DESCENDIT DE CAELIS – MEDITACIÓN DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER

CARDENAL JOSEPH RATZINGER

“DESCENDIT DE CAELIS”

“Meditación incluida en su libro del año 1978: Il Dio di Gesù Cristo”

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1. Preguntas y primeras respuestas

Luego de haber confesado la divinidad eterna de Jesús, el gran Símbolo ecuménico de Nicea y de Constantinopla inicia su confesión del misterio de la Encarnación con estas palabras: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”. Si la palabra consubstantialis (de la misma sustancia), objeto de tantas discusiones, es la palabra clave de la confesión de la divinidad del Señor, el núcleo del misterio de la Encarnación se expresa particularmente con el término “bajó”. El Hijo de Dios “baja”.

A la mentalidad moderna le parece inadmisible la acción que este verbo significa.

Pienso que es éste el motivo de que se omita este término, por ejemplo, en la traducción alemana. Pero el misterio llama a nuestro corazón justamente con expresiones semejantes, con palabras a primera vista despreciables. Para entrar en el misterio debemos ahondar en tales palabras y superar la impresión superficial de descrédito que las envuelve.

¿Por qué esta expresión parece inconveniente? ¿Cuáles son los motivos que explican esa especie de extraña resistencia a aceptarla? Al plantearnos semejante pregunta nos sale al paso en seguida una primera cuestión: ¿Puede Dios hacerse dependiente del hombre? ¿Puede la realidad contingente constituirse en ámbito de lo eterno? ¿Qué otra razón puede haber del obrar de Dios sino Dios mismo? ¿Sería acaso posible que Dios obrase de manera divina, como Dios, precisamente cuando obra por el hombre, su creatura?

Hay un segundo obstáculo menos grave, aunque mucho más tangible: ¿No se presupone aquí una concepción del mundo a tres niveles, claramente mítica? ¿No se parte de la hipótesis de un Dios que habita en las alturas, más allá de las nubes, de unos hombres que viven abajo y de una tierra que es la base de la creación, a la que Dios ha de descender para poner orden en todo?

Permanecen todavía oscuros para nosotros algunos otros interrogantes aún más profundos, que a un tiempo resuelven, desde muchos puntos de vista, las cuestiones anteriormente apuntadas. No nos gusta la idea de que alguien descienda de lo alto. Nada queremos saber de la palabra “condescendencia”: queremos igualdad. Nos complace la expresión bíblica deposuit potentes de sede (“derribó a los potentados de sus tronos”) mucho más que las palabras descendit de caelis, a pesar de que ambas expresiones tienen igual validez, ya que es precisamente el Dios que desciende el que también derriba a los poderosos y eleva al primer puesto a los que hasta entonces eran los últimos. Pero nos afanamos en derribar por nosotros mismos a los potentados, prescindiendo del Dios que baja del cielo. La concepción de un mundo en el que ya no se da lo alto y lo bajo, la concepción de un mundo igual en todo y sin puntos de referencia fijos, no es solamente exterior. Corresponde también a una nueva actitud frente a la realidad, una actitud que considera engañosa la idea de los alto y lo bajo, y que se empeña, en consecuencia, en abajar todo lo que está en lo alto, en nombre de la igualdad, de la libertad y de la dignidad del hombre. Frente a esta mentalidad, podemos decir, como conclusión: si Dios ha bajado, si ahora vive abajo, entonces también lo bajo se ha hecho alto. Y es así como desaparece la antigua división en alto y bajo, de manera que resulta profundamente transformada la concepción del mundo y del hombre. Pero su transformación se debe precisamente a aquel Dios que ha bajado del cielo.

Ante todo, pues, ha de quedar firmemente en pie una afirmación irreversible: Él ha bajado. Y esto significa: existe la altura, la majestad y el señoría de Dios y de Jesucristo; la majestad absoluta de su palabra, de su amor y de su poder. Existe lo alto: Dios. El segundo artículo del Credo no anula el primero. En el abajamiento más profundo, en la humillación y en el ocultamiento extremo, Dios sigue siendo la verdadera altura. Antes de abordar la historia de la salvación, ha de situarse a plena luz la declaración fundamental: “Dios existe”. Debe antes hacerse presente en la memoria la intangible majestad de aquel de quien todo procede; si no se tiene conciencia de ella, entonces también el abajamiento de Dios pierde su grandeza y se diluye en la universal monotonía de las fluctuaciones carentes de objetivo de aquello que es siempre igual. Si no se percibe la majestad de Dios, pierde toda su tensión y todo su sentido el drama de la historia, el drama de la humanidad; no sólo no resulta engrandecido el hombre, sino que se ve empequeñecido; entonces ya no hay, ciertamente “altura” en el mundo, sino uno de los juegos en los cuales experimenta sus posibilidades “el animal que aún no se ha definido” (Nietzsche).

Quien quiera comprender el descendimiento, debe comprender primero el misterio de lo “alto”, que se indica con la palabra “cielo”.

En el principio está el misterio de la zarza ardiente: la potencia que infunde temor establece los criterios. Pero el fuego de la zarza ardiente no es un fuego terreno en el sentido de la filosofía estoica: de este fuego sale una voz; con ello se pone de manifiesto que Dios ha escuchado el lamento de aquellos que han sido reducidos a esclavitud, el grito de Israel pidiendo ayuda. Este fuego es también bajada del Dios que está a favor de los perdedores. Podemos decir, pues, como primera consecuencia de estas consideraciones, que aunque no se dé un descendimiento geográfico de un nivel superior del mundo a otro inferior existe, sin embargo, una realidad mucho más profunda que debería tener su lugar en el simbolismo de la imagen cósmica: el advenimiento de la esencia de Dios en la esencia del hombre, y más aún: el paso de la gloria a la cruz, la venida a favor de los últimos, los cuales, en virtud de esta venida, pasan a ser los primeros.

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2. Una interpretación bíblica de la bajada del Hijo

El sentido profundo de lo que entendemos con la palabra “bajada” se puede comprender, en cierto modo, siguiendo la larga historia de esta palabra a través del Antiguo y del Nuevo Testamento; de ellos desciende un riachuelo que recoge a su paso otros arroyos y afluentes, convirtiéndose así en una corriente de caudal cada vez mayor. En el relato de la construcción de la torre de Babel nos encontramos con una primera bajada de Dios, una bajada presidida por la cólera, a la que se contrapone, en la historia de la zarza ardiente, una nueva bajada que se caracteriza por la misericordia y el amor. En el contexto de estos Ejercicios, no podemos seguir punto por punta esta historia; limitémonos a considerar un pasaje del capítulo 10 de la carta a los Hebreos, en el que se contiene una de las interpretaciones más profundas de la bajada del Hijo, que se presenta despojada de toda concepción de tipo espacial, de manera que viene a situarse a plena luz el contenido personal y espiritual de la palabra. El autor de la carta vuelve una vez más a su concepción fundamental de que las ofrendas de animales no son capaces de restablecer la relación entre el hombre y Dios, y prosigue: “por lo cual, entrando en este mundo, Cristo dice: No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije: heme aquí que vengo – en el volumen del Libro está escrito de mí – para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Heb 10,5-7; cf. Sal 40[39],7-9)

Con las palabras de un salmo que se presenta como oración de Jesús al entrar en el mundo, la carta nos ofrece una verdadera y exacta teología de la Encarnación, en la cual no hay vestigio alguno de niveles cósmicos: el “bajar” y el “entrar” se interpretan más bien como un proceso de oración; la oración se comprende, pues, como un pre–camino, como un compromiso que arrastra la existencia entera, la cual se orienta radicalmente a partir de la oración, desvinculándose de sí misma, sublimándose a sí misma. El ingreso de Cristo en el cosmos se entiende aquí como acontecimiento intencional y responsable, como cumplimiento real de aquella línea de pensamiento y de fe que se expresa en la piedad de muchos salmos.

Examinemos ahora más de cerca el texto del salmo y su transformación neotestamentaria. ¿Qué expresa este salmo? Expresa la acción de gracias de aquel a quien Dios ha despertado de la muerte. Pero el orante da gracias a Dios de acuerdo con su concepción de la verdadera piedad y no sirviéndose del sacrificio de un animal; fiel a la tradición profética, sabe que “no te complaces tú en el sacrificio y la ofrenda; me has dado oído abierto” (v.7). Esto significa que Dios no quiere más que el oído del hombre: su escucha, su obediencia y, a través de esta disponibilidad, quiere al hombre mismo. Su acción de gracias a Dios, en conformidad con el Dios verdadero, es entrar en la voluntad de Dios. Este proceso de escucha y respuesta constituye el sacrificio en el que Dios se complace.

Según la carta a los Hebreos, estas palabras del salmo forman parte de aquel diálogo entre Padre e Hijo que es la Encarnación. En esta carta, la Encarnación se percibe como proceso esencialmente trinitario y espiritual. A la luz de la profecía, la carta a los Hebreos cambia una sola palabra del salmo: en lugar del término “oído” introduce la palabra “cuerpo”; me has preparado un “cuerpo”. Con la palabra “cuerpo” se entiende la humanidad misma, el ser con naturaleza humana. La obediencia se encarna. En la plenitud de su realización, ya no es simple la escucha, sino que se hace carne. La teología de la palabra se hace teología de la Encarnación. La consagración del Hijo al Padre emerge del diálogo intradivino y se hace aceptación del ser humano y, en consecuencia, consagración al Padre de la creación reasumida en el hombre. Este cuerpo, o mejor, la humanidad de Jesús, es producto de la obediencia, fruto del amor agradecido del Hijo; y, al mismo tiempo, es oración concretamente realizada. En este sentido, la humanidad de Jesús es, en su mismo origen, un hecho enteramente espiritual y “divino”.

Si se medita en esto, resulta evidente que el descendimiento de la Encarnación, e incluso el descenso que se realiza en la cruz, se encuentra en una profunda correspondencia interna con el misterio del Hijo: el Hijo, esencialmente, es donación y restitución de sí mismo; “ser hijo” no significa otra cosa. La Encarnación del Hijo, desde el principio, significa: “se hizo obediente hasta la muerte” (Flp 2,8). Pero el texto se dirige de nuevo a nosotros desde la altura del misterio: no somos imágenes de Dios cuando nos afirmamos en una actitud autárquica, cuando perseguimos la autonomía sin frotneras de quien ha llegado a emanciparse por completo. Semejantes esfuerzos tropiezan siempre con su contradicción interna, con su falsedad de fondo. Nos hacemos semejantes a Dios en virtud de nuestra participación en el gesto del Hijo. Nos transformamos en Dios en la medida en que nos volvemos “niños”, en la medida en que nos hacemos “hijos”; esto significa que llegamos a serlo cuando entramos en el diálogo de Jesús con el Padre y cuando este nuestro diálogo con el Padre penetra en la carne de nuestra vida cotidiana: “Me has preparado un cuerpo…” Nuestra salvación estriba en llegar a ser “cuerpo de Cristo”, como Cristo mismo; en aceptarnos cada día como viniendo de él; en restituir, en ofrecer cada día nuestro cuerpo como lugar de la palabra. Llegamos a serlo cuando le seguimos, tanto al bajar como al ascender. Todo esto se contiene en la sencilla expresión “descendit de caelis”. Habla de Cristo, y justamente por ello habla de nosotros. Esta confesión no se agota en un coloquio. Remite de la palabra al cuerpo: sólo en el paso de la palabra al cuerpo y del cuerpo a la palabra puede realizarse cabalmente.

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Publicado el 10 marzo, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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