MEDITACIÓN SOBRE EL SACERDOCIO (III) – CARDENAL JOSEPH RATZINGER

MEDITACIÓN SOBRE EL SACERDOCIO (III)

DOS CONSECUENCIAS FUNDAMENTALES

QUE SE DESPRENDEN DE LOS TEXTOS BÍBLICOS

CONFERENCIA DEL CARDENAL RATZINGER EN COLONIA (1983)

[SCM]actwin,262,118,1106,825;03/04/2008 , 23.07.37

Cardenal Ratzinger

a) La unidad de los dos Testamentos

Considero que, en esta plegaria sacerdotal del Antiguo y el Nuevo Testamento, reviste particular importancia el hecho de la íntima unidad de los Testamentos; de esta manera se hace más evidente y realizable la unidad de la espiritualidad bíblica y de sus expresiones fundamentales. Esto es altamente significativo, porque uno de los principales motivos de la crisis que atraviesa hoy la figura del sacerdote, tanto desde un punto de vista exegético como teológico, ha sido la separación del Antiguo Testamento, cuya razón de ser se ha visto únicamente en la contraposición dialéctica de Ley y Evangelio. Se daba por descontado que los ministerios del Nuevo Testamento no tenían nada en común con los ministerios del Antiguo Testamento. Cuando se consiguió presentar al sacerdote católico como una recaída en el Antiguo Testamento, se creyó haber llegado a una indiscutible refutación del mismo. La cristología vendría a significar la abolición de todo sacerdocio, la reducción de las fronteras como lo sagrado y lo profano, incluso el rechazo, como alguien ha dicho, de toda la historia de las religiones y de su idea del sacerdocio. Cualquier relación que pudiera establecerse entre el sacerdote de la Iglesia y el Antiguo Testamento o el patrimonio religioso de la historia de las religiones, se veía como signo de la caída del mensaje cristiano en la esfera de lo eclesiástico o como argumento contra la imagen del sacerdote de la Iglesia. Por este camino se ha llegado a una separación completa de la corriente fontal de toda la piedad bíblica y de la experiencia humana en general, cerrándose en una profanidad cuyo exacerbado cristomonismo venía a destruir incluso la imagen del Cristo de la Bíblica. Esto, a su vez,  se basaba en una interpretación del Antiguo Testamento como contraposición de Ley y Profetas; en esta visión, la Ley se identifica con el elemento cultual y sacerdotal, y la dimensión profética con la crítica del culto y con una mera ética de la comunidad de los hombres, que no encuentra a Dios en el templo, sino en el prójimo. Al mismo tiempo, se redujo el elemento cultual siguiendo el ejemplo del elemento legal y, en cambio, se caracterizó la piedad profética como fe en la gracia de Dios. Como consecuencia de todo esto, el lugar del Nuevo Testamento quedó relegado al ámbito de lo anticultural, de la pura humanidad común, de manera que, partiendo de este planteamiento de fondo, todo intento de abrir un camino de acceso al sacerdocio no podía llevar a resultados firmen y convincentes.

Este conjunto de ideas no ha sido todavía sometido a discusión teológica. Quien recita el salmo sacerdotal 16, junto con aquellos salmos que con él se relacionan, especialmente el salmo 119, comprende con toda claridad que la contraposición fundamental de culto y profetas carece por completo de razón de ser. Porque este salmo es, al mismo tiempo y en igual medida, plegaria sacerdotal y oración profética. En él se manifiesta con toda evidencia el aspecto más puro y profundo de la piedad profética, y justamente como piedad sacerdotal. Es, pues, un texto cristológico. Y precisamente porque es así, el cristianismo de los primeros tiempos interpretó este salmo como una plegaria de Jesucristo, y comprendió que Cristo lo pone de nuevo en nuestros labios para que podamos recitarlo juntamente con Él (Hech 2,25-29). En este salmo se manifiesta proféticamente el sacerdocio de Cristo y se muestra con claridad cómo el Sacerdocio del Nuevo Testamento subsiste y ha de continuar existiendo en virtud de Cristo, arraigado en la unidad de toda la historia de la salvación. Partiendo de este salmo, se comprende que Cristo no suprime la Ley, sino que la lleva a cumplimiento, de suerte que, entregándola a la Iglesia, la ensalza en ella como expresión de la gracia. El Antiguo Testamento pertenece a Cristo, y, en Cristo, nos pertenece también a nosotros. Únicamente en la unidad de los dos Testamentos puede la fe continuar viviendo.

Cardenal Ratzinger

Cardenal Ratzinger

b) Lo sagrado y lo profano

Llegamos así a la segunda consideración. Con la recuperación del Antiguo Testamento ha de superarse el rechazo de lo sagrado y la ficción de la profanidad. Naturalmente, el cristianismo es fermento y levadura, de manera que lo sagrado no es algo cerrado y ya completo, sino que es una realidad dinámica. El sacerdote ha recibido el mandato: “Id al mundo y haced de los hombres discípulos míos” (Mt 28,19). Pero este dinamismo de la misión, esta apertura interior y amplitud del Evangelio, no puede traducirse de esta manera: “Id al mundo y haceos también vosotros mundo. Id al mundo y confirmadlo en su profanidad”. Todo lo contrario. Lo que realmente cuenta es el misterio santo de Dios, el grano de mostaza del Evangelio, que no se identifica con el mundo, sino que está destinado a hacer fermentar el mundo entero. Es necesario, pues, que hallemos de nuevo el valor de volver a lo sagrado, el valor del discernimiento de la realidad cristiana, no para establecer fronteras, son para transformar, para ser verdaderamente dinámicos. Eugenio Ionesco, uno de los padres del teatro del absurdo, en una entrevista que tuvo lugar en 1975, expresó lo mismo con toda la pasión de un hombre de nuestro tiempo que busca y tiene sed de verdad. Me limito a citar unas cuantas frases: “La Iglesia no quiere perder su clientela, quiere conquistar nuevos adeptos. Esto provoca una especie de secularización, que es realmente deplorable”. “El mundo se pierde, la Iglesia se pierde en el mundo, los párrocos son estúpidos y mediocres; se sienten felices de ser tan sólo hombres mediocres como los demás, de ser pequeños proletarios de izquierda. En una Iglesia he escuchado a un párroco que decía: ¡Alegrémonos todos juntos, estrechémonos las manos… ¡Jesús os desea jovialmente un hermoso día, un buen día! Dentro de poco, en el momento de la comunión, se preparará un bar con pan y vino y se ofrecerán sándwiches y beaujolais. Me parece de una estupidez increíble, de una absoluta falta de espíritu. Fraternidad no es mediocridad ni simple camaradería. Tenemos necesidad de lo eterno, porque ¿qué otra cosa es la religión o, si se quiere, lo Santo? No nos queda nada, nada hay estable, todo está en movimiento. Y, sin embargo, tenemos necesidad de una roca” (1). En este contexto me vienen también a la memoria algunas de las frases incitantes que se leen en la reciente obra de Peter Handke Sobre los pueblos. Escribe este autor: “Nadie nos quiere, nadie nos ha querido nunca… Nuestras habitaciones son vacíos espaldares de desesperación… No es que vayamos por un camino equivocado, es que no vamos por camino alguno. ¡Qué abandonada está la humanidad!” (2). Creo que si escuchamos las voces de hombres que, como éstos, son plenamente conscientes de vivir en el mundo, entonces veremos con claridad que no se puede servir a este mundo con una adocenada actitud condescendiente. El mundo no tiene necesidad de aquiescencia, sino de transformación, de radicalidad evangélica.

Por último, quiero referirme al texto de Mc 10,28-31. Es ese pasaje en el que Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido”. Mateo explicita el sentido de la pregunta añadiendo: “¿Qué tendremos?” (Mt 19,27). Hemos hablado ya del abandono de todas las cosas. Es un elemento indispensable de la espiritualidad apostólica y sacerdotal. Consideremos ahora la respuesta de Jesús, que es realmente sorprendente. Jesús no rechaza en modo alguno la pregunta de Pedro porque éste espere una recompensa, sino que le da la razón: “En verdad os digo que no hay nadie que, habiendo dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o campos, por amor de mí y del Evangelio, no reciba el céntuplo ahora en este tiempo en casas, hermanos, hermanas, madres e hijos y campos, con persecuciones, y la vida eterna en el siglo venidero” (Mc 10,29-30). Dios es magnánimo; si examinamos sinceramente nuestra vida, sabemos bien que cualquier cosa que hayamos abandonado nos la devuelve el Señor acrecentada con el ciento por uno. No deja que le ganemos en generosidad. No espera a la otra vida para darnos la recompensa, sino que nos da el céntuplo desde ahora mismo, a pesar de que este mundo siga siendo un mundo de persecuciones, de dolor, de sufrimiento. Santa Teresa de Jesús resume este pensamiento con esta sencilla frase: “Aun en esta vida da Dios ciento por uno” (3). A nosotros nos corresponde únicamente tener el valor de ser los primeros en dar el uno, como Pedro, que, fiado en la palabra del Señor, no duda en bogar mar adentro a la mañana: entrega uno y recibe cien.

También hoy nos invita el Señor a bogar mar adentro, y estoy seguro de que tendremos la misma sorpresa que Pedro; la pesca será abundante, porque el Señor permanece en la barca de Pedro, que ha venido a ser su cátedra y su trono de misericordia.


(1) E. Ionesco, Antidotes (París 1977)

(2) P. Handke, Über die Dörfer (Frankfurt 1981) p.94s. P. Handke es un joven poeta autríaco muy conocido en Alemania.

(3) Libro de la Vida 22,15

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Publicado el 1 abril, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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