19/06/2011 – VISITA PASTORAL A LA DIÓCESIS DE SAN MARINO-MONTEFELTRO

VISITA PASTORAL

A LA DIÓCESIS DE SAN MARINO-MONTEFELTRO

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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Estadio de Serravalle – República de San Marino

Domingo 19 de  junio de 2011

Fiesta de la Santísima Trinidad

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

Es grande mi alegría por poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía y poder dirigiros, queridos sanmarinenses, mi más cordial saludo. Dirijo un saludo especial a los capitanes regentes y a las demás autoridades políticas y civiles, presentes en esta celebración eucarística; saludo con afecto a vuestro obispo, monseñor Luigi Negri, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido, y con él a todos los sacerdotes y fieles de la diócesis de San Marino-Montefeltro; os saludo a cada uno y os expreso mi vivo agradecimiento por la cordialidad y el afecto con que me habéis acogido. He venido para compartir con vosotros alegrías y esperanzas, fatigas y compromisos, ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Sé que aquí tampoco faltan dificultades, problemas y preocupaciones. A todos quiero asegurar mi cercanía y mi recuerdo en la oración, a la que uno mi aliento a perseverar en el testimonio de los valores humanos y cristianos, tan profundamente arraigados en la fe y en la historia de este territorio y de su población, con su fe granítica, de la que ha hablado su excelencia.

Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad: Dios Padre e Hijo y Espíritu Santo, fiesta de Dios, del centro de nuestra fe. Cuando se piensa en la Trinidad, por lo general viene a la mente el aspecto del misterio: son tres y son uno, un solo Dios en tres Personas. En realidad, Dios en su grandeza no puede menos de ser un misterio para nosotros y, sin embargo, él se ha revelado: podemos conocerlo en su Hijo, y así también conocer al Padre y al Espíritu Santo. La liturgia de hoy, en cambio, llama nuestra atención no tanto hacia el misterio, cuanto hacia la realidad de amor contenida en este primer y supremo misterio de nuestra fe. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno, porque Dios es amor, y el amor es la fuerza vivificante absoluta, la unidad creada por el amor es más unidad que una unidad meramente física. El Padre da todo al Hijo; el Hijo recibe todo del Padre con agradecimiento; y el Espíritu Santo es como el fruto de este amor recíproco del Padre y del Hijo. Los textos de la santa misa de hoy hablan de Dios y por eso hablan de amor; no se detienen tanto sobre el misterio de las tres Personas, cuanto sobre el amor que constituye su esencia, y la unidad y trinidad al mismo tiempo.

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El primer pasaje que hemos escuchado está tomado del Libro del Éxodo —sobre él reflexioné en una reciente catequesis del miércoles— y es sorprendente que la revelación del amor de Dios tenga lugar después de un gravísimo pecado del pueblo. Recién concluido el pacto de alianza en el monte Sinaí, el pueblo ya falta a la fidelidad. La ausencia de Moisés se prolonga y el pueblo dice: «¿Dónde está ese Moisés? ¿Dónde está su Dios?», y pide a Aarón que le haga un dios que sea visible, accesible, manipulable, al alcance del hombre, en vez de este misterioso Dios invisible, lejano. Aarón consiente, y prepara un becerro de oro. Al bajar del Sinaí, Moisés ve lo que ha sucedido y rompe las tablas de la alianza, que ya está rota, dos piedras sobre las que estaban escritas las «Diez Palabras», el contenido concreto del pacto con Dios. Todo parece perdido, la amistad ya rota inmediatamente, desde el inicio. Sin embargo, no obstante este gravísimo pecado del pueblo, Dios, por intercesión de Moisés, decide perdonar e invita a Moisés a volver a subir al monte para recibir de nuevo su ley, los diez Mandamientos y renovar el pacto. Moisés pide entonces a Dios que se revele, que le muestre su rostro. Pero Dios no muestra el rostro, más bien revela que está lleno de bondad con estas palabras: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6). Este es el rostro de Dios. Esta auto-definición de Dios manifiesta su amor misericordioso: un amor que vence al pecado, lo cubre, lo elimina. Y podemos estar siempre seguros de esta bondad que no nos abandona. No puede hacernos revelación más clara. Nosotros tenemos un Dios que renuncia a destruir al pecador y que quiere manifestar su amor de una manera aún más profunda y sorprendente precisamente ante el pecador para ofrecer siempre la posibilidad de la conversión y del perdón.

El Evangelio completa esta revelación, que escuchamos en la primera lectura, porque indica hasta qué punto Dios ha mostrado su misericordia. El evangelista san Juan refiere esta expresión de Jesús: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (3, 16). En el mundo reina el mal, el egoísmo, la maldad, y Dios podría venir para juzgar a este mundo, para destruir el mal, para castigar a aquellos que obran en las tinieblas. En cambio, muestra que ama al mundo, que ama al hombre, no obstante su pecado, y envía lo más valioso que tiene: su Hijo unigénito. Y no sólo lo envía, sino que lo dona al mundo. Jesús es el Hijo de Dios que nació por nosotros, que vivió por nosotros, que curó a los enfermos, perdonó los pecados y acogió a todos. Respondiendo al amor que viene del Padre, el Hijo dio su propia vida por nosotros: en la cruz el amor misericordioso de Dios alcanza el culmen. Y es en la cruz donde el Hijo de Dios nos obtiene la participación en la vida eterna, que se nos comunica con el don del Espíritu Santo. Así, en el misterio de la cruz están presentes las tres Personas divinas: el Padre, que dona a su Hijo unigénito para la salvación del mundo; el Hijo, que cumple hasta el fondo el designio del Padre; y el Espíritu Santo —derramado por Jesús en el momento de la muerte— que viene a hacernos partícipes de la vida divina, a transformar nuestra existencia, para que esté animada por el amor divino.

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Queridos hermanos y hermanas, la fe en el Dios uno y trino ha caracterizado, en el curso de su historia antigua y gloriosa, también a esta Iglesia de San Marino-Montefeltro. La evangelización de esta tierra se atribuye a los santos canteros Marino y León, los cuales a mediados del siglo III después de Cristo habrían desembarcado en Rímini procedentes de la Dalmacia. Por su santidad de vida fueron consagrados, uno sacerdote y el otro diácono, por el obispo Gaudencio, el cual los envió tierra adentro, uno al monte Féretro, que después tomó el nombre de San León, y el otro al monte Titán, que después tomó el nombre de San Marino. Más allá de las cuestiones históricas —que no nos corresponde profundizar— interesa afirmar que Marino y León trajeron, en el contexto de esta realidad local, junto con la fe en el Dios revelado en Jesucristo, perspectivas y valores nuevos, determinando el nacimiento de una cultura y de una civilización centradas en la persona humana, imagen de Dios y, por eso, portadora de derechos anteriores a toda legislación humana. La variedad de las diversas etnias —romanos, godos y luego longobardos— que entraban en contacto entre sí, algunas veces incluso de modo conflictivo, encontraron en la común referencia a la fe un factor poderoso de edificación ética, cultural, social y, de algún modo, política. Era evidente a sus ojos que no podía considerarse realizado un proyecto de civilización hasta que todos los componentes del pueblo no se hubieran convertido en una comunidad cristiana viva, bien estructurada y edificada sobre la fe en el Dios uno y trino. Con razón, pues, se puede decir que la riqueza de este pueblo, vuestra riqueza, queridos sanmarinenses, ha sido y es la fe, y que esta fe ha creado una civilización verdaderamente única. Además de la fe, es necesario recordar la absoluta fidelidad al Obispo de Roma, al que esta Iglesia siempre ha mirado con devoción y afecto; así como la atención demostrada hacia la gran tradición de la Iglesia oriental y la profunda devoción a la Virgen María.

Vosotros, con razón, os sentís orgullosos y agradecidos por lo que el Espíritu Santo ha obrado a lo largo de los siglos en vuestra Iglesia. Pero también sabéis que el mejor modo de apreciar una herencia es cultivarla y enriquecerla. En realidad estáis llamados a desarrollar este precioso depósito en uno de los momentos más decisivos de la historia. Hoy, vuestra misión tiene que afrontar profundas y rápidas transformaciones culturales, sociales, económicas y políticas, que han determinado nuevas orientaciones y han modificado mentalidades, costumbres y sensibilidades. De hecho, aquí, como en otros lugares, tampoco faltan dificultades y obstáculos, sobre todo debidos a modelos hedonísticos que ofuscan la mente y amenazan con anular toda moralidad. Se ha insinuado la tentación de considerar que la riqueza del hombre no es la fe, sino su poder personal y social, su inteligencia, su cultura y su capacidad de manipulación científica, tecnológica y social de la realidad. Así, también en estas tierras, se ha comenzado a sustituir la fe y los valores cristianos con presuntas riquezas, que se revelan, al final, inconsistentes e incapaces de sostener la gran promesa de lo verdadero, de lo bueno, de lo bello y de lo justo que durante siglos vuestros antepasados identificaron con la experiencia de la fe. Y no conviene olvidar la crisis de no pocas familias, agravada por la generalizada fragilidad psicológica y espiritual de los cónyuges, así como la dificultad que experimentan muchos educadores para obtener continuidad formativa en los jóvenes, condicionados por múltiples precariedades, la primera de las cuales es el papel social y la posibilidad de encontrar un trabajo.

Queridos amigos, conozco bien el empeño de todos los componentes de esta Iglesia particular para promover la vida cristiana en sus diversos aspectos. Exhorto a todos los fieles a ser como fermento en el mundo, mostrándose, tanto en Montefeltro como en San Marino, cristianos presentes, emprendedores y coherentes. Que los sacerdotes, los religiosos y las religiosas vivan siempre en la más cordial y efectiva comunión eclesial, ayudando y escuchando al pastor diocesano. También entre vosotros se advierte la urgencia de una recuperación de las vocaciones sacerdotales y de especial consagración: hago un llamamiento a las familias y a los jóvenes, para que abran su alma a una pronta respuesta a la llamada del Señor. ¡Nunca nos arrepentiremos de ser generosos con Dios! A vosotros, laicos, os recomiendo que os comprometáis activamente en la comunidad, de modo que, junto a vuestras peculiares obligaciones cívicas, políticas, sociales y culturales, podáis encontrar tiempo y disponibilidad para la vida de la fe, para la vida pastoral. Queridos sanmarinenses, permaneced firmemente fieles al patrimonio construido a lo largo de los siglos por impulso de vuestros grandes patronos, Marino y León. Invoco la bendición de Dios sobre vuestro camino de hoy y de mañana, y a todos os encomiendo «a la gracia de nuestro Señor Jesucristo, al amor de Dios y a la comunión del Espíritu Santo» (2 Co 13, 13). Amén.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Estadio de Serravalle – República de San Marino

Domingo 19 de  junio de 2011

Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

Mientras nos preparamos para concluir esta celebración, la hora del mediodía nos invita a dirigirnos en oración a la Virgen María. También en esta tierra, nuestra Madre santísima es venerada en muchos santuarios, antiguos y modernos. A ella os encomiendo a todos vosotros y a toda la población de San Marino y Montefeltro, de manera particular a las personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu. Un pensamiento de especial agradecimiento dirijo en este momento a todos los que han colaborado en la preparación y organización de esta visita. ¡Gracias de corazón!

Me alegra recordar que hoy en Dax, Francia, es proclamada beata sor Margarita Rutan, Hija de la Caridad. En la segunda mitad del siglo XVIII, trabajó con gran empeño en el hospital de Dax, pero, en las trágicas persecuciones que siguieron a la Revolución, fue condenada a muerte por su fe católica y por su fidelidad a la Iglesia.

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Participo espiritualmente en la alegría de las Hijas de la Caridad y de todos los fieles que, en Dax, participan en la beatificación de sor Margarita Rutan, testigo luminosa del amor de Cristo a los pobres.

Por último, deseo recordar que mañana se celebra la Jornada mundial del refugiado. En esta circunstancia, este año se celebra el sexagésimo aniversario de la adopción de la Convención internacional que tutela a quienes son perseguidos y se ven forzados a huir de sus propios países. Invito, por tanto, a las autoridades civiles y a todas las personas de buena voluntad a garantizar acogida y condiciones dignas de vida a los refugiados, esperando que puedan volver a su patria libremente y con seguridad.

ENCUENTRO OFICIAL CON LOS MIEMBROS DEL GOBIERNO,

DEL CONGRESO Y DEL CUERPO DIPLOMÁTICO

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Sala del Gran y General Consejo del Palacio Público – República de San Marino

Domingo 19 de junio de 2011

“Vídeo en Italiano”

Serenísimos capitanes regentes,

ilustres señores y señoras:

Os agradezco de corazón vuestra acogida; de manera particular expreso mi agradecimiento a los capitanes regentes, también por las amables palabras que me han dirigido. Saludo a los miembros del Gobierno y del Congreso, así como al Cuerpo diplomático y a todas las demás autoridades aquí reunidas. Al dirigirme a vosotros, abrazo idealmente a todo el pueblo de San Marino. Desde su nacimiento, esta República ha mantenido cordiales relaciones con la Sede apostólica, y en los últimos tiempos se han ido intensificando y consolidando. Mi presencia aquí, en el corazón de esta antigua República, expresa y confirma esta amistad.

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Hace más de diecisiete siglos, un grupo de fieles, conquistados al Evangelio por la predicación del diácono Marino y por su testimonio de santidad, se congregó en torno a él para dar vida a una nueva comunidad. Recogiendo esta preciosa herencia, los sanmarinenses han permanecido siempre fieles a los valores de la fe cristiana, anclando sólidamente en ellos su convivencia pacífica, según criterios de democracia y de solidaridad. A lo largo de los siglos, vuestros padres, conscientes de estas raíces cristianas, supieron hacer fructificar el gran patrimonio moral y cultural que a su vez habían recibido, dando vida a un pueblo laborioso y libre, que, a pesar de lo exiguo del territorio, no ha dejado de ofrecer a las poblaciones confinantes de la península italiana y al mundo entero una contribución específica de civilización, caracterizada por la convivencia pacífica y el respeto mutuo.

Dirigiéndome hoy a vosotros, me alegro por vuestra adhesión a este patrimonio de valores, y os exhorto a conservarlo y a valorizarlo, porque se encuentra en la base de vuestra identidad más profunda, una identidad que pide a la gente y a las instituciones sanmarinenses que la asuman en plenitud. Gracias a ella, se puede construir una sociedad atenta al verdadero bien de la persona humana, a su dignidad y libertad, y capaz de salvaguardar el derecho de todo pueblo a vivir en paz. Son estos los fundamentos de la sana laicidad, dentro de la cual deben actuar las instituciones civiles, en su constante compromiso en defensa del bien común. La Iglesia, respetuosa de la legítima autonomía de la que debe gozar el poder civil, colabora con él, al servicio del hombre, en la defensa de sus derechos fundamentales, de aquellas instancias éticas que están inscritas en su misma naturaleza. Por eso la Iglesia se compromete para que las legislaciones civiles promuevan y tutelen siempre la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural. Además, pide para la familia el debido reconocimiento y un apoyo efectivo. De hecho, sabemos bien que en el contexto actual se pone en tela de juicio la institución familiar, casi en un intento de ignorar su irrenunciable valor. Los que sufren las consecuencias son los grupos sociales más débiles, especialmente las generaciones jóvenes, más vulnerables y por eso más fácilmente expuestas a la desorientación, a situaciones de auto-marginación y a la esclavitud de las dependencias. A veces, a las realidades educativas les resulta difícil dar respuestas adecuadas a los jóvenes y, faltando el apoyo familiar, a menudo estos no pueden insertarse normalmente en el tejido social. También por esto es importante reconocer que la familia, tal como Dios la ha constituido, es el principal sujeto que puede favorecer un crecimiento armonioso y hacer que maduren personas libres y responsables, formadas en los valores profundos y perennes.

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En el momento de dificultades económicas en que se encuentra también la comunidad sanmarinense, en el contexto italiano e internacional, mi palabra quiere ser una palabra de aliento. Sabemos que los años sucesivos a la segunda guerra mundial fueron un tiempo de estrecheces económicas, que obligó a miles de vuestros conciudadanos a emigrar. Vino después un periodo de prosperidad, gracias al desarrollo del comercio y del turismo, especialmente el estival favorecido por la cercanía de la costa adriática. En estas fases de relativa abundancia a menudo se verifica una cierta pérdida del sentido cristiano de la vida y de los valores fundamentales. Sin embargo, la sociedad sanmarinense manifiesta todavía una buena vitalidad y conserva sus mejores energías; lo prueban las múltiples iniciativas caritativas y de voluntariado a las que se dedican muchos conciudadanos vuestros. Quiero recordar también a los numerosos misioneros sanmarinenses, laicos y religiosos, que en las últimas décadas han salido de esta tierra para llevar el Evangelio de Cristo a varias partes del mundo. No faltan, por tanto, las fuerzas positivas que permitirán a vuestra comunidad afrontar y superar la actual situación de dificultad. A este respecto, espero que la cuestión de los trabajadores fronterizos, que ven en peligro su empleo, se pueda resolver teniendo en cuenta el derecho al trabajo y la tutela de las familias.

También en la República de San Marino, la actual situación de crisis impulsa a volver a proyectar el camino y es ocasión de discernimiento (cf. Caritas in veritate, 21), pues pone a todo el tejido social ante la impelente exigencia de afrontar los problemas con valentía y sentido de responsabilidad, con generosidad y empeño, haciendo referencia a aquel amor a la libertad que distingue a vuestro pueblo. En este contexto, quiero repetiros las palabras que dirigió el beato Juan XXIII a los regentes de la República de San Marino durante una visita oficial que realizaron a la Santa Sede: «El amor a la libertad —dijo el Papa Juan XXIII— goza entre vosotros de raíces exquisitamente cristianas, y vuestros padres, percibiendo su verdadero significado, os enseñaron a no separar nunca su nombre del de Dios, que es su fundamento insustituible» (Discorsi, Messaggi, Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, I, 341-343:AAS 60 [1959] 423-424). Esta advertencia del gran Papa sigue conservando hoy su valor imperecedero: la libertad que las instituciones están llamadas a promover y a defender en el ámbito social, manifiesta una libertad más grande y profunda, la libertad animada por el Espíritu de Dios, cuya presencia vivificante en el corazón del hombre da a la voluntad la capacidad de orientarse y de decidirse por el bien. Como afirma el apóstol san Pablo: «Porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar, para realizar su designio de amor» (Flp 2, 13). Y san Agustín, comentando este pasaje subraya: «Es cierto que somos nosotros los que queremos, cuando queremos; pero el que hace que queramos el bien es él», es Dios, y añade: «Por el Señor serán dirigidos los pasos del hombre y el hombre querrá seguir su camino» (De gratia et libero arbitrio, 16, 32).

Por tanto, a vosotros, distinguidos señores y señoras, os corresponde la tarea de construir la ciudad terrena con la debida autonomía y respetando los principios humanos y espirituales a los que cada ciudadano está llamado a adherirse con toda la responsabilidad de su conciencia personal; y, al mismo tiempo, el deber de seguir trabajando activamente para construir una comunidad fundada en valores compartidos. Serenísimos capitanes regentes e ilustres autoridades de la República de San Marino, expreso de corazón el deseo de que toda vuestra comunidad, compartiendo los valores civiles y con sus específicas peculiaridades culturales y religiosas, escriba una nueva y noble página de historia y sea cada vez más una tierra en la que prosperen la solidaridad y la paz. Con estos sentimientos encomiendo este amado pueblo a la intercesión maternal de la Virgen de las Gracias y de corazón invoco sobre todos y cada uno la bendición apostólica.

ENCUENTRO CON LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS

DE SAN MARINO-MONTEFELTRO

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Atrio de la Catedral de Pennabilli

Domingo 19 de junio 2011

“Vídeo en Italiano”

Queridos jóvenes:

Me alegra mucho estar hoy en medio de vosotros y con vosotros. Siento toda vuestra alegría y el entusiasmo que caracterizan a vuestra edad. Saludo y expreso mi agradecimiento a vuestro obispo, monseñor Luigi Negri, por las cordiales palabras de acogida, y a vuestro amigo que se ha hecho intérprete de los pensamientos y sentimientos de todos, y ha formulado algunas preguntas muy serias e importantes. Espero que a lo largo de esta exposición mía se hallen los elementos para encontrar las respuestas a esas preguntas. Saludo con afecto a los sacerdotes, a las religiosas, a los animadores que comparten con vosotros el camino de la fe y de la amistad; y naturalmente también a vuestros padres, que se alegran al veros crecer fuertes en el bien.

Nuestro encuentro aquí, en Pennabilli, ante esta catedral, corazón de la diócesis, y en esta plaza, nos remite con el pensamiento a los numerosos y diversos encuentros de Jesús que nos narran los Evangelios. Hoy quiero recordar el célebre episodio en que el Señor se hallaba en camino y uno —un joven— le salió al encuentro y, arrodillándose, le planteó esta pregunta: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Mc 10, 17). Nosotros tal vez hoy no lo expresaríamos así, pero el sentido de la pregunta es precisamente: ¿qué debo hacer, cómo debo vivir para vivir realmente, para encontrar la vida? Así pues, dentro de esta pregunta podemos ver encerrada la amplia y variada experiencia humana que se abre a la búsqueda del significado, del sentido profundo de la vida: ¿cómo vivir?, ¿por qué vivir? De hecho, la «vida eterna», a la que se refiere ese joven del Evangelio, no indica solamente la vida después de la muerte, no quiere saber sólo cómo llegar al cielo. Quiere saber: ¿cómo debo vivir ahora para tener ya la vida que puede ser luego también eterna? Por tanto, en esta pregunta el joven manifiesta la exigencia de que la existencia diaria encuentre sentido, plenitud, verdad. El hombre no puede vivir sin esta búsqueda de la verdad sobre sí mismo —quién soy yo, para qué debo vivir—, una verdad que impulse a abrir el horizonte y a ir más allá de lo que es material, no para huir de la realidad, sino para vivirla de una forma aún más verdadera, más rica de sentido y de esperanza, y no sólo en la superficialidad. Creo que esta es también vuestra experiencia —y lo he visto y escuchado en las palabras de vuestro amigo—. Los grandes interrogantes que llevamos en nuestro interior permanecen siempre, renacen siempre:

¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿para quién vivimos? Y estas preguntas son el signo más alto de la trascendencia del ser humano y de la capacidad que tenemos de no quedarnos en la superficie de las cosas. Y es precisamente mirándonos a nosotros mismos con verdad, con sinceridad y con valentía como intuimos la belleza, pero también la precariedad de la vida y sentimos una insatisfacción, una inquietud que ninguna realidad concreta logra colmar. Con frecuencia, al final todas las promesas se muestran insuficientes.

Queridos amigos, os invito a tomar conciencia de esta sana y positiva inquietud; a no tener miedo de plantearos las preguntas fundamentales sobre el sentido y sobre el valor de la vida. No os quedéis en las respuestas parciales, inmediatas, ciertamente más fáciles en un primer momento y más cómodas, que pueden dar algunos ratos de felicidad, de exaltación, de embriaguez, pero que no os llevan a la verdadera alegría de vivir, la que nace de quien construye —como dice Jesús— no sobre arena, sino sobre sólida roca. Así pues, aprended a reflexionar, a leer de modo no superficial, sino en profundidad, vuestra experiencia humana: descubriréis, con asombro y con alegría, que vuestro corazón es una ventana abierta al infinito. Esta es la grandeza del hombre y también su dificultad. Una de las falsas ilusiones producidas en el curso de la historia ha sido la de pensar que el progreso técnico-científico, de modo absoluto, podría dar respuestas y soluciones a todos los problemas de la humanidad. Y vemos que no es así. En realidad, aunque eso hubiera sido posible, nada ni nadie habría podido eliminar los interrogantes más profundos sobre el significado de la vida y de la muerte, sobre el significado del sufrimiento, de todo, porque estos interrogantes están inscritos en el alma humana, en nuestro corazón, y rebasan el ámbito de las necesidades. El hombre, incluso en la era del progreso científico y tecnológico —que nos ha dado tanto— sigue siendo un ser que desea más, más que la comodidad y el bienestar; sigue siendo un ser abierto a toda la verdad de su existencia, que no puede quedarse en las cosas materiales, sino que se abre a un horizonte mucho más amplio.

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Todo esto vosotros lo experimentáis continuamente cada vez que os preguntáis ¿por qué? Cuando contempláis un ocaso, o cuando una música mueve vuestro corazón y vuestra mente; cuando experimentáis lo que quiere decir amar de verdad; cuando sentís fuertemente el sentido de la justicia y de la verdad, y cuando sentís también la falta de justicia, de verdad y de felicidad.

Queridos jóvenes, la experiencia humana es una realidad que nos aúna a todos, pero a la que se le pueden dar diversos niveles de significado. Y es aquí donde se decide de qué modo orientar la propia vida y se elige a quién confiarla, en quién confiar. Siempre existe el peligro de quedar aprisionados en el mundo de las cosas, de lo inmediato, de lo relativo, de lo útil, perdiendo la sensibilidad por lo que se refiere a nuestra dimensión espiritual. No se trata, de ninguna manera, de despreciar el uso de la razón o de rechazar el progreso científico; todo lo contrario. Se trata más bien de comprender que cada uno de nosotros no está hecho sólo de una dimensión «horizontal», sino que comprende también la dimensión «vertical». Los datos científicos y los instrumentos tecnológicos no pueden sustituir al mundo de la vida, a los horizontes de significado y de libertad, o a la riqueza de las relaciones de amistad y de amor.

Queridos jóvenes, precisamente en la apertura a la verdad integral de nosotros mismos y del mundo descubrimos la iniciativa de Dios con respecto a nosotros. Él sale al encuentro de cada hombre y le da a conocer el misterio de su amor. En el Señor Jesús, que murió y resucitó por nosotros y nos dio el Espíritu Santo, somos incluso partícipes de la vida misma de Dios, pertenecemos a la familia de Dios. En él, en Cristo, podéis encontrar las respuestas a los interrogantes que acompañan vuestro camino, no de modo superficial, fácil, sino caminando con Jesús, viviendo con Jesús. El encuentro con Cristo no se limita a la adhesión a una doctrina, a una filosofía, sino que lo que él os propone es compartir su misma vida y así aprender a vivir, aprender lo que es el hombre, lo que soy yo. A aquel joven que le preguntó qué debía hacer para entrar en la vida eterna, es decir, para vivir de verdad, Jesús le responde invitándolo a renunciar a sus bienes y añade: «¡Ven y sígueme!» (Mc 10, 21). La palabra de Cristo muestra que vuestra vida encuentra significado en el misterio de Dios, que es Amor: un Amor exigente, profundo, que va más allá de la superficialidad. ¿Qué sería vuestra vida sin este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos, cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza! Cristo mismo, que bajó a las profundidades de la muerte y resucitó, es la esperanza en persona, es la Palabra definitiva pronunciada en nuestra historia, es una palabra positiva.

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No temáis afrontar las situaciones difíciles, los momentos de crisis, las pruebas de la vida, porque ¡el Señor os acompaña, está con vosotros! Os animo a crecer en la amistad con él a través de la lectura frecuente del Evangelio y de toda la Sagrada Escritura, la participación fiel en la Eucaristía como encuentro personal con Cristo, el compromiso dentro de la comunidad eclesial, el camino con un buen director espiritual. Transformados por el Espíritu Santo, podréis experimentar la auténtica libertad, que es tal cuando está orientada al bien. De este modo vuestra vida, animada por una búsqueda continua del rostro del Señor y por la voluntad sincera de entregaros vosotros mismos, será para muchos coetáneos vuestros un signo, una llamada elocuente a hacer que el deseo de plenitud que todos tenemos se realice finalmente en el encuentro con el Señor Jesús. ¡Dejad que el misterio de Cristo ilumine toda vuestra persona! Entonces podréis llevar a los distintos ambientes la novedad que puede cambiar las relaciones, las instituciones, las estructuras, para construir un mundo más justo y solidario, animado por la búsqueda del bien común. ¡No cedáis a lógicas individualistas y egoístas! Que os conforte el testimonio de tantos jóvenes que han alcanzado la meta de la santidad: pensad en santa Teresa del Niño Jesús, en santo Domingo Savio, en santa María Goretti, en el beato Pier Giorgio Frassati, en el beato Alberto Marvelli —originario de esta tierra— y en tantos otros, para nosotros desconocidos, pero que vivieron su tiempo en la luz y en la fuerza del Evangelio, y encontraron la respuesta a cómo vivir, a qué debo hacer para vivir.

Al concluir este encuentro, quiero encomendaros a cada uno de vosotros a la Virgen María, Madre de la Iglesia. Como ella, pronunciad y renovad vuestro «sí» y alabad siempre al Señor con vuestra vida, porque él os da palabras de vida eterna. ¡Ánimo!, por tanto, queridos jóvenes y queridas jóvenes, en vuestro camino de fe y de vida cristiana; también yo estoy cerca de vosotros y os acompaño con mi bendición. Gracias por vuestra atención.

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Publicado el 19 junio, 2015 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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