LA ORACIÓN, CENTRO Y CLAVE DE LA VIDA DE JESÚS – MEDITACIÓN DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER

CARDENAL JOSEPH RATZINGER

“LA ORACIÓN, CENTRO Y CLAVE DE LA VIDA DE JESÚS”

Meditación incluida en su libro: Schauen auf den Durchbohrten (1984)

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El Evangelio de hoy, festividad de la Cátedra de San Pedro, describe un momento decisivo de la historia de Jesús y de la fundación originaria de la Iglesia: es el momento en que Jesús –expulsado ya de la sinagoga- pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc 8,27s). En aquella hora tuvo principio la confesión de la fe cristológica, y con la confesión común comienza la vida de la Iglesia. La pregunta de Jesús se repite en cada generación: “¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Esta es la cuestión central de nuestra vida y de estos Ejercicios.

La respuesta de los hombres y la respuesta de Pedro reflejan de manera diversa el intento de encontrar, partiendo de lo que ya era conocido, las categorías que ayudarán a definir la figura de Jesús. Las respuestas de los hombres expresan, ciertamente, una pequeña parte de verdad; pero sólo la respuesta de Pedro acierta a dar en la diana y se convierte así en el núcleo a partir del cual se desarrollará el  Credo de la Iglesia; este Credo que, desde el principio, es un Credo petrino. La respuesta de Pedro, en su primera forma transmitida por San Marcos, es el núcleo, pero únicamente el núcleo, el germen del Credo eclesiástico: “Tú eres el Cristo (el Mesías)” (v.28). Esta fórmula expresa lo esencial; pero, a causa de los múltiples significados del título de Mesías, no podía bastar por sí sola. Semejante ambigüedad se pone de manifiesto inmediatamente después de la confesión, cuando Pedro se cree en la obligación de reprender a Jesús a causa del anuncio de la cruz, de manera que Jesús ha de decirle: “Quítate allá, Satán, pues tus pensamiento no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8,33).

Las versiones de la confesión de Pedro que hallamos en los Evangelios de Lucas y Mateo muestran el camino que condujo a profundizar y clarificar la primera fórmula; reflejan el camino de la fe de Pedro y de la Iglesia naciente: la primera y decisiva etapa de la historia del dogma. La historia bíblica de la confesión de Pedro constituyó el punto de cristalización de la fe en Jesús, el Cristo; pero, al mismo tiempo, siguió estando abierto un amplio abanico de posibles explicaciones integradoras, que apuntan en otros muchos títulos, como, por ejemplo, profeta, sacerdote, paráclito, ángel, señor, hijo de Dios, Hijo. El esfuerzo de la primitiva Iglesia por alcanzar una comprensión adecuada de Cristo se presenta a nosotros concretamente como un proceso en el que la fe busca el orden y la relación de los títulos entre sí: una acción de criba que mira a una mayor simplificación y concentración. Al final quedaron tres títulos como descripción común y válida del misterio de Jesús: Cristo, Señor, Hijo (de Dios).

Con todo, se hizo necesario un último proceso de concentración y simplificación. Y esto porque el título de Cristo (Mesías) se fue fusionando cada vez más con el nombre de Jesús, y, sin embargo, en cuanto al contenido, no tenía una significación clara fuera del ámbito judío; y también porque el término “Señor”, en el lenguaje de aquel entonces, envolvía una cierta ambigüedad. La única descripción que todo lo abarcaba, la única capaz de expresar también el contenido de los otros títulos, se halló solamente en el título de “Hijo”. La palabra Hijo encierra en sí todo lo demás y, al mismo tiempo, lo explica. Por esta razón, la profesión de fe de la Iglesia puede por fin sentirse suficientemente expresada con este solo título, cuya forma definitiva encontramos en Mateo, en la profesión de fe de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).

Ahora bien, el hecho de que la Iglesia concentre en esta sola palabra una estructura tan diversificada como la de la tradición y alcance así una última simplificación de la definición cristiana fundamental, no debe en modo alguna interpretarse como simpleza, en el sentido de superficialidad y reduccionismo. En el término “Hijo” hallamos aquella simplicidad que es, al tiempo, hondura y amplitud. “Hijo”, como profesión fundamental de fe, significa que en este término se nos da la clave de interpretación que nos permite alcanzar y comprender todo lo demás.

Llegados a este punto, nos sale al encuentro el drama de la discusión moderna en torno a Jesús, una discusión que replantea fundamentalmente las opiniones de los hombres que no conocían a Jesús. Los argumentos no dejan de ser sugestivos. Se dice que una concentración semejante de la herencia histórica falsifica en realidad los orígenes, especialmente porque media una distancia temporal demasiado significativa.

Antes de responder a este argumento, quisiera insistir una vez más en el hecho de la simplicidad del dogma respecto a la tradición bíblica. Muchos piensan que el dogma de la Iglesia ha ocultado la sencillez del Evangelio bajo una mole insondable de conceptos filosóficos y, de este modo, ha cerrado el camino de acceso al Jesús de la Biblia. La verdad es justamente lo contrario: la historia del dogma cristológico es un proceso de simplificación y de concentración. Este proceso ha sacado a luz el centro mismo, aunando todas las experiencias que el Nuevo Testamento refiere e interpreta por medio de esta única palabra, “Hijo”, y nos ha proporcionado así la clave hermenéutica que nos permite acceder en profundidad a la persona y a la historia de Jesús.

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Pero volvamos a nuestro punto de partida. ¿Puede acaso decirse que esta concentración es una falsificación?

En realidad, con esta interpretación de la figura de Jesús, la Iglesia responde a la experiencia histórica fundamental que de él tuvieron los testigos oculares de su vida. Porque llamar a Jesús el “Hijo” no significa recubrirle con el oro mítico del dogma (como se ha afirmado una y otra vez, siguiendo a Reimarus), sino que corresponde de la manera más estricta al carácter central de la figura histórica de Jesús. En esta palabra se concentra la experiencia de aquellos a quienes el Señor se dirige como a “vosotros”, los cuales –a diferencia de “los hombres”- conocían a Jesús íntimamente. El testimonio unánime del Evangelio insiste en poner de relieve que las palabras y las obras de Jesús brotaban de su íntima comunión de vida con el Padre; que, después de la fatiga de la jornada, se retiraba siempre a “un lugar desierto” para orar en soledad (cf., por ejemplo, Mc 1,35; 6,46; 14,35-39). Según el testimonio acorde e incontestable de los evangelios, se puede establecer la siguiente tesis: el centro de la vida y de la persona de Jesús es su constante comunicación con el Padre. Entre los evangelistas, es Lucas el primero en subrayar con fuerza este comportamiento, poniendo así de manifiesto que los resultados sustanciales de la acción de Jesús surgían del centro de su persona, y este centro era el diálogo que mantenía con el Padre. Cito tres ejemplos.

1. Comencemos con el llamamiento de los Doce, cuyo número simbólico expresa la referencia al nuevo pueblo de Dios, del que los apóstoles llegarían a ser las columnas. Con ellos, pues, mediante un gesto simbólico y al mismo tiempo totalmente real, inicia Jesús el “Pueblo de Dios”; esto significa que su llamamiento ha de considerarse teológicamente como el principio de la “Iglesia”. Según Lucas, Jesús pasó la noche que precedió a este acontecimiento entregado a la oración en el monte; el llamamiento brotó de la oración, del coloquio del Hijo con el Padre. La Iglesia es engendrada en una oración en la que Jesús se confía enteramente al Padre, y el Padre lo pone todo en manos del Hijo. En esta profundísima comunicación de Padre e Hijo se encierra el origen verdadero y siempre nuevo de la Iglesia y su más sólido fundamento (Lc 6,12-17).

2. Como segundo ejemplo, quiero referirme al relato del origen de la profesión de fe en Cristo, que hace poco hemos mencionado como fuente central de la más antigua historia del dogma cristológico. Jesús pregunta a los apóstoles, en primer lugar, qué opina la gente del Hijo del hombre, y después qué piensan ellos de él. A esta pregunta, como bien sabemos, Pedro responde con aquella profesión de fe que edifica continuamente a la Iglesia en comunión con Pedro. La Iglesia vive de esta profesión de fe; en ella se le revela, junto con el misterio de Jesús, el misterio de la vida humana, de la historia del hombre y del mundo, porque en ella se hace presente el misterio de Dios. Esta profesión de fe unifica a la Iglesia; por este motivo, Simón, el hombre que hace la profesión de fe, es llamado Pedro, elegido y destinado a ser la piedra de la unidad: profesión de fe y ministerio de Pedro, profesión de fe en Jesucristo y unidad de la Iglesia con y en torno a Pedro, se hallan entre sí indivisiblemente vinculados.

Podemos decir así que la confesión de Pedro representa el segundo peldaño en la realización de la Iglesia. Y también en este momento Lucas nos hace ver que Jesús plantea a los apóstoles la pregunta decisiva sobre lo que ellos pensaban de él precisamente cuando había comenzado a participar del secreto de su oración. De suerte que el Evangelio aclara que Pedro comprende y proclama la realidad de la persona de Jesús en el momento mismo en que, estando en oración, Jesús manifiesta la unidad de su ser con el Padre. Según Lucas, pues, se conoce a Jesús cuando se le conoce en su oración. La fe cristiana proviene de la participación en la oración de Jesús, de un hallarse implicados en ella, de un poder penetrar en su plegaria: la fe es interpretación de la experiencia orante de Jesús y, por este motivo, aclara verdaderamente quién es Jesús, porque surge de la participación en su intimidad, en el núcleo de su persona. Hemos llegado a la más profunda raíz y a la premisa constante de la fe cristiana: sólo si entramos en la soledad de Cristo, sólo si participamos en su realidad, en su comunicación con el Padre, podremos ver esta realidad suya. No hay otra forma de entrar en su identidad; únicamente así comenzamos e entenderlo y a comprender lo que significa “seguir a Jesús”. La profesión de fe en Cristo no es una frase neutra; es oración y nace tan sólo de la oración. Aquel que había alcanzado a ver la intimidad de Jesús con su Padre y había comprendido así quién era Él realmente, es destinado ahora a ser “piedra” de la Iglesia. La Iglesia brota de la participación en la oración de Jesús (cf. Lc 9,18-20; Mt 16,13-20).

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3. Como tercer ejemplo presentaré la transfiguración de Jesús en “el monte”. En la tradición evangélica, “el monte” es siempre el lugar de la oración, del estar a solas con el Padre. Jesús sube al monte y, en esta ocasión, toma consigo a los tres que representaban el núcleo central de la comunidad de los Doce: Pedro, Santiago y Juan. “Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó” nos cuenta Lucas (9,29). Nos aclara de este modo que la transfiguración no hace más que poner de manifiesto lo que acontece realmente en la oración de Jesús: participación en el esplendor de Dios y, de esta suerte, manifestación del verdadero significado del Antiguo Testamento y de la historia entera, es decir, revelación. El anuncio de Jesús surge de esta participación en el esplendor de Dios, en la majestad de Dios, que, a la vez, significa un ver con los ojos de Dios y es, por ello, revelación de lo que está escondido. Con esto, Lucas indica a un tiempo la unidad de revelación y oración en la persona de Jesús: una y otra brotan del misterio de la filiación. Además, según los evangelistas, la transfiguración es una especie de anticipación de la resurrección y de la parusía (cf. Mc 9,1). De manera que la comunicación con el Padre, que se hace visible durante la oración de la transfiguración, constituye la verdadera razón que explica por qué Jesús no podía quedar preso de la muerte y por qué en sus manos está toda la historia. Aquel a quien el Padre dirige la palabra es el Hijo (cf. Jn 10,33-36). Y el Hijo no muere jamás. De esta suerte, Lucas pone de relieve que toda la reflexión en torno a Cristo –la cristología- no hace otra cosa que interpretar su oración: la persona entera de Jesús se halla contenida en su plegaria.

4. Pero también en los otros evangelistas podemos hallar múltiples pruebas que apoyan este punto de vista. Me limitaré a esbozar brevemente tres ejemplos.

a) En primer lugar, quiero referirme a la oración de Jesús en el huerto de los Olivos, que ahora –en el momento en que se inicia la pasión- se convierte en “el monte” de su soledad con el Padre. Utiliza para dirigirse a Dios la palabra “Abbá”, que, en este contexto, Marcos nos transmite en arameo, la lengua materna de Jesús, supera toda forma de oración conocida en aquel entonces; ese término expresa un grado de familiaridad con Dios que la tradición judía no podía en modo alguno admitir. Con esta sola y originalísima palabra se expresa la relación nueva y absolutamente singular que Jesús mantenía con Dios, una relación que únicamente puede expresarse mediante la denominación “Hijo”.

b) Llegamos así al segundo punto que aquí quería tocar. Se refiere justamente al empleo sustancial de las palabras “Padre” e “Hijo”, tal como se puede observar en el lenguaje de Jesús. Nunca atribuye Jesús a los apóstoles o a otras personas el nombre de “hijo” o “hijos” en el sentido en que se lo atribuye a sí mismo. Del mismo modo, siempre separa claramente la expresión “Padre mío” del sentido que tiene la común paternidad de Dios, válida para todos los hombres. La locución “Padre nuestro” va destinada a los apóstoles, que oran con el “nosotros” de la comunidad apostólica; con ella se expresa la participación de los suyos en la relación de Jesús con Dios, la cual se actualiza de tal suerte en la oración de los apóstoles que en modo alguno queda suprimida la diferencia en la manera de relacionarse con Dios. En todas las palabras y acciones de Jesús resplandece esta relación de Hijo, siempre presente y siempre eficaz; salta a la vista cómo todo su ser se halla inmerso en esta relación.

c) Este “ser-relación”, que en realidad es la persona misma de Jesús, no sólo se manifiesta en las diferentes formas en que se presenta la palabra “Hijo”, sino también en una serie de otras expresiones que aparecen una y otra vez en el mensaje de Jesús, como, por ejemplo: “Para esto he venido”, “para esto he sido enviado”. Según la conciencia que Jesús tiene de sí, tal como nos es revelada en los evangelios, él no habla ni actúa por sí mismo, sino por obra de otro, del que proviene de tal modo que este provenir le es sustancia. Toda su existencia es misión, es decir, relación.

Si referimos estas observaciones a los evangelios sinópticos, se comprende claramente que el cuarto Evangelio, que se halla todo él construido a base de conceptos como “Palabra”, “Hijo”, “misión”, no añade nada sustancialmente nuevo a la más antigua tradición, sino que sólo subraya de una manera más enérgica lo que también los otros evangelios manifiestan. Podría decirse que el cuarto Evangelio nos introduce en aquella intimidad de Jesús a la que son admitidos únicamente aquellos que son sus amigos. Esto nos muestra a Jesús a la luz de aquella experiencia de amistad que permite asomarse a lo interior, y es una invitación a entrar en esta intimidad junto con el discípulo amado de Jesús, para conocer a Jesús y descubrir en el conocimiento del Salvador el camino, la verdad y la vida.

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Publicado el 12 marzo, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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