05/06/2014: CONFERENCIA MONSEÑOR GÄNSWEIN: EL FUNDAMENTO DE LA JUSTICIA EN LOS DISCURSOS POLÍTICOS DE BENEDICTO XVI

CONFERENCIA MONSEÑOR GÄNSWEIN

EL FUNDAMENTO DE LA JUSTICIA

EN LOS DISCURSOS POLÍTICOS DE BENEDICTO XVI

Traducción: Equipo Ratzinger – Gänswein

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Fotografía: Università della Santa Croce

Durante el curso de su Pontificado, Benedicto XVI estuvo llamado a confrontarse con los líderes políticos y culturales de numerosos países europeos y de las principales instituciones internacionales. Tal confrontación ha dado como resultado un consistente complejo de reflexiones sobre el ordenamiento político y jurídico, que toca las problemáticas fundamentales de la sociedad, de la relación entre fe y religión, entre ley y derecho, entre justicia y libertad religiosa. Hay cinco grandes discursos de Benedicto XVI. Cada uno de ellos estaba dirigido a un público en particular y su contenido refleja las necesidades del contexto.

1. La lección en Ratisbona, (12 de septiembre de 2006), se llevó a cabo en un ámbito académico y ponía en el centro de la reflexión la relación entre fe y razón. El discurso se basa conceptualmente en la correlación entre fe y razón en el encuentro entre el espíritu griego y espíritu cristiano y luego “en el  Dios que se ha revelado a sí mismo como “logos” y como “logos” ha actuado y actua”.

2. La intervención en las Naciones Unidas de Nueva York, (el 18 de abril de 2008), en el cual el Papa ha mejorado el proyecto de derechos humanos, desarrollado particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, con la aprobación de la Declaración Universal de 1948.

3. El discurso de París en el Collège des Bernardins, (12 de septiembre de 2008), dirigido a la élite de la cultura de un país, Francia, quien cultivó una cultura secularista desconfiada de las religiones: en aquel contexto, Benedicto XVI, describía la contribución de la fe cristiana al desarrollo de la civilización europea, recordando la labor de los monasterios benedictinos.

4. En Londres, en Westminster Hall, (17 de septiembre de 2010), Benedicto XVI hablaba en el parlamento más antiguo de la democracia occidental, donde sin embargo, Thomas More fue condenado a una muerte cruel en nombre de las disidencias religiosas: allí el Pontífice expresó palabras de sincero agradecimiento por la tradición de la democracia liberal, sin dejar de mencionar las preocupaciones y premuras para que una auténtica libertad religiosa sea preservada, en Occidente, contra toda forma de amenaza sutil.

5. En el discurso en el Bundestag de Berlín, (el 22 de septiembre de 2011), fue a la raíz del problema tocando el tema del fundamento del orden jurídico y de los límites del postivismo jurídico, dominante en todo el continente europeo durante el curso del siglo XX.

Diferentes temas, por lo tanto, pensados y pronunciados ante diferentes auditorios, pero unidos a una serie de ideas claves que Benedicto XVI diseña, desarrolla y lleva a cabo de una manera orgánica y coherente.

Hay otro punto en común entre los discursos: todos están dirigidos a las instituciones que viven en el contexto de las democracias o que, en cualquier caso, asumen la base de la propia existencia de los principios de la civilización jurídico – política que pertenecen a la tradición occidental.

FOTOGRAFÍAS: (C) http://www.pusc.it/

RELIGIÓN Y DERECHO

“En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios”. Este pasaje del discurso pronunciado el 22 de septiembre de 2011 en el Bundestag de Berlín es justamente el más famoso. En él se encuentra el corazón del pensamiento de Benedicto XVI sobre la contribución que la religión ofrece al debate público, y, en particular, la construcción del ordenamiento jurídico. Aquí se evidencia la originalidad del cristianismo en relación a las otras religiones, una originalidad que a menudo pasa inadvertida, no sólo a los comentaristas laicos, sino también a los propios cirstianos: no la revelación, pero “la razón y la naturaleza en su correlación construyen la fuente jurídica válida para todos”, dice más adelante Benedicto XVI en el mismo discurso. Igualmente, el 17 de septiembre de 2010 en Westiminster Hall, un concepto análogo fue propuesto en estos términos: “La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es… tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religion”.

Con estas afirmaciones Benedicto XVI despeja el campo de un equívoco persistente en la cultura contemporánea, que ha condicionado y todavía condiciona el debate entre la religión y la razón. El equívoco se basa en la idea de que el cristianismo y, en particular, la Iglesia Católica, al intervenir en los debates públicos apelan a un principio de “Autoridad” en las decisiones sobre las cuestiones jurídicas y políticas. Continúa siendo una opinión dominante afirmar que, en una democracia digna de este nombre, sería inaceptable dar espacio al discurso religioso en cuanto tal, porque se basaría a una Autoridad que haría vano cualquier intento de diálogo con los otros. Interviniendo en el diálogo democrático sobre la base de dogmas de autoridad, las religiones violarían la regla de toda democracia deliberativa – el diálogo entre las diversas posiciones – y actuarían como un obstáculo, desnaturalizando irremediablemente la dinámica democrática. Se teme que la autoridad religiosa pueda disputar a las autoridades civiles la capacidad de producir las normas jurídicas; de ahí una incompatibilidad entre ambas fuentes de autoridad.

De ahí se saca la inevitable conclusión de que “lo que garantiza el terreno común del diálogo y la recíproca igualdad de todos en cuanto conciudadanos es el exilio de cualquier Autoridad de la escena de la argumentación pública, el ostracismo de toda fe”, con la consiguiente necesidad de que toda la esfera pública sea privada de Dios a fin de que se mantenga un terreno neutral de diálogo. Este exilio de Dios de la esfera pública parte de la premisa de que la intervención del factor religioso en la dialéctica democrática se configura como una serie de órdenes o mandatos derivados de una voluntad superior, eterna e indiscutible. Sin embargo, es difícil imaginar algo más alejado del pensamiento de Benedicto XVI.

El cristianismo que él propone no exime a los fieles de los esfuerzos, ni les permite privarse del uso de la razón, escondiéndose detrás de un principio de autoridad o atrincherándose en precepto o mandamientos religiosos. Por la confianza que pone en la posibilidad de que lo divino, como “logos”, puede ser encontrado mediante la búsqueda racional de la verdad, Benedicto XVI no duda en exigir de los creyentes que participen en el diálogo público democrático con instrumentos universales y accesibles a todos: razón y naturaleza, en su correlación. En esta perspectiva, hablar de religión en el espacio público no supone, como erróneamente se presume, introducir un principio fideísta en el diálogo democrático, ni implica recurrir mecánicamente a preceptos religiosos como fuente para la regulación de problemas sociales, políticos y jurídicos. La primera y fundamental contribución de Benedicto XVI es el recordatorio de que las fuentes últimas del derecho deben buscarse en la razón y en la naturaleza, no en un mandamiento, cualquiera que sea su procedencia.

La originalidad de la posición de Benedicto XVI en cuanto a la presencia de los cristianos en la vida pública hunde sus raíces en una visión del cristianismo como religión universal, dirigida a todos, que confía en la posibilidad de que la razón trascienda las capacidades mismas de la razón, que él asevera con las palabras de San Pablo: “Cuando los gentiles, que no tienen la Ley, siguiendo la naturaleza, cumplen las preceptos de la Ley, ellos (…) son ley para sí mismos. Con esto muestran que tienen grabado en sus corazones lo que la Ley Prescribe, como se lo atestigua su propia conciencia”. (Romanos, 2, 14 ss).

La propuesta de Benedicto XVI resuelve el problema en su raíz, al afirmar que la fuente de las normas jurídicas no está en la revelación, sino en las interrelaciones entre la razón y la naturaleza.

RAZÓN Y NATURALEZA

¿Qué es la razón? ¿Qué es la naturaleza? ¿Es posible una interrelación? Así es, ¿bajo qué condiciones? Sobre esta cuestión se juega el destino de las instituciones democráticas, su capacidad de producir el “bien común”, es decir, la posibilidad, de un lado, de decidir la mayoría en gran parte de la materia que debe resolverse legalmente, y por otra parte, a trabajar continuamente para reconocer y reafirmar lo que no se puede votar. Sin el trabajo incansable de la búsqueda de los puntos fundamentales y constitutivos de la comunidad política, es problable que el propio Estado degenere en una “banda de ladrones”. ¿Qué es capaz de desencadenar esta tensión implacable? Necesitamos una razón abierta a la realidad y  a la naturaleza, y no cerrada.

En el pensamiento del Papa, “cerrado“, va a reducirse. Hoy en día el factor que más contribuyó a este enfoque de reducción es el “cientificista” (y no ¡científico!). La concepción postitivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en sí mismo una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual no debemos absolutamente renunciar. Pero ella, al mismo tiempo no es una cultura que corresponde y sea suficiente al ser del hombre en toda su amplitud.

La razón positivista, que se presenta en modo exclusivista, no es capaz de percibir algo más allá de lo funcional. La razón positivista tiene su ámbito de validez, pero no es un grado de explicación total de la realidad. Esta convinción de Benedicto XVI encuentra amplia resonancia en aquellos, que desde un punto de vista laico, denuncian los límites del reduccionismo materialista, incluso insufiente para explicar fenómenos científicos en su totalidad. Estamos, en cierto modo, ante una paradoja: ahora que la mayor parte del mundo científico donde originalmente el racionalismo positivista ha encontrado su propio terreno de cultura se siente la insuficiencia de un enfoque puramente reduccionista para explicar la naturaleza y el cosmos, y este mismo enfoque importado en las ciencias humanas se ha convertido en el paradigma universal indiscutible.

En sus discursos públicos, el Papa Benedicto denuncia abiertamente esta terrible tentación: una razón limitada dentro de lo misurable es una razón, por decirlo así, humillada. Para aclarar este pasaje crucial de la cultura propuesta, el Papa emplea una imagen muy fuerte. Una razón cerrada “se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, -bunker- en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios…  Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo.” Debemos volver a enfrentarnos a la realidad sin pensar que el único modo de conocerla efectivamente se reduzca al diseño o conceptos preconcebidos.

Este es el gran desafío que lanza Benedico XVI a los hombres empleados en las instituciones públicas y en la cultura: que la razón vuelva a ser una apertura sin limites ni prejuicios, disponible a reconocer que elimina la capacidad de decisión y el manejo no sólo para el medio ambiente, sino también para los seres humanos. Hay una razón abierta, que está disponible para admitir que la realidad contiene en sí mismo más de lo que la misma razón sería capaz de comprender. A través de la imagen del bunker y de las ventanas abiertas de par en par que permiten entrar el aire fresco, Benedicto XVI sugiere una corrección al racionalismo moderno, que permita restaurar una relación adecuada entre razón y realidad. Una razón positivista o autosuficiente no es capaz de salir fuera del pantano de la incertidumbre.

Cuando el hombre más se adentra lealmente en el conocimiento de la realidad – sea física o social – tanto más se ven los rasgos de una razón abierta y objetiva – de este tipo de estructura de fondo, que inevitablemente suscita la cuestión con que el Papa concluye su discurso en Berlín: “¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presupone una razón creativa, un Creator Spiritus?”

INTERRELACIÓN ENTRE RAZÓN Y FE

Hay otra cuestión que debe abordarse antes de este renacimiento de la razón operado por el Papa: ¿La idea de la razón y naturaleza es propio solo de los cristianos y de los creyentes en general? ¿Podemos decir que este enfoque de la ley y la política exige el cumplimiento de una hipótesis previa o determinadas creencias religiosas de otro tipo? ¿El Papa, hablando en estas sedes institucionales, se ha dirigido a un auditorio particular, católicos, o cristianos, o pertenecientes a otras confesiones religiosas? Absolutamente no. La idea de un patrón racional, constituido de la estructura misma del mundo físico y social, nació mucho antes que el cristianismo. La misma cultura europea nació del encuentro de tres grandes pensamientos precristianos: La cultura de Europa surgió a partir del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este encuentro de tres vías forman la identidad interior de Europa.”

Esta es la herencia cultural europea, nacida del encuentro que tuvo lugar entre Jerusalén, Atenas y Roma, para formar el terreno fértil donde podría germinar la teología cristiana que sin termor ha confiado a la “razón, la naturaleza y su correlación”  la construcción de un derecho jurídico-político justo. En el fondo, la llamada del Papa de ensanchar los límites de la razón es un llamamiento  de cara a recuperar los orígenes de la cultura filosófica y jurídica que ha construido Europa produciendo resultados excepcionales. Basado en la creencia de la existencia de un Dios creador se desarrollaron la idea de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, el conocimiento de la inviolabilidad de la dignidad humana en todas las personas y la conciencia de la responsabilidad de los hombres por sus acciones. Este conocimiento de la razón son nuestra memoria cultural. Ignorarlo o considerarlo como un mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su integridad”.

A través de los siglos, la fe no sólo ha desempeñado un papel decisivo defendiendo a la razón del poder que tiende a hacerla ciega, pero también ha contribuido a su crecimiento y maduración. El discurso en el Collège des Bernardins en París es amplia documentación de cómo la fe cristiana ha contribuido a la restauración de la razón. En su progreso y en definitiva  al renacimiento de una civilización, enterrada bajo la debastación de la barbarie que había causado el colapso del viejo orden y las viejas certezas. El ejemplo dado por el Papa es el del monaquismo occidental; los religiosos, los monjes, fascinados y comprometidos en una constante búsqueda de Dios: Quaerere Deum.

Debido a la búsqueda de Dios, se han convertido en importantes las ciencias profanas que han indicado el camino hacia el lenguaje: la escritura, el estudio de la gramática, la biblioteca, la escuela, son todos los componentes que forman parte de la vida monástica benedictina.

Quaerere Deum: La oración no se podría expresar sólo con palabras, era necesaria la música. “De esa exigencia intrínseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por Él mismo nació la gran música occidental. No se trataba de una «creatividad» privada, en la que el individuo se erige un monumento a sí mismo, tomando como criterio esencialmente la representación del propio yo. Se trataba más bien de reconocer atentamente con los «oídos del corazón» las leyes intrínsecas de la música de la creación misma, las formas esenciales de la música puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar así la música digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad. “

Quarere Deum: En el mundo griego el trabajo físico se consideraba tarea de siervos. Absolutamente diversa era la tradición judaica: todos los grandes rabinos ejercían al mismo tiempo una profesión artesanal. El monaquismo ha acogido esa tradición; el trabajo manual es parte constitutiva del monaquismo cristiano. Del monaquismo forma parte, junto con la cultura de la palabra, una cultura del trabajo, sin la cual el desarrollo de Europa, su ethos y su formación del mundo son impensables. Lengua, escritura, gramática, música, comunidad, escuela, trabajo artesanal: toda una civilización ha renacido por la energía de los hombres que querían hacer lo esencial: trabajar para encontrar lo que es verdad y sigue siendo siempre encontrar la vida misma.

En la perspectiva de Benedicto XVI, por lo tanto, entre la razón y la fe hay una profunda amistad; una relación en que ninguno de los dos amigos intenta someter al otro. La historia de la civilización europea está cargado de signos imborrables en este activo y vital encuentro entre razón y fe. Resuenan claras las palabras pronunciados en el Westminster Hall: “El mundo de la razón y el mundo de la fe —el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas— necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización. En otras palabras, la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional.”

Para descargar la intervención completa en italiano de S. E. Monseñor Gänswein:

Fondazione Ratzinger

Para más información:

Pontificia Università della Santa Croce

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Publicado el 6 junio, 2014 en NOTICIAS PADRE GEORG y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. maria gentile

    Sono riuscita a tradurre pochissimo,quasi nulla,ma mi è sembrato evidente che Papa Benedetto si stesse riferendo al vero fondamento di ogni conoscenza,al significato primo e profondo,che è: l’ uomo. L ‘espressione,suonerebbe così:”hominis cultura”. L ‘uomo va coltivato è il mezzo è la cultura,in quanto proprio la cultura è la vera lettura interpretativa di tutte le conoscenze che vengono fuori da tutte le scienze. Ma è anche necessario intendere,in che senso prendiamo questo termine, che non sempre è un insieme di nozioni ma è anche un fatto profondamente ed essenzialmente umano. Nell ‘Enciclica “Populorum Progressio” è scritto: “Leggo quelle conoscenze pensandole in funzione dell’ uomo,a servizio dell’ uomo,per “la crescita di tutto l’ uomo e di tutti gli uomini”. Così,calate, in un mondo ricco di conoscenze sviluppate lungo il tempo dei secoli sino ad oggi,recano all’uomo ottimi servigi,sia nel campo della ‘ politica’ ,sia nel campo della ‘giustizia’ , .. . Ma se leggo tutte le conoscenze che recano servizio all’ uomo,mi vien spontaneo chiedermi: ma di quale uomo stiamo parlando? Si fa presto chiaro in me un legame,quello di cultura-antropologica. Di quì,è facile intuire che ci saranno tante antropologie quante sono le culture. Riguardo a ciò,nascono anche tante posizioni,ma il cristianesimo nella luce del suo mistero rivela all’ uomo chi è l’ uomo. E l’ uomo è sì,materia animata, ma è anche come Dio lo ha pensato,lo pensa e lo crea continuamente. L’ uomo,ha una terza dimensione,perchè Dio creandolo gli ha comunicato una chiara e precisa partecipazione alla vita eterna. L’ uomo,si è così aperto all ‘infinito. Non più soltando ‘materia e spirito’ ,ma in forza della sua partecipazione alla vita divina,è chiamato ad essere: figlio di Dio. Questo,è quello che siamo e in forza di questo, siamo chiamati a realizzare la storia del mondo.

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