ET INCARNATUS EST – MEDITACIÓN DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER

CARDENAL JOSEPH RATZINGER

“ET INCARNATUS EST”

“Meditación incluida en su libro del año 1978: Il Dio di Gesù Cristo”

Corbis

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La expresión de la Encarnación de Dios en Jesús que hallamos en San Juan constituye el corazón de nuestra confesión cristológica, la interpretación real y divina del descendimiento del Hijo. Esta expresión es, en consecuencia, punto de partida y referencia de toda reflexión teológica que se relaciona con la cristología. Aquí, en este nuestro camino de preparación al misterio pascual, no daremos acogida a las construcciones conceptuales de los teólogos, sino a los misterios de la vida Jesús. La oración contemplativa, que ha quedado reflejada en una pintura impregnada de meditación, se ha sumergido amorosamente en cada una de las etapas del itinerario histórico y terreno de Jesús, para ver de cerca este abismo infinito que se abre ante nosotros cuando decimos “el Hijo de Dios se hizo hombre”.

Además de la comprensión metafísica de estas palabras, será siempre necesario este otro intento de aproximación que consiste en la meditación de las imágenes de la vida y de la temporalidad concreta, que no puede reducirse a la supratemporalidad de los conceptos abstractos; será necesaria la visión del corazón, que rastrea las diversas revelaciones del misterio divino y humano en las diferentes etapas fundamentales de la vida de Jesús, en sus diversos aconteceres, en las obras y sufrimientos del Señor. Escogemos tres aspectos: infancia, edad adulta y muerte.

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1. El significado teológico de la infancia de Jesús

En virtud de la Encarnación, Jesús se ha hecho niño. “Hacerse hombre” y también aparecer en figura del hombre quiere decir: aceptar el camino escondido que comienza en la humildad de la concepción en el seno materno, el camino que se inicia en la infancia. Ser hombre implica hacerse niño. ¿Qué significa “ser niño”? Significa, ante todo, dependencia, necesidad de ayuda, tener que recurrir a los demás. Jesús, en cuanto niño, no sólo proviene de Dios, sino también de otros hombres. Ha vivido en el seno de una mujer, de la que ha recibido su carne y su sangre, los latidos de su corazón, su comportamiento y su palabra. Ha recibido la vida de la vida de otro ser humano. El que provenga de otro aquello que es propio de uno no es un hecho puramente biológico. Significa que incluso la forma de pensar y de observar, la hechura de su alma, la recibió Jesús de hombres que existieron antes que él y, en último término, de su Madre. Significa que, acogiendo la herencia de sus antepasados, ha querido seguir el camino tortuoso que desde María se remonta a Abraham y llega hasta Adán. Ha cargado con el peso de esta historia; la ha vivido y sufrido, purificándola de todas sus negativas y errores, hasta el puro “Sí”: “Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, no ha sido Sí y No, antes ha sido Sí en Él” (2 Cor 1,19).

Es sorprendente la importancia que el mismo Jesús concede, en la vida de todo hombre, al hecho de ser niño. “En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Según Jesús, por tanto, ser niño no es una etapa puramente transitoria en la vida del hombre, una etapa que procede de su condición biológica y que se cierra por completo en un momento dado; la realidad original del hombre se realiza de tal modo en la infancia que quien ha perdido la esencia de la infancia se ha perdido a sí mismo. Identificándonos así con este aspecto humano de la vida de Cristo, podemos imaginar qué feliz recuerdo tuvo Jesús de sus días de infancia, hasta qué punto la infancia fue para él una experiencia preciosa, una forma particularmente pura de humanidad. Partiendo de ahí, aprenderemos a reverenciar al niño, ese ser desvalido que reclama nuestro amor. Pero hay una pregunta que se nos plantea en primerísimo término: ¿en qué consiste exactamente este ser niños, que Jesús considera como necesidad ineludible? Porque es claro que no se trata de una sublimación romántica de los pequeñuelos, ni de un juicio moral. Es mucho más profundo su sentido.

Ante todo, debemos tener en cuenta que el título central de Jesús, el que más propiamente expresa su dignidad, es el de “Hijo”. De cualquier modo que se quiera responder a la cuestión de en qué medida esta designación se halla ya oralmente prefigurada en las palabras históricas de Jesús, puede afirmarse que ella constituye indudablemente un intento de resumir en una palabra la impresión total de su vida. La orientación entera de su vida, el motivo originario y el objetivo que la modelaron, se expresan en una palabra: Abbá, Padre amado. Jesús sabía que nunca estaba solo: aquel a quien llamaba Padre siguió volcándose en Él hasta el último grito sobre la cruz. Únicamente así es posible comprender que no haya querido llamarse rey, ni señor, ni con otro nombre que significara atributo de poder, sino utilizando una palabra que podríamos traducir también por “niño”. Podemos, pues, afirmar: la infancia tiene en la predicación de Jesús una significación tan extraordinaria porque es ella la que con mayor profundidad responde al misterio más personal de Jesús, a su filiación. Su dignidad más elevada, que remite a su divinidad, no es un poder que él posea en definitiva; se funda sobre su estar vuelto hacia el Otro: Dios, el Padre. El exegeta alemán Joachim Jeremias dice con mucho acierto que ser niños en el sentido de Jesús significa aprender a decir Padre (1). Para comprender la enorme fuerza que se encierra en esta palabra es preciso leerla en la perspectiva de Jesús, el Hijo. El hombre quiere ser Dios y –dando a esta expresión su sentido correcto– debe llegar a serlo. Pero cuando trata de serlo emancipándose de Dios y de su creaturalidad, poniéndose por encima de todo y centrándose en sí mismo, como en el eterno diálogo con la serpiente en el paraíso terrenal; cuando, en una palabra, se hace completamente adulto y emancipado y echa por la borda la infancia como manera de ser, entonces acaba en la nada, porque se pone en contra de su misma verdad, que significa un referirlo todo a Dios. Sólo si conserva el núcleo más íntimo de la infancia, es decir, la existencia filial vivida anteriormente por Jesús, puede el hombre entrar con el Hijo en la divinidad.

Otro aspecto de lo que para Jesús significa ser niños se esclarece al considerar cómo enaltece a los pobres: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lc 6,20).

En este pasaje, los pobres ocupan el lugar de los niños. Insistimos en que no se trata de una visión romántica de la pobreza, ni tampoco de emitir juicios morales sobre individuos concretos, pobres o ricos, sino de la esencia profunda de la humanidad. En la condición del pobre se manifiesta con bastante claridad qué quiere decir ser niños: el niño no posee nada por sí mismo. Todo lo que necesita para vivir lo recibe de los otros, y precisamente en esta su impotencia y desnudez es libre. No ha desarrollado todavía actitudes que disfracen su realidad original. Riqueza y poder son las dos grandes ambiciones del hombre, que así se hace esclavo de sus posesiones y se le va el alma tras ella. Aquel que, en medio de las riquezas, no es capaz de seguir siendo pobre en lo profundo de su ser, consciente de que el mundo está en las manos de Dios y no en las suyas, ha perdido realmente aquella infancia sin la cual no es posible entrar en el Reino. A este propósito, el metropolita griego Stylianos Harkianakis recuerda que Platón, en el Timeo, habla del juicio irónico de un extranjero que afirmaba que los griegos son aeí paídes, eternos niños. Platón no ve en este juicio un reproche, sino una alabanza de la manera de ser de los griegos. “Como quiera que sea, hay un hecho indiscutible: los griegos querían ser un pueblo de filósofos, y no de tecnócratas, es decir, eternos niños, que veían en el asombro la condición más elevada de la existencia humana. Solamente así puede explicarse el hecho significativo de que los giegos no hicieran uno práctico de sus innumerables hallazgos” (2).

Esta alusión a la secreta afinidad que existe entre el alma griega y el mensaje del Evangelio encierra también algo que nos concierne: el asombro no debe extinguirse nunca en el hombre; el asombro, es decir, la capacidad de admirarse y de escuchar, de no interrogarse únicamente por lo que es útil, sino de percibir también la armonía de las esferas y de complacerse justamente en aquello que no le procura al hombre provecho alguno.

Avancemos un paso más todavía. Ser niños significa decir “padre”, como antes hemos indicado. Añadimos ahora: ser niños significa también decir “madre”. Si suprimimos esta posibilidad, eliminamos el factor humano de la infancia de Jesús, dejando únicamente la filiación del Logos, que nos será revelada precisamente por la infancia humana de Jesús, dejando únicamente la filiación del Logos, que nos será revelada precisamente por la infancia humana de Jesús. Hans Urs von Balthasar ha expresado admirablemente esta idea, tanto que vale la pena citarlo aquí ampliamente: “Eucharistia significa hacimiento de gracias: nada tiene de extraño que Jesús dé gracias ofreciéndose y entregándose continuamente a Dios y a los hombres. ¿A quién da gracias? Da gracias, ciertamente, a Dios Padre, modelo supremo y fuente de todo son… Pero también expresa su gratitud a los pobres pecadores que han querido acogerle, que le abren las puertas de su indigna morada. ¿Da gracias también a alguien más? Sin duda: da gracias a la pobre esclava de la que recibió esta carne y esta sangre cuando el Espíritu Santo la cubrió con su sombra… ¿Qué aprende Jesús de su madre? Aprende el “sí”. No un “sí” cualquiera, sino la palabra “sí”, que avanza siempre, incansablemente. Todo lo que tú quieras, Dios mío, “he aquí a la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”… Esta es la oración católica que Jesús aprendió de su madre terrena, de la Catholica Mater, que estaba en el mundo antes que él y que fue inspirada por Dios para pronunciar por primera vez esta palabra de la nueva y eterna alianza…” (3).

En Stylianos Karkianakis hallamos, además, una observación en la que la lógica del niño asume un carácter tan puro y convincente, que, en comparación con ella, toda explicación racional no pasaría de ser una pálida abstracción despojada del esplendor de la mirada infantil: “Un monje del claustro de Iviron, en el monte Athos, me dijo en cierta ocasión: Honramos a la Madre de Dios y tenemos puesta en ella todas nuestras esperanzas, porque sabemos que todo lo puede. ¿Y sabéis por qué lo puede todo? Su Hijo no desoye nunca un deseo suyo porque no le ha devuelto lo que de ella ha tomado prestado. Ha tomado de ella su carne, que él ha divinizado, pero que jamás le ha devuelto. Esta es la razón por la que nos sentimos tan seguros en el jardín de la Madre de Dios” (4).

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2. Nazaret

El nombre de Nazaret ha llegado hasta nosotros desfigurado por el grupo de los nazarenos y por su versión edulcorada de la vida de Jesús, como si se tratara de un idilio pequeño–burgués; hoy rechazamos esta visión que tiende a minimizar el misterio. El punto de partida del culto a la Sagrada Familia, que en la mayoría de los casos adolece de aquella falsa interpretación, es otro, ciertamente. Fue el cardenal Laval quien lo desarrolló en Canadá, en el siglo XVII, como forma de despertar la responsabilidad propia de los laicos. El cardenal “reconoció entonces la necesidad de dar a la población colonial una sólida estructura social para impedir que se viniera abajo por falta de raíces y de tradiciones. No contaba con suficientes sacerdotes para crear comunidades eucarísticas completas… Por esta razón volcó toda su atención en la familia: la vida de oración se confió al cabeza de familia. Al meditar la vida de Jesús en Nazaret se descubría la familia como Iglesia y se ponía de manifiesto la responsabilidad del cabeza de familia” (5).

En la “Galilea de los paganos” creció Jesús como judío, aprendió la Escritura fuera de la escuela, en la casa en la que la palabra de Dios había hecho su morada. Las escasas noticias que transmite Lucas nos bastan para darnos una idea del espíritu que caracterizaba aquella comunidad familiar, en la que se hacía realidad el verdadero Israel. Pero especialmente reconocemos la fructuosa lección que se desprendió de aquel vivir juntos en Nazaret viendo cómo Jesús lee las Escrituras y las conoce con la seguridad de un maestro, cómo domina las tradiciones de los rabinos.

¿Debería todo esto dejarnos indiferentes en un tiempo en el que la mayor parte de los cristianos ha de vivir en una especie de “Galilea de los paganos”? La Iglesia no puede crecer ni prosperar si no tiene la seguridad de que sus raíces ocultas se hallan protegidas en la atmósfera de Nazaret.

Hay, además, un segundo punto de vista. Superando la fronda de aquel Nazaret artificioso, se ha puesto de nuevo de manifiesto el profundo contenido del misterio de Nazaret, que pasó inadvertido para sus contemporáneos. Ha sido Charles de Foucauld el que, en su búsqueda del “último lugar”, nos ha descubierto a Nazaret. Fue ésta la localidad que más profundamente le impresionó en su peregrinación por Tierra Santa; no se sentía llamado “a seguir a Jesús en su vida pública. Nazaret, en cambio, le conquistó hasta el fondo del corazón”. Quería seguir los pasos del Jesús que calla, del Jesús pobre, del Jesús que trabaja. Quería poner en práctica literalmente estas palabras de Jesús: “Cuando seas invitado, ve y siéntate en el postrer lugar” (Lc 14,10). Sabía que Jesús había ilustrado estas palabras con su propio ejemplo; sabía que, aun antes de morir en la cruz desnudo y despojado de todo, había elegido el último lugar en Nazaret. Charles de Foucauld encontró primero su Nazaret en la Trapa de Notre Dame des Neiges (1890) y seis meses más tarde en la Trapa de Akbes, en Siria, aún más pobre que la de Notre Dame du Sacré Coeur. Desde este lugar escribía a su hermana: “Trabajamos como los campesinos; es el suyo un trabajo infinitamente saludable para el alma, pues se puede orar y meditar mientras se lleva a cabo… Se comprende muy bien qué significa un pedazo de paz cuando se sabe por propia experiencia cuánto sudor cuesta producirlo” (6).

Peregrinando tras las huellas del “misterio de la vida de Jesús”, Charles de Foucauld encuentra a Jesús obrero. Encuentra al verdadero “Jesús histórico”. Cuando Charles de Foucauld trabajaba en Notre Dame du Sacrçe Coeur, apareció en Europa, en 1892, el libro fundamental de Martin Kähler, titulado El así llamado Jesús histórico y el Cristo histórico de la Biblia. Estallaban entonces los primeros chispazos de la polémica sobre el Jesús histórico. Este libro llegó a ser más tarde el punto de arranque de las reflexiones de R. Bultmann sobre el “Jesús histórico”. Nada sabía de esto el hermano que vivía con los trapenses sirios. Pero, adentrándose en la experiencia nazarena de Jesús, aprendió de ello mucho más de lo que habría podido sacar en limpio de una docta discusión. De este modo, la meditación vital que tiene por centro a Jesús contribuye a abrir un nuevo camino para la Iglesia. Porque trabajar con Jesús obrero, sumergirse en “Nazaret”, se convierte en el punto de partida de una nueva idea de Iglesia: una Iglesia pobre, una Iglesia–familia, una Iglesia nazarena.

Nazaret encierra un mensaje permanente para la Iglesia. La Nueva Alianza no se inicia en el templo, ni siquiera en la montaña santa, sino en el humilde hogar de la Virgen, en la casa de un trabajador, en un lugar olvidado de la “Galilea de los paganos”, de donde nadie esperaba que pudiera salir algo bueno. La Iglesia ha de volver siempre a este origen; ha de curar al hombre partiendo de aquí. No podrá dar respuesta justa a la rebelión de nuestro siglo contra el poder de la riqueza si Nazaret no permanece en ella como realidad vivida.

3. Vida pública y vida oculta

El trabajo y la aparición en público siguen al tiempo de silencio, de aprendizaje y de espera. La humanidad de Jesús significa también participación en la alegría, en el éxito que la vida pública puede ofrecer, participación en el gozo del trabajo humano y en el provecho que este reporta. También significa, ciertamente, el otro aspecto: participar en la carga y en la responsabilidad que la vida pública trae consigo. El que trabaja públicamente no se gana sólo amistades; se halla también expuesto a la contestación, a la incomprensión y al abuso. Su nombre y su palabra pueden ser manipulados por unos y por otros, tanto a la derecha como a la izquierda. El anticristo se disfraza de Jesús; se servirá de él, como el demonio se sirve de la palabra de Dios, de la Biblia (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13).

Paradójicamente, la vida pública significa también soledad. Así le sucede a él: cosecha amigos, pero ha de conocer la desilusión de la amistad traicionada, ni siquiera se le ahorra la incomprensión de los discípulos bienintencionados, pero débiles. Y al final, sobreviene la hora de la angustia en el monte de los Olivos, cuando los discípulos duermen. En lo más íntimo de sí mismo, Jesús permanece incomprendido.

Junto a esta soledad de la incomprensión hay otro género de soledad: el estar a solas propio de Jesús. El vive su vida partiendo de un punto en el que los demás no pueden penetrar; la vive desde su estar a solas con Dios. Se le puede aplicar plenamente y de una manera más profunda que a cualquier otro hombre el dicho de Guillermo de Saint-Thierry: “Quien está con Dios, nunca está menos solo que cuando está solo”.

Tocamos aquí el centro del misterio cristológico. La fe cristológica de la Iglesia se abre camino en la meditación de la oración de Jesús. La oración es su vida oculta y es también la clave de su vida pública. Nuestra próxima meditación se centrará, pues, en esta realidad fundamental: la oración de Jesús.


(1) J. Jeremias, Neutestamentliche Theologie I (Gütersloh 1971) p.154.

(2) St. Harkianakis, Orthodoxe Kirche und Katholizismus (München 1975) p.60s; cf. Platón, Timaes 22b.

(3) H. U von Balthasar, Haus des Gebetes, en W. Seidel, Kirche aus der lebendigen Steinen (mainz 1975), p.25ss.

(4) Harkianakis, o.c., p.65.

(5) Th. Maertens y J. Frisque, Kommentar zum Messbuch I (Freisburg 1965) p.166.

(6) M. Carrouges, Charles de Foucauld (Freiburg 1958) p.134.

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Publicado el 11 marzo, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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