24/05/2009 – VISITA PASTORAL A CASSINO Y MONTECASSINO

VISITA PASTORAL A CASSINO Y MONTECASSINO

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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Cassino, Plaza Miranda

Domingo 24 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Con estas palabras, Jesús se despide de los Apóstoles, como acabamos de escuchar en la primera lectura. Inmediatamente después, el autor sagrado añade que “fue elevado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos” (Hch 1, 9). Es el misterio de la Ascensión, que hoy celebramos solemnemente. Pero ¿qué nos quieren comunicar la Biblia y la liturgia diciendo que Jesús “fue elevado”? El sentido de esta expresión no se comprende a partir de un solo texto, ni siquiera de un solo libro del Nuevo Testamento, sino en la escucha atenta de toda la Sagrada Escritura. En efecto, el uso del verbo “elevar” tiene su origen en el Antiguo Testamento, y se refiere a la toma de posesión de la realeza. Por tanto, la Ascensión de Cristo significa, en primer lugar, la toma de posesión del Hijo del hombre crucificado y resucitado de la realeza de Dios sobre el mundo.

Pero hay un sentido más profundo, que no se percibe en un primer momento. En la página de los Hechos de los Apóstoles se dice ante todo que Jesús “fue elevado” (Hch 1, 9), y luego se añade que “ha sido llevado” (Hch 1, 11). El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto, sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el espacio de la proximidad divina. La presencia de la nube que “lo ocultó a sus ojos” (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de “sentarse a la derecha de Dios”.

En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios. El “cielo”, la palabra cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente unidos para siempre. El estar el hombre en Dios es el cielo. Y nosotros nos acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con él. Por tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros.

Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista san Lucas afirma que, después de la Ascensión, los discípulos volvieron a Jerusalén “con gran gozo” (Lc 24, 52). La causa de su gozo radica en que lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la certeza de que el Crucificado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la vida eterna. En otras palabras, su Ascensión no implicaba la ausencia temporal del mundo, sino que más bien inauguraba la forma nueva, definitiva y perenne de su presencia, en virtud de su participación en el poder regio de Dios.

Precisamente a sus discípulos, llenos de intrepidez por la fuerza del Espíritu Santo, corresponderá hacer perceptible su presencia con el testimonio, el anuncio y el compromiso misionero. También a nosotros la solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se marcharon “con gran gozo”. Al igual que ellos, también nosotros, aceptando la invitación de los “dos hombres vestidos de blanco”, no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la muerte y resurrección de Cristo. Nos acompañan y consuelan sus mismas palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Queridos hermanos y hermanas, el carácter histórico del misterio de la resurrección y de la ascensión de Cristo nos ayuda a reconocer y comprender la condición trascendente de la Iglesia, la cual no ha nacido ni vive para suplir la ausencia de su Señor “desaparecido”, sino que, por el contrario, encuentra la razón de su ser y de su misión en la presencia permanente, aunque invisible, de Jesús, una presencia que actúa con la fuerza de su Espíritu. En otras palabras, podríamos decir que la Iglesia no desempeña la función de preparar la vuelta de un Jesús “ausente”, sino que, por el contrario, vive y actúa para proclamar su “presencia gloriosa” de manera histórica y existencial. Desde el día de la Ascensión, toda comunidad cristiana avanza en su camino terreno hacia el cumplimiento de las promesas mesiánicas, alimentándose con la Palabra de Dios y con el Cuerpo y la Sangre de su Señor. Esta es la condición de la Iglesia —nos lo recuerda el Concilio Vaticano II—, mientras “prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva” (Lumen gentium,8).

Hermanos y hermanas de esta querida comunidad diocesana, la solemnidad de este día nos exhorta a fortalecer nuestra fe en la presencia real de Jesús en la historia; sin él, no podemos realizar nada eficaz en nuestra vida y en nuestro apostolado. Como recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura, es él quien “dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, (…) en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef 4, 11-12), es decir, la Iglesia. Y esto para llegar “a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios” (Ef 4, 13), teniendo todos la vocación común a formar “un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que estamos llamados” (Ef 4, 4). En este marco se coloca mi visita que, como ha recordado vuestro pastor, tiene como fin animaros a “construir, fundar y reedificar” constantemente vuestra comunidad diocesana en Cristo. ¿Cómo? Nos lo indica el mismo san Benito, que en su Regla recomienda no anteponer nada a Cristo: “Christo nihil omnino praeponere” (LXII, 11).

Por tanto, doy gracias a Dios por el bien que está realizando vuestra comunidad bajo la guía de su pastor, el padre abad dom Pietro Vittorelli, a quien saludo con afecto y agradezco las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo, además, a la comunidad monástica, a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas presentes. Saludo a las autoridades civiles y militares; en primer lugar, al alcalde, al que agradezco el saludo de bienvenida con el que me ha acogido a mi llegada a esta plaza Miranda, que desde hoy llevará mi nombre, aunque no lo merezco. Saludo a los catequistas, a los agentes de pastoral, a los jóvenes y a cuantos de diferentes modos se ocupan de la difusión del Evangelio en esta tierra llena de historia, que durante la segunda guerra mundial experimentó momentos de grandísimo sufrimiento. Silenciosos testigos de ello son los numerosos cementerios que rodean vuestra ciudad renacida, entre los cuales recuerdo en particular el polaco, el alemán y el de la Comunidad británica de naciones. Por último, mi saludo se extiende a todos los habitantes de Cassino y de los centros vecinos: a cada uno de vosotros, especialmente a los enfermos y a los que sufren, vaya la seguridad de mi afecto y de mi oración.

Queridos hermanos y hermanas, en esta celebración resuena el eco de la exhortación de san Benito a mantener el corazón fijo en Cristo, a no anteponer nada a él. Esto no nos distrae; al contrario, nos impulsa aún más a comprometernos en la construcción de una sociedad donde la solidaridad se exprese mediante signos concretos. Pero ¿cómo? La espiritualidad benedictina, que conocéis bien, propone un programa evangélico sintetizado en el lema: ora et labora et lege, la oración, el trabajo y la cultura.

Ante todo, la oración, que es el legado más hermoso de san Benito a los monjes, pero también a vuestra Iglesia particular: a vuestro clero, formado en gran parte en el seminario diocesano, alojado durante siglos en la misma abadía de Montecassino; a los seminaristas; a las numerosas personas educadas en las escuelas, en los centros recreativos benedictinos y en vuestras parroquias; y a todos vosotros, que vivís en esta tierra. Elevando la mirada desde cada pueblo y aldea de la diócesis, podéis admirar esa referencia constante al cielo que es el monasterio de Montecassino, al que subís todos los años en procesión la víspera de Pentecostés.

La oración, a la que cada mañana la campana de san Benito invita a los monjes con sus toques graves es el sendero silencioso que nos conduce directamente al corazón de Dios; es la respiración del alma, que nos devuelve la paz en medio de las tormentas de la vida. Además, en la escuela de san Benito, los monjes han cultivado siempre un amor especial a la Palabra de Dios en la lectio divina, que hoy es patrimonio común de muchos. Sé que vuestra Iglesia diocesana, haciendo suyas las indicaciones de la Conferencia episcopal italiana, dedica gran atención a la profundización bíblica; más aún, ha inaugurado un itinerario de estudio de las Sagradas Escrituras, consagrado este año al evangelista san Marcos, y que proseguirá en el próximo cuatrienio, para concluir, si Dios quiere, con una peregrinación diocesana a Tierra Santa. Que la escucha atenta de la Palabra divina alimente vuestra oración y os convierta en profetas de verdad y de amor, a través de un compromiso común de evangelización y promoción humana.

Otro eje de la espiritualidad benedictina es el trabajo. Humanizar el mundo laboral es típico del alma del monaquismo, y este es también el esfuerzo de vuestra comunidad, que procura estar al lado de los numerosos trabajadores de la gran industria presente en Cassino y de las empresas vinculadas a ella. Sé cuán crítica es la situación de gran número de obreros. Expreso mi solidaridad a cuantos viven en una situación de precariedad preocupante, a los trabajadores con seguro de desempleo o incluso despedidos. La herida del desempleo, que aflige a este territorio, debe inducir a los responsables de la administración pública, a los empresarios y a cuantos tienen posibilidad de hacerlo, a buscar, con la contribución de todos, soluciones válidas para la crisis del empleo, creando nuevos puestos de trabajo para salvaguardar a las familias.

A este propósito, ¿cómo no recordar que la familia tiene hoy urgente necesidad de que se la proteja mejor, puesto que está fuertemente amenazada en las raíces mismas de su institución? Pienso también en los jóvenes que difícilmente logran encontrar una actividad laboral digna que les permita formar una familia. A ellos quiero decirles: No os desaniméis, queridos amigos; la Iglesia no os abandona. Sé que veinticinco jóvenes de vuestra diócesis participaron en la pasada Jornada mundial de la juventud en Sydney: atesorando esa extraordinaria experiencia espiritual, sed levadura evangélica entre vuestros amigos y coetáneos; con la fuerza del Espíritu Santo, sed los nuevos misioneros en esta tierra de san Benito.

Por último, también forma parte de vuestra tradición la atención al mundo de la cultura y de la educación. El célebre archivo y la biblioteca de Montecassino recogen innumerables testimonios del compromiso de hombres y mujeres que han meditado y buscado cómo mejorar la vida espiritual y material del hombre. En vuestra abadía se palpa el “quaerere Deum”, es decir, el hecho de que la cultura europea ha sido la búsqueda de Dios y la disponibilidad a escucharlo. Y esto vale también en nuestro tiempo. Sé que estáis trabajando con este mismo espíritu en la Universidad y en las escuelas, para que se conviertan en laboratorios de conocimiento, de investigación y de celo por el futuro de las nuevas generaciones. Sé también que, al preparar mi visita, habéis celebrado un congreso sobre el tema de la educación, para suscitar en todos la firme determinación a transmitir a los jóvenes los valores irrenunciables de nuestro patrimonio humano y cristiano.

En el actual esfuerzo cultural orientado a crear un nuevo humanismo, vosotros, fieles a la tradición benedictina, con razón también queréis subrayar la atención al hombre frágil, débil, a las personas discapacitadas y a los inmigrantes. Os agradezco que me brindéis la posibilidad de inaugurar hoy la “Casa de la Caridad”, donde se construye con hechos concretos una cultura atenta a la vida.

Queridos hermanos y hermanas, no es difícil percibir que vuestra comunidad, esta porción de Iglesia que vive en torno a Montecassino, es heredera y depositaria de la misión, impregnada del espíritu de san Benito, de proclamar que en nuestra vida nadie ni nada debe quitar a Jesús el primer lugar; la misión de construir, en nombre de Cristo, una nueva humanidad caracterizada por la acogida y la ayuda a los más débiles.

Que os ayude y acompañe vuestro santo patriarca, con santa Escolástica, su hermana; y que os protejan vuestros santos patronos y, sobre todo, María, Madre de la Iglesia y Estrella de nuestra esperanza. Amén.

BENEDICTO XVI

REGINA CÆLI

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Cassino, Plaza Miranda

Domingo 24 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Cada vez que celebramos la santa misa, resuenan en nuestro corazón las palabras que Jesús confió a sus discípulos en la última Cena como un don valioso: “Os dejo la paz, mi paz os doy” (Jn 14, 27). ¡Cuánta necesidad tiene la comunidad cristiana, y toda la humanidad, de gustar plenamente la riqueza y la fuerza de la paz de Cristo! San Benito fue su gran testigo, porque la acogió en su vida y la hizo fructificar en obras de auténtica renovación cultural y espiritual. Precisamente por eso, a la entrada de la abadía de Montecassino y de todos los monasterios benedictinos, figura como lema la palabra “Pax”. De hecho, la comunidad monástica está llamada a vivir según esta paz, que es el don pascual por excelencia. Como sabéis, en mi reciente viaje a Tierra Santa fui como peregrino de paz, y hoy —en esta tierra marcada por el carisma benedictino— tengo la ocasión de subrayar, una vez más, que la paz es en primer lugar don de Dios y, por tanto, su fuerza reside en la oración.

Sin embargo, es un don encomendado al esfuerzo humano. La fuerza necesaria para actuarlo también se puede sacar de la oración. Por tanto, es fundamental cultivar una auténtica vida de oración para garantizar el progreso social en la paz. La historia del monaquismo nos enseña una vez más que un gran avance de civilización se prepara con la escucha diaria de la Palabra de Dios, que impulsa a los creyentes a un esfuerzo personal y comunitario de lucha contra toda forma de egoísmo e injusticia. Sólo aprendiendo, con la gracia de Cristo, a combatir y vencer el mal dentro de uno mismo y en las relaciones con los demás, se llega a ser auténticos constructores de paz y progreso civil. Que la Virgen María, Reina de la paz, ayude a todos los cristianos, en las diversas vocaciones y situaciones de vida, a ser testigos de la paz que Cristo nos ha dado y nos ha dejado como misión ardua para realizar por doquier.

Hoy, 24 de mayo, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María, Auxilio de los cristianos —venerada con gran devoción en el santuario de Sheshan, en Shanghai—, se celebra la Jornada de oración por la Iglesia en China. Mi pensamiento va a todo el pueblo chino. En particular, saludo con gran afecto a los católicos en China y los exhorto a renovar en este día su comunión de fe en Cristo y de fidelidad al Sucesor de Pedro. Que nuestra oración común obtenga una efusión de los dones del Espíritu Santo, para que la unidad de todos los cristianos, la catolicidad y la universalidad de la Iglesia sean cada vez más profundas y visibles.


Después del Regina Caeli

(En español)

Queridos hermanos y hermanas, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, que hoy se celebra en muchos lugares, os invito a pedir constantemente por la Iglesia, para que, exultante de gozo por la resurrección de Cristo y con la fuerza del Espíritu Santo, continúe anunciando con fidelidad el Evangelio de la salvación y dando testimonio de la caridad con la palabra y las obras. ¡Feliz domingo!

(En italiano)

Por último, os saludo con gran afecto a todos vosotros, habitantes de Cassino y de su territorio. Os doy las gracias por vuestra acogida, en particular a cuantos habéis colaborado de diferentes modos en la preparación de mi visita. Que la Virgen vele siempre sobre vosotros y os dé la fuerza de perseverar en el bien.

CELEBRACIÓN DE LAS SEGUNDAS VÍSPERAS

CON LOS ABADES, ABADESAS Y COMUNIDADES BENEDICTINAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Basílica de Montecassino

Domingo 24 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas de la gran familia benedictina:

Al concluir mi visita, con mucho gusto me detengo en este lugar sagrado, en esta abadía, cuatro veces destruida y reconstruida, la última vez tras los bombardeos de la segunda guerra mundial, hace 65 años. “Succisa virescit”: las palabras de su nuevo escudo indican bien su historia. Montecassino, como encina secular plantada por san Benito, fue “escamondada” por la violencia de la guerra, pero resurgió con mayor vitalidad. En varias ocasiones yo también he disfrutado de la hospitalidad de los monjes, y en esta abadía he vivido momentos inolvidables de descanso y oración.

Esta tarde hemos entrado cantando las Laudes regiae para celebrar juntos las Vísperas de la solemnidad de la Ascensión de Jesús. A cada uno de vosotros expreso la alegría de compartir este momento de oración, saludándoos a todos con afecto y agradeciendo la acogida que me habéis dispensado a mí y a quienes me acompañan en esta peregrinación apostólica. En particular, saludo al abad, dom Pietro Vittorelli, que ha interpretado vuestros sentimientos comunes. Extiendo mi saludo a los abades, a las abadesas y a las comunidades benedictinas aquí presentes.

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el misterio de la Ascensión del Señor. La lectura breve, tomada de la primera carta de san Pedro, nos ha exhortado a fijar la mirada en nuestro Redentor, que murió “una sola vez para siempre por los pecados” para llevarnos nuevamente a Dios, a cuya diestra se encuentra, “tras haber ascendido al cielo y haber recibido la soberanía sobre los ángeles, los principados y las potestades” (cf. 1 P 3, 18.22). Jesús, “elevado al cielo” e invisible a los ojos de los discípulos, no los abandonó, pues, “muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu” (1 P 3, 18), ahora está presente de una manera nueva, interior, en los creyentes, y en él la salvación se ofrece a todo ser humano, sin distinción de pueblo, lengua y cultura.

La primera carta de san Pedro contiene referencias precisas a los acontecimientos cristológicos fundamentales de la fe cristiana. El Apóstol quiere poner de relieve el alcance universal de la salvación en Cristo. Lo mismo pretende san Pablo, de cuyo nacimiento estamos celebrando el bimilenario, el cual escribe a la comunidad de Corinto: Cristo “murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

Ya no vivir para sí mismos, sino para Cristo: esto es lo que da pleno sentido a la vida de quien se deja conquistar por él. Lo manifiesta claramente la historia humana y espiritual de san Benito que, tras abandonarlo todo, siguió fielmente a Jesucristo. Encarnando en su propia existencia el Evangelio, se convirtió en el iniciador de un amplio movimiento de renacimiento espiritual y cultural en Occidente. Quiero mencionar aquí un acontecimiento extraordinario de su vida, referido por su biógrafo san Gregorio Magno, que vosotros conocéis muy bien.

Se podría decir que también el santo patriarca fue “elevado al cielo” en una indescriptible experiencia mística. La noche del 29 de octubre del año 540 —se lee en la biografía—, mientras estaba asomado a la ventana, “con los ojos fijos en las estrellas para penetrar en la divina contemplación, el santo sentía que el corazón le ardía… Para él el firmamento cuajado de estrellas era como la cortina bordada que desvelaba al Santo de los Santos. En un momento determinado, su alma se sintió transportada a la otra parte del velo para contemplar sin estorbos el rostro de Aquel que habita en una luz inaccesible” (cf. A.I. Schuster, Storia di san Benedetto e dei suoi tempi, ed. Abadía de Viboldone, Milán 1965, p. 11 y ss). Desde luego, como le sucedió a san Pablo tras ser arrebatado al cielo, también san Benito, después de esa experiencia espiritual extraordinaria, tuvo que comenzar una nueva vida. Aunque la visión fue pasajera, los efectos permanecieron; su fisonomía misma —refieren los biógrafos— cambió, su aspecto fue siempre sereno y su porte angélico; y, aun viviendo en la tierra, se comprendía que con el corazón ya estaba en el paraíso.

San Benito no recibió este don divino para satisfacer su curiosidad intelectual, sino más bien para que el carisma que Dios le había dado tuviera la capacidad de reproducir en el monasterio la misma vida del cielo y restablecer en él la armonía de la creación a través de la contemplación y el trabajo. Por eso, con razón, la Iglesia lo venera como “eminente maestro de vida monástica” y “doctor de sabiduría espiritual en el amor a la oración y al trabajo”; “guía resplandeciente de pueblos a la luz del Evangelio” que, “elevado al cielo por una senda luminosa”, enseña a los hombres de todos los tiempos a buscar a Dios y las riquezas eternas por él preparadas (cf. Prefacio del santo en el suplemento monástico al Misal Romano, 1980).

Sí, san Benito fue ejemplo luminoso de santidad e indicó a los monjes como único gran ideal a Cristo; fue maestro de civilización que, proponiendo una equilibrada y adecuada visión de las exigencias divinas y de las finalidades últimas del hombre, tuvo siempre muy presentes también las necesidades y las razones del corazón, para enseñar y suscitar una fraternidad auténtica y constante, a fin de que en el conjunto de las relaciones sociales no se perdiera una unidad de espíritu capaz de construir y alimentar siempre la paz.

No es casualidad que la palabra Pax acoja a los peregrinos y los visitantes a las puertas de esta abadía, reconstruida después del enorme desastre de la segunda guerra mundial: se eleva como una silenciosa advertencia a rechazar cualquier forma de violencia para construir la paz: en las familias, en las comunidades, entre los pueblos y en toda la humanidad. San Benito invita a toda persona que sube a este monte a buscar la paz y a seguirla: “Inquire pacem et sequere eam (Sal 33, 14-15)” (Regla, Prólogo, 17).

Siguiendo la escuela de san Benito, con el paso de los siglos, los monasterios se han convertido en centros fervientes de diálogo, de encuentro y de benéfica fusión entre personas diversas, unificadas por la cultura evangélica de la paz. Los monjes han sabido enseñar con la palabra y con el ejemplo el arte de la paz, sirviéndose de los tres “vínculos” que san Benito consideraba necesarios para conservar la unidad del Espíritu entre los hombres:

  1. la cruz, que es la ley misma de Cristo;
  2. el libro, es decir, la cultura;
  3. y el arado, que indica el trabajo, el señorío sobre la materia y sobre el tiempo.

Gracias a la actividad de los monasterios, articulada en el triple compromiso cotidiano de la oración, el estudio y el trabajo, pueblos enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y un beneficioso desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el sentido de la continuidad con el pasado, en la acción concreta con vistas al bien común, en la apertura hacia Dios y la dimensión trascendente. Oremos para que Europa valore siempre este patrimonio de principios e ideales cristianos que constituye una inmensa riqueza cultural y espiritual.

Pero esto sólo es posible cuando se acoge la enseñanza constante de san Benito, es decir, el “quaerere Deum”, buscar a Dios, como compromiso fundamental del hombre. Sin Dios el ser humano no se realiza plenamente ni puede ser verdaderamente feliz. De manera especial, vosotros, queridos monjes, debéis ser ejemplos vivos de esta relación interior y profunda con él, actuando sin compromisos el programa que vuestro fundador sintetizó en el “nihil amori Christi praeponere”, “no anteponer nada al amor de Cristo” (Regla 4, 21). En esto consiste la santidad, propuesta válida para todo cristiano, más que nunca en nuestra época, en la que se experimenta la necesidad de anclar la vida y la historia en firmes puntos de referencia espirituales. Por eso, queridos hermanos y hermanas, es muy actual vuestra vocación y es indispensable vuestra misión de monjes.

Desde este lugar, en el que descansan sus restos mortales, el santo patrono de Europa sigue invitando a todos a proseguir su obra de evangelización y promoción humana. Os alienta en primer lugar a vosotros, queridos monjes, a permanecer fieles al espíritu de los orígenes y a ser intérpretes auténticos de su programa de renacimiento espiritual y social.

Que os conceda este don el Señor, por intercesión de vuestro santo fundador, de su hermana santa Escolástica y de los santos y santas de la Orden. Y que la Madre celestial del Señor, a la que hoy invocamos como “Auxilio de los cristianos”, vele sobre vosotros y proteja a esta abadía y a todos vuestros monasterios, así como a la comunidad diocesana que vive en torno a Montecassino. Amén.

ORACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

EN EL CEMENTERIO MILITAR POLACO DE MONTECASSINO

Domingo 24 de mayo de 2009

Dios, Padre nuestro, Fuente inagotable de vida y de paz, Acoge en tu abrazo misericordioso A los caídos de la guerra que arrasó este lugar, A los caídos de todas las guerras que han ensangrentado la tierra. Concédeles que gocen de la luz que no se apaga.

Que en el reflejo de tu claridad Ilumina la buena conciencia de todo hombre y toda mujer de buena voluntad Tú que en Tu Hijo Jesucristo has dado a la humanidad que sufre Una gran prueba de tu amor por nosotros, Tú que en Cristo nuestro Señor Pusiste la señal de un sufrimiento que no es nunca inútil, Sino que es fecunda de tu fuerza redentora.

Concede a los que en el mundo sufren todavía Por el odio ciego de guerras fratricidas, La fuerza de la esperanza sin ocaso, El sueño de una civilización del amor definitivamente realizada, El valor de una acción de paz real y diaria. Danos a tu Espíritu Paráclito Para que los hombres y las mujeres de nuestra época Comprendan que el don de la paz Es mucho más precioso que cualquier otro tesoro corruptible.

Y que mientras esperamos el día sin ocaso Todos estamos llamados a ser artífices de paz para el mañana de tus hijos. Haz de todos los cristianos testigos más convencidos de la vida Como don inestimable de tu amor, Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

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Publicado el 17 mayo, 2015 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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