1988 – HOMILÍA PRONUNCIADA POR EL CARDENAL RATZINGER EN EL FUNERAL DE HANS URS VON BALTHASAR

HOMILÍA PRONUNCIADA

POR EL CARDENAL RATZINGER

EN EL FUNERAL DE

HANS URS VON BALTHASAR

ratzibalth

Estamos aquí reunidos para encomendar a nuestro hermano Hans Urs von Balthasar a la misericordia divina. Cuando muere un hombre de fe sentimos a la vez tristeza y consuelo. Estamos tristes porque ya no está con nosotros; ya no volveremos a conversar con él, ya no volveremos a recibir su consejo. A menudo le echaremos de menos y le buscaremos en vano. Sin embargo, en esta tristeza hay también consuelo: su vida nos ha enseñado a creer, su testimonio es esperanza para él y para nosotros: “Bien sé yo que mi defensor está vivo” (Jb 19,25). Sabemos que las almas de los muertos viven en el cuerpo resucitado del Señor. Este cuerpo las salva y conduce hacia la resurrección común. En este cuerpo, que nosotros podemos recibir, estamos cerca unos de otros y nos sentimos unidos unos a otros.

No se trata ahora de rendir un homenaje a la obra de nuestro difunto, sino de consolarnos con la palabra de Dios en la comunidad del cuerpo de Cristo y de dejar que este consuelo descienda desde su vida hasta la nuestra. Henri de Lubac ha dicho que Balthasar ha sido probablemente el hombre más culto de nuestro tiempo (1). De hecho, el ámbito de su obra se extiende desde los presocráticos hasta Freud, Nietzsche, Brecht y abarca todo el legado occidental; filosófico, literario, artístico y teológico. Pero en este amplio despliegue del espíritu a Balthasar no le interesaba la anécdota de la erudición ni el poder que proporciona tener muchos conocimientos. Cuando quería conducir –como decían los Padres- los tesoros de Egipto al dominio de la fe, sabía que estos tesoros sólo podían fructificar en un corazón converso (2), y que, en cambio, se convierten en carga pesada sobre las espaldas del corazón cerrado y obstinado. Sabía que la plenitud del saber se convierte en tristeza ante el inmenso horizonte de lo desconocido y en desesperación a causa de nuestra impotencia para conocer lo verdadero: el ser hombre, la vida misma. Hay una frase de san Agustín que expresa muy bien lo que Balthasar pretendía: “Toda nuestra obra en esta vida, queridos hermanos, consiste en curar los ojos del corazón para que puedan ver a Dios” (3). Lo que en realidad le interesó fue la curación de los ojos del corazón para poder percibir lo verdadero: el fundamento y la meta del mundo y de nuestra vida, el Dios viviente. Estas palabras de san Agustín manifiestan en qué medida su alma estaba cerca del espíritu de Juan en el sentido de las palabras del Evangelio que acabamos de escuchar: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). La vida eterna no es la vida que viene después, pues si así fuese, no sería eterna. Es la única y verdadera vida. Vivimos cuando le conocemos. A Balthasar le interesaba el conocimiento que es vida, la vida. Él mismo era un viviente, y en consecuencia, alguien que da, pues la vida crea y se da constantemente.

“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti”: todo el despliegue de su espíritu es búsqueda de la verdad, búsqueda de la vida. Por todas partes ha buscado las huellas del Dios viviente, la transparencia de su verdad, las ventanas que se abren hacia Él. Por todas partes intentó descubrir caminos que le sacaran de la cárcel de la finitud y le condujeran al todo, a lo verdadero.

Por esta razón conocía también los límites de nuestra capacidad; sabía que el Dios viviente, que nuestra mente no puede concebir, solamente se nos manifiesta cuando nuestro conceptos ya no responden (4). En definitiva, es Él mismo el que se nos revela y va trascendiendo nuestro pensamiento. Por eso Balthasar ha creado la expresión “Kniende Theologie” (teología postrada, arrodillada):

sabía que la teología está tensada entre los abismos de la obediencia y del amor humilde. Sabía que sólo puede hacerse teología a partir del contacto con el Dios viviente que se produce en la oración. Precisamente porque sabía que Dios es más grande que todo nuestro pensamiento y nuestro corazón, se entregó al Dios encarnado y concreto, que en el rostro humano de Jesucristo nos parece más infinito y más grande que en las negaciones de la mística amorfa, la cual, a fin de cuestas, permanece en lo propiamente humano.

Esta obediencia del pensamiento que se deja llevar tanto por el Dios viviente como por las más altas cimas de la mística, es muy tangible en la vida de Balthasar. Él nunca habría pensado en hacerse sacerdote, ni siquiera en hacer carrera como teólogo o como hombre de Iglesia. Estudiaba germanística, sus preferencias oscilaban entre la música y la literatura, hasta que encontró su “higuera”: estaba debajo de un árbol situado en el bosque cercano a Basilea cuando fue sorprendido por el rayo de la certeza: tienes que hacerte sacerdote, tienes que seguir a Ignacio (5). El vínculo de la obediencia fue el rasgo ignaciano que marcó toda su vida. Balthasar no siguió el camino de su propia voluntad, siguió el camino al que fue conducido contra sus propios deseos, hasta que su voluntad y su ser se hicieron cada vez más libres y más puros. Como vivía de la obediencia, comprendió por sí mismo que la teología no se alimenta de nuevos descubrimientos, sino de la humilde aceptación. Por esta razón fue un verdadero hombre de Iglesia, cuyas debilidades y carencias no sólo conoció teóricamente, pues no cesó durante toda su vida de experimentarlas dura y dolorosamente. Conocía perfectamente las palabras de Agustín: “Nuestro invierno es el ocultamiento de Cristo”. Lo que escribió sobre el Sábado Santo nos remite evidentemente al encuentro con la experiencia mística de Adrienne von Speyr, pero también está muy próximo a su dolorosa experiencia de la aparente ausencia de Dios a su Iglesia. Pero Balthasar sabía como Agustín que también “en el invierno vive la raíz” (6) y que vivimos, si vivimos de la raíz. Por tanto, no creía en una teología que pretende hacerse interesante en virtud de los descubrimientos propios y que conduce inevitablemente al vacío. No creía en un pluralismo que en realidad no es otra cosa que la descomposición de lo que se corrompe. Sabía que el único pluralismo positivo es aquel que es multiplicidad viviente en la unidad de lo vivo. Conocía la pobreza de aquel progreso que Gregorio de Nisa compara con la ascensión a las dunas del desierto, en el que en realidad no se adelanta un paso (7). También aquí la concreción del dogma representa para él la garantía de la infinitud e inagotabilidad de la verdad, que no se debilita con las nuevas afirmaciones, sino que nos propone tareas mayores y abre perspectivas que progresivamente nos hacen presentir el todo en el fragmento.

Balthasar sentía un profundo respeto por la estructura petrina y jerárquica de la Iglesia, pero sabía muy bien que esta jerarquía no es el todo ni tampoco lo más profundo de aquella. Balthasar hablaba de la Iglesia como esposa, como persona. La Iglesia es plenamente ella misma en las personas, y está presente en su totalidad en aquella de cuyo Fiat nació: en María, la madre del Señor. Para Balthasar el Cristo joánico e ignaciano era ante todo un hombre mariano. Conocía lo carismático en la Iglesia, el constante movimiento y eficiencia del Espíritu, que engendra una nueva vida allí donde no la buscamos y allí donde no la deseamos.

Conocía el significado de la presencia femenina en la Iglesia, la importancia de la virginidad y la maternidad. Aprendido de María la humildad de la obediencia, pero también la responsabilidad de la acción en la corporalidad del amor activo. Por ella él ha dicho reiteradamente que el cristianismo es espiritualización, sólo en la medida en que deviene constantemente corporalización del espíritu. En su comentario a la encíclica del Papa sobre María, que fue acogida en el cielo en cuerpo y alma, Balthasar ha dicho que no debemos “relegarla al reino de los cielos y alejarla de nuestra condición humana”, sino que deberíamos aprender de ella precisamente la corporalidad de la fe y su responsabilidad en las cosas terrenas (8). Pero de María aprendió sobre todo que la fuente de toda fertilidad en la Iglesia es la contemplación, sin la cual la acción se convierte en actividad vacía. Él sabía que la palabra de Dios vive en el silencio y en la espera, y sólo allí produce sus mejores frutos.

Balthasar era un contemplativo, pero no era –como algunos han llegado a pensar- un san Jerónimo en su celda, representación plástica de Durero que él solía interpretar de buen grado. De la contemplación nace la acción en un espíritu totalmente mariano e ignaciano: obedeciendo y sin sublevarse, en silencio y sin buscar la gloria personal. Después del Concilio empezó a reunir a los amigos con el fin de formar con ellos una fuerza para realizar la verdadera renovación frente a sus falsificaciones. De este modo, se ha convertido en el auténtico padre de la gran familia Communio, que hoy en día está presente en todos los continentes, que aun cuando siga siendo una pequeña semilla, es un símbolo para la comunidad, para la vida, para la transformación y para la renovación. Su obra como editor estuvo animada por la misma voluntad: no le interesaba publicar libros ni tampoco el comercio –hacia lo cual no se sentía inclinado por naturaleza-; quería oponer la fuerza de las mejores y más puras fuentes al creciente flujo de la palabrería, ofrecer agua viva y buen pan como alimento en tiempos de sequía. Viajó de aquí para allá dando Ejercicios para abrir a los hombres a la palabra viva, para que, sanando los ojos de sus corazones, pudieran ver a Dios. Movido por la misma preocupación nos ha legado en silencio como testimonio vivo de sí mismo la comunidad de san Juan: mujeres y hombres, laicos y sacerdotes, fieles al mismo tiempo al espíritu de Juan, de Ignacio y de María, que deben ser células vivas de la renovación en la Iglesia y en el mundo.

Balthasar aceptó vacilando los merecidos honores del cardenalato: no por vanagloriarse, sino por su fidelidad al espíritu de Ignacio, que caracterizó toda su vida. Pero un día antes de ser investido cardenal, Dios le llamó de este mundo, por lo que, en cierto modo, pudo seguir siendo el mismo. Sin embargo, lo que el Papa quiso expresar con este gesto de reconocimiento, de respeto, sigue estando en vigor: no ya de forma particular y privada, pues la Iglesia nos dice oficial y públicamente que Balthasar fue un maestro de fe, un guía para acceder a las fuentes de agua viva, un testigo de la palabra, por el que aprendemos a descubrir a Cristo, por el que podemos aprender a amar la vida. “Para mí la vida es Cristo”, esta frase de la lectura de hoy tomada de la carta a los Filipenses (1,21) resume perfectamente todo su camino. Como esta frase constituye la verdad de su biografía íntima, podemos estar seguros de que también vale para él la siguiente frase: “La muerte es para mí una ganancia” y de que su muerte no es abandono de la comunidad de los vivos, que siempre contó con su disponibilidad, sino una nueva forma de participación desde la presencia del amor de Dios, en la unidad de todos los miembros del cuerpo de Cristo. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de mantener vivo y propagar el gran testimonio de este fiel servidor suyo: que Dios nuestro padre le pague todo lo que ha hecho y sufrido en la obediencia de la fe y en la humildad de su amor. Amén.

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Publicado el 28 abril, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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