9/12/2014 – HOMILÍA DE S.E.R. MONS. GÄNSWEIN EN LA SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DE LORETO

SOLEMNIDAD DE LA VIRGEN DE LORETO

HOMILÍA DE S.E.R. MONS. GEORG GÄNSWEIN

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Fotografía de Alessandra Marra

Celebramos hoy la Fiesta de la Virgen de Loreto. Es una buena ocasión para recordar el papel de María como acompañante del Señor. Los teólogos nos enseñan que una sana cristología siempre está acompañada por una sana mariología. Para conocer al Señor debemos conocer también a su Madre. La Encarción de Dios en Jesucristo se manifiesta en la maternidad divina de María. Por ello quien quiere ser cristiano, y quien quiere seguir siendo cristiano, debe mirar a la Madre del Señor, María Santísima. Todas sus acciones, desde el momento de la anunciación a través del Ángel, están orientadas hacia Cristo. María no sólo ha dado la vida terrena a Jesús, también lo siguió y lo acompañó en su viaje.

María es el prototipo de cada vocación cristiana, de cada llamada a participar en la obra que Dios espera de los hombre. María se relaciona con nosotros porque intercede por nosotros ante su Hijo. Todo lo que hace, lo hace en vista de Cristo.

María introduce a Jesús en la vida terrena. Pero no se limita a esto. Ella misma es su principal acompañante. Oculta, sin ningún ruido, sin buscar aplausos ni méritos, lo acompaña en la vida. Cuanto más silenciosamente lo hace, más fuerte y perceptible se hace su palabra y su acción.

María, la primera, aprendió que el Verbo eterno del Padre habita en el silencio, no en el ruido. Así María conserva y medita silenciosamente en su corazón todo lo que ha percibido del Verbo encarnado. Ella sabe que al principio era el Verbo, la Palabra y no la habladuría; y al final no serán palabras vacías, sino de nuevo el Verbo. Gracias a su contemplación, su actividad no se convierte en una actividad vana sino en una acción poderosa y eficaz. Así, no tanto su palabra, pero su acción es un importante ejemplo para todos aquellos que quieren seguir a su Hijo.

María nos hace ver y comprender una importante regla cristiana: “La palabra que te ayuda, no la puedes decir tú mismo”, viene de lo alto.

María pregunta al Ángel, después de haber escuchado su increíble mensaje: “¿Cómo sucederá eso si no convivo con un varón?” (Lc 1,34)

La respuesta es: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti “ (Lc 1,35)

La palabra que ayuda a María, la dice el Ángel. Consciente de esta experiencia dirá años después a los servidores de la Boda de Caná: “Haced lo que os diga” (Jn 2,5). Ellos no pueden decirse a si mismos la palabra que les ayuda. Es dicha por María.

¡Queridos hermanos y hermanas!

María es como Juan el Bautista, Precursor de Cristo en su camino en el mundo. María esto lo sabe bien. En los grandes Iconos de Cristo, en la Iglesia Oriental, el Señor se representa siempre acompañado de María y de Juan el Bautista. Pero María y Juan son sólo el sonido, no la Palabra. Ambos hacen resonar a su manera la “Palabra”. Para que la palabra de Cristo no se vuelva muda, vayamos a María. No lo olvidemos: “La palabra que te ayuda, no la puedes decir tú mismo”. Y la palabra que ayuda a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia, no la podemos decir nosotros mismos. Pero por otra parte, como María, todos nosotros somos llamados a que no se vuelva muda, decir, donde sea necesario, la palabra que ayuda. Es decir, confesar con valentía nuestra fe.

María acompaña a Jesús en su vida terrena. En toda su vida Ella está con Él, por Él y al lado de Él. María es la primera peregrina por la vía del mundo. Que no es un paseo libre de significado por la Tierra de la Abundancia, sino un valiente caminar con el Señor para acompañarlo finalmente en la cruz. Porque su Hijo vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido. María acompaña a Jesús en la pobreza de la gruta de Belén, lo acompaña cuando era un niño en el Templo de Jerusalén, y después en la fuga a Egipto. Después los acompaña en la Boda de Caná y actúa como una sierva, atenta a que no falte lo necesario para la fiesta de la boda.

¡Queridos hermanos y hermanas!

El caminar de María al lado del Señor hace escuela. Poco tiempo después otras mujeres y hombres acompañan a Jesús para servirlo en su camino de Galilea a Judea. El Señor recibe ayuda en el encontrar y salvar lo que estaba perdido. Jesús ha dado a todos una gran responsabilidad para la salvación de tantos hombres. Como los primeros discípulos, con María, queremos acompañar al Señor por los caminos del mundo.

Como en los tiempos de Jesús, también hoy hay hombres que abandonan la compañía del Señor. Después del discurso sobre el pan de la vida el Evangelista escribe: “Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y ya no andaban con Él” (Jn, 6,66). Hoy como entonces hay hombres y mujeres que abandonan la compañía de Jesús. De Judas hay escrito: “Nada más tomar el bocado, Judas salió” (Gv 13,30). Judas era uno de los doce, pero ¡dejó a Jesús y buscó la ruina! Abandonar, dejar, deparecer, son palabras clave de nuestro tiempo presente, en nuestra Iglesia de hoy.

Jesús abandonado no es fruto de una ferviente imaginación, o de una piedad exagerada, sino una realidad seria. María estuvo al final del Calvario para acompañar a Jesús. Como María, fielmente, la Iglesia acompaña a su Mestro por todos los siglos y lo lleva a todos los pueblos. La historia enseña que el Señor tuvo que “emigrar” de donde los discípulos lo abandonaron. Tantos países y tantas regiones florecientes se han perdido en la Iglesia, en Europa, en Asia, en África, en el Medio Oriente en el octavo y noveno siglo.

Quien acompaña a Jesús hasta el final, no sólo toma de él el Gólgota, sino que participa también en su victoria pascual. María, la primera peregrina de los caminos del Señor, se convierte al mismo tiempo, en Madre dolorosa y victoriosa. La Virgen es acompañada siempre de otros hombres, a los que conduce hasta Cristo: José, Isabel, Zacarías, Simeón, Ana, los Apóstoles, sus familiares y sus amigos. María no quiere admiradores, quiere peregrinos, acompañantes de Jesús.

María sigue a su Hijo. El seguir se convierte en un pasaje de Creer para Ver, también del Ver para Creer. Isabel le dice: “Dichosa tú que has creído”. El Verbo se hizo Carne. María la ve, la toca, la lleva, siente la Palabra convertida en carne. María da el paso de Creer al Ver. Así se manifiesta en el peregrinaje al Templo de José y María con Jesús de doce años. María y José hacen el peregrinaje a Jerusalén acompañados de Jesús. Son peregrinos y van los tres juntos. Al regreso Jesús se queda atrás. María y José van a su encuentro, buscándolo durante tres días. Ahora el Hijo no está junto a ellos, va delante de ellos. Se ha convertido en el objetivo común de su vida. El Verbo está escondido en María. No son decisivos los vínculos de sangre sino los vínculos del Espíritu Santo: “¿No sabéis que yo debo estar en la casa de mi Padre?”. El parentesco biológico con Jesús no garantiza la salvación, sino la fe en Él: “Dichosa tú que has creído”. Seguir a Cristo por María es la manera de Ver al Creer, de su Hijo al Hijo del Dios viviente, de la casa de Nazareth a la Iglesia de Cristo. Por lo tanto, en la cruz, el Señor vuelve la mirada a María, y después la dirige al discípulo, y volviendo la mirada del discípulo amado hacia sí, la vuelve hacia María: “¡He ahí a tu Madre!”

El Señor crea un nuevo lazo, una nueva alianza: La Iglesia. Pentecostés regala a la Iglesia el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo cubre a la Iglesia con su amparo, como en Nazareth ha cubierto a María. Así María es convertida, primero, en la Madre de Jesús y, después, en la Madre de la Iglesia.

Como nosotros recorremos nuestra vida en la fe, así María que nos ha precedido en este camino en la fe. María la acompañante, maestra y guía invita a todos a ponernos juntos en camino con Cristo, la luz del mundo. Amén.

ITALIANO

Celebriamo oggi la Festa della Madonna di Loreto. È un’ottima occasione per ricordare il ruolo di Maria come accompagnatrice del Signore. I teologi insegnano che una sana cristologia è sempre accompagnata da una sana mariologia. Per conoscere il Signore dobbiamo conoscere anche sua Madre. L’incarnazione di Dio in Gesù Cristo si manifesta nella maternità divina di Maria. Perciò chi vuole essere cristiano, e chi vuole rimanere cristiano, deve guardare alla Madre del Signore, Maria Santissima. Tutte le sue azioni, dal momento dell’annunciazione attraverso l’Angelo, sono orientate verso Cristo. Maria non solo ha dato la vita terrena a Gesù, lo ha anche seguito e lo ha accompagnato nel suo cammino.

Maria è il prototipo di ogni vocazione cristiana, di ogni chiamata a partecipare all’opera che Dio si aspetta dagli uomini. Maria è imparentata con noi perché intercede per noi presso il suo Figlio. Tutto ciò che fa’, lo fa in vista di Cristo.

Maria introduce Gesù nella vita terrena. Ma non si limita a questo. Lei stessa è la sua prima accompagnatrice. Nascosta, senza nessun rumore, senza cercare applausi e meriti, lo accompagna nella vita. Quanto più silenziosamente lo fa’, tanto più forte e percettibile diventa la sua parola e la sua azione.

Maria, da prima, ha imparato che il Verbo eterno del Padre abita nel silenzio, non nel rumore. Perciò Maria conserva e medita silenziosamente nel suo cuore tutto ciò che ha percepito dal Verbo incarnato. Lei sa: all’inizio era il Verbo, la Parola e non le chiacchiere; e alla fine non ci saranno le parole vane, ma di nuovo il Verbo. Grazie alla sua contemplazione, la sua attività non diventa una attività vuota ma un’azione poderosa e efficace. Perciò non soltanto la sua parola, ma anche il suo agire ha una importanza esemplare per tutti coloro che vogliono seguire suo Figlio.

Maria ci fa vedere e comprendere una importante regola cristiana: “La parola che ti aiuta, tu non la puoi dire da te stesso”, essa viene dall’alto.

Maria chiede all’Angelo, dopo che ha ascoltato il suo messaggio incredibile: “Come potrà avvenire questo, se io non conosco uomo?” (Lc 1,34).

La risposta è: “Lo Spirito Santo scenderà su di te” (Lc 1,35).

La parola che aiuta Maria, la dice l’Angelo. Memore di questa esperienza dirà anni dopo ai servitori alle nozze di Cana: “Fate tutto quello che egli vi dirà” (Gv 2,5). Anche loro non possono dire a se stessi la parola che li aiuta. È detta a loro da Maria.

Cari fratelli e sorelle!

Maria è come Giovanni il Battista, Precursore di Cristo sulla sua via nel mondo. Maria questo lo sa bene. Nelle grandi Icone di Cristo, nelle Chiese Orientali, il Signore rappresentato viene accompagnato sempre da Maria e da Giovanni il Battista. Ma Maria e Giovanni sono solo il suono, non la Parola. Tutti e due lasciano risuonare a modo loro la “Parola”. Affinché la parola di Cristo non diventi muta, andiamo da Maria. Non dimentichiamo: “La parola che ti aiuta, tu non la puoi dire da te stesso”. E la parola che aiuta la nostra società e la nostra Chiesa, non la possiamo dire da noi stessi. Ma d’altra parte, come Maria, tutti noi siamo chiamati a non rimanere muti, là dove sia necessario dire la parola che aiuta, cioè confessare coraggiosamente la nostra fede.

Maria accompagna Gesù nella sua vita terrena. In tutta la sua vita Lei è con Lui, per Lui e accanto a Lui. Maria è la prima con–pellegrina sulle strade del mondo. Ciò non è una passeggiata priva di significato per il Paese della Cuccagna, ma un coraggioso camminare con il Signore per accompagnarlo fino alla croce. Perché il suo Figlio è venuto a cercare e a salvare ciò che era perduto. Maria accompagna Gesù nella povertà della grotta di Betlemme, lo accompagna quando è ancora un bambino nel Tempio di Gerusalemme, e poi nella fuga in Egitto. Poi lo accompagna alle nozze di Cana e lì si comporta come serva, attenta a che non manchi il necessario per la festa di nozze.

Cari fratelli e sorelle!

Il camminare di Maria accanto al Signore fa scuola. Dopo poco tempo anche altre donne e altri uomini accompagnano Gesù per servirlo sulle vie della Galilea e della Giudea. Il Signore si lascia aiutare nel cercare e salvare ciò che era perduto. Gesù ha dato anche a tutti noi una responsabilità grande per la salvezza di tanti uomini. Come i primi discepoli, accanto a Maria, anche noi vogliamo accompagnare il Signore per le vie del mondo.

Come al tempo di Gesù, anche oggi ci sono uomini che abbandonano la compagnia del Signore. Dopo il discorso sul pane della vita l’Evangelista annota: “Da allora molti dei suoi discepoli si ritrassero e non andavano più con lui.” (Gv 6,66). Oggi come allora ci sono uomini e donne che abbandonano la compagnia di Gesù. Di Giuda è scritto: “Egli, preso il boccone, uscì subito”. (Gv 13,30). Giuda era uno dei dodici, ma è andato via da Gesù verso la rovina! Abbandonare, lasciare, andare via sono purtroppo parole chiave del nostro tempo presente, nella Chiesa di oggi.

Gesù abbandonato non è frutto di una fervida immaginazione, o di una pietà esagerata, ma è una realtà seria. Maria è andata fino al Calvario per accompagnare Gesù. Come Maria, fedelmente, la Chiesa accompagna il suo Maestro per tutti i secoli e lo porta a tutti i popoli. La storia ci insegna che il Signore ha dovuto “emigrare” dove i discepoli lo hanno abbandonato. Tanti paesi e tante regioni fiorenti sono andate perdute nella Chiesa, in Europa, in Asia, in Africa, nel Medio Oriente nell’ottavo e nel nono secolo.

Chi accompagna Gesù fino alla fine, viene assunto da lui sul Golgota, ma così partecipa anche alla sua vittoria pasquale. Maria, la con-pellegrina sulle vie del Signore, diventa, nello stesso tempo, Madre dolorosa e vittoriosa. La Madonna ha preso con sé sempre altri uomini e li ha portati a Cristo: Giuseppe, Elisabetta, Zaccaria, Simeone, Anna, gli Apostoli, i suoi parenti e i suoi amici. Maria non vuole ammiratori, ma conpellegrini, accompagnatori di Gesù.

Maria segue il suo Figlio. Il seguire diventa un passaggio dal Credere al Vedere, ma anche dal Vedere al Credere. Elisabetta le dice: “Beata sei tu perché hai creduto”. In seguito il Verbo diventa Carne. Maria la vede, la tocca, la porta, sente la Parola diventata carne. Maria fa il passo dal Credere al Vedere. Ciò si manifesta in occasione del pellegrinaggio al Tempio di Giuseppe e Maria con Gesù dodicenne. Maria e Giuseppe fanno un pellegrinaggio a Gerusalemme accompagnati da Gesù. Sono pellegrini tutti e tre insieme. Al loro ritorno Gesù rimane indietro. Maria e Giuseppe vanno incontro a Gesù, cercandolo per tre giorni. Adesso il Figlio non è più accanto a loro, ma davanti a loro. È diventato la meta comune della loro via. Il Verbo si nasconde a Maria. Non i vincoli del sangue sono decisivi ma i vincoli dello Spirito Santo: “Non sapevate che io mi devo occupare di quanto riguarda mio Padre?” Non la parentela biologica con Gesù garantisce la salvezza, ma la fede in Lui: “Beata sei tu perché hai creduto.” Seguire Cristo per Maria è la via dal Vedere al Credere, dal suo Figlio verso il Figlio del Dio vivente, dalla casa di Nazareth verso la Chiesa di Cristo. Perciò, sulla croce, il Signore volge lo sguardo di Maria via da sé, e lo rivolge verso il discepolo, e volge lo sguardo del discepolo che ama, via da sé, e lo rivolge verso Maria: “Ecco tua Madre!”

Il Signore crea un nuovo legame, una nuova alleanza: la Chiesa. A Pentecoste dona alla Chiesa lo Spirito Santo, e lo Spirito Santo copre la Chiesa con la sua ombra, come a Nazareth ha coperto Maria. Così Maria è diventata, prima, la Madre di Gesù e, poi, la Madre della Chiesa.

Come noi percorriamo la nostra via nella fede, così Maria ci ha preceduto in  questa via nella fede. Maria da accompagnatrice, maestra e guida invita tutti a metterci insieme in cammino verso Cristo, la luce del mondo. Amen.

Queremos dar mil gracias a Alessandra Marra por el material fotográfico y a Angela Ambroggeti por facilitar, a través de http://www.korazym.org, el texto de la Homilia de S.E.R. Mons. Georg Gänswein. ¡¡¡¡GRACIAS!!!!

Si queréis ver el artículo de Angela para Korazym, pincha aquí

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Publicado el 13 diciembre, 2014 en HOMILIAS MONS. GÄNSWEIN y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Maria,non coltivò mai nella sua persona il desiderio di infinito e di perfezione,ma seppe realizzare in sè l ‘abbandono di un amore che non indusse mai il suo cuore,a cercare le passioni morbose che regala il mondo; seppur appartenendo Ella,alla realtà dei rapporti umani. Perciò,metterci alla scuola di Maria è una questione essenzialmente d ‘amore,e stabilisce il rapporto con Dio,ma regala a Cristo il posto centrale della nostra esistenza. Con Maria,si sà,tutto passa in secondo piano,tuttto, …. . La stessa vita, dei consacrati,diventa espressione di un amore assoluto per Dio; ” .. ogni sforzo è sacrificio,e lo si fà per conquistare il Premio .. “,così come è riportato in Filip 37-13. Come sarebbe bello,se tutti noi,affidassimo nelle mani di questa madre le fragilità delle nostre vocazioni e la limitata perseveranza,che siamo soliti chiedere al Signore Iddio ogni giorno. – E,sempre bella Tu,Maria!

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