04/07/2010 – VISITA PASTORAL A SULMONA

VISITA PASTORAL A SULMONA

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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Plaza Garibaldi – Sulmona

Domingo 4 de julio de 2010

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegro mucho de estar hoy entre vosotros y de celebrar con vosotros y para vosotros esta solemne Eucaristía. Saludo a vuestro pastor, el obispo monseñor Angelo Spina: le agradezco la cálida expresión de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos y los obsequios que me ha ofrecido y que aprecio mucho en su calidad de «signos» —como los ha definido— de la comunión afectiva y efectiva que une al pueblo de esta querida tierra de Los Abruzos al sucesor de Pedro. Saludo a los arzobispos y a los obispos presentes, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a los representantes de las asociaciones y movimientos eclesiales. Dirijo un pensamiento deferente al alcalde, Fabio Federico, agradecido por su cordial saludo y por los «signos», los obsequios; al representante del Gobierno y de las autoridades civiles y militares. Un agradecimiento especial a cuantos han brindado generosamente su colaboración para llevar a cabo mi visita pastoral.

Queridos hermanos y hermanas, he venido para compartir con vosotros alegrías y esperanzas, fatigas y empeños, ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Sé bien que tampoco en Sulmona faltan dificultades, problemas y preocupaciones: pienso, en particular, en cuantos viven concretamente su existencia en condiciones de precariedad a causa de la falta de trabajo, de la incertidumbre por el futuro, del sufrimiento físico y moral y —como ha recordado el obispo— de la sensación de desconcierto debido al terremoto del 6 de abril de 2009. Deseo aseguraros a todos mi cercanía y mi recuerdo en la oración, a la vez que animo a perseverar en el testimonio de los valores humanos y cristianos tan profundamente enraizados en la fe y en la historia de este territorio y de su población.

Queridos amigos, mi visita tiene lugar con ocasión del Año jubilar especial convocado por los obispos de Los Abruzos y de Molise para celebrar los ochocientos años del nacimiento de san Pedro Celestino. Al sobrevolar vuestro territorio he podido contemplar la belleza del paisaje y, sobre todo, admirar algunas localidades estrechamente vinculadas a la vida de esta insigne figura:

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  • el Monte Morrone, donde Pedro llevó durante mucho tiempo una vida eremítica;
  • la ermita de San Onofrio, donde, en 1294, le llegó la noticia de su elección como Sumo Pontífice, acontecida en el cónclave de Perugia;
  • y la abadía del Santo Espíritu, cuyo altar mayor consagró él tras su coronación, celebrada en la basílica de Collemaggio, en L’Aquila. A esta basílica yo mismo, en abril del año pasado, tras el terremoto que devastó la región, acudí para venerar la urna con sus restos y depositar el palio que recibí el día del inicio de mi pontificado.

Han pasado ochocientos años del nacimiento de san Pedro Celestino V, pero permanece en la historia por los conocidos sucesos de su tiempo y de su pontificado y, sobre todo, por su santidad. La santidad, en efecto, jamás pierde su fuerza atractiva, no cae en el olvido, nunca pasa de moda; es más, con el tiempo resplandece cada vez con mayor luminosidad, expresando la perenne tensión del hombre hacia Dios. Así que de la vida de san Pedro Celestino desearía recoger algunas enseñanzas, válidas también en nuestros días.

Pietro Angelerio, desde su juventud, fue un «buscador de Dios», un hombre deseoso de hallar respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿por qué vivo? ¿para quién vivo? Emprendió un viaje en busca de la verdad y de la felicidad, se puso a la búsqueda de Dios y, para oír su voz, decidió apartarse del mundo y vivir como eremita. El silencio se transforma así en el elemento que caracteriza su vida cotidiana. Y es precisamente en el silencio exterior, pero sobre todo interior, como logra percibir la voz de Dios, capaz de orientar su vida. Hay aquí un primer aspecto importante para nosotros: vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento, parece que deba «llenarse» de iniciativas, de actividades, de ruidos; con frecuencia ni siquiera hay tiempo para escuchar y para dialogar. Queridos hermanos y hermanas,  no tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás.

Pero es importante subrayar también un segundo elemento: el descubrimiento que realiza Pietro Angelerio del Señor no es el resultado de un esfuerzo, sino que lo hace posible la gracia misma de Dios, que le precede. Cuanto él tenía, lo que él era, no procedía de sí mismo: le había sido donado, era gracia, y por ello era también responsabilidad ante Dios y ante los demás. Si bien nuestra vida es muy distinta, lo mismo sirve también para nosotros: todo lo esencial de nuestra existencia nos ha sido donado sin nuestra aportación. El hecho de que yo viva no depende de mí; el hecho de que haya habido personas que me introdujeron en la vida, que me enseñaron qué es amar y ser amados, que me transmitieron la fe y me abrieron la mirada a Dios: todo es gracia; no es «fabricación propia». Por nosotros mismos nada habríamos podido hacer si no hubiera sido donado: Dios nos precede siempre y en cada vida existe lo bello y lo bueno que podemos reconocer fácilmente como su gracia, como rayo de luz de su bondad. Por esto debemos estar atentos, tener siempre abiertos los «ojos interiores», los de nuestro corazón. Y si aprendemos a conocer a Dios en su bondad infinita, entonces también seremos capaces de ver, con estupor, en nuestra vida —como los santos— los signos de ese Dios que está siempre cerca, que siempre es bueno con nosotros, que nos dice: «¡Ten fe en mí!».

En el silencio interior, en la percepción de la presencia del Señor, Pedro del Morrone había madurado, además, una experiencia viva de la belleza de la creación, obra de las manos de Dios: sabía captar su sentido profundo, respetaba sus signos y sus ritmos, la empleaba en aquello que es esencial para la vida. Sé que esta Iglesia local, igual que las demás de Los Abruzos y de Molise, están activamente comprometidas en una campaña de sensibilización para la promoción del bien común y de la salvaguarda de la creación: os animo en este esfuerzo, exhortando a todos a que se sientan responsables del propio futuro, así como del de los demás, respetando y custodiando también la creación, fruto y signo del amor de Dios.

En la segunda lectura de hoy, de la carta a los Gálatas, hemos oído una bellísima expresión de san Pablo, que es también un perfecto retrato espiritual de san Pedro Celestino: «En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo» (6, 14). Verdaderamente la cruz constituyó el centro de su vida, le dio la fuerza para afrontar las ásperas penitencias y los momentos más arduos, desde su juventud hasta la última hora: él fue siempre consciente de que de ella viene la salvación. La cruz también dio a san Pedro Celestino  una clara conciencia del pecado, siempre acompañada de una conciencia igualmente clara de la infinita misericordia de Dios hacia su criatura. Contemplando los brazos abiertos de par en par de su Dios crucificado, él se sintió transportar al mar infinito del amor de Dios. Como sacerdote, experimentó la belleza de ser administrador de esta misericordia absolviendo a los penitentes del pecado y, cuando fue elevado a la sede del apóstol Pedro, quiso conceder una indulgencia especial, denominada La Perdonanza. Deseo exhortar a los sacerdotes a hacerse testigos claros y creíbles de la buena noticia de la reconciliación con Dios, ayudando al hombre de hoy a recuperar el sentido del pecado y del perdón de Dios, para experimentar esa alegría sobreabundante de la que el profeta Isaías nos ha hablado en la primera lectura (cf. Is 66, 10-14).

Finalmente, un último elemento: san Pedro Celestino, aun llevando una vida eremítica, no estaba «cerrado en sí mismo», sino que le movía la pasión de anunciar la buena noticia del Evangelio a los hermanos. Y el secreto de su fecundidad pastoral estaba precisamente en «permanecer» con el Señor, en la oración, como se nos ha recordado en el pasaje evangélico de hoy: el primer imperativo es siempre el de rogar al Señor de la mies (cf. Lc 10, 2). Y sólo después de esta invitación Jesús define algunos compromisos esenciales de los discípulos:

  • el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico —también en los momentos de persecución— sin ceder ni al atractivo de la moda ni al de la violencia o de la imposición;
  • el desapego de las preocupaciones por las cosas —el dinero y el vestido— confiando en la Providencia del Padre;
  • la atención y solicitud en particular hacia los enfermos en el cuerpo y en el espíritu (cf. Lc 10, 5-9).

Estas fueron asimismo las características del breve y sufrido pontificado de Celestino v y éstas son las características de la actividad misionera de la Iglesia en toda época.

Queridos hermanos y hermanas, estoy entre vosotros para confirmaros en la fe. Deseo exhortaros, con fuerza y con afecto, a permanecer firmes en esa fe que habéis recibido, que da sentido a la vida y que dona la fortaleza de amar. Que nos acompañen en este camino el ejemplo y la intercesión de la Madre de Dios y de san Pedro Celestino. Amén.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Plaza Garibaldi – Sulmona

Domingo, 4 luglio 2010

“Vídeo en Italiano”

Queridos hermanos y hermanas:

Al término de esta solemne celebración, a la hora de la acostumbrada cita dominical, os invito a rezar juntos la oración del Ángelus. A la Virgen María, a quien veneráis con particular devoción en el Santuario della Madonna della Libera, encomiendo esta Iglesia de Sulmona-Valva: al obispo, a los sacerdotes y a todo el pueblo de Dios. Que camine unida y gozosa por la vía de la fe, de la esperanza y de la caridad. Que, fiel a la herencia de san Pedro Celestino, sepa siempre componer la radicalidad evangélica y la misericordia a fin de que todos los que buscan a Dios le encuentren. En María, Virgen del silencio y de la escucha, san Pedro del Morrone halló el modelo perfecto de obediencia a la voluntad divina, en una vida sencilla y humilde, orientada a la búsqueda de lo que es verdaderamente esencial, capaz de dar siempre gracias al Señor reconociendo en cada cosa un don de su bondad.

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También nosotros, que vivimos en una época de mayores comodidades y posibilidades, estamos llamados a apreciar un estilo de vida sobrio, para conservar más libres la mente y el corazón y para poder compartir los bienes con los hermanos. Que María santísima, que animó con su presencia materna a la primera comunidad de los discípulos de Jesús, ayude igualmente a la Iglesia de hoy a dar buen testimonio del Evangelio.

ENCUENTRO CON LOS JÓVENES

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Catedral de Sulmona

Domingo 4 de julio de 2010

“Vídeo en Italiano”

Queridos jóvenes:

¡Ante todo quiero deciros que estoy muy contento de encontrarme con vosotros! Doy gracias a Dios por la posibilidad que me brinda de quedarme un poco con vosotros, como un padre de familia, junto a vuestro obispo y vuestros sacerdotes. ¡Os agradezco el afecto que me manifestáis con tanta calidez! Pero os doy también las gracias por lo que me habéis dicho, a través de vuestros dos «portavoces», Francesca y Cristian. Me habéis hecho preguntas con mucha franqueza y, a la vez, habéis demostrado tener puntos de apoyo, convicciones. Y esto es muy importante. Sois chicos y chicas que reflexionáis, que os hacéis preguntas y que tenéis también el sentido de la verdad y del bien. O sea, sabéis utilizar la mente y el corazón, ¡y no es poco! Es más, diría que es lo principal en este mundo: aprender a usar bien la inteligencia y la sabiduría que Dios nos ha dado. La gente de esta tierra vuestra, en el pasado, no disponía de muchos medios para estudiar ni para afirmarse en la sociedad, pero poseía lo que enriquece verdaderamente a un hombre y a una mujer: la fe y los valores morales. ¡Esto es lo que construye a las personas y la convivencia civil!

De vuestras palabras se desprenden dos aspectos fundamentales: uno positivo y otro negativo. El aspecto positivo procede de vuestra visión cristiana de la vida, una educación que evidentemente habéis recibido de vuestros padres, abuelos y otros educadores: sacerdotes, profesores, catequistas. El aspecto negativo está en las sombras que oscurecen vuestro horizonte: hay problemas concretos que dificultan contemplar el futuro con serenidad y optimismo; pero también existen falsos valores y modelos ilusorios que se os proponen y que prometen llenar al vida, cuando en cambio la vacían. Entonces, ¿qué hacer para que estas sombran no sean demasiado pesadas? Ante todo, ¡veo que sois jóvenes con buena memoria! Sí, me ha impresionado el hecho de que hayáis retomado expresiones que pronuncié en Sydney, en Australia, durante la Jornada mundial de la juventud de 2008. Y además habéis recordado que las JMJ nacieron hace 25 años. Pero sobre todo habéis demostrado que tenéis una memoria histórica propia vinculada a vuestra tierra: me habéis hablado de un personaje nacido hace ocho siglos, san Pedro Celestino V, y habéis dicho que le consideráis todavía muy actual. Veis, queridos amigos, que de esta forma tenéis, como se suele decir, «una marcha más». Sí, la memoria histórica es verdaderamente una «marcha más» en la vida, porque sin memoria no hay futuro. Una vez se decía que la historia es maestra de vida. La actual cultura consumista tiende en cambio a aplanar al hombre en el presente, a hacer que pierda el sentido del pasado, de la historia; pero actuando así le priva también de la capacidad de comprenderse a sí mismo, de percibir los problemas y de construir el mañana. Así que, queridos jóvenes, quiero deciros: el cristiano es alguien que tiene buena memoria, que ama la historia y procura conocerla.

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Os doy las gracias por ello, pues me habláis de san Pedro del Morrone, Celestino V, y sois capaces de valorar su experiencia hoy, en un mundo tan distinto, pero precisamente por esto necesitado de redescubrir algunas cosas que valen siempre, que son perennes, por ejemplo la capacidad de escuchar a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior. Hace poco me habéis preguntado: ¿cómo se puede reconocer la llamada de Dios? Pues bien, el secreto de la vocación está en la capacidad y en la alegría de distinguir, escuchar y seguir su voz. Pero para hacer esto es necesario acostumbrar a nuestro corazón a reconocer al Señor, a escucharle como a una Persona que está cerca y me ama. Como dije esta mañana, es importante aprender a vivir momentos de silencio interior en las propias jornadas para ser capaces de escuchar la voz del Señor. Estad seguros de que si uno aprende a escuchar esta voz y a seguirla con generosidad, no tiene miedo de nada, sabe y percibe que Dios está con él, con ella, que es Amigo, Padre y Hermano. En una palabra: el secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la elección, o sea, en el momento de decidir y partir, como después, si se quiere ser fiel y perseverar en el camino. San Pedro Celestino fue, antes de todo esto: un hombre de escucha, de silencio interior, un hombre de oración, un hombre de Dios. Queridos jóvenes: ¡encontrad siempre un espacio en vuestras jornadas para Dios, para escucharle y hablarle!

Y aquí desearía deciros una segunda cosa: la verdadera oración no es en absoluto ajena a la realidad. Si orar os alienara, os sustrajera de vuestra vida real, estad en guardia: ¡no sería verdadera oración! Al contrario: el diálogo con Dios es garantía de verdad, de verdad con uno mismo y con los demás, y así de libertad. Estar con Dios, escuchar su Palabra, en el Evangelio, en la liturgia de la Iglesia, defiende de los desaciertos del orgullo y de la presunción, de las modas y de los conformismos, y da la fuerza para ser auténticamente libres, también de ciertas tentaciones disfrazadas de cosas buenas. Me habéis preguntado: ¿cómo podemos estar «en» el mundo sin ser «del» mundo? Os respondo: precisamente gracias a la oración, al contacto personal con Dios. No se trata de multiplicar las palabras —lo decía Jesús—, sino de estar en presencia de Dios, haciendo propias, en la mente y en el corazón, las expresiones del «Padre Nuestro», que abraza todos los problemas de nuestra vida, o bien adorando la Eucaristía, meditando el Evangelio en nuestra habitación o participando con recogimiento en la liturgia. Todo esto no aparta de la vida, sino que ayuda a ser verdaderamente uno mismo en cada ambiente, fieles a la voz de Dios que habla a la conciencia, libres de los condicionamientos del momento. Así fue para san Celestino V: supo actuar según su conciencia en obediencia a Dios, y por ello sin miedo y con gran valentía, también en los momentos difíciles, como aquellos ligados a su breve pontificado, no temiendo perder la propia dignidad, sino sabiendo que esta consiste en estar en la verdad. Y el garante de la verdad es Dios. Quien le sigue no tiene miedo ni siquiera de renunciar a sí mismo, a su propia idea, porque «quien a Dios tiene, nada le falta», como decía santa Teresa de Ávila.

Queridos amigos: La fe y la oración no resuelven los problemas, pero permiten afrontarlos con nueva luz y fuerza, de manera digna del hombre, y también de un modo más sereno y eficaz. Si contemplamos la historia de la Iglesia, veremos que es rica en figuras de santos y beatos que, precisamente partiendo de un diálogo intenso y constante con Dios, iluminados por la fe, supieron hallar soluciones creativas, siempre nuevas, para dar respuesta a necesidades humanas concretas en todos los siglos: la salud, la educación, el trabajo, etcétera. Su audacia estaba animada por el Espíritu Santo y por un amor fuerte y generoso a los hermanos, especialmente los más débiles y desfavorecidos. Queridos jóvenes: ¡Dejaos conquistar totalmente por Cristo! Entrad también vosotros, con decisión, en el camino de la santidad —que está abierto a todos—, esto es, de estar en contacto, en conformidad con Dios  porque ello hará que seáis cada vez más creativos al buscar soluciones a los problemas que encontráis, y a buscarlas juntos. He aquí otro signo distintivo del cristiano: jamás es individualista. A lo mejor me diréis: pero si contemplamos, por ejemplo, a san Pedro Celestino, en la elección de la vida eremítica, ¿no se trataba tal vez de individualismo, de fuga de las responsabilidades? Cierto; esta tentación existe. Pero en las experiencias aprobadas por la Iglesia, la vida solitaria de oración y de penitencia está siempre al servicio de la comunidad, se abre a los demás, nunca se contrapone a las necesidades de la comunidad. Las ermitas y los monasterios son oasis y manantiales de vida espiritual de los que todos pueden beber. El monje no vive para sí, sino para los demás, y es por el bien de la Iglesia y de la sociedad que cultiva la vida contemplativa, para que la Iglesia y la sociedad siempre estén irrigadas de energías nuevas, de la acción del Señor.

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Queridos jóvenes: ¡Amad a vuestras comunidades cristianas, no tengáis miedo de comprometeros a vivir juntos la experiencia de fe! Quered mucho a la Iglesia: ¡os ha dado la fe, os ha permitido conocer a Cristo! Y quered mucho a vuestro obispo, a vuestros sacerdotes: con todas nuestras debilidades, los sacerdotes son presencias preciosas en la vida.

El joven rico del Evangelio, después de que Jesús le propuso que dejara todo y le siguiera —como sabemos—, se marchó triste porque estaba demasiado apegado a sus bienes (cf. Mt 19, 22). ¡En cambio en vosotros leo la alegría! Y también esto es un signo de que sois cristianos: de que para vosotros Jesucristo vale mucho; aunque sea exigente seguirle, vale más que cualquier otra cosa. Habéis creído que Dios es la perla preciosa que da valor a todo lo demás: a la familia, al estudio, al trabajo, al amor humano… a la vida misma. Habéis comprendido que Dios no os quita nada, sino que os da «el ciento por uno» y hace eterna vuestra vida, porque Dios es Amor infinito: el único que sacia nuestro corazón. Me gusta recordar la experiencia de san Agustín, un joven que buscó con gran dificultad, por largo tiempo, fuera de Dios, algo que saciara su sed de verdad y de felicidad. Pero al final de este camino de búsqueda comprendió que nuestro corazón no tiene paz hasta que encuentra a Dios, hasta que descansa en él (cf. Las Confesiones 1, 1). Queridos jóvenes: ¡Conservad vuestro entusiasmo, vuestra alegría, aquella que nace de haber encontrado al Señor, y sabed comunicarla también a vuestros amigos, a vuestros coetáneos! Ahora debo marcharme y tengo que deciros cuánto lamento dejaros. ¡Con vosotros siento que la Iglesia es joven! Pero regreso contento, como un padre que está tranquilo porque ha visto que sus hijos crecen y lo están haciendo bien. ¡Caminad, queridos chicos y queridas chicas! Caminad por la vía del Evangelio; amad a la Iglesia, nuestra madre; sed sencillos y puros de corazón; sed mansos y fuertes en la verdad; sed humildes y generosos. Os encomiendo a todos a vuestros santos patronos, a san Pedro Celestino y sobre todo a la Virgen María, y con gran afecto os bendigo.

Amén.

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Publicado el 19 mayo, 2015 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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