9-14/09/2006 – VIAJE APÓSTOLICO A MUNICH, ALTÖTING Y RATISBONA

VIAJE APOSTÓLICO A MUNICH, ALTÖTING Y RATISBONA

 

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Aeropuerto Internacional Franz Joseph Strauss, Munich
Sábado  9 de septiembre de 2006

Señor presidente de la República;
señora cancillera y señor ministro presidente;
señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado;
ilustres señores; amables señoras; queridos compatriotas: 

Con profunda emoción piso, por primera vez después de mi elevación a la cátedra de Pedro, tierra alemana bávara. Vuelvo a mi patria, a mi gente, con el programa de visitar algunos lugares que han tenido una importancia fundamental en mi vida. Le doy las gracias, señor presidente de la República, por la cordial bienvenida que me ha brindado. En sus palabras he percibido el eco fiel de los sentimientos de todo nuestro pueblo. Agradezco a la señora cancillera, doctora Angela Merkel, y al señor ministro presidente, doctor Edmund Stoiber, la amabilidad con que han querido honrar mi llegada a la tierra alemana y bávara. Mi agradecimiento se extiende, además, a los miembros del Gobierno, a las personalidades eclesiásticas, civiles y militares aquí reunidas, así como a todos los que han querido estar presentes para acogerme en esta visita, tan importante para mí.

En mi espíritu se agolpan en este momento muchos recuerdos de los años pasados en Munich y en Ratisbona:  son recuerdos de personas y vicisitudes que han dejado en mí una huella profunda. Consciente de lo que he recibido, he venido aquí ante todo para expresar la profunda gratitud que siento hacia todos los que han contribuido a formar mi personalidad en las décadas de mi vida.

Pero estoy aquí también como sucesor del apóstol san Pedro para reafirmar y confirmar los profundos vínculos que existen entre la Sede de Roma y la Iglesia en nuestra patria.

Son vínculos que tienen una historia de siglos, alimentada por la firme adhesión a los valores de la fe cristiana, una adhesión de la que pueden enorgullecerse en especial las regiones bávaras. Lo testimonian monumentos famosos, majestuosas catedrales, estatuas y cuadros de gran valor artístico, obras literarias, iniciativas culturales y sobre todo muchas vicisitudes de personas y comunidades en las que se reflejan las convicciones cristianas de las generaciones que se han sucedido en esta tierra, que yo tanto quiero.

Las relaciones de Baviera con la Santa Sede, aunque ha habido momentos de tensión, siempre se han caracterizado por una respetuosa cordialidad. Además, en las horas decisivas de su historia, el pueblo bávaro siempre ha confirmado su profunda devoción a la Cátedra de Pedro y la firme adhesión a la fe católica. La Columna de María —Mariensäule, que se eleva en la plaza central de nuestra capital, Munich, es un testimonio elocuente de esa devoción.

El contexto social actual, en muchos aspectos, es diferente del pasado. Sin embargo, creo que todos estamos unidos por la esperanza de que las nuevas generaciones permanezcan fieles al patrimonio espiritual que ha resistido a través de todas las crisis de la historia. Mi visita a la tierra que me vio nacer quiere ser también un aliento en este sentidoBaviera es una parte de Alemania, ha pertenecido a la historia de Alemania con sus altibajos, y tiene razones para estar orgullosa de las tradiciones que ha heredado del pasado.

Deseo que todos mis compatriotas de Baviera y de toda Alemania participen activamente en la transmisión a los ciudadanos del mañana de los valores fundamentales de la fe cristiana, que nos sostiene a todos y que no divide, sino que abre y acerca a las personas pertenecientes a pueblos, culturas y religiones diferentes.

De buen grado habría ampliado mi visita también a otras partes de Alemania para llegar a todas las Iglesias locales, en particular a aquellas a las que me unen recuerdos personales. En este inicio de pontificado y en el transcurso de todos estos años son muchos los signos de afecto que he recibido de todas partes y especialmente de las diócesis bávaras. Esto me da fuerza día tras día.

Por eso, deseo aprovechar esta ocasión para expresaros a todos mi profunda gratitud. También he podido leer y seguir lo que se ha hecho en estas semanas y en estos meses:  numerosas personas han contribuido con todas sus fuerzas para que esta visita sea hermosa. Y ahora agradecemos al Señor que nos da también un hermoso cielo bávaro, pues esto nosotros no lo podíamos ordenar.
¡Gracias! Que Dios os recompense por todo lo que se ha hecho en las diversas partes —tendré oportunidad de repetirlo en otras ocasiones— para garantizar un desarrollo sereno de esta visita y de estos días.

Además de saludaros a vosotros, queridos compatriotas —veo aquí ante mí las etapas de mi camino, desde Marktl y Tittmoning hasta Aschau, Traunstein, Ratisbona y Munich—, quiero saludar con gran afecto a los habitantes de Baviera y de toda Alemania:  no sólo pienso en los fieles católicos, a quienes se dirige en primer lugar mi visita, sino también a los miembros de otras Iglesias y comunidades eclesiales, en particular a los cristianos evangélicos y ortodoxos. Usted, querido señor presidente de la República, con sus palabras, ha interpretado los pensamientos de mi corazón:  aunque quinientos años no se pueden eliminar simplemente con intervenciones burocráticas o con discursos inteligentes, nos comprometeremos con el corazón y con la razón a converger los unos hacia los otros.

Saludo, por último, a los seguidores de otras religiones y a todas las personas de buena voluntad que se interesan por la paz y la tranquilidad del país y del mundo. Que el Señor bendiga los esfuerzos de todos por la edificación de un futuro de auténtico bienestar y basado en la justicia que crea la paz. Encomiendo estos deseos a la Virgen María, venerada en nuestra tierra con el título de Patrona Bavariae. Lo hago con las palabras clásicas de Jakob Balde, escritas a los pies de la Mariensäule:  “Rem regem regimen regionem religionem conserva Bavaris, Virgo Patrona, tuis!”, “Conserva a tus bávaros, Virgen patrona, los bienes, la autoridad política, la tierra y la religión”.

A todos los presentes un cordial “¡Que Dios os bendiga!”.

SALUDO DEL SANTO PADRE

ANTE LA MARIENSÄULE – COLUMNA DE MARÍA

Marienplatz, Munich
Sábado  9 de septiembre de 2006

Señora cancillera y señor ministro presidente;
queridos señores cardenales;
queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores; amables señoras;
queridos hermanos y hermanas: 

Para mí es motivo de particular emoción encontrarme de nuevo en esta bellísima plaza a los pies de la Mariensäule, lugar que, como se ha dicho, en otras dos ocasiones ya ha sido testigo de cambios decisivos en mi vida. Aquí, como se ha mencionado, hace treinta años los fieles me acogieron con gran cordialidad y yo puse en manos de la Virgen el camino que debía recorrer, pues el paso de la cátedra universitaria al servicio de arzobispo de Munich y Freising era un salto enorme, y sólo con esa protección y con el amor perceptible de los habitantes de Munich y de Baviera podía atreverme a asumir ese ministerio sucediendo al Cardenal Döpfner.

Después, en 1982, de nuevo me despedí aquí; estuvo presente en esa ocasión el arzobispo de la Congregación para la doctrina de la fe, Hamer, que después sería cardenal, y dijo:  “Los habitantes de Munich son como los napolitanos, quieren tocar al arzobispo y lo aman”. Le sorprendió ver aquí, en Munich, tanta cordialidad; pudo conocer el corazón bávaro en este lugar, en el que yo, una vez más, me encomendé a la Virgen.

Le agradezco, ilustre y querido señor ministro presidente, las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre del Gobierno y del pueblo bávaro. También doy gracias de todo corazón al señor cardenal Friedrich Wetter, mi querido sucesor como pastor de la archidiócesis de Munich y Freising, por las afectuosas palabras con las que me ha saludado. Saludo a la señora cancillera, doctora Angela Merkel, y a todas las personalidades políticas, civiles y militares que han querido participar en este encuentro de bienvenida y oración.

Deseo dirigir un saludo particular a los sacerdotes, en especial a aquellos con los que, como sacerdote y como obispo, pude colaborar en mi diócesis de origen, Munich y Freising. Y quiero saludaros con gran cordialidad y gratitud a todos vosotros, queridos compatriotas reunidos en esta plaza. Os agradezco vuestra cordial acogida bávara y, como ya hice en el aeropuerto, doy las gracias a todos los que han colaborado en la preparación de la visita y que ahora se esmeran para que todo se desarrolle tan bien.

Permitidme evocar en esta ocasión un pensamiento que, en mis breves memorias, desarrollé en el contexto de mi nombramiento como arzobispo de Munich y Freising. Tenía que llegar a ser sucesor de San Corbiniano y así fue. Desde mi infancia me ha fascinado su leyenda, según la cual un oso habría despedazado al caballo del santo durante su viaje por los Alpes. Corbiniano lo reprendió duramente y, como castigo, lo cargó con todo su equipaje para que lo llevase hasta Roma. Así, el oso, cargado con el fardo del santo, tuvo que caminar hasta Roma y sólo allí Corbiniano lo dejó en libertad.

Cuando, en 1977, me encontré ante la difícil opción de aceptar o rechazar el nombramiento de arzobispo de Munich y Freising, que me sacaría de mi acostumbrada actividad universitaria llevándome hacia nuevas tareas y nuevas responsabilidades, reflexioné mucho. Entonces me acordé de este oso y de la interpretación de los versículos 22 y 23 del salmo 73 que desarrolló San Agustín, en una situación muy parecida a la mía, en el contexto de su ordenación sacerdotal y episcopal, y que después expresaría en sus sermones sobre los Salmos.

En este salmo, el salmista se pregunta por qué con frecuencia les va bien a los impíos de este mundo y por qué, en cambio, les va tan mal a muchas personas buenas. Entonces, el salmista dice:  era un tonto cuando pensaba así; estaba ante ti como un asno, pero después entré en el santuario y comprendí que precisamente en mis dificultades estaba muy cerca de ti y que tú estabas siempre conmigo.

San Agustín, con amor, retomó con frecuencia este Salmo y, viendo en la expresión “estaba ante ti como un asno” (iumentum en latín) una referencia al animal de tiro que entonces se utilizaba en el norte de África para arar la tierra, se reconoció a sí mismo en este “iumentum” como animal de tiro de Dios, se vio como alguien que está bajo el peso de su cargo, la “sarcina episcopalis“. Había escogido la vida del hombre dedicado al estudio y, como dice después, Dios lo había llamado a ser un “animal de tiro”, un buen buey que tira del arado en el campo de Dios, que realiza el trabajo duro que se le encomienda. Pero luego reconoce:  del mismo modo que el animal de tiro está muy cerca del campesino, al trabajar bajo su guía, así también yo estoy muy cerca de Dios, pues de este modo le sirvo directamente para la edificación de su reino, para la construcción de la Iglesia.

Con el telón de fondo de este pensamiento del obispo de Hipona, el oso de San Corbiniano me sigue estimulando siempre a realizar mi servicio con alegría y confianza —hace treinta años y también ahora en mi nuevo encargo—, pronunciando día tras día mi “sí” a Dios:  Me he convertido para ti como en un animal de tiro, pero así “yo estoy siempre contigo” (Sal 73, 23). El oso de San Corbiniano, en Roma, quedó en libertad. En mi caso, el “Amo” ha dispuesto de otro modo. Por tanto, me encuentro de nuevo al pie de la Mariensäule para implorar la intercesión y la bendición de la Madre de Dios, no sólo para la ciudad de Munich y para la amada Baviera, sino para la Iglesia universal y para todos los hombres de buena voluntad.

ORACIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI

AL RENOVAR EL ACTO DE CONSAGRACIÓN

DE BAVIERA A LA VIRGEN MARÍA

Marienplatz, Munich
Sábado  9 de septiembre de 2006

Santa Madre del Señor,
nuestros antepasados,
en un tiempo de tribulación,
erigieron tu imagen aquí,
en el centro de la ciudad de Munich,
para encomendarte la ciudad y el país.

Querían encontrarse continuamente contigo
en su vida diaria,
y aprender de ti
cómo vivir correctamente su existencia humana;
aprender de ti cómo encontrar a Dios
y así hallar el acuerdo entre ellos.

Te regalaron la corona y el cetro,
que entonces eran los símbolos
del dominio sobre el país,
porque sabían que así el poder y el dominio
estarían en las mejores manos,
en las manos de la Madre.

Tu Hijo,
poco antes de llegar la hora de la despedida
dijo a sus discípulos: 
“El que quiera llegar a ser grande entre vosotros
será vuestro servidor,
y el que quiera ser el primero entre vosotros
será esclavo de todos” (Mc 10, 43).

Tú, en la hora decisiva de tu vida,
dijiste:  “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38)
y viviste toda tu existencia como servicio.
Y lo sigues haciendo
a lo largo de los siglos de la historia.

Como en cierta ocasión, en Caná,
intercediste silenciosamente y con discreción
en favor de los esposos,
así lo haces siempre: 
cargas con todas las preocupaciones de los hombres
y las llevas ante el Señor,
ante tu Hijo.

Tu poder es la bondad.
Tu poder es el servicio.
Enséñanos a nosotros,
grandes y pequeños,
dominadores y servidores,
a vivir así nuestra responsabilidad.

Ayúdanos a encontrar la fuerza
para la reconciliación y el perdón.
Ayúdanos a ser pacientes y humildes,
pero también libres y valientes,
como lo fuiste tú en la hora de la cruz.

Tú llevas en tus brazos a Jesús,
el Niño que bendice,
el Niño que es el Señor del mundo.
De este modo,
llevando a Aquel que bendice,
te has convertido tú misma en una bendición.

Bendícenos;
bendice a esta ciudad y a este país.
Muéstranos a Jesús,
el fruto bendito de tu vientre.

Ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Explanada de la Nueva Feria de Munich
Domingo 10 de septiembre de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Ante todo quisiera saludaros una vez más a todos con afecto:  como ya he dicho, me alegra poder encontrarme de nuevo entre vosotros y celebrar juntamente con vosotros la Santa Misa. Me alegra poder visitar una vez más los lugares que me son familiares y que han ejercido un influjo decisivo en mi vida, formando mi pensamiento y mis sentimientos, los lugares en los que aprendí a creer y a vivir. Es una ocasión para expresar mi gratitud a todas las personas —vivas y muertas— que me han guiado y acompañado. Doy gracias a Dios por esta hermosa patria y por las personas que me la han hecho patria.

Acabamos de escuchar las tres lecturas bíblicas que la liturgia de la Iglesia ha elegido para este domingo. Todas ellas desarrollan un tema doble, que en el fondo es un único tema, acentuando un aspecto u otro según las circunstancias. Las tres lecturas hablan de Dios como centro de la realidad y centro de nuestra vida personal. “Mirad a vuestro Dios”, dice el profeta Isaías en la primera lectura (Is 35, 4). La carta de Santiago y el pasaje del Evangelio dicen a su modo lo mismo. Quieren guiarnos hacia Dios, llevándonos por el camino recto de la vida.

Sin embargo, al tema de Dios va unido el tema social:  nuestra responsabilidad recíproca, nuestra responsabilidad para que reine la justicia y el amor en el mundo. Esto se expresa de modo dramático en la segunda lectura, en la que nos habla Santiago, un pariente cercano de Jesús. Se dirige a una comunidad en la que algunos comienzan a ser soberbios, porque en ella se encuentran también personas acomodadas y distinguidas, mientras existe el peligro de que disminuya la preocupación por el derecho de los pobres.

Santiago, en sus palabras, deja intuir la imagen de Jesús, del Dios que se hizo hombre y, a pesar de ser descendiente de David, es decir, de linaje real, se hizo un hombre como los demás; no se sentó en un trono, sino que al final murió en la pobreza extrema de la cruz. El amor al prójimo, que es en primer lugar preocupación por la justicia, es el metro para medir la fe y el amor a Dios. Santiago lo llama “ley regia” (St 2, 8), dejando vislumbrar la palabra preferida de Jesús:  la realeza de Dios, la soberanía de Dios.

Esto no indica un reino cualquiera, que llegará más tarde o más temprano; significa que Dios debe llegar a ser ahora la fuerza decisiva para nuestra vida y nuestro obrar. Esto es lo que pedimos cuando oramos:  “Venga a nosotros tu reino”. No pedimos algo lejano, que en el fondo nosotros mismos ni siquiera deseamos experimentar. Por el contrario, pedimos que la voluntad de Dios determine ahora nuestra voluntad y así Dios reine en el mundo; pedimos, por consiguiente, que la justicia y el amor se transformen en las fuerzas decisivas en el orden del mundo.

Esa oración, como es natural, se dirige en primer lugar a Dios, pero también toca nuestro corazón. En el fondo, ¿lo deseamos de verdad? ¿Estamos orientando nuestra vida en esa dirección? A la “ley regia”, la ley de la realeza de Dios, Santiago la llama también “ley de la libertad”si todos pensamos y vivimos según Dios, entonces somos todos iguales, somos libres, y así nace la verdadera fraternidad. Isaías, en la primera lectura, al hablar de Dios —“Mirad a vuestro Dios”— habla al mismo tiempo de la salvación para los que sufren, y Santiago, hablando del orden social como expresión irrenunciable de nuestra fe, lógicamente también habla de Dios, del que somos hijos.

Pero ahora vamos a centrar nuestra atención en el evangelio, que narra la curación de un sordomudo por obra de Jesús. También aquí encontramos de nuevo dos aspectos del único tema. Jesús se dedica a los que sufren, a los marginados de la sociedad. Los cura y, abriéndoles así la posibilidad de vivir y decidir juntamente con los demás, los introduce en la igualdad y en la fraternidad.

Esto, como es obvio, nos atañe también a todos nosotros:  Jesús nos señala a todos la dirección de nuestro obrar, nos dice cómo debemos actuar. Sin embargo, todo el episodio presenta también otra dimensión, que los Padres de la Iglesia pusieron de relieve con insistencia y que también nos concierne de modo especial a nosotros hoy.

Los Padres hablan de los hombres y para los hombres de su tiempo. Pero lo que dicen nos atañe de modo nuevo también a los hombres modernos.

No sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se dice de él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con él o a él. Sin embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en general. El horizonte de nuestra vida se reduce de modo preocupante.

SORDERA A DIOSfacebook pq

El evangelio nos narra que Jesús metió sus dedos en los oídos del sordomudo, puso un poco de su saliva en la lengua del enfermo y dijo:  “Effetá”, “Ábrete”. El evangelista nos conservó la palabra aramea original que pronunció Jesús en esa ocasión, remontándonos así directamente a ese momento. Lo que allí se nos relata es algo excepcional y, sin embargo, no pertenece a un pasado lejano:  eso mismo lo realiza Jesús a menudo, de modo nuevo, también hoy.

En nuestro bautismo él realizó sobre nosotros ese gesto de tocar y dijo:  “Effetá”, “Ábrete”, para hacernos capaces de escuchar a Dios y para devolvernos la posibilidad de hablarle a él. Pero este acontecimiento, el sacramento del bautismo, no tiene nada de mágico.

El bautismo abre un camino. Nos introduce en la comunidad de los que son capaces de escuchar y de hablar; nos introduce en la comunión con Jesús mismo, el único que ha visto a Dios y que, por consiguiente, ha podido hablar de él (cf. Jn 1, 18):  mediante la fe, Jesús quiere compartir con nosotros su ver a Dios, su escuchar al Padre y hablar con él. El camino de los bautizados debe ser un proceso de desarrollo progresivo, en el que crecemos en la vida de comunión con Dios, adquiriendo así también una mirada diversa sobre el hombre y sobre la creación.

El evangelio nos invita a caer en la cuenta de que tenemos un defecto en nuestra capacidad de percepción, una carencia que al principio no reconocemos como tal, porque precisamente todo lo demás se nos impone con su urgencia y racionalidad; porque, aunque ya no tengamos oídos para escuchar a Dios ni ojos para verlo, aunque vivamos sin él, aparentemente todo se desarrolla de un modo normal. Pero, ¿es verdad que todo se desarrolla de un modo normal cuando Dios falta en nuestra vida y en nuestro mundo?

Antes de plantear más preguntas, quisiera referir algunas de mis experiencias en los encuentros con los obispos de todo el mundo. La Iglesia católica en Alemania es excelente en sus actividades sociales, en su disponibilidad a ayudar en todos los lugares donde existan necesidades. Durante sus visitas ad limina, los obispos, recientemente los de África, me hablan siempre con gratitud de la generosidad de los católicos alemanes y me piden que me haga intérprete de esta gratitud; y es lo que quisiera hacer ahora públicamente.

También los obispos de los países bálticos, que vinieron antes de las vacaciones, me explicaron que los católicos alemanes les han ayudado con gran generosidad para la reconstrucción  de  sus iglesias, muy deterioradas a causa de las décadas de dominio comunista. De vez  en cuando, sin embargo, algún obispo africano me decía:  “Si presento a Alemania proyectos sociales, encuentro inmediatamente las puertas abiertas. Pero si voy con un proyecto de evangelización, más bien encuentro reservas”.

Como es obvio, algunos piensan que los proyectos sociales se han de promover con la máxima urgencia, mientras que las cosas que conciernen a Dios, o incluso la fe católica, son más bien particulares y menos prioritarias. Sin embargo, la experiencia de esos obispos es precisamente que la evangelización debe tener la precedencia; que es necesario hacer que se conozca, se ame y se crea en el Dios de Jesucristo; que hay que convertir los corazones, para que exista también progreso en el campo social, para que se inicie la reconciliación, para que se pueda combatir por ejemplo el sida afrontando de verdad sus causas profundas y curando a los enfermos con la debida atención y con amor.

La cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables. Si damos a los hombres sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco. En ese caso, sobrevienen pronto los mecanismos de la violencia, y prevalece la capacidad de destruir y matar, el afán de conseguir el poder, un poder que debería llevar más tarde o más temprano al establecimiento  del derecho, pero que en realidad nunca será capaz de lograrlo.

De este modo se aleja cada vez más la posibilidad de la reconciliación, del compromiso común en favor de la justicia y del amor. Entonces se pierden los criterios según los cuales la técnica se pone al servicio del derecho y del amor. Pero precisamente todo depende de estos criterios, que no son sólo teorías, sino que iluminan el corazón, haciendo así que la razón y la acción avancen por el camino recto.

Las poblaciones de África y de Asia ciertamente admiran las realizaciones técnicas de Occidente y nuestra ciencia, pero se asustan ante un tipo de razón que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre, considerando que esta es la forma más sublime de la razón, la que conviene enseñar también a sus culturas. La verdadera amenaza para su identidad no la ven en la fe cristiana, sino en el desprecio de Dios y en el cinismo que considera la mofa de lo sagrado un derecho de la libertad y eleva la utilidad a criterio supremo para los futuros éxitos de la investigación.

Queridos amigos, este cinismo no es el tipo de tolerancia y apertura cultural que los pueblos esperan y que todos deseamos. La tolerancia que necesitamos con urgencia incluye el temor de Dios, el respeto de lo que es sagrado para el otro. Pero este respeto de lo que los demás consideran sagrado exige que nosotros mismos aprendamos de nuevo el temor de Dios. Este sentido de respeto sólo puede renovarse en el mundo occidental si crece de nuevo la fe en Dios, si Dios está de nuevo presente para nosotros y en nosotros.

Nuestra fe no la imponemos a nadie. Este tipo de proselitismo es contrario al cristianismo. La fe sólo puede desarrollarse en la libertad. Pero a la libertad de los hombres pedimos que se abra a Dios, que lo busque, que lo escuche. Nosotros, aquí reunidos, pedimos al Señor con todo nuestro corazón que pronuncie de nuevo su Effetá, que cure nuestro defecto de oído con respecto a Dios, a su acción y a su palabra, y que nos haga capaces de ver y de escuchar. Le pedimos que nos ayude a volver a encontrar la palabra de la oración, a la que nos invita en la liturgia y cuya fórmula esencial nos enseñó en el padrenuestro.

El mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios. ¿Qué Dios necesitamos? En  la primera lectura, el profeta se dirige a un pueblo oprimido, diciendo:  “Llegará la venganza de Dios” (Is 35, 4). Nosotros podemos fácilmente intuir cómo se imaginaba la gente esa venganza. Pero el profeta mismo revela luego en qué consiste:  en la bondad de Dios, que vendrá a sanarlos. Y la explicación definitiva de las palabras del profeta la encontramos en Aquel que murió por nosotros en la cruz:  en Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que aquí nos contempla con tanta insistencia. Su “venganza” es la cruz:  el “no” a la violencia, el “amor hasta el extremo”.

Este es el Dios que necesitamos. No faltamos al respeto a las demás religiones y culturas, no faltamos al respeto a su fe, si confesamos en voz alta y sin medios términos a aquel Dios que opuso su sufrimiento a la violencia, que ante el mal y su poder eleva su misericordia como límite y superación. A él dirigimos nuestra súplica, para que esté en medio de nosotros y nos ayude a ser sus testigos creíbles. Amén.

ÁNGELUS

Explanada de la Nueva Feria de Munich
Domingo 10 de septiembre de 2006

Queridos hermanos y hermanas: 

Antes de concluir con la bendición solemne esta celebración eucarística, recojámonos para rezar el Ángelus. Reflexionando en las lecturas de la misa, nos hemos dado cuenta de cuán necesario es, tanto para la vida de cada persona como para la convivencia serena y pacífica de todos, ver a Dios como centro de la realidad y como centro de nuestra vida personal. El ejemplo por excelencia de esa actitud es María, la Madre del Señor. Ella, durante toda su vida terrena, fue la Mujer de la escucha, la Virgen con el corazón abierto a Dios y a los hombres. Los fieles lo comprendieron desde los primeros siglos del cristianismo; por eso, en todas sus necesidades y tribulaciones se dirigieron a ella con confianza, invocando su ayuda y su intercesión ante Dios.

Lo testimonian aquí, en nuestra tierra bávara, centenares de iglesias y santuarios dedicados a ella.

Son lugares en los que confluyen todo el año innumerables peregrinos para encomendarse al amor maternal y solícito de María. Aquí, en Munich, en el centro de la ciudad, se eleva la Mariensäule, ante la cual Baviera fue puesta solemnemente bajo la protección de la Madre de Dios hace precisamente 390 años, y donde también yo imploré ayer nuevamente la bendición de la Patrona Bavariae para la ciudad y el país.

Y ¡cómo no pensar de modo especial en el santuario de Altötting, adonde iré mañana en peregrinación! Allí tendré la alegría de inaugurar la nueva capilla de la Adoración, que precisamente en ese lugar es un signo elocuente del papel de María:  ella es y sigue siendo la esclava del Señor, que nunca se pone en el centro, sino que quiere guiarnos hacia Dios, quiere enseñarnos un estilo de vida en el que se reconoce a Dios como centro de la realidad y de nuestra vida personal. A ella dirigimos ahora la plegaria del Ángelus.

PALABRAS IMPROVISADAS POR EL SANTO PADRE

DESDE EL BALCÓN DEL ARZOBISPADO DE MUNICH

Domingo 10 de septiembre de 2006

(El domingo 10 de septiembre, al volver de la celebración de la misa, Benedicto XVI fue acogido con música por los fieles congregados ante el palacio arzobispal.

Después de comer, el Santo Padre se asomó a la ventana para expresarles su agradecimiento por la cordial acogida)

Queridos amigos:

Todos los años, al inicio de la Oktoberfest, me asomaba a este balcón. Ahora me alegro de poder estar aquí hoy, una vez más, y así me puedan saludar muchas personas; me siento como en casa, rodeado de tanta cordialidad.

Solamente quiero deciros:  “Vergelt’s Gott”, “Que Dios os lo pague”.

Doy gracias a Dios por el hermoso cielo azul que nos regala.

Os doy las gracias ahora por la música con que me habéis acogido tan maravillosamente a mi llegada.

“Vergelt’s Gott”.

A todos os deseo, una vez más, un feliz domingo y que Dios nos conceda un buen tiempo.

Os doy las gracias de todo corazón.

(Después de impartir la bendición, Su Santidad añadió)

¡Feliz domingo! Que os divirtáis. ¡Que Dios os lo pague!

CELEBRACIÓN DE LAS VÍSPERAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Catedral de Munich
Domingo 10 de septiembre de 2006

Queridos niños de primera Comunión;
queridos padres y educadores;
queridos hermanos y hermanas: 

La lectura que acabamos de escuchar es un pasaje del último libro de los escritos del Nuevo Testamento, el llamado Apocalipsis. Al vidente se le concede una mirada hacia lo alto, al cielo, y hacia adelante, al futuro. Pero precisamente así habla también de la tierra y del presente, de nuestra vida. En efecto, durante nuestra vida todos estamos en camino, avanzando hacia el futuro. Y queremos encontrar el camino recto:  descubrir la vida verdadera, no acabar en un callejón sin salida o en el desierto. No queremos vernos obligados a decir al final:  tomé un camino equivocado, mi vida ha sido un fracaso, me salió mal. Queremos gozar de la vida. Como dijo Jesús en cierta ocasión, queremos “tener vida en abundancia”.

Pero escuchemos ahora al vidente del Apocalipsis. ¿Qué nos ha dicho en el pasaje que se acaba de leer? Habla de un mundo reconciliado, de un mundo en el que se encuentran reunidos con alegría hombres “de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9). Entonces nos preguntamos:  “¿Cómo puede suceder esto? ¿Cuál es el camino que lleva a esto?”.

Pues bien, lo primero, lo más importante, es:  esas personas viven con Dios; como dice nuestra lectura, Dios ha extendido “su tienda sobre ellos” (Ap 7, 15). Entonces nos preguntamos:  “¿Cuál es esta “tienda de Dios”? ¿Dónde se encuentra? ¿Cómo podemos llegar a ella?”. El vidente, tal vez, alude al primer capítulo del evangelio según San Juan, donde se lee:  “Y el Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros” (Jn 1, 14).

Dios no está lejos de nosotros, en algún lugar muy distante del universo, a donde nadie puede llegar. Él ha puesto su tienda entre nosotros:  en Jesús se ha hecho uno de nosotros, con carne y sangre como nosotros. Esta es su tienda. Y en la Ascensión no se fue a algún lugar lejos de nosotros. Su tienda, él mismo con su cuerpo, permanece entre nosotros como uno de nosotros.

Podemos hablarle de tú y dialogar con él. Él nos escucha y, si estamos atentos, percibiremos también que nos responde.

Repito:  en Jesús es Dios quien pone su tienda entre nosotros. Pero también pregunto de nuevo:  ¿Dónde acontece eso? A esta pregunta nuestra lectura da dos respuestas. Dice que los hombres reconciliados “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14). Esto nos suena muy raro a nosotros. En el lenguaje cifrado del vidente eso constituye una alusión al bautismo. La referencia a “la sangre del Cordero” alude al amor de Jesús que él conservó hasta su muerte cruenta. Este amor divino y a la vez humano es el baño en el que nos sumerge en el bautismo, el baño con el que nos lava, dejándonos así tan limpios que somos aptos para Dios, que podemos vivir en su compañía.

Ahora bien, el acto del bautismo es sólo un inicio. Caminando con Jesús, en la fe y en la vida con él, su amor nos toca para purificarnos y hacernos luminosos. Hemos escuchado que en el baño del amor las vestiduras se han blanqueado. Según la idea del mundo antiguo, el blanco era el color de la luz. Las vestiduras blancas significan que en la fe nos transformamos en luz, abandonamos las tinieblas, la mentira, el engaño, el mal en general, y nos transformamos en personas luminosas, adecuadas para Dios. El vestido bautismal, como el de la primera Comunión que lleváis, nos lo recuerda, diciéndonos:  mediante la convivencia con Jesús y con la comunidad de los creyentes, con la Iglesia, tú mismo transfórmate en una persona luminosa, en una persona de verdad y bondad, una persona en la que se refleje el esplendor del bien, de la bondad de Dios mismo.

El vidente nos da, también con lenguaje cifrado, una segunda respuesta a la pregunta “¿Dónde encontramos a Jesús?”. Dice que el Cordero guía a la muchedumbre de personas de toda cultura y nación a las fuentes de agua viva. Sin agua no hay vida. Lo sabían bien esas personas cuya patria confinaba con el desierto. Así el agua de las fuentes se convertía para ellas en el símbolo por excelencia de la vida.

El Cordero, es decir, Jesús guía a los hombres a las fuentes de la vida. De estas fuentes forma parte la Sagrada Escritura, en la que Dios nos habla y nos enseña cómo debemos vivir. Pero a estas fuentes pertenece mucho más:  en verdad, la auténtica fuente es Jesús mismo, en el que Dios se nos da. Y esto lo hace sobre todo en la Sagrada Comunión, en la que, por decirlo así, podemos beber directamente de la fuente de la vida:  viene a nosotros y se une a cada uno de nosotros.

Como podemos constatar, mediante la Eucaristía, el sacramento de la Comunión, se forma una comunidad que rebasa todos los confines y abraza todas las lenguas —lo vemos aquí:  están presentes obispos de todas las lenguas y de todas las partes del mundo—; mediante la comunión se forma la Iglesia universal, en la que Dios habla y vive con nosotros. De este modo debemos recibir la Sagrada Comunión:  como encuentro con Jesús, con Dios mismo, que nos guía a las fuentes de la verdadera vida.

  • Queridos padres,

quisiera exhortaros encarecidamente a ayudar a vuestros hijos a creer, a acompañarlos en su camino hacia la Primera Comunión, un camino que sigue también después, a acompañarlos en su camino hacia Jesús y con Jesús. Os pido que vayáis con vuestros hijos a la iglesia para participar en la celebración eucarística del domingo. Veréis que no es perder el tiempo; al contrario, es lo que mantiene verdaderamente unida a la familia, dándole su centro. Si participáis juntos en la liturgia dominical, el domingo resulta más hermoso, toda la semana resulta más hermosa.

Y, por favor, rezad juntos también en casa:  a la mesa y antes de acostarse. La oración no sólo nos lleva hacia Dios; también nos lleva los unos a los otros. Es una fuerza de paz y de alegría. Si Dios está presente en ella y se experimenta su cercanía en la oración, la vida en la familia se hace más feliz y adquiere una dimensión mayor.

  • Queridos profesores de religión y queridos educadores,

os pido de corazón que tengáis presente en la escuela la búsqueda de Dios, del Dios que en Jesucristo se nos hizo visible. Sé que en nuestro mundo pluralista es difícil afrontar en la escuela el discurso sobre la fe. Pero no basta que los niños y los jóvenes adquieran en la escuela únicamente conocimientos y habilidades técnicas, sin recibir los criterios que dan orientación y sentido a los conocimientos y a las habilidades. Estimulad a los alumnos a hacer preguntas no sólo sobre esto o aquello —aunque esto sea ciertamente bueno—, sino principalmente sobre “de dónde” viene y “a dónde” va nuestra vida. Ayudadles a darse cuenta de que todas las respuestas que no llegan a  Dios son demasiado cortas.

  • Queridos pastores de almas y todos vosotros que colaboráis en la parroquia,

os pido que hagáis todo lo posible para que la parroquia sea una patria interior para la gente, una gran familia, en la que experimenten a la vez esta familia aún más amplia que es la Iglesia universal, aprendiendo mediante la liturgia, mediante la catequesis y mediante todas las manifestaciones de la vida parroquial, a caminar juntos por la senda de la vida verdadera.

Los tres lugares de formación —la familia, la escuela y la parroquia— van juntos y nos ayudan a encontrar el camino hacia las fuentes de la vida y, queridos niños, queridos padres, queridos educadores, todos deseamos de verdad “la vida en abundancia“. Amén.

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Plaza del santuario mariano de Altötting
Lunes 11 de septiembre de 2006

Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal;
queridos hermanos y hermanas:

En la primera lectura, en el salmo responsorial y en el pasaje evangélico de hoy, se nos presenta tres veces y en forma siempre diferente a María, la Madre del Señor, como una mujer que ora. En el libro de los Hechos de los Apóstoles la encontramos en medio de la comunidad de los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, invocando al Señor, que ascendió al Padre, para que cumpla su promesa:  “Seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” (Hch 1, 5). María guía a la Iglesia naciente en la oración; es casi la Iglesia orante en persona. Y así, juntamente con la gran comunidad de los santos y como su centro, está también hoy ante Dios intercediendo por nosotros, pidiendo a su Hijo que envíe su Espíritu una vez más a la Iglesia y al mundo, y que renueve la faz de la tierra.

Hemos respondido a esta lectura cantando con María el gran himno de alabanza que ella entonó cuando Isabel la llamó bienaventurada a causa de su fe. Es una oración de acción de gracias, de alegría en Dios, de bendición por sus grandes hazañas. El tenor de este himno es claro desde sus primeras palabras:  “Proclama mi alma la grandeza del Señor”. Proclamar la grandeza del Señor significa darle espacio en el mundo, en nuestra vida, permitirle entrar en nuestro tiempo y en nuestro obrar:  esta es la esencia más profunda de la verdadera oración. Donde  se proclama la grandeza de Dios, el hombre no queda empequeñecido:  allí también el hombre queda engrandecido y el mundo resulta luminoso.

Por último, en el pasaje evangélico, María pide a su Hijo un favor para unos amigos que pasan dificultades. A primera vista, esto puede parecer una conversación enteramente humana entre la Madre y su Hijo; y, en efecto, también es un diálogo lleno de profunda humanidad. Pero María no se dirige a Jesús simplemente como a un hombre, contando con su habilidad y disponibilidad a ayudar. Ella confía una necesidad humana a su poder, a un poder que supera la habilidad y la capacidad humanas.

En este diálogo con Jesús la vemos realmente como Madre que pide, que intercede. Conviene profundizar un poco en este pasaje del evangelio, para entender mejor a Jesús y a María, y también para aprender de María el modo correcto de orar. María propiamente no hace una petición a Jesús; simplemente le dice:  “No tienen vino” (Jn 2, 3). Las bodas en Tierra Santa se celebraban durante una semana entera; todo el pueblo participaba y, por consiguiente, se consumía mucho vino. Los esposos se encuentran en dificultades y María simplemente se lo dice a Jesús. No le pide nada en particular, y mucho menos, que Jesús utilice su poder, que realice un milagro produciendo vino. Simplemente informa a Jesús y le deja decidir lo que conviene hacer.

Así pues, en las sencillas palabras de la Madre de Jesús podemos apreciar dos cosas:

  1. por una parte, su afectuosa solicitud por los hombres, la atención maternal que la lleva a percibir los problemas de los demás. Vemos su cordial bondad y su disponibilidad a ayudar. Esta es la Madre a la que tantas personas, desde hace muchas generaciones, han venido aquí a Altötting en peregrinación. A ella confiamos nuestras preocupaciones, nuestras necesidades y nuestras dificultades. Aquí aparece, por primera vez en la Sagrada Escritura, la bondad y disponibilidad a ayudar de la Madre, en la que confiamos. Pero además de este primer aspecto, que a todos nos resulta muy familiar,
  2. hay otro, que podría pasarnos fácilmente desapercibido:  María lo deja todo al juicio de Dios. En Nazaret, entregó su voluntad, sumergiéndola en la de Dios:  “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Esta sigue siendo su actitud fundamental. Así nos enseña a rezar:  no querer afirmar ante Dios nuestra voluntad y nuestros deseos, por muy importantes o razonables que nos parezcan, sino presentárselos a él y dejar que él decida lo que quiera hacer. De María aprendemos la bondad y la disposición a ayudar, pero también la humildad y la generosidad para aceptar la voluntad de Dios, confiando en él, convencidos de que su respuesta, sea cual sea, será lo mejor para nosotros.

Podemos comprender muy bien la actitud y las palabras de María, pero nos resulta difícil entender la respuesta de Jesús. Para comenzar, no nos gusta la palabra con que se dirige a ella:  “Mujer”.

¿Por qué no le dice “Madre”? En realidad, este título expresa el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Remite al futuro, a la hora de la crucifixión, cuando Jesús le dirá:  “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, “Hijo, ahí tienes a tu madre” (cf. Jn 19, 26-27). Por tanto, indica anticipadamente la hora en que él convertirá a la mujer, a su Madre, en Madre de todos sus discípulos. Por otra parte, ese título evoca el relato de la creación de Eva:  Adán, en medio de la creación, con toda su magnificencia, como ser humano se siente solo. Entonces Dios crea a Eva, y en ella Adán encuentra la compañera que buscaba y le da el nombre de “mujer”. Así, en el evangelio según San Juan, María representa la mujer nueva, la mujer definitiva, la compañera del Redentor, nuestra Madre:  ese título, en apariencia poco afectuoso, expresa realmente la grandeza de su misión perenne.

Nos gusta menos aún lo que Jesús dice luego a María en Caná:  “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4). Quisiéramos objetar:  ¡tienes mucho con ella! Fue ella quien te dio la carne y la sangre, tu cuerpo; y no sólo tu cuerpo:  con su “sí”, que pronunció desde lo más hondo de su corazón, ella te engendró en su vientre; con amor maternal te dio la vida y te introdujo en la comunidad del pueblo de Israel.

Si así le hablamos a Jesús, ya vamos por buen camino para entender su respuesta. Porque todo esto debe hacernos recordar que en el contexto de la encarnación de  Jesús hay dos diálogos que van juntos y se funden, se hacen uno. Está ante todo el diálogo de María con el Arcángel Gabriel, en el que ella dice:  “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Pero existe un texto paralelo a este, podríamos decir un diálogo dentro de Dios, que se encuentra recogido en la carta a los Hebreos, cuando dice que las palabras del salmo 40 son como un diálogo entre el Padre y el Hijo, un diálogo con el que se inicia la Encarnación. El Hijo eterno dice al Padre:  “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. (…) He aquí que vengo (…) para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7; cf. Sal 40, 6-8).

El “sí” del Hijo —“He aquí que vengo para hacer tu voluntad”— y el “sí” de María —“Hágase en mí según tu palabra”— se convierten en un único “sí”. De esta manera el Verbo se hace carne en María. En este doble “sí” la obediencia del Hijo se hace cuerpo, María con su “sí” le da el cuerpo. “¿Qué tengo yo contigo, mujer?”.La relación más profunda que tienen Jesús y María es este doble “sí”, gracias a cuya coincidencia se realizó la encarnación. Con su respuesta nuestro Señor alude a este punto de su profundísima unidad. A él remite a su Madre. Ahí, en este común “sí” a la voluntad del Padre, se encuentra la solución. También nosotros debemos aprender a encaminarnos hacia este punto; ahí encontraremos la respuesta a nuestras preguntas.

Partiendo de ahí comprendemos ahora también la segunda frase de la respuesta de Jesús:  “Todavía no ha llegado mi hora”. Jesús nunca actúa solamente por sí mismo; nunca actúa para agradar a los otros. Actúa siempre partiendo del Padre, y esto es precisamente lo que lo une a María, porque ahí, en esa unidad de voluntad con el Padre, ha querido poner también ella su petición. Por eso, después de la respuesta de Jesús, que parece rechazar la petición, ella sorprendentemente puede decir a los servidores con sencillez:  “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5).

Jesús no hace un prodigio, no juega con su poder en un asunto que, en el fondo, es totalmente privado. No; él realiza un signo, con el que anuncia su hora, la hora de las bodas, la hora de la unión entre Dios y el hombre. Él no se limita a “producir” vino, sino que transforma las bodas humanas en una imagen de las bodas divinas, a las que el Padre invita mediante el Hijo y en las que da la plenitud del bien, representada por la abundancia del vino. Las bodas se convierten en imagen del momento en que Jesús lleva su amor hasta el extremo, permite que le desgarren el cuerpo, y así se entrega a nosotros para siempre, se hace uno con nosotros:  bodas entre Dios y el hombre.

La hora de la cruz, la hora de la que brota el Sacramento, en el que él se nos da realmente en carne y sangre, pone su cuerpo en nuestras manos y en nuestro corazón; esta es la hora de las bodas.

Así, de un modo verdaderamente divino, se resuelve la necesidad del momento y se rebasa ampliamente la petición inicial. La hora de Jesús no ha llegado aún, pero en el signo de la conversión del agua en vino, en el signo del don festivo, anticipa su hora ya en este momento.

Su “hora” es la cruz; su hora definitiva será su vuelta al final de los tiempos. Él anticipa continuamente esta hora definitiva precisamente en la Eucaristía, en la cual ya ahora viene siempre. Y lo sigue haciendo siempre por intercesión de su Madre, por intercesión de la Iglesia, que lo invoca en las plegarias eucarísticas:  “¡Ven, Señor Jesús!”. En el canon, la Iglesia implora siempre nuevamente esta anticipación de la “hora”, pide que venga ya ahora y se entregue a nosotros.

Así queremos dejarnos guiar por María, por la Madre de las gracias de Altötting, por la Madre de todos los fieles, hacia la “hora” de Jesús. Pidámosle a él el don de reconocerlo y comprenderlo cada vez más. Y no nos limitemos a recibirlo sólo en el momento de la Comunión. Él permanece presente en la Hostia Santa y nos espera continuamente. En Altötting la adoración del Señor en la Eucaristía ha encontrado un lugar nuevo en la antigua capilla del tesoro. María y Jesús siempre van juntos. Mediante ella queremos permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo así a recibirlo mejor.

¡Santa Madre de Dios, ruega por nosotros, como rogaste en Caná por los esposos! Guíanos siempre hacia Jesús. Amén.

VÍSPERAS MARIANAS CON RELIGIOSOS Y SEMINARISTAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica de Santa Ana de Altötting
Lunes 11 de septiembre de 2006

Queridos amigos: 

En Altötting, en este lugar de gracia, nos hemos reunido —seminaristas que se preparan para el sacerdocio, sacerdotes, religiosas y religiosos, y miembros de la Obra pontificia para las vocaciones de especial consagración— en la basílica de Santa Ana, ante el santuario de su hija, la Madre del Señor. Nos hemos reunido aquí para considerar nuestra vocación al servicio de Jesucristo y comprenderla mejor bajo la mirada de Santa Ana, en cuyo hogar maduró la vocación más grande de la historia de la salvación. María recibió su vocación a través del anuncio del ángel. El ángel no entra de modo visible en nuestra habitación, pero el Señor tiene un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido.

Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho:  “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38). Por eso nos hemos reunido aquí:  para dirigir esta petición al Dueño de la mies. Sí, la mies de Dios es grande y espera obreros:  en el llamado tercer mundo —América Latina, África y Asia— la gente espera heraldos que les lleven el Evangelio de la paz, la buena nueva de Dios que se hizo hombre.

Pero también en el llamado Occidente, aquí en Alemania, al igual que en las vastas regiones de Rusia, es verdad que la mies podría ser mucha. Sin embargo, hacen falta personas dispuestas a trabajar en la mies de Dios.

Hoy sucede lo mismo que aconteció cuando el Señor se compadeció de las multitudes que parecían ovejas sin pastor, personas que probablemente sabían muchas cosas, pero no sabían cómo orientar bien su vida. ¡Señor, mira la tribulación de nuestro tiempo, que necesita mensajeros del Evangelio, testigos tuyos, personas que señalen el camino que lleva a la “vida en abundancia”! ¡Mira al mundo y compadécete también ahora! ¡Mira al mundo y envía obreros! Con esta petición llamamos a la puerta de Dios; pero con esta misma petición el Señor llama a la puerta de nuestro corazón.

¿Señor, me quieres? ¿No es tal vez demasiado grande para mí? ¿No soy yo demasiado pequeño para esto? “No temas”, le dijo el ángel a María. “No temas:  (…) te he llamado por tu nombre”, nos dice Dios mediante el profeta Isaías (Is 43, 1) a nosotros, a cada uno de nosotros.

¿A dónde vamos, si respondemos “sí” a la llamada del Señor? La descripción más concisa de la misión sacerdotal, que vale análogamente también para las religiosas y los religiosos, nos la ha dado el evangelista San Marcos, que, en el relato de la llamada de los Doce, dice:  “Instituyó Doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). Estar con él y, como enviados, salir al encuentro de la gente:  estas dos cosas van juntas y, a la vez, constituyen la esencia de la vocación espiritual, del sacerdocio. Estar con él y ser enviados son dos cosas inseparables. Sólo quienes están “con él” aprenden a conocerlo y pueden anunciarlo de verdad. Y quienes están con él no pueden retener para sí lo que han encontrado, sino que deben comunicarlo. Es lo que sucedió a Andrés, que le dijo a su hermano Simón:  “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). “Y lo llevó a Jesús”, añade el evangelista (Jn 1, 42).

El Papa San Gregorio Magno, en una de sus homilías, dijo una vez que los ángeles de Dios, independientemente de la distancia que recorran en sus misiones, siempre se mueven en Dios. Siempre permanecen con él. Y al hablar de los ángeles, San Gregorio pensaba también en los obispos y los sacerdotes:  a dondequiera que vayan, siempre deberían “estar con él”. La experiencia confirma que cuando los sacerdotes, debido a sus múltiples deberes, dedican cada vez menos tiempo para estar con el Señor, a pesar de su actividad tal vez heroica, acaban por perder la fuerza interior que los sostiene. Su actividad se convierte en un activismo vacío.

¿Cómo se puede realizar el “estar con él”?

  • Lo primero y lo más importante para el sacerdote es la Misa diaria, celebrada siempre con una profunda participación interior. Si la celebramos como verdaderos hombres de oración, si unimos nuestras palabras y nuestras acciones a la Palabra que nos precede y al rito de la celebración eucarística, si en la Comunión de verdad nos dejamos abrazar por él y lo acogemos, entonces estamos con él.
  • La liturgia de las Horas es otra manera fundamental de estar con él. En ella oramos como personas que necesitan hablar con Dios, pero implicando también a todos los demás que no tienen ni el tiempo ni la posibilidad de hacer esa oración. Para que nuestra celebración eucarística y la liturgia de las Horas estén llenas de significado, debemos dedicarnos siempre de nuevo a la lectura espiritual de la sagrada Escritura; no sólo descifrar y explicar palabras del pasado, sino también buscar la palabra de consuelo que el Señor me está diciendo a mí aquí y ahora. El Señor me interpela hoy por medio de esta palabra. Sólo de esta forma seremos capaces de llevar la Palabra sagrada a los hombres de nuestro tiempo como palabra de Dios actual y viva.
  • La adoración eucarística es un modo esencial de estar con el Señor. Gracias a mons. Schraml, Altötting ha obtenido una nueva “cámara del tesoro”. Donde antes se guardaban tesoros del pasado, objetos preciosos de la historia y de la piedad, se encuentra ahora el lugar para el verdadero tesoro de la Iglesia:  la presencia permanente del Señor en el Santísimo Sacramento.

En una de sus parábolas el Señor habla del tesoro escondido en el campo. Quien lo encuentra —nos dice— vende todo lo que tiene para poder comprar ese campo, porque el tesoro escondido es más valioso que cualquier otra cosa. El tesoro escondido, el bien superior a cualquier otro bien, es el reino de Dios, es Jesús mismo, el Reino en persona. En la Sagrada Hostia está presente él, el verdadero tesoro, siempre accesible para nosotros. Sólo adorando su presencia aprendemos a recibirlo adecuadamente, aprendemos a comulgar, aprendemos desde dentro la celebración de la Eucaristía.

En este contexto, quiero citar unas hermosas palabras de Edith Stein, la santa copatrona de Europa. En una de sus cartas escribe:  “El Señor está presente en el sagrario con su divinidad y su humanidad. No está allí por él mismo, sino por nosotros, porque su alegría es estar con los hombres. Y porque sabe que nosotros, tal como somos, necesitamos su cercanía personal. En consecuencia, cualquier persona que tenga pensamientos y sentimientos normales, se sentirá atraída y pasará tiempo con él siempre que le sea posible y todo el tiempo que le sea posible” (Gesammelte Werke VII, 136 f).

Busquemos estar con el Señor. Allí podemos hablar de todo con él. Podemos presentarle nuestras peticiones, nuestras preocupaciones,

  • nuestros problemas,
  • nuestras alegrías,
  • nuestra gratitud,
  • nuestras decepciones,
  • nuestras necesidades y
  • nuestras esperanzas.
  • Allí podemos repetirle constantemente:  “Señor, envía obreros a tu mies. Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña”.

Aquí, en esta basílica, nuestro pensamiento se dirige a María, que vivió su vida completamente “con Jesús” y por consiguiente estuvo y sigue estando totalmente a disposición de los hombres:  los exvotos que hay aquí lo demuestran en concreto. Pensamos también en su madre, Santa Ana, y con ella en la importancia de las madres y los padres, las abuelas y los abuelos; pensamos en la importancia de la familia como ambiente de vida y oración, en donde se aprende a rezar y donde pueden madurar las vocaciones.

Aquí, en Altötting, pensamos naturalmente, de modo especial, en el hermano Konrad, que renunció a una gran herencia porque quería seguir a Jesucristo sin reservas y estar totalmente con él. Como el Señor recomienda en una de sus parábolas, él escogió el último lugar, el de un humilde fraile portero. En su portería realizó precisamente lo que San Marcos nos dice de los Apóstoles:  “estar con él” y “ser enviado” a los hombres. Desde su celda siempre podía mirar hacia el sagrario, “estar con Cristo” siempre. Así, mirando al sagrario, aprendió la bondad ilimitada con la que trataba a la gente, que casi sin cesar llamaba a su puerta, a veces incluso de forma maliciosa, para molestarlo, y a veces de forma impaciente o ruidosa. A todos ellos, por su gran bondad y humanidad, sin grandes palabras, les dio siempre un mensaje más valioso que las mismas palabras. Pidamos al Santo hermano Konrad que nos ayude a mantener nuestra mirada fija en el Señor, para llevar el amor de Dios a los hombres. Amén.

SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE ISLING

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Ratisbona, martes 12 de septiembre de 2006

Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal;
queridos hermanos y hermanas: 

“El que cree nunca está solo”. Permitidme repetir una vez más el lema de estos días y expresar mi alegría porque podemos verlo realizado aquí:  la fe nos reúne y nos regala una fiesta. Nos da la alegría en Dios, la alegría por la creación y por estar juntos. Sé que esta fiesta ha requerido mucho empeño y mucho trabajo previo. Por las noticias de los periódicos he podido conocer un poco cuántas personas han dedicado su tiempo y sus fuerzas para preparar esta explanada de un modo tan digno; gracias a ellos está la cruz aquí, sobre la colina, como signo de Dios para la paz del mundo; los caminos de entrada y de salida están libres; la seguridad y el orden están garantizados; se han preparado alojamientos, etc.

No podía imaginar —e incluso ahora lo sé sólo sucintamente— cuánto trabajo, hasta los mínimos detalles, ha sido necesario para que pudiéramos reunirnos todos hoy aquí. Por todo ello quiero decir sencillamente:  “¡Gracias de todo corazón!”. Que el Señor os lo pague todo y que la alegría que ahora podemos experimentar gracias a vuestra preparación vuelva centuplicada a cada uno de vosotros.

Me conmovió conocer cuántas personas, especialmente de las escuelas profesionales de Weiden y Amberg, así como empresas y particulares, hombres y mujeres, han colaborado para embellecer mi casa y mi jardín. Me emociona tanta bondad, y también en este caso quiero decir solamente un humilde “¡gracias!” por este esfuerzo. No habéis hecho todo esto por un hombre, por mi pobre persona; en definitiva, lo habéis hecho por la solidaridad de la fe, impulsados por el amor a Cristo y a la Iglesia. Todo esto es un signo de verdadera humanidad, que brota de haber sido tocados por Jesucristo.

Nos hemos reunido para una fiesta de la fe. Ahora, sin embargo, surge la pregunta:  ¿Pero qué es lo que creemos en realidad? ¿Qué significa creer? ¿Puede existir todavía, de hecho, algo así en el mundo moderno? Viendo las grandes “Sumas” de teología redactadas en la Edad Media o pensando en la cantidad de libros escritos cada día a favor o contra la fe, podemos sentir la tentación de desalentarnos y pensar que todo esto es demasiado complicado. Al final, por ver los árboles, ya no se ve el bosque.

Es verdad:  la visión de la fe abarca el cielo y la tierra; el pasado, el presente, el futuro, la eternidad; por ello no se puede agotar jamás. Ahora bien, en su núcleo es muy sencilla. El Señor mismo habló de ella con el Padre diciendo:  “Has revelado estas cosas a los pequeños, a los que son capaces de ver con el corazón” (cf. Mt 11, 25).

La Iglesia, por su parte, nos ofrece una pequeña “Suma”, en la cual se expresa todo lo esencial:  es el así llamado “Credo de los Apóstoles”. Se divide normalmente en doce artículos, como el número de los Apóstoles, y habla de Dios, creador y principio de todas las cosas; de Cristo y de su obra de la salvación, hasta la resurrección de los muertos y la vida eterna. Pero en su concepción de fondo, el Credo sólo se compone de tres partes principales y, según su historia, no es sino una amplificación de la fórmula bautismal, que el Señor resucitado entregó a los discípulos para todos los tiempos cuando les dijo:  “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Esta visión demuestra dos cosas:

  1. en primer lugar, que la fe es sencilla. Creemos en Dios, principio y fin de la vida humana. En el Dios que entra en relación con nosotros, los seres humanos; que es nuestro origen y nuestro futuro. Así, la fe es al mismo tiempo esperanza, es la certeza de que tenemos un futuro y de que no caeremos en el vacío. Y la fe es amor, porque el amor de Dios quiere “contagiarnos”. Esto es lo primero:  nosotros simplemente creemos en Dios, y esto lleva consigo también la esperanza y el amor.
  2. La segunda constatación es la siguiente:  el Credo no es un conjunto de afirmaciones, no es una teoría. Está, precisamente, anclado en el acontecimiento del bautismo, un acontecimiento de encuentro entre Dios y el hombre. Dios, en el misterio del bautismo, se inclina hacia el hombre; sale a nuestro encuentro y así también nos acerca los unos a los otros. Porque el bautismo significa que Jesucristo, por decirlo así, nos adopta como hermanos y hermanas suyos, acogiéndonos así como hijos en la familia de Dios. Por consiguiente, de este modo hace de todos nosotros una gran familia en la comunidad universal de la Iglesia. Sí, el que cree nunca está solo. Dios nos sale al encuentro. Encaminémonos también nosotros hacia Dios, pues así nos acercaremos los unos a los otros. En la medida de nuestras posibilidades, no dejemos solo a ninguno de los hijos de Dios.

Creemos en Dios. Esta es nuestra opción fundamental. Pero, nos preguntamos de nuevo:  ¿es posible esto aún hoy? ¿Es algo razonable? Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia se dedica con empeño a buscar una explicación del mundo en la que Dios sería superfluo. Y si eso fuera así, Dios sería inútil también para nuestra vida. Pero cada vez que parecía que este intento había tenido éxito, inevitablemente resultaba evidente que las cuentas no cuadran. Las cuentas sobre el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas sobre el mundo, sobre todo el universo, sin él no cuadran. En resumidas cuentas, quedan dos alternativas:  ¿Qué hay en el origen? La Razón creadora, el Espíritu creador que obra todo y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, carente de toda razón, produce extrañamente un cosmos ordenado de modo matemático, así como el hombre y su razón. Esta, sin embargo, no sería más que un resultado casual de la evolución y, por tanto, en el fondo, también algo irracional.

Los cristianos decimos:  “Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra”, creo en el Espíritu Creador. Creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad. Con esta fe no tenemos necesidad de escondernos, no debemos tener miedo de encontrarnos con ella en un callejón sin salida. Nos alegra poder conocer a Dios. Y tratamos de hacer ver también a los demás la racionalidad de la fe, como San Pedro exhortaba explícitamente, en su primera carta (cf. 1 P 3, 15), a los cristianos de su tiempo, y también a nosotros.

Creemos en Dios. Lo afirman las partes principales del Credo y lo subraya sobre todo su primera parte. Pero ahora surge inmediatamente la segunda pregunta:  ¿en qué Dios? Pues bien, creemos precisamente en el Dios que es Espíritu Creador, Razón creadora, del que proviene todo y del que provenimos también nosotros.

La segunda parte del Credo nos dice algo más. Esta Razón creadora es Bondad. Es Amor. Tiene un rostro. Dios no nos deja andar a tientas en la oscuridad. Se ha manifestado como hombre. Es tan grande que se puede permitir hacerse muy pequeño. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”, dice Jesús (Jn 14, 9). Dios ha asumido un rostro humano. Nos ama hasta el punto de dejarse clavar por nosotros en la cruz, para llevar los sufrimientos de la humanidad hasta el corazón de Dios. Hoy, que conocemos las patologías y las enfermedades mortales de la religión y de la razón, las destrucciones de la imagen de Dios a causa del odio y del fanatismo, es importante decir con claridad en qué Dios creemos y profesar con convicción este rostro humano de Dios. Sólo esto nos impide tener miedo a Dios, un sentimiento que en definitiva es la raíz del ateísmo moderno. Sólo este Dios nos salva del miedo del mundo y de la ansiedad ante el vacío de la propia vida. Sólo mirando a Jesucristo, nuestro gozo en Dios alcanza su plenitud, se hace gozo redimido. Durante esta solemne celebración de la Eucaristía dirijamos nuestra mirada al Señor, que está aquí ante nosotros clavado en la cruz, y pidámosle el gran gozo que él prometió a sus discípulos en el momento de su despedida (cf. Jn 16, 24).

La segunda parte del Credo concluye con la perspectiva del Juicio final, y la tercera parte con la de la resurrección de los muertos. Juicio:  ¿se nos quiere infundir de nuevo el miedo con esta palabra? Pero, ¿acaso no deseamos todos que un día se haga justicia a todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y han muerto después de una vida llena de dolor? ¿Acaso no queremos todos que el exceso de injusticia y sufrimiento, que vemos en la historia, al final desaparezca; que todos en definitiva puedan gozar, que todo cobre sentido?

Este triunfo de la justicia, esta unión de tantos fragmentos de historia que parecen carecer de sentido, integrándose en un todo en el que dominen la verdad y el amor, es lo que se entiende con el concepto de Juicio del mundo. La fe no quiere infundirnos miedo; pero quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella; tampoco debemos conservarla sólo para nosotros mismos. Ante la injusticia no debemos permanecer indiferentes, siendo conniventes o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión en la historia y tratar de corresponder a ella. No se trata de miedo, sino de responsabilidad; se necesita responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y por la salvación de todo el mundo. Cada uno debe contribuir a esto. Pero cuando la responsabilidad y la preocupación tiendan a convertirse en miedo, recordemos las palabras de San Juan: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre:  a Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2, 1). “En caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (1 Jn 3, 20).

Celebramos hoy la fiesta del “Nombre de María”. A quienes llevan este nombre —mi mamá y mi hermana lo llevaban, como ha recordado el Obispo— quisiera expresarles mi más cordial felicitación por su onomástico. María, la Madre del Señor, recibió del pueblo fiel el título de “Abogada”, pues es nuestra abogada ante Dios. Desde las bodas de Caná la conocemos como la mujer benigna, llena de solicitud materna y de amor, la mujer que percibe las necesidades ajenas y, para ayudar, las lleva ante el Señor.

Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo el Señor la entrega como Madre al discípulo predilecto y, en él, a todos nosotros. En todas las épocas los cristianos han acogido con gratitud este testamento de Jesús, y junto a la Madre han encontrado siempre la seguridad y la confiada esperanza que nos llenan de gozo en Dios y en nuestra fe en él.

Acojamos también nosotros a María como la estrella de nuestra vida, que nos introduce en la gran familia de Dios. Sí, el que cree nunca está solo. Amén.

ENCUENTRO CON EL MUNDO DE LA CULTURA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

EN LA UNIVERSIDAD DE RATISBONA

Martes 12 de septiembre de 2006

Fe, razón y universidad.
Recuerdos y reflexiones

(DEBIDO A LA POLÉMICA GENERADA, POR ALGUNOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN, RECOMENDAMOS UNA LECTURA COMPLETA Y EXHAUSTIVA DE ESTE MARAVILLOSO DISCURSO)

Eminencias,
Rectores Magníficos,
Excelencias,
Ilustres señoras y señores:

Para mí es un momento emocionante encontrarme de nuevo en la universidad y poder impartir una vez más una lección magistral. Me hace pensar en aquellos años en los que, tras un hermoso período en el Instituto Superior de Freising, inicié mi actividad como profesor en la universidad de Bonn. Era el año 1959, cuando la antigua universidad tenía todavía profesores ordinarios. No había auxiliares ni dactilógrafos para las cátedras, pero se daba en cambio un contacto muy directo con los alumnos y, sobre todo, entre los profesores. Nos reuníamos antes y después de las clases en las salas de profesores. Los contactos con los historiadores, los filósofos, los filólogos y naturalmente también entre las dos facultades teológicas eran muy estrechos. Una vez cada semestre había un dies academicus, en el que los profesores de todas las facultades se presentaban ante los estudiantes de la universidad, haciendo posible así una experiencia de Universitas —algo a lo que hace poco ha aludido también usted, Señor Rector—; es decir, la experiencia de que, no obstante todas las especializaciones que a veces nos impiden comunicarnos entre nosotros, formamos un todo y trabajamos en el todo de la única razón con sus diferentes dimensiones, colaborando así también en la común responsabilidad respecto al recto uso de la razón: era algo que se experimentaba vivamente. Además, la universidad se sentía orgullosa de sus dos facultades teológicas. Estaba claro que también ellas, interrogándose sobre la racionabilidad de la fe, realizan un trabajo que forma parte necesariamente del conjunto de la Universitas scientiarum, aunque no todos podían compartir la fe, a cuya correlación con la razón común se dedican los teólogos. Esta cohesión interior en el cosmos de la razón no se alteró ni siquiera cuando, en cierta ocasión, se supo que uno de los profesores había dicho que en nuestra universidad había algo extraño: dos facultades que se ocupaban de algo que no existía: Dios. En el conjunto de la universidad estaba fuera de discusión que, incluso ante un escepticismo tan radical, seguía siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y que esto debía hacerse en el contexto de la tradición de la fe cristiana.

Recordé todo esto recientemente cuando leí la parte, publicada por el profesor Theodore Khoury (Münster), del diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez en los cuarteles de invierno del año 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y sobre la verdad de ambos.[1] Probablemente fue el mismo emperador quien anotó ese diálogo durante el asedio de Constantinopla entre 1394 y 1402. Así se explica que sus razonamientos se recojan con mucho más detalle que las respuestas de su interlocutor persa.[2] El diálogo abarca todo el ámbito de las estructuras de la fe contenidas en la Biblia y en el Corán, y se detiene sobre todo en la imagen de Dios y del hombre, pero también, cada vez más y necesariamente, en la relación entre las «tres Leyes», como se decía, o «tres órdenes de vida»: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y Corán. No quiero hablar ahora de ello en este discurso; sólo quisiera aludir a un aspecto —más bien marginal en la estructura de todo el diálogo— que, en el contexto del tema «fe y razón», me ha fascinado y que servirá como punto de partida para mis reflexiones sobre esta materia.

En el séptimo coloquio (διάλεξις, controversia), editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la yihad, la guerra santa. Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de fe». Según dice una parte de los expertos, es probablemente una de las suras del período inicial, en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: «Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba».[3] El emperador, después de pronunciarse de un modo tan duro, explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no se complace con la sangre —dice—; no actuar según la razón (συν λόγω) es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas… Para convencer a un alma racional no hay que recurrir al propio brazo ni a instrumentos contundentes ni a ningún otro medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona».[4]

En esta argumentación contra la conversión mediante la violencia, la afirmación decisiva es: no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios.[5] El editor, Theodore Khoury, comenta: para el emperador, como bizantino educado en la filosofía griega, esta afirmación es evidente. En cambio, para la doctrina musulmana, Dios es absolutamente trascendente. Su voluntad no está vinculada a ninguna de nuestras categorías, ni siquiera a la de la racionabilidad.[6] En este contexto, Khoury cita una obra del conocido islamista francés R. Arnaldez, quien observa que Ibn Hazm llega a decir que Dios no estaría vinculado ni siquiera por su propia palabra y que nada le obligaría a revelarnos la verdad. Si él quisiera, el hombre debería practicar incluso la idolatría. [7]

A este propósito se presenta un dilema en la comprensión de Dios, y por tanto en la realización concreta de la religión, que hoy nos plantea un desafío muy directo. La convicción de que actuar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios, ¿es solamente un pensamiento griego o vale siempre y por sí mismo? Pienso que en este punto se manifiesta la profunda consonancia entre lo griego en su mejor sentido y lo que es fe en Dios según la Biblia. Modificando el primer versículo del libro del Génesis, el primer versículo de toda la sagrada Escritura, san Juan comienza el prólogo de su Evangelio con las palabras: «En el principio ya existía el Logos». Ésta es exactamente la palabra que usa el emperador: Dios actúa «συν λόγω», con logos. Logos significa tanto razón como palabra, una razón que es creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón. De este modo, san Juan nos ha brindado la palabra conclusiva sobre el concepto bíblico de Dios, la palabra con la que todos los caminos de la fe bíblica, a menudo arduos y tortuosos, alcanzan su meta, encuentran su síntesis. En el principio existía el logos, y el logos es Dios, nos dice el evangelista. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de san Pablo, ante quien se habían cerrado los caminos de Asia y que en sueños vio un macedonio que le suplicaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos» (cf. Hch 16, 6-10), puede interpretarse como una expresión condensada de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el filosofar griego.

En realidad, este acercamiento había comenzado desde hacía mucho tiempo. Ya el nombre misterioso de Dios pronunciado en la zarza ardiente, que distingue a este Dios del conjunto de las divinidades con múltiples nombres, y que afirma de él simplemente «Yo soy», su ser, es una contraposición al mito, que tiene una estrecha analogía con el intento de Sócrates de batir y superar el mito mismo. [8] El proceso iniciado en la zarza llega a un nuevo desarrollo, dentro del Antiguo Testamento, durante el destierro, donde el Dios de Israel, entonces privado de la tierra y del culto, se proclama como el Dios del cielo y de la tierra, presentándose con una simple fórmula que prolonga aquellas palabras oídas desde la zarza: «Yo soy». Juntamente con este nuevo conocimiento de Dios se da una especie de Ilustración, que se expresa drásticamente con la burla de las divinidades que no son sino obra de las manos del hombre (cf. Sal 115). De este modo, a pesar de toda la dureza del desacuerdo con los soberanos helenísticos, que querían obtener con la fuerza la adecuación al estilo de vida griego y a su culto idolátrico, la fe bíblica, durante la época helenística, salía desde sí misma al encuentro de lo mejor del pensamiento griego, hasta llegar a un contacto recíproco que después tuvo lugar especialmente en la literatura sapiencial tardía. Hoy sabemos que la traducción griega del Antiguo Testamento —la de «los Setenta»—, que se hizo en Alejandría, es algo más que una simple traducción del texto hebreo (la cual tal vez podría juzgarse poco positivamente); en efecto, es en sí mismo un testimonio textual y un importante paso específico de la historia de la Revelación, en el cual se realizó este encuentro de un modo que tuvo un significado decisivo para el nacimiento y difusión del cristianismo.[9] En el fondo, se trata del encuentro entre fe y razón, entre auténtica ilustración y religión. Partiendo verdaderamente de la íntima naturaleza de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de la naturaleza del pensamiento griego ya fusionado con la fe, Manuel II podía decir: No actuar «con el logos» es contrario a la naturaleza de Dios.

Por honradez, sobre este punto es preciso señalar que, en la Baja Edad Media, hubo en la teología tendencias que rompen esta síntesis entre espíritu griego y espíritu cristiano. En contraste con el llamado intelectualismo agustiniano y tomista, Juan Duns Escoto introdujo un planteamiento voluntarista que, tras sucesivos desarrollos, llevó finalmente a afirmar que sólo conocemos de Dios la voluntas ordinata. Más allá de ésta existiría la libertad de Dios, en virtud de la cual habría podido crear y hacer incluso lo contrario de todo lo que efectivamente ha hecho. Aquí se perfilan posiciones que pueden acercarse a las de Ibn Hazm y podrían llevar incluso a una imagen de Dios-Arbitrio, que no está vinculado ni siquiera con la verdad y el bien. La trascendencia y la diversidad de Dios se acentúan de una manera tan exagerada, que incluso nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y del bien, dejan de ser un auténtico espejo de Dios, cuyas posibilidades abismales permanecen para nosotros eternamente inaccesibles y escondidas tras sus decisiones efectivas. En contraste con esto, la fe de la Iglesia se ha atenido siempre a la convicción de que entre Dios y nosotros, entre su eterno Espíritu creador y nuestra razón creada, existe una verdadera analogía, en la que ciertamente —como dice el IV concilio de Letrán en 1215— las diferencias son infinitamente más grandes que las semejanzas, pero sin llegar por ello a abolir la analogía y su lenguaje. Dios no se hace más divino por el hecho de que lo alejemos de nosotros con un voluntarismo puro e impenetrable, sino que, más bien, el Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como logos y ha actuado y actúa como logos lleno de amor por nosotros. Ciertamente el amor, como dice san Pablo, «rebasa» el conocimiento y por eso es capaz de percibir más que el simple pensamiento (cf. Ef 3, 19); sin embargo, sigue siendo el amor del Dios-Logos, por lo cual el culto cristiano, como dice también san Pablo, es «λογικη λατρεία», un culto que concuerda con el Verbo eterno y con nuestra razón (cf. Rm 12, 1). [10]

Este acercamiento interior recíproco que se ha dado entre la fe bíblica y el planteamiento filosófico del pensamiento griego es un dato de importancia decisiva, no sólo desde el punto de vista de la historia de las religiones, sino también del de la historia universal, que también hoy hemos de considerar. Teniendo en cuenta este encuentro, no sorprende que el cristianismo, no obstante haber tenido su origen y un importante desarrollo en Oriente, haya encontrado finalmente su impronta decisiva en Europa. Y podemos decirlo también a la inversa: este encuentro, al que se une sucesivamente el patrimonio de Roma, creó a Europa y permanece como fundamento de lo que, con razón, se puede llamar Europa.

A la tesis según la cual el patrimonio griego, críticamente purificado, forma parte integrante de la fe cristiana se opone la pretensión de la deshelenización del cristianismo, la cual domina cada vez más las discusiones teológicas desde el inicio de la época moderna. Si se analiza con atención, en el programa de la deshelenización pueden observarse tres etapas que, aunque vinculadas entre sí, se distinguen claramente una de otra por sus motivaciones y sus objetivos.[11]

La deshelenización surge inicialmente en conexión con los postulados de la Reforma del siglo XVI. Respecto a la tradición teológica escolástica, los reformadores se vieron ante una sistematización de la teología totalmente dominada por la filosofía, es decir, por una articulación de la fe basada en un pensamiento ajeno a la fe misma. Así, la fe ya no aparecía como palabra histórica viva, sino como un elemento insertado en la estructura de un sistema filosófico. El principio de la sola Scriptura, en cambio, busca la forma pura primordial de la fe, tal como se encuentra originariamente en la Palabra bíblica. La metafísica se presenta como un presupuesto que proviene de otra fuente y del cual se debe liberar a la fe para que ésta vuelva a ser totalmente ella misma. Kant, con su afirmación de que había tenido que renunciar a pensar para dejar espacio a la fe, desarrolló este programa con un radicalismo no previsto por los reformadores. De este modo, ancló la fe exclusivamente en la razón práctica, negándole el acceso a la realidad plena.

La teología liberal de los siglos XIX y XX supuso una segunda etapa en el programa de la deshelenización, cuyo representante más destacado es Adolf von Harnack. En mis años de estudiante y en los primeros de mi actividad académica, este programa ejercía un gran influjo también en la teología católica. Se utilizaba como punto de partida la distinción de Pascal entre el Dios de los filósofos y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. En mi discurso inaugural en Bonn, en 1959, traté de afrontar este asunto [12] y no quiero repetir aquí todo lo que dije en aquella ocasión. Sin embargo, me gustaría tratar de poner de relieve, al menos brevemente, la novedad que caracterizaba esta segunda etapa de deshelenización respecto a la primera. La idea central de Harnack era simplemente volver al hombre Jesús y a su mero mensaje, previo a todas las elucubraciones de la teología y, precisamente, también de las helenizaciones: este mensaje sin añadidos constituiría la verdadera culminación del desarrollo religioso de la humanidad. Jesús habría acabado con el culto sustituyéndolo con la moral. En definitiva, se presentaba a Jesús como padre de un mensaje moral humanitario. En el fondo, el objetivo de Harnack era hacer que el cristianismo estuviera en armonía con la razón moderna, librándolo precisamente de elementos aparentemente filosóficos y teológicos, como por ejemplo la fe en la divinidad de Cristo y en la trinidad de Dios. En este sentido, la exégesis histórico-crítica del Nuevo Testamento, según su punto di vista, vuelve a dar a la teología un puesto en el cosmos de la universidad: para Harnack, la teología es algo esencialmente histórico y, por tanto, estrictamente científico. Lo que investiga sobre Jesús mediante la crítica es, por decirlo así, expresión de la razón práctica y, por consiguiente, puede estar presente también en el conjunto de la universidad. En el trasfondo de todo esto subyace la autolimitación moderna de la razón, clásicamente expresada en las «críticas» de Kant, aunque radicalizada ulteriormente entre tanto por el pensamiento de las ciencias naturales. Este concepto moderno de la razón se basa, por decirlo brevemente, en una síntesis entre platonismo (cartesianismo) y empirismo, una síntesis corroborada por el éxito de la técnica. Por una parte, se presupone la estructura matemática de la materia, su racionalidad intrínseca, por decirlo así, que hace posible comprender cómo funciona y puede ser utilizada: este presupuesto de fondo es en cierto modo el elemento platónico en la comprensión moderna de la naturaleza. Por otra, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, en cuyo caso sólo la posibilidad de verificar la verdad o falsedad mediante la experimentación ofrece la certeza decisiva. El peso entre los dos polos puede ser mayor o menor entre ellos, según las circunstancias. Un pensador tan drásticamente positivista como J. Monod se declaró platónico convencido.

Esto implica dos orientaciones fundamentales decisivas para nuestra cuestión. Sólo el tipo de certeza que deriva de la sinergia entre matemática y método empírico puede considerarse científica. Todo lo que pretenda ser ciencia ha de atenerse a este criterio. También las ciencias humanas, como la historia, la psicología, la sociología y la filosofía, han tratado de aproximarse a este canon de valor científico. Además, es importante para nuestras reflexiones constatar que este método en cuanto tal excluye el problema de Dios, presentándolo como un problema a-científico o pre-científico. Pero de este modo nos encontramos ante una reducción del ámbito de la ciencia y de la razón que es preciso poner en discusión.

Volveré más tarde sobre este argumento. Por el momento basta tener presente que, desde esta perspectiva, cualquier intento de mantener la teología como disciplina «científica» dejaría del cristianismo únicamente un minúsculo fragmento. Pero hemos de añadir más: si la ciencia en su conjunto es sólo esto, entonces el hombre mismo sufriría una reducción, pues los interrogantes propiamente humanos, es decir, de dónde viene y a dónde va, los interrogantes de la religión y de la ética, no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la «ciencia» entendida de este modo y tienen que desplazarse al ámbito de lo subjetivo. El sujeto, basándose en su experiencia, decide lo que considera admisible en el ámbito religioso y la «conciencia» subjetiva se convierte, en definitiva, en la única instancia ética. Pero, de este modo, el ethos y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto totalmente personal. La situación que se crea es peligrosa para la humanidad, como se puede constatar en las patologías que amenazan a la religión y a la razón, patologías que irrumpen por necesidad cuando la razón se reduce hasta el punto de que ya no le interesan las cuestiones de la religión y de la ética. Lo que queda de esos intentos de construir una ética partiendo de las reglas de la evolución, de la psicología o de la sociología, es simplemente insuficiente.

Antes de llegar a las conclusiones a las que conduce todo este razonamiento, quiero referirme brevemente a la tercera etapa de la deshelenización, que se está difundiendo actualmente. Teniendo en cuenta el encuentro entre múltiples culturas, se suele decir hoy que la síntesis con el helenismo en la Iglesia antigua fue una primera inculturación, que no debería ser vinculante para las demás culturas. Éstas deberían tener derecho a volver atrás, hasta el momento previo a dicha inculturación, para descubrir el mensaje puro del Nuevo Testamento e inculturarlo de nuevo en sus ambientes respectivos. Esta tesis no es simplemente falsa, sino también rudimentaria e imprecisa. En efecto, el Nuevo Testamento fue escrito en griego e implica el contacto con el espíritu griego, un contacto que había madurado en el desarrollo precedente del Antiguo Testamento. Ciertamente, en el proceso de formación de la Iglesia antigua hay elementos que no deben integrarse en todas las culturas. Sin embargo, las opciones fundamentales que atañen precisamente a la relación entre la fe y la búsqueda de la razón humana forman parte de la fe misma, y son un desarrollo acorde con su propia naturaleza.

Llego así a la conclusión. Este intento de crítica de la razón moderna desde su interior, expuesto sólo a grandes rasgos, no comporta de manera alguna la opinión de que hay que regresar al período anterior a la Ilustración, rechazando de plano las convicciones de la época moderna. Se debe reconocer sin reservas lo que tiene de positivo el desarrollo moderno del espíritu: todos nos sentimos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto al hombre y por los progresos que se han logrado en la humanidad. Por lo demás, la ética de la investigación científica —como ha aludido usted, Señor Rector Magnífico—, debe implicar una voluntad de obediencia a la verdad y, por tanto, expresar una actitud que forma parte de los rasgos esenciales del espíritu cristiano. La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso. Porque, a la vez que nos alegramos por las nuevas posibilidades abiertas a la humanidad, vemos también los peligros que surgen de estas posibilidades y debemos preguntarnos cómo podemos evitarlos. Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir sus horizonte en toda su amplitud. En este sentido, la teología, no sólo como disciplina histórica y ciencia humana, sino como teología auténtica, es decir, como ciencia que se interroga sobre la razón de la fe, debe encontrar espacio en la universidad y en el amplio diálogo de las ciencias.

Sólo así seremos capaces de entablar un auténtico diálogo entre las culturas y las religiones, del cual tenemos urgente necesidad. En el mundo occidental está muy difundida la opinión según la cual sólo la razón positivista y las formas de la filosofía derivadas de ella son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas. Con todo, como he tratado de demostrar, la razón moderna propia de las ciencias naturales, con su elemento platónico intrínseco, conlleva un interrogante que va más allá de sí misma y que trasciende las posibilidades de su método. La razón científica moderna ha de aceptar simplemente la estructura racional de la materia y la correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza como un dato de hecho, en el cual se basa su método. Ahora bien, la pregunta sobre el por qué existe este dato de hecho, la deben plantear las ciencias naturales a otros ámbitos más amplios y altos del pensamiento, como son la filosofía y la teología. Para la filosofía y, de modo diferente, para la teología, escuchar las grandes experiencias y convicciones de las tradiciones religiosas de la humanidad, especialmente las de la fe cristiana, constituye una fuente de conocimiento; oponerse a ella sería una grave limitación de nuestra escucha y de nuestra respuesta. Aquí me vienen a la mente unas palabras que Sócrates dijo a Fedón. En los diálogos anteriores se habían expuesto muchas opiniones filosóficas erróneas; y entonces Sócrates dice: «Sería fácilmente comprensible que alguien, a quien le molestaran todas estas opiniones erróneas, desdeñara durante el resto de su vida y se burlara de toda conversación sobre el ser; pero de esta forma renunciaría a la verdad de la existencia y sufriría una gran pérdida». [13] Occidente, desde hace mucho, está amenazado por esta aversión a los interrogantes fundamentales de su razón, y así sólo puede sufrir una gran pérdida. La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo. «No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios», dijo Manuel II partiendo de su imagen cristiana de Dios, respondiendo a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón. Redescubrirla constantemente por nosotros mismos es la gran tarea de la universidad.


Notas

[1] De los 26 coloquios (διάλεξις. Khoury traduce «controversia») del diálogo («Entretien»), Th. Khoury ha publicado la 7ª «controversia» con notas y una amplia introducción sobre el origen del texto, la tradición manuscrita y la estructura del diálogo, junto con breves resúmenes de las «controversias» no editadas; el texto griego va acompañado de una traducción francesa: Manuel II Paleólogo, Entretiens avec un Musulman. 7e controverse, Sources chrétiennesn. 115, París 1966. Mientras tanto, Karl Förstel ha publicado en el Corpus Islamico-Christianum (Series Graeca. Redacción de A. Th. Khoury – R. Glei) una edición comentada greco-alemana del texto: Manuel II. Palaiologus, Dialoge mit einem Muslim, 3 vols., Würzburg-Altenberge 1993-1996. Ya en 1966 E. Trapp había publicado el texto griego con una introducción como volumen II de los Wiener byzantinische Studien. Citaré a continuación según Khoury.

[2] Sobre el origen y la redacción del diálogo puede consultarse Khoury, pp. 22-29; amplios comentarios a este respecto pueden verse también en las ediciones de Förstel y Trapp.

[3] Controversia VII 2c: Khoury, pp. 142-143; Förstel, vol. I, VII. Dialog 1.5, pp. 240-241. Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión. Al citar el texto del emperador Manuel II sólo quería poner de relieve la relación esencial que existe entre la fe y la razón. En este punto estoy de acuerdo con Manuel II, pero sin hacer mía su polémica.

[4] Controversia VII 3 b-c: Khoury, pp. 144-145; Förstel vol. I, VII. Dialog 1.6, pp. 240-243.

[5] Solamente por esta afirmación cité el diálogo entre Manuel II y su interlocutor persa. Ella nos ofrece el tema de mis reflexiones sucesivas.

[6] Cf. Khoury, o.c., p. 144, nota 1.

[7] R. Arnaldez, Grammaire et théologie chez Ibn Hazm de Cordoue, París 1956, p. 13; cf. Khoury, p. 144. En el desarrollo ulterior de mi discurso se pondrá de manifiesto cómo en la teología de la Baja Edad Media existen posiciones semejantes.

[8] Para la interpretación ampliamente discutida del episodio de la zarza que ardía sin consumirse, quisiera remitir a mi libro Einführung in das Christentum, Munich 1968, pp. 84-102. Creo que las afirmaciones que hago en ese libro, no obstante del desarrollo ulterior de la discusión, siguen siendo válidas.

[9] Cf. A. Schenker, “L’Écriture sainte subsiste en plusieurs formes canoniques simultanées”, en: L’interpretazione della Bibbia nella Chiesa. Atti del Simposio promosso dalla Congregazione per la Dottrina della Fede, Ciudad del Vaticano 2001, pp. 178-186.

[10] Este tema lo he tratado más detalladamente en mi libro Der Geist der Liturgie. Eine Einführung, Friburgo 2000, pp. 38-42.

[11] De la abundante bibliografía sobre el tema de la deshelenización, quisiera mencionar especialmente: A. Grillmeier, “Hellenisierung – Judaisierung des Christentums als Deuteprinzipien der Geschichte des kirchlichen Dogmas”, en: Id., Mit ihm und in ihm. Christologische Forschungen und Perspecktiven, Friburgo 1975, pp. 423-488.

[12] Publicada y comentada de nuevo por Heino Sonnemanns (ed.): Joseph Ratzinger-Benedikt XVI, Der Gott des Glaubens und der Gott der Philosophen. Ein Beitrag zum Problem der theologia naturalis, Johannes-Verlag Leutesdorf, 2. ergänzte Auflage 2005.

[13] 90 c-d. Para este texto se puede ver también R. Guardini, Der Tod des Sokrates, Maguncia-Paderborn 19875, pp. 218-221.

(LEE EL ARTÍCULO “QUERIDO PAPA BENEDICTO: LO SENTIMOS”, pinchando aquí)

CELEBRACIÓN ECUMÉNICA DE LAS VÍSPERAS

HOMILÍA  DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Catedral de Ratisbona
Martes 12 de septiembre de 2006

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Nos hemos reunido cristianos ortodoxos, católicos y protestantes —y con nosotros hay también amigos judíos— para cantar juntos las alabanzas vespertinas a Dios. En el centro de esta liturgia están los salmos, en los que confluyen la Antigua y la Nueva Alianza, y nuestra oración se une a la del Israel creyente que vive en la esperanza. Esta es una hora de gratitud, porque así podemos rezar juntos los salmos y, dirigiéndonos al Señor, al mismo tiempo también podemos crecer en la unidad entre nosotros.

Entre los que participan en estas Vísperas quisiera saludar cordialmente ante todo a los representantes de la Iglesia ortodoxa. Siempre he considerado un don especial de la Providencia el hecho de que, como profesor en Bonn, pude conocer y amar a la Iglesia ortodoxa personalmente a través de dos jóvenes archimandritas:  Stylianos Harkianakis y Damaskinos Papandreou, que después llegaron a ser metropolitas. En Ratisbona, gracias a la iniciativa de monseñor Graber, se añadieron más encuentros:  en los simposios sobre la “Spindlhof” y con los estudiantes becados que estudiaban aquí.

Me alegra volver a ver algunos rostros que me fueron familiares durante largo tiempo y encontrar de nuevo antiguos amigos. Dentro de algunos días, en Belgrado, se reanudará el diálogo teológico sobre el tema fundamental de la koinonia, la comunión, en las dos dimensiones que nos indica la primera carta de san Juan al inicio, en el primer capítulo. Nuestra koinon|a es ante todo comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo; es la comunión con el mismo Dios uno y trino, hecha posible por el Señor mediante su encarnación y la efusión del Espíritu.

Esta comunión con Dios crea a su vez koinonia entre los hombres, como participación en la fe de los Apóstoles y así como comunión en la fe, una comunión que en la Eucaristía se hace “corporal”, edificando la única Iglesia, que trasciende todos los confines (cf. 1 Jn 1, 3). Espero y oro para que estas conversaciones sean fructíferas y para que la comunión con el Dios vivo que nos une, como la comunión entre nosotros en la fe transmitida por los Apóstoles, se profundicen y maduren hasta alcanzar la unidad plena, por la que el mundo pueda reconocer que Jesucristo es verdaderamente el enviado de Dios, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo (cf. Jn 17, 21). “Para que el mundo crea”, es necesario que seamos uno:  la seriedad de este compromiso debe animar nuestro diálogo.

Saludo cordialmente también a los amigos de las diferentes tradiciones que proceden de la Reforma. En este contexto también me vienen a la mente muchos recuerdos:  recuerdos de los amigos del círculo Jäger-Stählin, que ya han fallecido; y a estos recuerdos se añade la gratitud por los encuentros actuales. Obviamente, pienso en particular en los arduos esfuerzos realizados para alcanzar el consenso sobre la justificación. Recuerdo todas las etapas de ese proceso, hasta la memorable reunión con el —ya difunto— obispo Hanselmann aquí en Ratisbona, reunión que contribuyó decisivamente a alcanzar la conclusión concorde. Me alegra que, mientras tanto, el Consejo mundial de Iglesias Metodistas también se haya adherido a esa Declaración. El acuerdo sobre la justificación sigue siendo para nosotros un gran compromiso, que, en mi opinión, en realidad aún no se ha cumplido totalmente:  en teología la justificación es un tema esencial, pero me parece que hoy en la vida de los fieles casi no está presente. Aunque, debido a los dramáticos acontecimientos de nuestro tiempo, el tema del perdón mutuo resulta de nuevo particularmente urgente, sin embargo se tiene poca conciencia de que necesitamos ante todo el perdón de Dios, la justificación por él. La conciencia moderna —y todos, de algún modo, somos “modernos”— por lo general no reconoce el hecho de que somos deudores ante Dios y que el pecado es una realidad que sólo se supera por iniciativa de Dios. Este debilitamiento del tema de la justificación y del perdón de los pecados, en último término, es resultado de un debilitamiento de nuestra relación con Dios. Por eso, nuestra primera tarea consistirá tal vez en redescubrir al Dios vivo en nuestra vida, en nuestro tiempo y en nuestra sociedad.

Con este fin, escuchemos ahora lo que San Juan nos decía hace poco en la lectura bíblica. Quisiera destacar en especial tres afirmaciones de este texto complejo y denso.

1. El tema central de toda la carta se encuentra en el versículo 15:  “Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios”. Una vez más San Juan, como hiciera en los versículos 2 y 3 del capítulo 4, pone de relieve la confesión que en el fondo nos distingue como cristianos, es decir, la fe en el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios que se encarnó. “A Dios nadie lo ha visto jamás:  el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer”, está escrito al final del prólogo del cuarto evangelio (Jn 1, 18).

Sabemos quién es Dios por medio de Jesucristo, por medio del único que es Dios. Por medio de él entramos en contacto con Dios. En este tiempo de encuentros interreligiosos se nos presenta fácilmente la tentación de atenuar de alguna forma esa confesión central o incluso de ocultarla. Pero así no prestamos un servicio al encuentro ni al diálogo. Sólo hacemos que Dios sea menos accesible a los demás y a nosotros mismos. Es importante que en el diálogo presentemos de un modo completo, y no sólo fragmentario, nuestra imagen de Dios. Para poderlo hacer debemos acrecentar y profundizar nuestra comunión personal con Cristo y nuestro amor a él. En esta confesión común, y en esta tarea común, no  hay  ninguna división entre nosotros. Oremos para que este fundamento común se fortalezca cada vez más.

2. Así llegamos al segundo punto que quería tratar. Se encuentra en el versículo 14, donde leemos:  “Y hemos visto y damos testimonio que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). La palabra central en esta oración es μαρτυρουˆ μεν, damos testimonio, somos testigos. La confesión tiene que convertirse en testimonio. La raíz griega μάρτυς evoca el hecho de que el testigo de Jesucristo debe confirmar su testimonio con toda su existencia, con su vida y con su muerte.

El autor de la carta dice de sí mismo:  “Hemos visto” (1Jn 1, 1). Porque ha visto puede ser testigo. Pero esto implica que también nosotros —las generaciones posteriores— podemos ver y dar testimonio como personas que han visto. Por tanto, pidamos al Señor que nos haga ver.

Ayudémonos los unos a los otros a desarrollar esta capacidad, para que así podamos ayudar a ver también a los hombres de nuestro tiempo, de forma que ellos a su vez, por medio del mundo construido por ellos mismos, logren descubrir a Dios; de forma que, más allá de todas las barreras históricas, puedan ver de nuevo a Jesús, el Hijo enviado por Dios, en  quien vemos al Padre.

En el versículo 9 —(1Jn 4, 9)— se dice que Dios envió a su Hijo al mundo para que tengamos vida. ¿Acaso no podemos constatar hoy que sólo mediante un encuentro con Jesucristo la vida resulta verdaderamente vida? Ser testigo de Jesucristo significa sobre todo dar testimonio de un determinado estilo de vida. En un mundo lleno de confusión debemos dar nuevamente testimonio de los criterios que hacen que una vida sea verdaderamente vida. Debemos afrontar con gran determinación esta importante tarea, común a todos los creyentes. En este tiempo es responsabilidad de los cristianos hacer visibles los criterios que indican una vida recta y que nosotros los conocemos por Jesucristo. Él resumió en su vida todas las palabras de la Escritura:  “Escuchadle” (Mc 9, 7).

3. Así llegamos a la tercera palabra de esta lectura que quiero poner de relieve:  agapé, amor. Esta es la palabra clave de toda la carta y en especial del pasaje que hemos escuchado. agapé, el amor como nos lo enseña San Juan, no es nada sentimental o exaltado; es algo totalmente sobrio y realista. Traté de explicarlo en mi encíclica Deus caritas est. El agapé, el amor, es verdaderamente la síntesis de la Ley y los Profetas. En el amor está “enrollado” todo; pero este todo debe ser “desarrollado” en la vida de cada día.

En el versículo 16 de nuestro texto se encuentra la maravillosa frase:  “Nosotros hemos creído en el amor” (1 Jn 4, 16). Sí, el hombre puede creer en el amor. Testimoniemos de tal modo nuestra fe que aparezca como fuerza del amor, “para que el mundo crea” (Jn 17, 21). Amén.

BENDICIÓN DEL NUEVO ÓRGANO DE LA ANTIGUA CAPILLA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Ratisbona, miércoles 13 de septiembre de 2006

Queridos amigos:

Esta venerable casa de Dios, la basílica de “Nuestra Señora de la Antigua Capilla”, como vemos, ha sido restaurada de modo espléndido, y cuenta ahora con un nuevo órgano que, en este momento, será bendecido y destinado solemnemente a su finalidad:  la glorificación de Dios y la edificación de la fe.

Fue un canónigo de esta colegiata, Carl Joseph Proske, quien dio en el siglo XIX un impulso esencial a la renovación de la música sacra. El canto gregoriano y la antigua polifonía vocal clásica se integraron en la composición litúrgica. El cuidado de la música sagrada litúrgica en la “Antigua Capilla” tenía una importancia que se extendía más allá de los confines de la región y hacía de Ratisbona un centro del movimiento de reforma de la música sacra, cuyo influjo llega hasta el presente.

En la constitución sobre la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, se pone de relieve que “el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne” (n. 112). Esto significa que la música y el canto son algo más que un embellecimiento —tal vez superfluo— del culto, pues forman parte de la actuación de la liturgia, más aún, son liturgia. Por tanto, una solemne música sacra con coro, órgano, orquesta y canto del pueblo no es una añadidura que enmarca y hace agradable la liturgia, sino un modo importante de participación activa en el acontecimiento cultual.

El órgano, desde siempre y con razón, se considera el rey de los instrumentos musicales, porque recoge todos los sonidos de la creación y —como se ha dicho hace poco— da resonancia a la plenitud de los sentimientos humanos, desde la alegría a la tristeza, desde la alabanza a la lamentación. Además, trascendiendo la esfera meramente humana, como toda música de calidad, remite a lo divino. La gran variedad de los timbres del órgano, desde el piano hasta el fortísimo impetuoso, lo convierte en un instrumento superior a todos los demás. Es capaz de dar resonancia a todos los ámbitos de la existencia humana. Las múltiples posibilidades del órgano nos recuerdan, de algún modo, la inmensidad y la magnificencia de Dios.

El salmo 150, que acabamos de escuchar y de seguir interiormente, habla de trompas y flautas, de arpas y cítaras, de címbalos y tímpanos:  todos estos instrumentos musicales están llamados a dar su contribución a la alabanza del Dios trino. En un órgano, los numerosos tubos y los registros deben formar una unidad. Si en alguna parte algo se bloquea, si un tubo está desafinado, tal vez en un primer momento solamente lo perciba un oído ejercitado. Pero si varios tubos no están bien entonados, entonces se produce un desafinamiento, y esto comienza a ser insoportable. También los tubos de este órgano están expuestos a cambios de temperatura y a factores de desgaste.

Esta es una imagen de nuestra comunidad en la Iglesia. Del mismo modo que en el órgano una mano experta debe hacer continuamente que las desarmonías se transformen en la debida consonancia, así también en la Iglesia, dentro de la variedad de los dones y los carismas, mediante la comunión en la fe debemos encontrar siempre el acorde en la alabanza a Dios y en el amor fraterno. Cuanto más nos dejemos transformar en Cristo a través de la liturgia, tanto más seremos capaces de transformar también el mundo, irradiando la bondad, la misericordia y el amor de Cristo a los hombres.

En definitiva, los grandes compositores, cada uno a su modo, con su música querían glorificar a Dios. Johann Sebastian Bach escribió en el título de muchas de sus partituras las letras S.D.G.:  soli Deo gloria, solamente para gloria de Dios. También  Anton Bruckner ponía al inicio las palabras:  “Dedicado a Dios”.

Ojalá que la grandiosidad de la capilla y la liturgia enriquecida por la armonía del nuevo órgano y el canto solemne guíen a todos los que frecuentan esta magnífica basílica a la alegría de la fe. Es mi deseo en el día de la inauguración de este nuevo órgano.

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS PERMANENTES

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Catedral de Santa María y San Corbiniano, Freising
Jueves 14 de septiembre de 2006

Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal;
queridos hermanos y hermanas: 

Para mí este es un momento de alegría y de viva gratitud por todo lo que he podido experimentar y recibir durante esta visita pastoral. Tanta cordialidad, tanta fe, tanta alegría en Dios, ha sido una experiencia que me ha conmovido profundamente y será para mí fuente de nueva energía. Gratitud en particular porque ahora, al final, he podido volver una vez más a la catedral de Freising, viéndola en su nuevo esplendor. Expreso mi agradecimiento al cardenal Wetter, a los otros dos obispos bávaros y a todos los que han colaborado. Doy gracias a la Providencia por haber hecho posible la restauración de la catedral, que se presenta ahora con esta nueva belleza.

Ahora que me encuentro en esta catedral, me vienen a la memoria muchos recuerdos al ver a antiguos compañeros y a jóvenes sacerdotes que transmiten el mensaje, la antorcha de la fe. Me vienen recuerdos de mi ordenación, a la que ha aludido el cardenal Wetter:  cuando estaba yo postrado en tierra y en cierto modo envuelto por las letanías de todos los santos, por la intercesión de todos los santos, caí en la cuenta de que en este camino no estamos solos, sino que el gran ejército de los santos camina con nosotros, y los santos aún vivos, los fieles de hoy y de mañana, nos sostienen y nos acompañan.

Luego vino el momento de la imposición de las manos… y, por último, cuando el Cardenal Faulhaber nos dijo:  “Iam non dico vos servos, sed amicos”, “Ya no os llamo siervos, sino amigos”, experimenté la ordenación sacerdotal como inserción en la comunidad de los amigos de Jesús, llamados a estar con él y a anunciar su mensaje. Luego, el recuerdo de que yo mismo aquí ordené a sacerdotes y diáconos, que ahora trabajan al servicio del Evangelio y durante muchos años —ya son decenios— han transmitido el mensaje y lo siguen haciendo.

Y pienso naturalmente en las procesiones deSan Corbiniano. Entonces existía la costumbre de abrir el relicario. Y dado que el obispo tenía su sede detrás de la urna, yo podía mirar directamente el cráneo de San Corbiniano y así me veía en la procesión de los siglos que recorre el itinerario de la fe:  podía ver que, en la procesión de los tiempos, también nosotros podemos caminar haciendo que avance hacia el futuro, algo que resultaba claro cuando el cortejo pasaba por el claustro cercano, donde se hallaban reunidos muchos niños, a los que yo bendecía haciéndoles en la frente la señal de la cruz.

En este momento volvemos a hacer esa experiencia:  estamos en procesión, en la peregrinación del Evangelio; juntos podemos ser peregrinos y guías de esta peregrinación y, siguiendo a los que han seguido a Cristo, juntamente con ellos lo seguimos a él y así entramos en la luz.

Pasando ya propiamente a la homilía, quisiera tratar sólo dos puntos.

1. El primero está tomado del evangelio que se acaba de proclamar, un pasaje que todos ya hemos escuchado, interpretado y meditado en nuestro corazón muchas veces. “La mies es mucha”, dice el Señor. Y cuando dice “es mucha” no se refiere sólo a aquel momento y a aquellos caminos de Palestina por los que peregrinaba durante su vida terrena; sus palabras valen también para nuestro tiempo. Eso significa:  en el corazón de los hombres crece una mies. Eso significa, una vez más:  en lo más profundo de su ser esperan a Dios; esperan una orientación que sea luz, que indique el camino. Esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre también las otras palabras:  “Los obreros son pocos”.

“Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros”. Eso significa:  la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan:  “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”.

“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también:  no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole:  “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su “sí”. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte.

En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan:  la luz de Dios y el amor de Dios.

2. El segundo punto que quisiera tratar es una cuestión práctica. El número de sacerdotes ha disminuido, aunque en este momento podemos constatar que todavía nos mantenemos, que también hoy hay sacerdotes jóvenes y ancianos, y que hay jóvenes que se encaminan hacia el sacerdocio. Pero las tareas resultan cada vez más pesadas:  llevar dos, tres o cuatro parroquias a la vez —y esto con todas las nuevas obligaciones que se han añadido— es algo que puede resultar desalentador. Con frecuencia me plantean la pregunta —y cada sacerdote se la suele plantear a sí mismo y a sus hermanos en el sacerdocio—:  ¿Cómo podemos hacerlo? ¿No se trata de una profesión que nos consume, en la que al final no podemos sentir alegría, pues vemos que, por más que hagamos, no es suficiente? Todo esto nos agobia.

¿Qué se puede responder? Naturalmente no puedo dar recetas infalibles; pero quisiera ofrecer algunas indicaciones fundamentales. La primera la tomo de la carta a los Filipenses (cf. Flp 2, 5-8), donde San Pablo dice a todos —y naturalmente de modo especial a los que trabajan en el campo de Dios— que debemos “tener en nosotros los sentimientos de Jesucristo”. Tenía tales sentimientos ante el destino del hombre que, por decirlo así, no soportó ya su existencia en la gloria, sino que se vio impulsado a descender y asumir algo increíble:  toda la miseria de la vida humana hasta la hora del sufrimiento en la cruz. Este es el sentimiento de Jesucristo:  sentirse impulsado a llevar a los hombres la luz del Padre, a ayudarlos para que con ellos y en ellos se forme el reino de Dios.

Y el sentimiento de Jesucristo consiste a la vez en que permanece profundamente arraigado en la comunión con el Padre, inmerso en ella. Lo vemos, por decirlo así, desde fuera en el hecho que los evangelistas nos refieren:  con frecuencia se retira al monte, él solo, a orar. Su actividad nace de su inmersión en el Padre. Precisamente por esta inmersión en el Padre se siente impulsado a salir a recorrer todas las aldeas y las ciudades para anunciar el reino de Dios, es decir, su presencia, su “estar” en medio de nosotros; para que el Reino se haga presente en nosotros y, por medio de nosotros, transforme el mundo; para que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo; para que el cielo llegue a la tierra.

Estos dos aspectos forman parte de los sentimientos de Jesucristo. Por una parte, conocer a Dios desde dentro, conocer a Cristo desde dentro, estar con él; sólo si realizamos esto descubriremos de verdad el “tesoro”. Por otra, también debemos ir a los hombres. No podemos guardar el “tesoro” para nosotros mismos; debemos transmitirlo.

Quisiera traducir esta indicación fundamental, con sus dos aspectos, a nuestra realidad concreta:  necesitamos a la vez celo y humildad, es decir, reconocer nuestros límites. Por una parte, celo:  si realmente nos encontramos continuamente con Cristo, no podemos guardarlo para nosotros mismos. Nos sentiremos impulsados a ir a los pobres, a los ancianos, a los débiles, a los niños, a los jóvenes, a las personas que están en la plenitud de su vida; nos sentiremos impulsados a ser “heraldos”, apóstoles de Cristo.

Pero para que este celo no quede estéril y no nos desgaste, debe ir acompañado de la humildad, de la moderación, de la aceptación de nuestros límites. Yo veo que no soy capaz de hacer todo lo que habría que hacer. Lo que vale para los párrocos —al menos así me lo imagino—, vale también para el Papa, aunque en diferente medida. El Papa debería hacer muchísimas cosas. Y realmente mis fuerzas no bastan. Así debo aprender a hacer lo que me sea posible y dejar el resto a Dios —y a mis colaboradores—, diciéndole:  “En definitiva, tú eres quien debes hacerlo, pues la Iglesia es tuya. Y tú me das sólo las fuerzas que tengo. Te las entrego a ti, pues provienen de ti; lo demás, precisamente, te lo dejo a ti”.

Creo que la humildad de aceptar esto —“hasta aquí llegan mis fuerzas; el resto te lo dejo a ti, Señor”— es decisiva. Pero también hay que tener confianza:  él me dará también colaboradores que me ayuden y hagan lo que yo no logro hacer.

Más aún, este conjunto de celo y de humildad, “traducido” a un tercer nivel, significa también el conjunto de servicio en todas sus dimensiones y de interioridad. Sólo podemos servir a los demás, sólo podemos dar, si personalmente también recibimos, si nosotros mismos no quedamos vacíos. Por eso la Iglesia nos propone espacios abiertos que, por una parte, son espacios para “respirar de nuevo”; y, por otra, son centro y fuente del servicio.

Ante todo está la celebración diaria de la Santa Misa. No la celebremos con rutina, como algo que de todos modos “debemos hacer”; celebrémosla “desde dentro”. Sumerjámonos en las palabras, en las acciones, en el acontecimiento que allí se realiza. Si celebramos la misa orando; si, al decir “Esto es mi cuerpo”, brota realmente la comunión con Jesucristo que nos impuso las manos y nos autorizó a hablar con su mismo “yo”; si realizamos la Eucaristía con íntima participación en la fe y en la oración, entonces no se reducirá a un deber exterior, entonces el ars celebrandi vendrá por sí mismo, pues consiste precisamente en celebrar partiendo del Señor y en comunión con él, y por tanto como es preciso también para los hombres. Entonces nosotros mismos recibimos como fruto un gran enriquecimiento y, a la vez, transmitimos a los hombres más de lo que tenemos, es decir, la presencia del Señor.

El otro espacio abierto que la Iglesia, por decirlo así, nos impone —también nos libera al dárnoslo— es la Liturgia de las Horas. Tratemos de rezarla como auténtica oración, como oración en comunión con el Israel de la Antigua y de la Nueva Alianza, como oración en comunión con los orantes de todos los siglos, como oración en comunión con Jesucristo, como oración que brota de lo más profundo de nuestro ser, del contenido más profundo de estas plegarias.

Al orar así, involucramos en esta oración también a los demás hombres, que no tienen tiempo o fuerzas o capacidad para hacer esta oración. Nosotros mismos, como personas orantes, oramos en representación de los demás, realizando así un ministerio pastoral de primer grado. Esto no significa retirarse a realizar una actividad privada, se trata de una prioridad pastoral, una actividad pastoral, en la que nosotros mismos nos hacemos nuevamente sacerdotes, en la que somos colmados nuevamente de Cristo, mediante la cual incluimos a los demás en la comunión de la Iglesia orante y, al mismo tiempo, dejamos que brote la fuerza de la oración, la presencia de Jesucristo, en este mundo.

El lema de estos días ha sido:  “El que cree nunca está solo”. Estas palabras son válidas y deben ser válidas precisamente también para los sacerdotes, para cada uno de nosotros. Y son válidas de nuevo en dos aspectos:  el que es sacerdote nunca está solo, porque Jesucristo siempre está con él. Cristo está con nosotros; y nosotros también estamos con él.

Pero deben valer también en el otro sentido:  el que se hace sacerdote es insertado en un presbiterio, en una comunidad de sacerdotes con el obispo. Es sacerdote estando en comunión con sus hermanos en el sacerdocio. Esforcémonos por lograr que esto no se quede sólo como un precepto teológico o jurídico, sino que se convierta en experiencia concreta para cada uno de nosotros.

Donémonos mutuamente esta comunión; donémosla especialmente a los que sepamos que sufren soledad, a los que se ven agobiados por dificultades y problemas, tal vez por dudas e incertidumbres. Si nos donamos mutuamente esta comunión, estando en comunión con los otros experimentaremos mucho más y de modo más gozoso también la comunión con Jesucristo. Amén.

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Aeropuerto internacional de Munich
Jueves 14 de septiembre de 2006

Señor ministro presidente;
ilustres miembros del Gobierno;
señores cardenales y venerados hermanos en el episcopado;
ilustres señores; amables señoras: 

En el momento de dejar Baviera para volver a Roma, deseo dirigiros a vosotros, aquí presentes, y a través de vosotros a todos los ciudadanos de mi patria, un cordial saludo y a la vez una palabra de agradecimiento que brota verdaderamente de lo más profundo del corazón. Llevo grabadas indeleblemente en el alma las emociones suscitadas en mí por el entusiasmo y la intensa religiosidad de vastas multitudes de fieles, que se han reunido devotamente para escuchar la palabra de Dios y para orar, y que me han saludado por las calles y en las plazas.

He podido darme cuenta de cuántas personas, en Baviera, también hoy se esfuerzan por caminar por las sendas de Dios en comunión con sus pastores, comprometiéndose a dar testimonio de su fe en el actual mundo secularizado y a hacerla presente en él como fuerza transformadora. Gracias al incansable empeño de los organizadores, todo se ha desarrollado con orden y tranquilidad, en comunión y con alegría. Por tanto, en esta despedida, quiero ante todo expresar mi gratitud a todos los que han colaborado para lograr este resultado. Sólo deseo decir de todo corazón:  “Que Dios os lo pague”.

Naturalmente, mi pensamiento va ante todo a usted, señor ministro presidente, al que agradezco las palabras que me ha dirigido, con las que ha dado un gran testimonio en favor de nuestra fe cristiana como fuerza transformadora de nuestra vida pública. ¡Gracias de corazón por esto!

Doy las gracias a las demás personalidades civiles y eclesiásticas aquí reunidas, en particular a las que han contribuido al pleno éxito de esta visita, durante la cual me he podido encontrar por doquier con personas de esta tierra que me testimoniaban su afecto gozoso y a las que también mi corazón permanece siempre profundamente unido. Han sido días intensos, y en el recuerdo he podido revivir muchos acontecimientos del pasado que han marcado mi existencia. En todas partes he recibido una acogida afectuosa y llena de atenciones, más aún, ha sido una acogida caracterizada por la mayor cordialidad. Esto me ha conmovido. Puedo imaginar en cierto modo las dificultades, las preocupaciones, los esfuerzos que la organización de mi visita a Baviera ha implicado:  han colaborado muchas personas pertenecientes a los organismos eclesiales y a las estructuras públicas, tanto de la región como del Estado y, sobre todo, también un gran número de voluntarios. A todos digo, desde lo más hondo del corazón:  “Dios os lo pague” y lo acompaño con la seguridad de mi oración por todos vosotros.

He venido a Alemania, a Baviera, para volver a proponer a mis conciudadanos las verdades eternas del Evangelio como verdades y fuerzas actuales, y para confirmar a los creyentes en la adhesión a Cristo, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación. En la fe, estoy convencido de que en él, en su palabra, se encuentra el camino no sólo para alcanzar la felicidad eterna, sino también para construir un futuro digno del hombre ya en esta tierra.

La Iglesia, animada por esta conciencia, bajo la guía del Espíritu, ha encontrado siempre en la palabra de Dios las respuestas a los desafíos que han ido surgiendo a lo largo de la historia. Esto ha tratado de hacer, en particular, también con respecto a los problemas que se manifestaron en el contexto de la así llamada “cuestión obrera”, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Lo subrayo en esta circunstancia, porque precisamente hoy, 14 de septiembre, se celebra el 25° aniversario de la publicación de la encíclica Laborem exercens, con la que el gran Papa Juan Pablo II indicó que el trabajo es “una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra” (n. 4) y recordó a todos que “el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo” (n. 6). Por tanto, el trabajo —aseguró— es “un bien del hombre”, porque con él “el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a sus propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido se hace más hombre” (n. 9).

Sobre la base de esta intuición de fondo, el Papa indicó en la encíclica algunas orientaciones que siguen siendo actuales. A ese texto, que tiene valor profético, quisiera remitir también a los ciudadanos de mi patria, con la certeza de que de  su aplicación concreta podrán derivarse grandes beneficios también para la actual situación social en Alemania.

Y ahora, al despedirme de mi amada patria, encomiendo el presente y el futuro de Baviera y de Alemania a la intercesión de todos los santos que han vivido en territorio alemán sirviendo fielmente a Cristo y experimentando en su existencia la verdad de las palabras que han acompañado como lema las distintas fases de mi visita:  “El que cree nunca está solo”. Seguramente también hizo esta experiencia el autor de nuestro himno bávaro. Con sus palabras, con las palabras de nuestro himno, que son también una oración, me complace dejar una vez más un deseo a mi patria:  “Dios esté contigo, país de los bávaros, tierra alemana, patria. Sobre tus vastos territorios se derrame su bendición. ¡Que él proteja tus campos y los edificios de tus ciudades, y que te conserve los colores de su cielo blanco y azul!”.

A todos un cordial “Que Dios os bendiga” y “hasta la vista”, si Dios quiere.

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Publicado el 9 septiembre, 2014 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

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