VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA (Ez 18,21-28; Mt 5,20-26)

EJERCICIOS ESPIRITUALES DADOS EN EL VATICANO POR EL CARDENAL RATZINGER EN PRESENCIA DE S.S. JUAN PABLO II

VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA

Ez 18,21-28; Mt 5,20-26

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La liturgia de la palabra propia de este día es una catequesis sobre la justicia cristiana, una respuesta a la pregunta: ¿Quién es justo a los ojos de Dios? ¿Cómo podemos ser justificados? De esta suerte, se nos ofrece también la respuesta a la cuestión de la ley, la definición de la ley nueva, de la ley de Cristo y de la relación que media entre ley y espíritu, todo ello comprendido en la unidad de la salvación, en la que se da ciertamente progreso, purificación y ahondamiento, pero que no se halla sujeta a ningún género de dialéctica antagónica.

I

La catequesis comienza con la lectura del Profeta Ezequiel, que representa un gran avance en el desarrollo de la idea bíblica de justicia.
Son dos los elementos que me parecen importantes:

1. También el Dios del Antiguo Testamento es un Dios de amor, un verdadero Padre para sus criaturas. Este Dios es la vida; la muerte, pues, viene a contradecir frontalmente la realidad misma de Dios. Dios no puede querer su contrario. En consecuencia, también para su criatura es Dios un Dios de vida. La muerte de la criatura es -hablando términos humanos- un fracaso para Dios, un alejarse de Él. Por esta razón, Dios quiere la vida para su criatura, no el castigo; quiere para ella la vida en su sentido más pleno: la comunicación, el amor, la plenitud del ser, la participación en el gozo de la vida, en la gracia del ser. “¿Quiero yo acaso la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no que se convierta de su mal camino y viva?” (Ex 18,23). Escuchemos al mismo Dios, que nos habla con la voz del profeta Oseas: “¿Cómo podría abandonarte, Efráim? ¿Cómo he de entregarte, Israel?… Mi corazón se ha vuelto contra mí, a una se han conmovido mis entrañas. No llevaré a efecto el ardor de mi cólera…, porque, yo soy Dios y no un hombre, soy santo en medio de ti, y no me complazco en destruir” (Os 11,8-9).

En este texto maravilloso encontramos dos palabras clave de la soteriología bíblica:

a) La compasión de Dios: en San Bernardo de Claraval hallamos la expresión plenamente lograda del testimonio bíblico: “Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis. Deus non potest pati, sed compati” . El santo Doctor resuelve así, con los Padres de la Iglesia, el problema de la apátheia de Dios; hay una pasión en Dios; el amor, el amor hacia el hombre caído, es compasión y misericordia. Aquí reside el fundamento teológico de la pasión de Jesús, de toda la soteriología.

b) El corazón de Dios: “Mi corazón se ha vuelto contra mí” (Os 11,8). Por una parte, Dios ha de restablecer el derecho; ha de castigar el pecado de acuerdo con su verdad; pero, por otra parte, “mi corazón se ha vuelto contra mí”: el Dios de la vida, el esposo de Israel, no puede destruir la vida, no puede dar rienda suelta al ardor de su cólera y, de este modo, se vuelve contra sí mismo. En este texto se dibuja ya el misterio del corazón abierto del Hijo, el misterio de Dios que, en el Hijo, carga sobre sí la maldición de la ley para liberar y justificar a su criatura. No es exagerado decir que estas palabras que nos hablan del corazón de Dios constituyen un primer e importante fundamento de la devoción al Sagrado Corazón.

Hay una línea directa que conduce desde Ezequiel y Oseas al Evangelio de San Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (3,16), y a la realización de estas otras palabras: “Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (19,34).

Ratzinger1Si en esta etapa de nuestra reflexión queremos hallar ya una respuesta a la pregunta sobre cuál es la medida de la justicia según estos textos, podríamos decir: puesto que Dios es esencialmente vida, le correspondemos comprometiéndonos en favor de la vida, luchando contra el dominio de la muerte, contra todas sus emboscadas; en una palabra; entregándonos al servicio de la vida en su sentido más pleno, al servicio del reino de la verdad y del amor.

2. El segundo punto importante del texto de Ezequiel es el personalismo claro y decidido que en él aparece. Este texto significa la plena superación de todo género de colectivismo arcaico, en el que los individuos, inevitablemente, forman parte del clan, del grupo social al que pertenecen, de manera que no pueden aspirar a un destino personal distinto del que tiene el clan. Descubrimos aquí la emancipación, la liberación de la persona en virtud de su destino único y singular. Esta liberación, el descubrimiento de la unicidad de la persona, es el corazón de la libertad. Esta liberación es el fruto de la fe en Dios-persona, o mejor aún: esta liberación proviene de la revelación de Dios-persona. La liberación, y con ella la libertad misma, desaparece -no al instante, por supuesto, pero sí con una lógica implacable- cuando este Dios se pierde de vista en el mundo. Este Dios no es -como dicen los marxistas- instrumento de esclavitud; la historia nos enseña exactamente lo contrario: el valor indestructible de la persona humana depende de la presencia de un Dios  personal.

Dios nos ama como personas; Dios nos llama con un nombre personal, conocido únicamente por Él y por aquel que recibe su llamada. Es de lamentar que en el nuevo leccionario falta el versículo 20 del capítulo 18 de Ezequiel, que expresa la esencia de este nuevo personalismo profético: “El alma que pecare, ésa morirá; el hijo no llevará sobre sí la iniquidad del padre, ni el padre la del hijo”. Este texto halla su acento específico en el segundo viernes de Cuaresma. El viernes nos trae siempre el recuerdo del día en que muere Jesús, y los viernes de Cuaresma acentúan este recuerdo, orientan las almas, semana tras semana y con una intensidad cada vez mayor, hacia el momento de la Redención. “El alma que pecare, ésa morirá”; con esta sentencia, Dios rechaza el principio de la venganza y lo sustituye por una justicia estrictamente personal (también la sentencia “ojo por ojo y diente por diente” [Mt 5,38] se halla incluida en esta historia de la superación de la venganza colectiva).

OJO POR OJO DIENTE POR DIENTE BENEDICTO XVI

“El alma que pecare, ésa morirá”. En el Viernes Santo, el corazón de Dios se volverá contra sí mismo, y el único sin pecado, el Hijo encarnado, morirá por nosotros. Esta muerte voluntaria del inocente por nosotros pecadores no significa renuncia al personalismo profético, sino que expresa su máxima hondura; esta muerte es la “abundancia” de la justicia nueva, de la que nos habla el evangelio de este día. “El alma que pecare, ésa morirá”. Hoy, viernes de Cuaresma, miremos a “aquel a quien traspasaron” (Zac 12,10), a aquel que murió sin pecado y murió pos nosotros. En el espejo de sus llagas vemos nuestros pecados y vemos también su nombre, la abundancia de la justicia divina. Con su muerte, el Hijo no destruye la justicia, muere para salvarla. Su justicia es de tal modo abundante, que alcanza también para nosotros, pecadores.

II

Detengámonos un poco más en el evangelio de este día. Su palabra-clave, la clave del entero Sermón de la Montaña, es la palabra “abundancia”, que ya hemos mencionado. “Nisi abundaverit iustitia vestra plus queam scribarum et pharisaeorum, non intrabitis in regnum caelorum” (Mt 5,20). La nueva justicia del Nuevo Testamento no viene simplemente a superar la justicia precristiana; no es una mera añadidura de obligaciones nuevas a las ya existentes; esta justicia tiene una estructura nueva, la estructura cristológica, la estructura de la abundancia, cuyo centro se revela en la palabra “por”: “el cuerpo entregado por vosotros”, “la sangre derramada por vosotros”.

A fin de esclarecer el significado de esta expresión, meditemos brevemente sobre dos importantes milagros de Jesús. En el episodio del milagro de la multiplicación de los panes se nos dice que “sobraron siete cestos” (Mc 8,8). Y es que una de las intenciones centrales del relato de la multiplicación de los panes es polarizar la atención en la idea y en la realidad de la sobreabundancia, de aquello que supera el nivel de lo necesario. Nos viene de inmediato a la memoria el recuerdo de un milagro semejante que nos ha sido transmitido por la tradición joannea: la transformación del agua en vino en las bodas de Caná (Jn 2,1-11). No aparece aquí el término “abundancia”, pero no por ello es menos real la presencia de su sentido: de acuerdo con los datos del Evangelio, el vino milagroso alcanza la medida, verdaderamente exorbitante para una fiesta privada, ¡de 400-700 litros! Además, ambos relatos, en la mente de los evangelistas, hacen referencia a la figura central del culto cristiano que es la Eucaristía, y la presentan como sobreabundancia típicamente divina: la sobreabundancia como expresión y lenguaje del amor. Dios no da cualquier cosa. Dios se da a sí mismo. Dios es abundancia porque es amor: Dios, en Jesucristo, es enteramente “para-nosotros”, y así manifiesta su verdadera divinidad. La abundancia -la Cruz- es el verdadero signo del Hijo.

Vemos así que la medida de la justicia, según el Sermón de la Montaña, es la medida cristológica: el Hijo. Aunque el Sermón de la Montaña no habla explícitamente del Hijo, es una enseñanza profundamente cristológica en su estructura misma, de tal manera que se hace incomprensible si se prescinde de la clave de la cristología. Justicia abundante no significa incremento de la casuística y de las leyes. Justicia abundante es justicia según el modelo del Señor; es la justicia del seguimiento de Jesús. O con otras palabras: justicia abundante es una justicia íntimamente caracterizada por el principio “per”. El cristiano se sabe pecador y necesitado de perdón divino. Sabe que vive del amor del “Hijo de Dios, que amó y se entregó por mí” (Gál 2,20). No busca la autoperfección como una especie de defensa contra Dios; no busca autorrealizarse y ser el arquitecto de su propia vida, hasta el punto de no sentir necesidad alguna del amor y del perdón de los demás. Al contrario, el cristiano acepta esta necesidad, acepta la gracia, y aceptándola, se libera de sí mismo, se hace capaz de darse a sí mismo, de dar lo no-necesario, a semejanza de la generosidad divina. Así se establece en el gozo de la abundancia, en la libertad de los redimidos.

Todos los otros contenidos del evangelio de este día no son más que ejemplificación del principio de la abundancia: la interpretación cristiana del decálogo, que no es abolición, sino plenitud de la Ley y de los Profetas (Mt 5,17) .

Getty

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Una última observación a propósito de la estructura cristológica del Sermón de la Montaña. La antítesis: “… se dijo a los antiguos, pero yo os digo”, nos viene a indicar el sentido de la nueva legislación predicada por Jesús en este nuevo Sinaí. Con estas palabras, Jesús se revela como el nuevo y verdadero Moisés, con el que se inicia la nueva alianza, el cumplimiento de la promesa que Dios hizo a los Padres: “El Señor, tu Dios, te suscitará de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo; a él le oirás” (Dt 18,15). Las palabras que hallamos al final del Deuteronomio, palabras que suenan como el lamento de un Israel afligido, como una plegaria urgente para que Dios se acuerde de su promesa: “No ha vuelto a surgir en Israel el profeta semejante a Moisés, con quien cara a cara tratase Yahveh” (Dt 34,10), estas palabras llenas de tristeza y de resignación son superadas por el gozo del Evangelio. Ha surgido el nuevo Profeta, aquel cuyo distintivo es tratar con Dios cara a cara. La antítesis respecto a Moisés implica esta sublime realidad; implica que lo esencial del nuevo Profeta es este hablar con Dios cara a cara, en calidad de amigo.

Pero, según este pasaje evangélico, Cristo es más que un Profeta, más que un nuevo Moisés. Para “ver” este anuncio del Evangelio debemos concentrar en su lectura toda nuestra atención. La antítesis no es “Moisés dijo”, “yo digo”; la antítesis es “se dijo”, “Yo digo”. Esta pasiva “se dijo” es la forma hebraica de velar el nombre de Dios. Para evitar el santo nombre y también la palabra “Dios” se usa la voz pasiva, y todos saben que el sujeto que no se nombra es Dios. En nuestra lengua, pues, la antítesis debe traducirse así: “Dios dijo a los antiguos, pero yo os digo”. Esta afirmación corresponde exactamente a la realidad histórica y teológica, porque el Decálogo no fue palabra de Moisés, sino palabra de Dios, de quien Moisés fue únicamente mediador. Si meditamos en este resultado descubrimos algo inaudito: la antítesis es “Dios dijo”, “Yo digo”; en otras palabras: Jesús habla al mismo nivel de Dios; no solamente como un nuevo Moisés, sino con la misma autoridad de Dios. Este “Yo” es un Yo divino. No faltan incluso exegetas protestantes que afirman que no es posible otra interpretación y que estas palabras no pueden haber sido inventadas por la comunidad primitiva, que se inclinaba más bien a mitigar los contrastes. Dios dijo a los antiguos; el mismo Dios no nos dice algo distintos en el Yo de Cristo, sino algo nuevo: “Lo viejo pasó, se ha hecho nuevo” (2Cor 5,17) El Señor del Sermón de la Montaña es el mismo al que se refiere San Pablo con estas palabras; el mismo al que habla el Apocalipsis de San Juan: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

La oración después de la comunión de este día está en consonancia con estos testimonios: “Señor, que esta eucaristía nos renueve para que, superando nuestra vida caduca, lleguemos a participar de los bienes de la redención”.

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Publicado el 27 febrero, 2015 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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