LA FE DE LOS SENCILLOS

LA FE DE LOS SENCILLOS

(Para leer la Carta Encíclica, “Spe Salvi”, del Santo Padre Benedicto XVI, pincha aquí)

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FUENTE: Libertad Digital

AUTOR: VICTORIA LLOPIS

Se ha dicho estos días que nunca las sandalias del Pescador habían sido calzadas por el más grande intelectual vivo. No puedo estar más de acuerdo. La lectura de la Spe Salvi produce la sensación de que definitivamente fe y razón constituyen el más fructuoso binomio posible.

Juntas, pero no revueltas; en armonía o mejor aún, en perfecta simbiosis, son capaces de ofrecer “la” respuesta que la Humanidad busca desde hace milenios. La habilidad de Joseph Raztinger, Benedicto XVI, para unir elementos que podrían ser brillantes, interesantes, cada uno aisladamente considerados, pero que inconexos no dan cuenta cabal del asunto, hacen que este hombre sea único. Como único es el hecho de ver desfilar por una Encíclica papal los nombres de pensadores alejados de la fe cristiana: Adorno, Kant, Marx…; y sin embargo, el genio de su pluma hace que participen de la melodía, a su modo, para ofrecer un acorde más que nos permita entender mejor. Al fin y al cabo, Ratzinger siempre coincidió con su amigo Von Balthasar en que “la Verdad es sinfónica”.

Conocí a Joseph Ratzinger en 1982, cuando me encontré con su Introducción al Cristianismo. En ese momento, el autor era pintado por los medios como el panzercardinal; pero al leer sin prejuicios su libro, comprendí enseguida que era un faro luminoso en el proceloso mar de las convulsiones y desorientaciones del postconcilio. Luego vinieron su Informe sobre la fe, La sal de la tierra, Dios y el mundo, Mirar a Cristo, El Dios de los cristianos, Fe, verdad y tolerancia, Verdad, valores, poder, Caminos de Jesucristo…y así hasta más de una treintena de títulos, a cuál más apasionante y esclarecedor.

Si hay algo que no se le puede negar es la coherencia, la honestidad intelectual de ser consecuente en arrostrar las incomodidades de buscar y sostener la verdad, esa Veritatis Splendor, en algunas de cuyas líneas se puede ver su mano.

Las ideas ya apuntadas en sus libros, han culminado como apoteosis final en esta bellísima Encíclica. He podido reconocer en ella muchas frases textuales de sus anteriores obras. Y un culmen así no se crea de un día para otro, sino que precisa el lento fuego de la reflexión –y la oración– durante décadas. Toda la reflexión personal del Papa sobre la fe –una fe que, en definitiva, no produce sino esperanza– están condensadas en estas páginas. Es una Summa Teológica, un verdadero regalo.

Dijo en una ocasión que frente a los teólogos arrogantes, él buscaba proteger la fe de los sencillos. Y aunque la altura intelectual es evidente, una vez más se dirige a los sencillos, para explicarles y confirmarles en la fe. En sus párrafos encontramos al hermano que habiendo dispuesto de mayores capacidades para escrutar la Verdad del Evangelio, la ofrece con sencillez a los demás.

Dijo Péguy que la esperanza es una pequeñísima hija, la niña esperanza; Spe Salvi es un canto a lo esencial en la fe cristiana, a lo pequeño y frágil, pero que constituye el centro y la consecuencia de la misma. Un canto que responde, sin lugar a dudas, a los interrogantes más profundos del hombre. Él mismo ha animado a leerla para “descubrir la belleza, la profundidad de la esperanza cristiana, que está inseparablemente ligada al conocimiento del rostro de Dios”; un rostro que también acaba de ayudarnos a desvelar mejor en su Jesús de Nazareth, otro libro imprescindible.

Presentando su Encíclica, el Papa ha dicho que desde los primeros años de la era apostólica, era evidente que “algo diferente sostenía y animaba a aquellos hombres y mujeres”, en su mayoría sencillos, pobres, incultos:

Una nueva esperanza distinguía a los primeros cristianos de cuantos vivían la religiosidad pagana. Sin esa esperanza anclada en el Dios de Jesucristo, es como si faltase la dimensión de la profundidad y todo se aplanase, privado de su relieve respecto a la mera materialidad. Y Dios sabe que quien lo rechaza es porque no ha conocido su verdadero rostro; por eso no cesa de llamar a nuestra puerta, como humilde peregrino en búsqueda de acogida… ¿Qué, sino la confianza que Dios tiene en el hombre, es lo que lleva adelante el mundo?

Y con San Agustín nos recuerda que “habríamos podido creer que tu Palabra está lejos del contacto del hombre y desesperar de nosotros, si esta Palabra no se hubiera hecho carne y no hubiera vivido entre nosotros”.

Ojalá la comunidad cristina acoja y asimile esta maravilla como un texto definitivo para explicar la belleza de la fe cristiana a las próximas generaciones. Y ojalá Dios nos deje disfrutar de Benedicto XVI muchos años más. El desorientado corazón del hombre postmoderno necesita de un testigo semejante.

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Publicado el 10 diciembre, 2014 en LA OPINIÓN y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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