8-9/07/2006 – VIAJE APOSTÓLICO A VALENCIA (ESPAÑA) CON MOTIVO DEL V ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

A VALENCIA (ESPAÑA) CON MOTIVO DEL

V ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE EN LA CEREMONIA DE BIENVENIDA

Aeropuerto de Manises

Sábado 8 de Julio de 2006

EFE

EFE

Majestades;
señor presidente del Gobierno y distinguidas autoridades;
señores cardenales y hermanos en el episcopado;
queridos hermanos y hermanas:

1. Con gran emoción llego hoy a Valencia, a la noble y siempre querida España, que tan gratos recuerdos me ha dejado en mis precedentes visitas para participar en congresos y reuniones.

EFE

EFE

2. Saludo cordialmente a todos, a los que están aquí presentes y a cuantos siguen este acto por los medios de comunicación.

Agradezco a su majestad elrey don Juan Carlos su presencia aquí, junto con la reina y, especialmente, las palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre del pueblo español.

Expreso también mi deferente reconocimiento al señor presidente del Gobierno y a las demás autoridades nacionales, autonómicas y municipales, manifestándoles mi gratitud por la colaboración prestada para la mejor realización de este V Encuentro mundial.

Saludo con afecto a monseñor Agustín García-Gasco, arzobispo de Valencia, y a sus obispos auxiliares, así como a toda la archidiócesis levantina que me ofrece una calurosa acogida en el marco de este Encuentro mundial, y que estos días acompaña en el dolor a las familias que lloran por sus seres queridos, víctimas de un trágico episodio, y que se siente cercana también a los heridos.

Mis afectuosos saludos se dirigen también al presidente del Consejo pontificio para la familia, cardenal Alfonso López Trujillo, así como a los demás cardenales, al presidente y miembros de la Conferencia episcopal española, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos lo fieles laicos.

3. El motivo de esta esperada visita es participar en el V Encuentro mundial de las familias, cuyo tema es “La transmisión de la fe en la familia”. Mi deseo es proponer el papel central, para la Iglesia y la sociedad, que tiene la familia fundada en el matrimonio. Esta es una institución insustituible según los planes de Dios, y cuyo valor fundamental la Iglesia no puede dejar de anunciar y promover, para que sea vivido siempre con sentido de responsabilidad y alegría.

4. Mi venerado predecesor y gran amigo de España, el querido Juan Pablo II, convocó este Encuentro. Movido por la misma solicitud pastoral, mañana tendré la dicha de clausurarlo con la celebración de la santa misa en la Ciudad de las artes y las ciencias.

Muy unido a todos los participantes, imploraré del Señor, por intercesión de nuestra Madre Santísima y del Apóstol Santiago, abundantes gracias para las familias de España y de todo el mundo.

¡Que el Señor bendiga copiosamente a todos vosotros y a vuestras queridas familias!

MENSAJE DEL SANTO PADRE A LOS OBISPOS ESPAÑOLES

Basílica de la Virgen de los Desamparados

Sábado 8 de julio de 2006

Queridos hermanos en el episcopado: 

Con gozo en el corazón, doy gracias al Señor por haber podido venir a España como Papa, para participar en el Encuentro mundial de las familias en Valencia. Os saludo con afecto, hermanos obispos de este querido país, y os agradezco vuestra presencia y los muchos esfuerzos que habéis realizado en su preparación y celebración. Aprecio particularmente el gran trabajo llevado a cabo por el señor arzobispo de Valencia y sus obispos auxiliares para que este acontecimiento tan significativo para toda la Iglesia obtenga los frutos deseados, contribuyendo a dar un nuevo impulso a la familia como santuario del amor, de la vida y de la fe.

En realidad, la solicitud de todos vosotros ha hecho posible que se haya creado ya un ambiente de familia entre los mismos colaboradores y participantes de las diversas partes de España. Es un aspecto prometedor ante los deseos que habéis expresado en vuestro mensaje colectivo sobre este Encuentro mundial, y también una invitación a recibir los frutos del mismo para proseguir una incesante e incisiva pastoral familiar en vuestras diócesis, que haga entrar en cada hogar el mensaje evangélico, que fortalece y da nuevas dimensiones al amor, ayudando así a superar las dificultades que encuentra en su camino.

Sabéis que sigo de cerca y con mucho interés los acontecimientos de la Iglesia en vuestro país, de profunda raigambre cristiana y que tanto ha aportado y está llamada a aportar al testimonio de la fe y a su difusión en otras muchas partes del mundo. Mantened vivo y vigoroso este espíritu, que ha acompañado la vida de los españoles en su historia, para que siga nutriendo y dando vitalidad al alma de vuestro pueblo.

Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad. Por el contrario, dirigir la mirada al Dios vivo, garante de nuestra libertad y de la verdad, es una premisa para llegar a una humanidad nueva. El mundo necesita hoy de modo particular que se anuncie y se dé testimonio de Dios que es amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar (cf. Deus caritas est, 39).

En momentos o situaciones difíciles, recordad aquellas palabras de la carta a los Hebreos:  “Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe:  Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia (…), y no os canséis ni perdáis el ánimo” (Hb 12, 1-3). Proclamad que Jesús es “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16), “el que tiene palabras de vida eterna” (cf. Jn 6, 68), y no os canséis de dar razón de vuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).

Movidos por vuestra solicitud pastoral y el espíritu de plena comunión en el anuncio del Evangelio, habéis orientado la conciencia cristiana de vuestros fieles sobre diversos aspectos de la realidad ante la cual se encuentran y que en ocasiones perturban la vida eclesial y la fe de los sencillos. Así mismo, habéis puesto la Eucaristía como tema central de vuestro Plan de pastoral, con el fin de “revitalizar la vida cristiana desde su mismo corazón, pues adentrándonos en el misterio eucarístico entramos en el corazón de Dios” (n. 5). Ciertamente, en la Eucaristía se realiza “el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo” (Homilía en Marienfeld, Colonia, 21 de agosto de 2005).

Hermanos en el episcopado, os exhorto encarecidamente a mantener y acrecentar vuestra comunión fraterna, testimonio y ejemplo de la comunión eclesial que ha de reinar en todo el pueblo fiel que se os ha confiado. Ruego por vosotros, ruego por España. Os pido que oréis por mí y por toda la Iglesia. Invoco a la santísima Virgen María, tan venerada en vuestras tierras, para que os ampare y acompañe en vuestro ministerio pastoral, a la vez que os imparto con gran afecto la bendición apostólica.

Valencia, 8 de julio de 2006

BENEDICTUS PP. XVI

ORACIÓN DEL SANTO PADRE POR LAS VÍCTIMAS DEL METRO

Basílica de la Virgen de los Desamparados

Sábado 8 de julio de 2006

Ante la Virgen de los Desamparados, le pedimos que sea consuelo para todas las familias que han sufrido las consecuencias del accidente, que ha sumido en el dolor y el luto a sus hijos en esta ciudad.

Con el corazón puesto en la misericordia divina, recemos todos juntos un Padrenuestro en sufragio de quienes están ahora en la presencia de Dios.

Todos:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Dales, Señor el descanso eterno,
y brille para ellos la luz perpetua.
Descansen en paz. Amén.

ÁNGELUS

Plaza de la Virgen

Sábado 8 de julio de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

Al llegar a Valencia, he querido ante todo visitar el lugar que representa el centro de esta antiquísima y floreciente Iglesia particular que me recibe:  su bella catedral, donde he orado ante el Santísimo Sacramento y me he detenido ante la renombrada reliquia del santo Cáliz. Allí he saludado a los obispos, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, que según su propio ministerio y carisma se esfuerzan por mantener viva la luz de la fe.

Después, ante la Virgen de los Desamparados, que los valencianos veneran con gran fervor y profunda devoción, le he implorado que sostenga su fe y llene de esperanza a todos sus hijos. Allí, acompañando a las familias de las víctimas del Metro, he rezado también con ellas un padrenuestro por el eterno descanso de sus seres queridos.

Ahora deseo saludaros con afecto, queridos seminaristas, acompañados de vuestros familiares, que viven con gozo la dicha de vuestra vocación. El amor, entrega y fidelidad de los padres, así como la concordia en la familia, es el ambiente propicio para que se escuche la llamada divina y se acoja el don de la vocación. Vivid intensamente los años de preparación en el seminario, con la ayuda y el discernimiento de los formadores, y con la docilidad y confianza total de los Apóstoles, que siguieron a Jesús prontamente. Aprended de la Virgen María cómo se acoge sin reservas esta llamada, con alegría y generosidad. Esto lo recordamos y lo pedimos precisamente en la bella oración del Ángelus que a continuación rezaremos todos juntos, rogando también “al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38).

Y ahora, con amor filial y en valenciano, me dirijo a la Virgen, vuestra Patrona. «Davant de la Cheperudeta vullc dirli:  “Ampareumos nit i dia en totes les necessitats, puix que sou, Verge María, Mare dels Desamparats”».

«Ante la Cheperudeta quiero decirle:  “Ampáranos noche y día en todas las necesidades, ya que sois, Virgen María, Madre de los Desamparados”».

ENCUENTRO FESTIVO Y TESTIMONIAL DISCURSO DEL SANTO PADRE

Ciudad de las Artes y las Ciencias

Sábado 8 de julio de 2006

Amados hermanos y hermanas: 

Siento un gran gozo al participar en este encuentro de oración, en el cual se quiere celebrar con gran alegría el don divino de la familia. Me siento muy cercano con la oración a todos los que han vivido recientemente el luto en esta ciudad, y con la esperanza en Cristo resucitado, que da aliento y luz aun en los momentos de mayor desgracia humana.

Unidos por la misma fe en Cristo, nos hemos congregado aquí, desde tantas partes del mundo, como una comunidad que agradece y da testimonio con júbilo de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para amar y que sólo se realiza plenamente a sí mismo cuando hace entrega sincera de sí a los demás. La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana. Así lo enseña en su Magisterio:  “Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, “de manera que ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6)” (Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, 337).

Esta es la verdad que la Iglesia proclama sin cesar al mundo. Mi querido predecesor Juan Pablo II, decía que “el hombre se ha convertido en “imagen y semejanza” de Dios, no sólo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el varón y la mujer forman desde el principio. Se convierten en imagen de Dios, no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión” (Catequesis, 14 de noviembre de 1979). Por eso he confirmado la convocatoria de este V Encuentro mundial de las familias en España, y concretamente en Valencia, rica en sus tradiciones y orgullosa de la fe cristiana que se vive y cultiva en tantas familias.

La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad, y nada la puede suplir totalmente. Ella misma se apoya sobre todo en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y comprensión mutua. Para ello recibe la abundante ayuda de Dios en el sacramento del matrimonio, que comporta verdadera vocación a la santidad. Ojalá que los hijos contemplen más los momentos de armonía y afecto de los padres, que no los de discordia o distanciamiento, pues el amor entre el padre y la madre ofrece a los hijos una gran seguridad y les enseña la belleza del amor fiel y duradero.

La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. Es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida, es una gran responsabilidad de todos.

El padre y la madre se han dicho un “sí” total ante Dios, lo cual constituye la base del sacramento que les une; asimismo, para que la relación interna de la familia sea completa, es necesario que digan también un “sí” de aceptación a sus hijos, a los que han engendrado o adoptado y que tienen su propia personalidad y carácter. Así, estos irán creciendo en un clima de aceptación y amor, y es de desear que al alcanzar una madurez  suficiente quieran dar a su vez un “sí” a  quienes  les han dado la vida.

Los desafíos de la sociedad actual, marcada por la dispersión que se genera sobre todo en el ámbito urbano, hacen necesario garantizar que las familias no estén solas. Un pequeño núcleo familiar puede encontrar obstáculos difíciles de superar si se encuentra aislado del resto de sus parientes y amistades. Por ello, la comunidad eclesial tiene la responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo y alimento espiritual que fortalezca la cohesión familiar, sobre todo en las pruebas o momentos críticos. En este sentido, es muy importante la labor de las parroquias, así como de las diversas asociaciones eclesiales, llamadas a colaborar como redes de apoyo y mano cercana de la Iglesia para el crecimiento de la familia en la fe.

Cristo ha revelado cuál es siempre la fuente suprema de la vida para todos y, por tanto, también para la familia:  “Este es mi mandamiento:  que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15, 12-13). El amor de Dios mismo se ha derramado sobre nosotros en el bautismo. De ahí que las familias están llamadas a vivir esa calidad de amor, pues el Señor es quien se hace garante de que eso sea posible para nosotros a través del amor humano, sensible, afectuoso y misericordioso como el de Cristo.

Junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante algún tiempo son tutores. Si estos ven que sus padres —y en general los adultos que les rodean— viven la vida con alegría y entusiasmo, incluso a pesar de las dificultades, crecerá en ellos más fácilmente ese gozo profundo de vivir que les ayudará a superar con acierto los posibles obstáculos y contrariedades que conlleva la vida humana. Además, cuando la familia no se cierra en sí misma, los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre todos los seres humanos.

Este V Encuentro mundial nos invita a reflexionar sobre un tema de particular importancia y que comporta una gran responsabilidad para nosotros:  “La transmisión de la fe en la familia”. Lo expresa muy bien el Catecismo de la Iglesia Católica “Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de fe” (n. 171).

Como se simboliza en la liturgia del bautismo, con la entrega del cirio encendido, los padres son asociados al misterio de la nueva vida como hijos de Dios, que se recibe con las aguas bautismales. Transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente. “La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos” (Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, 350). Y además:  “Los padres, partícipes de la paternidad divina, son los primeros responsables de la educación de sus hijos y los primeros anunciadores de la fe. Tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como personas y como hijos de Dios… En especial, tienen la misión de educarlos en la fe cristiana” (ib., 460).

El lenguaje de la fe se aprende en los hogares donde esta fe crece y se fortalece a través de la oración y de la práctica cristiana. En la lectura del Deuteronomio hemos escuchado la oración repetida constantemente por el pueblo elegido, la Shema Israel, y que Jesús escucharía y repetiría en su hogar de Nazaret. Él mismo la recordaría durante su vida pública, como nos refiere el evangelio de Marcos (cf. Mc 12, 29). Esta es la fe de la Iglesia que viene del amor de Dios, por medio de vuestras familias. Vivir la integridad de esta fe, en su maravillosa novedad, es un gran regalo. Pero en los momentos en que parece que se oculta el rostro de Dios, creer es difícil y cuesta un gran esfuerzo.

Este encuentro da nuevo aliento para seguir anunciando el Evangelio de la familia, reafirmar su vigencia e identidad basada en el matrimonio abierto al don generoso de la vida, y donde se acompaña a los hijos en su crecimiento corporal y espiritual. De este modo se contrarresta un hedonismo muy difundido, que banaliza las relaciones humanas y las vacía de su genuino valor y belleza. Promover los valores del matrimonio no impide gustar plenamente la felicidad que el hombre y la mujer encuentran en su amor mutuo. La fe y la ética cristiana, pues, no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo más sano, fuerte y realmente libre. Para ello, el amor humano necesita ser purificado y madurar para ser plenamente humano y principio de una alegría verdadera y duradera (cf. Discurso en san Juan de Letrán, 5 de junio de 2006).

Invito, pues, a los gobernantes y legisladores a reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran al hombre, a la familia, centro neurálgico de la sociedad, como recuerda la Santa Sede en la Carta de los derechos de la familia. El objeto de las leyes es el bien integral del hombre, la respuesta a sus necesidades y aspiraciones. Esto es una ayuda notable a la sociedad, de la cual no se puede privar y para los pueblos es una salvaguarda y una purificación. Además, la familia es una escuela de humanización del hombre, para que crezca hasta hacerse verdaderamente hombre. En este sentido, la experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a tener conciencia de su dignidad de hijos.

La criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas. Yo soy abuelo del mundo, hemos escuchado.

Deseo referirme ahora a los abuelos, tan importantes en las familias. Ellos pueden ser —y son tantas veces— los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojalá que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercanía de la muerte.

Quiero ahora recitar una parte de la oración que habéis rezado pidiendo por el buen fruto de este Encuentro mundial de las familias:

Oh, Dios, que en la Sagrada Familia
nos dejaste un modelo perfecto
de vida familiar vivida en la fe
y la obediencia a tu voluntad.
Ayúdanos a ser ejemplo de fe y amor
a tus mandamientos.

Socórrenos en nuestra misión
de transmitir la fe a nuestros hijos.
Abre su corazón para que
crezca en ellos la semilla de la fe
que recibieron en el bautismo.
Fortalece la fe de nuestros jóvenes,
para que crezcan en el conocimiento
de Jesús.

Aumenta el amor y la fidelidad
en todos los matrimonios,
especialmente aquellos que pasan por
momentos de sufrimiento o dificultad.
(…)
Unidos a José y María,
te lo pedimos por Jesucristo tu Hijo,
nuestro Señor. Amén.

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Ciudad de las Artes y las Ciencias

Domingo 9 de julio de 2006

Queridos hermanos y hermanas: 

En esta Santa Misa que tengo la inmensa alegría de presidir, concelebrando con numerosos hermanos en el episcopado y con un gran número de sacerdotes, doy gracias al Señor por todas las amadas familias que os habéis congregado aquí formando una multitud jubilosa, y también por tantas otras que, desde lejanas tierras, seguís esta celebración a través de la radio y la televisión. A todos deseo saludaros y expresaros mi gran afecto con un abrazo de paz.

Los testimonios de Ester y Pablo, que hemos escuchado antes en las lecturas, muestran cómo la familia está llamada a colaborar en la transmisión de la fe. Ester confiesa:  “Mi padre me ha contado que tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones” (Est 14, 5). Pablo sigue la tradición de sus antepasados judíos dando culto a Dios con conciencia pura. Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda “esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú” (2 Tm 1, 5). En estos testimonios bíblicos la familia comprende no sólo a padres e hijos, sino también a los abuelos y antepasados. La familia se nos muestra así como una comunidad de generaciones y garante de un patrimonio de tradiciones.

Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección en relación y comunión amorosa con los demás. La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.

Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos:  educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar.

En el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún:  toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

A Ester su padre le había transmitido, con la memoria de sus antepasados y de su pueblo, la de un Dios del que todos proceden y al que todos están llamados a responder. La memoria de Dios Padre que ha elegido a su pueblo y que actúa en la historia para nuestra salvación. La memoria de este Padre ilumina la identidad más profunda de los hombres:  de dónde venimos, quiénes somos y cuán grande es nuestra dignidad. Venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su imagen y nos ha llamado a ser sus hijos. Por eso, en el origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad, sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él conocía de quién venía y de quién venimos todos:  del amor de su Padre y Padre nuestro.

La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embargo los padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de Dios y la buena nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la mayor claridad y autenticidad.

Con el pasar de los años, este don de Dios que los padres han contribuido a poner ante los ojos de los pequeños necesitará también ser cultivado con sabiduría y dulzura, haciendo crecer en ellos la capacidad de discernimiento. De este modo, con el testimonio constante del amor conyugal de los padres, vivido e impregnado de la fe, y con el acompañamiento entrañable de la comunidad cristiana, se favorecerá que los hijos hagan suyo el don mismo de la fe, descubran con ella el sentido profundo de la propia existencia y se sientan gozosos y agradecidos por ello.

La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos (cf. Familiaris consortio, 60); cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre.

En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social.

La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad. “Nosotros hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personalmente la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la verdad y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también a sus criaturas. Ésta es la libertad verdadera, a la que el Espíritu Santo quiere llevarnos” (Homilía en la vigilia de Pentecostés, 3 de junio de 2006:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 9 de junio de 2006, p. 6).

Jesucristo es el hombre perfecto, ejemplo de libertad filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo amor:  “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). A este respecto enseña el concilio Vaticano II que “los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida, y educar en la enseñanza cristiana y en los valores evangélicos a sus hijos, recibidos amorosamente de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un amor incansable y generoso, construyen la fraternidad de amor y son testigos y colaboradores de la fecundidad de la Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella” (Lumen gentium, 41).

La alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es como un signo y prolongación sacramental del amor benevolente de Dios del que procedemos. La experiencia de ser acogidos y amados por Dios y por nuestros padres es la base firme que favorece siempre el crecimiento y desarrollo auténtico del hombre, que tanto nos ayuda a madurar en el camino hacia la verdad y el amor, y a salir de nosotros mismos para entrar en comunión con los demás y con Dios.

Para avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una  mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

En este sentido, quiero destacar la importancia y el papel positivo que a favor del matrimonio y de la familia realizan las distintas asociaciones familiares eclesiales. Por eso, “deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia” (Familiaris consortio, 86), para que uniendo sus fuerzas y con una legítima pluralidad de iniciativas contribuyan a la promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad actual.

Volvamos por un momento a la primera lectura de esta misa, tomada del libro de Ester. La Iglesia orante ha visto en esta humilde reina, que intercede con todo su ser por su pueblo que sufre, una prefiguración de María, que su Hijo nos ha dado a todos nosotros como Madre; una prefiguración de la Madre, que protege con su amor a la familia de Dios que peregrina en este mundo. María es la imagen ejemplar de todas las madres, de su gran misión como guardianas de la vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de amar.

La familia cristiana —padre, madre e hijos— está llamada, pues, a cumplir los objetivos señalados no como algo impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si estos permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, él no dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro. Este es el mensaje de esperanza que desde Valencia quiero lanzar a todas las familias del mundo. Amén.

ÁNGELUS

Ciudad de las Artes y las Ciencias

Domingo 9 de julio de 2006

Antes de terminar esta celebración nos dirigimos a la Virgen María, como tantas familias la invocan en la intimidad de su casa, para que las asista con su solicitud materna. Con la intercesión de María, abrid vuestros hogares y vuestros corazones a Cristo para que él sea vuestra fuerza y vuestro gozo, y os ayude a vivir unidos y a proclamar al mundo la fuerza invencible del verdadero amor.

En este momento quiero dar gracias a todos los que han hecho posible el buen desarrollo de este Encuentro. Ante todo expreso mi profundo reconocimiento al cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo pontificio para la familia, y a monseñor Agustín García-Gasco, arzobispo de Valencia, que han llevado a cabo este gran Encuentro mundial de las familias. De modo particular deseo reconocer el trabajo sacrificado y eficaz de los numerosos voluntarios de tantas nacionalidades por su abnegada colaboración en todos los actos. Un agradecimiento especial lo dedico a las numerosas personas y comunidades religiosas, sobre todo de clausura, que con su oración perseverante han acompañado todas las celebraciones.

Ahora tengo el gozo de anunciar que el próximo Encuentro mundial de las familias se celebrará el año 2009 en la ciudad de México. A la amada Iglesia que peregrina en la noble nación mexicana y en la persona del señor cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo de aquella ciudad, expreso ya desde ahora mi gratitud por su disponibilidad.

Después del Ángelus

Queridas familias de lengua francesa, os saludo con alegría y os anuncio que el próximo Encuentro mundial de las familias tendrá lugar el año 2009 en la ciudad de México. Os invito a arraigar vuestra vida y vuestro amor conyugal en el sacramento recibido el día de vuestro matrimonio, que os convierte en imágenes y testigos del amor de Dios. Es un amor que debe llegar siempre al perdón entre los esposos; es el camino que abre un futuro a las relaciones conyugales y familiares. Así seréis testigos del amor verdadero con vuestros hijos, dándoles confianza en sí mismos, haciendo que descubran a Cristo, que les quiere ayudar a construir su personalidad íntegra y encomendarles la responsabilidad de su existencia. Anunciad a las personas de vuestro entorno que, como Cristo nos mostró, no hay amor mayor que dar y darse a Dios y a sus hermanos.

Saludo a todos los participantes de lengua inglesa que han venido de diversas partes del mundo. Espero que las experiencias que estáis realizando aquí fortalezcan vuestro compromiso de promover la integridad de la vida familiar. Que Dios os bendiga abundantemente a vosotros y a todos los que representáis, y por la intercesión de María, Madre de la Iglesia, os llene de la sabiduría de su Hijo a vosotros y a vuestras familias.

Saludo cordialmente a los peregrinos, y en particular a las familias, de los países de lengua alemana. Como comunicad de vida y de amor, basada en Dios, la familia sigue siendo el lugar privilegiado de la transmisión de la fe. Acompañemos a las familias con nuestra oración. No nos cansemos en nuestro compromiso en favor de la promoción, siempre necesaria, del matrimonio y de la familia en el marco social actual. Queridos amigos, os invito ya desde ahora al próximo Encuentro mundial de las familias, que tendrá lugar en la ciudad de México el año 2009. El Señor conceda a las familias y a todos nosotros su bendición.

Dirijo un saludo cordial a las familias italianas. Queridos amigos, en todas las partes del mundo se aprecia mucho el fuerte vínculo familiar de los italianos y su arraigo en los valores. Deseo que este patrimonio espiritual, moral y social, constantemente renovado a la luz de la palabra de Dios y de las enseñanzas de la Iglesia, sea defendido también ante los desafíos de la época actual. Con este fin invoco la intercesión de los santos, y sobre todo de san José y de la Virgen María, a los que encomiendo también el camino hacia el próximo Encuentro mundial de las familias, que tendrá lugar en la ciudad de México el año 2009.

Saludo con gran afecto a las familias de lengua portuguesa aquí presentes o en comunión con nosotros, invocando sobre todas la solicitud materna de la Virgen María, para que en todos los hogares cristianos se mantenga viva la llama de la fe, del amor y de la concordia, como suprema y valiosa herencia cuyo don a los hijos debe transmitirse en vida de los padres. Queridas familias, que Dios os bendiga en vuestros compromisos para el bien de la humanidad y de la Iglesia. Dios mediante, el próximo Encuentro mundial se celebrará el año 2009 en la ciudad de México.

Saludo cordialmente a las familias polacas, a las que aquí en Valencia participan en el V Encuentro mundial de las familias y a las que lo siguen espiritualmente desde casa. Deseo que cada familia sea una comunidad de oración, de transmisión de la fe, y lugar de la formación en el espíritu. Que María, Reina de las familias, sostenga vuestros esfuerzos y os guía constantemente. Ya desde hoy os invito al próximo Encuentro mundial de las familias, que se celebrará, si Dios quiere, en México el año 2009. Dios os bendiga a todos.

Abrazo de corazón a todas las familias aquí presentes y a las que se han unido a esta celebración a través de la radio, la televisión u otros medios de comunicación social. Encomiendo a todas a la Sagrada Familia de Nazaret para que las proteja y, siguiendo su ejemplo callado, ayuden a los hijos a crecer en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y los hombres (cf. Lc 2, 52).

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Aeropuerto de Manises

Domingo 9 de julio de 2006

Majestades;
señor presidente del Gobierno y distinguidas autoridades;
señores cardenales y hermanos en el episcopado;
queridos hermanos y hermanas: 

1. Al concluir mi grata estancia en Valencia con motivo del V Encuentro mundial de las familias, agradezco vivamente a Sus Majestades los Reyes de España, a las autoridades de la nación, de la Generalitat, del Ayuntamiento y de la Diputación, así como al señor arzobispo y a todos vosotros, la amable hospitalidad que me habéis dispensado y las muestras de afecto en todos los momentos de mi visita a esta floreciente tierra levantina.

2. Confío en que, con la ayuda del Altísimo y la maternal protección de la Virgen María, este Encuentro siga resonando como un canto gozoso del amor, de la vida y de la fe compartida en las familias, ayudando al mundo de hoy a comprender que la alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer establecen un vínculo permanente, es un gran bien para toda la humanidad.

3. Gracias por vuestra presencia aquí. Habéis venido de todos los continentes del mundo, con no pocos sacrificios que habéis afrontado y ofrecido al Señor. Os llevo en mi corazón. Mis sentimientos se unen a mi oración para que el Todopoderoso os bendiga hoy y siempre.

 

 

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Publicado el 8 julio, 2014 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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