28/04/2010 – SAN JOSÉ BENITO COTTOLENGO (AUDIENCIA GENERAL)

SAN JOSÉ BENITO COTTOLENGO

AUDIENCIA GENERAL EN LA PLAZA DE SAN PEDRO

BENEDICTO XVI

COTTOLENGO copiafacebook pq

San José Benito Cottolengo, fundador de la obra que él mismo denominó «Pequeña Casa de la Divina Providencia» y que hoy se llama también «Cottolengo». El próximo domingo, en mi visita pastoral a Turín, tendré ocasión de venerar los restos de este santo y de encontrarme con los huéspedes de la «Pequeña Casa».

Para ver el VIAJE A TURÍN DE BENEDICTO XVI pincha aquí

José Benito Cottolengo nació en Bra, una pequeña localidad de la provincia de Cúneo, el 3 de mayo de 1786. Primogénito de doce hijos, seis de  los cuales murieron en tierna edad, mostró desde niño una gran sensibilidad hacia los pobres. Abrazó el camino del sacerdocio, imitado también por dos hermanos. Los años de su juventud fueron los de la aventura napoleónica y de las consiguientes dificultades en campo religioso y social.

Cottolengo llegó a ser un buen sacerdote, al que buscaban numerosos penitentes y, en la Turín de aquel tiempo, predicador de ejercicios espirituales y conferencias para los estudiantes universitarios, que lograban siempre un éxito notable.

A la edad de 32 años fue nombrado canónigo de la Santísima Trinidad, una congregación de sacerdotes que tenía la tarea de oficiar en la Iglesia del Corpus Domini y de dar solemnidad a las ceremonias religiosas de la ciudad, pero en ese puesto se sentía inquieto. Dios lo estaba preparando para una misión especial y, precisamente con un encuentro inesperado y decisivo, le dio a entender cuál iba a ser su destino futuro en el ejercicio del ministerio.

El Señor siempre pone signos en nuestro camino para guiarnos a nuestro verdadero bien según su voluntad. Para Cottolengo esto sucedió, de modo dramático, el domingo 2 de septiembre de 1827 por la mañana.

Proveniente de Milán llegó a Turín la diligencia, llena de gente como nunca, en la que viajaba apretujada toda una familia francesa; la mujer, con cinco hijos, estaba embarazada y tenía fiebre alta. Después de haber vagado por varios hospitales, esa familia encontró alojamiento en un dormitorio público, pero la situación de la mujer iba agravándose y algunos se pusieron a buscar un sacerdote. Por un misterioso designio se cruzaron con José Benito Cottolengo, y fue precisamente él, con el corazón abrumado y oprimido, quien acompañó a la muerte a esta joven madre, en medio de la congoja de toda la familia. Después de haber desempeñado esta dolorosa tarea, con el sufrimiento en el corazón, se puso ante el Santísimo Sacramento y rezó: «Dios mío, ¿por qué? ¿Por qué has querido que fuera testigo de esto? ¿Qué quieres de mí? ¡Hay que hacer algo!». Se levantó, tocó todas las campanas, encendió las velas y, al acoger a los curiosos en la iglesia, dijo: «¡Ha acontecido la gracia! ¡Ha acontecido la gracia!».

Desde ese momento Cottolengo se transformó: utilizó todas sus capacidades, especialmente su habilidad económica y organizativa,

para poner en marcha iniciativas a fin de sostener a los más necesitados.

Supo implicar en su empresa a decenas y decenas de colaboradores y voluntarios. Se desplazó a la periferia de Turín para extender su obra, creó una especie de aldea, en la que asignó un nombre significativo a cada edificio que logró construir: «casa de la fe», «casa de la esperanza», «casa de la caridad». Puso en práctica el estilo de las «familias», constituyendo verdaderas comunidades de personas, voluntarios y voluntarias, hombres y mujeres, religiosos y laicos, unidos para afrontar y superar juntos las dificultades que se presentaban. En aquella «Pequeña Casa de la Divina Providencia» cada uno tenía una tarea precisa:

  • unos trabajaban,
  • otros rezaban,
  • otros servían,
  • otros educaban,
  • otros administraban.

Todos, sanos o enfermos, compartían el mismo peso de la vida diaria. Con el tiempo, también la vida religiosa se especificó según las necesidades y las exigencias particulares. Asimismo, pensó  en un seminario propio, para una formación específica de los sacerdotes de la Obra. Siempre estuvo dispuesto a seguir y a servir a la Divina Providencia, nunca a cuestionarla. Decía: «Yo no valgo para nada y ni siquiera sé lo qué hago. Pero seguro que la Divina Providencia sabe lo que quiere. A mí me corresponde sólo secundarla. Adelante in Domino». Para sus pobres y los más necesitados siempre se definió «el obrero de la Divina Providencia».

Junto a las pequeñas aldeas fundó también cinco monasterios de monjas contemplativas y uno de eremitas, y los consideró como una de sus realizaciones más importantes: una especie de «corazón» que debía latir para toda la Obra. Murió el 30 de abril de 1842, pronunciando estas palabras: «Misericordia, Domine; Misericordia, Domine. Buena y Santa Providencia… Virgen Santa, ahora os toca a Vos». Su vida, como escribió un periódico de la época, fue «una intensa jornada de amor».

En esta Audiencia el Santo Padre Benedicto XVI también habla de SAN LEONARDO MURIALDO, para verlo pincha aquí

Queridos amigos, estos dos santos sacerdotes, de los cuales he trazado algunos rasgos, vivieron su ministerio en la entrega total de su vida a los más pobres, a los más necesitados, a los últimos, encontrando siempre la raíz profunda, la fuente inagotable de su acción en la relación con Dios, bebiendo de su amor, en la convicción profunda de que no es posible practicar la caridad sin vivir en Cristo y en la Iglesia. Que su intercesión y su ejemplo sigan iluminando el ministerio de tantos sacerdotes que se donan con generosidad por Dios y por el rebaño que les ha sido encomendado, y que ayuden a cada uno a entregarse con alegría y generosidad a Dios y al prójimo.

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Publicado el 30 abril, 2014 en CATECISMOS SOBRE SANTOS y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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