¿ESTAMOS SALVADOS?, O JOB HABLA CON DIOS

¿ESTAMOS SALVADOS?, O JOB HABLA CON DIOS

SERMÓN JOSEPH RATZINGER

13 de Diciembre de 1964, Catedral de Münster

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CRISTIANISMO COMO ADVIENTO

En estas semanas la Iglesia, y nosotros con ella, celebramos el adviento. Si tratamos de pensar de nuevo acerca de lo que aprendimos en nuestra infancia sobre el adviento y su sentido, nos acordaremos de que se nos dijo que la corona de adviento con sus velas nos recuerda los milenios [quizás miles de siglos] de la historia de la humanidad antes de Jesucristo. La corona nos recuerda a nosotros y a la Iglesia el tiempo en que una humanidad no redimida esperaba la redención. Nos recuerda las tinieblas de una historia aún no salvada, en la que las luces de la esperanza se fueron encendiendo lentamente, hasta que al fin vino Cristo, la luz del mundo, y lo liberó de las tinieblas de la falta de salvación. Recordaremos, además, que aprendimos que aquellos milenios anteriores a Cristo fueron los tiempos de la condenación, debido al pecado original, y que los siglos posteriores al nacimiento del Señor, son “anni salutis reparatae”, años de la salvación restablecida. Recordaremos, por último, cómo nos dijeron que durante el adviento la Iglesia no reflexiona sólo sobre el pasado, en el cual el adviento fue para la humanidad un tiempo de falta de redención y de espera, sino que dirige su mirada a la vez más allá de sí misma, hacia la muchedumbre de quienes no han sido aún bautizados, aquellos para los cuales es todavía tiempo de “adviento”, porque esperan y viven aún en la oscuridad de la falta de redención.

Si como seres humanos de nuestro siglo y con las experiencias en él vividas, meditamos estas afirmaciones que aprendimos en la infancia, nos resultará muy difícil aceptarlas plenamente. Las palabras que afirman que los años posteriores a Cristo, comparados con los anteriores a su nacimiento, son años de salvación se nos morirán en los labios, y nos parecerán una amarga ironía, si pensamos en fechas como las de 1914, 1918, 1933, 1939, 1945, fechas que delimitan el periodo de guerras mundiales en las que millones de seres humanos perdieron la vida en circunstancias terribles, fechas que suscitan el recuerdo de atrocidades de las que la humanidad no habría sido antes capaz, por motivos puramente técnicos. Además, entre ellas se encuentra también el año que nos recuerda el inicio de un régimen que llevó a una cruel perfección la aniquilación masiva y, por último, la fecha que nos trae a la memoria el año en que la primera bomba atómica explotó sobre una ciudad habitada por seres humanos y que con su brillo cegador dio origen a una posibilidad completamente nueva de tinieblas para el mundo.

Si reflexionamos sobre estas cosas, sencillamente ya no seremos capaces de dividir la historia en un tiempo de perdición y un tiempo de salvación. Si, por otro lado, ampliamos más nuestra mirada y nos fijamos en las calamidades y la destrucción que los cristianos [es decir, quienes nos consideramos seres humanos “redimidos”] han causado en nuestro siglo y en los siglos anteriores, ya no podremos dividir los pueblos del mundo en pueblos que viven en la salvación y pueblos que viven en la condenación. Si somos honrados, ya no pintaremos un cuadro en blanco y negro que subdivida la historia y el mapa en zonas de salvación y zonas de perdición. Toda la historia y toda la humanidad nos parecerán más bien una masa gris, donde brillan continuamente los resplandores de un bien nunca suprimible del todo, donde los seres humanos están siempre tratando de ser mejores, pero donde también caen continuamente en todas las formas horribles del mal.

Y así, en el curso de tales reflexiones vemos que el adviento no es [como tal vez se pudo decir en otro tiempo] una representación sagrada de la liturgia, en la que ésta nos hace, por así decir, recorrer una vez más los caminos del pasado y nos muestra una vez más gráficamente lo que entonces sucedió, para que podamos gustar ahora con mayor alegría y felicidad la salvación presente. Más bien tendremos que admitir que el adviento no es un mero recuerdo y una pura representación del pasado, sino que es nuestro presente y nuestra realidad: la Iglesia no realiza una representación, sino que nos indica lo que constituye también la verdad de nuestra existencia cristiana. El sentido del adviento en el año litúrgico consiste en despertar en nosotros esta conciencia. El adviento tiene que llevarnos a tomar conciencia de estos hechos, a admitir la falta de salvación no como una realidad que existió en otro tiempo sobre el mundo y que tal vez exista todavía en alguna parte, sino como un hecho que se da en nosotros mismos y en medio de la Iglesia.

Me parece que aquí caemos, no pocas veces, en un cierto peligro: no queremos ver estas cosas; vivimos, por así decir, con las luces cortas, porque tememos que nuestra fe no esté en condiciones de soportar la luz total y cegadora de los hechos. Por eso nos blindamos frente a ellos y los excluimos de la conciencia, para no abatirnos. Pero una fe que admite sólo la mitad –o menos aún- de los hechos es en el fondo una forma de rechazo de la fe o al menos una forma muy profunda de pusilanimidad, que tiene miedo de que la fe no pueda afrontar la realidad. No se atreve a reconocer que ella es la fuerza que vence al mundo. Por el contrario, creer verdaderamente significa mirar de frente a toda la realidad, con corazón valeroso y abierto, aún cuando esto vaya contra la imagen que por algún motivo nos hemos hecho de la fe. La existencia cristiana implica también que nos atrevamos a hablar con Dios, en medio de la tentación de nuestra oscuridad, como Job, un ser humano como nosotros. Implica que no pensemos que podemos presentar a Dios sólo la mitad de nuestra existencia y que podemos ahorrarle el resto, porque de este modo tal vez podríamos fastidiarlo. No; precisamente ante él podemos y debemos presentar con total sinceridad todo el peso de nuestra existencia. Olvidamos demasiadas veces que en el libro de Job, trasmitido en la Sagrada Escritura, al final del drama Dios declara justo a Job, que le había dirigido las acusaciones más terribles, mientras que desaprueba a sus amigos como personas que hablan de forma equivocada, aquellos amigos que habían defendido a Dios y habían encontrado una hermosa explicación y una respuesta para todo.

Celebrar el aviento no significa otra cosa que hablar con Dios como hizo Job. Significa mirar de frente y valerosamente a toda la realidad y todo el peso de nuestra existencia cristiana, y presentarlas ante el rostro de Dios, juez y salvador, aun cuando no tengamos, como Job, ninguna respuesta que darles, porque no nos queda nada más que dejar que sea Dios mismo quien dé la respuesta, mientras le decimos que no tenemos respuesta en medio de nuestra oscuridad.

LA PROMESA INCUMPLIDA

Tratemos, pues, de reflexionar, en este tiempo de adviento y en presencia de Dios, sobre toda la realidad del adviento, que no es una representación sagrada, sino la realidad concreta de nuestra existencia cristiana. Esta reflexión asumirá una forma diferente para cada persona en función de su experiencia de vida. Por mi parte, os propongo sólo algunas imágenes y pensamientos tomados de la Sagrada Escritura, donde se muestra significativamente de qué forma estas cuestiones acosan a los seres humanos actuales, de qué modo experimentamos la realidad del adviento, pero no con el objetivo de hacer análisis profanos, sino con la finalidad de hablar y de debatir con Dios.

En el profeta Isaías, por ejemplo, encontramos [en el capítulo 11] la visión del tiempo mesiánico, en el cual llegará el retoño de David, el Redentor. Sobre ese tiempo se dice: “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito; el novillo y el cachorro pacerán junto, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías; el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo monte, porque la tierra estará llena de conocimiento del Señor, como cubren las aguas el mar” [Isaías 11,6-9]. Como vemos, el tiempo del Mesías es descrito como un nuevo paraíso. Ciertamente diremos que muchas de estas cosas son simples imágenes, pues el que los osos, los corderos, los leones y las vacas puedan vivir en armonía es, claro está, una visión imaginaria que pretende expresar algo más profundo. No esperamos que algo semejante se realice en nuestro mundo. Pero el texto conduce precisamente a algo mucho más profundo: en esta imagen habla de la paz, que será el signo característico de los seres humanos salvados. Dice que éstos serán personas de paz, que no actuarán ya con maldad y malicia, porque el país está lleno del conocimiento de Dios que cubre como agua la tierra. Los seres humanos salvados –así nos lo señala el texto- viven de la cercanía y la realidad de Dios, de modo que se convierten espontáneamente en seres humanos de paz.

Pero, ¿en qué se ha convertido esta visión en la Iglesia, entre nosotros que nos llamamos “redimidos”? Todos sabemos que no se ha cumplido, que el mundo ha sido y es, ahora más que nunca, un mundo de discordia y de falta de paz, un mundo que vive de la lucha de unos contra otros, un mundo caracterizado por la ley de la perfidia, la hostilidad y el egoísmo; un mundo donde el conocimiento de Dios no cubre como agua la tierra, sino que vive lejos de Dios y en densa oscuridad.
Esto nos lleva a un segundo pensamiento, que se impone cuando leemos en Jeremías la profecía de la nueva alianza, que dice: “Ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días, dice el Señor: pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré…” [Jeremías 31,33]. Y de manera aún más clara encontramos lo mismo en Isaías: “Todos tus hijos serán discípulos del Señor” Isaías 54, 13]. En el nuevo Testamento retoma el Señor estas palabras en el capítulo 6 del Evangelio de Juan, cuando describe la nueva alianza como el tiempo en que uno ya no tendrá necesidad de hablar de Dios a otro, porque todos estarán íntimamente llenos de la realidad de Dios [Juan 6,45]. Esta misma idea se recoge también en los hechos de los Apóstoles, en el discurso pronunciado por san Pedro el día de Pentecostés, cuando recuerda una profecía semejante del profeta Joel y dice que ahora se cumple esta palabra, esto es, que Dios derramará en los últimos días su Espíritu sobre toda carne y “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán” [Hechos 2,16s; Joel 3,1-5].

Una vez más debemos decir: ¡qué lejos estamos de un mundo donde ya no hay necesidad de ser instruidos por Dios porque él está presente en nosotros! Alguien ha afirmado que nuestro siglo se caracteriza por un fenómeno completamente nuevo, a saber, la aparición del ser humano incapaz de conocer a Dios. El desarrollo social y cultural ha llegado a tal punto que ha dado origen a una clase de ser humano en el que no existe ya ningún punto de partida para conocer a Dios. Sea esto cierto o no, tenemos que admitir que la lejanía de Dios, la oscuridad y la problematicidad que hoy se difunden en torno a él son más profundas que nunca; más aún, también nosotros, que nos esforzamos por ser creyentes, tenemos muchas veces las sensación de que la realidad de Dios se nos ha escapado de las manos. Nosotros mismo empezamos a preguntar con frecuencia: ¿dónde está él en medio del silencio de este mundo? ¿No tenemos también nosotros a menudo la sensación de que, al final de todas nuestras reflexiones, sólo nos quedan en la mano palabras, mientras que la realidad de Dios está más lejos que nunca?

Esto nos lleva a dar un nuevo paso. Creo que la verdadera tentación del cristiano, tal como la experimentamos hoy, no consiste tanto en la cuestión teórica acerca de si Dios existe, ni en la cuestión acerca de si es al mismo tiempo uno y trino, y tampoco en la cuestión acerca de si Cristo es a la vez Dios y ser humano. Lo que hoy propiamente nos acosa y nos tienta es más bien el hecho de la ineficacia del cristianismo: después de dos mil años de historia cristiana no vemos nada que sea una nueva realidad en el mundo, sino que descubrimos que éste sigue estando entrampado en las mismas atrocidades, desesperaciones y esperanzas que antes. Y también en nuestra existencia tenemos que experimentar continuamente la impotencia de la realidad cristiana frente a todos los demás poderes, que nos condicionan y nos acosan. Y si, después de tantos esfuerzos e intentos de vivir cristianamente, hacemos el balance final, nos asalta de nuevo la sensación de que la realidad se nos escapa y se disuelve, y de que lo único que queda es, al fin y al cabo, el recurso a la débil lucecita de nuestra buena voluntad. Entonces, en esos momentos de desaliento, cuando miramos retrospectivamente nuestro camino, se nos impone esta pregunta: ¿para qué sirve propiamente toda esta proclamación de dogma, culto e Iglesia, si al final nos vemos otra vez inmersos en nuestra propia miseria? Esto nos lleva, de nuevo y por último, a la cuestión del mensaje del Señor: ¿qué fue en realidad lo que él anunció y trajo a los seres humanos? Recordemos que, según el relato de san Marcos, el mensaje de Cristo se resume en estas pocas palabras: “El tiempo se ha cumplido. Convertíos y creed en el evangelio” [Marcos 1,15].

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca”. Detrás de estas palabras está toda la historia de Israel, ese pequeño pueblo que fue un juguete de las potencias del mundo, estuvo sometido a todos los imperios que habían ido aparecido en aquel espacio concentrado de la historia del mundo, y descubrió que ninguna soberanía humana, ni siquiera la del propio pueblo, podía traer la salvación. Israel sabía muy bien que en todos los lugares donde reinan los seres humanos las cosas suceden muy humanamente, es decir, de forma muy miserable y problemática. Gracias a esta experiencia de una historia llena de decepciones, llena de esclavitud y llena de injusticia, maduró en Israel cada vez con más fuerza el anhelo de un reino que no sería un imperio de seres humanos, sino un Reino del mismo Dios, un Reino de Dios donde reinaría Él, el verdadero Señor del mundo y de la historia. Tenía que reinar Él, que es la verdad y la justicia, para que la salvación y el derecho llegaran a ser realmente y por fin los únicos poderes imperantes entre los seres humanos. A esta esperanza que se había ido intensificando a lo largo de los siglos responde el Señor cuando dice: ahora ha llegado el tiempo, ahora ha llegado el Reino de Dios. No es difícil comprender la esperanza que tenía que brotar de semejantes palabras. Pero también es comprensible la decepción que nos inunda cuando miramos atrás y observamos lo que ha sucedido.

A medida que pasaba el tiempo, la teología cristiana que pronto se encontró frente a esta discrepancia entre espera y cumplimiento, hizo del Reino de Dios un reino del cielo, situado en el más allá; la salvación de los seres humanos se convirtió en una salvación de las almas, que se realiza igualmente en el más allá, después de la muerte. Pero con esto no dio una respuesta. Porque la grandeza del mensaje está precisamente en el hecho de que el Señor no habló únicamente del más allá ni de las almas sino que se dirigió al cuerpo, al ser humano, completo en su corporeidad y en su inserción en la historia y en la comunidad; y está en el hecho de que prometió el Reino de Dios al ser humano que vive corporalmente con otros seres humanos en esta historia. Cuanto más hermoso es este conocimiento, que el estudio de la Biblia nos ha revelado de nuevo en este siglo [a saber, que Cristo no miraba sólo al más allá, sino que se refería al ser humano real], tanto más puede decepcionarnos y perturbarnos si miramos a la historia real, que no es verdaderamente un reino de Dios.

Podríamos profundizar esta reflexión fijándonos en el mensaje moral de Jesús, en las palabras del Sermón de la montaña, en las que se establece una oposición entre la casuística de los fariseos y la sencilla invitación a hacer el bien, y se dice, por ejemplo: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo en el tribunal. Pues yo os dio: Todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil” será reo ante el Sanedrín, y el que le llame “renegado” será reo de la gehenna de fuego” [Mateo 5,21-22]. Cuando escuchamos estas palabras del Sermón de la montaña, nos impresiona ciertamente la sencillez con que se despachan las tretas morales de la casuística, con que se rechaza una teología moral que quería, por así decir, hacer posible que el ser humano engañara a Dios y se procurara la salvación con trucos. Nos impresiona la sencillez con que se inculca, no una ley cualquiera sino el simple sí al mismo bien. Pero después, cuando reflexionamos más atentamente sobre las palabras “quien llame a su hermano “renegado”, será reo del fuego”, nos impresionan como un juicio terrible, y la casuística de los fariseos nos parece, frente a ellas, casi como una forma de misericordia, que trata al menos de acercar el mandamiento a la debilidad humana.

Siguiendo estas reflexiones, podríamos considerar cómo Cristo habló de los dignatarios del Antiguo Testamento y de sus discípulos; cómo insistió en que no debía haber más títulos, en que todos debían ser hermanos, porque viven de un único Padre [Mateo 23,1-12]. ¡Con cuánta frecuencia hemos comparado, en nuestros pensamientos, esas palabras con las realidades que encontramos en la Iglesia, con toda la sofisticada serie de rangos y jerarquías, toda la pompa palaciega! Pero hay cosas que van más al fondo que la cuestión de las formas exteriores, que no debemos infravalorar, pero tampoco debemos sobrestimar. Por eso tenemos que preguntarnos: el ministerio neotestamentario ¿no ha perdido también su verdadera esencia? Ya Agustín se vio en la necesidad de decir a sus fieles que las duras palabras pronunciadas por el Señor sobre los ministros del Antiguo Testamento valen también para los obispos de la Iglesia: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas” [Mateo 23,2-4].

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¿ESTAMOS SALVADOS?

Si damos un paso más, de la Escritura a la teología, y nos preguntamos cómo ha explicado ésta la redención, descubrimos los dos caminos que ha recorrido: el camino de la teología occidental y el de teología oriental. La teología occidental ha concebido un sistema preciso; dice que Dios fue infinitamente ofendido por el pecado, de modo que era necesaria una satisfacción infinita. Tal reparación infinita, que ningún ser humano finito podía ofrecer, la realizó Cristo, Dios y ser humano al mismo tiempo. El individuo concreto la recibe como don mediante la fe y el bautismo, de tal modo que se le perdona la culpa general que él no puede borrar y es anterior a todos los pecados. Pero en el nuevo terreno, que con ello ha conseguido, el individuo tiene que responder a las expectativas puestas en él. Cuando entra en la arena de la vida cristiana, no consigue librarse de la sensación según la cual, con este sistema, la gracia es relegada a un espacio que no le afecta personalmente y es abandonado de nuevo, en su combate moral, a sus propias obras y méritos. De este modo, en el sistema se salva la idea de la redención, pero no obra en la vida, sino que está en algún lugar en el trasfondo, en un ámbito para nosotros incomprensible de una ofensa y de una reparación infinitas, mientras que nuestra existencia sigue estando en la misma tentación y dificultad, como si toda esta construcción no existiera.

La teología oriental explicó la redención como la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el demonio. Estas potencias del mundo habrían sido vencidas de una vez para siempre por el Señor y así el mundo habría sido redimido. Pero recordémoslo una vez más: si nos fijamos en la realidad de nuestra vida, ¿quién de nosotros se atreve a decir que el poder del pecado ha sido vencido? Por nuestra propia vida y nuestras tentaciones sabemos muy bien cuánto poder ejerce aún. ¿Y quién se atreve a afirmar seriamente que la muerte ha sido vencida? Tal vez nos topamos aquí con el aspecto más universalmente humano de la falta de salvación del ser humano: estamos todavía bajo el poder de la muerte y de su continua presencia en todas nuestras enfermedades, debilidades, soledades y necesidades.

EL DIOS ESCONDIDO

Es adviento. Y si reflexionamos sobre todo aquello que –hablando como Job con Dios- tenemos que decir, experimentamos de qué modo tan apremiante, y tan verdadero, es también hoy adviento para nosotros. Pienso que ante todo deberíamos aceptar sencillamente este hecho. El adviento es una realidad también para la Iglesia. Dios no ha dividido la historia en dos mitades: la luminosa y otra oscura. No ha dividido a los seres humanos en seres redimidos por él y seres olvidados por él. Existe sólo una historia, única e indivisible, caracterizada toda ella por la debilidad y la miseria del ser humano, y que está bajo el amor misericordioso de Dios, que siempre la abraza y la sostiene (1).

Nuestro siglo nos obliga a aprender de nuevo la verdad del adviento, a saber, la verdad de que siempre ha sido adviento y de que siempre es adviento. La verdad de que hay una sola humanidad ante el rostro de Dios, que toda la humanidad yace en tinieblas, pero también toda es iluminada por la luz de Dios. Y si es cierto que siempre ha sido y siempre es adviento, esto significa también que, en ningún periodo de la historia, Dios ha sido, por decirlo así, únicamente pasado, un pasado que hemos dejado atrás y en el que todo se ha hecho ya. Por el contrario, Dios es para todos nosotros el origen de donde venimos; pero es también siempre el futuro hacia el que caminamos. Y esto significa, además, que todos nosotros podemos encontrar a Dios sólo si salimos a su encuentro como El que viene, y espera y quiere que nos pongamos en camino. Sólo podemos encontrar a Dios en este éxodo, en este salir de la comodidad de nuestro presente para entrar en el ocultamiento de la luminosidad que viene de Dios. La imagen de Moisés, que para encontrar a Dios tuvo que subir al monte y entrar en la nube, sigue siendo válida para todos los tiempos. No podemos encontrar a Dios –tampoco en la iglesia- si no subimos al monte y entramos en la nube de lo desconocido de Dios, que es el Escondido en este mundo. Al comienzo de la historia neotestamentaria de la salvación se les dio a comprender esto mismo a los pastores de Belén de otro modo: “Esto os servirá de Señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” [Lucas 2,12]. Con otras palabras, la señal para los pastores es que no encontrarán ninguna señal, sino únicamente al Dios hecho niño, y que tendrán que creer en la cercanía de Dios en medio de este ocultamiento. La señal les pide que aprendan a descubrir a Dios en lo desconocido de su ocultamiento. La señal les pide que reconozcan que no es posible encontrar a Dios en las realidades tangibles de este mundo y que sólo podemos encontrarlo si vamos más allá de ellas.

Ciertamente Dios puso una señal también en la grandeza y en la fuerza del cosmos, detrás del cual vislumbramos algo del poder del Creador. Pero la auténtica señal elegida por él es el ocultamiento, empezando por el pobre pueblo de Israel y pasando por el niño de Belén, hasta llegar al que muere en la cruz diciendo estas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” [Mateo 27,46]. Esta señal de ocultamiento nos muestra que las realidades de la verdad y del amor, las auténticas realidades de Dios, no se encuentran en el mundo de las cantidades, sino que sólo podemos encontrarlas si vamos más allá de ese mundo y entramos en un nuevo orden (2). Pascal expresó esta idea en su grandiosa teoría de los tres órdenes. Según él, el primer orden, el de las cantidades, es majestuoso e ilimitado, objeto inagotable de las ciencias naturales. El orden del espíritu –el segundo gran ámbito de la realidad- aparece, visto a la luz de lo cuantitativo, como la pura nada, porque cuantitativamente no ocupa un espacio mensurable. Y, a pesar de ello, un único espíritu [Pascal cita como ejemplo el espíritu matemático de Arquímedes], un único espíritu, decimos, es mayor que todo el orden del cosmos cuantitativo, porque este espíritu, que no tiene peso, ni longitud, ni anchura, puede medir todo el cosmos. Pero por encima del espíritu está el orden del amor. Desde la perspectiva del “espíritu”, la inteligencia científica, representada por Arquímedes, también este orden es pura nada, porque le falta la posibilidad de demostración científica y no aporta nada a ella. Y, no obstante, un único movimiento de amor es infinitamente más grande que todo el orden del “espíritu”, porque sólo él representa el poder verdaderamente creador, vivificador y salvador (3). En esta “nada” de la verdad y del amor, que es en realidad el verdadero uno y todo, quiere introducirnos lo desconocido de Dios, porque él está oculto en este mundo y sólo puede ser encontrado en el ocultamiento.

Es adviento. Todas nuestras respuestas son fragmentarias. Lo primero que tenemos que aceptar es siempre esta realidad del adviento permanente. Si lo hacemos, empezaremos a reconocer que la frontera entre “antes de Cristo” y “después de Cristo” no atraviesa exteriormente el tiempo histórico y no puede ser trazada en el mapa, sino que pasa a través de nuestro corazón. En la medida en que somos egoístas y ególatras, nos encontramos también nosotros hoy “antes de Cristo”. Pero en este tiempo de adviento queremos pedir al Señor que nos otorgue vivir, no “antes” de Cristo ni “después” de Cristo, sino verdaderamente “con” Cristo y en Cristo: con él, que es el Cristo ayer, hoy y siempre [Hebreos 13,8]. Amén.


(1) En mi tesis de oposición a cátedra, titulada Die Geschichtstheologie des heiligen Bonaventura, München – Zurich 1959, he tratado de mostrar que ésta fue la convicción histórico –teológica de todo el primer milenio cristiano. La subdivisión de la historia en un “antes” y un “después” de Cristo, en un tiempo no redimido y un tiempo redimido, que hoy nos parecen expresión insustituible de la conciencia cristiana de la historia, sin la cual creemos que no podemos pensar el concepto de la redención y ese eje central que es el cristianismo, es, en realidad, el resultado del giro de la teología de la historia en el siglo XIII, causado por los escritos de Joaquín de Fiore, cuya doctrina de las tres edades fue condenada, pero cuya comprensión del acontecimiento Cristo como punto de periodización intrahistórico fue adoptada. El cambio que esto produjo en la comprensión total del cristianismo debe ser considerado como una de las revoluciones más importantes en la historia de la conciencia cristiana. Dar una nueva respuesta a esa revolución será tarea urgente del trabajo teológico en nuestro tiempo.

(2) La idea de los dos signos de Dios –creación y ocultamiento histórico- se la debo al artículo de Ph. Dessauer, “Geschöpfe von fremden Welten”: Wort und Wahrheit 9 (1954), pp. 569-583.

(3) Pascal, Pensées Frg. 793 [ed. Brunschvicg 293ss]; cf. R. Guardini, Christliches Bewusstsein, München 1950, pp. 40-46.

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Publicado el 2 diciembre, 2014 en RATZINGER y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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