SOBRE TODO, EL AMOR

SOBRE TODO, EL AMOR

SERMÓN JOSEPH RATZINGER

15 de Diciembre de 1964, Catedral de Münster

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EL AMOR BASTA

Cuenta un relato originario del judaísmo tardío del tiempo de Jesús que un día se presentó un pagano ante rabbí Shammay, el famoso jefe de escuela, y le dijo que estaba dispuesto a convertirse a la religión judía, si era capaz de exponerle su contenido durante el período de tiempo que una persona puede mantenerse apoyada sobre un solo pie. El rabbí recorrió mentalmente los cinco libros de Moisés, tan abundantes en ideas, y todo lo que la interpretación judía había añadido, sosteniendo que se trataba de elementos vinculantes, necesarios e indispensables para la salvación. Después de explorar mentalmente todo esto, al final tuvo que admitir que era imposible resumir en un par de breves frases todo el contenido de religión de Israel. El extraño personaje que le había hecho aquella petición no se desanimó. Se dirigió –si puedo expresarlo de este modo- a la competencia, a rabbí Hillel, el otro célebre jefe de escuela, y le presentó la misma petición. Al contrario que rabbí Shammay, Hillel no encontró nada imposible en ella, y le respondió sin rodeos: “No hagas a tu prójimo lo que a ti te fastidia. Ésta es toda la ley. Todo lo demás es interpretación” (1).

Si aquel mimo hombre se presentara hoy ante cualquier sabio teólogo cristiano y le pidiera una breve introducción, de cinco minutos, a la esencia del cristianismo, probablemente todos los profesores le dirían que eso es imposible. Necesitarían seis semestres sólo para las disciplinas principales de la teología, y de este modo se quedarían únicamente en la superficie. Y, sin embargo, se podría ayudar de nuevo a este hombre, pues la historia de rabbí Hillel y rabbí Shammay se repitió, una vez más pero de otra forma, pocos decenios más tarde. Esta vez se presentó un rabbí ante Jesús de Nazaret y le preguntó: “¿Qué debo hacer para obtener la salvación?”. Se trata de la pregunta acerca de lo que el mismo Cristo considera como realmente indispensable en su mensaje. El Señor le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la Ley y los Profetas” [Mateo 22, 35-40]. Aquí se contiene todo lo que Jesucristo exige. Quien hace esto –es decir, quien ama- es cristiano, y lo tiene todo [cf. también Romanos 13, 9-10].

Que Cristo, al hablar de este modo, no quería pronunciar sólo palabras consoladoras que no debían acoger en toda su exigencia, sino palabras que se debían comprender en toda su seriedad e incondicionalmente, lo muestra aquel otro texto donde describe en forma de parábola el juicio universal. Este juicio presenta la realidad más seria y definitiva que existe; es la prueba donde se pondrá de manifiesto cómo están realmente las cosas, pues en él se decidirá irreversiblemente el destino eterno del ser humano. En la parábola del juicio final dice el Señor que el juez del mundo se hallará con dos grupos de seres humanos. A unos les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me distéis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”. Ellos le dirán: Señor, ¿cuándo hicimos todas estas cosas?; nunca antes te habíamos visto. Y Cristo les responderá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Al otro grupo le sucederá todo lo contrario. El juez les dirá: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”. Y también éstos le preguntarán: ¿cuándo sucedió todo esto? Si te hubiéramos visto, te lo habríamos dado todo. “Y él entonces les responderá: «En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo»” [cf. Mateo 25, 31-46]. Según esta parábola, el juez del mundo no pregunta acerca de las teorías que un ser humano haya tenido sobre Dios y sobre el mundo. No pregunta acerca de la profesión de fe dogmática, sino únicamente sobre el amor. Éste basta y salva al ser humano. Quien ama es cristiano.

Por muy grande que pueda ser para el teólogo la tentación de interpretar esta afirmación, de rodearla con un “sí” o un “pero”, tenemos que aceptarla en toda su grandeza y sencillez, sin poner ninguna condición, tal como el Señor la formuló. Esto no significa, claro está, que debamos ignorar que estas palabras contienen una declaración muy importante y una gran exigencia para el ser humano. El amor, descrito aquí como el contenido de la existencia cristiana, exige de nosotros que tratemos de amar como Dios ama. Él no nos ama porque seamos particularmente buenos, particularmente virtuosos, particularmente meritorios, porque seamos de algún modo útiles o necesarios para él. Nos ama, no porque nosotros seamos buenos, sino porque él es bueno. Nos ama aunque no tengamos nada que ofrecerle; nos ama aunque nuestro vestido sean los harapos del hijo perdido, que no lleva consigo ya nada digno de ser amado. Amar de una manera cristiana significa tratar de seguir este camino: que no amemos sólo a las personas que nos resultan simpáticas, que nos agradan, con las que congeniamos, ni amemos únicamente a quienes tienen algo que ofrecernos o de quienes podemos esperar algunas ventajas. Amar cristianamente, es decir, en el sentido de Cristo, significa que seamos buenos con quien tiene necesidad de nuestra bondad, aunque no nos resulte simpático. Significa entrar en el camino de Jesús y realizar, de este modo, una especie de giro copernicano en nuestra vida. Porque, en cierto sentido, todos vivimos aún, por así decir, antes de Copérnico. No sólo porque, juzgando por las apariencias, pensamos que el sol sale, se pone y gira alrededor de la tierra, sino en un sentido mucho más profundo, ya que todos nosotros tenemos esa ilusión innata, en virtud de la cual cada uno considera el propio yo como punto central, en torno al cual tienen que girar el mundo y los seres humanos. Todos hemos de descubrir continuamente que sólo construimos y vemos las otras cosas y a las demás personas en relación con el propio yo, que las consideramos como satélites que giran en torno al punto central, que es nuestro yo. Ser cristiano es, según lo que hemos expuesto, algo muy sencillo y, sin embargo, muy revolucionario. Consiste exactamente en realizar el giro copernicano y en dejar de considerarnos el punto central del mundo, alrededor del cual tienen que girar los demás, porque, por el contrario, empezamos a afirmar con toda seriedad que sólo somos una de las muchas criaturas de Dios, que se mueven juntas en torno a él, que es su centro.

¿PARA QUÉ LA FE?

Ser cristiano significa tener amor. Esto es enormemente difícil y, al mismo tiempo, enormemente sencillo. Ahora bien, por muy difícil que pueda resultar en muchos sentidos, el experimentarlo constituye un conocimiento hondamente liberador. Pero es probable que digáis: bien, éste es el mensaje de Jesús, que es un mensaje consolador y bueno. Pero, ¿qué habéis hecho de él los teólogos y los sacerdotes, qué ha hecho de él la Iglesia? Si el amor basta, entonces, ¿para qué vuestros dogmas, para qué la fe, que siempre está en conflicto con la ciencia? ¿Acaso no es realmente verdadero lo que dijeron los eruditos liberales, a saber, que la corrupción del cristianismo consistió en construir una doctrina sobre Cristo en lugar de hablar con él de Dios Padre y de ser hermanos unos con otros, en crear un dogma intransigente en vez de formar para el servicio mutuo, en exigir la fe y hacer que el cristianismo dependa de una profesión de fe en vez de exhortar al amor?

Es indudable que esta pregunta plantea algo muy serio y, como sucede con todas las preguntas verdaderamente importantes, no es posible responderla en un abrir y cerrar de ojos, con una mera fórmula. Ahora bien, al mismo tiempo no podemos pasar por alto que también contiene una simplificación. Para caer en la cuenta de ello, únicamente necesitamos aplicar con realismo a nuestra vida lo que hemos reflexionado hasta ahora. Ser cristiano significa tener amor; significa realizar el giro copernicano de la existencia, por el cual dejamos de considerarnos el punto central del mundo y de hacer que los demás giren exclusivamente a nuestro alrededor.

Si nos fijamos en nosotros mismos con sinceridad y seriedad, este mensaje admirablemente sencillo no sólo contiene algo liberador, sino también algo muy angustioso. Pues, ¿quién de nosotros puede decir que nunca ha pasado de largo junto a una persona hambrienta o sedienta, o junto a una persona cualquiera que nos necesitaba? ¿Quién de nosotros puede decir que realiza verdaderamente con toda sencillez el servicio de la bondad para con los demás? ¿Quién de nosotros no debe admitir que, incluso en la bondad que manifiesta a los demás, siempre alberga un poco de egoísmo, de autocomplacencia y de consideración del propio yo? ¿Quién de nosotros no debe reconocer que vive, en mayor o menor grado, en la ilusión precopernicana, y que considera y trata a los otros sólo en la medida en que están en relación con su propio yo? Pero de esta manera el mensaje grande y liberador del amor, como contenido único y suficiente del cristianismo, puede resultar también algo muy opresor.

En este punto interviene la fe. Porque fundamentalmente ésta significa sólo que este déficit de nuestro amor, que todos padecemos, es colmado por la sobreabundancia vicaria del amor de Jesucristo. La fe nos dice sencillamente que Dios mismo ha derramado en abundancia su amor sobre nosotros y de este modo ha cubierto de antemano todo nuestro déficit. En definitiva, creer no significa otra cosa que admitir que tenemos ese déficit, significa abrir la mano y permitir que nos regalen. En su forma más sencilla e íntima, la fe no es otra cosa que aquel punto de amor donde reconocemos que también nosotros necesitamos que nos obsequien. La fe es, por tanto, aquel punto del amor que sólo demuestra que es realmente amor; consiste en el hecho de que superamos la autocomplacencia y la autosatisfacción de quien se basta a sí mismo y dice: lo he hecho todo yo solo, no necesito ayuda de nadie. Únicamente en una “fe” así termina el egoísmo, que es el auténtico polo contrario al amor. La fe está presente en el verdadero amor; es sencillamente aquel momento del amor que hace que sea verdadero amor: la apertura de quien no se basa en sus propias capacidades, sino que sabe que está necesitado y lo que recibe es un regalo.

Esta fe, claro está, puede ser desarrollada e interpretada de muchas formas. Sólo necesitamos tomar conciencia  del hecho de que el gesto de la mano abierta, de la sencillez de la capacidad de recibir, el único que otorga al amor su sinceridad interior, se perdería en el vacío si no existiera aquel que lo llena con la gracia del perdón. Y así todo terminaría una vez más en el vacío, en el absurdo, si no existiera la respuesta que se llama Cristo. Así pues, en el gesto de la fe, en la que debe transformarse el verdadero amor, está siempre presente el deseo que tiende hacia el misterio de Cristo, misterio que después, cuando se revela, es un desarrollo necesario de este gesto fundamental, de modo que rechazarlo significaría rechazar la fe y el amor.

Pero digámoslo ahora en sentido contrario: por muy cierto que sea esto y aun cuando de ello se deduzca una necesidad indispensable de la fe cristológica y eclesial, sigue siendo cierto, al mismo tiempo, que todo lo que encontramos en los dogmas es, en último término, sólo comentario, comentario de la única realidad fundamental decisiva y verdaderamente suficiente del amor de Dios y de los seres humanos. Y sigue siendo válido que quienes aman verdaderamente –y, como tales, son al mismo tiempo creyentes- pueden llamarse cristianos.

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LA LEY DE LA SOBREABUNDANCIA

Sobre la base de esta concepción fundamental del cristianismo, se hacen legibles y comprensibles de un modo nuevo la Escritura y el dogma. Menciono sólo algunos ejemplos, textos de la Sagrada Escritura, que en un primer momento nos parecen totalmente inaccesibles y que bajo esta luz se revelan de repente. Recordemos, por ejemplo, una vez más las palabras del Sermón de la montaña, que salieron anteayer a nuestro encuentro con todo su carácter inquietante: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego” [Mateo 5, 21-22]. Si leemos este texto, nos oprime y nos sacude. No obstante, está precedido por un versículo que da sentido a todo el conjunto y dice: “Porque os digo que, si vuestra justicia no es más perfecta que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” [Mateo 5,20]. La expresión más importante de este versículo es “más perfecta”. El texto original griego es aún más fuerte y pone claramente de manifiesto cuál es la verdadera intención. Traducido literalmente, sería: “Si vuestra justicia no es más sobreabundante que la de los escribas y fariseos…”. En estas palabras nos topamos con el motivo central que atraviesa todo el mensaje de Cristo. El cristiano es el ser humano que no calcula, sino que hace lo superfluo. Es el amante que no se pregunta: ¿hasta dónde puedo ir todavía, permaneciendo en el ámbito de los pecados veniales, y sin traspasar la frontera del pecado mortal? Cristiano es quien busca sencillamente el bien, sin hacer cálculos. El simplemente justo, que se preocupa sólo de que su conducta sea correcta, es fariseo; sólo quien no es simplemente justo, empieza a ser cristiano. Esto no significa en modo alguno que el cristiano sea un ser humano que no hace nada equivocado ni comete ningún error. Todo lo contrario: es quien sabe que tiene defectos y es magnánimo con Dios y con los seres humanos, porque conoce hasta qué punto vive de la magnanimidad de Dios y su prójimo. Tiene la magnanimidad de quien sabe que es deudor de todos, de quien ni siquiera puede intentar mantener una conducta correcta que le permitiría exigir lo mismo a los otros: esta magnanimidad es el auténtico ideal del ethos anunciado por Jesús [cf. Mateo 18, 12-35]. Es aquel misterio extraordinariamente exigente y, al mismo tiempo, extraordinariamente liberador, que está detrás de la palabra “sobreabundante”, sin la cual no puede existir la justicia cristiana.

Si nos fijamos más detenidamente, comprobamos de inmediato que la estructura fundamental que hemos descubierto con la idea de la sobreabundancia configura toda la historia de Dios con el ser humano, y que es, además, como el sello divino de la creación: el milagro de Caná y el milagro de la multiplicación de los panes son signos de la sobreabundancia de la magnanimidad, que es la esencia de la actividad de Dios, esa actividad que, en el acontecimiento de la creación, prodiga millones de gérmenes para salvar un ser viviente. Esa actividad que crea pródigamente todo un universo para preparar sobre la tierra un lugar a ese ser misericordioso que es el ser humano. Esa actividad por la que Dios, en una última e inaudita prodigalidad, se entrega a sí mismo para salvar a esa “caña pensante” que es el ser humano y llevarlo hasta su final. Este acontecimiento último e inaudito escapará siempre a la razón calculadora del pensador correcto. En realidad, sólo es comprensible desde la locura de un amor que desecha todos los cálculos y es pródigo sin límites. Y no es otra cosa que la consumación coherente de aquella prodigalidad que es por todas partes como el sello del Creador y que ahora tiene que convertirse también en la ley fundamental de nuestro propio ser ante Dio y ante los seres humanos.

Volvamos atrás. Hemos dicho que desde este conocimiento [que es, a su vez, únicamente una aplicación del principio “amor”] se vuelve clara no sólo la estructura de la creación y de la historia de la salvación, sino también el sentido de la exigencia que nos plantea Jesús, tal como se presenta en el Sermón de la montaña. Ciertamente es muy útil saber ya de antemano que no hay que comprenderla en sentido legalista. Instrucciones como éstas: “Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto” [Mateo 5, 39-40], no son artículos de una ley que deberíamos observar como preceptos particulares al pie de la letra. No son decretos, sino imágenes y ejemplos concretos que, juntos, pretenden dar una orientación. Por esto no basta para llegar a comprenderlos realmente. Para ello tenemos que profundizar más y, por un lado, ver que, en el Sermón de la montaña, la simple interpretación moral, que concibe todo lo que en él se dice como mandamientos, cuyo incumplimiento llevaría al inferno, no basta: contemplado de este modo, el Sermón de la montaña no nos alentaría sino que nos destruiría. Pero, por otro lado, tampoco basta la interpretación que piensa únicamente en la gracia y que afirma: aquí se indica sólo lo insignificante que es toda nuestra acción y conducta humana; aquí se hace sólo visible que no podemos nada y que todo es gracia. El texto aclararía solo que en la noche de la pecaminosidad humana toda las diferencias son insignificantes y que nadie puede gloriarse de nada porque todos somos dignos de la condenación y todos somos salvados sólo por gracia. Ciertamente el texto nos hace tomar conciencia, de un modo claro y alarmante, de nuestra necesidad de perdón; muestra qué pocos motivos tiene un ser humano para gloriarse y distanciarse de los pecadores, como si fuera justo. Pero también quiere decirnos algo más. No sólo quiere ponernos bajo el signo del juicio y del perdón –que después haría indiferente toda forma de actividad humana-, sino que tiene también el objetivo de darnos una orientación para nuestra existencia: pretende orientarnos hacia aquel “más”, hacia aquella “sobreabundancia” y hacia aquella magnimidad que no significan que de repente nos hagamos “perfectos”, sino que buscamos la actitud del amante que no calcula, sino que justamente ama.

Éste es también el trasfondo cristológico concreto del Sermón de la montaña. La llamada al “más” no procede sencillamente de la inaccesibilidad de la majestad eterna de Dios, sino que llega a nosotros de la boca del Señor, en quien Dios se ha introducido profundamente en la miseria de la historia humana. Dios mismo vive y actúa bajo la ley fundamental de la sobreabundancia, de aquel amor que no puede menos de darse a sí mismo. Es cristiano quien tiene amor. Ésta es la sencilla respuesta a la pregunta por la esencia del cristianismo, frente a la cual nos encontramos de nuevo al final y que, bien comprendida, lo incluye todo.

FE, ESPERANZA, AMOR

Para terminar, nos queda aún reflexionar sobre una cosa. Cuando hablábamos del amor, nos topamos con la fe. Vimos que la fe, correctamente entendida, está presente en el amor y que sólo ella está en condiciones de llevarnos a la salvación, porque nuestro amor sería insuficiente, como una mano abierta extendida en el vacío. Si damos un paso más en nuestra reflexión, nos topamos con el misterio de la esperanza, pues nuestra fe y nuestro amor permanecen en el camino mientras vivimos en este mundo y siempre corren el peligro de extinguirse. Verdaderamente es adviento. Nadie puede decir de sí mismo: estoy totalmente salvado. En este mundo no existe la redención como un pasado concluido, ni como un presente realizado y definitivo, sino que únicamente existe la redención en forma de esperanza. La luz de Dios resplandece en este mundo únicamente en las luces de la esperanza, que su bondad ha puesto en nuestro camino. Con cuánta frecuencia nos entristece el hecho de que desearíamos más, desearíamos un presente lleno, completo incuestionable. Pero en el fondo, en cambio, tenemos que decir: ¿acaso puede haber un modo más humano de redención que aquel que nos dice a nosotros, seres del devenir y del camino, que podemos esperar? ¿Acaso puede haber una luz mejor para nosotros, seres peregrinos, que aquello que nos hace libres para avanzar sin miedo, porque sabemos que al final del camino está la luz del amor eterno?

Mañana, miércoles de las témporas de adviento, nos encontraremos en la liturgia de la santa misa precisamente con este misterio de la esperanza. La Iglesia lo propone ese día ante nosotros en la figura de la Madre del Señor, la santa Virgen María. En estas semanas de adviento está ante nosotros como la mujer que lleva en su corazón la esperanza del mundo y que nos precede así en el camino como signo de la esperanza. Ella está ahí como la mujer en la cual ha llegado a ser posible, por la misericordia salvadora de Dios, lo que humanamente era imposible. Y así se convierte en signo para todos nosotros. Si dependiera de nosotros, de la pobre alma de nuestra buena voluntad y de nuestra pobre actividad, no alcanzaríamos la salvación. Por mucho que hagamos, nunca haremos bastante para alcanzarla. La salvación seguiría siendo imposible. Pero Dios, en su misericordia, ha hecho posible lo imposible. Sólo necesitamos decir sí con toda humildad: he aquí un esclavo del Señor [cf. Lucas 1, 37-38; Marcos 10,27]. Amén.


(1) H. Strack – P. Billerbeck, Das Evangelium nach Matthäus, erläutert aus Talmud und Midrasch, C. H. Beck’sche, München 1922, p.357.

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Publicado el 4 diciembre, 2014 en ORACIONES, RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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