CONEXIÓN ENTRE LA ÚLTIMA CENA, LA CRUZ Y LA RESURRECCIÓN – MEDITACIÓN DEL CARDENAL RATZINGER

CARDENAL JOSEPH RATZINGER

“CONEXIÓN ENTRE LA ÚLTIMA CENA,

LA CRUZ Y LA RESURRECCIÓN

Meditación incluida en su libro: Schauen auf den Durchbohrten (1984)

Corbis

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En la meditación sobre la vida pública de Jesús descubrimos que la oración del Señor constituye la clave que nos permite comprender la estrecha relación que existe entre cristología y soteriología; la clave que nos revela la persona de Jesús, así como su obrar y su sufrir. Apliquemos ahora este conocimiento a los hechos de los últimos días de la vida de Jesús. A manera de tesis podemos afirmar: Jesús murió orando. En la última cena asumió anticipadamente su muerte en el momento en que se entregó en la Eucaristía, y así, desde dentro, transformó su muerte en un acto de amor, en una glorificación de Dios.

Las narraciones de los evangelistas que nos trasmiten las últimas palabras de Jesús, aunque no coinciden en los detalles, concuerdan en lo esencial: según ellos, Jesús murió orando. Hizo de su muerte un acto de oración, un acto de adoración. Según Mateo y Marcos, Jesús gritó “con voz fuerte” las primeras palabras del salmo 21, el gran salmo del justo perseguido y liberado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. (Mc 15,34; Mt 27,46). Ambos evangelistas refieren también que estas palabras no fueron comprendidas por las personas que se hallaban presentes, las cuales interpretaron el grito de Jesús como una llamada al profeta Elías. Pasados los hechos, sólo la fe alcanzó a comprender que este grito mortal de Jesús era la oración mesiánica contenida en el gran salmo de los dolores y de las esperanzas de Israel, que se cierra con la visión de la saciedad de los pobres y con la conversión al Señor de todos los confines de la tierra. Este salmo 21 fue para la cristiandad primitiva un texto cristológico clave, en el que encontró expresada no sólo la muerte en cruz de Jesús, sino también el misterio de la Eucaristía, que en la cruz tiene su origen, la verdadera saciedad de los “pobres” y la Iglesia de los gentiles, que proviene igualmente de la cruz. Así, este grito de muerte, considerado por los que se hallaban presentes como inútil invocación a Elías, vio a constituir para los cristianos la más profunda explicación que el mismo Jesús dio de su muerte. A él se aplicó la teología de la cruz implícita en este salmo, de la misma manera que se le atribuyó la profecía que contiene. Con el cumplimiento de la profecía se hizo clara la verdad de esta apropiación, y el salmo se revelo como palabra propia de Jesús; quien realmente ora en este salmo es el mismo Jesús, el desamparado, el escarnecido, pero acogido y glorificado por el Padre. Añadamos que toda la historia de la pasión ha sido tejida con los hilos de este salmo, que se traban y enlazan continuamente unos con otros, en un intercambio entre palabras y realidad. El suplicio por antonomasia, que este salmo indica sin nombrarlo expresamente, se hace aquí concreto y real; aquí se consuma el originario sufrimiento del justo aparentemente rechazado por Dios. De este modo, se hizo evidente que Jesús es el verdadero sujeto de este salmo, que él ha sufrido aquel dolor, del que brota el alimento de los pobres y el retorno de los pueblos a la adoración del Dios de Israel.

Getty

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Pero volvamos una vez más a nuestro punto de partida. Como ya hemos visto, no hay una versión única de cuáles fueron propiamente las últimas palabras de Jesús. Lucas no las descubre en el salmo 21, sino en el otro gran salmo de la Pasión, el 31, en el versículo 6 (Lc 23,46); Juan escoge otro versículo del salmo 21, el 15, y lo relaciona con el salmo de la pasión, el 68 (Jn 19, 28s). La narración de los cuatro evangelistas se muestra unánime en tres puntos; en éstos, pues, ha de concentrarse toda interpretación teológica.

1. Todos los evangelistas comparten la convicción de que el salmo 21 guarda una particular vinculación con la pasión de Jesús, tanto con su realidad objetiva, como con la aceptación personal de la pasión por parte de Jesús; es cierto, además, que consideran indivisible la totalidad del salmo.

2. Por otra parte, todos concuerdan en que las últimas palabras de Jesús constituyeron la expresión de su obediencia sin reservas a la voluntad del Padre; la última palabra de Jesús, según ellos, no fue una invocación dirigida a algún otro, sino palabra dirigida al Padre, en el interior de aquel diálogo que fue el fondo último de su ser. Todos los evangelistas están de acuerdo en que la muerte misma de Jesús fue un acto de oración, que esta muerte fue el tránsito de Jesús al Padre. Todos, en fin, se hallan también de acuerdo en que Jesús oró con la Escritura y en la Escritura se hizo carne en él, es decir, pasión real, pasión del justo por excelencia. Todos, en consecuencia, coinciden en pensar que, de este modo, Jesús entrañó su muerte en la palabra de  Dios, en la cual él había venido siempre y que en él vivió y se hizo manifiesta.

Estas consideraciones nos hacen comprender en seguida la íntima conexión que existe en la Última Cena y la muerte de Jesús. Las palabras pronunciadas en el momento de la muerte y las palabras de la Última Cena, la realidad de la muerte y la de la Última Cena, se hallan estrechamente vinculadas entre sí. El acontecimiento de la Última Cena consiste en el hecho de que Jesús distribuye su cuerpo y su sangre, es decir, su existencia terrena, entregándose a sí mismo. En otras palabras: la Última Cena es una anticipación de la muerte, la transformación de la muerte en un acto de amor. Únicamente en este contexto es posible comprender qué quiere decir Juan cuando se refiere a la muerte de Jesús como glorificación de Dios y glorificación del Hijo (Jn 12,18; 17,21). La muerte, que es de suyo el fin, la destrucción de toda relación, es transformada por Jesús en un acto de comunicación de sí mismo; en esta transformación reside la salvación de los hombres, por cuanto ella significa que el amor vence a la muerte. Podemos también expresar lo mismo desde otro punto de vista: la muerte, que es fin de la palabra y del sentido, se hace ella misma palabra y morada del sentido que se ofrece.

La muerte de Jesús nos revela así la clave para comprender la Última Cena: la Cena es la anticipación de la muerte, la transformación de la muerte violenta en un sacrificio voluntario, en aquel acto de amor que redime al mundo.

La muerte sin el acto de amor infinito de la Cena sería una muerte vacía, carente de sentido; la Cena, sin la realización concreta de la muerte anticipada, sería un mero gesto despojado de realidad. Cena y Cruz son, conjuntamente, el único e indivisible origen de la Eucaristía: la Eucaristía no brota de la Cena aislada; brota de esta unidad de Cena y Cruz, como nos la presenta San Juan en su gran imagen de la unidad de Jesús, Iglesia y sacramento: del costado traspasado del Señor “salió sangre y agua” (19,34) (bautismo y Eucaristía, la Iglesia, la nueva Eva).

Por esta razón, la Eucaristía no es Cena simplemente; la Iglesia no la ha llamado Cena a sabiendas, para evitar esta falsa impresión. La Eucaristía es presencia del sacrificio de Cristo, de este acto supremo de adoración, que es, al mismo tiempo, acto de amor infinito, de un amor que llega “hasta el fin” (Jn 13,1) y, por ello, distribución de sí mismo bajo las especies del pan y del vino.

Si consideramos ahora brevemente las palabras de la institución de la Eucaristía, alcanzaremos a ver aún más de cerca la unidad de Cena y Luz. Comencemos con las palabras centrales: “Esto es mi Cuerpo, éste el cáliz de mi sangre”. Las palabras que aquí se utilizan provienen de la terminología sacrificial del Antiguo Testamento; con esta terminología se significaban los dones que habían de sacrificarse en el templo. Asumiendo este lenguaje y transformándolo en un lenguaje personal, Jesús expresa que él es el sacrificio real y definitivo, deseado y querido en todos los sacrificios del Antiguo Testamento. Los animales eran los sustitutos del verdadero sacrificio, comenzando por el carnero enredado por los cuernos en la espesura, que reemplazó a Isaac. Hablando así, Jesús muestra que Moisés escribió de él (Jn 5,46). Hacia él aspiran todos los sacrificios: Dios no necesita toros ni terneros; Dios espera aquel amor infinito que es la única reconciliación verdadera entre el cielo y la tierra.

A estas palabras, que provienen de la teología del culto de Israel y de la teología de la alianza establecida en el Sinaí, añade Jesús una expresión de origen profético: “entregado por vosotros”, “derramada por muchos para remisión de los pecados”. Estas palabras se encuentran, en los poemas del Siervo de Dios que leemos en el libro de Isaías. Estos poemas presuponen la situación del exilio: Israel no tiene ya su templo, el único lugar legítimo en el que se podía adorar a Dios. De esta suerte, parece haberse extrañado incluso a Dios, huérfano en la soledad del desierto. Ya no se pueden ofrecer sacrificios de expiación y alabanza. La cuestión es inevitable: ¿cómo puede darse la relación con Dios, de la que depende la salvación del pueblo y del mundo? En esta pasión de una existencia vivida fuera de la patria, de una vida alejada del culto, Israel sufre una experiencia nueva: no era ya posible celebrar solemnemente la alabanza de Dios. La única posibilidad de acercarse a Dios era sufrir por él. Inspirados por el Espíritu Santo, los profetas comprendieron que el sufrimiento del Israel creyente constituía el verdadero sacrificio, la nueva liturgia, y que, en esta liturgia real, Israel representaba el mundo ante la presencia de Dios. Este pensamiento fue, al tiempo, una consolación, un imperativo y una esperanza. Una consolación: Israel sabía que su pasión le acercaba especialmente a Dios, que por este camino Dios hacía de Israel luz de los paganos. Un imperativo: sabía que tenía que aceptar la pasión de manos de Dios y que, en la fe, debía transformarla en un acto de alabanza de Dios, en una liturgia de la vida. Una esperanza: Israel advertía que esta figura del Siervo de Dios superaba en grandeza a los individuos, a los profetas, al pueblo entero. Israel tenía conciencia de que esta figura era un “sacramentum futuri”. La esperanza de su pasión consistía en la certidumbre de que aquellos que soportaban el sufrimiento anticipaban al verdadero Siervo de Dios y, de este modo, como “sacramentum futuri”, participaban de su gracia. Al recoger en la cena estas palabras sobre el Siervo de Dios, Jesús afirma: Yo soy este Siervo de Dios. Mi pasión y mi muerte son esta liturgia definitiva, esta glorificación de Dios, que es la luz y la salvación del mundo.

Tocamos aquí un punto importante para vivir la celebración de la Eucaristía. Al participar en los sufrimientos del Siervo de Dios, Israel concelebraba con Jesús la Eucaristía. Participar en la eucaristía, comulgar con el cuerpo y la sangre de Cristo, exige la liturgia de la vida, la participación en la pasión del Siervo de Dios. En virtud de esta participación, nuestros sufrimientos se transforman en “sacrificio”, y así podemos suplir en [nuestra] carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo (Col 1,24).

Me parece que el movimiento litúrgico no ha prestado a este aspecto de la devoción eucarística toda la atención que merece; debemos descubrir de nuevo su sentido. Gracias a esta comunión de sufrimientos se hace concreta la comunión sacramental, entramos en las riquezas de la misericordia del Señor, y esta compasión arraiga en nosotros la capacidad de ser misericordiosos; aquí tienen su fuente las vocaciones que hacen de la misericordia el objetivo de su vida y que tanta falta hacen hoy en la Iglesia.

Volvamos a las palabras de Jesús en la Última Cena. En estas palabras hemos encontrado la tradición mosaica y la tradición profética de Isaías. Descubrimos en ella, además, una tercera corriente: la teología de Jeremías, que se halla muy próxima de la teología sapiencial de los últimos siglos del Antiguo Testamento. Dice Jesús: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” (Lc 22,20), y de este modo recoge la promesa de una nueva alianza alentada por las profecías de Jeremías (Jer 31,31). Jeremías anuncia una nueva alianza, cuyo centro ya no es el Sinaí, sino Sión; su ley se escribirá en las tablas del corazón y se fundará en el perdón de los pecados. Jesús afirma que esta nueva alianza se realiza en el momento de su muerte; con su sangre escribe la nueva ley en nuestros corazones: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente” (Jn 13,34). Siempre que recibimos la comunión sacramental, Jesús escribe la nueva ley en nuestros corazones. Santo Tomás interpreta este hecho con exactitud cuando dice que la “caritas” es la “res sacramenti” de la Eucaristía.

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Una última observación. Aunque hasta el momento nuestras reflexiones han girado en torno a la relación que existe entre Cena y Cruz, no hemos dejado de hablar, en realidad, de la Resurrección. No sólo son inseparables la Cena y la Cruz: Cena, Cruz y Resurrección forman el único e indiviso misterio pascual. La teología de la cruz es la Resurrección, porque la Resurrección es la respuesta y la interpretación divina de la Cruz. La teología de la Cruz es una teología pascual, una teología de la alegría victoriosa aun en este valle de lágrimas. Hemos hecho hincapié en que la Cena fue la anticipación de la muerte violenta y en que la Cruz, sin el gesto de la Cena, así como la Cena sin la realidad de la Cruz, estarían vacías de sentido. Ahora debemos añadir que la Cena anticipa también la Resurrección, la certidumbre de que el amor es más fuerte que la muerte. Este acto de amor que llega hasta el extremo es la transustanciación de la muerte, su radical transformación, la fuerza de la resurrección presente ya en las tinieblas de la muerte. La Cena sin la Cruz y la Cruz sin la Cena carecerían de sentido; pero ambas serían una esperanza fracasada sin la Resurrección. La imagen del costado atravesado, fuente de agua y de sangre, es también imagen de la Resurrección, del amor que es más fuerte que la muerte. En la Eucaristía recibimos este amor, recibimos la medicina de la inmortalidad. La Eucaristía nos conduce a la fuente de la verdadera vida, de la vida invencible, y nos descubre dónde y cómo se encuentra la vida verdadera: no en las riquezas, en la posesión, en el tener. Sólo quienes siguen los pasos de Cristo cargado con la Cruz se hallan en el camino de la vida.

Añadamos a estos pensamientos bíblicos una reflexión antropológica. Ser hombre significa ir al encuentro de la muerte. Ser hombre significa tener que morir, ser una realidad herida por la contradicción: biológicamente hablando, es natural y necesario morir; pero en esa vida biológica se abre un centro espiritual que aspira a la eternidad, y, desde este punto de vista, la muerte no es un hecho natural, sino un absurdo, porque significa expulsión de la esfera del amor, destrucción de una comunicación que es anhelo de eternidad.

En este mundo vivir significa morir. Decir que el Hijo de Dios “se ha hecho hombre” significa, pues, que también él ha ido al encuentro de la muerte. La contradictoriedad propia de la muerte del hombre asume en Jesús su máxima exasperación. En él, que se halla enteramente inmerso en la comunión con el Padre, la absoluta soledad de la muerte se hace del todo incomprensible. Por otra parte, la muerte reviste para Jesús una necesidad específica. En efecto, ya hemos visto cómo precisamente su unión con el Padre es motivo de la incomprensión que sufre por parte de los hombres, de su soledad en medio del ir y venir de su vida pública. La ejecución capital es la consecuencia última de esta incomprensión, del rechazo del incomprendido a la zona del silencio.

Partiendo de aquí, es posible alcanzar algún vislumbre de la dimensión interior, es decir, teológica, de su muerte. Porque morir es siempre para el hombre un acontecimiento biológico y, al mismo tiempo, humano-espiritual. La destrucción del instrumento corpóreo de la comunicación interrumpe, en el caso de Jesús, la comunicación con el Padre. Cuando se destruye el instrumentos humano, desaparece también, temporalmente, el acto espiritual que sobre aquél se funda. En la muerte de Jesús, por consiguiente, se rompe algo mucho más profundo que en cualquier otra muerte simplemente humana. Se interrumpe aquel diálogo que es, en realidad, el eje de todo el universo. El grito de agonía del salmo 21, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, nos permite asomarnos a la profundidad de este proceso. Pero como este diálogo hace de Jesús un ser absolutamente singular y motiva el carácter particular de su muerte, en él está ya presente la resurrección, aun velada por la sombre de la muerte. Y puesto que el diálogo con el Padre es el fundamento sobre el que se asienta también el ser humano de Jesús, su humanidad se halla inmersa en el mismo intercambio trinitario del amor eterno. Siendo esto así, esta humanidad no puede desaparecer; se halla cimentada sobre la roca del amor eterno: resurge necesariamente más allá del umbral de la muerte y asume de nuevo su plenitud humana, la indivisible unidad del alma y cuerpo.

La resurrección nos revela lo que realmente significa el artículo decisivo de nuestra fe: “Se hizo hombre”. A su luz sabemos que es para siempre verdad que Él es hombre. Lo será eternamente. A través de Él, la humanidad ha sido introducida en la naturaleza misma de Dios; éste es el fruto de su muerte. Nosotros existimos en Dios. Dios es totalmente otro y, al mismo tiempo, el no-otro. Cuando, unidos a Jesús, decimos Padre, lo decimos en Dios mismo. Esta es la esperanza del hombre, la alegría cristiana, el Evangelio: Él sigue siendo hombre en la actualidad. En Él, Dios se ha hecho verdaderamente el no-otro. El hombre, este ser absurdo, ha superado el absurdo. El hombre, este ser desventurado, se ha liberado de su desventura: debemos alegrarnos. Él nos ama, y Dios nos ama, hasta tal punto, que su amor se ha hecho carne y permanece siendo carne. Esta alegría debería transformarse en nosotros en el más intenso de los impulsos, en una fuerza arrolladora que nos impeliera a comunicar a los hombres la buena nueva, para que también ellos celebraran la luz que se nos ha manifestado en nosotros y que anuncia el día en medio de la noche de este mundo.

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Publicado el 16 marzo, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Esta meditación del entonces Cardenal Ratzinger en 1984, me ha parecido preciosa, una lección magistral, una reflexión que nos lleva al amor extremó de JESUCRISTO , que se entrega por nosotros en la Eucaristía y en la Cruz. Deseo destacar unos párrafos que han llamado mi atención muy especialmente y que me han llevado a una reflexión profunda : ” La muerte de Jesús nos revela así la clave para comprender la Última Cena: la Cena es la anticipación de la muerte, la transformación de la muerte violenta en un sacrificio voluntario, en aquel acto de amor que redime al mundo.

    La muerte sin el acto de amor infinito de la Cena sería una muerte vacía, carente de sentido; la Cena, sin la realización concreta de la muerte anticipada, sería un mero gesto despojado de realidad. Cena y Cruz son, conjuntamente, el único e indivisible origen de la Eucaristía: la Eucaristía no brota de la Cena aislada; brota de esta unidad de Cena y Cruz, como nos la presenta San Juan en su gran imagen de la unidad de Jesús, Iglesia y sacramento: del costado traspasado del Señor “salió sangre y agua” (19,34) (bautismo y Eucaristía, la Iglesia, la nueva Eva).

    Por esta razón, la Eucaristía no es Cena simplemente; la Iglesia no la ha llamado Cena a sabiendas, para evitar esta falsa impresión. La Eucaristía es presencia del sacrificio de Cristo, de este acto supremo de adoración, que es, al mismo tiempo, acto de amor infinito, de un amor que llega “hasta el fin” (Jn 13,1) y, por ello, distribución de sí mismo bajo las especies del pan y del vino.” MUCHÍSIMAS GRACIAS POR PONER A NUESTRA DISPOSICIÓN ESTÁ BELLÍSIMA MEDITACIÓN

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