto; está cerca de vosotros en los momentos de alegría y de fiesta, al igual que en los de prueba y desvarío; os sostiene con los dones de la gracia sacramental y os acompaña en el discernimiento de vuestra vocación.

Queridos jóvenes, dejaos implicar en la vida nueva que brota del encuentro con Cristo y podréis ser apóstoles de su paz en vuestras familias, entre vuestros amigos, en el seno de vuestras comunidades eclesiales y en los diversos ambientes en los que vivís y actuáis.

Pero, ¿qué es lo que hace realmente “jóvenes” en sentido evangélico? Este encuentro, que tiene lugar a la sombra de un santuario mariano, nos invita a contemplar a la Virgen. Por eso, nos preguntamos:  ¿Cómo vivió María su juventud? ¿Por qué en ella se hizo posible lo imposible? Nos lo revela ella misma en el cántico del Magníficat:  Dios “ha puesto los ojos en la humildad de su esclava” (Lc 1, 48).

Dios aprecia en María la humildad, más que cualquier otra cosa. Y precisamente de la humildad nos hablan las otras dos lecturas de la liturgia de hoy. ¿No es una feliz coincidencia que se nos dirija este mensaje precisamente aquí, en Loreto? Aquí, nuestro pensamiento va naturalmente a la Santa Casa de Nazaret, que es el santuario de la humildad:  la humildad de Dios, que se hizo carne, se hizo pequeño; y la humildad de María, que lo acogió en su seno. La humildad del Creador y la humildad de la criatura.

De ese encuentro de humildades nació Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre. “Cuanto más grande seas, tanto más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia, pues grande es el poderío del Señor, y por los humildes es glorificado”, nos dice el pasaje del Sirácida (Si 3, 18-20); y Jesús, en el evangelio, después de la parábola de los invitados a las bodas, concluye:  “Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (Lc 14, 11).

Esta perspectiva que nos indican las Escrituras choca fuertemente hoy con la cultura y la sensibilidad del hombre contemporáneo. Al humilde se le considera un abandonista, un derrotado, uno que no tiene nada que decir al mundo. Y, en cambio, este es el camino real, y no sólo porque la humildad es una gran virtud humana, sino, en primer lugar, porque constituye el modo de actuar de Dios mismo. Es el camino que eligió Cristo, el mediador de la nueva Alianza, el cual, “actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Queridos jóvenes, me parece que en estas palabras de Dios sobre la humildad se encierra un mensaje importante y muy actual para vosotros, que queréis seguir a Cristo y formar parte de su Iglesia. El mensaje es este:  no sigáis el camino del orgullo, sino el de la humildad. Id contra corriente:  no escuchéis las voces interesadas y persuasivas que hoy, desde muchas partes, proponen modelos de vida marcados por la arrogancia y la violencia, por la prepotencia y el éxito a toda costa, por el aparecer y el tener, en detrimento del ser.

Vosotros sois los destinatarios de numerosos mensajes, que os llegan sobre todo a través de los medios de comunicación social. Estad vigilantes. Sed críticos. No vayáis tras la ola producida por esa poderosa acción de persuasión. No tengáis miedo, queridos amigos, de preferir los caminos “alternativos” indicados por el amor verdadero:  un estilo de vida sobrio y solidario; relaciones afectivas sinceras y puras; un empeño honrado en el estudio y en el trabajo; un interés profundo por el bien común.

No tengáis miedo de ser considerados diferentes y de ser criticados por lo que puede parecer perdedor o pasado de moda:  vuestros coetáneos, y también los adultos, especialmente los que parecen más alejados de la mentalidad y de los valores del Evangelio, tienen profunda necesidad de ver a alguien que se atreva a vivir de acuerdo con la plenitud de humanidad manifestada por Jesucristo.

Así pues, queridos jóvenes, el camino de la humildad no es un camino de renuncia, sino de valentía. No es resultado de una derrota, sino de una victoria del amor sobre el egoísmo y de la gracia sobre el pecado. Siguiendo a Cristo e imitando a María, debemos tener la valentía de la humildad; debemos encomendarnos humildemente al Señor, porque sólo así podremos llegar a ser instrumentos dóciles en sus manos, y le permitiremos hacer en nosotros grandes cosas.

En María y en los santos el Señor obró grandes prodigios. Pienso, por ejemplo, en san Francisco de Asís y santa Catalina de Siena, patronos de Italia. Pienso también en jóvenes espléndidos, como santa Gema Galgani, san Gabriel de la Dolorosa, san Luis Gonzaga, santo Domingo Savio, santa María Goretti, que nació cerca de aquí, y los beatos Piergiorgio Frassati y Alberto Marvelli. Y pienso también en numerosos muchachos y muchachas que pertenecen a la legión de santos “anónimos”, pero que no son anónimos para Dios. Para él cada persona es única, con su nombre y su rostro. Como sabéis bien, todos estamos llamados a ser santos.

Como veis, queridos jóvenes, la humildad que el Señor nos ha enseñado y que los santos han testimoniado, cada uno según la originalidad de su vocación, no es ni mucho menos un modo de vivir abandonista. Contemplemos sobre todo a María:  en su escuela, también nosotros podemos experimentar, como ella, el “sí” de Dios a la humanidad del que brotan todos los “sí” de nuestra vida.

En verdad, son numerosos y grandes los desafíos que debéis afrontar. Pero el primero sigue siendo siempre seguir a Cristo a fondo, sin reservas ni componendas. Y seguir a Cristo significa sentirse parte viva de su cuerpo, que es la Iglesia. No podemos llamarnos discípulos de Jesús si no amamos y no seguimos a su Iglesia. La Iglesia es nuestra familia, en la que el amor al Señor y a los hermanos, sobre todo en la participación en la Eucaristía, nos hace experimentar la alegría de poder gustar ya desde ahora la vida futura, que estará totalmente iluminada por el Amor.

Nuestro compromiso diario debe consistir en vivir aquí abajo como si estuviéramos allá arriba. Por tanto, sentirse Iglesia es para todos una vocación a la santidad; es compromiso diario de construir la comunión y la unidad venciendo toda resistencia y superando toda incomprensión. En la Iglesia aprendemos a amar educándonos en la acogida gratuita del prójimo, en la atención solícita a quienes atraviesan dificultades, a los pobres y a los últimos.

La motivación fundamental de todos los creyentes en Cristo no es el éxito, sino el bien, un bien que es tanto más auténtico cuanto más se comparte, y que no consiste principalmente en el tener o en el poder, sino en el ser. Así se edifica la ciudad de Dios con los hombres, una ciudad que crece desde la tierra y a la vez desciende del cielo, porque se desarrolla con el encuentro y la colaboración entre los hombres y Dios (cf. Ap 21, 2-3).

Seguir a Cristo, queridos jóvenes, implica además un esfuerzo constante por contribuir a la edificación de una sociedad más justa y solidaria, donde todos puedan gozar de los bienes de la tierra. Sé que muchos de vosotros os dedicáis con generosidad a testimoniar vuestra fe en varios ámbitos sociales, colaborando en el voluntariado, trabajando por la promoción del bien común, de la paz y de la justicia en cada comunidad. Uno de los campos en los que parece urgente actuar es, sin duda, el de la conservación de la creación.

A las nuevas generaciones está encomendado el futuro del planeta, en el que son evidentes los signos de un desarrollo que no siempre ha sabido tutelar los delicados equilibrios de la naturaleza. Antes de que sea demasiado tarde, es preciso tomar medidas valientes, que puedan restablecer una fuerte alianza entre el hombre y la tierra. Es necesario un “sí” decisivo a la tutela de la creación y un compromiso fuerte para invertir las tendencias que pueden llevar a situaciones de degradación irreversible.

Por eso, he apreciado la iniciativa de la Iglesia italiana de promover la sensibilidad frente a los problemas de la conservación de la creación estableciendo una Jornada nacional, que se celebra precisamente el 1 de septiembre. Este año la atención se centra sobre todo en el agua, un bien preciosísimo que, si no se comparte de modo equitativo y pacífico, se convertirá por desgracia en motivo de duras tensiones y ásperos conflictos.

Queridos jóvenes amigos, después de escuchar vuestras reflexiones de ayer por la tarde y de esta noche, dejándome guiar por la palabra de Dios, he querido comunicaros ahora estas consideraciones, que pretenden ser un estímulo paterno a seguir a Cristo para ser testigos de su esperanza y de su amor. Por mi parte, seguiré acompañándoos con mi oración y con mi afecto, para que prosigáis con entusiasmo el camino del Ágora, este singular itinerario trienal de escucha, diálogo y misión. Al concluir hoy el primer año con este estupendo encuentro, no puedo por menos de invitaros a mirar ya a la gran cita de la Jornada mundial de la juventud, que se celebrará en julio del año próximo en Sydney.

Os invito a prepararos para esa gran manifestación de fe juvenil meditando en mi Mensaje, que profundiza el tema del Espíritu Santo, para vivir juntos una nueva primavera del Espíritu. Os espero, por tanto, en gran número también en Australia, al concluir vuestro segundo año del Ágora.

Por último, volvamos una vez más nuestra mirada a María, modelo de humildad y de valentía.

Ayúdanos, Virgen de Nazaret, a ser dóciles a la obra del Espíritu Santo, como lo fuiste tú. Ayúdanos a ser cada vez más santos, discípulos enamorados de tu Hijo Jesús. Sostén y acompaña a estos jóvenes, para que sean misioneros alegres e incansables del Evangelio entre sus coetáneos, en todos los lugares de Italia. Amén.


El Papa pronunció las siguientes palabras antes de impartir la bendición  apostólica:

Queridos hermanos y hermanas, estamos para despedirnos de este lugar en el que hemos celebrado los santos misterios, lugar donde se hace memoria de la encarnación del Verbo. El santuario lauretano nos recuerda también hoy que para acoger plenamente la Palabra de vida no basta conservar el don recibido:  también hay que ir, con solicitud, por otros caminos y a otras ciudades, a comunicarlo con gozo y agradecimiento, como la joven María de Nazaret. Queridos jóvenes, conservad en el corazón el recuerdo de este lugar y, como los setenta y dos discípulos designados por Jesús, id con determinación y libertad de espíritu:  comunicad la paz, sostened al débil, preparad los corazones a la novedad de Cristo. Anunciad que el reino de Dios está cerca.

ÁNGELUS

Explanada de Montorso
Domingo 2 de septiembre de 2007

Al final de esta solemne celebración eucarística, recemos, queridos jóvenes, la oración del Ángelus, en comunión espiritual con todos los que están unidos a nosotros a través de la radio y la televisión. Loreto, después de Nazaret, es el lugar ideal para orar meditando en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Por eso, en este momento, invito a todos a acudir juntos, con la mente y con el corazón, al santuario de la Santa Casa, entre aquellas paredes que según la tradición proceden de Nazaret, el lugar en el que la Virgen dijo “sí” a Dios y concibió en su seno al Verbo eterno encarnado.

Por tanto, antes de que se disuelva nuestra asamblea, dejemos por un momento el “ágora”, la plaza, y entremos idealmente en la Santa Casa. Existe una relación recíproca entre la plaza y la casa. La plaza es grande, está abierta, es el lugar del encuentro con los demás, del diálogo, de la confrontación; la casa, en cambio, es el lugar del recogimiento y del silencio interior, donde se puede acoger en profundidad la Palabra. Para llevar a Dios a la plaza hay que interiorizarlo antes en la casa, como María en la Anunciación. Y viceversa, la casa está abierta a la plaza:  lo sugiere también el hecho de que la Santa Casa de Loreto tiene tres paredes y no cuatro: es una casa abierta, abierta al mundo, a la vida, y también a esta “Ágora” de los jóvenes italianos.

Queridos amigos, para Italia es un gran privilegio acoger, en este estupendo rincón de Las Marcas, el santuario de la Santa Casa. Sentíos, con razón, orgullosos de él, y aprovechadlo. En los momentos más importantes de vuestra vida acudid a él, al menos con el corazón, para vivir momentos de recogimiento espiritual entre las paredes de la Santa Casa. Pedid a la Virgen María que os obtenga la luz y la fuerza del Espíritu Santo para responder de forma plena y generosa a la voz de Dios. Entonces llegaréis a ser sus auténticos testigos en la “plaza”, en la sociedad, heraldos de un Evangelio no abstracto, sino encarnado en vuestra vida.

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS FIELES DE LORETO PRESENTES EN LA PLAZA
SITUADA DELANTE DEL SANTUARIO

Domingo 2 de septiembre de 2007

Querido hermano, pastor de esta Iglesia que está en Loreto;
señor alcalde de esta singular ciudad mariana;
queridos fieles:

Gracias por este encuentro, con el que se concluye mi estancia aquí, en Loreto, donde he podido reunirme con numerosísimos jóvenes y vivir juntamente con ellos experiencias de fuerte espiritualidad eucarística y mariana.

Con todo, no podía faltar un momento, aunque sea breve, dedicado expresamente a la comunidad de Loreto. Las amables palabras de vuestro pastor y las de vuestro primer ciudadano han manifestado los sentimientos de estima y afecto que albergáis hacia la persona del Papa. Os doy las gracias de corazón y os saludo a cada uno con gran cordialidad. Gracias por vuestra acogida.

Como ha dicho vuestro alcalde, citando palabras de mi amado predecesor Juan Pablo II, Loreto es también la casa del Papa, y puedo asegurar que aquí, en estas horas, me he sentido realmente en mi casa. Gracias por lo que habéis hecho con el fin de que fuera fructuosa no sólo mi permanencia y la de mis colaboradores, sino también la de los jóvenes del “Ágora”.

En verdad, vosotros, los habitantes de Loreto, ya estáis acostumbrados a estas imponentes reuniones juveniles con el Papa. A este respecto, nos acaban de recordar la de los jóvenes europeos con Juan Pablo II en 1995, llamada “Eurhope”. Estoy seguro de que estos acontecimientos religiosos, así como el flujo diario de peregrinos procedentes de todas las partes de Italia y de otras partes del mundo, más allá de las inevitables molestias que implican necesariamente, constituyen para vosotros una valiosa oportunidad que conviene valorar cada vez más. Son  una invitación constante a crecer en la fe y en la devoción a la Virgen.

No olvidéis nunca el gran privilegio que tenéis de vivir a la sombra de la Santa Casa. Aprovechadlo para mantener con María, nuestra Madre celestial, un diálogo filial lleno de confianza y amor. Además, con vuestra acogida dais a los visitantes y a los devotos un testimonio diario del amor maternal que en este lugar María quiere dispensar a todos sus hijos. La Santa Casa ha de ser, en verdad, el centro y el corazón de vuestra ciudad.

Al despedirme de vosotros, queridos amigos, os pido que transmitáis a vuestras familias mi saludo y la seguridad de que seguiré teniendo presente a Loreto en mi oración. Recordaré a cada uno de sus habitantes y, en particular, a los que sufren y atraviesan dificultades materiales y espirituales. De modo especial recordaré a los enfermos del Hospital, a los que no me ha sido posible visitar, y a los que envío mi afectuoso saludo. Para todos y cada uno invoco una vez más la asistencia maternal de María y, renovándoos la manifestación de mi gratitud, os bendigo a todos con afecto.

Anuncios

Publicado el 1 septiembre, 2015 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: