18-19-20-21/08/2005 – XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD EN COLONIA, ALEMANIA

VIAJE APOSTÓLICO A COLONIA
CON MOTIVO DE LA XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

“Himno Oficial de la XX Jornada de la Juventud”

CEREMONIA DE BIENVENIDA
EN EL AEROPUERTO INTERNACIONAL DE COLONIA/BONN

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Jueves 18 de agosto de 2005

“Vídeo en Alemán”

Señor presidente del República;
ilustres autoridades políticas y civiles;
señores cardenales y venerados hermanos en el episcopado;
queridos ciudadanos de la República federal,
queridísimos jóvenes:

Con inmensa alegría me encuentro hoy, por vez primera después de mi elección a la Cátedra de Pedro, en mi querida patria, Alemania. Sólo puedo repetir lo que afirmé durante una entrevista concedida a Radio Vaticano: considero un amoroso gesto de reconciliación que, sin que yo lo haya querido, mi primer viaje fuera de Italia se realice a mi patria, a Colonia, en un momento, en un lugar y en una ocasión en que se reúnen jóvenes de todo el mundo, de todos los continentes, en que desaparecen las fronteras entre los continentes, entre las culturas, entre las razas y entre las naciones, porque todos somos uno gracias a la estrella que ha brillado para nosotros:  la estrella de la fe en Jesucristo, que nos une y nos muestra el camino, de forma que todos podamos constituir una gran fuerza de paz más allá de todos los confines y de todas las divisiones. Por eso, agradezco de corazón a Dios que  me  haya  concedido comenzar aquí mis viajes pastorales, en mi patria y en una ocasión tan propiciadora de paz.

Así pues, como ha dicho usted, señor presidente, llego a Colonia con una continuidad más profunda con mi grande y amado predecesor, Juan Pablo II, que tuvo la intuición ―podría decir, la inspiración― de las Jornadas mundiales de la juventud, y que así no sólo creó una ocasión de excepcional significado religioso y eclesial, sino también humano, que acerca a los hombres entre sí, más allá de los confines, y contribuye a edificar un futuro común.

Estoy sinceramente agradecido a todos los aquí presentes por la cordial acogida que se me ha dispensado. Saludo con deferencia ante todo al presidente de la República federal, señor Horst Köhler, al que agradezco las corteses palabras de bienvenida que me ha dirigido con todo el corazón. No sabía que un economista podía ser también filósofo y teólogo. ¡Gracias de corazón!
Extiendo mi respetuoso reconocimiento a los representantes del Gobierno, a los miembros del Cuerpo diplomático y a las autoridades civiles y militares; al canciller federal, al presidente de Renania del norte-Westfalia, y a todas las autoridades aquí presentes.

Saludo también con afecto fraterno al pastor de la archidiócesis de Colonia, el cardenal Joachim Meisner, así como a los demás prelados, al presidente de la Conferencia episcopal alemana, el cardenal Lehmann, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los que prestan su valiosa colaboración en las diversas actividades pastorales en las diócesis de lengua alemana. Quisiera abrazar espiritualmente y con afecto en este momento a todos los habitantes de los diversos Länder de la República federal de Alemania.

En estos días de preparación más inmediata para la Jornada mundial de la juventud, las diócesis de Alemania, y en particular la diócesis y la ciudad de Colonia, se han animado con la presencia de tantos jóvenes, procedentes de las diversas partes del mundo. Doy las gracias a todos los que han prestado una colaboración eficiente y generosa para organizar este acontecimiento eclesial de alcance mundial. Pienso en las parroquias, los institutos religiosos, las asociaciones, las organizaciones civiles y las personas privadas, apreciando la sensibilidad demostrada al dar una cálida y adecuada hospitalidad a los millares de peregrinos que han venido desde todos los continentes. Es hermoso que en estas ocasiones reviva la virtud ―casi desaparecida― de la hospitalidad, que pertenece a las virtudes originarias del hombre, y así puedan reunirse personas de todas las condiciones.

La Iglesia que vive en Alemania, así como toda la población de la República federal alemana, pueden enorgullecerse de una amplia y enraizada tradición de apertura mundial, como lo demuestran también las numerosas iniciativas de solidaridad, especialmente en favor de los países en vías de desarrollo.

Con este espíritu de sensibilidad y de acogida para con los que provienen de tradiciones y culturas diferentes, nos preparamos para vivir en Colonia la Jornada mundial de la juventud. El encuentro de tantos jóvenes con el Sucesor de Pedro es un signo de la vitalidad de la Iglesia. Me siento dichoso de estar entre los jóvenes, de apoyar su fe y, si Dios quiere, de animar su esperanza. Al mismo tiempo, estoy seguro de recibir algo de los jóvenes:  su entusiasmo, su sensibilidad y su disponibilidad me sostendrán y me infundirán valentía para proseguir mi camino al servicio de la Iglesia como Sucesor de Pedro y para afrontar los desafíos del futuro. A todos vosotros, aquí presentes, y a cuantos en estas jornadas ricas de acontecimientos han acogido a personas de otras partes del mundo, les envío desde ahora mi más cordial saludo.

Además de los intensos momentos de oración, de reflexión y de fiesta con los jóvenes y con cuantos participarán en las múltiples manifestaciones programadas, tendré la oportunidad de encontrarme con los obispos, a los cuales dirijo ya desde ahora mi saludo fraterno. Me reuniré luego con los representantes de las otras Iglesias y comunidades eclesiales. Visitaré la Sinagoga para encontrarme con la comunidad judía, y acogeré también a los representantes de algunas comunidades islámicas. Se trata de encuentros importantes para impulsar el camino de diálogo y cooperación en el empeño común de construir un futuro más justo y fraterno, que sea realmente digno del ser humano. Todos sabemos cuán necesario es buscar este camino, cuánta necesidad tenemos de este diálogo y de esta cooperación.

En el curso de esta Jornada mundial de la juventud reflexionaremos juntos sobre el tema:  “Hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2). No se puede desaprovechar esta oportunidad para profundizar en el sentido de la existencia humana como “peregrinación” realizada, como camino recorrido con la guía de la “estrella” en busca de Dios. Nos fijaremos juntos en los Magos, los cuales nunca se imaginaron que un día serían peregrinos incluso después de su muerte, que sus reliquias serían llevadas en peregrinación a Colonia.

Contemplaremos a estos personajes que, viniendo de tierras diferentes y lejanas, fueron de los primeros en reconocer en Jesucristo, en el Hijo de la Virgen María, al Mesías prometido, y en postrarse ante él (cf. Mt 2, 1-12). La comunidad eclesial y la ciudad de Colonia están especialmente vinculadas a la memoria de estos personajes emblemáticos.

Como los Magos, todos los creyentes, y particularmente los jóvenes, están llamados a afrontar el camino de la vida buscando la verdad, la justicia y el amor. Debemos buscar esta estrella, debemos seguirla.

Es un camino cuya meta definitiva sólo se puede alcanzar mediante el encuentro con Cristo, un encuentro que no se realiza sin la fe. En este camino interior pueden ayudar los múltiples signos que la amplia y rica tradición cristiana ha dejado de manera indeleble en esta tierra de Alemania:  desde los grandes monumentos históricos hasta las innumerables obras de arte diseminadas por su territorio, desde los documentos conservados en las bibliotecas hasta las tradiciones vividas con gran participación popular, desde los conceptos filosóficos hasta la reflexión teológica de tantos pensadores, desde la herencia espiritual hasta la experiencia mística de multitud de santos. Es un rico patrimonio cultural y espiritual que, todavía hoy, da testimonio en el corazón de Europa de la fecundidad de la fe y de la tradición cristiana, que debemos hacer revivir, porque encierra una nueva fuerza para el futuro.

En particular, la diócesis y la región de Colonia conservan la memoria viva de grandes testigos, que, por decirlo así, están presentes en la peregrinación iniciada por los tres Magos. Pienso en san Bonifacio, en santa Úrsula, en san Alberto Magno y, en tiempos más recientes, en santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y el beato Adolph Kolping. Estos ilustres hermanos nuestros en la fe, que han mantenido en alto la antorcha de la santidad a lo largo de los siglos, son personas que han visto la estrella y la han mostrado a los demás. Que estos santos sean “modelos” y “patronos” de este encuentro nuestro, de la Jornada mundial de la juventud.

Mientras renuevo a todos los presentes mi más sentido agradecimiento por la atenta acogida, ruego a Dios por el camino futuro de la Iglesia y de toda la sociedad en esta República federal de Alemania, a la que tanto quiero. Que su larga historia y los grandes logros sociales, económicos y culturales alcanzados impulsen a proseguir con renovado vigor vuestro camino en un momento de nuevos problemas y dificultades también para los demás pueblos del continente.

Que la Virgen María, que mostró al Niño Jesús a los Magos cuando llegaron a Belén para adorar al Salvador, continúe intercediendo por nosotros, así como desde siglos vela sobre el pueblo de Alemania en tantos santuarios esparcidos por los Länder alemanes. Que Dios bendiga a los aquí presentes, y también a todos los peregrinos y a los habitantes del país. Que Dios proteja a la República federal de Alemania.

FIESTA DE ACOGIDA DE LOS JÓVENES
EN EL EMBARCADERO DEL POLLER RHEINWIESEN, COLONIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Jueves 18 de agosto de 2005

“Vídeo en Alemán”

Queridos jóvenes:

Es una dicha encontrarme con vosotros aquí, en Colonia, a orillas del Rhin. Habéis venido desde varias partes de Alemania, de Europa, del mundo, haciéndoos peregrinos tras los Magos de Oriente. Siguiendo sus huellas, queréis descubrir a Jesús. Habéis aceptado emprender el camino para llegar también vosotros a contemplar, personal y comunitariamente, el rostro de Dios manifestado en el niño acostado en el pesebre. Como vosotros, también yo me he puesto en camino para arrodillarme, con vosotros, ante la blanca Hostia consagrada, en la que los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del mundo. Todos juntos seguiremos meditando sobre el tema de esta Jornada mundial de la juventud:  “Hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2).

Os saludo y os recibo con inmensa alegría, queridos jóvenes, tanto si venís de cerca como de lejos, caminando por las sendas del mundo y los derroteros de vuestra vida. Saludo particularmente a los que han venido de Oriente, como los Magos. Representáis a las incontables muchedumbres de nuestros hermanos y hermanas de la humanidad que esperan, sin saberlo, que aparezca en su cielo la estrella que los conduzca a Cristo, Luz de las gentes, para encontrar en él la respuesta que sacie la sed de sus corazones. Saludo con afecto también a los que estáis aquí y no habéis recibido el bautismo, a los que no conocéis todavía a Cristo o no os reconocéis en la Iglesia. Precisamente a vosotros os invitaba de modo particular a este encuentro el Papa Juan Pablo II; os agradezco que hayáis decidido venir a Colonia.

Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia“Había perdido consciente y deliberadamente la costumbre de rezar”. Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente:  Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el “derecho a hablaros” durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que él ilumine con su luz vuestra mente y toque con su gracia vuestro corazón. En estos días bendecidos con la alegría y el deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo, que os espera.

A llegar hoy a Colonia para participar con vosotros en la XX Jornada mundial de la juventud, me viene espontáneamente el recuerdo emocionado y agradecido del siervo de Dios, tan querido por todos nosotros, Juan Pablo II, que tuvo la idea brillante de convocar a los jóvenes de todo el mundo para celebrar juntos a Cristo, único Redentor del género humano. Gracias al diálogo profundo que se ha desarrollado durante más de veinte años entre el Papa y los jóvenes, muchos de ellos han podido profundizar la fe, establecer lazos de comunión, apasionarse por la buena nueva de la salvación en Jesucristo y proclamarla en muchas partes de la tierra. Este gran Papa supo entender los desafíos que se presentan a los jóvenes de hoy y, confirmando su confianza en ellos, no dudó en impulsarlos a proclamar con valentía el Evangelio y ser constructores intrépidos de la civilización de la verdad, del amor y de la paz.

Ahora me corresponde a mí recoger esta extraordinaria herencia espiritual que nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. Él os ha querido, vosotros le habéis entendido y habéis correspondido con el entusiasmo de vuestra edad. Ahora, todos juntos tenemos el cometido de llevar a la práctica sus enseñanzas. Con este compromiso estamos aquí, en Colonia, peregrinos tras las huellas de los Magos. Según la tradición, en griego sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Mateo refiere en su Evangelio la pregunta que ardía en el corazón de los Magos:  “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (Mt 2, 2). Su búsqueda era el motivo por el cual emprendieron el largo viaje hasta Jerusalén. Por eso soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de volver atrás. Esta era la única pregunta que hacían cuando estaban cerca de la meta.

También nosotros hemos venido a Colonia porque hemos sentido en el corazón, si bien de forma diversa, la misma pregunta que inducía a los hombres de Oriente a ponerse en camino. Es cierto que hoy ya no buscamos a un rey; pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos:  ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida, los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme? ¿A quién confiarme? ¿Dónde está el que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón?

Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Aquel que tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella.
Hay que saber tomar las decisiones necesarias

Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como esta, queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una bifurcación:  ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Los Magos, una vez que oyeron la respuesta “en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta” (Mt 2, 5), decidieron continuar el camino y llegar hasta el final, iluminados por esta palabra. Desde Jerusalén fueron a Belén, es decir, desde la palabra que les había indicado dónde estaba el Rey de los judíos que buscaban, hasta el encuentro con aquel Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También a nosotros se nos dice aquella palabra.

También nosotros hemos de hacer nuestra opción. En realidad, pensándolo bien, esta es precisamente la experiencia que hacemos al participar en cada Eucaristía. En efecto, en cada misa, el encuentro con la palabra de Dios nos introduce en la participación en el misterio de la cruz y resurrección de Cristo y de este modo nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo.
En el altar está presente aquel a quien los Magos vieron acostado entre pajas:  Cristo, el Pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero que da su vida para la salvación de la humanidad. Iluminados por la Palabra, siempre es en Belén ―la “Casa del pan”― donde podremos tener ese encuentro sobrecogedor con la indecible grandeza de un Dios que se ha humillado hasta el punto de hacerse ver en el pesebre y de darse como alimento sobre el altar.

Podemos imaginar el asombro de los Magos ante el Niño en pañales. Sólo la fe les permitió reconocer en la figura de aquel niño al Rey que buscaban, al Dios al que la estrella los había guiado. En él, cubriendo el abismo entre lo finito y lo infinito, entre lo visible y lo invisible, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Misterio se ha dado a conocer, mostrándose ante nosotros en los frágiles miembros de un niño recién nacido. “Los Magos están asombrados ante lo que allí contemplan:  el cielo en la tierra y la tierra en el cielo; el hombre en Dios y Dios en el hombre; ven encerrado en un pequeñísimo cuerpo aquello que no puede ser contenido en todo el mundo” (san Pedro Crisólogo, Sermón 160, 2). Durante estas jornadas, en este “Año de la Eucaristía”, contemplaremos con el mismo asombro a Cristo presente en el Tabernáculo de la misericordia, en el Sacramento del altar.

Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro:  el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro “sí” al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado:  “Quien deja entrar a Cristo (en la propia vida) no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera” (Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de abril de 2005, p. 6). Estad plenamente convencidos:  Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo.

Os invito a que os esforcéis estos días por servir sin reservas a Cristo, cueste lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en vuestro entorno. Que vuestra presencia en esta ciudad sea el primer signo del anuncio del Evangelio mediante el testimonio de vuestro comportamiento y alegría de vivir. Elevemos de nuestro corazón un himno de alabanza y acción de gracias al Padre por tantos bienes que nos ha dado y por el don de la fe que celebraremos juntos, manifestándolo al mundo desde esta tierra del centro de Europa, de una Europa que debe mucho al Evangelio y a los que han dado testimonio de él a lo largo de los siglos.

Ahora iré en peregrinación a la catedral de Colonia para venerar allí las reliquias de los santos Magos, que decidieron abandonar todo para seguir la estrella que los condujo al Salvador del género humano. También vosotros, queridos jóvenes, habéis tenido o tendréis ocasión de hacer la misma peregrinación. Estas reliquias no son más que el signo frágil y pobre de lo que ellos fueron y vivieron hace tantos siglos. Las reliquias nos conducen a Dios mismo; en efecto, es él quien, con la fuerza de su gracia, da a seres frágiles la valentía de testimoniarlo ante el mundo. Cuando la Iglesia nos invita a venerar los restos mortales de los mártires y de los santos, no olvida que, en definitiva, se trata de pobres huesos humanos, pero huesos que pertenecían a personas en las que se ha posado la potencia viva de Dios. Las reliquias de los santos son huellas de esa presencia invisible pero real que ilumina las tinieblas del mundo, manifestando el reino de los cielos que está dentro de nosotros. Proclaman, con nosotros y por nosotros:  “Maranatha” ―”Ven, Señor Jesús”―. Queridos jóvenes, con estas palabras os saludo y os cito para la vigilia del sábado por la tarde.

A todos, ¡hasta luego!

 VISITA A LA CATEDRAL DE COLONIA

SALUDO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Jueves 18 de agosto de 2005

“Vídeo en Alemán”

Queridos hermanos y hermanas:

Es para mí una gran alegría estar esta tarde con vosotros, en esta ciudad de Colonia a la que me unen tantos recuerdos hermosos. En Bonn viví los primeros años de mi carrera académica, años inolvidables, de mi despertar, de mi juventud, de esperanzas antes del Concilio, años en los que vine a menudo a Colonia y aprendí a amar a esta Roma del norte. Aquí se respira la gran historia, y la corriente del río invita a abrirse al mundo. Es un lugar de encuentro, de cultura. Siempre he amado el espíritu, el humorismo, la alegría y la inteligencia de sus habitantes. Además, debo decir, he amado la catolicidad que los habitantes de Colonia llevan en la sangre, pues aquí hay cristianos casi desde hace dos mil años y así la catolicidad ha penetrado en el carácter de sus habitantes, en el sentido de una religiosidad gozosa. Por eso hoy nos alegramos. Colonia puede dar a los jóvenes algo de esta gozosa catolicidad, que es antigua y a la vez joven.

Para mí fue muy hermoso que el arzobispo de entonces, cardenal Frings, me concediera toda su confianza, entablando conmigo una relación de amistad auténticamente paterna. Luego, aunque era yo joven e inexperto, me hizo el gran  don  de llamarme como teólogo suyo y de llevarme a Roma, para que pudiera,  de este modo, participar activamente a su lado en el concilio Vaticano II y vivir de cerca ese acontecimiento extraordinario, un gran acontecimiento histórico, al que contribuí un poco.

También conocí al cardenal Höffner, entonces arzobispo de Munich, con quien también me unió una profunda y viva amistad.

Gracias a Dios, esta red de amistades no se ha roto. También el cardenal Meisner es amigo mío desde hace mucho tiempo, de modo que, comenzando con el cardenal Frings, y continuando con Höffner y Meisner, en Colonia siempre me he sentido en casa.

Ahora quiero expresar mi más profundo agradecimiento a muchas otras personas. En primer lugar, demos gracias a Dios, que nos da este hermoso cielo azul y bendice notablemente estos días.
Demos gracias a la Madre de Dios, que ha tomado en su mano la dirección de la Jornada mundial de la juventud.

Manifiesto mi gratitud al cardenal Meisner y a todos sus colaboradores; al cardenal Lehmann, presidente de la Conferencia episcopal alemana, y a todos los obispos de las diócesis de Alemania, en particular al comité organizador de la Jornada, así como a las diócesis y a las comunidades locales que han acogido a los jóvenes en estos últimos días. Puedo imaginar lo que todo esto significa, la energía empleada y los sacrificios que ha costado, y espero que redunden en el éxito espiritual de esta Jornada mundial de la juventud. Finalmente, he de manifestar mi profunda gratitud a las autoridades civiles y militares, a los responsables municipales y regionales, a los cuerpos de policía y a los agentes de seguridad de Alemania y del Land Renania del norte-Westfalia. En la persona del alcalde de esta ciudad doy las gracias a toda la población de Colonia por la comprensión demostrada ante la “invasión” de tantos jóvenes procedentes de todas las partes del mundo.

COLOGNE, Germany:  Pope Benedict XVI (R) addresses pilgrims outside Cologne’s Cathedral, Germany, 18 August 2005, in front of Cardinal Karl Lehmann, cardinal of the Roman Catholic church, Bishop of Mainz and chairman of the Congregation of the German Bishops, on the first of his groundbreaking four-day visit to his native Germany, his first visit abroad since his election as pope in April. More than 400,000 young Catholics from nearly 200 countries were set to welcome the new pope to the Catholic stronghold of Cologne for the 20th edition of the World Youth Day celebration. AFP PHOTO    THOMAS KIENZLE/POOL  (Photo credit should read THOMAS KIENZLE/AFP/Getty Images)

La ciudad de Colonia no sería lo que es sin los Reyes Magos, que tanto han influido en su historia, su cultura y su fe. En cierto sentido, la Iglesia celebra aquí todo el año la fiesta de la Epifanía. Por eso, antes de saludaros a vosotros, queridos habitantes de Colonia, he querido recogerme unos instantes en oración ante el relicario de los tres Reyes Magos, dando gracias a Dios por su testimonio de fe, de esperanza y de amor.

Como sabéis, en 1164, las reliquias de estos Sabios de Oriente saliendo de Milán y, escoltadas por el arzobispo de Colonia Reinald von Dassel, atravesaron los Alpes hasta llegar a Colonia, donde fueron acogidas con grandes manifestaciones de júbilo. En su peregrinación por Europa, esas reliquias han dejado huellas evidentes, que aún hoy permanecen en los nombres de lugares y en la devoción popular. Los habitantes de Colonia fabricaron para las reliquias de los Reyes Magos el relicario más precioso de todo el mundo cristiano y, como si no bastara, levantaron sobre él un relicario mayor todavía:  la catedral de Colonia. Junto con Jerusalén la “ciudad santa”, con Roma la “ciudad eterna”, con Santiago de Compostela en España, gracias a los Magos, Colonia se ha ido convirtiendo a lo largo de los siglos en uno de los lugares de peregrinación más importantes del occidente cristiano.

No voy a seguir ensalzando a la ciudad de Colonia, aunque sería posible y significativo hacerlo:  llevaría mucho tiempo, porque de Colonia se podrían decir muchísimas cosas grandes y hermosas. Sin embargo, quisiera recordar que aquí veneramos a santa Úrsula y a sus compañeras; que en el año 745 el Santo Padre nombró arzobispo de Colonia a san Bonifacio; que aquí actuó san Alberto Magno, uno de los mayores eruditos de la Edad Media, y que sus restos se veneran en la iglesia de San Andrés; que aquí estudió y enseñó santo Tomás de Aquino, el mayor teólogo de Occidente; que en el siglo XIX Adolfo Kolping fundó numerosas obras sociales; que Edith Stein, judía convertida, vivió aquí en el Carmelo de Colonia, antes de huir al Carmelo de Echt, en Holanda, y de ser deportada a Auschwitz, donde murió mártir.

Con estas figuras, y todas las demás, conocidas o desconocidas, Colonia posee un gran patrimonio de santos. Ahora quisiera decir, al menos, que, por lo que sé, aquí en Colonia, uno de los tres Magos fue identificado como un rey negro de África, de forma que un representante del continente africano fue considerado uno de los primeros testigos de Jesucristo. Además, quisiera añadir que aquí en Colonia han surgido grandes iniciativas ejemplares, cuya acción se ha extendido por todo el mundo, como “Misereor”, “Adveniat” y “Renovabis”.

Ahora estáis aquí vosotros, jóvenes del mundo entero, representantes de aquellos pueblos lejanos que reconocieron a Cristo a través de los Magos y que fueron reunidos en el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que acoge a hombres y mujeres de todas las culturas. Hoy os corresponde a vosotros la tarea de vivir la dimensión universal de la Iglesia. Dejaos inflamar por el fuego del Espíritu, para que se realice entre nosotros un nuevo Pentecostés, que renueve a la Iglesia. Que por vuestra mediación, vuestros coetáneos de todas las partes de la tierra lleguen a reconocer en Cristo la verdadera respuesta a sus esperanzas y se abran a acoger al Verbo de Dios encarnado, que murió y resucitó, para que Dios esté en medio de nosotros y nos dé la verdad, el amor y la alegría que todos anhelamos. Dios bendiga estas jornadas.

VISITA A LA SINAGOGA DE COLONIA

SALUDO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA COMUNIDAD JUDÍA

Viernes 19 de agosto de 2005

“Vídeo en Alemán”

Distinguidas autoridades judías;
amables señoras;
ilustres señores:

Saludo a todos los que han sido ya nombrados. ¡Schalom lêchém! Tras la elección como sucesor del apóstol Pedro, deseaba ardientemente, con ocasión de mi primera visita a Alemania, encontrarme con la comunidad judía de Colonia y los representantes del judaísmo alemán. Quisiera enlazar esta visita con lo ocurrido el 17 de noviembre de 1980, cuando mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, en su primer viaje a Alemania, se encontró en Maguncia con el Comité central judío en Alemania y la Conferencia rabínica. Deseo confirmar también en esta circunstancia mi intención de continuar con empeño el camino hacia una mejora de las relaciones y de la amistad con el pueblo judío, en el que el Papa Juan Pablo II dio pasos decisivos (cf. Discurso a la delegación del Comité judío para consultas interreligiosas, 9 de junio de 2005:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de junio de 2005, p. 5).

La comunidad judía de Colonia puede sentirse realmente “en casa” en esta ciudad. En efecto, esta es la sede más antigua de una comunidad judía en territorio alemán:  como sabemos con precisión, se remonta a la Colonia de la época romana. La historia de las relaciones entre la comunidad judía y la comunidad cristiana es compleja y a menudo dolorosa. Ha habido períodos benditos de buena convivencia, aunque también se ha producido la expulsión de los judíos de Colonia en el año 1424. Después, en el siglo XX, en el tiempo más oscuro de la historia alemana y europea, una demencial ideología racista, de matriz neopagana, dio origen al intento, planeado y realizado sistemáticamente por el régimen, de exterminar el judaísmo europeo:  se produjo así lo que ha pasado a la historia como la Shoá. Sólo en Colonia, las víctimas de este crimen inaudito, y hasta aquel momento también inimaginable, conocidas por su nombre, se elevan a once mil; en realidad, seguramente fueron muchas más. No se reconocía la santidad de Dios, y por eso se menospreció también el carácter sagrado de la vida humana.

Este año se celebra el 60° aniversario de la liberación de los campos de concentración nazis, en los que millones de judíos ―hombres, mujeres y niños― fueron llevados a la muerte en las cámaras de gas e incinerados en los hornos crematorios. Hago mías las palabras escritas por mi venerado Predecesor con ocasión del 60° aniversario de la liberación de Auschwitz y digo también:  “Me inclino ante todos los que experimentaron aquella manifestación del mysterium iniquitatis”. Los acontecimientos terribles de entonces han de “despertar incesantemente las conciencias, extinguir los conflictos y exhortar a la paz” (Mensaje con ocasión del 60° aniversario de la liberación de los prisioneros de Auschwitz, 15 de enero de 2005:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de febrero de 2005, p. 7). Hemos de recordar a la vez a Dios y su sabio proyecto para el mundo por él creado:  él, afirma el libro de la Sabiduría, es “amante de la vida” (Sb 11, 26).

Se cumple también este año el 40° aniversario de la promulgación de la declaración Nostra Aetate del Concilio Ecuménico Vaticano II, que abrió nuevas perspectivas en las relaciones judeocristianas en un clima de diálogo y solidaridad. Esta declaración, en el capítulo cuarto, recuerda nuestras raíces comunes y el rico patrimonio espiritual que comparten judíos y cristianos. Tanto los judíos como los cristianos reconocen en Abraham a su padre común en la fe (cf. Ga 3, 7; Rm 4, 11 s), y hacen referencia a las enseñanzas de Moisés y los profetas. La espiritualidad de los judíos, al igual que la de los cristianos, se alimenta de los Salmos. Como el apóstol san Pablo, los cristianos están convencidos de que “los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11, 29; cf. 9, 6. 1; 11, 1 s). Teniendo en cuenta la raíz judía del cristianismo (cf. Rm 11, 16. 24), mi venerado Predecesor, confirmando una afirmación de los obispos alemanes, dijo:  “Quien se encuentra con Jesucristo se encuentra con el judaísmo” (Discurso a los representantes de la comunidad judía, 17 de noviembre de 1980, n. 1:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de noviembre de 1980, p. 15).

La declaración conciliar Nostra aetate, por tanto, “deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona” (n. 4). Dios nos ha creado a todos “a su imagen” (cf. Gn 1, 27), honrándonos así con una dignidad trascendente. Ante Dios, todos los hombres tienen la misma dignidad, independientemente del pueblo, la cultura o la religión a que pertenezcan. Por esta razón, la declaración Nostra aetate también habla con gran consideración de los musulmanes (cf. n. 3), y de los que pertenecen a otras religiones (cf. n. 2). Fundándose en la dignidad humana común a todos, la Iglesia católica “reprueba, como ajena al espíritu de Cristo, cualquier discriminación o vejación por motivos de raza o color, de condición o religión” (n. 5).

La Iglesia es consciente de que tiene el deber de trasmitir, tanto en la catequesis a los jóvenes como en cada aspecto de su vida, esta doctrina a las nuevas generaciones que no han visto los terribles acontecimientos ocurridos antes y durante la segunda guerra mundial.

Es una tarea especialmente importante porque, desafortunadamente, hoy resurgen nuevos signos de antisemitismo y aparecen diversas formas de hostilidad generalizada hacia los extranjeros. ¿Cómo no ver en eso un motivo de preocupación y cautela? La Iglesia católica se compromete ―lo reafirmo también en esta ocasión― por la tolerancia, el respeto, la amistad y la paz entre todos los pueblos, las culturas y las religiones.

En los cuarenta años transcurridos desde la declaración conciliar Nostra aetate, tanto en Alemania como en el ámbito internacional se ha hecho mucho para mejorar y ahondar las relaciones entre judíos y cristianos. Además de las relaciones oficiales, y gracias sobre todo a la colaboración entre los especialistas en ciencias bíblicas, se han entablado muchas amistades. A este propósito, recuerdo las diversas declaraciones de la Conferencia episcopal alemana y la actividad benéfica de la “Sociedad para la colaboración cristiano-judía de Colonia”, que han contribuido a que la comunidad judía, desde el año 1945, pudiera sentirse nuevamente “en su casa” en Colonia y se estableciera una buena convivencia con las comunidades cristianas. Pero queda aún mucho por hacer. Debemos conocernos recíprocamente mucho más y mejor. Por eso aliento a un diálogo sincero y confiado entre judíos y cristianos:  sólo de este modo será posible llegar a una interpretación compartida sobre cuestiones históricas aún discutidas y, sobre todo, avanzar en la valoración, desde el punto de vista teológico, de la relación entre judaísmo y cristianismo. Este diálogo, para ser sincero, no debe ocultar o minimizar las diferencias existentes:  también en lo que, por nuestras íntimas convicciones de fe, nos distinguen unos de otros y, precisamente en ello, hemos de respetarnos y amarnos recíprocamente.

Finalmente, no debemos mirar sólo hacia atrás, hacia el pasado, sino también hacia adelante, hacia las tareas de hoy y de mañana. Nuestro rico patrimonio común y nuestra relación fraterna inspirada en una confianza creciente, nos obligan a dar conjuntamente un testimonio todavía más concorde, colaborando prácticamente en favor de la defensa y la promoción de los derechos del hombre y el carácter sagrado de la vida humana, de los valores de la familia, de la justicia social y de la paz en el mundo. El Decálogo (cf. Ex 20; Dt 5) es nuestro patrimonio y compromiso común. Los diez mandamientos no son una carga, sino la indicación del camino hacia una vida en plenitud. Lo son particularmente para los jóvenes, que encuentro en estos días y que tengo muy presentes en el corazón. Es mi deseo que sepan reconocer en el Decálogo este fundamento común, la lámpara para sus pasos, la luz en su camino (cf. Sal 119, 105).

Los adultos tienen la responsabilidad de pasar a los jóvenes la antorcha de la esperanza que fue entregada por Dios tanto a los judíos como a los cristianos, para que las fuerzas del mal “nunca más” prevalezcan, y las generaciones futuras, con la ayuda de Dios, puedan  construir un mundo más justo y  pacífico  en  el  que todos los hombres  tengan  el mismo derecho de ciudadanía.

Concluyo con las palabras del salmo 29, que son un deseo y también una oración:  “El Señor dé fuerza a su pueblo, el Señor bendiga a su pueblo con la paz”.

¡Que él nos escuche!

ENCUENTRO CON LOS SEMINARISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Iglesia de San Pantaleón de Colonia

Viernes 19 de agosto de 2005

“Vídeo en Alemán”

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos seminaristas:

Os saludo a todos con gran afecto, agradeciendo vuestra jovial acogida y, sobre todo, el que hayáis venido a este encuentro desde numerosos países de los cinco continentes:  aquí formamos realmente una imagen de la Iglesia católica esparcida por el mundo. Doy gracias ante todo al seminarista, al sacerdote y al obispo que nos han presentado su testimonio personal, y quiero subrayar que me ha impresionado mucho constatar los caminos por los que el Señor ha llevado a estas personas de modo inesperado y contrario a sus proyectos. Gracias de corazón.

Me alegra tener este encuentro con vosotros. He querido que ―como ya se ha dicho― en el programa de estos días en Colonia hubiera un encuentro especial con los jóvenes seminaristas, para resaltar en toda su importancia la dimensión vocacional que desempeña un papel cada vez mayor en las Jornadas mundiales de la juventud. Me parece que la lluvia que está cayendo del cielo es también como una bendición. Sois seminaristas, es decir, jóvenes que con vistas a una importante misión en la Iglesia, se encuentran en un tiempo fuerte de búsqueda de una relación personal con Cristo y del encuentro con él. Esto es el seminario:  más que un lugar, es un tiempo significativo en la vida de un discípulo de Jesús. Imagino el eco que pueden tener en vuestro interior las palabras del lema de esta vigésima Jornada mundial ―“Hemos venido a adorarlo”― y todo el impresionante relato de la búsqueda de los Magos y de su encuentro con Cristo. Cada uno a su modo ―pensemos en los tres testimonios que hemos escuchado― es como ellos una persona que ve una estrella, se pone en camino, experimenta también la oscuridad y, bajo la guía de Dios, puede llegar a la meta. Este pasaje evangélico sobre la búsqueda de los Magos y su encuentro con Cristo tiene un valor singular para vosotros, queridos seminaristas, precisamente porque estáis realizando un proceso de discernimiento ―y este es un verdadero camino― y comprobación de la llamada al sacerdocio. Sobre esto quisiera detenerme a reflexionar con vosotros.

¿Por qué los Magos fueron a Belén desde países lejanos? La respuesta está en relación con el misterio de la “estrella” que vieron “salir” y que identificaron como la estrella del “Rey de los judíos”, es decir, como la señal del nacimiento del Mesías (cf. Mt 2, 2). Por tanto, su viaje fue motivado por una fuerte esperanza, que luego tuvo en la estrella su confirmación y guía hacia el “Rey de los judíos”, hacia la realeza de Dios mismo. Porque este es el sentido de nuestro camino:  servir a la realeza de Dios en el mundo. Los Magos partieron porque tenían un deseo grande que los indujo a dejarlo todo y a ponerse en camino. Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella. Como si aquel viaje hubiera estado siempre inscrito en su destino, que ahora finalmente se cumplía. Queridos amigos, este es el misterio de la llamada, de la vocación; misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirlo más de cerca. El seminarista vive la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de “enamoramiento”. Su corazón, henchido de asombro, le hace decir en la oración:  Señor, ¿por qué precisamente a mí? Pero el amor no tiene un “porqué”, es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo.

El seminario es un tiempo destinado a la formación y al discernimiento. La formación, como bien sabéis, tiene varias dimensiones que convergen en la unidad de la persona:  comprende el ámbito humano, espiritual y cultural. Su objetivo más profundo es el de dar a conocer íntimamente a aquel Dios que en Jesucristo nos ha mostrado su rostro. Por esto es necesario un estudio profundo de la Sagrada Escritura como también de la fe y de la vida de la Iglesia, en la cual la Escritura permanece como palabra viva. Todo esto debe enlazarse con las preguntas de nuestra razón y, por tanto, con el contexto de la vida humana de hoy. Este estudio, a veces, puede parecer pesado, pero constituye una parte insustituible de nuestro encuentro con Cristo y de nuestra llamada a anunciarlo.
Todo contribuye a desarrollar una personalidad coherente y equilibrada, capaz de asumir válidamente la misión presbiteral y llevarla a cabo después responsablemente. El papel de los formadores es decisivo:  la calidad del presbiterio en una Iglesia particular depende en buena parte de la del seminario y, por tanto, de la calidad de los responsables de la formación.

Queridos seminaristas, precisamente por eso rezamos hoy con viva gratitud por todos vuestros superiores, profesores y educadores, que sentimos espiritualmente presentes en este encuentro. Pidamos a Dios que desempeñen lo mejor posible la tarea tan importante que se les ha confiado. El seminario es un tiempo de camino, de búsqueda, pero sobre todo de descubrimiento de Cristo. En efecto, sólo si hace una experiencia personal de Cristo, el joven puede comprender en verdad su voluntad y por lo tanto su vocación. Cuanto más conoces a Jesús, más te atrae su misterio; cuanto más lo encuentras, más fuerte es el deseo de buscarlo. Es un movimiento del espíritu que dura toda la vida, y que en el seminario pasa, como una estación llena de promesas, su “primavera”.

Al llegar a Belén, los Magos, como dice la Escritura, “entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2, 11). He aquí por fin el momento tan esperado:  el encuentro con Jesús. “Entraron en la casa”esta casa representa en cierto modo la Iglesia. Para encontrar al Salvador hay que entrar en la casa, que es la Iglesia. Durante el tiempo del seminario se produce una maduración particularmente significativa en la conciencia del joven seminarista:  ya no ve a la Iglesia “desde fuera”, sino que la siente, por decirlo así, “en su interior”, como “su casa”, porque es casa de Cristo, donde “habita” María, su madre. Y es precisamente la Madre quien le muestra a Jesús, su Hijo, quien se lo presenta; en cierto modo se lo hace ver, tocar, tomar en sus brazos. María le enseña a contemplarlo con los ojos del corazón y a vivir de él. En todos los momentos de la vida en el seminario se puede experimentar esta amorosa presencia de la Virgen, que introduce a cada uno al encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en la oración y en la fraternidad. María ayuda a encontrar al Señor sobre todo en la celebración eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento espiritual cotidiano.

“Y cayendo de rodillas lo adoraron (…); le ofrecieron regalos:  oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11-12). Con esto culmina todo el itinerario:  el encuentro se convierte en adoración, dando lugar a un acto de fe y amor que reconoce en Jesús, nacido de María, al Hijo de Dios hecho hombre. ¿Cómo no ver prefigurado en el gesto de los Magos la fe de Simón Pedro y de los Apóstoles, la fe de Pablo y de todos los santos, en particular de los santos seminaristas y sacerdotes que han marcado los dos mil años de historia de la Iglesia? El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. “Cristo es todo para nosotros”, decía san Ambrosio; y san Benito exhortaba a no anteponer nada al amor de Cristo. Que Cristo sea todo para vosotros.
Especialmente vosotros, queridos seminaristas, ofrecedle a él lo más precioso que tenéis, como sugería el venerado Juan Pablo II en su Mensaje para esta Jornada mundial:  el oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra oración fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo (cf. n. 4).

El seminario es un tiempo de preparación para la misión. Los Magos “se marcharon a su tierra”, y ciertamente dieron testimonio del encuentro con el Rey de los judíos. También vosotros, después del largo y necesario itinerario formativo del seminario, seréis enviados para ser los ministros de Cristo; cada uno de vosotros volverá entre la gente como alter Christus. En el viaje de retorno, los Magos tuvieron que afrontar seguramente peligros, sacrificios, desorientación, dudas… ¡ya no tenían la estrella para guiarlos! Ahora la luz estaba dentro de ellos. Ahora tenían que custodiarla y alimentarla con el recuerdo constante de Cristo, de su rostro santo, de su amor inefable. ¡Queridos seminaristas! Si Dios quiere, también vosotros un día, consagrados por el Espíritu Santo, iniciaréis vuestra misión. Recordad siempre las palabras de Jesús:  “Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Si permanecéis cerca de Cristo, con Cristo y en Cristo, daréis mucho fruto, como prometió. No lo habéis elegido vosotros a él ―como acabamos de escuchar en los testimonios―, sino que él os ha elegido a vosotros (cf. Jn 15, 16). ¡He aquí el secreto de vuestra vocación y de vuestra misión!
Está guardado en el corazón inmaculado de María, que vela con amor materno sobre cada uno de vosotros. Recurrid frecuentemente a ella con confianza. A todos os aseguro mi afecto y mi oración cotidiana, y os bendigo de corazón.

ENCUENTRO ECUMÉNICO

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Arzobispado de Colonia

Viernes 19 de agosto de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

Después de una jornada llena de compromisos permitidme que me dirija a vosotros sentado. Esto no significa que quiera hablar “ex cathedra”. También os pido disculpas por el retraso. Por desgracia las Vísperas han durado más de lo previsto y el tráfico ha sido más lento de lo que se podía imaginar. Ahora deseo expresar mi alegría porque, con ocasión de esta visita a Alemania, puedo encontrarme con vosotros, representantes de las demás Iglesias y comunidades eclesiales, y saludaros cordialmente.

Procediendo yo mismo de este país, conozco bien la penosa situación que la ruptura de la unidad en la profesión de la fe ha implicado para muchas personas y familias. Este es un motivo más por el que, tras mi elección como Obispo de Roma, como Sucesor del apóstol Pedro, manifesté el firme propósito de asumir como una prioridad de mi pontificado el restablecimiento de la unidad de los cristianos, plena y visible. Con ello he querido conscientemente seguir las huellas de mis dos grandes Predecesores:  Pablo VI, que hace ya más de cuarenta años firmó el decreto conciliar sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, y Juan Pablo II, que después hizo de este documento el criterio inspirador de su acción. En el diálogo ecuménico, Alemania tiene, sin duda, un lugar de particular importancia. En efecto, no es sólo el país donde tuvo origen la Reforma; también es uno de los países en los que surgió el movimiento ecuménico del siglo XX. A causa de los flujos migratorios del siglo pasado, también cristianos de las Iglesias ortodoxas y de las antiguas Iglesias del Oriente han encontrado en este país una nueva patria. Esto ha favorecido indudablemente la confrontación y el intercambio, de forma que ahora existe entre nosotros un diálogo con tres interlocutores.

Nos alegramos todos al constatar que el diálogo, con el pasar del tiempo, ha suscitado un redescubrimiento de la hermandad y ha creado entre los cristianos de las diversas Iglesias y comunidades eclesiales un clima más abierto y confiado.

Mi venerado Predecesor, en su encíclica Ut unum sint (1995), indicó precisamente en esto un fruto particularmente significativo del diálogo (cf. nn. 41 s; 64).

Creo que no se debe dar por descontado que nos consideramos realmente hermanos, que nos amamos, que nos sentimos todos testigos de Jesucristo. Esta fraternidad, a mi entender, es en sí misma un fruto muy importante del diálogo, del que debemos alegrarnos y que debemos seguir promoviendo y practicando.

La fraternidad entre los cristianos no es simplemente un vago sentimiento y tampoco nace de una forma de indiferencia con respecto a la verdad. Como usted, ilustre obispo, acaba de decir, se basa en la realidad sobrenatural de un único bautismo, que nos inserta a todos en el único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12, 13; Ga 3, 28; Col 2, 12). Juntos confesamos a Jesucristo como Dios y Señor; juntos lo reconocemos como único mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tm 2, 5), subrayando nuestra común pertenencia a él (cf. Unitatis redintegratio, 22; Ut unum sint, 42). A partir de este fundamento esencial del bautismo, que es una realidad procedente de Cristo, una realidad en el ser y luego en el profesar, en el creer y en el actuar, el diálogo ha dado sus frutos y seguirá haciéndolo. Quisiera mencionar la revisión, auspiciada por el Papa Juan Pablo II durante su primera visita a Alemania, de las condenas recíprocas.

Pienso con un poco de nostalgia en esa primera visita. Yo pude estar presente cuando estábamos juntos en Maguncia en un círculo relativamente pequeño y auténticamente fraterno. Se plantearon algunas preguntas y el Papa elaboró una gran visión teológica, en la que destacaba la reciprocidad. De ese coloquio surgió la comisión episcopal, es decir, eclesial, bajo la responsabilidad de la Iglesia, que con la ayuda de los teólogos llevó al importante resultado de la “Declaración común sobre la doctrina de la justificación”, de 1999, y a un acuerdo sobre cuestiones fundamentales que habían sido objeto de controversias desde el siglo XVI.

Además, hay que reconocer con gratitud los resultados obtenidos en las diversas tomas de posición comunes sobre asuntos importantes, como las cuestiones fundamentales sobre la defensa de la vida y la promoción de la justicia y la paz. Soy consciente de que muchos cristianos en Alemania, y no sólo aquí, se esperan más pasos concretos de acercamiento, y también yo los espero. En efecto, el mandamiento del Señor, pero también la hora presente, impone continuar de modo convencido el diálogo en todos los niveles de la vida de la Iglesia. Obviamente, este debe desarrollarse con sinceridad y realismo, con paciencia y perseverancia, con plena fidelidad al dictamen de la conciencia, con la certeza de que es el Señor quien dona la unidad, que no somos nosotros quienes la creamos, sino que es él quien la concede, pero que nosotros debemos salir a su encuentro.

No pretendo desarrollar aquí un programa de temas inmediatos de diálogo; esto es tarea de los teólogos en colaboración con los obispos:  los teólogos con su conocimiento del problema, y los obispos con su conocimiento de la situación concreta de las Iglesias en nuestro país y en el mundo. Permitidme solamente una observación:  se dice que ahora, después de la aclaración relativa a la doctrina de la justificación, la elaboración de las cuestiones eclesiológicas y de las cuestiones relativas al ministerio es el obstáculo principal que hay que superar. Es verdad, pero debo confesar que a mí no me gusta esa terminología y, desde cierto punto de vista, esta delimitación del problema, pues parece que ahora deberíamos discutir sobre las instituciones y no sobre la palabra de Dios, como si tuviéramos que poner en el centro a nuestras instituciones y hacer una guerra por ellas.

Creo que de este modo el problema eclesiológico, así como el del ministerio, no se afrontan correctamente. La cuestión verdadera es la presencia de la Palabra en el mundo. La Iglesia primitiva, en el siglo II, tomó tres decisiones:  ante todo establecer el canon, subrayando así la soberanía de la Palabra y explicando que no sólo el Antiguo Testamento es “hai grafai”, sino que, juntamente con él, el Nuevo Testamento constituye una sola Escritura y de este modo es para nosotros nuestro verdadero soberano. Pero, al mismo tiempo, la Iglesia formuló la sucesión apostólica, el ministerio episcopal, consciente de que la Palabra y el testigo van juntos, es decir, que la Palabra está viva y presente sólo gracias al testigo y, por decirlo así, recibe de él su interpretación, y que recíprocamente el testigo sólo es tal si da testimonio de la Palabra. Y, por último, la Iglesia añadió un tercer elemento:  la “regula fidei”, como clave de interpretación.

Creo que esta compenetración mutua es objeto de divergencias entre nosotros, aunque nos unen cosas fundamentales. Por tanto, cuando hablamos de eclesiología y de ministerio, deberíamos hablar preferentemente de este entrelazamiento de Palabra, testigo y regla de fe, y considerarlo como cuestión eclesiológica, y por eso, a la vez, también como cuestión de la palabra de Dios, de su soberanía y de su humildad, puesto que el Señor confía su Palabra a los testigos y les encomienda su interpretación, pero que debe regirse siempre por la “regula fidei” y por la seriedad de la Palabra. Perdonadme que haya expresado aquí una opinión personal, pero me parecía oportuno hacerlo.

También las grandes cuestiones éticas que plantea nuestro tiempo constituyen una prioridad urgente en el diálogo ecuménico; en este campo, los hombres de hoy en búsqueda, esperan con razón una respuesta común de los cristianos, que, gracias a Dios, en muchos casos casi se ha encontrado.
Existen tantas declaraciones comunes de la Conferencia episcopal alemana y de la Iglesia evangélica en Alemania, que no podemos por menos de sentirnos agradecidos. Pero, por desgracia, no siempre sucede esto. A causa de las contradicciones en este campo, el testimonio evangélico y la orientación ética que debemos a los fieles y a la sociedad pierden fuerza, asumiendo muchas veces características vagas, y descuidando así nuestro deber de dar a nuestro tiempo el testimonio necesario. Nuestras divisiones contrastan con la voluntad de Jesús y nos desautorizan ante los hombres. Creo que deberíamos esforzarnos con renovada energía y gran empeño por dar un testimonio común en el ámbito de estos grandes desafíos éticos de nuestro tiempo.

Y ahora preguntémonos:  ¿qué significa restablecer la unidad de todos los cristianos? Todos sabemos que existen numerosos modelos de unidad y vosotros sabéis también que la Iglesia católica pretende lograr la plena unidad visible de los discípulos de Jesucristo, tal como la definió el Concilio Ecuménico Vaticano II en varios de sus documentos (cf. Lumen gentium, 8 y 13; Unitatis redintegratio, 2 y 4, etc.). Según nuestra convicción, dicha unidad existe en la Iglesia católica sin posibilidad de que se pierda (cf. Unitatis redintegratio, 4); en efecto, la Iglesia no ha desaparecido totalmente del mundo. Por otra parte, esta unidad no significa lo que se podría llamar ecumenismo de regreso, es decir, renegar y rechazar la propia historia de fe. ¡De ninguna manera! No significa uniformidad en todas las expresiones de la teología y la espiritualidad, en las formas litúrgicas y en la disciplina. Unidad en la multiplicidad y multiplicidad en la unidad. En la homilía en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, el pasado 29 de junio, subrayé que la plena unidad y la verdadera catolicidad, en el sentido originario de la palabra, van juntas. Una condición necesaria para que esta coexistencia tenga lugar es que el compromiso por la unidad se purifique y se renueve continuamente, crezca y madure. El diálogo puede contribuir a lograr este objetivo. El diálogo es más que un intercambio de ideas, más que una empresa académica:  es un intercambio de dones (cf. Ut unum sint, 28), en el que las Iglesias y las comunidades eclesiales pueden poner a disposición su propio tesoro (cf. Lumen gentium, 8 y 15; Unitatis redintegratio, 3 y 14 s; Ut unum sint, 10-14).

Precisamente, gracias a este compromiso, el camino puede continuar paso a paso hasta que, como dice la carta a los Efesios, finalmente “lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud” (Ef 4, 13). Es obvio que un diálogo como este sólo puede llevarse a cabo en un contexto de espiritualidad sincera y coherente. No podemos “hacer” la unidad sólo con nuestras fuerzas. Podemos obtenerla solamente como don del Espíritu Santo. Por tanto, el ecumenismo espiritual, es decir, la oración, la conversión y la santidad de vida, son el corazón del encuentro y del movimiento ecuménico (cf. Unitatis redintegratio, 8; Ut unum sint, 15 s, 21 etc.). También se podría decir que la mejor forma de ecumenismo consiste en vivir según el Evangelio.

También yo deseo recordar, en este contexto, al gran pionero de la unidad, el hermano Roger Schutz, asesinado de modo tan trágico. Yo lo conocía personalmente desde hace mucho tiempo y mantenía una cordial relación de amistad con él. Con frecuencia me visitaba y, como ya dije en Roma, el día en que fue asesinado recibí una carta suya que me ha conmovido mucho porque en ella subrayaba su adhesión a mi camino y me anunciaba que quería venir a encontrarse conmigo. Ahora nos visita desde lo alto y nos habla. Creo que deberíamos escucharlo, escuchar desde dentro su ecumenismo vivido espiritualmente y dejarnos llevar por su testimonio hacia un ecumenismo interiorizado y espiritualizado.

Veo con especial optimismo el hecho de que hoy se está desarrollando una especie de “red”, de conexión espiritual entre católicos y cristianos de las diversas Iglesias y comunidades eclesiales:  cada uno se compromete en la oración, en la revisión de la vida, en la purificación de la memoria, en la apertura a la caridad. El padre del ecumenismo espiritual, Paul Couturier, habló a este respecto de un “claustro invisible”, que acoge en su recinto a estas almas apasionadas de Cristo y de su Iglesia. Estoy convencido de que, si un número creciente de personas se une en su interior a la oración del Señor “para que todos sean uno” (Jn 17, 21), dicha plegaria en el nombre de Jesús no caerá en el vacío (cf. Jn 14, 13; 15, 7. 16 etc.). Con la ayuda que viene de lo alto, encontraremos soluciones practicables en las diversas cuestiones aún abiertas y, al final, el deseo de unidad será colmado cuando y como él quiera. Os invito a todos a recorrer conmigo este camino, conscientes de que estar juntos en camino es un tipo de unidad. Demos gracias a Dios por esto y pidámosle que siga guiándonos a todos.

ENCUENTRO CON LOS REPRESENTANTES
DE COMUNIDADES MUSULMANAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Arzobispado di Colonia

Sábado 20 de agosto de 2005

Queridos amigos musulmanes:

Es para mí motivo de gran alegría acogeros y dirigiros mi cordial saludo. Como sabéis, estoy aquí, en Colonia, para encontrarme con los jóvenes venidos de todas las partes de Europa y del mundo. Los jóvenes son el futuro de la humanidad y la esperanza de las naciones. Mi querido predecesor, el Papa Juan Pablo II, dijo un día a los jóvenes musulmanes reunidos en el estadio de Casablanca, en Marruecos:  “Los jóvenes pueden construir un porvenir mejor si colocan en primer lugar su fe en Dios y si se empeñan en edificar con sabiduría y confianza un mundo nuevo según el plan de Dios” (Discurso, 19 de agosto de 1985, n. 4:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de septiembre de 1985, p. 14). Desde esta perspectiva me dirijo a vosotros, queridos y estimados amigos musulmanes, para compartir con vosotros mis esperanzas y haceros partícipes de mis preocupaciones, en estos momentos particularmente difíciles de la historia de nuestro tiempo.

Estoy seguro de interpretar también vuestro pensamiento al subrayar, entre las preocupaciones, la que nace de la constatación del difundido fenómeno del terrorismo. Sé que muchos de vosotros habéis rechazado con firmeza, y también públicamente, en particular cualquier conexión de vuestra fe con el terrorismo y lo habéis condenado claramente. Os doy las gracias por esto, pues así se fomenta un clima de confianza, muy necesario. Continúan cometiéndose en varias partes del mundo actos terroristas, que arrojan a las personas en el llanto y la desesperación. Los que idean y programan estos atentados demuestran querer envenenar nuestras relaciones y destruir la confianza, recurriendo a todos los medios, incluso a la religión, para oponerse a los esfuerzos de convivencia pacífica y serena. Gracias a Dios, estamos de acuerdo en que el terrorismo, de cualquier origen que sea, es una opción perversa y cruel, que desdeña el derecho sacrosanto a la vida y corroe los fundamentos mismos de toda convivencia civil. Si juntos conseguimos extirpar de los corazones el sentimiento de rencor, contrastar toda forma de intolerancia y oponernos a cada manifestación de violencia, frenaremos la oleada de fanatismo cruel, que pone en peligro la vida de tantas personas, obstaculizando el progreso de la paz en el mundo. La tarea es ardua, pero no imposible. En efecto, el creyente -y todos nosotros, como cristianos y musulmanes, somos creyentes- sabe que puede contar, no obstante su propia fragilidad, con la fuerza espiritual de la oración.

Queridos amigos, estoy profundamente convencido de que hemos de afirmar, sin ceder a las presiones negativas del entorno, los valores del respeto recíproco, de la solidaridad y de la paz. La vida de cada ser humano es sagrada, tanto para los cristianos como para los musulmanes. Tenemos un gran campo de acción en el que hemos de sentirnos unidos al servicio de los valores morales fundamentales. La dignidad de la persona y la defensa de los derechos que de tal dignidad se derivan deben ser el objetivo de todo proyecto social y de todo esfuerzo por llevarlo a cabo. Este es un mensaje confirmado de manera inconfundible por la voz suave pero clara de la conciencia. Un mensaje que se ha de escuchar y hacer escuchar:  si cesara su eco en los corazones, el mundo estaría expuesto a las tinieblas de una nueva barbarie. Sólo se puede encontrar una base de entendimiento reconociendo la centralidad de la persona, superando eventuales contraposiciones culturales y neutralizando la fuerza destructora de las ideologías.

En el encuentro que tuve en abril con los delegados de las Iglesias y comunidades eclesiales y con representantes de diversas tradiciones religiosas, dije:  “Os aseguro que la Iglesia quiere seguir construyendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones, para buscar el verdadero bien de cada persona y de la sociedad entera” (Discurso, 25 de abril de 2005:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de abril de 2005, p. 2). La experiencia del pasado nos enseña que el respeto mutuo y la comprensión, por desgracia, no siempre han caracterizado las relaciones entre cristianos y musulmanes. Cuántas páginas de historia dedicadas a las batallas y las guerras emprendidas invocando, de una parte y de otra, el nombre de Dios, como si combatir al enemigo y matar al adversario pudiera agradarle. El recuerdo de estos tristes acontecimientos debería llenarnos de vergüenza, sabiendo bien cuántas atrocidades se han cometido en nombre de la religión. Las lecciones del pasado han de servirnos para evitar caer en los mismos errores. Nosotros queremos buscar las vías de la reconciliación y aprender a vivir respetando cada uno la identidad del otro. La defensa de la libertad religiosa, en este sentido, es un imperativo constante, y el respeto de las minorías una señal indiscutible de verdadera civilización.

A este propósito, siempre es oportuno recordar lo que los padres del Concilio Vaticano II dijeron sobre las relaciones con los musulmanes. “La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica se refiere de buen grado (…). Si bien en el transcurso de los siglos han surgido no pocas disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes, el santo Sínodo exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua, defiendan y promuevan juntos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres” (Nostra aetate, 3). Estas palabras del Concilio Vaticano II son para nosotros la “carta magna” del diálogo con vosotros, queridos amigos musulmanes, y me alegra que nos hayáis hablado con el mismo espíritu y hayáis confirmado estas intenciones.

Vosotros, estimados amigos, representáis a algunas comunidades musulmanas en este país en que nací, estudié y pasé buena parte de mi vida. Precisamente por eso deseaba encontrarme con vosotros. Guiáis a los creyentes del islam y los educáis en la fe musulmana. La enseñanza es el medio por el que se comunican ideas y convicciones. La palabra es el camino real en la educación de la mente. Tenéis, por tanto, una gran responsabilidad en la formación de las nuevas generaciones. Constato con gratitud el espíritu con que cultiváis esta responsabilidad. Juntos, cristianos y musulmanes, hemos de afrontar los numerosos desafíos que nuestro tiempo nos plantea. No hay espacio para la apatía y el desinterés, y menos aún para la parcialidad y el sectarismo. No podemos ceder al miedo ni al pesimismo. Debemos más bien fomentar el optimismo y la esperanza. El diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una opción temporánea. En efecto, es una necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro. Los jóvenes, procedentes de tantas partes del mundo, están aquí, en Colonia, como testigos vivos de solidaridad, de hermandad y de amor.

Os deseo de todo corazón, queridos y estimados amigos musulmanes, que el Dios misericordioso y compasivo os proteja, os bendiga y os ilumine siempre. El Dios de la paz conforte nuestros corazones, alimente nuestra esperanza y guíe nuestros pasos por los caminos del mundo.

¡Gracias!

VIGILIA CON LOS JÓVENES

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Colonia – Explanada de Marienfeld

Sábado 20 de agosto de 2005

Queridos jóvenes:

En nuestra peregrinación con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado  al  momento  que  san  Mateo  describe así en su evangelio:  “Entraron en la casa (sobre  la  que  se  había detenido la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2, 11). El camino exterior de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida. Porque seguramente se habían imaginado de modo diferente a este Rey recién nacido. Se habían detenido precisamente en Jerusalén para obtener del rey local información sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían que el mundo estaba desordenado y por eso estaban inquietos. Estaban convencidos de que Dios existía, y que era un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído hablar también de las grandes profecías en las que los profetas de Israel habían anunciado un Rey que estaría en íntima armonía con Dios y que, en su nombre y de parte suya, restablecería el orden en el mundo. Se habían puesto en camino para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas personas que “tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5, 6). Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio.

Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa sino en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes -el rey al que habían acudido- le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey ante el que se postraron en adoración era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de como acostumbramos a imaginarlo.
Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos.
Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y así cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto:  el poder de Dios es diferente del poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerlo también a él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo (cf. Mt 26, 53). Al poder estridente y prepotente de este mundo, él contrapone el poder inerme del amor, que en la cruz -y después siempre en la historia- sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.

Habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Este era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración. Una adoración que comprendía también sus presentes –oro, incienso y mirra-, dones que se hacían a un Rey considerado divino. La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a él a la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto tenían razón. Pero ahora aprenden que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos:  un don menor que este es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán:  ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien:  ¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse. Al salir de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.

Queridos amigos, podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros. Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa de Dios, que ha de orientar nuestra vida, suena bien, pero queda algo vago y difuminado. Por eso Dios nos ha dado ejemplos. Los Magos que vienen de Oriente son sólo los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han buscado al Dios que está cerca de nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino. Es la muchedumbre de los santos -conocidos o desconocidos- mediante los cuales el Señor nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas; y lo está haciendo todavía. En sus vidas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejado en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, que está aquí con nosotros en este momento, beatificó y canonizó a un gran número de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. Con estos ejemplos quiso demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo, cómo se vive a la manera de Dios. Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente su propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo.

De este modo, nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han elevado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar -tal vez en el dolor- la palabra de Dios al terminar la obra de la creación:  “Y era muy bueno”. Basta pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo; en los fundadores de las órdenes religiosas del siglo XIX, que animaron y orientaron el movimiento social; o en los santos de nuestro tiempo:  Maximiliano Kolbe, Edith Stein, madre Teresa, padre Pío. Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa “adorar” y lo que quiere decir vivir a medida del Niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo.

Los santos, como hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún:  sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?

Queridos amigos, permitidme que añada sólo dos breves ideas. Muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia. Por tanto, es importante descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el niño de Belén. “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”, dijo Jesús a Felipe (Jn 14, 9). En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Lo seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo.

Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y  nos postramos ante el Jesús que nos muestran las Sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante nosotros. Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo dijo:  es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II, que nos mostró el verdadero rostro de la Iglesia en los numerosos beatos y santos que proclamó, también pidió perdón por el mal causado en el transcurso de la historia por las palabras o los actos de hombres de la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos ha hecho ver nuestra verdadera imagen, y nos ha exhortado a entrar, con todos nuestros defectos y debilidades, en la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse con los Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia que vemos aquí; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo aquí, en Colonia, experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro de  todas  las  partes de la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia.

“Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2, 11).

Queridos amigos, esta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cf. Jn 12, 24). Está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a la peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación, y pidámosle a él que nos guíe.

Amén.

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Colonia – Explanada de Marienfeld

Domingo 21 de agosto de 2005

“Vídeo en Alemán”

Palabras del Papa Benedicto XVI al inicio de la solemne concelebración

Querido cardenal Meisner;
queridos jóvenes:

Quisiera agradecerte cordialmente, querido hermano en el episcopado, tus conmovedoras palabras, que nos introducen tan oportunamente en esta celebración litúrgica. Habría querido recorrer en el coche descubierto toda la explanada, a lo largo y a lo ancho, para estar lo más cerca posible de cada uno.

El mal estado de los pasillos no lo ha permitido. Pero os saludo a cada uno de todo corazón. El Señor ve y ama a cada persona. Todos juntos formamos la Iglesia viva y damos gracias al Señor por esta hora en la que nos dona el misterio de su presencia y la posibilidad de estar en comunión con él.

Todos sabemos que somos imperfectos, que no podemos ser para él una casa adecuada. Por eso comenzamos la santa misa recogiéndonos y rogando al Señor que elimine en nosotros todo lo que nos separa de él y lo que nos separa unos de otros, y así nos conceda celebrar dignamente los santos misterios.

* * *

Queridos jóvenes:

Ante la sagrada Hostia, en la cual Jesús se ha hecho pan para nosotros, que interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6, 35), comenzamos ayer por la tarde el camino interior de la adoración. En la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión. Con la celebración eucarística nos encontramos en aquella “hora” de Jesús, de la cual habla el evangelio de san Juan. Mediante la Eucaristía, esta “hora” suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los discípulos, él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición. Sin embargo, sucede algo nuevo. Da gracias a Dios no solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante la cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los discípulos también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas:  “Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi Sangre”. Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal ―la crucifixión―, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin  es  la  transformación  del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo:  la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto convierte la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior, superada; en ella está ya presente la resurrección. La muerte ha sido, por así decir, profundamente herida, tanto que, de ahora en adelante, no puede ser la última palabra.

Esta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención:  lo que desde lo más íntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porque se entrega realmente a sí mismo.

Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra “adoración” en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.

Volvamos de nuevo a la última Cena. La novedad que allí se verificó, estaba en la nueva profundidad de la antigua oración de bendición de Israel, que ahora se hacía palabra de transformación y nos concedía el poder participar en la “hora” de Cristo. Jesús no nos ha encargado la tarea de repetir la Cena pascual que, por otra parte, en cuanto aniversario, no es repetible a voluntad. Nos ha dado la tarea de entrar en su “hora”. Entramos en ella mediante la palabra del poder sagrado de la consagración, una transformación que se realiza mediante la oración de alabanza, que nos sitúa en continuidad con Israel y con toda la historia de la salvación, y al mismo tiempo nos concede la novedad hacia la cual aquella oración tendía por su íntima naturaleza.

Esta oración, llamada por la Iglesia “plegaria eucarística”, hace presente la Eucaristía. Es palabra de poder, que transforma los dones de la tierra de modo totalmente nuevo en la donación de Dios mismo y que nos compromete en este proceso de transformación. Por eso llamamos a este acontecimiento Eucaristía, que es la traducción de la palabra hebrea beracha, agradecimiento, alabanza, bendición, y asimismo transformación a partir del Señor:  presencia de su “hora”. La hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor. En otras palabras:  es Dios quien ha vencido, porque él es Amor. La hora de Jesús quiere llegar a ser nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la celebración de la Eucaristía, nos dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el Señor pretende. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida.

No se trata de positivismo o ansia de poder, cuando la Iglesia nos dice que la Eucaristía es parte del domingo. En la mañana de Pascua, primero las mujeres y luego los discípulos tuvieron la gracia de ver al Señor. Desde entonces supieron que el primer día de la semana, el domingo, sería el día de él, de Cristo. El día del inicio de la creación sería el día de la renovación de la creación. Creación y redención caminan juntas. Por esto es tan importante el domingo. Está bien que hoy, en muchas culturas, el domingo sea un día libre o, juntamente con el sábado, constituya el denominado “fin de semana” libre. Pero este tiempo libre permanece vacío si en él no está Dios.