04/11/2014 – S.E.REV. MONS. GEORG GÄNSWEIN EN EL INICIO DEL AÑO JUBILAR POR EL IV CENTENARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA CONFRATERNIDAD “SAN CARLO BORROMEO” EN SESSA AURUNCA

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Queremos dar las GRACIAS, así en mayúscula, a D. Luciano Marotta,

director del oficio Litúrgico Diocesano y Maestro de las celebraciones Litúrgicas de la  Diócesis de Sessa Aurunca.

¡¡¡¡¡GRAZIE MILLE, DON LUCIANO!!!!!

S.E.REV. MONS. GEORG GÄNSWEIN

CATEDRAL DE SESSA AURUNCA

FIESTA DE SAN CARLOS BORROMEO

4 de noviembre de 2014
(1 Jn 3,13-16; Gv 10,11-18)

TRADUCCIÓN: Equipo Ratzinger – Gänswein

Excelencia,

Queridos hermanos en el sacerdocio,

Queridos hermanos y hermanas,

El pasaje del Evangelio escuchado nos invita a fijar nuestra mirada en el Señor Jesús, “el buen pastor” que “da su vida por las ovejas”. En la fiesta de hoy nuestra mirada en Cristo Señor nos lleva de una manera espontánea a San Carlos, en cuyo rostro se reflejan las mismas características de Jesús. En realidad, San Carlos continúa a reproponerse en la historia de la Iglesia como un icono espléndido y fascinante de Jesús, el buen pastor. Es interesante revelar como en la vida y en la obra de Borromeo este trato personal se presenta siempre como un trato eclesial. Todo su empeño episcopal se resuelve en hacer de la Iglesia una comunidad accesible y renovada de la caridad pastoral de Jesucristo. Y es ante todo en la vida espiritual, que el Obispo de Milán, San Carlos, continúa a proponerse en la historia de la Iglesia como un icono espléndido y fascinante de Jesús, acogiendo así la gran apelación del Concilio de Trento a la renovación evangélica de la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Se desarrolla así, día tras día, un maravilloso círculo virtuoso: de un lado el corazón del pastor hacia su Iglesia, para amarla y servirla porque es siempre el verdadero rebaño de Cristo, y por otro lado este mismo rebaño retorna al corazón del pastor haciendo crecer más la caridad que lo anima. Este es el objetivo del celo apostólico del Obispo: hacer que toda la Iglesia reviva el amor de Cristo. Toda la Iglesia, porque -insiste San Carlos- la caridad pastoral es donada por Cristo no sólo a los Obispos, no sólo a los presbíteros, sino también a todos los fieles laicos, especialmante a aquellos que tienen una particular responsabilidad de guiar a los demás. El Santo nos habla con gran calor en una homilía en la Basílica de San’Ambrogio, revelando de modo explícito que el título de “buen pastor” pertenece a todos los cristinianos: pertenece -dice- “a nosotros pastores y sacerdotes, a vosotros padres y madres de familia, a todos vosotros que de cualquier modo os preocupáis por los demás; de hecho, a todos los cristianos, todos deberían llamarse en cierto modo pastores, ya que todos estamos obligados a ayudar en el buen progreso espiritual de las almas de aquellos que están a vuestro gobierno”. (Sassi, Homilía de San Carlos, I, 28-29).

No hay duda, sin embargo, que las preocupaciones de la caridad pastoral es más intensa para los sacerdotes. A ellos se dirige con afecto entusiasta y preocupación constante San Carlos. De hecho está convencido que el primer y decisivo elemento para una reforma de la Iglesia en años de crisis y de oscuridad moral y social no puede ser sino el clero: un clero dedicado al Señor y a su pueblo, un clero bien formado desde el punto de vista espiritual, teológico y pastoral. Con esto en mente Borromeo elabora una nueva opción formativa para los futuros sacerdotes en los seminarios. En este contexto San Carlos afronta el problema de la disponibilidad de los sacerdotes y del destino del ejercicio del ministerio pastoral.

Queridos presbíteros y fieles todos: este mismo problema se reproduce para nosotros hoy, presentándose de una manera no menos urgente que en tiempos de Borromeo. La urgencia está en la disminución y el envejecimiento del clero, pero sobre todo a las nuevas necesidades pastorales de una Iglesia que es cada vez más consciente de ser llamada a convertirse en una comunidad misionera en un mundo que cambia en la vida social, cultural y religiosa y llamada en la situación actual a un servicio al Evangelio creíble y eficaz, capaz de llegar al hombre en donde esté, y en sus diversos ambientes de vida cotidiana, con todo el pesar de las dificultades, penurias y tragedias y con todas las aspiraciones irreprimibles de vivir, crecer, ser libre y verdaderamente feliz.

Me pregunto: ¿Qué podemos aprender hoy de San Carlos en este preciso problema pastoral? Es verdad, sus tiempos fueron distintos, y no poco, de los nuestros. Nos encontramos, sin embargo, en el corazón de un pastor Santo de ideas espirituales que todavía pueden iluminar y guiar las respuestas que buscamos al problema de la disponibilidad de los sacerdotes al servicio de la Iglesia y por tanto a su misión de salvación con el anuncio y el testimonio del Evangelio, con la comunicación de la fe y la educación al verdadero amor, con el servicio al hombre. Estas palabras tan simples nos dicen el criterio pastoral de base para evaluar y decidir la asignación de los sacerdotes ministeriales dentro de la comunidad cristiana. Es un criterio que encuentra su inspiración más genuina en la figura evangélica del Buen Pastor. En referencia a lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, me gustaría destacar dos pautas básicas que deben ser vividas en el servicio a la Iglesia por parte de los sacerdotes.

La primera línea fundamental es: la misión. De las palabras de Jesús emerge en primer lugar la misión: “Tengo otras ovejas que son de este mismo rebaño: a estas otras también debo guiar; escuchad mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (v.16). En su pasión misionera el pastor es llamado a cultivar una visión amplia. En las palabras de Jesús leemos una gran expectación que se dirige al futuro y casi lo anticipa como señal de esperanza que ofrece seguridad y serenidad. El pastor con los ojos bien abiertos debe unirse a una mirada hacia adelante, debe adoptar la perspectiva de lo que sucederá en el futuro, debe abrirse con confianza y valentía.

Queridos sacerdotes, aquí tenemos una indicación preciosa de la disponibilidad que debemos tener al servicio de nuestra Iglesia. La debemos servir en su totalidad y en su unidad. La mirada y el corazón de nuestros sacerdotes deben estar siempre abiertos a toda la diócesis, porque como presbíteros particulares estamos insertados y participamos de un único presbitero. Estamos ordenados presbíteros no en función de una específica zona pastoral o parroquial, sino para toda la Iglesia local.

Para cumplir con el requisito de un destino preciso ministerial, San Carlos nos invita a madurar y tener una mirada eclesial.  Así decía en la Homilía en el Primer Concilio Provincial: “Debemos anteponer la exigencia de nuestro oficio público a los intereses privados, debemos ser de utilidad para aquellos a los cuales servimos, no a nuestros intereses. Buscar lo que es de Dios, no lo que es nuestro: esta es la tarea del pastor, este es el deber de los que guían” (Acta Ecclesiae Mediolanensis: Milán 1890, 2, col. 157-162: 159-160).

Por otra parte, no hay Iglesia sino en la figura histórica, así que el servicio sacerdotal a la Iglesia no es abstracto, pero siempre y sólo en el momento histórico vivido en concreto. Por esto nuestra disponbilidad a servir a la Iglesia no puede ser moderada por una práctica inmutable, debe estar guiada por la mirada puesta en el futuro. Es necesario que nos preguntemos sobre la evolución que tiene lugar en nuestra diócesis, en relación con las situaciones de la vida real de las parroquias y de los sacerdotes, las instalaciones y los recursos y las necesidades pastorales. Sólo considerando la evolución de los tiempos que se avecinan, es posible afrontar hoy el problema de nuestro “destino” ministerial en modo sabio y adecuado, es decir preparando en el presente un mañana que pueda resultar positivo, no problemático, fatigoso, inmanejable, un fracaso. Somos responsables no solo del presente, sino del futuro de nuestra comunidad cristiana. Una responsabilidad que pide no ser simplemente “observadora” de los cambios, sino “protagonista”. Es el Señor quien llama a nuestros corazones de creyentes, no dejando apaciguar ni quedarse en nuestros hábitos establecidos.

Esta amplia visión no pertenece sólo al Obispo, debe ser asunto de todo el prebisterio y debe alargarse a la comunidad parroquial, la cual puede tener dificultad al entender que en ciertas situaciones o de verdadera emergencia no es posible “seguir como siempre se ha hecho”. Todos, aunque de maneras distintas, somos responsables de nuestra fe en el camino de la historia.

Una segunda linea fundamental, en cierta manera más radical, es aquella de la donación total de si mismo. Esta es la parte central de la figura de Cristo. Como discípulos del Señor cada uno de nosotros estamos llamados a seguir al buen pastor, como nos recuerda el mismo evangelista en la Primera Lectura que hemos escuchado hace poco: En esto hemos conocido el amor: en el que dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestras vidas por los hermanos”. (1 Jn 3,16)

No es distinto el camino que nosostros los presbíteros debemos recorrer. De hecho es esta caridad pastoral a la que nos dedicamos de modo particular, en virtud del sacramento del orden, que configura a Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. En esta caridad pastoral está en nosotros la fuente de energía para nuestra donación total a nuestros hermanos.

Éste es nuestro donarse en su expresión de la disponibilidad a servir el Evangelio según el destino dado por el Obispo. Conectada con la caridad pastoral está la obediencia al obispo. Esta obediencia significa fidelidad a la promesa de la ordenación, al sacramento mismo que te ha incluido en el prebisterio destinándote a servir a la Iglesia con el ministerio que se nos ha confiado y no elegido. Tal obediencia no contradice, confirma y perfecciona, la libertad con la cual en el sacramento el presbítero se confía a Dios. Tal obediencia es la expresión de amor a Cristo y a la Iglesia y en especial a la comunidad cristiana.

El sacerdote sabe, que con su “adsum”, entrega su vida entera al Señor y a su servicio. Me gustaría agradecer al Señor por el ejemplo luminoso de tantos sacerdotes que viven una real y rápida disponibilidad para satisfacer la demanda de un nuevo destino, aunque sea desafiante e incluso a veces inesperada. Pero al mismo tiempo se advierte que tal promesa es exigente. El sacerdote podría correr el riesgo no sólo de una posible crisis, sino también de un posible fracaso, “desdiciéndose” de la palabra dada. Hay sacerdotes, talentosos y dedicados de modo admirable al ministerio, que ante una propuesta de traslado se bloquean y citan diversas razones para concluir al final con un no.

Sea para todos una fuente de luz, de inspiración y de estímulo la palabra de Jesús: “El buen pastor ofrece la vida por las ovejas” (v.11). En la raíz de la obediencia del presbítero está la caridad pastoral que se dona de un modo total. No queremos negar todas las dificultades que genera la disponilidad en el destino ministerial que no se dan con poca frecuencia. Hay dificultad de decir y de escuchar, de comprender y de evaluar con claridad y sabiduría para acoger la voluntad del Señor. No hay duda de que todos debemos orar y ayudar a los demás con sinceridad y valentía.

En conclusión, escuchemos el testimonio de San Carlos. Borromeo apenas permitió que le llevaran a consagrar a los que querían ser sacerdotes sólo para su beneficio privado, sin estar sujetos a una iglesia y a un oficio particular y dedicarse al servicio público de Dios. En esta actitud fue especialmente reconfortado por sus propios sentimientos, porque deseaba que los sacerdotes se dedicaran al apostolado, trabajaran en el oficio sacro, ayudando a la salvación de muchos, se mostraran decididos y generosos, sin contemplar la tranquilidad y la calma personal. Y ahora:

“La iniciativa de afrontar inquietudes y dificultades, mutaciones de lugares y de oficio. Especialmente exhortaba a todos aquellos que veía, sin embargo, a perdonarse voluntariamente, conservar con cuidado la propia libertad e independencia, tenazmente arraigar las propias ideas y ser condescendiente con las de los demás” (Vida y obra de Carlos Arzobispo de Milán, Milán 1983, p. 719)

Por esto rezamos con la Palabra de la liturgia de hoy:

“La participación a tu sacramento nos dice, oh Dios, el espíritu de fortaleza que animó a San Carlos y lo hizo fiel a la misión de darse entero a sus hermanos” (Postcommunio).

Amén.

TEXTO ORIGINALE

Cattedrale di Sessa Aurunca

Festa di San Carlo Borromeo (4 novembre 2014)

(1 Gv 3,13-16; Gv 10,11-18)

Eccellenza,
Cari fratelli nel sacerdozio,
Cari fratelli e sorelle,

il brano del Vangelo ascoltato ci invita a fissare il nostro sguardo sul Signore Gesù, “il buon pastore” che “offre la vita per le pecore”. Nella festa di oggi il nostro sguardo da Cristo Signore ci porta in modo spontaneo su San Carlo, il cui volto riflette i lineamenti stessi di quello di Gesù. In realtà, san Carlo continua a riproporsi nella storia della Chiesa come un’icona splendida e affascinante di Gesù, il buon pastore. È interessante rilevare come nella vita e nell’opera del Borromeo questo tratto personale si presenta sempre come un tratto ecclesiale. Tutto il suo impegno episcopale si risolve nel fare della Chiesa una comunità accesa e rinnovata dalla carità pastorale di Gesù Cristo. Ed è anzitutto nella sua vita spirituale che il Vescovo di Milano trova la sorgente più fresca e la spinta più forte per la sua instancabile dedizione alla Chiesa, accogliendo così il grande appello del Concilio di Trento al rinnovamento evangelico della vita della Chiesa e dei cristiani.

Si sviluppa così, giorno dopo giorno, un meraviglioso circolo virtuoso: da un lato il cuore del pastore va verso la sua Chiesa per amarla e servirla perché divenga sempre più vero gregge di Cristo, e dall’altro lato questo stesso gregge ritorna al cuore del pastore accrescendone sempre più la carità che lo anima. A questo mira lo zelo apostolico del Vescovo: rendere tutta la Chiesa capace di rivivere la carità di Cristo. Tutta la Chiesa, perché – insiste San Carlo –  la carità pastorale è donata da Cristo non solo ai Vescovi, non solo ai presbiteri, ma anche a tutti i fedeli laici, specialmente a chi ha una particolare responsabilità di guida nei riguardi degli altri. Il Santo ne parla con grande calore in un’omelia tenuta nella basilica di Sant’Ambrogio, rilevando in modo esplicito che il titolo di “pastore buono” appartiene a tutti i cristiani: appartiene –  dice –  “a noi pastori e sacerdoti, voi padri e madri di famiglia, voi tutti che in qualsiasi modo avete cura d’altri; anzi cristiani tutti, che tutti per ora mi giova chiamarvi in un certo modo pastori, come tutti siete obbligati ad aiutare il buon progresso spirituale delle anime di quelli che sono nel governo vostro”. (Sassi, Omelie di San Carlo, I, 28-29).

Non c’è dubbio però che la carità pastorale riguarda in una maniera più intensa i sacerdoti. A questi si rivolgono l’affetto zelante e la preoccupazione costante di San Carlo. È infatti pienamente convinto che l’elemento primo e decisivo per una riforma della Chiesa in anni di crisi e di oscurità morale e sociale non può essere se non il clero: un clero dedito al Signore e al suo popolo, un clero ben formato dal punto di vista spirituale, teologico e pastorale. Proprio in questa prospettiva il Borromeo elabora una nuova scelta formativa per i futuri preti con l’istituzione dei seminari. In questo contesto San Carlo affronta anche il problema della disponibilità dei preti e della loro destinazione all’esercizio del ministero pastorale.

Carissimi presbiteri e fedeli tutti: questo stesso problema si ripropone anche per noi oggi, presentandosi non meno urgente che ai tempi del Borromeo. L’urgenza è legata sì al calo numerico e all’invecchiamento del clero, ma soprattutto alle nuove esigenze pastorali di una Chiesa che prende sempre più coscienza di essere chiamata a divenire una comunità missionaria in un mondo che cambia a livello sociale, culturale e religioso, e dunque chiamata nell’attuale situazione ad un servizio al Vangelo credibile ed efficace, capace di raggiungere l’uomo là dove abita e nei suoi diversi ambienti di vita quotidiana, con tutto il peso delle sue difficoltà, fatiche e drammi e insieme con tutta la sua insopprimibile aspirazione a vivere, a crescere, ad essere libero e veramente felice.

Mi chiedo: che cosa possiamo imparare noi oggi da San Carlo su questo preciso problema pastorale? È vero, i suoi tempi sono diversi, e non poco, dai nostri. Ritroviamo però nel suo cuore di pastore Santo delle intuizioni spirituali che ancora oggi possono illuminare e guidare le risposte che noi cerchiamo di dare al problema della disponibilità dei sacerdoti al servizio della Chiesa e pertanto alla sua missione di salvezza con l’annuncio e la testimonianza del Vangelo, con la comunicazione della fede e l’educazione al vero amore, con il servizio all’uomo. Queste parole così semplici ci dicono il criterio pastorale di base per valutare e decidere la destinazione ministeriale dei sacerdoti dentro la comunità cristiana. È un criterio che trova la sua ispirazione più genuina nella figura evangelica del buon pastore. Riferendomi a quanto Gesù ci dice nel Vangelo di oggi, vorrei evidenziare due linee fondamentali secondo cui dovrebbe essere vissuto il servizio alla Chiesa da parte dei sacerdoti.

Una prima linea fondamentale è: la missionarietà. Dalle parole di Gesù emerge anzitutto la missionarietà: «E ho altre pecore che non sono di quest’ovile; anche queste io devo condurre; ascolteranno la mia voce e diventeranno un solo gregge e un solo pastore» (v.16). Nella sua passione missionaria il pastore è chiamato a coltivare uno sguardo ampio. Nelle parole di Gesù leggiamo una grande attesa che si rivolge al futuro e quasi lo anticipa nel segno di una speranza che offre sicurezza e serenità. Il pastore allo sguardo ampio deve unire uno sguardo in avanti, deve porsi nella prospettiva di quanto accadrà nel domani, deve aprirsi con fiducia e coraggio.

Cari sacerdoti, troviamo qui un’indicazione preziosa per la disponibilità che dobbiamo avere al servizio della nostra Chiesa. La dobbiamo servire nella sua totalità e nella sua unità. Lo sguardo e il cuore di noi preti devono essere sempre aperti all’intera diocesi, perché come singoli presbiteri siamo inseriti e partecipi di un unico presbiterio. Siamo stati ordinati presbiteri non in funzione di una specifica zona pastorale o parrocchia, ma per l’intera Chiesa locale.

Di fronte alla richiesta di una precisa destinazione ministeriale, San Carlo ci invita a maturare e custodire uno sguardo ecclesiale. Così diceva nell’omelia al Primo Concilio Provinciale: “Dobbiamo anteporre le esigenze del nostro ufficio pubblico agli interessi privati, dobbiamo servire all’utilità di coloro ai quali siamo preposti, non al nostro tornaconto. Ricercare ciò che è di Dio, non ciò che è nostro: questo è il compito del pastore, questo il dovere di chi è guida” (Acta Ecclesiae Mediolanensis: Milano 1890, 2, col. 157-162: 159-160).
D’altra parte non c’è Chiesa se non nella sua figura storica, così che il servizio sacerdotale è alla Chiesa non in astratto, ma sempre e solo nel suo vissuto storico concreto. Per questo la nostra disponibilità a servire la Chiesa non può essere misurata da una prassi ritenuta immutabile, ma deve lasciarsi guidare anche da uno sguardo rivolto al futuro. È necessario interrogarci sull’evoluzione in atto nella nostra diocesi, in rapporto alle situazioni reali di parrocchie e di preti, di strutture e risorse e di urgenze pastorali. Solo considerando gli sviluppi dei tempi che ci aspettano, è possibile affrontare oggi il problema della nostra “destinazione” ministeriale in modo saggio e adeguato, ossia provvedendo nel presente a un domani che possa risultare positivo, non invece problematico, faticoso, ingestibile, fallimentare. Siamo responsabili non solo del presente, ma anche del futuro delle nostre comunità cristiane. Una responsabilità che ci chiede di essere non semplici “osservatori” dei cambiamenti, ma “protagonisti”. È il Signore che bussa ai nostri cuori di credenti, non lasciandoci acquietare e attardare nelle nostre consolidate abitudini.

Questo sguardo ampio non appartiene solo al Vescovo, ma deve essere assunto da tutto il presbiterio e deve allargarsi alle comunità parrocchiali, le quali forse faticano a comprendere che in certe situazioni serie o di vera emergenza non è più possibile “andare avanti come sempre si è fatto”. Tutti, anche se in modi diversi, siamo responsabili della nostra fede nel cammino della storia.

Una seconda linea fondamentale, in un certo senso più radicale, è quella della donazione totale di sé. È questo il tratto centrale della figura di Cristo. Come discepoli del Signore ciascuno di noi è chiamato a seguire il buon pastore, come ci ricorda lo stesso evangelista nella sua Prima Lettera che abbiamo sentito poco fa: «Da questo abbiamo conosciuto l’amore: Egli ha dato la sua vita per noi; quindi anche noi dobbiamo dare la vita per i fratelli» (1 Gv 3,16).

Non diversa è la strada che noi presbiteri dobbiamo percorrere. Anzi in questa carità pastorale siamo impegnati in un modo peculiare, in forza del sacramento dell’ordine, che ci configura a Cristo Capo e Pastore della Chiesa. Proprio questa carità pastorale è in noi la fonte e l’energia per la nostra donazione totale ai nostri fratelli.
Questo nostro donarci ha tra le sue espressioni la disponibilità a servire il Vangelo secondo quella destinazione che ci viene data dal Vescovo. Connessa con la carità pastorale è l’obbedienza al Vescovo. Questa obbedienza significa fedeltà alla promessa dell’ordinazione, al sacramento stesso che ci ha inserito nel presbiterio destinandoci a servire la Chiesa con un ministero affidatoci e non scelto in proprio. Una tale obbedienza non contraddice ma conferma e perfeziona la libertà con cui nel sacramento il presbitero si è affidato a Dio. Ancora, una tale obbedienza è espressione di amore a Cristo e alla Chiesa e in specie alla comunità cristiana.

Il prete sa che con il suo “adsum” l’intera sua vita viene donata al Signore e al suo servizio. Mi viene spontaneo ringraziare il Signore per l’esempio luminoso di tanti sacerdoti che vivono una reale e pronta disponibilità di fronte alla richiesta di una nuova destinazione, anche impegnativa e giunta forse inaspettata. Ma nello stesso tempo si avverte quanto tale promessa sia esigente. Il sacerdote potrebbe rischiare non solo possibili crisi, ma anche un eventuale fallimento, “rimangiandosi” la parola data. Ci sono presbiteri, bravi e dediti in modo ammirevole al ministero, ma che davanti a una proposta di trasferimento si bloccano e adducono diverse motivazioni per concludere alla fine con un no.
Sia per tutti noi fonte di luce, di ispirazione e di stimolo la parola di Gesù: «Il buon pastore offre la vita per le pecore» (v.11). Alla radice dell’obbedienza del presbitero sta la carità pastorale che si dona in modo totale. Non vogliamo affatto negare le difficoltà di vario genere che la disponibilità alla destinazione ministeriale non poche volte incontra. Sono difficoltà da dire e da ascoltare, da comprendere e da valutare con chiarezza e saggezza per cogliere la volontà del Signore. Non c’è dubbio che tutti abbiamo bisogno di pregare e di aiutarci a vicenda con sincerità e coraggio.

A conclusione, riascoltiamo la testimonianza di San Carlo. Il Borromeo a stento si lasciava indurre a consacrare sacerdote chi voleva diventarlo solo per un suo privato vantaggio, senza essere destinato ad una chiesa e ad un ufficio particolare e dedicarsi al pubblico servizio di Dio. In questo atteggiamento era confortato soprattutto dal suo proprio sentire, poiché voleva che i sacerdoti si dedicassero all’apostolato, lavorassero negli uffici sacri, giovassero alla salvezza di molti, si mostrassero pronti e generosi, senza guardare alla tranquillità e alla quiete personale. E ancora:
“Li incitava ad affrontare disagi e difficoltà, mutazioni di luoghi e di uffici. Soprattutto esortava a ciò quelli che vedeva nondimeno risparmiarsi volentieri, conservare con cura la propria libertà e indipendenza, tenacemente abbarbicati alle proprie idee e difficilmente accondiscendenti a quelle degli altri” (Vita e opere di Carlo arcivescovo di Milano, Milano 1983, p. 719).

Per questo preghiamo con le parole della liturgia di oggi:
“La partecipazione al tuo sacramento ci comunichi, o Dio, lo spirito di fortezza che animò San Carlo e lo rese fedele alla sua missione fino a donarsi totalmente ai fratelli” (Postcommunio).

Amen.

GALERÍA FOTOGRÁFICA DE UFFICIO LITURGICO DIOCESANO SESSA AURUNCA

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Publicado el 8 noviembre, 2014 en HOMILIAS MONS. GÄNSWEIN, NOTICIAS PADRE GEORG y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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