14-15/06/2008 – VISITA PASTORAL A SANTA MARÍA DE LEUCA Y BRINDISI

VISITA PASTORAL A SANTA MARÍA DE LEUCA Y BRINDISI

MISA EN EL SANTUARIO DE SANTA MARÍA “DE FINIBUS TERRAE”

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Santa María de Leuca
Sábado 14 de junio de 2008

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Queridos hermanos y hermanas:

Mi visita a Puglia —la segunda, después del Congreso eucarístico de Bari— comienza como peregrinación mariana, en este borde extremo de Italia y de Europa, en el santuario de Santa María de finibus terrae. Con gran alegría os saludo afectuosamente a todos. Doy gracias con afecto al obispo, mons. Vito De Grisantis, por haberme invitado y por la cordial acogida. Saludo a los demás obispos de la región, en particular al arzobispo metropolitano de Lecce, mons. Cosmo Francesco Ruppi, así como a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles. También saludo con gratitud al ministro Raffaele Fitto, en representación del Gobierno italiano, y a las diversas autoridades civiles y militares presentes.

En este lugar de tanta importancia histórica para el culto de la santísima Virgen María, he querido que la liturgia estuviera dedicada a ella, Estrella del mar y Estrella de esperanza. “Ave maris stella, Dei Mater alma, atque semper virgo, felix caeli porta!”. Las palabras de este antiguo himno son un saludo que recuerda de algún modo el del ángel en Nazaret. Todos los títulos marianos son como joyas y flores que han brotado del primer nombre con el que el mensajero celestial se dirigió a la Virgen: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28).

Lo hemos escuchado en el evangelio según san Lucas, muy apropiado porque este santuario —como lo atestigua la lápida situada sobre la puerta central del atrio— está dedicado a la Virgen santísima de la Anunciación. Cuando Dios llamó a María “llena de gracia”, se encendió para el género humano la esperanza de salvación: una hija de nuestro pueblo encontró gracia a los ojos del Señor, que la escogió para ser Madre del Redentor. En la sencillez de la casa de María, en una pobre aldea de Galilea, comenzó a realizarse la solemne profecía de la salvación: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tú acechas su calcañar” (Gn 3, 15).

Por eso, el pueblo cristiano ha hecho suyo el cántico de alabanza que los judíos elevaron a Judit y que nosotros acabamos de rezar como salmo responsorial: “¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo, más que todas las mujeres de la tierra!” (Jdt 13, 18). Sin violencia, pero con la dócil valentía de su “sí”, la Virgen nos ha librado no de un enemigo terreno, sino del antiguo adversario, dando un cuerpo humano a Aquel que le aplastaría la cabeza una vez para siempre.

Precisamente por eso, en el mar de la vida y de la historia, María resplandece como Estrella de esperanza. No brilla con luz propia, sino que refleja la de Cristo, Sol que apareció en el horizonte de la humanidad; de este modo, siguiendo la Estrella de María, podemos orientarnos durante el viaje y mantener la ruta hacia Cristo, especialmente en los momentos oscuros y tempestuosos.

El apóstol Pedro conoció bien esta experiencia, pues la vivió personalmente. Una noche, mientras con los demás discípulos estaba atravesando el lago de Galilea, se vio sorprendido por una tempestad. Su barca, a merced de las olas, ya no lograba avanzar. Jesús se acercó en ese momento caminando sobre las aguas, e invitó a Pedro a bajar de la barca y a caminar hacia él. Pedro dio algunos pasos entre las olas, pero luego comenzó a hundirse y entonces gritó: “Señor, ¡sálvame!” (cf. Mt 14, 24-33).

Este episodio fue un signo de la prueba que Pedro debía afrontar en el momento de la pasión de Jesús. Cuando el Señor fue arrestado, tuvo miedo y lo negó tres veces. Fue vencido por la tempestad. Pero cuando su mirada se cruzó con la de Cristo, la misericordia de Dios lo volvió a asir y, haciéndole derramar lágrimas, lo levantó de su caída.

He querido evocar la historia de san Pedro, porque sé que este lugar y toda vuestra Iglesia están particularmente vinculados al Príncipe de los Apóstoles. Como recordó al inicio el obispo, según la tradición, a él se remonta el primer anuncio del Evangelio en esta tierra. El Pescador, “pescado” por Jesús, echó las redes también aquí, y nosotros hoy damos gracias por haber sido objeto de esta “pesca milagrosa”, que dura ya dos mil años, una pesca que, como escribe precisamente san Pedro, “nos ha llamado de las tinieblas a su admirable luz (de Dios)” (1 P 2, 9).

Para convertirse en pescadores con Cristo es necesario antes ser “pescados” por él. San Pedro es testigo de esta realidad, al igual que san Pablo, gran convertido, de cuyo nacimiento dentro de pocos días inauguraremos el bimilenario. Como Sucesor de san Pedro y obispo de la Iglesia fundada sobre la sangre de estos dos eminentes Apóstoles, he venido a confirmaros en la fe en Jesucristo, único Salvador del hombre y del mundo.

La fe de san Pedro y la fe de María se unen en este santuario. Aquí se puede constatar el doble principio de la experiencia cristiana: el mariano y el petrino. Ambos, juntos, os ayudarán, queridos hermanos y hermanas, a “recomenzar desde Cristo”, a renovar vuestra fe, para que responda a las exigencias de nuestro tiempo. María os enseña a permanecer siempre a la escucha del Señor en el silencio de la oración, a acoger con disponibilidad generosa su palabra con el profundo deseo de entregaros vosotros mismos a Dios, de entregarle vuestra vida concreta, para que su Verbo eterno, con la fuerza del Espíritu Santo, pueda “encarnarse” también hoy en nuestra historia.

María os ayudará a seguir a Jesús con fidelidad, a uniros a él en la ofrenda del sacrificio, a llevar en el corazón la alegría de su resurrección y a vivir con constante docilidad al Espíritu de Pentecostés. De modo complementario, también san Pedro os enseñará a sentir y a creer con la Iglesia, firmes en la fe católica; os llevará a gustar y sentir celo por la unidad, por la comunión; a tener la alegría de caminar juntamente con los pastores; y, al mismo tiempo, os comunicará el anhelo de la misión, de compartir el Evangelio con todos, de hacer que llegue hasta los últimos confines de la tierra.

“De finibus terrae”: el nombre de este lugar santo es muy hermoso y sugestivo, porque evoca una de las últimas palabras de Jesús a sus discípulos. Situado entre Europa y el Mediterráneo, entre Occidente y Oriente, nos recuerda que la Iglesia no tiene confines, es universal. Y los confines geográficos, culturales y étnicos, como también los confines religiosos, son para la Iglesia una invitación a la evangelización en la perspectiva de la “comunión de las diversidades”.

La Iglesia nació en Pentecostés; nació universal; y su vocación es hablar todas las lenguas del mundo. Según la vocación y misión originaria revelada a Abraham, la Iglesia existe para ser una bendición en beneficio de todos los pueblos de la tierra (cf. Gn 12, 1-3); para ser, como dice el Concilio Ecuménico Vaticano II, signo e instrumento de unidad para todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).

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La Iglesia que está en Puglia posee una marcada vocación a ser puente entre pueblos y culturas. En efecto, esta tierra y este santuario son una “avanzada” en esa dirección, y me ha alegrado mucho constatar, tanto en la carta de vuestro obispo como también hoy en sus palabras, cuán viva es entre vosotros esta sensibilidad y cómo la sentís de modo positivo, con genuino espíritu evangélico.

Queridos amigos, sabemos bien, porque el Señor Jesús fue muy claro al respecto, que la eficacia del testimonio depende de la intensidad del amor. De nada vale proyectarse hasta los confines de la tierra si antes no nos amamos y ayudamos los unos a los otros en el seno de la comunidad cristiana. Por eso, la exhortación del apóstol san Pablo, que hemos escuchado en la segunda lectura (cf. Col 3, 12-17), es fundamental no sólo para vuestra vida de familia eclesial, sino también para vuestro compromiso de animación de la realidad social.

Efectivamente, en un contexto que tiende a fomentar cada vez más el individualismo, el primer servicio de la Iglesia consiste en educar en el sentido social, en la atención al prójimo, en la solidaridad, impulsando a compartir. La Iglesia, dotada como está por su Señor de una carga espiritual que se renueva continuamente, puede ejercer un influjo positivo también en el ámbito social, porque promueve una humanidad renovada y relaciones abiertas y constructivas, respetando y sirviendo en primer lugar a los últimos y a los más débiles.

Aquí, en Salento, como en todo el sur de Italia, las comunidades eclesiales son lugares donde las generaciones jóvenes pueden aprender la esperanza, no como utopía, sino como confianza tenaz en la fuerza del bien. El bien vence y, aunque a veces puede parecer derrotado por el atropello y la astucia, en realidad sigue actuando en el silencio y en la discreción, dando frutos a largo plazo.

Esta es la renovación social cristiana, basada en la transformación de las conciencias, en la formación moral, en la oración; sí, porque la oración da fuerza para creer y luchar por el bien, incluso cuando humanamente se siente la tentación del desaliento y de dar marcha atrás. Las iniciativas que el obispo citó al inicio —la de las religiosas Marcelinas y la de los padres Trinitarios—, y las demás que estáis llevando a cabo en vuestro territorio, son signos elocuentes de este estilo típicamente eclesial de promoción humana y social.

Al mismo tiempo, aprovechando la ocasión de la presencia de las autoridades civiles, me complace recordar que la comunidad cristiana no puede y no quiere nunca suplantar las legítimas y necesarias competencias de las instituciones; más aún, las estimula y las sostiene en sus tareas, y se propone siempre colaborar con ellas para el bien de todos, comenzando por las situaciones más problemáticas y difíciles.

Por último, mi pensamiento vuelve a la Virgen santísima. Desde este santuario de Santa María de finibus terrae deseo dirigirme en peregrinación espiritual a los diversos santuarios marianos de Salento, auténticas joyas engarzadas en esta península lanzada como un puente sobre el mar. La piedad mariana de las poblaciones se formó bajo el admirable influjo de la devoción basiliana a la Theotókos, una devoción cultivada después por los hijos de san Benito, de santo Domingo, de san Francisco, y expresada en hermosísimas iglesias y sencillas ermitas, que es preciso cuidar y conservar como signo de la rica herencia religiosa y civil de vuestro pueblo.

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Así pues, nos dirigimos una vez más a ti, Virgen María, que permaneciste intrépida al pie de la cruz de tu Hijo. Tú eres modelo de fe y de esperanza en la fuerza de la verdad y del bien. Con palabras del antiguo himno, te invocamos: “Rompe los lazos de los oprimidos, devuelve la luz a los ciegos, aleja de nosotros todo mal, pide para nosotros todo bien”. Y, ensanchando la mirada al horizonte donde el cielo y el mar se unen, queremos encomendarte a los pueblos que se asoman al Mediterráneo y a los del mundo entero, invocando para todos desarrollo y paz: “Danos días de paz, vela sobre nuestro camino, haz que veamos a tu Hijo, llenos de alegría en el cielo”. Amén.

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

DURANTE EL ENCUENTRO CON LA POBLACIÓN DE BRINDISI

Sábado 14 de junio de 2008

L'Osservatore Romano

L’Osservatore Romano

Señor ministro;
señor alcalde e ilustres autoridades;
queridos hermanos y hermanas:

Ante todo deseo manifestaros mi alegría por encontrarme entre vosotros y os saludo a todos de gran corazón. Doy las gracias al honorable Raffaele Fitto, ministro de Asuntos regionales, que me ha transmitido el saludo del Gobierno; agradezco al alcalde de Brindisi las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de toda la población, y el generoso regalo que me ha dado. Saludo y expreso con afecto mi agradecimiento al joven que se ha hecho portavoz de la juventud de Brindisi. Sé que vosotros, queridos jóvenes, habéis animado la asamblea a la espera de mi llegada, y seguiréis en una vigilia de oración con la que queréis preparar la celebración eucarística de mañana. Saludo cordialmente al arzobispo, mons. Rocco Talucci; al arzobispo emérito, mons. Settimio Todisco; a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los presentes.

Ya me encuentro entre vosotros. He aceptado con gran alegría la invitación del pastor de vuestra comunidad diocesana y me alegra visitar vuestra ciudad que, mientras desempeña un papel significativo en el ámbito del sur de Italia, está llamada a proyectarse más allá del mar Adriático para comunicarse con otras ciudades y otros pueblos. En efecto, Brindisi, en otro tiempo lugar de embarco hacia Oriente para comerciantes, legionarios, estudiosos y peregrinos, sigue siendo una puerta abierta al mar.

En los últimos años, los periódicos y la televisión han mostrado las imágenes de prófugos que habían desembarcado en Brindisi desde Croacia y Montenegro, desde Albania y Macedonia. Siento el deber de recordar con gratitud los esfuerzos que realizaron y siguen realizando las administraciones civiles y militares, en colaboración con la Iglesia y con diversas organizaciones humanitarias, para ofrecerles refugio y asistencia, a pesar de las dificultades económicas que, por desgracia, siguen preocupando en particular a vuestra región. Vuestra ciudad ha sido y sigue siendo generosa, y ese mérito con razón ha sido reconocido en el contexto de la solidaridad internacional, mediante la asignación de un auténtico papel institucional: en ella tiene su sede el Depósito de ayuda humanitaria de las Naciones Unidas (UNHRD), gestionada por el Programa alimentario mundial de las Naciones Unidas (PAM).

L'Osservatore Romano

L’Osservatore Romano

Queridos habitantes de Brindisi, esta solidaridad forma parte de las virtudes que constituyen vuestro rico patrimonio civil y religioso: seguid construyendo juntos vuestro futuro con impulso renovado. Entre los valores arraigados en vuestra tierra quiero recordar el respeto a la vida y especialmente el amor a la familia, expuesta hoy al ataque convergente de numerosas fuerzas que tratan de debilitarla. Incluso frente a estos desafíos, ¡cuán necesario y urgente resulta que todas las personas de buena voluntad se comprometan a defender a la familia, sólida base sobre la cual se ha de construir la vida de toda la sociedad!

Otro fundamento de vuestra sociedad es la fe cristiana, que vuestros antepasados consideraron uno de los elementos característicos de la identidad de la población de Brindisi. Que la adhesión al Evangelio, conscientemente renovada y vivida con responsabilidad, os impulse, hoy como ayer, a afrontar con confianza las dificultades y los desafíos del momento presente. Que la fe os anime a responder sin componendas a las legítimas expectativas de promoción humana y social de vuestra ciudad. A esta acción de renovación no puede menos de dar su aportación también la naciente Universidad, llamada a ponerse al servicio de quienes, conscientes de su dignidad y de sus tareas, desean participar activamente en la vida, en el camino y en el desarrollo económico, político, cultural y religioso del territorio. Queridos habitantes de Brindisi, para que aumente en vuestra ciudad la cultura de la solidaridad, poneos los unos al servicio de los otros, dejándoos guiar por un auténtico espíritu de fraternidad. Dios está a vuestro lado y os dará siempre el apoyo de su gracia.

L'Osservatore Romano

L’Osservatore Romano

Ahora quiero dirigirme, de modo especial, a los numerosos jóvenes presentes. Queridos amigos, gracias por vuestra acogida tan entusiasta; gracias por los fervientes sentimientos de los que se hizo intérprete vuestro representante. Vuestras voces, que encuentran un eco inmediato en mi espíritu, me transmiten vuestra confianza exuberante, vuestro deseo de vivir. En ellas percibo también los problemas que os preocupan, y que a veces corren el peligro de ahogar los entusiasmos típicos de esta etapa de vuestra vida.

Conozco, en particular, el peso que grava sobre muchos de vosotros y sobre vuestro futuro a causa del dramático fenómeno del desempleo, que afecta sobre todo a los muchachos y las muchachas del sur de Italia. Del mismo modo, sé que vuestra juventud siente la tentación de ganar dinero fácilmente, de evadirse a paraísos artificiales o de dejarse atraer por formas desviadas de satisfacción material. No os dejéis enredar por las asechanzas del mal. Más bien, buscad una existencia rica en valores, para construir una sociedad más justa y abierta al futuro.

Haced fructificar los dones que Dios os ha regalado con la juventud: la fuerza, la inteligencia, la valentía, el entusiasmo y el deseo de vivir. Con este bagaje, contando siempre con la ayuda divina, podéis alimentar la esperanza en vosotros y en vuestro entorno. De vosotros y de vuestro corazón depende lograr que el progreso se transforme en un bien mayor para todos. Y, como sabéis, el camino del bien tiene un nombre: se llama amor.

En el amor, sólo en el amor auténtico, se encuentra la clave de toda esperanza, porque el amor tiene su raíz en Dios. En la Biblia leemos: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es amor” (1 Jn 4, 16). Y el amor de Dios tiene el rostro dulce y compasivo de Jesucristo.

Así hemos llegado al corazón del mensaje cristiano: Cristo es la respuesta a vuestros interrogantes y problemas; en él se valora toda aspiración honrada del ser humano. Sin embargo, Cristo es exigente y no le gustan las medias tintas. Sabe que puede contar con vuestra generosidad y coherencia. Por eso, espera mucho de vosotros. Seguidlo fielmente y, para poder encontraros con él, amad a su Iglesia, sentíos responsables de ella; sed protagonistas valientes, cada uno en su ámbito.

Quiero llamar vuestra atención hacia este punto: tratad de conocer a la Iglesia, de comprenderla, de amarla, estando atentos a la voz de sus pastores. Está compuesta de hombres, pero Cristo es su Cabeza, y su Espíritu la guía con seguridad. Vosotros sois el rostro joven de la Iglesia. Por eso, no dejéis de darle vuestra contribución, para que el Evangelio que proclama pueda propagarse por doquier. Sed apóstoles de vuestros coetáneos.

Queridos hermanos y hermanas, una vez más os agradezco vuestra acogida. He leído algunas cartas que me han dirigido muchachos de vuestra provincia. A través de ellas, queridos amigos, he podido conocer mejor vuestra realidad. Gracias por vuestro afecto. A vosotros y a todos los habitantes de Brindisi aseguro mis oración, para que deis testimonio del mensaje evangélico de paz y justicia. María, Regina Apuliae, os proteja y acompañe siempre. De corazón os bendigo a todos y os deseo buenas noches.

MISA EN EL MUELLE DE SAN APOLINAR EN EL PUERTO BRINDISI

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Domingo 15 de junio de 2008

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

En el centro de mi visita a Brindisi celebramos, en el día del Señor, el misterio que es fuente y cumbre de toda la vida de la Iglesia. Celebramos a Cristo en la Eucaristía, el mayor don que ha brotado de su Corazón divino y humano, el Pan de vida partido y compartido, para que lleguemos a ser uno con él y entre nosotros.

Os saludo con afecto a todos los que os habéis dado cita en este lugar tan simbólico, el puerto, que evoca los viajes misioneros de san Pedro y san Pablo. Veo con alegría a numerosos jóvenes, que han animado la vigilia esta noche, preparándose a la celebración eucarística. También os saludo a vosotros, que participáis espiritualmente a través de la radio y la televisión.

Dirijo un saludo particular al pastor de esta amada Iglesia, mons. Rocco Talucci, agradeciéndole las palabras que ha pronunciado al inicio de la santa misa. Saludo asimismo a los demás obispos de Puglia, que han querido estar aquí con nosotros en comunión fraterna de sentimientos. Me alegra en especial la presencia del metropolita Gennadios, al que expreso mi cordial saludo, extendiéndolo a todos los hermanos ortodoxos y de las demás confesiones, desde esta Iglesia de Brindisi que, por su vocación ecuménica, nos invita a orar y comprometernos en favor de la unidad plena de todos los cristianos.

Saludo con gratitud a las autoridades civiles y militares que participan en esta liturgia, con los mejores deseos para su servicio. Mi saludo afectuoso va también a los presbíteros y a los diáconos, a las religiosas y a los religiosos, así como a todos los fieles. Dirijo un saludo especial a los enfermos del hospital y a los reclusos de la cárcel, a los que aseguro un recuerdo en mi oración. ¡Gracia y paz de parte del Señor a cada uno y a toda la ciudad de Brindisi!

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Los textos bíblicos que hemos escuchado en este undécimo domingo del tiempo ordinario nos ayudan a comprender la realidad de la Iglesia:  la primera lectura (cf. Ex 19, 2-6) evoca la alianza establecida en el monte Sinaí durante el éxodo de Egipto; el pasaje evangélico (cf. Mt 9, 3610, 8) recoge la llamada y la misión de los doce Apóstoles. Aquí se nos presenta la “constitución” de la Iglesia. ¿Cómo no percibir la invitación implícita que se dirige a cada comunidad a renovarse en su vocación y en su impulso misionero?

En la primera lectura, el autor sagrado narra el pacto de Dios con Moisés y con Israel en el Sinaí. Es una de las grandes etapas de la historia de la salvación, uno de los momentos que trascienden la historia misma, en los que el confín entre Antiguo y Nuevo Testamento desaparece y se manifiesta el plan perenne del Dios de la alianza:  el plan de salvar  a  todos  los  hombres mediante la santificación de un pueblo, al que Dios propone convertirse en “su propiedad personal entre todos los pueblos” (Ex 19, 5).

En esta perspectiva el pueblo está llamado a ser una “nación santa”, no sólo en sentido moral, sino antes aún y sobre todo en su misma realidad ontológica, en su ser de pueblo. Ya en el Antiguo Testamento, a través de los acontecimientos salvíficos, se fue manifestando poco a poco cómo se debía entender la identidad de este pueblo; y luego se reveló plenamente con la venida de Jesucristo.

El pasaje evangélico de hoy nos presenta un momento decisivo de esa revelación. Cuando Jesús llamó a los Doce, quería referirse simbólicamente a las tribus de Israel, que se remontan a los doce hijos de Jacob. Por eso, al poner en el centro de su nueva comunidad a los Doce, dio a entender que vino a cumplir el plan del Padre celestial, aunque solamente en Pentecostés aparecerá el rostro nuevo de la Iglesia:  cuando los Doce, “llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 3-4), proclamarán el Evangelio hablando en todas las lenguas. Entonces se manifestará la Iglesia universal, reunida en un solo Cuerpo, cuya Cabeza es Cristo resucitado, y al mismo tiempo enviada por él a todas las naciones, hasta los últimos confines de la tierra (cf. Mt 28, 20).

El estilo de Jesús es inconfundible:  es el estilo característico de Dios, que suele realizar las cosas más grandes de modo pobre y humilde. Frente a la solemnidad de los relatos de alianza del libro del Éxodo, en los Evangelios se encuentran gestos humildes y discretos, pero que contienen una gran fuerza de renovación. Es la lógica del reino de Dios, representada —no casualmente— por la pequeña semilla que se transforma en un gran árbol (cf. Mt 13, 31-32). El pacto del Sinaí estuvo acompañado de señales cósmicas que aterraban a los israelitas; en cambio, los inicios de la Iglesia en Galilea carecen de esas manifestaciones, reflejan la mansedumbre y la compasión del corazón de Cristo, pero anuncian otra lucha, otra convulsión, la que suscitan las potencias del mal.

Como hemos escuchado, a los Doce “les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1). Los Doce deberán cooperar con Jesús en la instauración del reino de Dios, es decir, en su señorío benéfico, portador de vida, y de vida en abundancia, para la humanidad entera. En definitiva, la Iglesia, como Cristo y juntamente con él, está llamada y ha sido enviada a instaurar el Reino de vida y a destruir el dominio de la muerte, para que triunfe en el mundo la vida de Dios, para que triunfe Dios, que es Amor.

Esta obra de Cristo siempre es silenciosa; no es espectacular. Precisamente en la humildad de ser Iglesia, de vivir cada día el Evangelio, crece el gran árbol de la vida verdadera. Con estos inicios humildes, el Señor nos anima para que, también en la humildad de la Iglesia de hoy, en la pobreza de nuestra vida cristiana, podamos ver su presencia y tener así la valentía de salir a su encuentro y de hacer presente en esta tierra su amor, que es una fuerza de paz y de vida verdadera.

Así pues, el plan de Dios consiste en difundir en la humanidad y en todo el cosmos su amor, fuente de vida. No es un proceso espectacular; es un proceso humilde, pero que entraña la verdadera fuerza del futuro y de la historia. Por consiguiente, es un proyecto que el Señor quiere realizar respetando nuestra libertad, porque el amor, por su propia naturaleza, no se puede imponer. Por tanto, la Iglesia es, en Cristo, el espacio de acogida y de mediación del amor de Dios. Desde esta perspectiva se ve claramente cómo la santidad y el carácter misionero de la Iglesia constituyen dos caras de la misma medalla:  sólo en cuanto santa, es decir, en cuanto llena del amor divino, la Iglesia puede cumplir su misión; y precisamente en función de esa tarea Dios la eligió y santificó como su propiedad personal.

Por tanto, nuestro primer deber, precisamente para sanar a este mundo, es ser santos, conformes a Dios. De este modo obra en nosotros una fuerza santificadora y transformadora que actúa también sobre los demás, sobre la historia. En el binomio “santidad-misión”la santidad siempre es fuerza que transforma a los demás— se está centrando vuestra comunidad eclesial, queridos hermanos y hermanas, durante este tiempo del Sínodo diocesano.

Al respecto, es útil tener presente que los doce Apóstoles no eran hombres perfectos, elegidos por su vida moral y religiosa irreprensible. Ciertamente, eran creyentes, llenos de entusiasmo y de celo, pero al mismo tiempo estaban marcados por sus límites humanos, a veces incluso graves. Así pues, Jesús no los llamó por ser ya santos, completos, perfectos, sino para que lo fueran, para que se transformaran a fin de transformar así la historia. Lo mismo sucede con nosotros y con todos los cristianos.

En la segunda lectura hemos escuchado la síntesis del apóstol san Pablo “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5, 8). La Iglesia es la comunidad de los pecadores que creen en el amor de Dios y se dejan transformar por él; así llegan a ser santos y santifican el mundo.

A la luz de esta providencial palabra de Dios, tengo hoy la alegría de confirmar el camino de vuestra Iglesia. Es un camino de santidad y de misión, sobre el que vuestro arzobispo os ha invitado a reflexionar en su reciente carta pastoral; es un camino que él ha verificado ampliamente en el transcurso de la visita pastoral y que ahora quiere promover mediante el Sínodo diocesano.

El pasaje evangélico de hoy nos sugiere el estilo de la misión, es decir, la actitud interior que se traduce en vida real. No puede menos de ser el estilo de Jesús:  el estilo de la “compasión”. El evangelista lo pone de relieve atrayendo la atención hacia el modo como Cristo mira a la muchedumbre:  “Al verla, sintió compasión de ella, porque estaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36). Y, después de la llamada de los Doce, vuelve esta actitud en el mandato que les da de dirigirse “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10, 6).

En esas expresiones se refleja el amor de Cristo por los hombres, especialmente por los pequeños y los pobres. La compasión cristiana no tiene nada que ver con el pietismo, con el asistencialismo. Más bien, es sinónimo de solidaridad, de compartir, y está animada por la esperanza. ¿No nacen de la esperanza las palabras que Jesús dice a los Apóstoles:  “Id proclamando que el reino de los cielos está cerca”? (Mt 10, 7). Esta esperanza se funda en la venida de Cristo y, en definitiva, coincide con su Persona y con su misterio de salvación —donde está él está el reino de Dios, está la novedad del mundo—, como lo recordaba bien en su título la cuarta Asamblea eclesial italiana, celebrada en Verona:  Cristo resucitado es la “esperanza del mundo”.

L'Osservatore Romano

L’Osservatore Romano

También vosotros, queridos hermanos y hermanas de esta antigua Iglesia de Brindisi, animados por la esperanza en la que habéis sido salvados, sed signos e instrumentos de la compasión, de la misericordia de Cristo. Al obispo y a los presbíteros les repito con fervor las palabras del Maestro divino:  “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis” (Mt 10, 8). Este mandato se dirige también hoy en primer lugar a vosotros. El Espíritu que actuaba en Cristo y en los Doce es el mismo que actúa en vosotros y que os permite realizar entre vuestra gente, en este territorio, los signos del reino de amor, de justicia y de paz que viene, más aún, que ya está en el mundo.

Pero, por la gracia del Bautismo y de la Confirmación, todos los miembros del pueblo de Dios participan, de maneras diversas, en la misión de Jesús. Pienso en las personas consagradas, que han hecho los votos de pobreza, virginidad y obediencia; pienso en los cónyuges cristianos y en vosotros, fieles laicos, comprometidos en la comunidad eclesial y en  la sociedad tanto de forma individual como en asociaciones. Queridos hermanos  y  hermanas,  todos sois destinatarios  del deseo de Jesús de multiplicar los obreros de la mies del Señor (cf. Mt 9, 38).

Este deseo, que debe convertirse en oración, nos lleva a pensar, en primer lugar, en los seminaristas y en el nuevo seminario de esta archidiócesis; nos hace considerar que la Iglesia es, en sentido amplio, un gran “seminario”, comenzando por la familia, hasta las comunidades parroquiales, las asociaciones y los movimientos de compromiso apostólico. Todos, en la variedad de los carismas y de los ministerios, estamos llamados a trabajar en la viña del Señor.

Queridos hermanos y hermanas de Brindisi, seguid por el camino emprendido con este espíritu. Que velen sobre vosotros vuestros patronos, san Leucio y san Oroncio, que llegaron de Oriente en el siglo II para regar esta tierra con el agua viva de la palabra de Dios. Las reliquias de san Teodoro de Amasea, veneradas en la catedral de Brindisi, os recuerden que dar la vida por Cristo es la predicación más eficaz. San Lorenzo, hijo de esta ciudad, que siguiendo las huellas de san Francisco de Asís se convirtió en apóstol de paz en una Europa desgarrada por guerras y discordias, os obtenga el don de una auténtica fraternidad.

Os encomiendo a todos a la protección de la Virgen María, Madre de la esperanza y Estrella de la evangelización. Que os ayude la Virgen santísima a permanecer en el amor de Cristo, para que podáis dar frutos abundantes para gloria de Dios Padre y para la salvación del mundo. Amén.

VISITA PASTORAL A SANTA MARÍA DE LEUCA Y BRINDISI

ÁNGELUS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Puerto de Brindisi, domingo 15 de junio de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Antes de concluir la celebración, expreso mi gratitud a cuantos la han preparado con tanto esmero y la han animado con la música y el canto. Doy las gracias a los que han organizado mi viaje y están contribuyendo a que se desarrolle del mejor modo posible:  pienso en las diversas autoridades locales, en las Fuerzas del orden, en los voluntarios y en vosotros, queridos habitantes de Brindisi. Os invito a todos, como cada domingo, a uniros a mí en la oración del Ángelus.

El lugar en el que nos encontramos —el puerto— tiene un profundo significado simbólico. Todo puerto habla de acogida, de refugio, de seguridad; habla de un arribo deseado tras la navegación, tal vez larga y difícil. Pero habla también de salidas, de proyectos y aspiraciones, de futuro. En particular, el puerto de Brindisi desempeña un papel de primer plano en las comunicaciones con el mar Mediterráneo y con Oriente; por eso alberga también una base de las Naciones Unidas, que cumple una función importante desde el punto de vista humanitario.

Por tanto, desde este lugar tan sugestivo, no lejos de la ciudad indicada como el “buen día” de Italia (Calimera), deseo renovar el mensaje cristiano de cooperación y paz entre todos los pueblos, especialmente entre los que rodean este mar, antigua cuna de civilización, y los de Oriente Próximo y Oriente Medio. Y me complace hacerlo con las palabras que dirigí hace dos meses en Nueva York a la Asamblea general de las Naciones Unidas:  “La acción de la comunidad internacional y de sus instituciones, dando por sentado el respeto de los principios que están en la base del orden internacional, no tiene por qué ser interpretada nunca como una imposición injustificada y una limitación de soberanía. Al contrario, es la indiferencia o la falta de intervención lo que causa un daño real. Lo que se necesita es una búsqueda más profunda de los medios para prevenir y controlar los conflictos, explorando cualquier vía diplomática posible y prestando atención y estímulo también a las más tenues señales de diálogo o deseo de reconciliación” (Discurso a la ONU, 18 de abril de  2008:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de abril de 2008, p. 10).

Desde este borde de Europa, proyectado hacia el Mediterráneo, entre Oriente y Occidente, nos dirigimos una vez más a María, Madre que nos “indica el camino” —Odigitria—, dándonos a Jesús, Camino de la paz. La invocamos idealmente con todos los títulos con los que se la venera en los santuarios de Puglia. Desde este antiguo puerto, la invocamos en particular como “Puerto de salvación” para cada hombre y para toda la humanidad.

Que su protección materna defienda siempre a vuestra ciudad y vuestra región, a Italia, a Europa y al mundo entero de las tempestades que se ciernen sobre la fe y los valores verdaderos; que permita a las generaciones jóvenes remar mar adentro sin miedo para afrontar con esperanza cristiana el viaje de la vida.

María, Puerto de salvación, ruega por nosotros.

DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI

DURANTE EL ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES,

DIÁCONOS Y SEMINARISTAS

Domingo 15 de junio de 2008

L'Osservatore Romano

L’Osservatore Romano

Muy queridos presbíteros, diáconos y seminaristas:

Me alegra saludaros a todos, reunidos en esta hermosa catedral, abierta nuevamente al culto después de las obras de restauración realizadas en noviembre del año pasado. Agradezco al arzobispo, mons. Rocco Talucci, las cordiales palabras de saludo que me ha dirigido en vuestro nombre, y todos sus regalos. Saludo a los sacerdotes, a los que deseo expresar mi complacencia por el vasto y articulado trabajo pastoral que llevan a cabo. Saludo a los diáconos, a los seminaristas y a todos los presentes, manifestando la alegría que siento al verme rodeado de tantas almas consagradas a la extensión del reino de Dios.

Aquí, en la catedral, que es el corazón de la diócesis, todos nos sentimos como en casa, unidos por el vínculo del amor de Cristo. Aquí queremos recordar con gratitud a cuantos han difundido el cristianismo en estas tierras. Brindisi fue una de las primeras ciudades de Occidente en acoger el Evangelio, que le llegó por las vías consulares romanas. Entre los santos evangelizadores, pienso en san Leucio, obispo, san Oroncio, san Teodoro de Amasea y san Lorenzo de Brindisi, proclamado doctor de la Iglesia por el Papa Juan XXIII. La presencia de estos santos sigue viva en el corazón de la gente y la testimonian muchos monumentos de la ciudad.

Queridos hermanos, al veros reunidos en esta iglesia, en la que muchos de vosotros habéis recibido la ordenación diaconal y sacerdotal, me vuelven a la mente las palabras que san Ignacio de Antioquía escribió a los cristianos de Éfeso: “Vuestro venerable colegio de los presbíteros, digno de Dios, está tan armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. De este modo, en el acorde de vuestros sentimientos y en la perfecta armonía de vuestro amor fraterno, ha de elevarse un concierto de alabanza a Jesucristo”. Y el santo obispo añadía: “Cada uno de vosotros esfuércese por formar coro. En la armonía de la concordia y al unísono con el tono de Dios por medio de Jesucristo, cantad a una voz al Padre, y él os escuchará” (Carta a los Efesios, 4).

Perseverad, queridos presbíteros, en la búsqueda de esa unidad de propósitos y de ayuda mutua, para que la caridad fraterna y la unidad en el trabajo pastoral sirvan de ejemplo y de estímulo para vuestras comunidades. A esto sobre todo se ha orientado la visita pastoral a las parroquias, realizada por vuestro arzobispo, que terminó el pasado mes de marzo: precisamente gracias a vuestra generosa colaboración, no fue un simple cumplimiento de un requisito jurídico, sino también un extraordinario acontecimiento de valor eclesial y formativo. Estoy seguro de que dará frutos, pues el Señor hará crecer abundantemente la semilla sembrada con amor en las almas de los fieles.

Con mi presencia hoy aquí quiero animaros a estar cada vez más disponibles al servicio del Evangelio y de la Iglesia. Sé que ya trabajáis con celo e inteligencia, sin escatimar esfuerzos, con el fin de propagar el alegre mensaje evangélico. Cristo, al que habéis consagrado vuestra vida, está con vosotros. Todos creemos en él; sólo a él hemos consagrado nuestra vida, a él queremos anunciar al mundo. Cristo, que es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), ha de ser el tema de nuestro pensar, el argumento de nuestro hablar, el motivo de nuestro vivir.

Queridos hermanos sacerdotes, como bien sabéis, para que vuestra fe sea fuerte y vigorosa, hace falta alimentarla con una oración constante. Por tanto, sed modelos de oración, convertíos en maestros de oración. Que vuestras jornadas estén marcadas por los tiempos de oración, durante los cuales, a ejemplo de Jesús, debéis dedicaros al diálogo regenerador con el Padre. Sé que no es fácil mantenerse fieles a estas citas diarias con el Señor, sobre todo hoy que el ritmo de la vida se ha vuelto frenético y las ocupaciones son cada vez más absorbentes.

Con todo, debemos convencernos de que los momentos de oración son los más importantes de la vida del sacerdote, los momentos en que actúa con más eficacia la gracia divina, dando fecundidad a su ministerio. Orar es el primer servicio que es preciso prestar a la comunidad. Por eso, los momentos de oración deben tener una verdadera prioridad en nuestra vida. Sé que tenemos muchos quehaceres urgentes. En mi caso, una audiencia, una documentación por estudiar, un encuentro u otros compromisos. Pero si no estamos interiormente en comunión con Dios, no podemos dar nada tampoco a los demás. Por eso, Dios es la primera prioridad. Siempre debemos reservar el tiempo necesario para estar en comunión de oración con nuestro Señor.

Queridos hermanos y hermanas, me congratulo con vosotros por el nuevo seminario arzobispal, que inauguró en noviembre del año pasado mi secretario de Estado el cardenal Tarcisio Bertone. Por una parte, expresa el presente de una diócesis, constituyendo el punto de llegada del trabajo llevado a cabo por los sacerdotes y por las parroquias en los sectores de la pastoral juvenil, la enseñanza catequística y la animación religiosa de las familias. Por otra, el seminario es una inversión muy valiosa para el futuro, porque garantiza, mediante un trabajo paciente y generoso, que las comunidades cristianas no queden privadas de pastores de almas, de maestros de fe, de guías celosos y de testigos de la caridad de Cristo.

Getty

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Este seminario, además de ser sede de vuestra formación, queridos seminaristas, verdadera esperanza de la Iglesia, también es lugar de actualización y de formación permanente para jóvenes y adultos, deseosos de dar su contribución a la causa del reino de Dios. La preparación esmerada de los seminaristas y la formación permanente de los presbíteros y de los demás agentes pastorales constituyen preocupaciones prioritarias para el obispo, al que Dios ha encomendado la misión de guiar, como pastor sabio, al pueblo de Dios que vive en vuestra ciudad.

Una ocasión ulterior de crecimiento espiritual para vuestras comunidades es el Sínodo diocesano, el primero después del Concilio Vaticano II y de la unificación de las dos diócesis de Brindisi y Ostuni. Es una ocasión para impulsar el compromiso apostólico de toda la diócesis, pero sobre todo es un momento privilegiado de comunión, que ayuda a redescubrir el valor del servicio fraterno, como indica el icono bíblico que habéis elegido, el lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 12-17) con las palabras de Jesús que lo comenta: “Como he hecho yo” (Jn 13, 15). Si es verdad que el Sínodo -todo Sínodo- está llamado a establecer leyes, a emanar normas adecuadas para una pastoral orgánica, suscitando y estimulando compromisos renovados para la evangelización y el testimonio evangélico, también es verdad que debe despertar en todos los bautizados el anhelo misionero que anima constantemente a la Iglesia.

Queridos hermanos sacerdotes, el Papa os asegura un recuerdo especial en la oración, para que prosigáis en el camino de la auténtica renovación espiritual que estáis recorriendo juntamente con vuestras comunidades. Que os ayude en este compromiso la experiencia de “estar juntos” en la fe y en el amor recíproco, como los Apóstoles en torno a Cristo en el Cenáculo. Fue allí donde el Maestro divino los instruyó, abriéndoles los ojos al esplendor de la verdad y les donó el sacramento de la unidad y del amor: la Eucaristía.

En el Cenáculo, durante la última Cena, en el momento del lavatorio de los pies, quedó muy claro que el servicio es una de las dimensiones fundamentales de la vida cristiana. Por tanto, el Sínodo tiene la tarea de ayudar a vuestra Iglesia local, en todos sus componentes, a redescubrir el sentido y la alegría del servicio: un servicio por amor. Eso vale ante todo para vosotros, queridos sacerdotes, configurados con Cristo “Cabeza y Pastor”, siempre dispuestos a guiar a su rebaño. Agradeced y alegraos por el don recibido. Sed generosos en el ejercicio de vuestro ministerio. Apoyadlo con una oración continua y con una formación cultural, teológica y espiritual permanente.

A la vez que os renuevo la expresión de mi vivo aprecio y de mi más cordial aliento, os invito a vosotros y a toda la diócesis a prepararos para el Año paulino, que comenzará próximamente. Podrá ser la ocasión para un generoso impulso misionero, para un anuncio más profundo de la palabra de Dios, acogida, meditada y traducida en apostolado fecundo, como sucedió precisamente en el caso del Apóstol de los gentiles. San Pablo, conquistado por Cristo, vivió totalmente para él y para su Evangelio, entregando su vida hasta el martirio.

Que os asista la Virgen, Madre de la Iglesia y Virgen de la escucha. Que os protejan los santos patronos de esta amada tierra de Puglia. Sed misioneros del amor de Dios. Que todas vuestras parroquias experimenten la alegría de pertenecer a Cristo.

Como prenda de la gracia divina y de los dones de su Espíritu, de buen grado os imparto a todos la bendición apostólica.

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Publicado el 14 junio, 2015 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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