21/08/13 – VIAJE APOSTÓLICO A COLONIA CON MOTIVO DE LA XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

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“Il primo Viaggio apostolico di Papa Benedetto XVI fuori dall’Italia è in Germani, luego prescelto dal suo predecessore Giovanni Paolo II per la Giornata Mondiale della Giuventù. Ed è così che el Papa scorge “un amorevole gesto della provvidenza” nella circostanza che questo suo primo viaggio fuori dall’Italia si svolga nella sua patria, in particolare a Colonia, città alla quaele è legato da tanti ricordi personali. […]” (Monsigore Georg Gänswein – Urbi et Orbi)

SANTA MISA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Colonia – Explanada de Marienfeld

Palabras del Papa Benedicto XVI al inicio de la solemne concelebración

Querido cardenal Meisner;
queridos jóvenes:

Quisiera agradecerte cordialmente, querido hermano en el episcopado, tus conmovedoras palabras, que nos introducen tan oportunamente en esta celebración litúrgica. Habría querido recorrer en el coche descubierto toda la explanada, a lo largo y a lo ancho, para estar lo más cerca posible de cada uno.

El mal estado de los pasillos no lo ha permitido. Pero os saludo a cada uno de todo corazón. El Señor ve y ama a cada persona. Todos juntos formamos la Iglesia viva y damos gracias al Señor por esta hora en la que nos dona el misterio de su presencia y la posibilidad de estar en comunión con él.

Todos sabemos que somos imperfectos, que no podemos ser para él una casa adecuada. Por eso comenzamos la santa misa recogiéndonos y rogando al Señor que elimine en nosotros todo lo que nos separa de él y lo que nos separa unos de otros, y así nos conceda celebrar dignamente los santos misterios.

* * * * * *

Queridos jóvenes:

Ante la sagrada Hostia, en la cual Jesús se ha hecho pan para nosotros, que interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6, 35), comenzamos ayer por la tarde el camino interior de la adoración. En la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión. Con la celebración eucarística nos encontramos en aquella “hora” de Jesús, de la cual habla el evangelio de san Juan. Mediante la Eucaristía, esta “hora” suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los discípulos, él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición. Sin embargo, sucede algo nuevo. Da gracias a Dios non solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante la cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los discípulos también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas:  “Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi Sangre”. Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal la crucifixión―, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin  es  la  transformación  del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo:  la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto convierte la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior, superada; en ella está ya presente la resurrección. La muerte ha sido, por así decir, profundamente herida, tanto que, de ahora en adelante, no puede ser la última palabra.

Esta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención:  lo que desde lo más íntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porque se entrega realmente a sí mismo.

Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra “adoración” en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.

Volvamos de nuevo a la última Cena. La novedad que allí se verificó, estaba en la nueva profundidad de la antigua oración de bendición de Israel, que ahora se hacía palabra de transformación y nos concedía el poder participar en la “hora” de Cristo. Jesús no nos ha encargado la tarea de repetir la Cena pascual que, por otra parte, en cuanto aniversario, no es repetible a voluntad. Nos ha dado la tarea de entrar en su “hora”. Entramos en ella mediante la palabra del poder sagrado de la consagración, una transformación que se realiza mediante la oración de alabanza, que nos sitúa en continuidad con Israel y con toda la historia de la salvación, y al mismo tiempo nos concede la novedad hacia la cual aquella oración tendía por su íntima naturaleza.

Esta oración, llamada por la Iglesia “plegaria eucarística”, hace presente la Eucaristía. Es palabra de poder, que transforma los dones de la tierra de modo totalmente nuevo en la donación de Dios mismo y que nos compromete en este proceso de transformación. Por eso llamamos a este acontecimiento Eucaristía, que es la traducción de la palabra hebrea beracha, agradecimiento, alabanza, bendición, y asimismo transformación a partir del Señor:  presencia de su “hora”. La hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor. En otras palabras:  es Dios quien ha vencido, porque él es Amor. La hora de Jesús quiere llegar a ser nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la celebración de la Eucaristía, nos dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el Señor pretende. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida.

No se trata de positivismo o ansia de poder, cuando la Iglesia nos dice que la Eucaristía es parte del domingo. En la mañana de Pascua, primero las mujeres y luego los discípulos tuvieron la gracia de ver al Señor. Desde entonces supieron que el primer día de la semana, el domingo, sería el día de él, de Cristo. El día del inicio de la creación sería el día de la renovación de la creación. Creación y redención caminan juntas. Por esto es tan importante el domingo. Está bien que hoy, en muchas culturas, el domingo sea un día libre o, juntamente con el sábado, constituya el denominado “fin de semana” libre. Pero este tiempo libre permanece vacío si en él no está Dios.

Queridos amigos, a veces, en principio, puede resultar incómodo tener que programar en el domingo también la misa. Pero si tomáis este compromiso, constataréis más tarde que es exactamente esto lo que da sentido al tiempo libre. No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena!
Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza:  no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida.

Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar:  ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no. Y de este modo, junto al olvido de Dios existe como un “boom” de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en este contexto. Puede darse también la alegría sincera del descubrimiento. Pero, a menudo la religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que agrada, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la religión buscada a la “medida de cada uno” a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino:  Jesucristo.

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Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia él. Por esto es tan importante el amor a la sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura. Es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia en su fe creciente y la ha hecho y hace penetrar cada vez más en las profundidades de la verdad (cf. Jn 16, 13). El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una obra maravillosa, en la cual la fe secular se explica sintéticamente:  el Catecismo de la Iglesia católica. Yo mismo, recientemente, he presentado el Compendio de ese Catecismo, que ha sido elaborado a petición del difunto Papa. Son dos libros fundamentales que querría recomendaros a todos vosotros.

Obviamente, los libros por sí solos no bastan. Construid comunidades basadas en la fe. En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Buscad la comunión en la fe como compañeros de camino que juntos continúan el itinerario de la gran peregrinación que primero nos señalaron los Magos de Oriente. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles.

Una vez más, debo volver a la Eucaristía. “Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan”, dice san Pablo (1 Co 10, 17). Con esto quiere decir:  puesto que recibimos al mismo Señor y él nos acoge y nos atrae hacia sí, seamos también una sola cosa entre nosotros. Esto debe manifestarse en la vida. Debe mostrarse en la capacidad de perdón. Debe manifestarse en la sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Debe manifestarse en la disponibilidad para compartir. Debe manifestarse en el compromiso con el prójimo, tanto con el cercano como con el externamente lejano, que, sin embargo, nos atañe siempre de cerca.

Existen hoy formas de voluntariado, modelos de servicio mutuo, de los cuales justamente nuestra sociedad tiene necesidad urgente. No debemos, por ejemplo, abandonar a los ancianos en su soledad, no debemos pasar de largo ante los que sufren. Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos dónde y cómo somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que preocuparse sólo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé que vosotros como jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera exactamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes seguimos.

¡Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida como verdaderos adoradores de Dios! Amén.

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Colonia – Explanada de Marienfeld

Queridos amigos:

Hemos llegado al final de esta maravillosa celebración, y también de la XX Jornada mundial de la juventud. Siento resonar con fuerza en mi corazón una palabra: “¡gracias!”. Estoy seguro y lo siento― de que esta palabra encuentra un eco unánime en cada uno de vosotros. Dios mismo la ha grabado en nuestros corazones y la ha rubricado con esta Eucaristía, que significa precisamente “agradecimiento”. Sí, queridos jóvenes, la palabra de agradecimiento, que nace de la fe, se expresa en el canto de alabanza a él, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ha dado una prueba más de su inmenso amor.

Nuestro agradecimiento, que se eleva ante todo a Dios por el don de este encuentro inolvidable ―sólo él podía dárnoslo tal como ha sucedido―, se extiende a todos los que han preparado su organización y desarrollo. La Jornada mundial de la juventud ha sido un don, pero, tal como se ha desarrollado, ha sido también fruto de un gran trabajo. Por eso renuevo en particular mi vivo agradecimiento al Consejo pontificio para los laicos, presidido por el arzobispo Stanislaw Rylko, con la ayuda eficaz del secretario del dicasterio, monseñor Josef Clemens, que durante muchos años fue mi secretario, y a los hermanos del Episcopado alemán, en primer lugar naturalmente al arzobispo de Colonia, cardenal Joachim Meisner. Doy las gracias a las autoridades políticas y administrativas, que han dado una gran contribución, han ayudado generosamente y han hecho posible el desarrollo sereno de todas las manifestaciones de estos días; doy gracias también a tantos voluntarios provenientes de todas las diócesis alemanas y de todas las naciones. Expreso un agradecimiento cordial también a los numerosos monasterios de vida contemplativa, que han acompañado con su oración la Jornada mundial de la juventud.

En este momento en que la presencia viva entre nosotros de Cristo resucitado alimenta la fe y la esperanza, tengo la dicha de anunciar que el próximo Encuentro mundial de la juventud tendrá lugar en Sydney, Australia, el año 2008. Encomendemos a la guía materna y solícita de la santísima Virgen María el camino futuro de los jóvenes del mundo entero.


Después del rezo del Ángelus

Saludo con afecto a los jóvenes de lengua francesa. Queridos amigos, agradezco vuestra participación y os deseo que volváis a vuestros países llevando en vosotros, como los Magos, la alegría de haber encontrado a Cristo, el Hijo del Dios vivo.

A los jóvenes de lengua inglesa provenientes de diversas partes del mundo, dirijo un cordial saludo, al final de estas inolvidables jornadas. Que la luz de Cristo, que habéis seguido para venir a Colonia, resplandezca ahora más límpida e intensa en vuestra vida.

Queridos jóvenes de lengua española. Habéis venido para adorar a Cristo. Ahora que lo habéis encontrado, continuad adorándolo en vuestro corazón, siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). ¡Feliz regreso a vuestros países!

Queridos amigos de lengua italiana. Llega ya al final la XX Jornada mundial de la juventud, pero esta celebración eucarística continúa en la vida: llevad a todos la alegría de Cristo que aquí habéis encontrado.

Un abrazo afectuoso a todos vosotros, jóvenes polacos. Como os diría el gran Papa Juan Pablo II, mantened viva la llama de la fe en vuestra vida y en la de vuestro pueblo. Que María, Madre de Cristo, guíe siempre vuestros pasos.

Saludo con afecto a los jóvenes de lengua portuguesa. Queridos jóvenes, os deseo que viváis siempre en amistad con Jesús, para experimentar la verdadera alegría y comunicarla a todos, especialmente a vuestros coetáneos que se encuentran en dificultad.

Queridos amigos de lengua filipina y todos vosotros, jóvenes de Asia, como los Magos habéis venido de Oriente para adorar a Cristo. Ahora que lo habéis encontrado, volved a vuestros países llevando en el corazón la luz de su amor.

Un cordial saludo también a vosotros jóvenes africanos. Llevad a vuestro grande y amado continente la esperanza que Cristo os ha dado. Sed, por todas partes, sembradores de paz y de fraternidad.

Queridos amigos que habláis mi lengua, os agradezco de corazón el afecto que me habéis demostrado en estos días. Acompañadme de cerca con vuestra oración. Caminad unidos. Sed siempre fieles a Cristo y a la Iglesia. Que la paz y la alegría de Cristo estén siempre con vosotros.

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE ALEMANIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Venerables y queridos hermanos en el episcopado:

Ante todo deseo expresar mi gran alegría por tener una vez más la posibilidad de vernos, de estar juntos después de unas jornadas hermosas, aunque duras y, en consecuencia, por tener el gozo de encontrarnos. Aunque yo, de hecho, sea sólo un ex miembro de la Conferencia episcopal alemana, me siento todavía vinculado a todos vosotros en una unión fraterna que no puede desaparecer.

Deseo dar las gracias al cardenal Lehmann por sus palabras cordiales, y confirmarlas con el espíritu de lo que yo mismo dije hoy al final de la celebración eucarística; es decir, expresar una vez más la profunda gratitud que todos sentimos en nuestro corazón. Todos sabemos que el gran trabajo de preparación, las grandes obras que se han realizado, no bastan para hacer posible todo esto, y que, por tanto, debe ser necesariamente un don. Dado que nadie puede crear el entusiasmo de los jóvenes, nadie puede crear durante días esta unión en la fe y en la alegría de la fe. Y hasta el tiempo atmosférico ha sido realmente un don por el que damos gracias al Señor y que interpretamos también como un deber de hacer lo que esté de nuestra parte para que este entusiasmo prosiga y se transforme en una fuerza para la vida de la Iglesia en nuestro país.

Quisiera dar de nuevo las gracias al cardenal Meisner y a sus colaboradores por el gran trabajo de preparación que han llevado a cabo. Deseo, asimismo, agradecer al cardenal Lehmann, a sus colaboradores y a todos vosotros, porque todas las diócesis han cooperado en la realización de este acontecimiento. Toda Alemania ha acogido a los huéspedes, se ha puesto en camino con la Virgen y la cruz, y así ha podido recibir este don. Doy vivamente las gracias por esta estatua que aún necesita un poco de tiempo para alcanzar, por decirlo así, su forma definitiva. Sin embargo, creo que es muy hermoso el hecho de que ahora san Bonifacio estará también en mi casa y así me expresará visiblemente a mí lo que tanto le interesaba, es decir, la unión entre la Iglesia en Alemania y Roma. Como orientó a la Iglesia en Alemania hacia la unidad con el Sucesor de Pedro, también me orienta a mí a la comunión fraterna duradera con los obispos de Alemania, con la Iglesia que está en Alemania.

El Santo Padre Juan Pablo II, genial iniciador de las Jornadas mundiales de la juventud, ―una intuición que considero una inspiración― mostró que ambas partes dan y reciben. No sólo nosotros hemos hecho lo que estaba de nuestra parte del mejor modo posible, sino también los jóvenes, con sus preguntas, con su esperanza, con su alegría en la fe, con su entusiasmo al renovar la Iglesia, nos han dado algo. Damos gracias por esta reciprocidad y esperamos que perdure, es decir, que los jóvenes, con sus preguntas, con su fe y con su alegría en la fe, sigan siendo para nosotros un estímulo a vencer la pusilanimidad y el cansancio, y nos impulsen a indicarles el camino, con la experiencia de la fe que se nos da, con la experiencia del ministerio pastoral, con la gracia del sacramento en que nos encontramos, de forma que su entusiasmo encuentre también un justo orden. Como una fuente debe canalizarse para que pueda aprovecharse su agua, así también este entusiasmo debe ser orientado siempre de nuevo en su forma eclesial.

Aquí en Alemania, y yo en particular como profesor, estamos acostumbrados a ver sobre todo problemas. Sin embargo, creo que deberíamos admitir que todo eso ha sido posible porque en Alemania, a pesar de todos los problemas de la Iglesia, a pesar de todas las cosas discutibles que pueda haber, existe realmente una Iglesia viva, una Iglesia que posee muchos aspectos positivos, en la que tantas personas están dispuestas a comprometerse por su fe y a emplear su tiempo libre, a dar incluso su dinero y algo de sus bienes, sencillamente para contribuir con su propia vida.

Creo que se nos ha hecho patente de nuevo que muchas personas en Alemania, a pesar de todas las dificultades que lamentamos, siguen siendo creyentes, constituyen una Iglesia viva y así hacen posible que un acontecimiento como la Jornada mundial de la juventud tenga su propio contexto, su humus, en el cual crecer y asumir su propia forma.

Creo que deberíamos acordarnos de los numerosos sacerdotes, religiosos y laicos que cumplen fielmente su servicio en situaciones pastorales a menudo difíciles. Y no hace falta que yo subraye la generosidad de los católicos alemanes, conocida realmente en todo el mundo, una generosidad que no es sólo material, pues existen muchos sacerdotes alemanes “Fidei donum”.

Lo constato en las visitas “ad limina”:  incluso en Papúa Nueva Guinea, en las islas Salomón y en zonas en las que no se podría imaginar, trabajan apostólicamente sacerdotes alemanes, que esparcen la semilla de la Palabra, se identifican con las personas y, en este mundo amenazado al que llegan también tantos elementos negativos desde Occidente, infunden así la gran fuerza de la fe y con ella los elementos positivos de lo que se nos da.

Es notable la labor desarrollada por las numerosas organizaciones caritativas:  desde Misereor, Adveniat, Missio, o Renovabis hasta las Cáritas diocesanas y parroquiales. También es vasta la acción educativa de las escuelas católicas y de otras instituciones y organizaciones católicas en favor de la juventud. No quisiera dar la impresión de que con estas instituciones se agota lo que se puede decir de positivo; sólo quería aludir a ellas para que no se olviden estos aspectos y nos infundan siempre valentía y alegría.

Además de los aspectos positivos, que es importante no olvidar y por los que es preciso dar gracias siempre, debemos admitir también que, lamentablemente, en el rostro de la Iglesia universal, y también en el de la Iglesia que está en Alemania, no faltan arrugas, sombras que ofuscan su esplendor. Debemos tenerlas también presentes, por amor y con amor, en este momento de fiesta y de agradecimiento. Sabemos que siguen progresando el secularismo y la descristianización, que crece el relativismo. Cada vez es menor el influjo de la ética y la moral católica. Bastantes personas abandonan la Iglesia o, aunque se queden, aceptan sólo una parte de la enseñanza católica, eligiendo sólo algunos aspectos del cristianismo. Sigue siendo preocupante la situación religiosa en el Este, donde, como sabemos, la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia y, a menudo, no conoce en absoluto ni a Cristo ni a la Iglesia. Reconocemos en estas realidades otros tantos desafíos, y vosotros mismos, queridos hermanos en el episcopado, habéis afirmado en vuestra carta pastoral del 21 de septiembre de 2004, con ocasión del 1250° aniversario del martirio de san Bonifacio:  “Nos hemos convertido en tierra de misión”. Eso vale para grandes partes de Alemania.

Por este motivo, considero que en toda Europa, al igual que en Francia, en España y en otros lugares, deberíamos reflexionar seriamente sobre el modo como podemos realizar hoy una verdadera evangelización, no sólo una nueva evangelización, sino con frecuencia una auténtica primera evangelización. Las personas no conocen a Dios, no conocen a Cristo. Existe un nuevo paganismo y no basta que tratemos de conservar a la comunidad creyente, aunque esto es muy importante; se impone la gran pregunta:  ¿qué es realmente la vida? Creo que todos juntos debemos tratar de encontrar modos nuevos de llevar el Evangelio al mundo actual, anunciar de nuevo a Cristo y establecer la fe.

Este panorama que nos presenta la Jornada mundial de la juventud, y que he descrito sólo con breves rasgos, nos invita a proyectar nuestra mirada hacia el futuro. Para la Iglesia, y especialmente para nosotros, los pastores, para los padres y los educadores, los jóvenes son una llamada viviente a la fe. Quisiera decir, una vez más, que me parece una gran inspiración el hecho de que el Papa Juan Pablo II haya elegido para esta Jornada mundial de la juventud el tema:  “Hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2). A menudo estamos tan agobiados, comprensiblemente agobiados, por las inmensas necesidades sociales del mundo, por todos los problemas organizativos y estructurales que existen, que podemos dejar de lado la adoración como algo que haremos después.

El padre Delp afirmó una vez que no hay nada más importante que la adoración. Lo dijo en el contexto de su tiempo, cuando era evidente que una adoración destruida destruía al hombre. Con todo, en nuestro nuevo contexto de la adoración perdida, y por tanto del rostro perdido de la dignidad humana, nos corresponde de nuevo a nosotros comprender la prioridad de la adoración y hacer que los jóvenes ―así como nosotros mismos y nuestras comunidades― sean conscientes de que no se trata de un lujo de nuestro tiempo confuso, que tal vez no nos podemos permitir, sino de una prioridad. Donde no hay adoración, donde  no se tributa a Dios el honor como primera cosa, incluso las realidades del hombre no pueden progresar.

Por tanto, debemos tratar de hacer visible el rostro de Cristo, el rostro de Dios vivo, de forma que luego nos suceda espontáneamente lo que sucedió a los Magos, que se postraron y adoraron. Ciertamente en los Magos se verificaron dos cosas:  primero buscaron, luego encontraron y adoraron. Muchas personas hoy están en búsqueda. También nosotros. En el fondo, con una dialéctica diferente, deben darse siempre ambas cosas. Debemos respetar la búsqueda del hombre, sostenerla, hacerle sentir que la fe no es simplemente un dogmatismo completo en sí mismo, que apaga la búsqueda, la gran sed del hombre, sino que por el contrario proyecta la gran peregrinación hacia el infinito; que nosotros, en cuanto creyentes, al mismo tiempo buscamos y encontramos.

En su comentario a los Salmos, san Agustín interpretó la expresión “Quaerite faciem eius semper”, “Buscad siempre su rostro”, de un modo tan espléndido que desde que yo era estudiante se me grabaron en el corazón sus palabras. No vale sólo para esta vida, sino también para toda la eternidad. Ese rostro lo debemos redescubrir continuamente. Cuanto más entremos en el esplendor del amor divino, tanto más grandes serán nuestros descubrimientos, tanto más hermoso será avanzar y saber que la búsqueda no tiene fin y que por tanto encontrar no tiene fin, es decir, es eternidad, la alegría de buscar y a la vez de encontrar.

Debemos sostener a las personas en su búsqueda, sabiendo que también nosotros buscamos, y a la vez darles también la certeza de que Dios nos ha encontrado y que por consiguiente nosotros podemos encontrarlo a él. Queremos ser una Iglesia abierta al futuro, y, como tal, rica en promesas para las nuevas generaciones. No se trata de un afán obsesivo por lo juvenil, que en el fondo sería ridículo, sino de una auténtica juventud que fluye de la fuente de la eternidad, que es siempre nueva, que deriva de la transparencia de Cristo en su Iglesia:  de este modo él nos da la luz para proseguir.

A esta luz podemos tener la valentía para afrontar con confianza las cuestiones más difíciles que se plantean hoy a la Iglesia que está en Alemania. Como he dicho, por una parte debemos aceptar la provocación de los jóvenes, pero por otra, a nuestra vez, debemos educar a los jóvenes en la paciencia, sin la que no se puede lograr nada; debemos educarlos en el discernimiento, en un sano realismo, en la capacidad de tomar decisiones definitivas. Uno de los jefes de Estado que me visitó recientemente me dijo que su principal preocupación es la incapacidad generalizada de tomar decisiones definitivas por el miedo a perder la propia libertad.

En realidad, el hombre se hace libre cuando se vincula, cuando tiene raíces, porque entonces puede crecer y madurar. Educar en la paciencia, en el discernimiento, en el realismo, pero sin falsas componendas, para no diluir el Evangelio.

La experiencia de estos últimos veinte años nos ha enseñado que, en cierto modo, cada Jornada mundial de la juventud es para el país donde tiene lugar un nuevo comienzo para la pastoral juvenil. La preparación del acontecimiento moviliza personas y recursos. Lo hemos visto precisamente aquí en Alemania:  se ha llevado a cabo una auténtica “movilización”, que ha activado energías. Por último, la celebración misma conlleva un fuerte impulso de entusiasmo, que es preciso sostener y, por así decir, hacer que sea definitivo.

Se trata de un enorme potencial de energías, que puede acrecentarse más y más, difundiéndose por el territorio. Pienso en las parroquias, en las asociaciones, en los movimientos; pienso en los sacerdotes, en los religiosos, en los catequistas, en los animadores que se ocupan de los jóvenes. Creo que en Alemania se sabe muy bien cuántos han sido implicados en este acontecimiento. Pido al Señor que para cada uno de los que han colaborado haya significado un auténtico crecimiento en el amor a Cristo y a la Iglesia, y animo a todos a llevar adelante juntos, con renovado espíritu de servicio, el trabajo pastoral entre las nuevas generaciones. Debemos aprender de nuevo la disponibilidad al servicio y transmitirla.

La mayor parte de los jóvenes alemanes vive en buenas condiciones sociales y económicas, pero sabemos que no faltan situaciones difíciles. En todos los sectores sociales, y especialmente en las clases acomodadas, aumenta el número de los que proceden de familias disgregadas. Lamentablemente, el paro juvenil en Alemania se ha incrementado. Además, numerosos muchachos y muchachas están confundidos, no tienen respuestas válidas a las cuestiones sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre su presente y su futuro. Muchas propuestas de la sociedad moderna desembocan en el vacío y bastantes jóvenes terminan cayendo en las “arenas movedizas” del alcohol y la droga, o en los círculos de grupos extremistas. Buena parte de los jóvenes alemanes, sobre todo en el Este, no ha conocido nunca personalmente la buena nueva de Jesucristo.
Incluso en las zonas tradicionalmente católicas, la enseñanza de la religión y la catequesis no siempre consiguen establecer entre los jóvenes vínculos duraderos con la comunidad eclesial. Por eso, todos vosotros estáis comprometidos ―lo sé muy bien― en buscar nuevos caminos para llegar a los jóvenes, y la Jornada mundial de la juventud, como decía el Papa Juan Pablo II, es un excepcional “laboratorio” en este sentido.

Creo que todos estamos reflexionando ―y en los demás países occidentales sucede lo mismo― sobre cómo hacer más eficaz la catequesis. En la Herder-Korrespondenz he leído que habéis publicado un nuevo documento catequístico; por desgracia, aún no he podido verlo, pero me complace constatar que os interesáis mucho por este problema. En efecto, es preocupante para todos nosotros que, a pesar de que la enseñanza de la religión se ha realizado desde hace mucho tiempo, el conocimiento religioso es escaso y muchas personas ignoran cosas a menudo simples y elementales.

¿Qué podemos hacer? No lo sé. Tal vez, por una parte, debería darse a los no creyentes una especie de pre-catequesis de acceso, que sobre todo abra a la fe ―y este es también el contenido de muchos esfuerzos catequísticos―; por otra, es preciso también tener siempre de nuevo la valentía de transmitir el misterio mismo en su belleza y en su grandeza, y de hacer posible el impulso a contemplarlo, a aprender a amarlo y luego a reconocerlo efectivamente.

Hoy, en la homilía, recordé que el Papa Juan Pablo II nos donó dos instrumentos excepcionales:  el Catecismo de la Iglesia católica y su Compendio, también querido por él. Hemos procurado que la traducción al alemán estuviera lista ya para la Jornada mundial de la juventud. En Italia ya se han vendido medio millón de ejemplares. Se vende en los quioscos y entonces suscita la curiosidad de la gente:  ¿Qué hay allí dentro? ¿Qué dice la Iglesia católica? Creo que deberíamos tener la valentía de sostener también nosotros esta curiosidad y tratar de que estos libros, que representan el contenido del misterio, entren precisamente en la catequesis, de forma que, aumentando el conocimiento de nuestra fe, aumente también la alegría que de ella brota.

Hay otros dos aspectos que me preocupan mucho. Uno es la pastoral vocacional. Creo que el rezo de las Vísperas en la iglesia de San Pantaleón nos dio también la valentía de ayudar a los jóvenes y de hacerlo del modo adecuado, para que pueda llegarles la llamada del Señor y puedan preguntarse:  “¿Me quiere?” y para que pueda de nuevo crecer la disponibilidad a ser llamados y a escuchar esa llamada.

El otro aspecto que me preocupa mucho es la pastoral familiar. Vemos la amenaza que se cierne sobre las familias; mientras tanto, también instancias laicas reconocen cuán importante es que la familia viva como célula primaria de la sociedad, que los hijos puedan crecer en un clima de comunión entre las generaciones, para que exista una continuidad entre presente, pasado y futuro, y se dé también la continuidad de los valores, de forma que aumente la capacidad de permanecer y de vivir juntos:  esto es lo que permite edificar un país en comunión.

He querido afrontar precisamente estos tres aspectos:  catequesis, pastoral vocacional y pastoral familiar.

En el mundo juvenil desempeñan un papel importante las asociaciones y los movimientos, que sin duda alguna son una riqueza. La Iglesia ha de valorizar estas realidades y, al mismo tiempo, conducirlas con sabiduría pastoral, para que contribuyan del mejor modo posible con sus propios dones a la edificación de la comunidad, sin competir nunca unas con otras ―construyendo cada una, por decirlo así, su propia iglesita―, sino respetándose y colaborando juntas en favor de la única Iglesia ―de la única parroquia como Iglesia del lugar― para suscitar en los jóvenes la alegría de la fe, el amor a la Iglesia y la pasión por el reino de Dios.

Creo que precisamente este es otro aspecto importante:  esta auténtica comunión, por una parte, entre los diversos movimientos, cuyas formas de exclusivismo se deben eliminar, y, por otra, entre las Iglesias locales y estos movimientos, de modo que las Iglesias locales reconozcan esta particularidad, que a muchos parece extraña, y la acojan en sí como una riqueza, comprendiendo que en la Iglesia existen muchos caminos y que todos juntos forman una sinfonía de la fe. Las Iglesias locales y los movimientos no son opuestos entre sí, sino que constituyen la estructura viva de la Iglesia.

Queridos hermanos en el episcopado, si Dios quiere, tendremos otras ocasiones para profundizar tantas cuestiones que reclaman nuestra común solicitud pastoral. En esta oportunidad he querido recoger con vosotros, ciertamente de modo breve y no exhaustivo, el mensaje que ha dejado la gran peregrinación de jóvenes. Me parece que ellos, al final de esta experiencia, podrían decirnos en síntesis:  “Sí, hemos venido a adorarlo. Lo hemos encontrado. Ayudadnos ahora a ser sus discípulos y testigos”. Es una petición exigente, pero sumamente consoladora para el corazón de un pastor. Que el recuerdo de los días vividos aquí en Colonia bajo el signo de la esperanza refuerce nuestro servicio común. Os dejo mi aliento afectuoso, que es al mismo tiempo una ferviente petición fraterna de caminar y actuar unidos, en concordia, sobre el fundamento de una comunión que tiene en la Eucaristía su cumbre y su fuente inagotable. Os encomiendo a todos a María santísima, Madre de Cristo y de la Iglesia, a la vez que os imparto de corazón a cada uno de vosotros y a vuestras comunidades una especial bendición apostólica.

¡Gracias!

CEREMONIA DE DESPEDIDA
EN EL AEROPUERTO INTERNACIONAL DE COLONIA/BONN

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

 

Excelentísimo señor presidente;
queridos jóvenes amigos;
señoras y señores:

Al término de esta mi primera visita en tierra alemana como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, siento una vez más la necesidad de expresar viva gratitud por la acogida dispensada a mí y a mis colaboradores, y especialmente a los numerosos jóvenes llegados a Colonia de todos los continentes con ocasión de esta Jornada mundial de la juventud. El Señor me ha llamado a suceder al querido Pontífice Juan Pablo II, genial promotor de las Jornadas mundiales de la juventud. He acogido con temor, pero también con gozo, esta herencia y doy gracias a Dios, que me ha dado esta oportunidad de vivir junto a tantos jóvenes esta nueva etapa de su peregrinación espiritual, de continente en continente, siguiendo la cruz de Cristo.

Doy las gracias a todos los que se han esforzado para que cada fase y momento de este extraordinario encuentro se desarrollara con orden y serenidad. Los días pasados juntos, han permitido a muchos chicos y chicas procedentes del mundo entero conocer mejor Alemania. Todos somos conscientes del mal producido por nuestra patria en el siglo XX, y lo reconocemos con vergüenza y dolor. Pero en estos días, gracias a Dios, se ha puesto de manifiesto abundantemente que existía y existe también otra Alemania, un país de particulares recursos humanos, culturales y espirituales. Deseo que tales recursos, también gracias al acontecimiento de estos días, vuelvan a irradiarse en el mundo. Ahora, los jóvenes de todo el mundo pueden volver a sus países enriquecidos por los contactos y la experiencia de diálogo y fraternidad que han tenido en muchas regiones de nuestra patria. Estoy seguro de que su estancia, caracterizada por el típico entusiasmo de su edad, deja a las poblaciones que generosamente los han hospedado un grato recuerdo, constituyendo también un signo de esperanza para Alemania.

En efecto, se puede decir que en estos días Alemania ha sido el centro del mundo católico. Los jóvenes de todos los continentes y culturas, estrechamente unidos con fe en torno a sus pastores y al Sucesor de Pedro, han hecho visible una Iglesia joven, que con imaginación y valentía quiere esculpir el rostro de una humanidad más justa y solidaria. Siguiendo el ejemplo de los Magos, los jóvenes se han puesto en camino para encontrarse con Cristo, como recuerda el tema de la Jornada mundial de la juventud. Ahora regresan a sus pueblos y ciudades para testimoniar la luz, la belleza y el vigor del Evangelio, del que han hecho una renovada experiencia.

Antes de partir, siento la necesidad de dar las gracias a todos los que han abierto su corazón y su casa a estos innumerables jóvenes peregrinos. Gracias a las autoridades gubernativas, a los responsables políticos y a las diversas Administraciones civiles y militares, así como a los servicios de seguridad y las múltiples organizaciones de voluntariado, que con gran dedicación han trabajado en la preparación y en el fructuoso desarrollo de cada iniciativa y manifestación de esta Jornada mundial. Gracias a los que se han ocupado de los encuentros de reflexión y oración, así como de las celebraciones litúrgicas, en las que se han dado ejemplos elocuentes de la vitalidad alegre de la fe que anima a los jóvenes de nuestro tiempo.

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Además, quisiera extender mi gratitud a los responsables de las otras Iglesias y comunidades eclesiales, así como a los representantes de las otras religiones que han querido estar presentes en este importante encuentro, y espero que se intensifique el compromiso común de formar a las jóvenes generaciones en los valores humanos y espirituales que son indispensables para construir un futuro de libertad verdadera y de paz.

Expreso mi más sentido agradecimiento al cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, diócesis que ha hospedado este Encuentro mundial, al Episcopado alemán, con su presidente, el cardenal Karl Lehmann, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a las comunidades parroquiales, a las asociaciones laicales y a los movimientos que se han esmerado para que la estancia de los jóvenes fuera espiritualmente provechosa. Gracias especialmente, con afecto, a los jóvenes alemanes, que de tantos modos han demostrado su disponibilidad para acoger a sus coetáneos, y han compartido con ellos momentos de fe que podemos calificar como memorables. Espero que este acontecimiento eclesial quede grabado en la vida de los católicos de Alemania y sea incentivo para un renovado impulso espiritual y apostólico. Que el Evangelio sea acogido en su integridad y testimoniado con pasión por todos los discípulos de Cristo, para que se revele así como fermento de una auténtica renovación de toda la sociedad alemana, también mediante el diálogo con las diversas comunidades cristianas y con los seguidores de las otras religiones.

Por último, saludo con deferente gratitud a las autoridades políticas, civiles y diplomáticas que han tenido a bien estar presentes en esta despedida. Un agradecimiento particular a usted, señor presidente, por la atención que me ha dispensado acogiéndome personalmente al inicio de esta visita y participando ahora en la ceremonia de despedida. ¡Gracias, de corazón!

A través de usted doy las gracias a los miembros del Gobierno y a todo el pueblo alemán, una amplia representación del cual me ha mostrado gran afecto durante estas intensas horas de comunión. Con el corazón henchido de las emociones y recuerdos de estos días, me dispongo a volver a Roma, invocando sobre todos abundantes bendiciones divinas para un futuro de serena prosperidad, de concordia y de paz.

APOSTOLISCHE REISE NACH KÖLN
ANLÄSSLICH DES XX. WELTJUGENDTAGES

HL. MESSE AUF DER EBENE VON MARIENFELD

PREDIGT VON BENEDIKT XVI.

Köln, Marienfeld

Am Beginn der Eucharistiefeier sagte Papst Benedikt XVI. nach der Grußadresse, die der Erzbischof von Köln, Joachim Kardinal Meisner, an ihn gerichtet hatte, die folgenden improvisierten Worte:

Lieber Herr Kardinal Meisner,
liebe junge Freunde!

Ich möchte Dir, lieber Mitbruder im Bischofsamt, ganz herzlich danken für diese bewegenden Worte, die uns so richtig in diesen Gottesdienst hineinführen. Ich wäre ja gerne mit dem Papamobil kreuz und quer durch das ganze Gelände gefahren, um möglichst jedem einzelnen nahe zu sein. Wegen der Schwierigkeit der Wege ging das nicht, aber ich grüße jeden einzelnen von ganzem Herzen. Der Herr sieht jeden einzelnen und liebt ihn, und wir alle sind miteinander lebendige Kirche und danken dem Herrn für diese Stunde, wo er uns das Geheimnis seiner Gegenwart und die Kommunion mit ihm selber schenkt.

Wir wissen alle, daß wir unvollkommen sind, daß wir eigentlich keine geeignete Wohnstätte für ihn sein können. Deswegen beginnen wir die heilige Messe damit, daß wir uns besinnen und daß wir ihn bitten, daß er von uns nimmt, was uns von Ihm und was uns voneinander trennt und uns so schenkt, die heiligen Geheimnisse recht zu begehen.

Liebe Jugendliche!

Vor der heiligen Hostie, in der Jesus sich für uns zum Brot gemacht hat, das unser Leben von innen her trägt und nährt, haben wir gestern abend den inneren Weg der Anbetung begonnen. In der Eucharistie soll Anbetung Vereinigung werden. Mit der Eucharistiefeier stehen wir in der »Stunde« Jesu, von der das Johannes-Evangelium spricht. Durch die Eucharistie wird diese seine »Stunde« unsere Stunde, Gegenwart unter uns. Mit den Jüngern feierte er das Paschamahl Israels, das Gedächtnis der befreienden Tat Gottes, die Israel aus der Knechtschaft ins Freie führte. Jesus folgt den Riten Israels. Er spricht das Preis- und Segensgebet über das Brot. Aber nun geschieht Neues. Er dankt Gott nicht nur für die großen Taten der Vergangenheit, er dankt ihm für seine Erhöhung, die im Kreuz und in der Auferstehung geschieht. Dabei spricht er auch zu den Jüngern mit Worten, die die Summe von Gesetz und Propheten in sich tragen: »Dies ist mein Leib, der für euch hingegeben wird. Dieser Kelch ist der neue Bund in meinem Blut.« Und so teilt er Brot und Kelch aus und trägt ihnen zugleich auf, das, was er jetzt sagt und tut, immer neu zu sagen und zu tun zu seinem Gedächtnis.

Was geschieht da? Wie kann Jesus seinen Leib austeilen und sein Blut? Indem er Brot zu seinem Leib und Wein zu seinem Blut macht und austeilt, nimmt er seinen Tod vorweg, nimmt er ihn von innen her an und verwandelt ihn in eine Tat der Liebe. Was von außen her brutale Gewalt ist – die Kreuzigung –, wird von innen her ein Akt der Liebe, die sich selber schenkt, ganz und gar. Dies ist die eigentliche Wandlung, die im Abendmahlssaal geschah und die dazu bestimmt war, einen Prozeß der Verwandlungen in Gang zu bringen, dessen letztes Ziel die Verwandlung der Welt dahin ist, daß Gott alles in allem sei (vgl. 1 Kor 15,28). Alle Menschen warten immer schon irgendwie in ihrem Herzen auf eine Veränderung und Verwandlung der Welt. Dies nun ist der zentrale Verwandlungsakt, der allein wirklich die Welt erneuern kann: Gewalt wird in Liebe umgewandelt und so Tod in Leben. Weil er den Tod in Liebe umformt, darum ist der Tod als solcher schon von innen her überwunden und Auferstehung schon in ihm da. Der Tod ist gleichsam von innen verwundet und kann nicht mehr das letzte Wort sein. Das ist sozusagen die Kernspaltung im Innersten des Seins – der Sieg der Liebe über den Haß, der Sieg der Liebe über den Tod. Nur von dieser innersten Explosion des Guten her, die das Böse überwindet, kann dann die Kette der Verwandlungen ausgehen, die allmählich die Welt umformt. Alle anderen Veränderungen bleiben oberflächlich und retten nicht. Darum sprechen wir von Erlösung: Das zuinnerst Notwendige ist geschehen, und wir können in diesen Vorgang hineintreten. Jesus kann seinen Leib austeilen, weil er wirklich sich selber gibt. [Der Papst fuhr fort in Englisch:]

Diese erste grundlegende Verwandlung von Gewalt in Liebe, von Tod in Leben zieht dann die weiteren Verwandlungen nach sich. Brot und Wein werden sein Leib und sein Blut. Aber an dieser Stelle darf die Verwandlung nicht Halt machen, hier muß sie erst vollends beginnen. Leib und Blut Jesu Christi werden uns gegeben, damit wir verwandelt werden. Wir selber sollen Leib Christi werden, blutsverwandt mit ihm. Wir essen alle das eine Brot. Das aber heißt: Wir werden untereinander eins gemacht. Anbetung wird, so sagten wir, Vereinigung. Gott ist nicht mehr bloß uns gegenüber der ganz Andere. Er ist in uns selbst und wir in ihm. Seine Dynamik durchdringt uns und will von uns auf die anderen und auf die Welt im ganzen übergreifen, daß seine Liebe wirklich das beherrschende Maß der Welt werde. Ich finde diesen neuen Schritt, den das Abendmahl uns geschenkt hat, sehr schön angedeutet im Unterschied zwischen dem griechischen und dem lateinischen Wort für Anbetung. Das griechische Wort heißt »proskynesis«. Es bedeutet den Gestus der Unterwerfung, die Anerkennung Gottes als unseren wahren Maßstab, dessen Weisung wir folgen. Es bedeutet, daß Freiheit nicht bedeutet, sich auszuleben und für autonom zu halten, sondern sich nach dem Maß der Wahrheit und des Guten zu richten und so selbst wahr und gut zu werden. Dieser Gestus ist notwendig, auch wenn unser Freiheitsstreben ihm zunächst entgegensteht. Aber uns zueignen können wir ihn erst ganz in der zweiten Stufe, die sich im Abendmahl eröffnet. Das lateinische Wort für Anbetung heißt »ad-oratio« – Berührung von Mund zu Mund, Kuß, Umarmung und so im tiefsten Liebe. Aus Unterwerfung wird Einung, weil der, dem wir uns unterwerfen, die Liebe ist. So wird Unterwerfung sinnvoll, weil sie uns nicht Fremdes auferlegt, sondern uns freimacht zum Innersten unserer selbst. […in Französisch:]

Kehren wir noch einmal zum Letzten Abendmahl zurück. Das Neue, das da geschah, lag in der neuen Tiefe des alten Segensgebetes Israels, das nun zum Wort der Verwandlung wird und uns die Teilhabe an der »Stunde« Christi schenkt. Nicht das Paschamahl zu wiederholen, hat Jesus uns aufgetragen; es ist ja auch ein Jahresfest, das man nicht beliebig wiederholen kann. Er hat uns aufgetragen, in »seine Stunde« einzutreten. In sie treten wir ein durch das Wort der heiligen Macht der Verwandlung, die durch das Preisgebet geschieht, das uns in die Kontinuität mit Israel und der ganzen Heilsgeschichte Gottes stellt und uns zugleich das Neue schenkt, auf das dieses Gebet von innen her wartete. Dieses Gebet – die Kirche nennt es Hochgebet – konstituiert Eucharistie. Es ist Wort der Macht, das die Gaben der Erde auf ganz neue Weise in die Selbstgabe Gottes verwandelt und uns in diesen Prozeß der Verwandlung hineinzieht. Deswegen nennen wir dieses Geschehen Eucharistie, was die Übersetzung des hebräischen Wortes »beracha« ist – Dank, Preisung, Segen und so vom Herrn her Verwandlung: Gegenwart seiner »Stunde«. Die »Stunde« Jesu ist die Stunde, in der die Liebe siegt. Das heißt: Gott hat gesiegt, denn er ist die Liebe. Die »Stunde« Jesu will unsere Stunde werden und wird es, wenn wir uns durch die Feier der heiligen Eucharistie in den Prozeß der Verwandlungen hineinziehen lassen, um die es dem Herrn geht. Eucharistie muß Mitte unseres Lebens werden. Es ist nicht Positivismus oder Machtwille, wenn die Kirche uns sagt, daß zum Sonntag die Eucharistie gehört. Am Ostermorgen haben zuerst die Frauen, dann die Jünger den Auferstandenen sehen dürfen. So wußten sie von da an, daß nun der erste Wochentag, der Sonntag, sein Tag ist, der Tag Christi. Der Tag des Schöpfungsbeginns wird zum Tag der Erneuerung der Schöpfung. Schöpfung und Erlösung gehören zusammen. Deswegen ist der Sonntag so wichtig. Es ist schön, daß in vielen Kulturen heute der Sonntag ein freier Tag ist oder gar mit dem Samstag ein sogenanntes freies Wochenende bildet. Aber diese freie Zeit bleibt leer, wenn Gott nicht darin vorkommt. Liebe Freunde! Manchmal ist es vielleicht im ersten Augenblick unbequem, am Sonntag auch die heilige Messe einzuplanen. Aber Ihr werdet sehen, daß gerade das der Freizeit erst die rechte Mitte gibt. Laßt Euch nicht abbringen von der sonntäglichen Eucharistie, und helft auch den anderen, daß sie sie entdecken. Damit von ihr die Freude kommt, die wir brauchen, müssen wir sie natürlich auch immer mehr von innen verstehen und lieben lernen. Mühen wir uns darum – es lohnt sich. Entdecken wir den inneren Reichtum des Gottesdienstes der Kirche und seine wahre Größe: daß da nicht wir selber uns allein ein Fest machen, sondern daß der lebendige Gott selbst uns ein Fest gibt. Mit der Liebe zur Eucharistie werdet Ihr auch das Sakrament der Versöhnung neu entdecken, in der Gottes verzeihende Güte immer wieder einen Neubeginn in unserem Leben möglich macht. [… in Italienisch:]

Wer Christus entdeckt hat, muß andere zu ihm führen. Eine große Freude kann man nicht für sich selbst behalten. Man muß sie weitergeben. Heute gibt es in großen Teilen der Welt eine merkwürdige Gottvergessenheit. Es scheint auch ohne ihn zu gehen. Aber zugleich gibt es auch ein Gefühl der Frustration, der Unzufriedenheit an allem und mit allem: Das kann doch nicht das Leben sein! In der Tat nicht. Und so gibt es zugleich mit der Gottvergessenheit auch so etwas wie einen Boom des Religiösen. Ich will nicht alles schlecht machen, was da vorkommt. Es kann auch ehrliche Freude des Gefundenhabens dabei sein. Aber – um die Wahrheit zu sagen – weithin wird doch Religion geradezu zum Marktprodukt. Man sucht sich heraus, was einem gefällt, und manche wissen, Gewinn daraus zu ziehen. Aber die selbstgesuchte Religion hilft uns im letzten nicht weiter. Sie ist bequem, aber in der Stunde der Krise läßt sie uns allein. Helft den Menschen, den wirklichen Stern zu entdecken, der uns den Weg zeigt: Jesus Christus. Versuchen wir selber, ihn immer besser kennenzulernen, damit wir überzeugend auch andere zu ihm führen können. Deswegen ist die Liebe zur Heiligen Schrift so wichtig, und deswegen ist es wichtig, den Glauben der Kirche zu kennen, in dem uns die Schrift aufgeschlüsselt wird: Es ist der Heilige Geist, der die Kirche in ihrem wachsenden Glauben immer weiter in die Tiefe der Wahrheit eingeführt hat und einführt (vgl. Joh 16,13). Papst Johannes Paul II. hat uns ein wunderbares Werk geschenkt, in dem der Glaube der Jahrhunderte zusammenfassend dargelegt ist: den Katechismus der Katholischen Kirche. Ich selber konnte vor kurzem das Kompendium dieses Katechismus der Öffentlichkeit vorstellen, das auch auf Wunsch des heimgegangenen Papstes erstellt wurde. Es sind zwei Grundbücher, die ich Euch allen ans Herz legen möchte. [… in Spanisch:]

Natürlich reichen Bücher allein nicht aus. Bildet Gemeinschaften aus dem Glauben heraus. In den letzten Jahrzehnten sind Bewegungen und Gemeinschaften entstanden, in denen die Kraft des Evangeliums sich lebendig zu Worte meldet. Sucht Gemeinschaft im Glauben, Weggefährten, die gemeinsam die große Pilgerstraße weitergehen, die uns die Weisen aus dem Orient zuerst gezeigt haben. Das Spontane der neuen Gemeinschaften ist wichtig; aber wichtig ist auch, dabei die Gemeinschaft mit dem Papst und den Bischöfen zu halten, die uns garantieren, daß wir nicht Privatwege suchen, sondern wirklich in der großen Familie Gottes leben, die der Herr mit den zwölf Aposteln begründet hat. […in Deutsch:]

Noch einmal muß ich zur Eucharistie zurückkommen. »Weil wir ein Brot sind, sind wir viele auch ein Leib«, sagt der heilige Paulus (1 Kor 10,17). Er will damit sagen: Weil wir den gleichen Herrn empfangen und er uns aufnimmt, in sich hineinzieht, sind wir auch untereinander eins. Aber das muß sich im Leben zeigen. Es muß sich zeigen in der Fähigkeit des Vergebens. Es muß sich zeigen in der Sensibilität für die Nöte des anderen. Es muß sich zeigen in der Bereitschaft zu teilen. Es muß sich zeigen im Einsatz für den Nächsten, den nahen wie den äußerlich fernen, der uns angeht.

Heute gibt es Formen des Volontariats, Gestalten des gegenseitigen Dienens, die gerade unsere Gesellschaft dringend braucht. Wir dürfen zum Beispiel die alten Menschen nicht ihrer Einsamkeit überlassen, an den Leidenden nicht vorbeigehen. Wenn wir von Christus her denken und leben, dann gehen uns die Augen auf, und dann leben wir nicht mehr für uns selber dahin, sondern dann sehen wir, wo und wie wir gebraucht werden.

Wenn wir so leben und handeln, merken wir alsbald, daß es viel schöner ist, gebraucht zu werden und für die anderen da zu sein, als nur nach den Bequemlichkeiten zu fragen, die uns angeboten werden. Ich weiß, daß Ihr als junge Menschen das Große wollt, daß Ihr Euch einsetzen wollt für eine bessere Welt. Zeigt es den Menschen, zeigt es der Welt, die gerade auf dieses Zeugnis der Jünger Jesu Christi wartet und zuallererst durch das Zeichen Eurer Liebe den Stern entdecken kann, dem wir folgen.

Gehen wir vorwärts mit Christus und leben wir unser Leben als wirkliche Anbeter Gottes.

BENEDIKT XVI.

ANGELUS

Köln, Marienfeld

Liebe Freunde,

unsere schöne Feier geht nun zu Ende und ebenso der XX. Weltjugendtag. In meinem Herzen erklingt ein deutliches “Danke!” Ich bin sicher – und ich höre es –, daß es in jedem von Euch ein einhelliges Echo findet. Gott selbst hat es in unsere Herzen gelegt, und er hat es mit dieser Eucharistiefeier besiegelt: Das Wort “Eucharistie” bedeutet nämlich “Danksagung”. Ja, liebe junge Freunde, das Wort des Dankes, das aus dem Glauben entspringt, findet seinen Ausdruck im Lobgesang auf Ihn – Vater, Sohn und Heiligen Geist –, der uns ein großes Zeugnis seiner unendlichen Liebe geschenkt hat.

Unser »Danke«, das zuallererst zu Gott aufsteigt – nur er konnte uns das so schenken, wie es gewesen ist –, dieses unser »Danke« erstreckt sich auf alle, die für die Organisation und die Durchführung gearbeitet haben. Der Weltjugendtag war ein Geschenk, aber so, wie er geworden ist, doch auch Frucht vieler Arbeit. Deswegen möchte ich erneut meinen herzlichen Dank besonders dem Päpstlichen Laienrat unter dem Vorsitz von Erzbischof Stanislaw Rylko aussprechen, der im Sekretär des Rates, meinem langjährigen Sekretär Msgr. Josef Clemens, wertvolle Unterstützung fand, und ebenso gilt mein Dank meinen Mitbrüdern des deutschen Episkopats, an erster Stelle natürlich dem Erzbischof von Köln, Kardinal Joachim Meisner. Ich danke den Vertretern von Politik und Verwaltung, die viel dazu beigetragen haben, großzügig geholfen und in diesen Tagen einen reibungslosen Ablauf aller Veranstaltungen ermöglicht haben; ich danke den zahlreichen Freiwilligen aus allen deutschen Diözesen und aus allen Nationen. Ein herzliches »Vergelt’s Gott« auch den vielen kontemplativen Klöstern, die den Weltjugendtag mit ihrem Gebet begleitet haben.

In diesem Moment, da die lebendige Gegenwart des auferstandenen Christus mitten unter uns den Glauben und die Hoffnung nährt, kündige ich mit Freude an, daß der nächste Weltjugendtag im Jahr 2008 in Sydney, in Australien, stattfinden wird. Vertrauen wir den zukünftigen Weg der Jugendlichen aus der ganzen Welt der mütterlichen und aufmerksamen Führung Marias an!

Jetzt beten wir den Angelus.


Nach dem Angelusgebet begrüßte der Papst die anwesenden Jugendlichen in verschiedenen Sprachen:

In Französisch:

Herzlich grüße ich die Jugendlichen französischer Sprache. Ich danke Euch, liebe Freunde, für Eure Teilnahme und wünsche Euch, daß Ihr, wenn Ihr nun in Eure Länder zurückkehrt, wie die Heiligen Drei Könige die Freude in Euch tragt, Christus, dem Sohn des lebendigen Gottes, begegnet zu sein.

In Englisch:

An die Jugendlichen englischer Sprache aus allen Teilen der Welt richte ich am Ende dieser unvergeßlichen Tage einen herzlichen Gruß. Das Licht Christi, dem Ihr gefolgt seid, um nach Köln zu kommen, möge nun noch klarer und stärker in Eurem Leben leuchten!

In Spanisch:

Liebe Jugendliche spanischer Sprache! Ihr seid gekommen, um Christus anzubeten. Nun, da Ihr ihm begegnet seid, betet ihn weiter an in Eurem Herzen, stets bereit, jedem Rede und Antwort zu stehen, der nach der Hoffnung fragt, die Euch erfüllt (1 Petr 3,15). Gute Heimkehr in Eure Länder!

In Italienisch:

Liebe Freunde italienischer Sprache! Der XX. Weltjugendtag geht nun seinem Ende zu, aber diese Eucharistiefeier setzt sich im Leben fort: Bringt allen die Freude Christi, dem Ihr hier begegnet seid!

In Polnisch:

Eine herzliche Umarmung Euch allen, Ihr polnischen Jugendlichen! Wie der große Papst Johannes Paul II. zu Euch sagen würde: Haltet die Flamme des Glaubens in Eurem Leben und im Leben Eures Volkes lebendig! Möge die Muttergottes stets Eure Schritte lenken!

In Portugiesisch:

Herzlich begrüße ich die Jugendlichen portugiesischer Sprache. Ich wünsche Euch, liebe Jugendliche, immer in der Freundschaft mit Jesus zu leben, um die wahre Freude zu erfahren und sie allen mitzuteilen, besonders denjenigen Eurer Altersgenossen, die sich am meisten in Schwierigkeiten befinden.

In Philippinisch:

Liebe Freunde philippinischer Sprache und all Ihr Jugendlichen aus Asien! Wie die Heiligen Drei Könige seid Ihr aus dem Osten gekommen, um Christus anzubeten. Nun, da Ihr ihm begegnet seid, kehrt in Eure Länder zurück und tragt das Licht seiner Liebe in Euren Herzen!

In Swaheli:

Ein lieber Gruß auch an Euch, liebe afrikanische Jugendliche! Tragt in Euren großen und geliebten Kontinent die Hoffnung, die Christus Euch geschenkt hat! Seid überall Verbreiter von Frieden und Brüderlichkeit!

In Deutsch:

Liebe Freunde, die Ihr mich in meiner eigenen Sprache versteht, ich danke Euch von Herzen für die Sympathie, mit der Ihr mich in diesen Tagen unterstützt habt. Bleibt mir nah im Gebet! Ich bitte Euch darum. Geht Eure Wege in Einigkeit! Bleibt Christus und der Kirche immer treu! Der Friede und die Freude Christi seinen immer mit Euch!

BEGEGNUNG MIT DEN DEUTSCHEN BISCHÖFEN

ANSPRACHE VON BENEDIKT XVI.

Köln, Erzbischöfliches Palais

Verehrte und liebe Mitbrüder!

Ich möchte zunächst einfach meine große Freude darüber ausdrücken, daß es noch möglich geworden ist, daß wir uns hier untereinander sehen, daß nach schönen, aber auch anspruchsvollen Tagen wir sozusagen unter uns sind und einfach die Freude haben, uns zu begegnen. Denn ich bin zwar in der Tat nur ein ehemaliges Mitglied der Deutschen Bischofskonferenz, aber fühle mich doch immer noch mit Ihnen allen zusammengehörig in einer brüderlichen Verbundenheit, die nicht aufhören kann.

Dann möchte ich, was Kardinal Lehmann eben gesagt hat, dem ich für seine warmherzigen Worte sehr herzlich danke, auch noch im Geist dessen unterstreichen, was ich heute am Ende des Gottesdienstes sagen durfte: noch einmal das große »Danke« betonen, das wir alle in der Seele tragen. Wir sind uns alle bewußt, daß alle Vorbereitungsarbeit, alles Große, was getan worden ist, nicht ausreicht, um so etwas zu ermöglichen, sondern daß es am Ende dann doch geschenkt werden muß. Denn niemand kann den Enthusiasmus der jungen Menschen einfach schaffen, niemand das Zusammenhalten über die Tage hin im Glauben und in der Freude des Glaubens. Und bis hin zum Wetter war doch alles wirklich ein Geschenk, für das wir dem Herrn danken und das wir nun auch als Verpflichtung auffassen, das Unsere zu tun, damit diese Zündung weitergeht und Kraft wird für das Leben der Kirche in unserem Land.

Danken möchte ich, wie es auch schon geschehen ist, Kardinal Meisner und seinen Mitarbeitern für die große Vorbereitungsarbeit, die geleistet worden ist – danken Kardinal Lehmann, seinen Mitarbeitern und Ihnen allen, denn alle Diözesen haben ja zusammengewirkt. Ganz Deutschland hat die Gäste aufgenommen, ist mit dem Kreuz und der Madonna unterwegs gewesen und hat so auch dieses Geschenk empfangen dürfen. Und herzlich »Vergelt’s Gott« für diese Statue; die braucht noch ein bißchen Zeit, bis sie sozusagen ihre Endgestalt erreicht. Aber ich finde es sehr schön, daß nun der Heilige Bonifatius auch bei mir zu Hause sein wird und damit das, was ihm so sehr am Herzen lag, die Verbindung zwischen der Kirche in Deutschland und Rom, sich für mich auch sichtbar ausdrückt. So wie er die Kirche in Deutschland auf die Einheit mit dem Nachfolger Petri orientierte, hat er mich auch orientiert auf die bleibende brüderliche Gemeinschaft mit den Bischöfen in Deutschland, mit der Kirche in Deutschland.

Der Heilige Vater Johannes Paul II., der ja der geniale Initiator dieser Weltjugendtage ist – eine Intuition, die ich als eine Inspiration ansehe –, hat aber darauf hingewiesen, daß beide Seiten geben und empfangen. Nicht nur wir haben das Unsrige gegeben, so gut wir es konnten, sondern daß auch die jungen Menschen mit ihrem Fragen, mit ihrem Hoffen, mit ihrer Freude am Glauben und mit ihrem Enthusiasmus, Kirche jung neu zu schaffen, uns etwas gegeben haben. Für diese Gegenseitigkeit danken wir und hoffen, daß sie weitergehen wird, daß die jungen Menschen mit ihren Fragen wie mit ihrem Glauben und ihrer Freude des Glaubens für uns eine Provokation sind, Kleinmut und Müdigkeit zu überwinden, und daß wir umgekehrt mit der Erfahrung des Glaubens, die uns geschenkt ist, mit der Erfahrung des Hirtenamtes, mit der Gnade des Sakramentes, in der wir stehen, ihnen den Weg geben können, damit der Enthusiasmus dann auch die richtige Ordnung findet: So wie eine Quelle gefaßt werden muß, damit sie ihr Wasser fruchtbar geben kann, so muß auch dieser Enthusiasmus gleichsam immer wieder in seine kirchliche Form hineingestaltet werden.

Wir sind in Deutschland gewöhnt, und ich als Professor auch ganz besonders, daß man vor allem Probleme sieht. Aber zunächst, glaube ich, sollten wir uns doch auch sagen, dieses ganze ist nur möglich geworden, weil es in Deutschland trotz aller Nöte der Kirche, trotz alles Fragwürdigen, was auch bestehen mag, doch wirklich eine lebendige Kirche gibt, eine Kirche, in der so viel Positives da ist, so viele Menschen, die bereit sind, sich für ihren Glauben einzusetzen, ihre Freizeit dafür herzugeben, auch Geld oder sonst etwas von ihren Dingen beizusteuern, einfach mit ihrer lebendigen Existenz beizutragen. Das, glaube ich, ist uns wieder sichtbar geworden, wie viele Menschen in Deutschland trotz allen Rückgangs, über den wir klagen, auch heute Glaubende sind, lebendige Kirche sind und so möglich machen, daß ein solches Ereignis wie der Weltjugendtag seinen Kontext, gleichsam seinen Humus hat, in dem es wachsen und seine Gestalt finden kann.

Ich glaube, wir sollen uns jetzt daran erinnern, daß viele Priester, Ordensleute und Laien treu ihren Dienst in oft schwierigen pastoralen Situationen erfüllen. Und ich brauche nicht eigens die wirklich in der ganzen Welt bekannte Großzügigkeit der deutschen Katholiken hervorzuheben – nicht nur materiell: Es gibt viele deutsche »Donum fidei«-Priester.

Ich sehe es jetzt in den »ad limina«-Besuchen, daß bis hin nach Papua Neuguinea, den Salomoninseln und in Gegenden, wo man gar nicht daran denkt, Priester aus Deutschland wirken und den Samen des Wortes ausstreuen, sich mit den Menschen identifizieren und dadurch nun in diese bedrohte Welt hinein, in die so viel Negatives auch vom Westen kommt, große Kraft des Glaubens und damit auch das Positive dessen, was uns geschenkt ist, einsenken.

Bemerkenswert ist die Arbeit von Misereor, Adveniat, Missio, Renovabis bis zur Caritas auf Diözesan- und Pfarreiebene, weitläufig das erzieherische Wirken der katholischen Schulen und anderer katholischer Einrichtungen und Organisationen zugunsten der Jugend. Ich möchte damit nicht erschöpfen, was es an Positivem zu sagen gäbe, nur andeuten, daß wir es doch auch nicht vergessen und daß es uns selber immer wieder Freude und Mut machen soll. Das Positive gesagt – und ich glaube, das ist sehr wichtig, daß wir das sehen und dafür dankbar bleiben –, müssen wir zugeben, daß es auf dem Gesicht der Kirche in der Welt und eben auch in Deutschland leider auch Falten gibt, Schatten, die ihren Glanz verdunkeln. Aus Liebe und mit Liebe wollen wir uns auch sie in diesem Augenblick des Feierns und Dankens vergegenwärtigen. Wir wissen, daß Säkularisierung und Entchristlichung vorangehen, daß der Relativismus wächst, daß der Einfluß der katholischen Ethik und Moral immer geringer wird.

Nicht wenige Menschen verlassen die Kirche, oder, wenn sie bleiben, akzeptieren sie doch nur ein Auswahlchristentum, einen Teil der katholischen Lehre. Besorgniserregend bleibt die religiöse Situation im Osten, wo ja, wie wir wissen, die Mehrheit der Bevölkerung nicht getauft ist und keinerlei Kontakt zur Kirche hat, oft überhaupt nichts von Christus und von der Kirche weiß. Solche Dinge sind Herausforderungen. Ihr selbst, liebe Mitbrüder, habt ja in dem Pastoralbrief vom 21. September 2004 aus Anlaß des Bonifatiusjubiläums das Wort von Pater Delp wiederholt: »Wir sind zum Missionsland geworden«, und für große Teile Deutschlands trifft das ja wirklich zu. Und so denke ich, müssen wir ganz ernstlich – in ganz Europa, nicht weniger in Frankreich oder auch in Spanien und anderswo – darüber nachdenken, wie wir heute wirklich Evangelisierung, nicht nur Neuevangelisierung, sondern oft eben auch Erstevangelisierung leisten können. Die Menschen kennen Gott nicht, kennen Christus nicht. Ein neues Heidentum ist da, und es genügt nicht, daß wir versuchen, die bestehende Herde zu erhalten – das ist sehr wichtig –; aber es drängt sich die große Frage auf: Was ist eigentlich das Leben? Und wir müssen, denke ich, alle miteinander versuchen, neue Weisen zu finden, wie wir in diese heutige Welt hinein wieder das Evangelium tragen, dort wieder Christus verkünden und den Glauben aufrichten können.

Das Situationsbild, das der Weltjugendtag uns gibt und von dem ich nur ein paar dürftige Striche angedeutet habe, lädt uns ein, unseren Blick auf die Zukunft zu richten. Die Jugendlichen sind für die Kirche und insbesondere für uns Hirten, für die Eltern und Erzieher ein lebendiger Aufruf zum Glauben. Ich möchte noch einmal sagen, mir scheint, daß auch dies eine große Inspiration von Papst Johannes Paul II. war, daß er uns für diesen Weltjugendtag das Motto gegeben hat: »Wir sind gekommen, um ihn anzubeten.« Wir sind oft so bedrängt, begreiflicherweise so bedrängt von den ungeheuren sozialen Nöten in der Welt, von den ganzen organisatorischen, strukturellen Problemen, die es gibt, daß die Anbetung gleichsam als etwas später zu Tuendes an die Seite rücken kann. Pater Delp hat auch darüber einmal gesprochen, daß nichts wichtiger ist als die unverlorene Anbetung. Er hat es in dem Kontext von damals gesagt, wo sichtbar war, wie die zerstörte Anbetung den Menschen zerstört. Aber es geht uns in unserem neuen Kontext mit der verlorenen Anbetung und damit dem verlorenen Gesicht der Menschenwürde wieder ganz neu an, die Priorität der Anbetung zu sehen und es auch den jungen Menschen und uns selber, unseren ganzen Gemeinden ins Bewußtsein zu rücken, daß dies nicht ein Luxus in verworrener Zeit ist, den man sich vielleicht gar nicht leisten kann, sondern Priorität. Wo nicht mehr angebetet wird, wo nicht Gott zuerst die Ehre gegeben wird, da können auch die Dinge des Menschen nicht wachsen. Wir müssen daher versuchen, eben das Gesicht Christi, das Gesicht des lebendigen Gottes sichtbar zu machen, so daß es uns dann von selber geht wie den Weisen, daß wir niederfallen und ihn anbeten. Natürlich gehört zu den Weisen zweierlei: Sie waren zuerst Suchende und dann Findende und Anbetende. Viele Menschen heute sind Suchende. Wir selber sind es auch. Im Grunde muß in unterschiedlicher Dialektik immer beides da sein. Wir müssen Ehrfurcht haben vor dem Suchen der Menschen, dieses Suchen unterstützen, sie fühlen lassen, daß der Glaube nicht einfach ein fertiger Dogmatismus ist, der das Suchen, den großen Durst des Menschen auslöscht, sondern daß er erst die große Pilgerschaft ins Unendliche bringt, daß wir gerade als Glaubende immer Suchende und Findende zugleich sind. Der hl. Augustinus hat in seinem Psalmenkommentar dieses Wort: »Quaerite faciem eius semper – Sucht immer sein Angesicht« so schön ausgelegt, daß es mir schon damals als Student zu Herzen gegangen ist, wo er sagt: Das gilt nicht nur in diesem Leben, es gilt in Ewigkeit, immer wird dieses Angesicht neu zu entdecken sein, je weiter wir hineinschreiten in den Glanz der göttlichen Liebe, desto größer werden die Entdeckungen sein, desto schöner ist es, voranzugehen und zu wissen, daß das Suchen ohne Ende ist und darum das Finden ohne Ende und daher Ewigkeit Freude des Suchens und Findens zugleich ist. Menschen im Suchen stützen als Mitsuchende und ihnen zugleich doch auch geben, daß Er uns gefunden hat und daß wir Ihn daher finden können. Zukunftsoffene Kirche wollen wir sein, reich an Verheißungen für nachwachsende Generationen. Nicht um eine gespielte Jugendlichkeit geht es, sie macht sich im Grunde lächerlich, sondern um jene echte Jugendlichkeit, die aus dem Quell der Ewigkeit kommt, die immer neu ist, die davon kommt, daß Christus durchleuchtet in seiner Kirche und so uns das Licht gibt, um weiterzugehen. In diesem Licht können wir den Mut finden, die schwierigsten Fragen, die sich heute der Kirche in Deutschland stellen, zuversichtlich aufzugreifen. Wir müssen einerseits, wie ich schon sagte, die Provokation der Jugend annehmen, aber wir müssen unsererseits die Jugend zur Geduld erziehen – ohne Geduld gibt es kein Finden –, zu Unterscheidungsvermögen, zu einem gesunden Realismus, zur Fähigkeit der Endgültigkeit. Mir hat einer der Staatspräsidenten, die mich in letzter Zeit besucht haben, gesagt, was ihn am meisten beunruhige, sei die verbreitete Unfähigkeit, endgültige Entscheidungen zu treffen, in der Meinung, man gebe dann seine Freiheit preis.

In Wirklichkeit wird der Mensch erst frei, wenn er sich gebunden hat, wenn er eine Wurzel gefunden hat, dann kann Reifen und Wachstum geschehen. Erziehen zu Geduld, Unterscheidungsvermögen, Realismus, jedoch ohne falsche Kompromisse, um das Evangelium nicht zu verwässern.

Die Erfahrung dieser letzten 20 Jahre hat uns gezeigt, daß jeder Weltjugendtag in gewissem Sinn ein Neuanfang für die Jugendpastoral des jeweiligen Gastgeberlandes darstellt. Schon die Vorbereitung des Ereignisses des Weltjugendtages mobilisiert Menschen und Kräfte. Das haben wir gerade auch in Deutschland gesehen, wie eine regelrechte Mobilisierung durch unser Land gegangen ist und Kräfte freigesetzt hat. Schließlich bringt dann die Feier selbst eine Welle der Begeisterung, die man unterstützen und sozusagen verendgültigen muß. Es ist ein enormes Potential an Energie, das noch weiter wachsen kann, wenn es sich im Land ausbreitet. Ich denke an die Pfarreien, die Vereinigungen, die Bewegungen. Ich denke an die Priester, die Ordensleute, die Katecheten und an die in der Jugendseelsorge Tätigen. Ich nehme an, daß man in Deutschland weiß, wie viele in dieses Geschehen einbezogen waren, und bete darum, daß für jeden von denen, die da mitgewirkt haben, damit ein Wachsen in der Liebe zu Christus und zur Kirche verbunden sein möge, und ermutige alle, gemeinsam die pastorale Arbeit unter den jungen Generationen mit einem erneuerten Geist des Dienens voranzutreiben. Die Fähigkeit des Dienens müssen wir selber neu erlernen und weitergeben.

Der größte Teil der deutschen Jugendlichen lebt in guten sozialen und wirtschaftlichen Verhältnissen. Aber wir wissen sehr genau, daß es auch sehr viele schwierige Situationen gibt. In allen sozialen Schichten, gerade auch unter den Wohlhabenden, nimmt die Zahl der Jugendlichen aus zerbrochenen Familien zu. Leider hat in Deutschland die Jugendarbeitslosigkeit zugenommen. Außerdem sind viele junge Männer und Mädchen orientierungslos, ohne gültige Antworten auf die Frage nach dem Sinn von Leben und Tod, auf die Fragen in bezug auf ihre Gegenwart und Zukunft. Viele Angebote der modernen Gesellschaft führen ins Leere, und leider viele junge Menschen enden im Fließsand des Alkohols und der Droge oder in den Spiralen extremistischer Gruppierungen. Ein Teil der deutschen Jugendlichen, vor allem im Osten, hat die Frohbotschaft Jesu Christi nie persönlich kennengelernt. Selbst in den traditionell katholischen Gebieten gelingt es dem Religionsunterricht und der Katechese nicht immer, dauerhafte Bindungen der Jugendlichen an die kirchliche Gemeinschaft herzustellen. Deswegen sind Sie alle miteinander bemüht – ich weiß es –, neue Wege zu finden, wie man die jungen Menschen erreichen kann, und der Weltjugendtag war dafür, wie wiederum Papst Johannes Paul II. es ausgedrückt hat, eine Art »Laboratorium«.

Ich glaube, wir alle denken darüber nach – in den anderen Ländern des Westens ist es nicht anders –, wie Katechese wirksamer werden kann. Ich habe in der Herder-Korrespondenz gelesen, daß Sie ein neues Katechesepapier veröffentlicht haben, das ich leider noch nicht sehen konnte, bin aber dankbar festzustellen, wie sehr diese Sorge Sie drängt. Denn es ist ja für uns alle beunruhigend, daß trotz jahrelangen Religionsunterrichts das religiöse Wissen gering ist und viele Menschen oft elementare und einfache Dinge nicht wissen. Was können wir tun? Ich weiß es nicht. Vielleicht muß es einerseits so eine Art Vorhof der Heiden geben mit einer Prä-Katechese, die überhaupt auftut für den Glauben – und das ist ja auch der Inhalt vieler katechetischer Versuche –, aber andererseits braucht es doch auch immer wieder den Mut, das Mysterium selbst zu vermitteln in seiner Schönheit und in seiner Größe und den Sprung möglich zu machen, es anzuschauen, es lieben zu lernen, und dann zu erkennen: Ja, das ist es! Ich habe heute in der Predigt ja darauf hingewiesen, daß uns Papst Johannes Paul II. zwei großartige Instrumente geschenkt hat: den Katechismus der Katholischen Kirche und dessen ebenfalls noch von ihm angeordnetes Kompendium. Wir haben darauf geachtet, daß die deutsche Übersetzung für den Weltjugendtag fertig geworden ist. In Italien ist schon eine halbe Million Exemplare verkauft, dort wird es an den Zeitungskiosken angeboten, und dann wird doch die Neugier der Menschen geweckt: Was steht da eigentlich drinnen, was sagt die katholische Kirche? Ich glaube, wir sollen den Mut haben, auch diese Neugier zu unterstützen und zu versuchen, daß eben wirklich diese Bücher, die den Inhalt des Mysteriums darstellen, in die Katechese einfließen, damit wieder das Wissen um unseren Glauben und damit auch die Freude daran wächst.

Zwei andere Punkte liegen mir sehr am Herzen. Zum einen die Berufungspastoral. Ich glaube, daß uns die Vesper in St. Pantaleon auch da wirklich Mut gemacht hat, jungen Menschen zu helfen, und das in rechter Weise zu tun, so daß sie mit dem Ruf des Herrn konfrontiert werden und fragen können: »Will er mich?«, und daß die Bereitschaft, sich rufen zu lassen und einen Ruf zu hören, wieder neu wachsen kann. Das andere ist die Familienpastoral. Wir sehen die Gefährdung der Familien. Inzwischen sehen auch weltliche Instanzen, wie wichtig es ist, daß die Familie als Grundzelle der Gesellschaft lebt, daß darin Kinder im Konnex der Generationen aufwachsen können, damit die Kontinuität von Vergangenheit, Gegenwart und Zukunft gewahrt bleibt und auch die Kontinuität der Werte besteht; damit eben diese Fähigkeit des Beieinanderbleibens und so des Miteinanderlebens wächst, die dann ermöglicht, im Miteinander ein Land aufzubauen.

Diese drei Dinge – Katechese, Berufungspastoral, Familienpastoral – wollte ich doch eigens ansprechen.

Eine wichtige Rolle in der Welt der jungen Menschen spielen – wir haben das wieder gesehen – die Vereinigungen und Bewegungen, die zweifellos einen Reichtum darstellen. Die Kirche muß diese Realitäten nutzbar machen und zugleich mit pastoraler Weisheit leiten, damit sie mit ihren verschiedenen, sehr unterschiedlichen Gaben auf beste Weise zum Aufbau der Gemeinden beitragen und nicht in Konkurrenz zueinander treten, jeder sozusagen sein eigenes Kirchlein baut, sondern in gegenseitiger Achtung zusammenarbeiten an der einen Kirche, in der einen Pfarrei als Kirche am Ort, um in den jungen Leuten die Freude am Glauben, die Liebe zur Kirche und die Leidenschaft für das Reich Gottes zu wecken. Ich denke, gerade das ist auch ein wichtiger Punkt: dieses echte Miteinander zum einen der verschiedenen Bewegungen, deren Exklusivismen aufgebrochen werden müssen, zum anderen das Miteinander der Ortskirche mit diesen Bewegungen, daß die Ortskirche eben dieses Besondere und vielen manchmal Fremde anerkennt, als einen Reichtum in sich aufnimmt und sieht, daß es viele Wege in der einen Kirche gibt und daß sie alle zusammen dann eine Symphonie des Glaubens bilden: daß Ortskirchen und Bewegungen nicht gegeneinander stehen, sondern miteinander das lebendige Gefüge der Kirche sind.

Liebe Mitbrüder, so Gott will, werden sich noch weitere Gelegenheiten bieten, um die Fragen zu vertiefen, die unsere gemeinsame pastorale Sorge betreffen. Dieses Mal wollte ich einfach kurz – und gewiß unzulänglich – die Botschaft aufgreifen, die uns die große Wallfahrt der jungen Menschen hinterlassen hat. Mir scheint, daß am Ende dieses Ereignisses die Bitte der jungen Leute an uns im wesentlichen so lauten könnte: »Ja, wir sind gekommen, ihn anzubeten. Wir sind ihm begegnet. Helft uns jetzt, seine Jünger und Zeugen zu werden.« Das ist ein anspruchsvoller Anruf, aber für das Herz eines Seelsorgers tröstlich. Möge die Erinnerung an die in Köln unter dem Zeichen der Hoffnung verbrachten Tage unseren gemeinsamen Dienst unterstützen. Ich hinterlasse Euch meine liebevolle Ermutigung, die zugleich eine herzliche und brüderliche Bitte ist: immer einmütig voranzuschreiten und zu wirken, auf dem Fundament einer Gemeinsamkeit, die in der Eucharistie ihren Höhepunkt und ihre unerschöpfliche Quelle besitzt. Ich vertraue Euch alle Maria an, der Mutter Christi und der Kirche, während ich jedem einzelnen von Euch und Euren jeweiligen Gemeinschaften aus ganzem Herzen den Apostolischen Segen erteile. Vielen Dank.

ABSCHIEDSZEREMONIE

ANSPRACHE VON BENEDIKT XVI.

Köln, Flughafen

Verehrter Herr Bundespräsident,
liebe junge Freunde,
verehrte Damen und Herren!

Verehrter Herr Bundespräsident, liebe junge Freunde, verehrte Damen und Herren! Am Ende meines ersten Deutschland- Besuchs als Bischof von Rom und Nachfolger Petri ist es mir noch einmal ein Bedürfnis, meinen herzlichen Dank auszudrücken für die freundliche Aufnahme, die ich selbst und meine Mitarbeiter und besonders die zahlreichen jungen Menschen erfahren durften, die anläßlich des Weltjugendtages aus allen Kontinenten in Köln zusammengekommen sind. Der Herr hat mich berufen, die Nachfolge des geliebten Papstes Johannes Paul II. anzutreten, des genialen Initiators der Weltjugendtage. Ich habe dieses Erbe mit Scheu, aber doch auch mit Freude aufgegriffen und danke Gott, daß er mir diese Gelegenheit gegeben hat, gemeinsam mit so vielen Jugendlichen diese weitere Etappe ihres geistlichen Pilgerweges zu erleben, der sie von Kontinent zu Kontinent dem Kreuz Christi folgen läßt.

Ich danke allen, die sich tatkräftig dafür eingesetzt haben, daß jede Phase und jeder Moment dieses außerordentlichen Treffens geordnet und entspannt ablaufen konnte. Die gemeinsam verbrachten Tage haben vielen jungen Leuten aus aller Welt ermöglicht, Deutschland besser kennenzulernen: Wir wissen alle um das Böse, das im 20. Jahrhundert von unserem Vaterland ausgegangen ist, und bekennen es mit Scham und Trauer. Aber in diesen Tagen ist gottlob weithin sichtbar geworden, daß es auch das andere Deutschland gab und gibt – ein Land einzigartiger menschlicher, kultureller und spiritueller Werte. Ich wünsche mir, daß diese Werte auch dank des Ereignisses dieser Tage neu in die Welt ausstrahlen mögen. Nun können die jungen Menschen aus aller Welt bereichert durch die Kontakte und durch die Erfahrung des Dialogs und der Geschwisterlichkeit, die sie in verschiedenen Gegenden unseres Vaterlandes gemacht haben, wieder in ihre Heimat zurückkehren. Ich bin gewiß, daß ihr von dem für ihre Altersstufe typischen Enthusiasmus gekennzeichneter Aufenthalt bei den Menschen, die sie großzügig beherbergt haben, eine gute Erinnerung zurückläßt und so auch für Deutschland ein Zeichen der Hoffnung ist. Man kann nämlich sagen, daß Deutschland in diesen Tagen der Mittelpunkt der katholischen Welt war. Die Jugendlichen aller Kontinente und Kulturen haben, indem sie sich voller Glauben um ihre Hirten und um den Nachfolger Petri scharten, eine junge Kirche sichtbar gemacht, die mit Phantasie und Mut das Gesicht einer gerechteren und solidarischeren Menschheit entwerfen will. Nach dem Beispiel der Heiligen Drei Könige haben sich die jungen Menschen auf den Weg gemacht, um Christus zu begegnen. Nun reisen sie wieder zurück in ihre Regionen und Städte, um das Licht, die Schönheit und die Kraft des Evangeliums zu bezeugen, die sie hier erfahren haben.

Es ist mir vor meiner Abreise ein Bedürfnis, all denen zu danken, die diesen zahlreichen jugendlichen Pilgern ihre Herzen und ihre Häuser geöffnet haben. Ich danke den Regierungsvertretern, den Verantwortlichen aus der Politik und den verschiedenen Zivil- und Militärverwaltungen sowie den Sicherheitsdiensten und den vielen Organisationen des Volontariats, die mit großer Hingabe für die Vorbereitung und für den positiven Verlauf aller Initiativen und Kundgebungen dieses Weltjugendtages gearbeitet haben. Ich danke denen, die die Meditations- und Gebetstreffen betreut und die liturgischen Feiern gestaltet haben, in denen uns aussagekräftige Beispiele der freudigen Vitalität des Glaubens dargeboten wurden, die die Jugendlichen unserer Zeit beseelt. Außerdem möchte ich in meinen Dank auch die Verantwortlichen der anderen Kirchen und kirchlichen Gemeinschaften sowie die Vertreter der anderen Religionen einbeziehen, die bei diesem wichtigen Treffen zugegen sein wollten. Ich wünsche mir, daß sich der gemeinsame Einsatz verstärkt, die jungen Generationen in jenen menschlichen und geistigen Werten zu erziehen, die zur Gestaltung einer Zukunft in wahrer Freiheit und in Frieden unverzichtbar sind.

Mein tief empfundener Dank gilt Kardinal Joachim Meisner, dem Erzbischof von Köln, der Diözese, die dieses weltweite Treffen beherbergt hat, ferner dem deutschen Episkopat mit seinem Vorsitzenden, Kardinal Karl Lehmann, sowie den Priestern und Ordensleuten, den Pfarrgemeinden, den Laienverbänden und den Bewegungen, die sich darum bemüht haben, den Aufenthalt der Jugendlichen so zu gestalten, daß er für sie ein geistlicher Gewinn sein konnte. Einen von Herzen kommenden Dank richte ich an die deutschen Jugendlichen, die sich auf verschiedene Weise zur Aufnahme ihrer Altersgenossen bereitgefunden und gemeinsam mit ihnen Augenblicke des Glaubens erlebt haben, die wir als unvergeßlich bezeichnen können. Mein Wunsch ist, daß dieses kirchliche Ereignis in das Leben der Katholiken Deutschlands eingeschrieben bleibe und sie zu neuem geistlichen und apostolischen Schwung motiviere! Möge das Evangelium von allen Jüngern Christi unverkürzt aufgenommen sowie mit aller Kraft bezeugt werden und sich so als ein Ferment echter Erneuerung der gesamten Gesellschaft in Deutschland erweisen, auch dank des Dialogs mit den verschiedenen christlichen Gemeinschaften und den Anhängern anderer Religionen!

Mein ehrerbietiger und dankbarer Gruß richtet sich schließlich an die politischen, zivilen und diplomatischen Vertreter, die bei dieser Verabschiedung zugegen sein wollten. Im besonderen danke ich Ihnen, Herr Bundespräsident, für Ihre Geste der Aufmerksamkeit, mich zu Beginn meines Besuches persönlich zu empfangen und auch noch an dieser Abschiedszeremonie teilzunehmen. Herzlichen Dank! In Ihrer Person danke ich den Regierungsmitgliedern und dem ganzen deutschen Volk, dessen zahlreiche Vertreter mir in diesen intensiven Stunden der Gemeinsamkeit so große Sympathie entgegengebracht haben. Das Herz erfüllt von den Erlebnissen und Erinnerungen dieser Tage, trete ich die Rückreise nach Rom an und rufe auf alle die Fülle des göttlichen Segens herab für eine Zukunft sorgenfreien Wohlstands in Frieden und Eintracht.

VIAGGIO APOSTOLICO A COLONIA
IN OCCASIONE DELLA XX GIORNATA MONDIALE DELLA GIOVENTÙ

SANTA MESSA

OMELIA DEL SANTO PADRE BENEDETTO XVI

Spianata di Marienfeld – Colonia

Parole del Santo Padre all’inizio della Celebrazione

Caro Cardinale Meisner,
cari giovani!

Vorrei ringraziarti cordialmente, caro Confratello nell’Episcopato, per queste tue parole commoventi che ci introducono tanto opportunamente in questa celebrazione liturgica. Avrei voluto percorrere col papamobile tutto il territorio in lungo e in largo per essere possibilmente vicino a ciascuno singolarmente. Per le difficoltà dei sentieri non era possibile, ma saluto ciascuno con tutto il cuore. Il Signore vede e ama ogni singola persona. Tutti noi formiamo insieme la Chiesa vivente e ringraziamo il Signore per questa ora in cui Egli ci dona il mistero della sua presenza e la possibilità di essere in comunione con Lui.

Sappiamo tutti di essere imperfetti, di non poter essere per Lui una casa appropriata. Per questo cominciamo la Santa Messa raccogliendoci e pregando il Signore di rimuovere da noi tutto ciò che ci separa da Lui e separa noi gli uni dagli altri. Ci faccia così il dono di celebrare degnamente i Santi Misteri.

* * *

Cari giovani!

Davanti all’Ostia sacra, nella quale Gesù per noi si è fatto pane che dall’interno sostiene e nutre la nostra vita (cfr Gv 6, 35), abbiamo ieri sera cominciato il cammino interiore dell’adorazione. Nell’Eucaristia l’adorazione deve diventare unione. Con la Celebrazione eucaristica ci troviamo in quell'”ora” di Gesù di cui parla il Vangelo di Giovanni. Mediante l’Eucaristia questa sua “ora” diventa la nostra ora, presenza sua in mezzo a noi. Insieme con i discepoli Egli celebrò la cena pasquale d’Israele, il memoriale dell’azione liberatrice di Dio che aveva guidato Israele dalla schiavitù alla libertà. Gesù segue i riti d’Israele. Recita sul pane la preghiera di lode e di benedizione. Poi però avviene una cosa nuova. Egli ringrazia Dio non soltanto per le grandi opere del passato; lo ringrazia per la propria esaltazione che si realizzerà mediante la Croce e la Risurrezione, parlando ai discepoli anche con parole che contengono la somma della Legge e dei Profeti: “Questo è il mio Corpo dato in sacrificio per voi. Questo calice è la Nuova Alleanza nel mio Sangue”. E così distribuisce il pane e il calice, e insieme dà loro il compito di ridire e rifare sempre di nuovo in sua memoria quello che sta dicendo e facendo in quel momento.

Che cosa sta succedendo? Come Gesù può distribuire il suo Corpo e il suo Sangue? Facendo del pane il suo Corpo e del vino il suo Sangue, Egli anticipa la sua morte, l’accetta nel suo intimo e la trasforma in un’azione di amore. Quello che dall’esterno è violenza brutale – la crocifissione -, dall’interno diventa un atto di un amore che si dona totalmente. È questa la trasformazione sostanziale che si realizzò nel cenacolo e che era destinata a suscitare un processo di trasformazioni il cui termine ultimo è la trasformazione del mondo fino a quella condizione in cui Dio sarà tutto in tutti (cfr 1 Cor 15, 28). Già da sempre tutti gli uomini in qualche modo aspettano nel loro cuore un cambiamento, una trasformazione del mondo. Ora questo è l’atto centrale di trasformazione che solo è in grado di rinnovare veramente il mondo: la violenza si trasforma in amore e quindi la morte in vita. Poiché questo atto tramuta la morte in amore, la morte come tale è già dal suo interno superata, è già presente in essa la risurrezione. La morte è, per così dire, intimamente ferita, così che non può più essere lei l’ultima parola. È questa, per usare un’immagine a noi oggi ben nota, la fissione nucleare portata nel più intimo dell’essere – la vittoria dell’amore sull’odio, la vittoria dell’amore sulla morte. Soltanto questa intima esplosione del bene che vince il male può suscitare poi la catena di trasformazioni che poco a poco cambieranno il mondo. Tutti gli altri cambiamenti rimangono superficiali e non salvano. Per questo parliamo di redenzione: quello che dal più intimo era necessario è avvenuto, e noi possiamo entrare in questo dinamismo. Gesù può distribuire il suo Corpo, perché realmente dona se stesso.

Questa prima fondamentale trasformazione della violenza in amore, della morte in vita trascina poi con sé le altre trasformazioni. Pane e vino diventano il suo Corpo e Sangue. A questo punto però la trasformazione non deve fermarsi, anzi è qui che deve cominciare appieno. Il Corpo e il Sangue di Cristo sono dati a noi affinché noi stessi veniamo trasformati a nostra volta. Noi stessi dobbiamo diventare Corpo di Cristo, consanguinei di Lui. Tutti mangiamo l’unico pane, ma questo significa che tra di noi diventiamo una cosa sola. L’adorazione, abbiamo detto, diventa unione. Dio non è più soltanto di fronte a noi, come il Totalmente Altro. È dentro di noi, e noi siamo in Lui. La sua dinamica ci penetra e da noi vuole propagarsi agli altri e estendersi a tutto il mondo, perché il suo amore diventi realmente la misura dominante del mondo. Io trovo un’allusione molto bella a questo nuovo passo che l’Ultima Cena ci ha donato nella differente accezione che la parola “adorazione” ha in greco e in latino. La parola greca suona proskynesis. Essa significa il gesto della sottomissione, il riconoscimento di Dio come nostra vera misura, la cui norma accettiamo di seguire. Significa che libertà non vuol dire godersi la vita, ritenersi assolutamente autonomi, ma orientarsi secondo la misura della verità e del bene, per diventare in tal modo noi stessi veri e buoni. Questo gesto è necessario, anche se la nostra brama di libertà in un primo momento resiste a questa prospettiva. Il farla completamente nostra sarà possibile soltanto nel secondo passo che l’Ultima Cena ci dischiude. La parola latina per adorazione è ad-oratio – contatto bocca a bocca, bacio, abbraccio e quindi in fondo amore. La sottomissione diventa unione, perché colui al quale ci sottomettiamo è Amore. Così sottomissione acquista un senso, perché non ci impone cose estranee, ma ci libera in funzione della più intima verità del nostro essere.

Torniamo ancora all’Ultima Cena. La novità che lì si verificò, stava nella nuova profondità dell’antica preghiera di benedizione d’Israele, che da allora diventa la parola della trasformazione e dona a noi la partecipazione all'”ora” di Cristo. Gesù non ci ha dato il compito di ripetere la Cena pasquale che, del resto, in quanto anniversario, non è ripetibile a piacimento. Ci ha dato il compito di entrare nella sua “ora”. Entriamo in essa mediante la parola del potere sacro della consacrazione – una trasformazione che si realizza mediante la preghiera di lode, che ci pone in continuità con Israele e con tutta la storia della salvezza, e al contempo ci dona la novità verso cui quella preghiera per sua intima natura tendeva. Questa preghiera – chiamata dalla Chiesa “preghiera eucaristica” – pone in essere l’Eucaristia. Essa è parola di potere, che trasforma i doni della terra in modo del tutto nuovo nel dono di sé di Dio e ci coinvolge in questo processo di trasformazione. Per questo chiamiamo questo avvenimento Eucaristia, che è la traduzione della parola ebraica beracha – ringraziamento, lode, benedizione, e così trasformazione a partire dal Signore: presenza della sua “ora”. L’ora di Gesù è l’ora in cui vince l’amore. In altri termini: è Dio che ha vinto, perché Egli è l’Amore. L’ora di Gesù vuole diventare la nostra ora e lo diventerà, se noi, mediante la celebrazione dell’Eucaristia, ci lasciamo tirare dentro quel processo di trasformazioni che il Signore ha di mira. L’Eucaristia deve diventare il centro della nostra vita. Non è positivismo o brama di potere, se la Chiesa ci dice che l’Eucaristia è parte della domenica. Al mattino di Pasqua, prima le donne e poi i discepoli ebbero la grazia di vedere il Signore. D’allora in poi essi seppero che ormai il primo giorno della settimana, la domenica, sarebbe stato il giorno di Lui, di Cristo. Il giorno dell’inizio della creazione diventava il giorno del rinnovamento della creazione. Creazione e redenzione vanno insieme. Per questo è così importante la domenica. È bello che oggi, in molte culture, la domenica sia un giorno libero o, insieme col sabato, costituisca addirittura il cosiddetto “fine-settimana” libero. Questo tempo libero, tuttavia, rimane vuoto se in esso non c’è Dio. Cari amici! Qualche volta, in un primo momento, può risultare piuttosto scomodo dover programmare nella domenica anche la Messa. Ma se vi ponete impegno, constaterete poi che è proprio questo che dà il giusto centro al tempo libero. Non lasciatevi dissuadere dal partecipare all’Eucaristia domenicale ed aiutate anche gli altri a scoprirla. Certo, perché da essa si sprigioni la gioia di cui abbiamo bisogno, dobbiamo imparare a comprenderla sempre di più nelle sue profondità, dobbiamo imparare ad amarla. Impegniamoci in questo senso – ne vale la pena! Scopriamo l’intima ricchezza della liturgia della Chiesa e la sua vera grandezza: non siamo noi a far festa per noi, ma è invece lo stesso Dio vivente a preparare per noi una festa. Con l’amore per l’Eucaristia riscoprirete anche il sacramento della Riconciliazione, nel quale la bontà misericordiosa di Dio consente sempre un nuovo inizio alla nostra vita.

Chi ha scoperto Cristo deve portare altri verso di Lui. Una grande gioia non si può tenere per sé. Bisogna trasmetterla. In vaste parti del mondo esiste oggi una strana dimenticanza di Dio. Sembra che tutto vada ugualmente anche senza di Lui. Ma al tempo stesso esiste anche un sentimento di frustrazione, di insoddisfazione di tutto e di tutti. Vien fatto di esclamare: Non è possibile che questa sia la vita! Davvero no. E così insieme con la dimenticanza di Dio esiste come un boom del religioso. Non voglio screditare tutto ciò che c’è in questo contesto. Può esserci anche la gioia sincera della scoperta. Ma, per dire il vero, non di rado la religione diventa quasi un prodotto di consumo. Si sceglie quello che piace, e certuni sanno anche trarne un profitto. Ma la religione cercata alla maniera del “fai da te” alla fin fine non ci aiuta. È comoda, ma nell’ora della crisi ci abbandona a noi stessi. Aiutate gli uomini a scoprire la vera stella che ci indica la strada: Gesù Cristo! Cerchiamo noi stessi di conoscerlo sempre meglio per poter in modo convincente guidare anche gli altri verso di Lui. Per questo è così importante l’amore per la Sacra Scrittura e, di conseguenza, importante conoscere la fede della Chiesa che ci dischiude il senso della Scrittura. È lo Spirito Santo che guida la Chiesa nella sua fede crescente e l’ha fatta e la fa penetrare sempre di più nelle profondità della verità (cfr Gv 16, 13). Papa Giovanni Paolo II ci ha donato un’opera meravigliosa, nella quale la fede dei secoli è spiegata in modo sintetico: il Catechismo della Chiesa Cattolica. Io stesso recentemente ho potuto presentare il Compendio di tale Catechismo, che è stato anche elaborato a richiesta del defunto Papa. Sono due libri fondamentali che vorrei raccomandare a tutti voi.

Ovviamente, i libri da soli non bastano. Formate delle comunità sulla base della fede! Negli ultimi decenni sono nati movimenti e comunità in cui la forza del Vangelo si fa sentire con vivacità. Cercate la comunione nella fede come compagni di cammino che insieme continuano a seguire la strada del grande pellegrinaggio che i Magi dell’Oriente ci hanno indicato per primi. La spontaneità delle nuove comunità è importante, ma è pure importante conservare la comunione col Papa e con i Vescovi. Sono essi a garantire che non si sta cercando dei sentieri privati, ma invece si sta vivendo in quella grande famiglia di Dio che il Signore ha fondato con i dodici Apostoli.

Ancora una volta devo ritornare all’Eucaristia. “Poiché c’è un solo pane, noi, pur essendo molti, siamo un corpo solo” dice san Paolo (1 Cor 10, 17). Con ciò intende dire: Poiché riceviamo il medesimo Signore ed Egli ci accoglie e ci attira dentro di sé, siamo una cosa sola anche tra di noi. Questo deve manifestarsi nella vita. Deve mostrarsi nella capacità del perdono. Deve manifestarsi nella sensibilità per le necessità dell’altro. Deve manifestarsi nella disponibilità a condividere. Deve manifestarsi nell’impegno per il prossimo, per quello vicino come per quello esternamente lontano, che però ci riguarda sempre da vicino.

Esistono oggi forme di volontariato, modelli di servizio vicendevole, di cui proprio la nostra società ha urgentemente bisogno. Non dobbiamo, ad esempio, abbandonare gli anziani alla loro solitudine, non dobbiamo passare oltre di fronte ai sofferenti. Se pensiamo e viviamo in virtù della comunione con Cristo, allora ci si aprono gli occhi. Allora non ci adatteremo più a vivacchiare preoccupati solo di noi stessi, ma vedremo dove e come siamo necessari.

Vivendo ed agendo così ci accorgeremo ben presto che è molto più bello essere utili e stare a disposizione degli altri che preoccuparsi solo delle comodità che ci vengono offerte. Io so che voi come giovani aspirate alle cose grandi, che volete impegnarvi per un mondo migliore. Dimostratelo agli uomini, dimostratelo al mondo, che aspetta proprio questa testimonianza dai discepoli di Gesù Cristo e che, soprattutto mediante il vostro amore, potrà scoprire la stella che noi seguiamo.

Andiamo avanti con Cristo e viviamo la nostra vita da veri adoratori di Dio! Amen.

BENEDETTO XVI

ANGELUS

Colonia, Spianata di Marienfeld

Cari amici,

siamo giunti al termine di questa meravigliosa celebrazione, e anche della ventesima Giornata Mondiale della Gioventù. Nel mio cuore sento risuonare forte una parola:  “grazie”! Sono sicuro – e lo sento – che essa trova eco corale in ciascuno di voi. È Dio stesso che l’ha impressa nei nostri cuori e l’ha sigillata con questa Eucaristia, che significa proprio “ringraziamento”. Sì, cari giovani, la parola della gratitudine, che nasce dalla fede, si esprime nel canto della lode a Lui, Padre e Figlio e Spirito Santo, che ci ha donato una grande testimonianza del suo immenso amore.

Il nostro “grazie”, che sale innanzitutto a Dio – solo Lui poteva donarcelo così come è stato – questo “grazie” si estende a tutti coloro che ne hanno curato l’organizzazione e la realizzazione. La Giornata Mondiale della Gioventù è stata un dono, ma, così come si è svolta, anche il frutto di grande lavoro. Per questo desidero rinnovare in particolare il mio vivo ringraziamento al Pontificio Consiglio dei Laici, presieduto dall’Arcivescovo Stanislaw Rylko, validamente coadiuvato dal Segretario del Dicastero, Mons. Josef Clemens, che per anni è stato mio Segretario, e ugualmente ringrazio i miei Confratelli dell’Episcopato tedesco, in primo luogo naturalmente l’Arcivescovo di Colonia, Cardinale Joachim Meisner. Ringrazio le Autorità politiche e amministrative, che hanno dato un grande contributo, hanno aiutato generosamente e reso possibile in questi giorni il sereno svolgimento di ogni manifestazione; ringrazio i tanti volontari venuti da tutte le Diocesi tedesche e da tutte le nazioni. Un grazie cordiale anche ai tanti monasteri di vita contemplativa, che hanno accompagnato con la loro preghiera la Giornata Mondiale della Gioventù.

In questo momento, nel quale la presenza viva di Cristo risorto in mezzo a noi alimenta la fede e la speranza, sono lieto di annunciare che il prossimo Incontro mondiale della gioventù avrà luogo a Sydney, in Australia, nel 2008. Affidiamo alla guida materna e premurosa di Maria Santissima il cammino futuro dei giovani del mondo intero.

Ora diciamo l’Angelus.


Dopo l’Angelus il Santo Padre ha salutato i presenti in diverse lingue:

[francese] Saluto con affetto i giovani francofoni. Vi ringrazio, cari amici, per la vostra partecipazione e vi auguro di ritornare ai vostri Paesi portando in voi, come i Magi, la gioia di aver incontrato il Cristo, il Figlio del Dio vivente.

[inglese] Ai giovani di lingua inglese, provenienti da ogni parte del mondo, rivolgo un caloroso saluto, al termine di queste indimenticabili Giornate. La luce di Cristo, che avete seguito per venire a Colonia, risplenda ora più limpida e forte nella vostra vita!

[spagnolo] Cari giovani di lingua spagnola! Siete venuti per adorare Cristo. Ora che lo avete incontrato, continuate ad adorarlo nei vostri cuori, pronti sempre a rendere ragione della speranza che è in voi (cfr 1 Pt 3, 15). Buon ritorno ai vostri Paesi!

[italiano] Cari amici di lingua italiana! Volge ormai al termine la ventesima Giornata Mondiale della Gioventù, ma questa celebrazione eucaristica continua nella vita:  portate a tutti la gioia di Cristo, che qui avete incontrato.

[polacco] Un abbraccio affettuoso a tutti voi, giovani polacchi! Come vi direbbe il grande Papa Giovanni Paolo II, tenete viva la fiamma della fede nella vostra vita e in quella del vostro popolo. Maria, Madre di Cristo, guidi sempre i vostri passi.

[portoghese] Con affetto saluto i giovani di lingua portoghese. Vi auguro, cari giovani, di vivere sempre nell’amicizia con Gesù, per sperimentare la vera gioia e comunicarla a tutti, specialmente ai vostri coetanei più in difficoltà.

[filippino] Cari amici di lingua filippina e tutti voi, giovani dell’Asia! Come i Magi, voi siete venuti dall’Oriente per adorare Cristo. Ora che lo avete incontrato, ritornate ai vostri Paesi portando nel cuore la luce del suo amore.

[swaili] Un caro saluto anche a voi, giovani africani! Portate nel vostro grande e amato continente la speranza che Cristo vi ha donato. Siate ovunque seminatori di pace e di fraternità.

[tedesco] Cari amici che mi intendete nella mia lingua, vi ringrazio di cuore per l’affetto con cui mi avete sostenuto in questi giorni. Statemi vicino con la preghiera. Vi prego! Camminate uniti. Siate sempre fedeli a Cristo e alla Chiesa. La pace e la gioia di Cristo siano sempre con voi!

INCONTRO CON I VESCOVI DELLA GERMANIA

DISCORSO DEL SANTO PADRE BENEDETTO XVI

Piussaal del Seminario di Colonia

Venerati e Cari Confratelli!

Innanzitutto desidero esprimere la mia grande letizia per aver avuto ancora la possibilità di vederci e di stare fra noi dopo giornate belle, ma impegnative e di avere quindi la gioia di incontrarci. Nonostante, di fatto, sia solo un ex membro della Conferenza Episcopale Tedesca, mi sento ancora legato a voi tutti in una unione fraterna, che non può venir meno.

Desidero poi ringraziare il Cardinale Lehmann per le sue parole cordiali, e sottolinearle nello spirito di ciò che anche io oggi ho detto alla fine di questa celebrazione eucaristica: esprimere cioè ancora una volta il grande “grazie” che noi tutti abbiamo nell’anima. Sappiamo tutti che l’intero lavoro di preparazione, le grandi cose che sono state fatte, non bastano a rendere possibile tutto questo, che quindi dev’essere necessariamente un dono. Poiché nessuno può semplicemente creare l’entusiasmo dei giovani, nessuno può creare per giorni questa unione nella fede e nella gioia della fede. E fino al tempo atmosferico è stato tutto veramente un dono per il quale rendiamo grazie al Signore e che interpretiamo anche come dovere di far la nostra parte perché questo entusiasmo prosegua e divenga forza per la vita della Chiesa nel nostro Paese. Vorrei ringraziare nuovamente il Cardinale Meisner e i suoi collaboratori per il grande lavoro di preparazione che hanno svolto. Desidero inoltre ringraziare il Cardinale Lehmann, i suoi collaboratori e tutti voi, perché tutte le Diocesi hanno cooperato alla realizzazione di questo evento. Tutta la Germania ha accolto gli ospiti, si è messa in cammino con la Madonna e la Croce e così ha potuto ricevere questo dono. Ringrazio vivamente per questa statua che ha bisogno ancora di un po’ di tempo per raggiungere, per così dire, la sua forma definitiva. Tuttavia, trovo molto bello che ora san Bonifacio sarà anche a casa mia e in tal modo esprimerà visibilmente anche a me ciò che gli stava particolarmente a cuore, ossia l’unione fra la Chiesa in Germania e Roma. Come ha orientato la Chiesa in Germania all’unità con il Successore di Pietro, egli orienta anche me alla durevole comunione fraterna con i Vescovi della Germania, con la Chiesa in Germania.

Il Santo Padre Giovanni Paolo II, il geniale iniziatore delle Giornate Mondiali della Gioventù – un’intuizione, che io considero un’ispirazione – ha mostrato che entrambe le parti danno e ricevono. Non soltanto noi abbiamo fatto la nostra parte nel miglior modo possibile, ma anche i giovani con le loro domande, con la loro speranza, con la loro gioia nella fede, con il loro entusiasmo nel rinnovare la Chiesa, ci hanno donato qualcosa. Per questa reciprocità ringraziamo e speriamo che essa perduri, che cioè i giovani con le loro domande, la loro fede e la loro gioia nella fede continuino a essere per noi una provocazione a vincere pusillanimità e stanchezza e ci spingano, a nostra volta, con l’esperienza della fede che ci viene donata, con l’esperienza del ministero pastorale, con la grazia del Sacramento in cui ci troviamo, a indicare loro la strada, cosicché l’entusiasmo trovi anche un giusto ordine. Come una fonte deve essere incanalata affinché possa dare la sua acqua in modo utile, così anche questo entusiasmo sempre di nuovo deve essere come plasmato nella sua forma ecclesiale.

Qui in Germania siamo abituati, e io in particolare da Professore, a vedere soprattutto i problemi. Tuttavia ritengo che dovremmo ammettere che tutto ciò sia stato possibile perché in Germania, nonostante tutti i problemi della Chiesa, nonostante tutte le cose discutibili che possono esserci, esiste veramente una Chiesa viva, una Chiesa che possiede molti aspetti positivi, nella quale così tante persone sono pronte a impegnarsi per la propria fede e a impiegare il loro tempo libero, anche a donare denaro e qualcosa dei loro averi, semplicemente per contribuirvi con la propria esistenza. Questo mi pare si è reso nuovamente visibile a noi: quante persone in Germania, nonostante tutte le difficoltà che lamentiamo, anche oggi sono credenti, costituiscono una Chiesa viva e rendono possibile in tal modo che un evento come la GMG abbia il proprio contesto, il proprio humus, nel quale crescere e assumere la propria forma.

Credo che dovremmo ricordarci dei numerosi sacerdoti, religiosi e laici che, fedeli al proprio servizio, operano in condizioni pastorali difficili. E non c’è bisogno che io sottolinei la generosità, veramente nota in tutto il mondo, dei cattolici tedeschi; una generosità che non è solo materiale, in quanto esistono molti sacerdoti tedeschi «Fidei donum».

Lo constato nelle visite «ad limina»: perfino in Papua Nuova Guinea, nelle Isole Salomone e in zone nelle quali non si immagina neanche, operano sacerdoti tedeschi che spargono il seme della Parola, si identificano con le persone e, in questo mondo minacciato al quale tanta negatività giunge anche dall’Occidente, instillano così la grande forza della fede e con essa la positività di ciò che ci viene donato.

Notevole è il lavoro compiuto da Misereor, Adveniat, Missio, Renovabis fino alle Caritas diocesane e parrocchiali. Vasta è poi l’opera educativa delle scuole cattoliche e di altre istituzioni e organizzazioni cattoliche a favore della gioventù. Non vorrei con ciò esaurire quanto di positivo c’è da dire, ma accennarvi soltanto affinché questi aspetti non siano dimenticati e ci diano sempre coraggio e gioia. Oltre agli aspetti positivi, che credo sia importante non dimenticare e per i quali bisogna essere sempre grati, dobbiamo anche ammettere che sul volto della Chiesa universale ed anche della Chiesa in Germania esistono purtroppo delle rughe, delle ombre che ne offuscano lo splendore. Per amore e con amore vogliamo tener presenti anch’esse in questo momento di festa e di rendimento di grazie. Sappiamo che secolarismo e scristianizzazione progrediscono, che il relativismo cresce, che l’influsso dell’etica e della morale cattoliche diminuisce sempre più. Non poche persone abbandonano la Chiesa, o se vi rimangono, accettano soltanto una parte dell’insegnamento cattolico, scegliendo solo alcuni aspetti del cristianesimo. Preoccupante rimane la situazione religiosa nell’Est, dove, come sappiamo, la maggioranza della popolazione non è battezzata e non ha alcun contatto con la Chiesa e, spesso, non conosce affatto né Cristo né la Chiesa. Riconosciamo in queste realtà altrettante sfide. Voi stessi, cari Confratelli, avete affermato nella vostra Lettera Pastorale del 21 settembre 2004, in occasione del Giubileo di san Bonifacio: «Noi siamo diventati terra di missione». Ciò vale per grandi parti della Germania. Per questo ritengo che in tutta l’Europa, non meno in Francia, in Spagna e altrove, dovremmo riflettere seriamente sul modo in cui oggi possiamo realizzare una vera evangelizzazione, non solo una nuova evangelizzazione, ma spesso una vera e propria prima evangelizzazione. Le persone non conoscono Dio, non conoscono Cristo. Esiste un nuovo paganesimo e non è sufficiente che noi cerchiamo di conservare il gregge esistente, anche se questo è molto importante; ma s’impone la grande domanda: che cosa è realmente la vita? Credo che dobbiamo tutti insieme cercare di trovare nuovi modi per riportare il Vangelo nel mondo attuale, annunciare di nuovo Cristo e stabilire la fede.

Questo scenario che la Giornata Mondiale della Gioventù apre dinanzi a noi e che ho descritto solo con un paio di brevi cenni ci invita a proiettare il nostro sguardo verso il futuro. I giovani costituiscono per la Chiesa e in particolare per noi Pastori, per i genitori e per gli educatori, un appello vivente alla fede. Vorrei dire ancora una volta che mi pare sia stata una grande ispirazione da parte di Papa Giovanni Paolo II, scegliere per questa GMG il Motto: «Siamo venuti per adorarlo» (Mt 2, 2). Spesso siamo talmente oppressi, comprensibilmente oppressi, dalle immense necessità sociali del mondo, da tutti i problemi organizzativi e strutturali che esistono, che l’adorazione può essere messa al margine come qualcosa da fare dopo. Padre Delp una volta ha affermato che nulla è più importante dell’adorazione. Lo ha detto nel contesto del suo tempo, quando era evidente il modo in cui un’adorazione distrutta distruggeva l’uomo. Tuttavia, nel nostro nuovo contesto dell’adorazione perduta e quindi di perduto volto della dignità umana spetta nuovamente a noi di comprendere la priorità dell’adorazione e rendere i giovani, noi stessi e le nostre comunità consapevoli del fatto che non si tratta di un lusso del nostro tempo confuso, che forse non ci si può permettere, ma di una priorità. Laddove non c’è più adorazione, laddove l’onore a Dio non viene tributato come prima cosa, anche le realtà dell’uomo non possono progredire. Dobbiamo quindi tentare di rendere visibile il volto di Cristo, il volto di Dio vivo, cosicché poi ci accada spontaneamente come ai Magi di prostrarci e adorarlo. Certamente nei Magi si verificarono due cose: prima cercarono, poi trovarono e adorarono. Molte persone oggi sono alla ricerca. Anche noi lo siamo. In fondo, in una differente dialettica, devono esserci sempre ambedue le cose. Dobbiamo rispettare la ricerca dell’uomo, sostenerla, fargli sentire che la fede non è semplicemente un dogmatismo in sé completo che spegne la ricerca, la grande sete dell’uomo, ma che invece proietta il grande pellegrinaggio verso l’infinito; che noi, in quanto credenti, siamo sempre contemporaneamente coloro che cercano e coloro che trovano. Nel suo commento ai Salmi sant’Agostino interpretò l’espressione «Quaerite faciem eius semper», «Cercate sempre il suo volto» in maniera così splendida che fin da studente mi rimasero nel cuore le sue parole. Non vale solo in questa vita, ma per l’eternità; sarà continuamente da riscoprire questo volto; più entriamo nello splendore dell’amore divino, più grandi saranno le scoperte, più bello sarà andare avanti e sapere che la ricerca non ha fine e che perciò il trovare è senza fine e quindi è eternità – la gioia di cercare e insieme di trovare. Dobbiamo sostenere le persone nella loro ricerca come co-ricercatori e dare loro al contempo anche la certezza che Dio ci ha trovato e che quindi noi possiamo trovare Lui. Vogliamo essere una Chiesa aperta al futuro, ricca di promesse per le nuove generazioni. Non si tratta di un giovanilismo, che in fondo è ridicolo, ma di una autentica giovinezza che fluisce dalla fonte dell’eternità, che è sempre nuova, che deriva dalla trasparenza di Cristo nella sua Chiesa: è in questo modo che Egli ci dona la luce per proseguire. In questa luce possiamo trovare il coraggio di affrontare con fiducia le questioni più difficili poste oggi alla Chiesa in Germania. Come ho già detto, da una parte dobbiamo accogliere la provocazione della gioventù, dall’altra però dobbiamo a nostra volta educare i giovani alla pazienza, senza la quale non si può trovare nulla; dobbiamo educarli al discernimento, a un sano realismo, alla capacità di definitività. Uno dei Capi di Stato, che di recente mi hanno reso visita, mi ha detto che la sua principale preoccupazione riguarda la diffusa incapacità di prendere decisioni definitive nella paura di perdere la propria libertà.

In realtà l’uomo diventa libero quando si lega, quando trova delle radici, perché allora può crescere e maturare. Educare alla pazienza, al discernimento, al realismo, ma senza falsi compromessi, per non annacquare il Vangelo!

L’esperienza di questi ultimi vent’anni ci ha insegnato che ogni Giornata Mondiale della Gioventù costituisce, in un certo senso, un nuovo inizio per la pastorale giovanile del Paese che l’ha ospitata. Già la preparazione dell’evento mobilita persone e risorse. L’abbiamo anche visto proprio qui in Germania: come una vera “mobilitazione” ha pervaso il Paese, attivando energie. Infine la celebrazione stessa porta con sé una ventata di entusiasmo che bisogna sostenere e, per così dire, rendere definitivo. È un potenziale enorme di energie che può ulteriormente accrescersi distribuendosi sul territorio. Penso alle parrocchie, alle associazioni, ai movimenti. Penso ai sacerdoti, ai religiosi, ai catechisti, agli animatori impegnati con i giovani. Credo che in Germania sia noto, quanti sono stati coinvolti da questo avvenimento. Prego affinché per ciascuno di coloro che hanno collaborato possa segnare un’autentica crescita nell’amore verso Cristo e verso la Chiesa, e incoraggio tutti a portare avanti insieme, con rinnovato spirito di servizio, il lavoro pastorale fra le nuove generazioni. Dobbiamo di nuovo imparare la disponibilità di servizio e trasmetterla.

La maggior parte dei giovani tedeschi vive in buone condizioni sociali ed economiche. Tuttavia sappiamo bene che non mancano situazioni difficili. In tutte le fasce sociali, e specialmente in quelle abbienti, aumenta il numero dei giovani provenienti da famiglie disgregate. Purtroppo, la disoccupazione giovanile in Germania ha conosciuto un incremento. Inoltre molti ragazzi e ragazze si trovano confusi, privi di risposte valide per le domande sul senso della vita e della morte, sul loro presente e sul loro futuro. Molte proposte della società moderna sfociano nel vuoto e, purtroppo, tanti giovani finiscono nelle «sabbie mobili» dell’alcool e della droga, o nelle spire di gruppi estremistici. Una parte dei giovani tedeschi, soprattutto nell’Est, non ha mai conosciuto personalmente la Buona Novella di Gesù Cristo. Nelle stesse zone tradizionalmente cattoliche l’insegnamento della religione e la catechesi non riescono sempre a dar vita a legami duraturi dei giovani con la comunità ecclesiale, e per questo tutti insieme siete impegnati – io lo so – a cercare strade nuove per arrivare ai giovani, e la Giornata Mondiale della Gioventù è stata – come diceva Papa Giovanni Paolo II – una specie di «laboratorio» in tal senso.

Penso che tutti noi riflettiamo – e negli altri Paesi occidentali non accade diversamente – su come rendere più efficace la catechesi. Ho letto nella HERDER-Korrespondenz che avete pubblicato un nuovo documento catechetico che purtroppo non ho ancora potuto vedere, ma sono grato di poter costatare quanto prendete a cuore questo problema. Infatti, è preoccupante per noi tutti che nonostante l’annoso insegnamento della religione il sapere religioso è scarso e molte persone ignorano cose non di rado semplici ed elementari. Cosa possiamo fare? Non lo so. Forse deve esistere, da un parte, una specie di pre-catechesi di accesso per i pagani che soprattutto schiuda alla fede – e questo è anche il contenuto di molti tentativi catechetici – ma dall’altra occorre anche sempre di nuovo il coraggio di trasmettere il mistero stesso nella sua bellezza e nella sua grandezza e di rendere possibile l’impulso a contemplarlo, a imparare ad amarlo e poi a riconoscere: ecco,è questo! Oggi, nell’omelia ho fatto notare che Papa Giovanni Paolo II ci ha donato due strumenti eccezionali: il Catechismo della Chiesa Cattolica e il suo Compendio, pure da lui voluto. Abbiamo fatto sì che la traduzione tedesca fosse pronta in occasione della Giornata Mondiale della Gioventù. In Italia è già stato venduto un mezzo milione di copie. Si vende nelle edicole e allora suscita la curiosità della gente: Che cosa c’è lì dentro? Che cosa dice la Chiesa cattolica? Credo che dovremmo avere il coraggio di sostenere anche noi questa curiosità e di tentare di far entrare proprio questi libri, che rappresentano il contenuto del mistero, nella catechesi cosicché aumentando la conoscenza della nostra fede aumenti anche la gioia che da essa scaturisce.

Due altri aspetti mi stanno molto a cuore. Uno è costituito dalla pastorale vocazionale. Ritengo che la recita dei Vespri nella chiesa di san Pantaleone ci abbia donato anche il coraggio di aiutare i giovani e di farlo nel modo giusto, cosicché possano esser raggiunti dalla chiamata del Signore e possano chiedersi: «Mi vuole?» e che possa di nuovo crescere la disponibilità a farsi chiamare e ad ascoltare una tale chiamata. L’altro aspetto cui tengo molto è la pastorale familiare. Vediamo la minaccia per le famiglie; nel frattempo anche istanze laiche riconoscono quanto è importante che la famiglia viva quale cellula primaria della società, che i figli possano crescere in un clima di comunione tra le generazioni, affinché permanga la continuità fra presente, passato e futuro, e duri anche la continuità dei valori, così che aumenti la capacità di rimanere e vivere insieme: è questo che consente di edificare in comunione un Paese.

Ho voluto affrontare proprio questi tre aspetti: catechesi, pastorale vocazionale, pastorale familiare.

Un ruolo importante nel mondo dei giovani svolgono, come abbiamo visto, le associazioni e i movimenti, che senza dubbio costituiscono una ricchezza. La Chiesa deve valorizzare queste realtà e al contempo deve guidarle con saggezza pastorale, affinché contribuiscano nel modo migliore, con i loro diversi doni, all’edificazione della comunità, mai ponendosi in concorrenza le une con le altre – costruendo ognuna , per così dire, la propria chiesuola –, ma rispettandosi e collaborando insieme a favore dell’unica Chiesa – dell’unica parrocchia come Chiesa del luogo – per suscitare nei giovani la gioia della fede, l’amore per la Chiesa e la passione per il Regno di Dio. Penso che proprio questo sia un altro importante aspetto: questa autentica comunione da una parte fra i diversi movimenti, le cui forme di esclusivismo vanno eliminate, dall’altra fra le Chiese locali e questi movimenti, in modo che le Chiese locali riconoscano questa particolarità, che a molti sembra estranea, e la accolgano in sé come una ricchezza, comprendendo che nella Chiesa esistono molte vie e che tutte insieme formano una sinfonia della fede. Le Chiese locali e i movimenti non sono in contrasto fra loro, ma costituiscono la struttura viva della Chiesa.

Cari Confratelli, se Dio vorrà vi saranno altre occasioni per approfondire le questioni che interpellano la nostra comune sollecitudine pastorale. Questa volta ho voluto, certo in modo breve e non esaustivo, accogliere brevemente al messaggio che il grande pellegrinaggio dei giovani ci ha lasciato. Mi sembra che alla fine di questo evento la richiesta che i giovani rivolgono a noi potrebbe suonare in sintesi così: «Sì, siamo venuti, per adorarlo. Lo abbiamo incontrato. Aiutateci ora a divenire suoi discepoli e testimoni». È un appello esigente, ma quanto mai consolante per il cuore di un Pastore. Che il ricordo delle giornate trascorse a Colonia sotto il segno della speranza possa sostenere il nostro servizio comune! Vi lascio il mio affettuoso incoraggiamento che è al tempo stesso una richiesta fraterna e accorata: di procedere e operare sempre in concordia, sul fondamento di una comunione che ha nell’Eucaristia il suo culmine e la sua inesauribile sorgente. Affido tutti voi a Maria, la Madre di Cristo e della Chiesa, e imparto a ognuno di voi e alle vostre comunità di tutto cuore la Benedizione Apostolica. Grazie.

CERIMONIA DI CONGEDO

DISCORSO DEL SANTO PADRE BENEDETTO XVI

Aeroporto Internazionale di Colonia/Bonn

Egregio Presidente,
cari giovani amici,
signore e signori!

Al termine di questa mia prima visita in terra tedesca come Vescovo di Roma e Successore di Pietro, sento ancora una volta il bisogno di esprimere viva riconoscenza per l’accoglienza riservata alla mia persona, ai miei collaboratori e specialmente ai numerosi giovani convenuti a Colonia da ogni continente in occasione di questa Giornata Mondiale della Gioventù. Il Signore mi ha chiamato a succedere all’amato Pontefice Giovanni Paolo II, geniale iniziatore delle Giornate Mondiali della Gioventù. Ho raccolto questa eredità con trepidazione ma anche con gioia, e ringrazio Iddio che mi ha dato questa opportunità di vivere insieme a tanti giovani quest’ulteriore tappa del loro spirituale pellegrinaggio di continente in continente seguendo la Croce di Cristo.

Ringrazio quanti si sono fattivamente adoperati perché ogni fase e momento di questo straordinario incontro si svolgesse con ordine e serenità. I giorni trascorsi insieme hanno permesso a tanti ragazzi e ragazze provenienti dal mondo intero di conoscere meglio la Germania. Noi tutti siamo consapevoli del male derivato dalla nostra patria nel Novecento, e lo riconosciamo con vergogna e dolore. Ma in questi giorni, grazie a Dio, si è mostrato largamente che esisteva ed esiste anche l’altra Germania – un Paese di singolari risorse umane, culturali e spirituali. Mi auguro che tali risorse, grazie anche all’evento di questi giorni, tornino ad irradiarsi nel mondo! Ora i giovani di tutto il mondo possono far ritorno nelle loro nazioni arricchiti dai contatti e dall’esperienza di dialogo e di fraternità avuta in diverse regioni della nostra Patria. Sono certo che il loro soggiorno, caratterizzato dal tipico entusiasmo dell’età, lascia alle popolazioni che generosamente li hanno ospitati un gradito ricordo, costituendo anche per la Germania un segno di speranza. Si può dire, infatti, che in questi giorni la Germania è stata il centro del mondo cattolico. I giovani di ogni continente e cultura, stringendosi con fede attorno ai loro Pastori e al Successore di Pietro, hanno reso visibile una Chiesa giovane, che con fantasia e coraggio vuole disegnare il volto di un’umanità più giusta e solidale. Seguendo l’esempio dei Magi, i giovani si sono messi in cammino per incontrare Cristo, come ricorda il tema della Giornata Mondiale della Gioventù. Ora ripartono per le loro contrade e città per testimoniare la luce, la bellezza, il vigore del Vangelo, di cui hanno qui fatto esperienza.

Prima di ripartire sento il bisogno di dire grazie a quanti hanno aperto il cuore e le case a questi innumerevoli giovani pellegrini. Ringrazio le Autorità governative, i Responsabili politici e le diverse Amministrazioni civili e militari, come pure i servizi di sicurezza e le molteplici Organizzazioni di volontariato che con grande dedizione hanno lavorato per la preparazione e per il proficuo svolgimento di ogni iniziativa e manifestazione di questa Giornata Mondiale. Ringrazio coloro che hanno curato gli incontri di riflessione e di preghiera, nonché le celebrazioni liturgiche, nelle quali ci sono stati offerti eloquenti esempi della vitalità gioiosa della fede che anima i giovani del nostro tempo. Vorrei inoltre estendere l’espressione della mia gratitudine ai responsabili delle altre Chiese e Comunità ecclesiali, come pure ai rappresentanti delle altre Religioni che hanno voluto essere presenti a quest’importante incontro e auspico che si intensifichi il comune impegno per formare le giovani generazioni a quei valori umani e spirituali che si rivelano indispensabili per costruire un futuro di libertà vera e di pace.

Il mio più sentito ringraziamento va al Cardinale Joachim Meisner, Arcivescovo di Colonia, Diocesi che ha ospitato questo Incontro Mondiale, all’Episcopato tedesco, guidato dal suo Presidente, Cardinale Karl Lehmann, ai sacerdoti, ai religiosi e religiose, alle comunità parrocchiali, alle associazioni laicali ed ai movimenti che si sono impegnati per rendere il soggiorno dei giovani spiritualmente proficuo. Un grazie speciale indirizzo con affetto ai giovani tedeschi, che in vario modo si sono resi disponibili per l’accoglienza dei loro coetanei e con loro hanno condiviso momenti di fede che possiamo qualificare memorabili. Il mio auspicio è che quest’evento ecclesiale resti scolpito nella vita dei cattolici di Germania e sia incentivo per un loro rinnovato slancio spirituale e apostolico! Che il Vangelo sia accolto nella sua integrità e testimoniato con passione da tutti i discepoli di Cristo, perché si riveli così come fermento di autentico rinnovamento dell’intera società tedesca, grazie pure al dialogo con le diverse comunità cristiane e con i seguaci delle altre religioni.

Il mio deferente e grato saluto va, infine, alle Autorità politiche, civili, diplomatiche che hanno voluto essere presenti a questo commiato. In particolare, ringrazio Lei, Signor Presidente, per l’attenzione che mi ha riservato, accogliendomi personalmente all’inizio di questa mia visita e partecipando ora alla cerimonia di congedo. Grazie di cuore! In Lei ringrazio i membri del Governo e l’intero Popolo tedesco, una vasta rappresentanza del quale durante queste intense ore di comunione mi ha mostrato grande affetto. Con il cuore colmo delle emozioni e dei ricordi di questi giorni, mi accingo a far ritorno a Roma, su tutti invocando l’abbondanza delle benedizioni divine per un futuro di serena prosperità, di concordia e di pace.

APOSTOLIC JOURNEY TO COLOGNE
ON THE OCCASION OF THE XX WORLD YOUTH DAY

EUCHARISTIC CELEBRATION

HOMILY OF HIS HOLINESS POPE BENEDICT XVI

Cologne – Marienfeld

Prior to Mass, the Pope said the following:

Dear Cardinal Meisner,
Dear Young People,

I would like to thank you, dear Confrère in the Episcopate, for the touching words you have addressed to me which introduced us so appropriately into the Eucharistic celebration.

I would have liked to tour the hill in the Popemobile and to be closer to each one of you, individually. Unfortunately, this has proved impossible, but I greet each one of you from the bottom of my heart. The Lord sees and loves each individual person and we are all the living Church for one another, and let us thank God for this moment in which he is giving us the gift of the mystery of his presence and the possibility of being in communion with him.

We all know that we are imperfect, that we are unable to be a fitting house for him. Let us therefore begin Holy Mass by meditating and praying to him, so that he will take from us what divides us from him and what separates us from each other and enable us to become familiar with the holy mysteries.

***

Dear Young Friends,

Yesterday evening we came together in the presence of the Sacred Host, in which Jesus becomes for us the bread that sustains and feeds us (cf. Jn 6: 35), and there we began our inner journey of adoration. In the Eucharist, adoration must become union.

At the celebration of the Eucharist, we find ourselves in the “hour” of Jesus, to use the language of John’s Gospel. Through the Eucharist this “hour” of Jesus becomes our own hour, his presence in our midst. Together with the disciples he celebrated the Passover of Israel, the memorial of God’s liberating action that led Israel from slavery to freedom. Jesus follows the rites of Israel. He recites over the bread the prayer of praise and blessing.

But then something new happens. He thanks God not only for the great works of the past; he thanks him for his own exaltation, soon to be accomplished through the Cross and Resurrection, and he speaks to the disciples in words that sum up the whole of the Law and the Prophets: “This is my Body, given in sacrifice for you. This cup is the New Covenant in my Blood”. He then distributes the bread and the cup, and instructs them to repeat his words and actions of that moment over and over again in his memory.

What is happening? How can Jesus distribute his Body and his Blood?

By making the bread into his Body and the wine into his Blood, he anticipates his death, he accepts it in his heart, and he transforms it into an action of love. What on the outside is simply brutal violence – the Crucifixion – from within becomes an act of total self-giving love. This is the substantial transformation which was accomplished at the Last Supper and was destined to set in motion a series of transformations leading ultimately to the transformation of the world when God will be all in all (cf. I Cor 15: 28).

In their hearts, people always and everywhere have somehow expected a change, a transformation of the world. Here now is the central act of transformation that alone can truly renew the world:  violence is transformed into love, and death into life.

Since this act transmutes death into love, death as such is already conquered from within, the Resurrection is already present in it. Death is, so to speak, mortally wounded, so that it can no longer have the last word.

To use an image well known to us today, this is like inducing nuclear fission in the very heart of being – the victory of love over hatred, the victory of love over death. Only this intimate explosion of good conquering evil can then trigger off the series of transformations that little by little will change the world.

All other changes remain superficial and cannot save. For this reason we speak of redemption:  what had to happen at the most intimate level has indeed happened, and we can enter into its dynamic. Jesus can distribute his Body, because he truly gives himself.

This first fundamental transformation of violence into love, of death into life, brings other changes in its wake. Bread and wine become his Body and Blood.

But it must not stop there; on the contrary, the process of transformation must now gather momentum. The Body and Blood of Christ are given to us so that we ourselves will be transformed in our turn. We are to become the Body of Christ, his own Flesh and Blood.

We all eat the one bread, and this means that we ourselves become one. In this way, adoration, as we said earlier, becomes union. God no longer simply stands before us as the One who is totally Other. He is within us, and we are in him. His dynamic enters into us and then seeks to spread outwards to others until it fills the world, so that his love can truly become the dominant measure of the world.

I like to illustrate this new step urged upon us by the Last Supper by drawing out the different nuances of the word “adoration” in Greek and in Latin. The Greek word is proskynesis. It refers to the gesture of submission, the recognition of God as our true measure, supplying the norm that we choose to follow. It means that freedom is not simply about enjoying life in total autonomy, but rather about living by the measure of truth and goodness, so that we ourselves can become true and good. This gesture is necessary even if initially our yearning for freedom makes us inclined to resist it.

We can only fully accept it when we take the second step that the Last Supper proposes to us. The Latin word for adoration is ad-oratio – mouth to mouth contact, a kiss, an embrace, and hence, ultimately love. Submission becomes union, because he to whom we submit is Love. In this way submission acquires a meaning, because it does not impose anything on us from the outside, but liberates us deep within.

Let us return once more to the Last Supper. The new element to emerge here was the deeper meaning given to Israel’s ancient prayer of blessing, which from that point on became the word of transformation, enabling us to participate in the “hour” of Christ. Jesus did not instruct us to repeat the Passover meal, which in any event, given that it is an anniversary, is not repeatable at will. He instructed us to enter into his “hour”.

We enter into it through the sacred power of the words of consecration – a transformation brought about through the prayer of praise which places us in continuity with Israel and the whole of salvation history, and at the same time ushers in the new, to which the older prayer at its deepest level was pointing.

The new prayer – which the Church calls the “Eucharistic Prayer” – brings the Eucharist into being. It is the word of power which transforms the gifts of the earth in an entirely new way into God’s gift of himself, and it draws us into this process of transformation. That is why we call this action “Eucharist”, which is a translation of the Hebrew word beracha – thanksgiving, praise, blessing, and a transformation worked by the Lord:  the presence of his “hour”. Jesus’ hour is the hour in which love triumphs. In other words:  it is God who has triumphed, because he is Love.

Jesus’ hour seeks to become our own hour and will indeed become so if we allow ourselves, through the celebration of the Eucharist, to be drawn into that process of transformation that the Lord intends to bring about. The Eucharist must become the centre of our lives.

If the Church tells us that the Eucharist is an essential part of Sunday, this is no mere positivism or thirst for power. On Easter morning, first the women and then the disciples had the grace of seeing the Lord. From that moment on, they knew that the first day of the week, Sunday, would be his day, the day of Christ the Lord. The day when creation began became the day when creation was renewed. Creation and redemption belong together. That is why Sunday is so important.

It is good that today, in many cultures, Sunday is a free day, and is often combined with Saturday so as to constitute a “week-end” of free time. Yet this free time is empty if God is not present.

Dear friends! Sometimes, our initial impression is that having to include time for Mass on a Sunday is rather inconvenient. But if you make the effort, you will realize that this is what gives a proper focus to your free time.

Do not be deterred from taking part in Sunday Mass, and help others to discover it too. This is because the Eucharist releases the joy that we need so much, and we must learn to grasp it ever more deeply, we must learn to love it.

Let us pledge ourselves to do this – it is worth the effort! Let us discover the intimate riches of the Church’s liturgy and its true greatness:  it is not we who are celebrating for ourselves, but it is the living God himself who is preparing a banquet for us.

Through your love for the Eucharist you will also rediscover the Sacrament of Reconciliation, in which the merciful goodness of God always allows us to make a fresh start in our lives.

Anyone who has discovered Christ must lead others to him. A great joy cannot be kept to oneself. It has to be passed on.

In vast areas of the world today there is a strange forgetfulness of God. It seems as if everything would be just the same even without him.

But at the same time there is a feeling of frustration, a sense of dissatisfaction with everyone and everything.

People tend to exclaim:  “This cannot be what life is about!”. Indeed not. And so, together with forgetfulness of God there is a kind of new explosion of religion. I have no wish to discredit all the manifestations of this phenomenon. There may be sincere joy in the discovery. But to tell the truth, religion often becomes almost a consumer product. People choose what they like, and some are even able to make a profit from it.

But religion sought on a “do-it-yourself” basis cannot ultimately help us. It may be comfortable, but at times of crisis we are left to ourselves.

Help people to discover the true star which points out the way to us:  Jesus Christ! Let us seek to know him better and better, so as to be able to guide others to him with conviction.

This is why love for Sacred Scripture is so important, and in consequence, it is important to know the faith of the Church which opens up for us the meaning of Scripture. It is the Holy Spirit who guides the Church as her faith grows, causing her to enter ever more deeply into the truth (cf. Jn 16: 13).

Beloved Pope John Paul II gave us a wonderful work in which the faith of centuries is explained synthetically: the Catechism of the Catholic Church. I myself recently presented the Compendium of the Catechism, also prepared at the request of the late Holy Father. These are two fundamental texts which I recommend to all of you.

Obviously books alone are not enough. Form communities based on faith!

In recent decades, movements and communities have come to birth in which the power of the Gospel is keenly felt. Seek communion in faith, like fellow travellers who continue together to follow the path of the great pilgrimage that the Magi from the East first pointed out to us. The spontaneity of new communities is important, but it is also important to preserve communion with the Pope and with the Bishops. It is they who guarantee that we are not seeking private paths, but instead are living as God’s great family, founded by the Lord through the Twelve Apostles.

Once again, I must return to the Eucharist. “Because there is one bread, we, though many, are one body”, says St Paul (I Cor 10: 17). By this he meant:  since we receive the same Lord and he gathers us together and draws us into himself, we ourselves are one.

This must be evident in our lives. It must be seen in our capacity to forgive. It must be seen in our sensitivity to the needs of others. It must be seen in our willingness to share. It must be seen in our commitment to our neighbours, both those close at hand and those physically far away, whom we nevertheless consider to be close.

Today, there are many forms of voluntary assistance, models of mutual service, of which our society has urgent need. We must not, for example, abandon the elderly to their solitude, we must not pass by when we meet people who are suffering. If we think and live according to our communion with Christ, then our eyes will be opened. Then we will no longer be content to scrape a living just for ourselves, but we will see where and how we are needed.

Living and acting thus, we will soon realize that it is much better to be useful and at the disposal of others than to be concerned only with the comforts that are offered to us.

I know that you as young people have great aspirations, that you want to pledge yourselves to build a better world. Let others see this, let the world see it, since this is exactly the witness that the world expects from the disciples of Jesus Christ; in this way, and through your love above all, the world will be able to discover the star that we follow as believers.

Let us go forward with Christ and let us live our lives as true worshippers of God! Amen.

BENEDICT XVI

ANGELUS

Cologne – Marienfeld

Dear Friends,

We have come to the conclusion of this marvellous celebration and indeed of the 20th World Youth Day. In my heart I sense welling up within me a single thought: “Thank you!”. I am sure – and I feel – that this thought finds an echo in each one of you. God himself has implanted it in our hearts and he has sealed it with this Eucharist, which literally means “thanksgiving”.

Yes, dear young people, our gratitude, born from faith, is expressed in our song of praise to him, Father, Son and Holy Spirit, who has offered to us a great sign of his immense love.

Our “thank you”, to begin with, rises up to God – only he could have given it to us in this way, as it was -, and our thanks are now extended to all those who have been involved in its preparation and organization.

World Youth Day was a gift, but, as it developed, was also the result of much work. For this I must renew my gratitude particularly to the Pontifical Council for the Laity, under its President Archbishop Stanis³aw Ry³ko, ably assisted by the Secretary, Bishop Josef Clemens, who for years was my Secretary, and also to my Confrères from the German Bishops’ Conference, in the first place, of course, to the Archbishop of Cologne, Cardinal Joachim Meisner. I am grateful to the political and administrative Authorities, who have made a great contribution, who have generously helped and who have ensured that each event has run smoothly.

In a particular way I thank the many volunteers from all of the German Dioceses and from all the nations. A cordial word of thanks goes also to the many contemplative communities who have supported us in prayer during this World Youth Day.

And now, as the living presence of the Risen Christ in our midst nourishes our faith and hope, I am pleased to announce that the next World Youth Day will take place in Sydney, Australia, in 2008. We entrust to the maternal guidance of Mary Most Holy, the future course of the young people of the whole world. Let us now recite the Angelus.

Angelus Domini …


After the Angelus

[French] I greet affectionately the French-speaking young people. Thank you dear friends, for your participation, and I trust that you return home bringing within, you like the Magi, the joy of having found Christ, the Son of the living God.

[English] I extend a warm greeting to the English-speaking young people from all parts of the world at the conclusion of these unforgettable days. May the light of Christ, which you have followed on your way to Cologne, shine ever more brightly and strongly in your lives!

[Spanish] Dear Spanish-speaking young people! You have come to worship Christ. Now that you have found him, continue to worship him in your hearts, always prepared to make a defence to any one who calls you to account for the hope that is in you (cf. 1 Pet 3:15). Have a pleasant return home!

[Italian] My dear Italian-speaking friends! This Twentieth World Youth Day is ending, but the Eucharistic celebration must continue in our lives: bring to all the joy of Christ that you have found here.

[Polish] To all the young Polish people, I extend a warm embrace! As the great Pope John Paul II would say: keep the flame of faith alive in your lives and in your people. May Our Lady, Mother of Christ, guide your steps always.

[Portuguese] I greet with affection the Portuguese-speaking young people. I pray dear friends, that you will always live in friendship with Jesus, so as to know true joy and communicate it to others, especially to young people in difficulty.

[Tagalog] My dear Tagalog-speaking friends and all the young people of Asia! Like the Magi, you too have come from the East to worship Christ. Now that you have found him, return to your countries bringing in your hearts the light of his love.

[Swahili] A warm greeting also to you, young people from Africa! Bring to your great and beloved Continent the hope that Christ has given you. Be everywhere sowers of peace and brotherhood.

[German] Dear friends who understand me in my own language, I thank you for the affection with which you have sustained me in these days. Be close to me in prayer. Walk together in unity. Always be faithful to Christ and to the Church. May the peace and the joy of Christ be with you always!

MEETING WITH THE GERMAN BISHOPS

ADDRESS OF HIS HOLINESS POPE BENEDICT XVI

Cologne – Archbishop’s House

Venerable and Dear Brothers,

First of all, I would like to express my great happiness at once again having the opportunity to see one another and be together after beautiful and likewise demanding days, and therefore, of having the joy of meeting. Although I am in fact only a former member of the German Bishops’ Conference, I still feel bound to you all in a fraternal union that cannot weaken.

I would like next to thank Cardinal Lehmann for his cordial words and emphasize them in the spirit of what I too said today at the end of this Eucharistic celebration: that is, I want to express once again the great “thank you” that we all have in our hearts.

We all know that the immense work of preparation, the great things achieved, do not suffice to make all this possible. We know, consequently, that it must necessarily be a gift. Since no one can simply create the enthusiasm of the young, no one can create to last for days this union in faith and in the joy of faith.

Everything, moreover, even the weather, has truly been a gift for which we thank the Lord. We also interpret it as a duty to do our part to ensure that this enthusiasm continues and develops into strength for the life of the Church in our Country.

I would like once again to thank Cardinal Meisner and his collaborators for all their preparatory work. I also want to thank Cardinal Lehmann, his collaborators and all of you, for all the Dioceses have cooperated in the organization of this event. The whole of Germany has offered hospitality to the guests and has set out with Our Lady and the Cross; it has thus been able to receive this gift.

I am deeply grateful for this statue that still needs a little time, so to speak, to acquire its definitive form. Yet I find it very beautiful that St Boniface will also be in my house and will thus visibly express to me too what he held particularly dear: the union between the Church in Germany and in Rome. Just as he led the Church in Germany to unity with the Successor of Peter, he is also guiding me to lasting fraternal communion with the Bishops of Germany, with the Church in Germany.

The Holy Father John Paul II, the brilliant founder of the World Youth Days – an insight that I consider an inspiration – has shown that both parties give and receive. Not only have we done our part in the best possible way, but the young people, with their questions, their hope, their joy in faith, their enthusiasm in renewing the Church, have given something to us.

Let us give thanks for this reciprocity and let us hope that it will endure, that is, that the young people with their questions, faith and joy in faith will continue to challenge us to get the better of our faint-heartedness and weariness and urge us, in turn, with the experience of the faith that is given to us, with the experience of pastoral ministry, with the grace of the Sacrament in which we find ourselves, to point out the way to them, so that their enthusiasm may be properly directed. Just as a spring must be channelled so that its waters may be useful, this ever new enthusiasm must likewise be, as it were, moulded into its ecclesial form.

Here in Germany we are accustomed primarily, and I as a Professor in particular, to see especially the problems. However, I believe we should admit that all this has been possible because in Germany, despite all the Church’s problems, despite all possible questionable things, a living Church truly exists.

She is a Church with many positive aspects in which so many people are ready to work hard for their own faith and to use their free time, even giving money and some of their possessions simply to contribute to her with their own lives. It seems to me that this has become newly visible to us.

How many people in Germany, in spite of all the difficulties we complain about, are still believers today, constitute a living Church and hence, make it possible for an event like World Youth Day to have its own context, its own humus, in which to grow and take shape!

I believe we must remember the many priests, Religious and lay people who, faithful to their service, work in difficult pastoral conditions. And there is no need for me to emphasize the generosity of German Catholics, truly well known throughout the world; it is not only a material generosity, since there are many German Fidei donum priests.

I see it during the Ad limina visits: German priests are working, even in Papua New Guinea, the Solomon Islands and regions beyond the wildest imagination, scattering the seed of the Word, identifying with people. Thus, they imbue this threatened world, invaded by so many negative things from the West, with the great power of faith and with it, all that is positive in what we are given.

Misereor, Adveniat, Missio, Renovabis as well as the diocesan and parish branches of Caritas do an enormous amount of work. Then the educational work of Catholic schools and other Catholic institutions and organizations for youth is equally vast. In saying this, I do not intend to be exhaustive about everything positive there is to say, but merely to mention it to you so that these aspects are not forgotten and will always inspire courage and joy.

Besides the positive aspects that I believe are important not to forget and for which it is always necessary to be grateful, we also have to admit that on the face of the universal Church and also on that of the Church in Germany there are unfortunately also wrinkles and shadows that obscure her splendour. We should lovingly keep these before us too, at this moment of festivity and thanksgiving.

We know that secularism and dechristianization are gaining ground, that relativism is growing and that the influence of Catholic ethics and morals is in constant decline. Many people abandon the Church or, if they stay, accept only a part of Catholic teaching, picking and choosing between only certain aspects of Christianity.

The religious situation in the East continues to be worrying. Here, as we know, the majority of the population is not baptized, has no contact with the Church and has often not even heard of either Christ or the Church. We should recognize these realities as challenges.

Dear Brothers, as you yourselves said in your Pastoral Letter of 21 September 2004, on the occasion of the Jubilee of St Boniface: “We have become a mission land”. This is true for large parts of Germany.

I therefore believe that throughout Europe, and likewise in France, Spain and elsewhere, we should give serious thought as to how to achieve a true evangelization in this day and age, not only a new evangelization, but often a true and proper first evangelization.

People do not know God, they do not know Christ. There is a new form of paganism and it is not enough for us to strive to preserve the existing flock, although this is very important: we must ask the important question: what really is life?

I believe we must all try together to find new ways of bringing the Gospel to the contemporary world, of proclaiming Christ anew and of implanting the faith.

This scene, that the World Youth Day is unfolding before us and that I have described with only a few brief comments, invites us to turn our gaze to the future. For the Church and especially for us Pastors, for parents and for educators, young people constitute a living appeal to faith.

I would like to say once again that in my opinion Pope John Paul II was tremendously inspired in choosing for this World Youth Day the motto: “We have come to worship him” (Mt 2: 2). We are often so oppressed, understandably oppressed, by the immense social needs of the world and by all the organizational and structural problems that exist that we set aside worship as something for later. Fr Delp once said that nothing is more important than worship. He said so in the context of his time, when it was evident that to destroy worship, destroyed man.

Nonetheless, in our new context in which worship, and thus also the face of human dignity, has been lost, it is once again up to us to understand the priority of worship. We must make youth, ourselves and our communities, aware of the fact that it is not a luxury of our confused epoch that we cannot permit ourselves but a priority. Wherever worship is no longer, wherever it is not a priority to pay honour to God, human realities can make no headway.

We must therefore endeavour to make the face of Christ visible, the face of the living God, so that like the Magi we may spontaneously fall to our knees and adore him. Two things certainly happened in the Magi: first they sought; then they found and worshipped him.

Today, many people are searching. We too are searching. Basically, in a different dialectic, both these things must always exist within us. We must respect each one’s own search. We must sustain it and make them feel that faith is not merely a dogmatism complete in itself that puts an end to seeking, that extinguishes man’s great thirst, but that it directs the great pilgrimage towards the infinite; we, as believers, are always simultaneously seekers and finders.

In his Commentary on the Psalms, St Augustine interprets so splendidly the expression “Quaerite faciem eius semper”, “constantly seek his face”, that ever since my student days his words have lived on in my heart. This is not only true for this life, but for eternity; his face will be one to ceaselessly rediscover. The more deeply we penetrate the splendour of divine love, the greater will be our discoveries and the more beautiful it will be to travel on and know that our seeking has no end, hence, finding has no end and is thus eternity – the joy of seeking and at the same time of finding.

We must support people in their search as fellow-seekers, and at the same time we must also give them the certainty that God has found us and, consequently, that we can find him. We want to be a Church open to the future, rich in promises for the new generations.

It is not a matter of pandering to youth, which is basically ridiculous, but of a true youthfulness that flows from the wellsprings of eternity, that is ever new, that derives from the transparency of Christ in his Church: this is how he gives us the light to continue. In this light we can find the courage to face confidently the most difficult questions asked in the Church in Germany today.

As I have already said, on the one hand, we must accept the challenges of youth, but on the other, we in turn must inculcate in young people patience, without which nothing can be found; we must teach them discernment, a healthy realism, the capacity to be decisive. A Head of State who paid me a visit recently told me that his main concern was the widespread inability to make definitive decisions for fear of losing personal freedom.

In fact, men and women become free when they bind themselves, when they find roots, for it is then that they can grow and mature. We must teach patience, discernment, realism, but without false compromises, so as not to water down the Gospel!

The experience of these past 20 years has taught us that every World Youth Day is in a certain sense a new beginning for the pastoral care of young people in the country that hosts it. Preparing for the event mobilizes people and resources. We have seen it right here in Germany: how a true “mobilization” has pervaded the Country, prompting a surge of energy.

Lastly, the celebration itself brings a gust of enthusiasm that must be sustained and, so to speak, rendered definitive. This enormous potential energy can further increase, spreading across the territory. I am thinking of the parishes, associations and movements. I am thinking of the priests, Religious, catechists and animators involved with young people. I believe that in Germany the large number of people involved in this event is well known. I am praying that each one of those who collaborated may genuinely grow in love for Christ and for the Church, and I encourage them all to carry on their pastoral work among the new generations together, with a renewed spirit of service. We must relearn willingness to serve, and transmit it.

The majority of young Germans live in comfortable social and financial conditions. Yet we know well that difficult situations are not lacking.

In all social strata, especially those that are better off, the number of young people from broken families is on the rise. Unfortunately, unemployment among young people in Germany has increased.

Moreover, many young men and women are bewildered and have no real answers to their questions about the meaning of life and death, about their present and their future. Many of the ideas put forward by modern society lead nowhere and unfortunately, very many young people end by sinking into the quicksand of alcohol and drugs, or caught in the clutches of extremist groups.

Some young Germans, especially in the East, have never become personally acquainted with the Good News of Jesus Christ. Even in the traditionally Catholic regions, the teaching of religion and catechesis do not always manage to forge lasting bonds between young people and the Church community.

For this reason you are all committed together – I know it – to seeking new ways to reach out to young people, and the World Youth Days have been – as Pope John Paul II used to say – a sort of “laboratory” for this.

I think we are all reflecting – and in the other Western countries it is just the same – on how to make catechesis more effective. I read in the HERDER-Korrespondenz that you have published a new catechetical document that I have unfortunately not yet had an opportunity to see, but I am grateful to note that you are taking this problem to heart.

Indeed, it is worrying to us all that despite the age-old teaching of religion, the knowledge of religion is meagre, and many people often do not even know the most basic, elementary things. What can we do?

I do not know. Perhaps on the one hand, heathens should have access to a sort of pre-catechesis that opens them to the faith – and this is also the content of many catechetical endeavours – but on the other, it is always necessary to have the courage to transmit the mystery itself, in its beauty and greatness, and pave the way to the impulse to contemplate, love and recognize it: ah, this is it!

Today, in my Homily I noted that Pope John Paul II gave us two exceptional instruments: the Catechism of the Catholic Church and its Compendium, which he also wanted. We made sure that the German translation was ready for World Youth Day. In Italy, half a million copies have already been sold. It is on sale at the newsstands and rouses peoples’ curiosity. What is in it? What does the Catholic Church say?

I believe we too must have the courage to sustain this curiosity and to attempt to make these books that represent the content of the mystery a part of catechesis, so that by increasing the knowledge of our faith the joy that stems from it will also increase.

I have two other aspects very much at heart. One is the pastoral care of vocations.

I feel that the recitation of Vespers in the Church of St Pantaleon has also given us the courage to help young people and to do so in the right way, so that the Lord’s call may reach them and they ask themselves: “Does he want me?”; and so that once again the willingness to be called and to hear such a call may increase.

The other aspect very dear to me is the pastoral care of families. We see the threat to families; in the meantime even lay bodies recognize how important it is that the family live as the primary cell of society, that children be able to grow in an atmosphere of communion between the generations, so that continuity between the present, past and future will endure and that the continuity of values will be lasting: this is what makes it possible to build communion in a country.

I wanted to deal precisely with these three aspects: catechesis, the pastoral care of vocations and the pastoral care of families.

As we have seen, associations and movements, which are undoubtedly a source of enrichment, play an important role in the world of youth. The Church must make the most of these realities, and at the same time she must guide them with pastoral wisdom, so that with the variety of their different gifts they may contribute in the best possible way to building up the community without ever entering into competition – each one building, so to speak, its own little church -, but respecting one another and working together for the one Church – for the one parish as the local Church – to awaken in young people the joy of faith, love for the Church and passion for the Kingdom of God.

I think that precisely this is another important aspect: this authentic communion on the one hand between the various movements whose forms of exclusivism should be eliminated, and on the other, between the local Churches and the movements, so that the local Churches recognize this particularity, which seems strange to many, and welcome it in itself as a treasure, understanding that in the Church there are many ways and that all together they converge in a symphony of faith. The local Churches and movements are not in opposition to one another, but constitute the living structure of the Church.

Dear Brothers, please God, there will be other occasions on which to go deeply into the issues that challenge our common pastoral solicitude. This time I wanted, very briefly and not exhaustively, of course, to convey the message that the great pilgrimage of young people has left us. It seems to me that at the end of this event, the young people’s request to us might be summed up as: “Yes, we came to worship him. We met him. Now help us to become his disciples and witnesses”. It is a demanding appeal, but especially comforting to a Pastor’s heart.

May the memory of the days spent in Cologne under the banner of hope sustain our common service!

I leave you with my affectionate encouragement, which at the same time is a heartfelt brotherly request: always proceed and work in agreement, on the basis of a communion of which the Eucharist is the summit and the source.

I entrust you all to Mary, the Mother of Christ and of the Church, and I impart my Apostolic Blessing to each one of you and to your communities. Thank you.

DEPARTURE CEREMONY

ADDRESS OF HIS HOLINESS POPE BENEDICT XVI

Cologne Airport

Distinguished Mr President,
Dear Young Friends,
Ladies and Gentlemen,

At the conclusion of this, my first Visit to Germany as the Bishop of Rome and the Successor of Peter, I must express once again my heartfelt gratitude for the welcome given to me, to my collaborators and especially to the many young people who came to Cologne from every continent for this World Youth Day.

The Lord has called me to succeed our beloved Pope John Paul II, whose inspired idea it was to initiate the series of World Youth Days. I have taken up this legacy with awe and also with joy, and I give thanks to God for giving me the opportunity to experience in the company of so many young people this further step along their spiritual pilgrimage from continent to continent, following the Cross of Christ.

I am grateful to all those who have so effectively ensured that every phase of this extraordinary gathering could take place in an orderly and serene fashion. These days spent together have given many young men and women from the whole world the opportunity to become better acquainted with Germany.

We are all well aware of the evil that emerged from our Homeland during the 20th century, and we acknowledge it with shame and suffering.

During these days, thanks be to God, it has become quite evident that there was and is another Germany, a Land of singular human, cultural and spiritual resources. I hope and pray that these resources, thanks, not least, to the events of recent days, may once more spread throughout the world!

Now young people from all over the world can return home enriched by their contacts and their experiences of dialogue and fellowship in the different regions of our Homeland. I am certain that their stay, marked by their youthful enthusiasm, will remain as a pleasant memory with the people who have offered them such generous hospitality, and that it will also be a sign of hope for Germany.

Indeed, one can say that during these days Germany has been the centre of the Catholic world.

Young people from every continent and culture, gathered in faith around their Pastors and the Successor of Peter, have shown us a young Church, one that seeks with imagination and courage to shape the face of a more just and generous humanity.

Following the example of the Magi, these young men and women set out to encounter Christ, in accordance with the theme of this World Youth Day. Now they are returning to their own regions and cities to testify to the light, the beauty and the power of the Gospel which they have experienced anew.

Before leaving, I must also express thanks to all who have opened their hearts and their homes to the countless young pilgrims. I am grateful to the Government Authorities, to the political leaders and the various civil and military departments, as well as the security services and the many volunteer organizations which have put so much effort into the preparation and realization of each of the initiatives and events of this World Youth Day.

A special word of thanks goes to all who planned the moments of prayer and reflection, as well as the liturgical celebrations, eloquent examples of the joyful vitality of the faith that animates the younger generation in our time.

I would also like to express my gratitude to the leaders of other Churches and Ecclesial Communities, and to the representatives of other religions who wished to be present at this important meeting. I express my hope that we can strengthen our common commitment to train the younger generation in the human and spiritual values which are indispensable for building a future of true freedom and peace.

My deep gratitude goes to Cardinal Joachim Meisner, Archbishop of Cologne, the Diocese that hosted this international meeting, to the Bishops of Germany, led by the President of the Bishops’ Conference, Cardinal Karl Lehmann, to the priests, to men and women religious, and to the parish communities, lay associations and movements who have devoted such energy to helping the young people present to reap the spiritual fruits of their stay.

I offer a special word of thanks to the young people from Germany, who in a variety of ways have helped to welcome other young people and to share with them moments of faith that have been truly memorable. I hope that this event will remain impressed on the life of Germany’s Catholics and will be an incentive for a renewed spiritual and apostolic outreach!

May the Gospel be received in its integrity and witnessed with profound conviction by all Christ’s disciples, so that it becomes a source of authentic renewal for all of German society, thanks also to dialogue with the different Christian communities and the followers of other religions.

Finally, my respectful and cordial greetings go to the political, civil and diplomatic Authorities present at this Departure Ceremony. In particular, I thank you, Mr President, for your courtesy in desiring to welcome me in person at the beginning of my Visit and for having desired to be present once again at my Farewell Ceremony. Thank you with all my heart!

Through you, I thank the Government Members and the entire German People, whose numerous representatives have shown me such liking in these intense hours of communion.

Filled with the emotions and memories of these days, I now return to Rome. Upon all of you I invoke God’s abundant Blessings for a future of serene prosperity, harmony and peace.

VOYAGE APOSTOLIQUE À COLOGNE
À L’OCCASION DE LA XX JOURNÉE MONDIALE DE LA JEUNESSE

CÉLÉBRATION EUCHARISTIQUE

HOMÉLIE DU PAPE BENOÎT XVI

Cologne – Marienfeld

Paroles du Saint-Père au début de la Messe:

Cher Cardinal Meisner,
Chers jeunes!

Je voudrais te remercier cordialement, cher confrère dans l’épiscopat, pour tes paroles émouvantes qui nous introduisent de façon si opportune dans cette célébration liturgique. J’aurais voulu parcourir en “papamobile” tout le territoire de long en large pour être le plus proche possible de chacun individuellement. En raison de la difficulté des passages cela n’a pas été possible, mais je salue chacun de tout coeur. Le Seigneur voit et aime chaque personne en particulier. Tous ensemble, nous formons l’Eglise vivante et nous rendons grâce au Seigneur pour cette heure où Il nous donne le mystère de sa présence et la possibilité d’être en communion avec Lui.

Nous savons tous que nous sommes imparfaits, que nous ne pouvons pas être pour Lui une maison appropriée. C’est pourquoi nous commençons la Messe en nous recueillant et en priant le Seigneur d’effacer en nous tout ce qui nous sépare de Lui et qui nous sépare les uns des autres. Qu’il nous fasse ainsi le don de célébrer dignement les Saints Mystères.

***

Chers jeunes!

Devant la sainte Hostie, dans laquelle Jésus s’est fait pour nous pain qui soutient et nourrit notre vie de l’intérieur (cf. Jn 6, 35), nous avons commencé hier soir le cheminement intérieur de l’adoration. Dans l’Eucharistie, l’adoration doit devenir union. Dans la Célébration eucharistique, nous nous trouvons en cette “heure” de Jésus dont parle l’Evangile de Jean. Grâce à l’Eucharistie son “heure” devient notre heure, sa présence au milieu de nous. Avec ses disciples, Il a célébré la cène pascale d’Israël, le mémorial de l’action libératrice de Dieu qui avait conduit Israël de l’esclavage à la liberté. Jésus suit les rites d’Israël. Il récite sur le pain la prière de louange et de bénédiction. Mais ensuite, se produit quelque chose de nouveau. Il ne remercie pas Dieu seulement pour ses grandes oeuvres du passé; il le remercie pour sa propre exaltation, qui se réalisera par la Croix et la Résurrection, et il s’adresse aussi aux disciples avec des mots qui contiennent la totalité de la Loi et des Prophètes:  “Ceci est mon Corps donné pour vous en sacrifice. Ce calice est la Nouvelle Alliance en mon Sang”. Il distribue alors le pain et le calice, et en même temps il leur confie la mission de redire et de refaire toujours de nouveau en sa mémoire ce qu’il est en train de dire et de faire en ce moment.

Qu’est ce qui est en train de se passer? Comment Jésus peut-il donner son Corps et son Sang? Faisant du pain son Corps et du vin son Sang, il anticipe sa mort, il l’accepte au plus profond de lui-même et il la transforme en un acte d’amour. Ce qui de l’extérieur est une violence brutale – la crucifixion -, devient de l’intérieur l’acte d’un amour qui se donne totalement. Telle est la transformation substantielle qui s’est réalisée au Cénacle et qui visait à faire naître un processus de transformations, dont le terme ultime est la transformation du monde jusqu’à ce que Dieu soit tout en tous (cf. 1 Co 15, 28). Depuis toujours, tous les hommes, d’une manière ou d’une autre, attendent dans leur coeur un changement, une transformation du monde. Maintenant se réalise l’acte central de transformation qui est seul en mesure de renouveler vraiment le monde:  la violence se transforme en amour et donc la mort en vie. Puisque cet acte change la mort en amour, la mort comme telle est déjà dépassée au plus profond d’elle-même, la résurrection est déjà présente en elle. La mort est, pour ainsi dire, intimement blessée, de telle sorte qu’elle ne peut avoir le dernier mot. Pour reprendre une image qui nous est familière, il s’agit d’une fission nucléaire portée au plus intime de l’être – la victoire de l’amour sur la haine, la victoire de l’amour sur la mort. Seule l’explosion intime du bien qui vainc le mal peut alors engendrer la chaîne des transformations qui, peu à peu, changeront le monde. Tous les autres changements demeurent superficiels et ne sauvent pas. C’est pourquoi nous parlons de rédemption:  ce qui du plus profond était nécessaire se réalise, et nous pouvons entrer dans ce dynamisme. Jésus peut distribuer son Corps, parce qu’il se donne réellement lui-même.

Cette première transformation fondamentale de la violence en amour, de la mort en vie, entraîne à sa suite les autres transformations. Le pain et le vin deviennent son Corps et son Sang. Cependant, la transformation ne doit pas s’arrêter là, c’est plutôt à ce point qu’elle doit commencer pleinement. Le Corps et le Sang du Christ nous sont donnés  afin  que, nous-mêmes, nous soyons transformés à notre tour. Nous-mêmes, nous devons devenir Corps du Christ, consanguins avec Lui. Tous mangent l’unique pain, mais cela signifie qu’entre nous nous devenions une seule chose. L’adoration, avons-nous dit, devient ainsi union. Dieu n’est plus seulement en face de nous, comme le Totalement Autre. Il est au-dedans de nous, et nous sommes en Lui. Sa dynamique nous pénètre et, à partir de nous, elle veut se propager aux autres et s’étendre au monde entier, pour que son amour devienne réellement la mesure dominante du monde. Je trouve une très belle allusion à ce nouveau pas que la dernière Cène nous pousse à faire dans les différents sens que le mot “adoration” a en grec et en latin. Le mot grec est proskynesis. Il signifie le geste de la soumission, la reconnaissance de Dieu comme notre vraie mesure, dont nous acceptons de suivre la règle. Il signifie que liberté ne veut pas dire jouir de la vie, se croire absolument autonomes, mais s’orienter selon la mesure de la vérité et du bien, pour devenir de cette façon, nous aussi, vrais et bons. Cette attitude est nécessaire, même si, dans un premier temps, notre soif de liberté résiste à une telle perspective. Il ne sera possible de la faire totalement nôtre que dans le second pas que la dernière Cène nous entrouvre. Le mot latin pour adoration est ad-oratio – contact bouche à bouche, baiser, accolade et donc en définitive amour. La soumission devient union, parce que celui auquel nous nous soumettons est Amour. Ainsi la soumission prend un sens, parce qu’elle ne nous impose pas des choses étrangères, mais nous libère à partir du plus profond de notre être.

Revenons encore à la dernière Cène. La nouveauté qui s’y est produite, résidait dans la nouvelle profondeur que prenait l’ancienne prière de bénédiction d’Israël, qui devient alors la parole de la transformation et nous donne à nous de participer à l’heure du Christ. Jésus ne nous a pas donné la mission de répéter la Cène pascale, qui, du reste, en tant qu’anniversaire, ne peut pas se répéter à volonté. Il nous a donné la mission d’entrer dans son “heure”. Nous y entrons grâce à la parole qui vient du pouvoir sacré de la consécration – une transformation qui se réalise par la prière de louange, qui nous met en continuité avec Israël et avec toute l’histoire du salut, et qui en même temps nous donne la nouveauté vers laquelle cette prière tendait par sa nature la plus profonde. Cette prière – appelée par l’Eglise “prière eucharistique” – constitue l’Eucharistie. Elle est parole de pouvoir, qui transforme les dons de la terre de façon tout à fait nouvelle en don de soi de Dieu et qui nous engage dans ce processus de transformation. C’est pourquoi nous appelons cet événement Eucharistie, traduction du mot hébraïque beracha – remerciement, louange, bénédiction, et ainsi transformation à partir du Seigneur:  présence de son “heure”. L’heure de Jésus est l’heure où l’amour est vainqueur. En d’autres termes:  c’est Dieu qui a vaincu, parce qu’Il est l’Amour. L’heure de Jésus veut devenir notre heure et elle le deviendra, si nous-mêmes, par la célébration de l’Eucharistie, nous nous laissons entraîner dans ce processus de transformations que le Seigneur a en vue. L’Eucharistie doit devenir le centre de notre vie. Ce n’est ni positivisme ni soif de pouvoir, si l’Eglise nous dit que l’Eucharistie fait partie du dimanche. Au matin de Pâques, les femmes en premier, puis les disciples, eurent la grâce de voir le Seigneur. Depuis lors, ils surent que désormais le premier jour de la semaine, le dimanche, serait son jour à Lui, le jour du Christ. Le jour du commencement de la création devenait le jour du renouvellement de la création. Création et rédemption vont ensemble. C’est pour cela que le dimanche est aussi important. Il est beau qu’aujourd’hui, dans de nombreuses cultures, le dimanche soit un jour libre ou, qu’avec le samedi, il constitue même ce qu’on appelle le “week-end” libre. Ce temps libre, toutefois, demeure vide si Dieu n’y est pas présent. Chers amis! Quelquefois, dans un premier temps, il peut s’avérer plutôt mal commode de devoir prévoir aussi la Messe dans le programme du dimanche. Mais si vous en prenez l’engagement, vous constaterez aussi que c’est précisément ce qui donne le juste centre au temps libre. Ne vous laissez pas dissuader de participer à l’Eucharistie dominicale et aidez aussi les autres à la découvrir. Parce que la joie dont nous avons besoin se dégage d’elle, nous devons assurément apprendre à en comprendre toujours plus la profondeur, nous devons apprendre à l’aimer. Engageons-nous en ce sens – cela en vaut la peine! Découvrons la profonde richesse de la liturgie de l’Eglise et sa vraie grandeur:  nous ne faisons pas la fête pour nous, mais c’est au contraire le Dieu vivant lui-même qui prépare une fête pour nous. En aimant l’Eucharistie, vous redécouvrirez aussi le sacrement de la Réconciliation, dans lequel la bonté miséricordieuse de Dieu permet toujours un nouveau commencement à notre vie.

Qui a découvert le Christ se doit de conduire les autres vers Lui. On ne peut garder pour soi une grande joie. Il faut la transmettre. Dans de vastes parties du monde, il existe aujourd’hui un étrange oubli de Dieu. Il semble que rien ne change même s’il n’est pas là. Mais, en même temps, il existe aussi un sentiment de frustration, d’insatisfaction de tout et de tous. On ne peut alors que s’exclamer:  Il n’est pas possible que ce soit cela la vie! Non vraiment. Et alors conjointement à l’oubli de Dieu, il existe comme un “boom” du religieux. Je ne veux pas discréditer tout ce qu’il y a dans cette tendance. Il peut y avoir aussi la joie sincère de la découverte. Mais dans ce contexte, la religion devient presque un produit de consommation. On choisit ce qui plaît, et certains savent aussi en tirer un profit. Mais la religion recherchée comme une  sorte de “bricolage”, en fin de compte ne nous aide pas. Elle est commode, mais dans les moments de crise, elle nous abandonne à nous-mêmes. Aidez les hommes à découvrir la véritable étoile qui nous indique la route:  Jésus Christ! Nous aussi, nous cherchons à le connaître toujours mieux pour pouvoir conduire les autres vers lui de manière convaincante. C’est pourquoi il est si important d’aimer la Sainte Ecriture et, par conséquent, de connaître la foi de l’Eglise qui nous ouvre le sens de l’Ecriture. C’est l’Esprit Saint qui guide l’Eglise dans sa foi en croissance, et c’est Lui qui l’a faite et qui la fait pénétrer toujours plus dans les profondeurs de la vérité (cf. Jn 16, 13). Le Pape Jean-Paul II nous a donné une oeuvre merveilleuse, dans laquelle la foi des siècles est expliquée de façon synthétique:  le Catéchisme de l’Eglise catholique. Moi-même, récemment, j’ai pu présenter l’Abrégé de ce Catéchisme, qui a également été élaboré à la demande du Pape défunt. Ce sont deux livres fondamentaux que je voudrais vous recommander à tous.

Evidemment, les livres à eux seuls ne suffisent pas. Formez des communautés fondées sur la foi! Au cours des dernières décennies sont nés des mouvements et des communautés dans lesquelles la force de l’Evangile se fait sentir avec vigueur. Cherchez la communion dans la foi en étant ensemble des compagnons de route qui continuent à suivre le chemin du grand pèlerinage que les Mages d’Orient nous ont indiqué les premiers! La spontanéité des nouvelles communautés est importante, mais il est aussi important de conserver la communion avec le Pape et avec les Evêques. Ce sont eux qui garantissent qu’on ne recherche pas des sentiers privés, mais au contraire qu’on vit dans la grande famille de Dieu que le Seigneur a fondée avec les douze Apôtres.

Encore une fois je dois revenir à l’Eucharistie. “Puisqu’il y a un seul pain, la multitude que nous sommes est un seul corps” dit saint Paul (1 Co 10, 17). En cela il entend dire:  Puisque nous recevons le même Seigneur et que Lui nous accueille et nous attire en lui, nous sommes une seule chose aussi entre nous. Cela doit se manifester dans la vie. Cela doit se voir dans la capacité à pardonner. Cela doit se manifester dans la sensibilité aux besoins de l’autre. Cela doit se manifester dans la disponibilité à partager. Cela doit se manifester dans l’engagement envers le prochain, celui qui est proche comme celui qui est extérieurement loin, mais qui nous regarde toujours de près. Il existe aujourd’hui des formes de bénévolat, des modèles de service mutuel, dont notre société a précisément un besoin urgent. Nous ne devons pas, par exemple, abandonner les personnes âgées à leur solitude, nous ne devons pas passer à côté de ceux qui souffrent. Si nous pensons et si nous vivons dans la communion avec le Christ, alors nos yeux s’ouvriront. Alors nous ne nous contenterons plus de vivoter, préoccupés seulement de nous-mêmes, mais nous verrons où et comment nous sommes nécessaires. En vivant et en agissant ainsi, nous nous apercevrons bien vite qu’il est beaucoup plus beau d’être utiles et d’être à la disposition des autres que de se préoccuper seulement des facilités qui nous sont offertes. Je sais que vous, en tant que jeunes, vous aspirez aux grandes choses, que vous voulez vous engager pour un monde meilleur. Montrez-le aux hommes, montrez-le au monde, qui attend justement ce témoignage des disciples de Jésus Christ et qui, surtout par votre amour, pourra découvrir l’étoile que, comme croyants, nous suivons.

Allons de l’avant avec le Christ et vivons notre vie en vrais adorateurs de Dieu! Amen!

BENOÎT XVI

ANGELUS

Cologne – Marienfeld

Chers amis,

Nous sommes arrivés au terme de cette merveilleuse célébration, et aussi de la vingtième Journée mondiale de la Jeunesse. Je sens résonner fortement dans mon coeur une parole:  “merci”! Je suis sûr – et je le sens – qu’elle trouve un écho unanime en chacun de vous. C’est Dieu lui-même qui l’a imprimée dans nos coeurs et qui l’a scellée par cette Eucharistie, qui signifie justement “action de grâce”. Oui, chers jeunes, la parole de gratitude qui naît de  la  foi s’exprime dans le chant de louange qui monte vers Dieu, Père, Fils et Esprit Saint, Lui qui nous a donné un grand témoignage de son immense amour.

Notre “merci”, qui monte avant tout vers Dieu – Lui seul pouvait nous le donner ainsi – pour le don de cette rencontre inoubliable, notre remerciement s’étend à tous ceux qui se sont occupés de son organisation et de sa réalisation. La Journée mondiale de la Jeunesse a été un don, mais, de la façon dont elle s’est déroulée, également le fruit d’un grand travail. C’est pourquoi je désire renouveler en particulier mes vifs remerciements au Conseil pontifical pour les Laïcs, présidé par Mgr Stanislaw Rylko, efficacement assisté du Secrétaire du dicastère, Mgr Josef Clemens, qui a été mon Secrétaire pendant des années, et à mes Confrères de l’épiscopat allemand, en premier lieu à l’Archevêque de Cologne, le Cardinal Joachim Meisner. Je remercie les Autorités politiques et administratives, qui ont apporté une importante contribution, qui ont aidé généreusement, et qui ont rendu possible ces jours-ci le déroulement serein de toutes les manifestations; je remercie les nombreux volontaires venus de tous les diocèses allemands et de tous les pays. Un merci cordial aussi aux nombreux monastères de vie contemplative, qui ont accompagné de leur prière la Journée mondiale de la Jeunesse.

En ce moment où la présence vivante du Christ ressuscité au milieu de nous nourrit notre foi et notre espérance, je suis heureux d’annoncer que la prochaine Rencontre mondiale de la jeunesse aura lieu à Sydney, en Australie, en 2008. Confions à la garde maternelle et prévenante de la Très Sainte Vierge Marie le chemin futur des jeunes du monde entier.

Angelus Domini…


[français] Je salue avec affection les jeunes francophones. Je vous remercie, chers amis, pour votre participation et je vous souhaite de retourner dans vos pays, portant en vous, comme les Mages, la joie d’avoir rencontré le Christ, le Fils du Dieu vivant.

[anglais] Aux jeunes de langue anglaise, provenant de toutes les parties du monde, j’adresse un chaleureux salut, au terme de ces inoubliables Journées. Que la lumière du Christ, que vous avez suivie pour venir à Cologne, resplendisse maintenant encore plus clairement et plus fortement dans votre vie!

[espagnol] Chers jeunes de langue espagnole! Vous êtes venus adorer le Christ. Maintenant que vous l’avez rencontré, continuez à l’adorer dans vos cœurs, en étant toujours prêts à rendre compte de l’espérance qui est en vous (cf. 1 P 3, 15). Bon retour dans vos pays!

[italien] Chers amis de langue italienne! La vingtième Journée mondiale de la Jeunesse arrive désormais à son terme, mais cette célébration eucharistique continue dans la vie: portez à tous la joie du Christ que vous avez rencontré ici !

[polonais] Je vous salue affectueusement vous tous, jeunes polonais! Comme vous dirait le grand Pape Jean-Paul II, tenez vive la flamme de la foi dans votre vie et dans celle de votre peuple. Que Marie, Mère du Christ, guide toujours vos pas!

[portugais] Je salue avec affection les jeunes de langue portugaise. Je vous souhaite, chers jeunes, de vivre toujours dans l’amitié avec Jésus, pour faire l’expérience de la vraie joie et pour la communiquer à tous, spécialement aux jeunes de votre âge qui sont le plus en difficulté.

[philippin] Chers amis de langue philippine et vous tous, jeunes d’Asie! Comme les Mages, vous êtes venus d’Orient adorer le Christ. Maintenant que vous l’avez rencontré, retournez dans vos pays en portant dans votre cœur la lumière de son amour !

[swaili] Un salut chaleureux à vous aussi, jeunes africains! Portez dans votre grand et bien-aimé continent l’espérance que le Christ vous a donnée. Soyez partout des semeurs de paix et de fraternité !

[allemand] Chers amis qui me comprenez dans ma langue, je vous remercie de tout coeur pour l’affection avec laquelle vous m’avez soutenu en ces jours. Soyez proches de moi par la prière. Je vous en prie! Marchez dans l’unité! Soyez toujours fidèles au Christ et à l’Eglise! La paix et la joie du Christ soient toujours avec vous!

RENCONTRE AVEC LES ÉVÊQUES ALLEMANDS

DISCOURS DU PAPE BENOÎT XVI

“Piussaal” (Salle Pie) du Séminaire de Cologne

Chers et vénérés confrères!

Je désire avant tout exprimer ma grande joie que nous ayons encore eu la possibilité de nous voir et de passer encore un peu de temps ensemble après de belles journées, mais qui furent chargées, et d’avoir donc le bonheur de nous rencontrer. Bien que je ne sois, en réalité, qu’un ancien membre de la Conférence épiscopale allemande, je me sens encore uni à vous tous dans une union fraternelle, qui ne peut faire défaut.

Je désire ensuite remercier le Cardinal Lehmann pour ses paroles cordiales et les souligner dans l’esprit de ce que moi aussi j’ai dit aujourd’hui au terme de cette Célébration eucharistique:  c’est-à-dire exprimer une fois de plus le grand “remerciement” que nous avons tous dans notre âme. Nous savons tous que tout le travail de préparation, les grandes choses qui ont été faites, ne suffisent pas à rendre possible tout cela, qui doit donc nécessairement être un don. Etant donné que personne ne peut simplement créer l’enthousiasme des jeunes, personne ne peut créer des jours entiers cette union dans la foi et dans la joie de la foi. Et, jusqu’aux conditions météorologiques, tout a été véritablement un don pour lequel nous rendons grâce au Seigneur et que nous interprétons également comme un devoir à faire notre part de travail afin que cet enthousiasme perdure et devienne une force pour la vie de l’Eglise dans notre pays. Je désire remercier à nouveau le Cardinal Meisner et ses collaborateurs pour le grand travail de préparation qu’ils ont accompli. Je désire en outre remercier le Cardinal Lehmann, ses collaborateurs et vous tous, car tous les diocèses ont coopéré à la réalisation de cet événement. Toute l’Allemagne a accueilli les pèlerins, s’est mise en route avec la Vierge et la Croix et a pu ainsi recevoir ce don. Je remercie également vivement pour cette statue, qui a encore besoin d’un peu de temps pour atteindre, pour ainsi dire, sa forme définitive. Mais je suis très content que saint Boniface se trouve à présent également chez moi et exprime ainsi de façon visible, à mon intention également, ce qui lui tenait particulièrement à coeur, c’est-à-dire l’union entre l’Eglise d’Allemagne et Rome. De même qu’il a guidé l’Eglise d’Allemagne vers l’unité avec le Successeur de Pierre, il me guide à présent moi aussi vers la communion fraternelle durable avec les Evêques d’Allemagne, avec l’Eglise qui est en Allemagne.

Le Saint-Père Jean-Paul II, le génial promoteur des Journées mondiales de la Jeunesse – une intuition que je considère être une inspiration – a montré que les deux parties donnent et reçoivent. Non seulement nous avons fait notre part de travail de la meilleure façon possible, mais les jeunes également, avec leurs questions, avec leurs espérances, avec leur joie dans la foi, avec leur enthousiasme à renouveler l’Eglise, nous ont donné quelque chose. Nous rendons grâce pour cette réciprocité et nous espérons qu’elle se poursuive, c’est-à-dire que les jeunes, avec leurs questions, leur foi et leur joie dans la foi, continuent à être pour nous un encouragement à vaincre notre pusillanimité et notre fatigue et nous pousse, à notre tour, avec l’expérience de la foi qui nous est donnée, à travers l’expérience du ministère pastoral, par la grâce du Sacrement dans lequel nous nous trouvons, à leur indiquer la route, afin que leur enthousiasme suive également un ordre juste. De même qu’une source doit être canalisée afin de pouvoir distribuer son eau de façon utile, ainsi, cet enthousiasme doit être également d’une certaine manière toujours façonné de nouveau dans sa forme ecclésiale.

Ici, en Allemagne, nous sommes habitués, et moi en particulier en tant que professeur, à voir surtout les problèmes. Toutefois, je considère que nous devrions admettre que tout cela a été possible parce qu’en Allemagne, en dépit de tous les problèmes de l’Eglise, en dépit de tous les aspects discutables qu’il peut y avoir, il existe véritablement une Eglise vivante, une Eglise qui possède de nombreux aspects positifs, dans laquelle tant de personnes sont prêtes  à  s’engager pour leur foi et à consacrer leur temps libre, également à donner de l’argent et un peu de leurs biens simplement pour y contribuer par leur existence. Il me semble que cela est devenu à nouveau visible pour nous:  combien de personnes en Allemagne, en dépit de toutes les difficultés dont nous nous plaignons, sont croyantes aujourd’hui encore, constituent une Eglise vivante et rendent possible de cette façon qu’un événement comme les JMJ ait son propre contexte, son propre humus, dans lequel croître et prendre sa propre forme.

Je pense que nous devrions nous rappeler des nombreux prêtres, religieux et laïcs qui, fidèles à leur service, oeuvrent dans des conditions pastorales difficiles. Et il n’est pas besoin que je souligne la générosité, connue dans le monde entier, des catholiques allemands; une générosité qui n’est pas seulement matérielle, dans la mesure où il existe également de nombreux prêtres allemands “Fidei donum”.

Je le constate dans les visites “ad limina”:  même en Papouasie-Nouvelle Guinée, dans les Iles Salomon et dans des régions auxquelles on ne penserait pas, oeuvrent des prêtres allemands qui répandent la semence de la Parole, qui s’identifient avec les personnes, et qui, dans ce monde menacé, dans lequel une grande part de choses négatives proviennent également de l’Occident, diffusent ainsi la grande force de la foi et avec elle, tout ce qu’il y a de positif dans ce qui nous est donné.

Le travail accompli par les nombreuses institutions caritatives est remarquable:  de Misereor, Adveniat, Missio, Renovabis jusqu’aux Caritas diocésaines et paroissiales. L’oeuvre éducative des écoles catholiques et des autres institutions  et organisations catholiques en faveur  de la jeunesse est vaste, elle aussi. Je ne voudrais pas faire une liste exhaustive de tout ce qu’il y a de positif à dire, mais seulement y faire allusion, afin que ces aspects ne soient pas oubliés et nous donnent toujours courage et joie. Outre les aspects positifs, qu’il est important, je pense, de ne pas oublier et pour lesquels il faut toujours être reconnaissants, nous devons également admettre que sur le visage de l’Eglise universelle, comme de l’Eglise qui est en Allemagne, ne manquent pas, malheureusement, des rides et des ombres qui en obscurcissent la splendeur. Par amour et avec amour, nous voulons les évoquer, elles aussi, en ce moment de fête et d’action de grâce. Nous savons que sécularisation et déchristianisation continuent de progresser, que le relativisme s’accroît, que l’influence de l’éthique et de la morale catholiques est toujours moindre. Beaucoup de personnes abandonnent l’Eglise ou, si elles y restent, acceptent seulement une partie de l’enseignement catholique, choisissant uniquement certains aspects du christianisme. La situation religieuse demeure préoccupante à l’Est, où, comme nous le savons, la majorité de la population n’est pas baptisée et n’a aucun contact avec l’Eglise, et souvent, ne connaît ni le Christ, ni l’Eglise. Nous reconnaissons dans ces réalités autant de défis. Vous-mêmes, chers confrères, avez affirmé dans votre Lettre pastorale du 21 septembre 2004, à l’occasion du Jubilé de saint Boniface:  “Nous sommes devenus une terre de mission”. Cela vaut pour de vastes parties de l’Allemagne. C’est pourquoi je considère que dans toute l’Europe, et pas moins en France, en Espagne et ailleurs, nous devrions réfléchir sérieusement sur la façon dont nous pouvons réaliser aujourd’hui une véritable évangélisation, non seulement une nouvelle évangélisation, mais souvent une véritable première évangélisation. Les personnes ne connaissent pas Dieu, ne connaissent pas le Christ. Il existe un nouveau paganisme et il ne suffit pas de s’efforcer de conserver le troupeau existant, même si cela est très important; une grande question s’impose:  qu’est-ce qu’est réellement la vie? Je crois que nous devons tous ensemble essayer de trouver de nouvelles façons de ramener l’Evangile dans le monde actuel, d’annoncer de nouveau le Christ et d’établir la foi.

Ce panorama que la Journée mondiale de la Jeunesse ouvre devant nous et que je n’ai indiqué qu’à grands traits, nous invite à projeter notre regard vers l’avenir. Les jeunes constituent pour l’Eglise, et en particulier pour nous pasteurs, pour les parents et pour les éducateurs, un appel vivant à la foi. Je voudrais dire encore une fois qu’il me semble que cela a été une grande inspiration de la part du Pape Jean-Paul II d’avoir choisi pour ces JMJ le thème “Nous sommes venus l’adorer” (Mt 2, 2). Parfois, nous sommes tellement oppressés, à juste titre oppressés, par les immenses nécessités sociales du monde, par tous les problèmes d’organisation et les problèmes structurels qui existent, qu’il peut arriver que l’adoration soit mise de côté comme quelque chose à reporter à plus tard. Le Père Delp a affirmé un jour que rien n’est plus important que l’adoration. Il l’a dit dans le contexte de son époque, lorsqu’il était évident que la destruction de l’adoration détruisait l’homme. Toutefois, dans le nouveau contexte de l’adoration perdue, et donc du visage perdu de la dignité humaine, c’est à nouveau à nous qu’il revient de comprendre la priorité de l’adoration et de rendre les jeunes, nous-mêmes et nos communautés conscientes du fait qu’il ne s’agit pas d’un luxe de notre époque confuse, que l’on ne pourrait peut-être pas se permettre, mais au contraire d’une priorité. Là où il n’y a plus d’adoration, là où l’hommage à Dieu n’est plus rendu comme priorité, les réalités de l’homme ne peuvent pas non plus évoluer. Nous devons donc tenter de rendre visible le visage du Christ, le visage du Dieu vivant, afin que nous nous trouvions spontanément, tout comme les Rois Mages, à nous prosterner et à l’adorer. Certes, avec les Mages, deux choses ont lieu:  d’abord, ils cherchèrent, puis il trouvèrent et adorèrent. De nombreuses personnes aujourd’hui sont à la recherche. Nous aussi, nous le sommes. Au fond, dans une dialectique différente, il faut toujours qu’il y ait les deux choses. Nous devons respecter la recherche de l’homme, la soutenir, lui faire sentir que la foi n’est pas simplement un dogmatisme complet en soi qui éteint la recherche, la grande soif de l’homme, mais qui projette au contraire le grand pèlerinage vers l’infini; qu’en tant que croyants, nous sommes toujours en même temps ceux qui cherchent et ceux qui trouvent. Dans son commentaire aux Psaumes, saint Augustin interprétait l’expression “Quaerite faciem eius semper”, “Cherchez toujours son visage” de façon si splendide, que, dès mes années d’étudiant, ses paroles demeurèrent gravées dans mon coeur. Cela ne vaut pas seulement pour cette vie, mais pour l’éternité; ce visage devra continuellement être redécouvert; plus nous entrons dans la splendeur de l’amour divin, plus les découvertes seront grandes, plus il sera beau d’aller de l’avant et de savoir que la recherche n’a pas de fin et que trouver est donc sans fin et signifie éternité – la joie de chercher et de trouver. Nous devons soutenir les personnes dans leur recherche comme collaborateurs de leur recherche, et leur donner dans le même temps également la certitude que Dieu nous a trouvés et que nous pouvons donc également le trouver. Nous voulons être une Eglise ouverte à l’avenir, riche de promesses pour les nouvelles générations. Il ne s’agit pas d’une feinte jeunesse, ce qui est au fond ridicule, mais d’une jeunesse authentique, qui coule de la source de l’éternité, qui est toujours nouvelle, qui découle de la transparence du Christ dans son Eglise:  c’est de cette façon qu’Il nous donne la lumière pour aller de l’avant. C’est dans cette lumière que nous pouvons trouver le courage d’affronter avec confiance les questions les plus difficiles qui se posent aujourd’hui à l’Eglise qui est en Allemagne. Comme je l’ai déjà dit, d’un côté, nous devons accueillir la provocation de la jeunesse, de l’autre, toutefois, nous devons à notre tour éduquer les jeunes à la patience, sans laquelle on ne peut rien trouver; nous devons les éduquer au discernement, à un réalisme sain, à la capacité d’être définitifs. L’un des chefs d’Etat m’ayant récemment rendu visite, m’a dit que sa principale préoccupation concernait l’incapacité diffuse de prendre des décisions définitives de peur de perdre sa propre liberté.

En  réalité,  l’homme devient libre lorsqu’il se lie, lorsqu’il trouve des racines, car alors il peut croître et mûrir. Eduquer à la patience, au discernement, au réalisme. Mais sans faux compromis, pour ne pas diluer l’Evangile!

L’expérience de ces vingt dernières années nous a enseigné que chaque Journée mondiale de la Jeunesse constitue, en un sens, un nouveau commencement pour la pastorale des jeunes du pays qui l’a accueillie. La préparation de l’événement mobilise déjà des personnes et des ressources. Nous l’avons bien vu ici, en Allemagne:  une véritable “mobilisation” a envahi le pays, activant des énergies. Enfin, la célébration elle-même apporte avec elle un vent d’enthousiasme, qu’il faut soutenir et, pour ainsi dire, rendre définitif. C’est un potentiel énorme d’énergie, qui peut davantage s’accroître en se répartissant sur le territoire. Je pense aux paroisses, aux associations, aux mouvements. Je pense aux prêtres, aux religieux, aux catéchistes, aux animateurs engagés avec les jeunes. Je pense qu’en Allemagne on sait combien de personnes se sont engagées pour cet événement. Je prie pour que cela puisse marquer, pour chacun de ceux qui ont collaboré, une authentique croissance dans l’amour pour le Christ et pour l’Eglise, et je les encourage tous à poursuivre ensemble, avec un esprit de service renouvelé, le travail pastoral parmi les nouvelles générations. Nous devons apprendre à nouveau la disponibilité au service et la transmettre.

La majorité des jeunes allemands vit dans de bonnes conditions sociales et économiques. Toutefois, nous savons que les situations difficiles ne manquent pas. Dans toutes les catégories sociales, et en particulier celles aisées, le nombre des jeunes provenant de familles éclatées augmente. Le chômage des jeunes en Allemagne s’est malheureusement accru. En outre, beaucoup de garçons et de filles se retrouvent dans la confusion, privés de réponses valables aux demandes sur le sens de la vie et de la mort, sur leur présent et sur leur avenir. Beaucoup de propositions de la société moderne débouchent sur le vide et, malheureusement, bien des jeunes finissent dans les “sables mouvants” de l’alcool et de la drogue, ou dans la spirale de groupes extrémistes. Une partie des jeunes allemands, surtout à l’Est, n’a jamais connu personnellement la Bonne Nouvelle de Jésus Christ. Même dans les zones traditionnellement catholiques, l’enseignement de la religion et la catéchèse ne réussissent pas toujours à faire naître des liens durables entre les jeunes et la Communauté ecclésiale, et pour cela, vous êtes tous ensemble engagés – je le sais – à chercher des chemins nouveaux pour rejoindre les jeunes, et la Journée mondiale de la Jeunesse a été – comme le disait le Pape Jean-Paul II – une sorte de “laboratoire” dans ce sens.

Je pense que nous réfléchissons tous – et dans les autres pays occidentaux il en est de même – sur la façon de rendre la catéchèse plus efficace. J’ai lu sur le HERDER-Korrespondenz que vous avez publié un nouveau document catéchétique que je n’ai malheureusement pas pu voir encore, mais je suis heureux de pouvoir constater combien ce problème vous tient à coeur. En effet, il est préoccupant pour nous tous de constater qu’en dépit de l’enseignement de la religion reçu par le passé, les connaissances religieuses sont très limitées et que de nombreuses personnes ignorent des choses souvent simples et élémentaires. Que pouvons-nous faire? Je ne le sais pas. Peut-être, d’une part, devrait-il exister une sorte de pré-catéchèse d’accès pour les non-croyants qui ouvre avant tout à la foi – et cela est également le contenu de nombreuses tentatives catéchétiques – mais d’autre part, il faut avoir également toujours  de  nouveau  le courage de transmettre le mystère lui-même dans sa beauté et dans sa grandeur et de rendre possible l’élan à le contempler, à apprendre à l’aimer, puis à le connaître:  voilà ce que c’est! Aujourd’hui, dans mon homélie, j’ai souligné que le Pape Jean-Paul II nous a donné deux instruments exceptionnels:  le Catéchisme de l’Eglise catholique et son Compendium, qu’il a également désiré. Nous avons fait en sorte que la traduction allemande soit prête à l’occasion de la Journée mondiale de la Jeunesse. En Italie, un demi-million d’exemplaires ont déjà été vendus. Il se vend chez les marchands de journaux, cela suscite donc la curiosité des personnes:  Qu’est-ce qu’il y a là-dedans? Que dit l’Eglise catholique? Je crois que nous devrions avoir le courage de soutenir également cette curiosité et de tenter d’introduire précisément ces livres, qui représentent le contenu du mystère, dans la catéchèse afin que, en accroissant la conscience de notre foi, la joie qui jaillit d’elle augmente également.

Deux autres aspects me tiennent également beaucoup à coeur. L’un d’entre eux est constitué par la pastorale des vocations. Je pense que la récitation des Vêpres dans l’église Saint-Pantaléon nous a également donné le courage d’aider les jeunes et de le faire d’une façon juste, de façon à ce qu’ils puissent entendre l’appel du Seigneur et se demander:  “Me veut-il?” et que puisse à nouveau croître la disponibilité à se faire appeler et à entendre un tel appel. L’autre aspect auquel je tiens beaucoup est la pastorale familiale. Nous voyons les menaces pour la famille; dans le même temps, les instances laïques reconnaissent elles aussi qu’il est important  que la famille vive en tant que cellule fondamentale de la société, que les enfants puissent grandir dans un climat de communion entre les générations, afin que demeure la continuité entre le présent, le passé et le futur, et que dure également la continuité des valeurs, afin qu’augmente la capacité à rester et vivre ensemble:  c’est cela qui permet d’édifier un pays dans la communion.

J’ai voulu affronter précisément ces trois aspects:  catéchèse, pastorale des vocations et pastorale familiale.

Dans le monde des jeunes, comme nous l’avons vu, les associations et les mouvements, qui constituent une richesse indubitable, jouent un rôle important. L’Eglise doit mettre en valeur ces réalités et en même temps, elle doit les guider avec une sagesse pastorale, afin qu’elles contribuent le mieux possible, avec leurs divers dons, à l’édification de la communauté, ne se mettant jamais en concurrence les unes avec les autres – en construisant, pour ainsi dire, chacune leur petite église -, mais en se respectant et en collaborant ensemble en faveur de l’unique Eglise – de la paroisse unique comme Eglise du lieu – pour susciter chez les jeunes la joie de la foi, l’amour pour l’Eglise et la passion pour le Règne de Dieu. Je pense que cela représente précisément un autre aspect important:  cette communion authentique, d’une part, entre les divers mouvements, où toute forme d’exclusivisme doit être éliminée, et, de l’autre, entre les Eglises locales et ces mouvements, de façon à ce que les Eglises locales reconnaissent cette particularité, qui semble étrangère à de nombreuses personnes, et l’accueillent en leur sein comme une richesse, comprenant que dans l’Eglise, il existe de nombreuses voies et que toutes ensemble, elles forment une symphonie de la foi. Les Eglises locales et les mouvements ne sont pas en opposition entre eux, mais constituent une structure vivante de l’Eglise.

Chers confrères, si Dieu le veut, nous aurons d’autres occasions d’approfondir les questions qui interpellent notre sollicitude pastorale commune. J’ai voulu cette fois-ci, de façon certes brève et non exhaustive, recueillir brièvement le message laissé par le grand pèlerinage des jeunes. Il me semble qu’au terme de cet événement, la demande que les jeunes nous adressent pourrait se résumer ainsi:  “Oui, nous sommes venus l’adorer. Nous l’avons rencontré. Aidez-nous maintenant à devenir ses disciples et ses témoins”. C’est un appel exigeant, mais consolant pour le coeur d’un Pasteur. Que le souvenir des journées vécues à Cologne sous le signe de l’espérance soutienne notre service commun! Je vous laisse mon affectueux encouragement, qui est en même temps une fervente demande fraternelle:  de marcher et de travailler dans l’unité, en vous fondant sur une communion qui a dans l’Eucharistie son sommet et sa source intarissable. Je vous confie tous à Marie, Mère du Christ et de l’Eglise, et de tout coeur j’accorde à chacun de vous et à vos Communautés ma Bénédiction apostolique. Merci.

CÉRÉMONIE DE DÉPART
À L’AÉROPORT DE COLOGNE

DISCOURS DU PAPE BENOÎT XVI

Monsieur le Président,
chers jeunes amis,
mesdames et messieurs,

Au terme de ma première visite en terre allemande comme Evêque de Rome et Successeur de Pierre, je ressens encore une fois le désir d’exprimer ma vive reconnaissance pour l’accueil qui m’a été réservé, ainsi qu’à mes collaborateurs et aux nombreux jeunes venus à Cologne de tous les continents, à l’occasion de la Journée mondiale de la Jeunesse. Le Seigneur m’a appelé à succéder au bien-aimé Pape Jean-Paul II, génial initiateur des Journées mondiales de la Jeunesse. Avec crainte, mais également avec joie, j’ai recueilli cet héritage et je remercie Dieu qui m’a permis de vivre avec de nombreux jeunes cette nouvelle étape de leur pèlerinage spirituel de continent en continent, en suivant la Croix du Christ.

Je remercie toutes les personnes qui se sont engagées avec efficacité, pour que toutes les étapes et tous les moments de cette rencontre extraordinaire se déroulent de manière ordonnée et avec sérénité. Les journées que nous avons passées ensemble ont permis à de nombreux jeunes, garçons et filles provenant du monde entier, de mieux connaître l’Allemagne. Nous sommes tous conscients du mal venu de notre patrie au vingtième siècle, et nous le reconnaissons avec honte et douleur. Mais en ces jours, grâce à Dieu, on a pu découvrir amplement qu’existait et existe aussi l’autre Allemagne – un pays aux ressources humaines, culturelles  et  spirituelles  singulières.  Je souhaite que ces ressources, grâce aussi à l’événement de ces jours, se répandent de nouveau dans le monde! Maintenant les jeunes du monde entier peuvent repartir dans leurs pays, enrichis par les contacts et par l’expérience de dialogue et de fraternité qu’ils ont eus dans diverses régions de notre Patrie. Je suis certain que leur séjour, marqué par l’enthousiasme propre à leur âge, laisse aux populations qui les ont accueillis avec générosité un souvenir agréable, et que cela représente également pour l’Allemagne un signe d’espérance. En effet, on peut dire que, au cours de ces journées, l’Allemagne a été le centre du monde catholique. Les jeunes de tous les continents et de toutes les cultures, se serrant avec foi autour de leurs Pasteurs et du Successeur de Pierre, ont rendu visible une Eglise jeune, qui, avec imagination et courage, veut dessiner le visage d’une humanité plus juste et plus solidaire. En suivant l’exemple des Mages, les jeunes se sont mis en route pour rencontrer le Christ, comme le rappelle le thème de la Journée mondiale de la Jeunesse. Maintenant, ils repartent pour leurs contrées et pour leurs villes, afin de témoigner de la lumière, de la beauté et de la force de l’Evangile, dont ils ont fait l’expérience.

Avant de partir, j’éprouve la nécessité de remercier toutes les personnes qui ont ouvert leur coeur et leurs maisons à ces innombrables jeunes pèlerins. Je remercie les Autorités gouvernementales, les Responsables politiques et les différentes administrations civiles et militaires, ainsi que les services de sécurité et les multiples Organisations de volontaires qui, avec un grand dévouement, ont travaillé pour la préparation et pour le bon déroulement de toutes les initiatives et de toutes les manifestations de cette Journée mondiale. Je remercie toutes les personnes qui ont organisé les rencontres de réflexions et de prière, de même que les célébrations liturgiques, dans lesquelles nous ont été offerts des exemples éloquents de la vitalité joyeuse de la foi qui anime les jeunes de notre temps. En outre, je voudrais exprimer ma gratitude aux responsables des autres Eglises et communautés ecclésiales, ainsi qu’aux représentants des autres Religions qui ont voulu être présents à cette importante rencontre, je souhaite que s’intensifie l’engagement commun pour transmettre aux jeunes générations les valeurs humaines et spirituelles qui se révèlent indispensables pour construire un avenir de liberté véritable et de paix.

Mon plus vif remerciement va au Cardinal Joachim Meisner, Archevêque de Cologne, diocèse qui a accueilli cette Rencontre mondiale, à l’épiscopat allemand, guidé par son Président, le Cardinal Karl Lehmann, aux prêtres, aux religieux et aux religieuses, aux communautés paroissiales, aux associations de laïcs et aux mouvements qui se sont mobilisés pour rendre le séjour des jeunes spirituellement fructueux. Un remerciement spécial et affectueux va aux jeunes allemands, qui, de différentes manières, se sont rendus disponibles pour accueillir les jeunes de leur âge et qui, avec eux, ont partagé des moments de foi que l’on peut qualifier de mémorables. Mon souhait est que cet événement ecclésial reste gravé dans la vie des catholiques d’Allemagne et qu’il soit un encouragement pour un nouvel élan spirituel et apostolique! Que l’Evangile soit accueilli dans son intégralité et témoigné avec passion par tous les disciples du Christ, pour qu’il se révèle ainsi comme un ferment de renouveau authentique de toute la société allemande, grâce aussi au dialogue avec les différentes communautés chrétiennes et avec les membres des autres religions!

Mon salut déférent et mes remerciements vont enfin aux Autorités politiques, civiles, diplomatiques, qui ont voulu être présentes à ce rassemblement. A vous, Monsieur le Président, j’exprime en particulier ma reconnaissance pour l’attention que vous m’avez réservée, en m’accueillant personnellement au début de ma visite et en participant à présent à la cérémonie de départ. Merci de tout coeur! A travers vous, je remercie les membres du gouvernement et tout le peuple allemand, dont les nombreux représentants m’ont manifesté leur grande affection au cours de ces intenses moments de communion. Le coeur rempli d’émotion et des souvenirs de ces journées, je m’apprête à retourner à Rome, invoquant sur tous l’abondance des Bénédictions divines, pour un avenir de sereine prospérité, de concorde et de paix.

VIAGEM APOSTÓLICA A COLÓNIA
POR OCASIÃO DA XX JORNADA MUNDIAL DA JUVENTUDE

SANTA MISSA NA ESPLANADA DE MARIENFELD

HOMILIA DE SUA SANTIDADE BENTO XVI

Colónia, Esplanada de Marienfeld

Palavras do Santo Padre no início da Concelebração

Estimado Cardeal Meisner
Queridos jovens!

Gostaria de te agradecer cordialmente, amado Irmão no Episcopado, pelas tuas palavras comovedoras que tão oportunamente nos introduzem nesta celebração litúrgica. Teria gostado de percorrer com o “papamóvel” todo o território em comprimento e largura para estar possivelmente próximo a cada um individualmente. Devido às dificuldades dos caminhos não era possível mas saúdo cada um de vós de todo o coração. O Senhor vê e ama cada pessoa. Todos nós formamos juntos a Igreja viva e agradecemos ao Senhor esta hora na qual Ele nos concede o mistério da sua presença e a possibilidade de estar em comunhão com Ele.

Todos sabemos que somos imperfeitos, que não podemos ser para Ele uma casa apropriada. Por isso começamos a Santa Missa reunindo-nos e pedindo ao Senhor que afaste de nós tudo o que nos separa d’Ele e nos separa, a nós homens, uns dos outros. Que nos faça o dom de celebrar dignamente os Santos Mistérios.

***

Caríssimos jovens!

Diante da Hóstia sagrada, na qual Jesus para nós se fez pão que do interior ampara e alimenta a nossa vida (cf Jo 6, 35), começámos ontem à noite o caminho interior da adoração. Na Eucaristia a adoração deve tornar-se união. Com a Celebração eucarística encontramo-nos naquela “hora” de Jesus da qual nos fala o Evangelho de João. Mediante a Eucaristia esta sua “hora” torna-se a nossa hora, a sua presença no meio de nós. Ele celebrou, juntamente com os discípulos, a ceia pascal de Israel, o memorial da acção libertadora de Deus que tinha guiado Israel da escravidão para a liberdade. Jesus segue os ritos de Israel. Recita sobre o pão a oração de louvor e de bênção. Mas depois acontece uma coisa nova. Ele agradece a Deus não só pelas grandes obras do passado; agradece-lhe a própria exaltação que se há-de realizar mediante a Cruz e a Ressurreição, falando aos discípulos também com palavras que contêm a suma da Lei e dos Profetas: “Isto é o Meu corpo dado em sacrifício por vós. Isto é o cálice da Nova Aliança no meu Sangue”. E assim distribui o pão e o cálice, e ao mesmo tempo, confere-lhes o mandato de dizer e fazer sempre de novo em sua memória o que está dizendo e fazendo naquele momento.

O que está a acontecer? Como pode Jesus distribuir o seu Corpo e o seu Sangue? Ao fazer do pão o seu Corpo e do vinho o seu Sangue, Ele antecipa a sua morte, aceita-a no seu íntimo e transforma-a numa acção de amor. Aquilo que do exterior é violência brutal, torna-se do interior um gesto de amor que se doa totalmente. Foi esta a transformação substancial que se realizou no cenáculo e que estava destinada a suscitar um processo de transformações cuja finalidade última é a transformação do mundo até àquela condição em que Deus será tudo em todos (cf. 1 Cor 15, 28). Desde sempre, de qualquer forma, todos os homens aguardam no seu coração uma mudança, uma transformação do mundo. Pois este é o único acto central de transformação capaz de renovar verdadeiramente o mundo: a violência transforma-se em amor e, por conseguinte, a morte em vida.

E porque este acto transforma a morte em vida, a morte como tal já está superada a partir do seu interior, já está presente nela a ressurreição. A morte está, por assim dizer, ferida intimamente, de modo que jamais poderá ser ela a última palavra. Esta é, querendo usar uma imagem que conhecemos muito bem, a cisão nuclear que o ser leva no seu íntimo a vitória do amor sobre o ódio, a vitória do amor sobre a morte. Só esta íntima explosão do bem que vence o mal pode suscitar depois a corrente de transformações que, pouco a pouco, mudarão o mundo. Todas as outras mudanças permanecem superficiais e não salvam. Por isso, falamos de redenção: aquilo que do mais íntimo era necessário concretizou-se, e nós podemos entrar neste dinamismo. Jesus pode distribuir o seu Corpo, porque realmente se doa a si mesmo.

Esta primeira e fundamental transformação da violência em amor, da morte em vida arrasta depois consigo as outras transformações. Pão e vinho tornam-se o seu Corpo e o seu Sangue. Mas a este ponto, a transformação não deve deter-se, antes, é aqui que deve começar plenamente. O Corpo e o Sangue de Cristo são-nos dados para que nós mesmos, por nossa vez, sejamos transformados.

Nós próprios devemos tornar-nos Corpo de Cristo, seus consaguíneos. Todos comemos o único pão, mas isto significa que entre nós nos tornamos uma só coisa. A adoração, dissémos, torna-se união. Deus já não está só diante de nós, como o Totalmente Outro. Está dentro de nós, e nós estamos n’Ele. A sua dinâmica penetra-nos e de nós deseja propagar-se aos outros e difundir-se em todo o mundo, para que o seu amor se torne realmente a medida dominante do mundo.

Encontro uma alusão muito bela neste novo trecho que a Última Ceia nos concedeu na acepção diferente que a palavra “adoração” tem em grego e em latim. A palavra grega ressoa proskynesis.

Ela significa o gesto da submissão, o reconhecimento de Deus como a nossa verdadeira medida, cuja norma aceitamos seguir. Significa que liberdade não quer dizer gozar a vida, considerar-se absolutamente autónomos, mas orientar-se segundo a medida da verdade e do bem, para, desta forma, nos tornarmos nós próprios verdadeiros e bons. Este gesto é necessário, mesmo se a nossa ambição de liberdade num primeiro momento resiste a esta perspectiva. Fazê-la completamente nossa só será possível na segunda passagem que a Última Ceia nos apresenta. A palavra latina para adoração é ad-oratio contacto boca a boca, beijo, abraço e, por conseguinte, fundamentalmente amor. A submissão torna-se união, porque Aquele ao qual nos submetemos é Amor. Assim, submissão adquire um sentido, porque não nos impõe coisas alheias, mas liberta-nos em função da verdade mais íntima do nosso ser.

Voltemos de novo à Última Ceia. A novidade que ali se verificou, estava na nova profundidade da antiga oração de bênção de Israel, que desde então se torna a palavra da transformação e nos concede a participação na “hora” de Cristo. Jesus não nos deixou a tarefa de repetir a Ceia pascal que, de resto, como aniversário, não é repetível a nosso bel-prazer. Deixou-nos a tarefa de entrar na sua “hora”. Entramos nela mediante a palavra do poder sagrado da consagração uma transformação que se realiza mediante a oração de louvor, que nos coloca em continuidade com Israel e com toda a sua história da salvação, e ao mesmo tempo nos dá a novidade para a qual tendia por sua íntima natureza aquela oração. Esta oração chamada pela igreja “oração eucarística” realiza a Eucaristia. Ela é palavra de poder, que transforma os dons da terra de maneira totalmente nova na doação de si da parte de Deus e envolve-nos neste processo de transformação. Eis por que chamamos a este acontecimento Eucaristia, que é a tradução da palavra hebraica beracha agradecimento, louvor, bênção, e assim transformação a partir do Senhor: presença da sua “hora”.

A hora de Jesus é a hora em que o amor vence. Por outras palavras: foi Deus que venceu, porque Ele é Amor. A hora de Jesus quer tornar-se a nossa hora e tornar-se-á a nossa hora se nós, mediante a celebração da Eucaristia, nos deixarmos envolver por aquele processo de transformações que o Senhor tem por finalidade. A Eucaristia deve tornar-se o centro da nossa vida. Não é positivismo ou ambição de poder, se a Igreja nos diz que a Eucaristia faz parte do domingo. Na manhã de Páscoa, primeiro as mulheres e depois os discípulos tiveram a graça de ver o Senhor. Daquele momento em diante eles souberam que agora o primeiro dia da semana, o domingo, teria sido o seu dia, o dia de Cristo. O dia do início da criação tornava-se o dia da renovação da criação. Criação e redenção caminham juntas. Por isso o domingo é tão importante.

É belo que hoje, em muitas culturas, o domingo seja um dia livre ou, juntamente com o sábado, constitua até o chamado “fim-de-semana” livre. Contudo, este tempo livre permanece vazio se nele não está Deus. Queridos amigos! Algumas vezes, num primeiro momento, pode parecer bastante incómodo ter que programar no domingo também a Missa. Mas se vos empenhardes, verificareis depois que é precisamente isto que dá o justo centro ao tempo livre. Não vos deixeis dissuadir de participar na Eucaristia dominical e de ajudar também os outros a descobri-la. Sem dúvida, para que dela emane a alegria da qual temos necessidade, devemos aprender a compreendê-la cada vez mais nas suas profundidades, devemos aprender a amá-la. Comprometámo-nos neste sentido vale a pena! Descubramos a profunda riqueza da liturgia da Igreja e a sua verdadeira grandeza: não somos nós que fazemos festa para nós, mas ao contrário é o próprio Deus vivo que nos prepara uma festa. Com o amor pela Eucaristia redescobrireis também o sacramento da Reconciliação, no qual a bondade misericordiosa de Deus permite sempre um novo início para a nossa vida.
Quem descobriu Cristo deve conduzir a Ele os outros. Uma grande alegria não se pode ter para si.

É preciso transmiti-la. Em vastas partes do mundo existe hoje um estranho esquecimento de Deus. Parece que tudo caminha igualmente sem Ele. Mas existe, ao mesmo tempo, também um sentimento de frustração, de insatisfação de tudo e de todos. É espontâneo exclamar: não é possível que esta seja a vida! Deveras, não. E assim, juntamente com o esquecimento de Deus existe um “boom” do religioso. Não quero desacreditar tudo o que existe neste contexto. Pode existir nisto também a alegria sincera da descoberta. Mas para dizer a verdade, não raramente a religião se torna quase um produto de consumo. Escolhe-se aquilo de que se gosta, e alguns sabem até tirar dela um proveito. Mas a religião procurada a seu “bel-prazer” no fim não nos ajuda. É cómoda, mas no momento da crise abandona-nos a nós próprios. Ajudai, queridos amigos, os homens a descobrir a verdadeira estrela que nos indica o caminho: Jesus Cristo! Procuremos nós próprios conhecê-lo sempre melhor para poder de maneira convincente guiar também os outros para Ele. Por isso, é tão importante o amor pela Sagrada Escritura e, por conseguinte, é importante conhecer a fé da Igreja que nos apresenta o sentido da Escritura. É o Espírito Santo que guia a Igreja na sua fé crescente e que a fez e faz penetrar cada vez mais nas profundezas da verdade (cf. Jo 16, 13). João Paulo II, o querido Papa João Paulo II, deixou-nos uma obra maravilhosa, na qual a fé dos séculos está explicada de maneira sintética: o Catecismo da Igreja Católica. Eu mesmo pude, recentemente apresentar o Compêndio desse Catecismo, que foi eleborado também a pedido do defunto Papa. São dois livros fundamentais que gostaria de recomendar a todos vós.

Obviamente, os livros sozinhos não são suficientes. Formai comunidades com base na fé! Nos últimos decénios surgiram movimentos e comunidades nas quais a força do Evangelho se faz sentir com vivacidade. Procurai a comunhão na fé como companheiros de caminho que, juntos, continuam a seguir o caminho da grande peregrinação que os Magos do Oriente, como pioneiros, nos indicaram. A espontaneidade das novas comunidades é importante, mas é também importante conservar a comunhão com o Papa e com os Bispos. São eles que garantem que não se anda à procura de caminhos privados, mas que se está a viver, ao contrário, naquela grande família de Deus que o Senhor fundou com os doze Apóstolos.

Devo voltar mais uma vez à Eucaristia. “Uma vez que há um só pão, nós, embora sendo muitos, formamos um só corpo” diz São Paulo (1 Cor 10, 17). Com isto pretende dizer: porque recebemos o mesmo Senhor e Ele nos acolhe e nos atrai para dentro de si, somos uma só coisa também entre nós. Isto deve manifestar-se na vida. Deve mostrar-se na capacidade do perdão.

Deve manifestar-se na sensibilidade pelas necessidades do próximo. Deve manifestar-se na disponibilidade para partilhar. Deve manifestar-se no compromisso pelo próximo, tanto pelo que está perto como pelo que está externamente distante, mas que nos diz sempre respeito de perto.

Hoje, existem formas de voluntariado, modelos de serviço recíproco, dos quais precisamente a nossa sociedade tem urgente necessidade. Não devemos, por exemplo, abandonar os idosos na sua solidão, não podemos ignorar quantos sofrem. Se pensamos e vivemos em virtude da comunhão com Cristo, então abrem-se os nossos olhos. Então deixaremos de nos adaptar a ir vivendo preocupados unicamente com nós próprios, mas veremos onde e como somos necessários. Vivendo e agindo assim bem depressa nos daremos conta de que é muito mais belo ser úteis e estar à disposição do próximo do que preocupar-se unicamente das comodidades que nos são oferecidas. Sei que vós, como jovens, aspirais pelas coisas grandes, que quereis comprometer-vos por um mundo melhor. Demonstrai-o aos homens, demonstrai-o ao mundo, que aguarda precisamente este testemunho dos discípulos de Jesus Cristo e que, sobretudo mediante o vosso amor, poderá descobrir a estrela que nós seguimos.

Caminhemos em frente com Cristo e vivamos a nossa vida como verdadeiros adoradores de Deus! Amém.

ANGELUS

Esplanada de Marienfeld, 21 de Agosto de 2005

 

Queridos amigos

Chegámos ao final desta maravilhosa celebração e também da XX Jornada Mundial da Juventude. No meu coração, ouço ressoar vigorosamente uma palavra: “Obrigado”! Estou persuadido e posso ouvi-lo de que ela encontra um eco coral em cada um de vós. É o próprio Deus que o imprimiu nos vossos corações e que o confirmou com a presente Eucaristia, que significa precisamente uma “acção de graças”. Sim, estimados jovens, a palavra de agradecimento, que nasce da fé, exprime-se no cântico do louvor a Deus, Pai e Filho e Espírito Santo, que nos concedeu um grandioso testemunho do seu imenso amor.

O nosso “obrigado”, que ascende em primeiro lugar a Deus somente Ele o podia conceder-nos, assim como se verificou pela dádiva deste Encontro inesquecível, esta “acção de graças”, estende-se a todos aqueles que cuidaram da sua organização e da sua realização. A Jornada Mundial da Juventude constituiu um dom mas, como de facto aconteceu, também o fruto de um grande trabalho. Por este motivo, desejo renovar de maneira particular o meu profundo agradecimento ao Pontifício Conselho para os Leigos, presidido pelo Senhor Arcebispo D. Stanislaw Rylko, validamente coadjuvado pelo Secretário do mesmo Dicastério, D. Josef Clemens, que durante anos foi meu Secretário, e aos Irmãos no Episcopado alemão, em primeiro lugar ao Arcebispo de Colónia, Senhor Cardeal Joachim Meisner. Estou grato também às Autoridades políticas e administrativas, que ofereceram uma grande contribuição, que ajudaram com generosidade e que nestes dias tornaram possível a tranquila realização de todas as manifestações; agradeço de maneira especial aos numerosos voluntários que vieram de todas as Dioceses alemãs e de todas as nações. Dirijo um cordial agradecimento inclusive aos multíplices mosteiros de vida contemplativa que, mediante as suas orações, acompanharam esta Jornada Mundial da Juventude.

Neste momento, em que a presença viva de Jesus Cristo ressuscitado no meio de nós alimenta a fé e a esperança, sinto-me feliz por vos anunciar que a próxima Jornada Mundial da Juventude terá lugar em Sidney, na Austrália, no ano de 2008. Confiemos à orientação maternal e amorosa de Maria Santíssima o caminho futuro dos jovens do mundo inteiro.

Agora, recitemos o Angelus.


Depois do Angelus

É com carinho que saúdo os jovens de língua portuguesa. Amados jovens, faço votos a fim de que vivais sempre na amizade com Jesus, para experimentardes a verdadeira alegria e para a comunicardes a todos, de forma especial aos vossos coetâneos em maior necessidade.

Saúdo com afecto os jovens francófonos. Queridos amigos, agradeço-vos a vossa participação e formulo-vos bons votos a fim de que volteis para os vossos países levando dentro de vós, a exemplo dos Magos, a alegria de vos terdes encontrado com Cristo, o Filho de Deus vivo.
Aos jovens anglófonos, provenientes de todas as regiões do mundo, dirijo uma cordial saudação no final destes dias inesquecíveis. A luz de Cristo, que seguistes para vir até Colónia, resplandeça agora mais límpida e vigorosa nas vossas vidas!

Dilectos jovens de língua espanhola! Vós viestes para adorar Cristo. Agora que vos encontrastes com Ele, continuai a adorá-lo dentro dos vossos corações, permanecendo sempre prontos para explicar a razão da vossa esperança (cf. 1 Pd 3, 15). Bom regresso aos vossos países!

Prezados amigos de expressão italiana! Já se aproxima o final da XX Jornada Mundial da Juventude, mas esta celebração eucarística continua na vossa vida: transmiti a todos a alegria de Jesus Cristo, que aqui pudestes encontrar.

Transmito um abraço carinhoso a cada um de vós, estimados jovens polacos! Como vos diria o grande Papa João Paulo II, conservai viva a chama da fé, tanto na vossa existência como na vida do vosso povo. Maria, Mãe de Cristo, oriente sempre os vossos passos.

Queridos amigos de expressão filipina e todos vós, jovens provenientes da Ásia! Seguindo o exemplo dos Magos, vós viestes do Oriente para adorar Cristo. Agora que vos encontrastes com Ele, voltai aos vossos países levando dentro dos vossos corações a luz do seu amor.

Dirijo uma afectuosa saudação também a vós, jovens africanos! Transmiti ao vosso imenso e amado continente a esperança que Cristo vos concedeu. Sede em toda a parte semeadores de paz e de fraternidade.

Queridos amigos que me compreendeis na minha língua, agradeço-vos de todo o coração o carinho com que me sustentastes durante estes dias. Peço-vos que permaneçais próximos de mim com a vossa oração. Caminhai unidos. Sede sempre fiéis a Cristo e à Igreja. A paz e a alegria de Cristo estejam sempre convosco!

DISCURSO DO PAPA BENTO XVI
NO ENCONTRO COM OS BISPOS ALEMÃES

Venerados e queridos Irmãos

Em primeiro lugar, desejo expressar a minha profunda alegria por ter tido novamente a oportunidade de nos vermos e de estarmos juntos depois destes dias bonitos e exigentes e, portanto, de nos encontrarmos. Embora, de facto, seja somente um ex-membro da Conferência Episcopal Alemã, sinto-me agora vinculado a todos vós numa união fraterna, que não pode definhar.

Além disso, desejo agradecer ao Cardeal Lehmann as suas cordiais palavras e ressaltar, no espírito daquilo que também eu disse hoje no final desta Celebração Eucarística: ou seja, manifestar uma vez mais o profundo “agradecimento” que todos nós temos na alma. Todos nós sabemos que todo o trabalho de preparação, as grandes coisas que se realizaram não são suficientes para tornar possível tudo isto, que portanto deve ser necessariamente um dom. Pois ninguém pode simplesmente criar o entusiasmo dos jovens, ninguém pode criar durante dias esta união na fé e na alegria da fé. E até mesmo o tempo atmosférico, tudo foi verdadeiramente uma dádiva, pela qual damos graças ao Senhor e que interpretamos também como um dever de fazer a parte que nos compete para que este entusiasmo continue e se torne uma força para a vida da Igreja no nosso País. Gostaria de agradecer novamente ao Cardeal Meisner e aos seus colaboradores o imenso trabalho que levaram a cabo. Além disso, quero agradecer ao Cardeal Lehmann, aos seus colaboradores e a todos vós porque todas as Dioceses cooperaram para a realização deste acontecimento. A Alemanha inteira acolheu os hóspedes, colocando-se a caminho com Nossa Senhora e a Cruz, e assim pôde receber este dom. Dou graças por esta estátua, que ainda tem necessidade de um pouco de tempo para alcançar, por assim dizer, a sua forma definitiva. Todavia, é muito bom saber que agora São Bonifácio estará também em minha casa e deste modo exprimirá visivelmente, também a mim, aquilo que ele apreciava de maneira particular, ou seja, a união entre a Igreja que está na Alemanha e Roma. Assim como orientou a Igreja na Alemanha para a unidade com o Sucessor de Pedro, Ele guia-me também a mim rumo à duradoura comunhão fraterna com os Bispos da Alemanha, com a Igreja que se encontra na Alemanha.

O Santo Padre João Paulo II, o genial iniciador das Jornadas Mundiais da Juventude uma instituição que considero como uma inspiração demonstrou que ambas as partes oferecem e recebem. Não somente nós fizemos a nossa parte, do melhor modo possível, mas também os jovens nos ofereceram algo, com as suas interrogações, com a sua esperança, com a sua alegria na fé e com o seu estusiasmo em ordem a renovar a Igreja. Estamos gratos por esta reciprocidade e formulamos votos a fim de que ela perdure, ou seja, que os jovens com as suas exigências, a sua fé e a sua alegria na fé continuem a ser para nós uma provocação a vencer a pusilanimidade e o cansaço, e que nos levem, por nossa vez, mediante a experiência da fé que nos é concedida, através da experiência do ministério pastoral, com a graça do Sacramento em que nos encontramos, a indicar-lhes o caminho a fim de que o entusiasmo encontre também uma justa ordem. Assim como uma fonte deve ser canalizada, para que possa oferecer a sua água de maneira útil, também este entusiasmo deve ser sempre de novo, como que plasmado na sua forma eclesial.

Aqui na Alemanha estamos habituados, e eu de modo particular como Professor, a observar sobretudo os problemas. Todavia, julgo que deveríamos admitir que tudo isto foi possível porque na Alemanha, apesar de todos os problemas da Igreja, não obstante as questões discutíveis que possam subsistir, existe verdadeiramente uma Igreja viva, uma Igreja que possui muitos aspectos positivos, em que um número tão elevado de pessoas estão prontas a comprometer-se pela sua própria fé e a dedicar o seu tempo livre, mas também a oferecer dinheiro e uma parte dos seus bens, simplesmente para contribuir assim com a sua própria existência. Parece que isto se tornou novamente visível para nós: quantas pessoas na Alemanha, apesar das dificuldades de que nos queixamos, ainda hoje são crentes, constituem uma Igreja viva e deste modo tornam possível que um acontecimento como a Jornada Mundial da Juventude encontre o seu contexto, o seu humus, onde crescer e assumir a forma que lhe é própria.

Julgo que deveríamos recordar-nos dos numerosos sacerdotes, religiosos e leigos que, fiéis ao seu próprio serviço, actuam em condições pastorais difíceis. E não há necessidade de que eu ressalte a generosidade dos católicos alemães, verdadeiramente conhecida no mundo inteiro, uma generosidade que não é somente material, uma vez que existem também numerosos presbíteros “Fidei donum”.

Dou-me conta disto durante as visitas ad Limina. Até mesmo na Papua-Nova Guiné, nas Ilhas Salomão e em regiões onde nem sequer se imagina trabalham sacerdotes alemães, que lançam a semente da Palavra, identificam-se com as pessoas e, neste mundo ameaçado, ao qual chega muita negatividade também do Ocidente, infundem assim o profundo vigor da fé e, juntamente com ela, a positividade daquilo que nos é concedido.

É notável o trabalho levado a cabo pela Misereor, Adveniat, Missio e Renovabis, bem como pelas Cáritas diocesanas e paroquiais. É vasta também a obra educativa das escolas católicas e das demais instituições e organizações católicas em favor da juventude. Com isto, não gostaria de esgotar quanto há para dizer de positivo, mas só queria recordá-los, a fim de que estes aspectos não sejam esquecidos e nos incutam sempre coragem e alegria. Além dos aspectos positivos, que julgo importante não esquecer, e pelos quais é necessário que sejamos sempre gratos, temos que admitir também que no rosto da Igreja universal, e inclusive na Igreja que está na Alemanha, infelizmente existem rugas e sombras, que chegam a ofuscar o seu esplendor. Por amor e com amor, desejamos tê-las presentes também neste momento de festa e de acção de graças. Sabemos que o secularismo e a descristianização estão a alastrar-se, que o relativismo cresce e que a influência da ética e da moral católicas diminui cada vez mais. Não poucas pessoas abandonam a Igreja ou então, se nela permanecem, somente aceitam uma parte do ensinamento católico, escolhendo somente determinados aspectos do cristianismo. Permanece preocupadora a situação religiosa no Leste, onde sabemos que a maioria da população ainda não recebeu o baptismo, não mantém quaisquer contactos com a Igreja e muitas vezes não tem qualquer conhecimento acerca de Cristo e da Igreja. Reconhecemos nestas realidades outros tantos desafios. Dilectos Irmãos, vós mesmos afirmastes na vossa Carta pastoral de 21 de Setembro de 2004, por ocasião do Jubileu de São Bonifácio: “Nós tornámo-nos terra de missão”. E isto é válido para uma boa parte da Alemanha. Por isso, julgo que em toda a Europa, não menos na França, na Espanha ou noutras nações, deveríamos reflectir seriamente sobre o modo em que hoje podemos realizar uma verdadeira evangelização, e não somente uma nova evangelização, mas muitas vezes uma verdadeira e própria primeira evangelização. As pessoas não conhecem Deus, não conhecem Cristo. Existe um novo paganismo e não é suficiente que nós procuremos manter o rebanho já existente, embora isto seja muito importante, mas impõe-se esta grande interrogação: o que é realmente a vida? Penso que todos juntos devemos procurar descobrir novos modos de apresentar o Evangelho ao mundo contemporâneo, de anunciar de novo Cristo e de estabelecer a fé.
Este cenário que a Jornada Mundial da Juventude está a abrir diante de nós, e que descrevi somente com algumas breves observações, convida-nos a projectar o nosso olhar rumo ao futuro.

Os jovens constituem para a Igreja, e de maneira particular para nós Pastores, para os pais e os educadores, um profundo apelo à fé. Agora, gostaria de dizer uma vez mais que, na minha opinião, o Papa João Paulo II teve uma grande inspiração ao escolher para a presente Jornada Mundial da Juventude este tema: “Viemos adorá-lo” (Mt 2, 2). Muitas vezes vivemos tão oprimidos, compreensivelmente oprimidos, pelas imensas necessidades sociais do mundo, por todos os problemas organizativos e estruturais existentes, que a adoração pode ser marginalizada, como algo que se possa realizar mais tarde. O Padre Delp afirmou, certa vez, que nada é mais importante do que a adoração. Foi o que ele disse no contexto da sua época, quando era evidente o modo como uma adoração destruída aniquilava o homem. Todavia, no nosso novo contexto da adoração extraviada e, por conseguinte, do perdido rosto da dignidade humana, cabe-nos novamente a nós compreender a prioridade da adoração e tornar os jovens, nós mesmos e as nossas comunidades, conscientes do facto de que não se trata de um luxo da nossa época confusa, que talvez não se possa permitir, mas de uma prioridade. Quando não há mais adoração, quando a honra a Deus já não é tributada como algo prioritário, também as realidades do homem não podem progredir. Por conseguinte, devemos procurar tornar visível o rosto de Cristo, o rosto do Deus vivo, a fim de que assim aconteça espontaneamente connosco, como se verificou com os Magos, de nos prostrarmos e de adorá-lo. Sem dúvida, com os Magos verificaram-se duas coisas: primeiro procuraram e depois encontraram e adoraram. Hoje, muitas pessoas estão à procura. E também nós estamos.

Na realidade, numa dialéctica diferente, devem subsistir ambas estas coisas. Temos que respeitar a busca do homem, sustentá-la e fazê-lo sentir que a fé não é simplesmente um dogmatismo, completo em si mesmo, que extingue a busca, sacia a grande sede do homem, mas que contudo projecta a imponente peregrinação rumo ao infinito; que nós, como crentes, somos sempre aqueles que buscam e, ao mesmo tempo, aqueles que encontram. No seu comentário aos Salmos, Santo Agostinho interpretou esta expressão “Quaerite faciem eius semper”, “Buscai sempre o seu rosto”, de maneira tão maravilhosa que desde estudante as suas palavras permaneceram no meu coração. Não é válido somente nesta vida, mas para toda a eternidade; este rosto deverá ser continuamente descoberto; quanto mais entramos no esplendor do amor divino, tanto maiores serão as descobertas, tanto melhor será o progredir e saber que a busca não tem fim e que, por isso, o encontrar não tem fim e é eternidade a alegria de buscar e, ao mesmo tempo, de encontrar.

Temos o dever de ajudar as pessoas na sua procura, como companheiros de busca e, ao mesmo tempo, infundir-lhes a certeza de que Deus nos encontrou e, portanto, que também nós O podemos encontrar. Queremos ser uma Igreja aberta ao futuro, rica de promessas para as novas gerações. Não se trata de um juvenilismo, que em última análise é ridículo, mas de uma juventude autêntica, que flui da fonte da eternidade, que é sempre nova, que deriva da transparência de Cristo na sua Igreja: é deste modo que Ele nos infunde a luz para prosseguir. Nesta luz, podemos encontrar a coragem de enfrentar com confiança as questões mais difíceis que hoje se apresentam à Igreja que está na Alemanha. Como já disse, por um lado devemos acolher a provocação da juventude, mas por outro devemos, por nossa vez, educar os jovens à paciência, sem a qual nada se consegue encontrar; devemos educá-los ao discernimento, a um realismo saudável e à capacidade de definitividade. Um dos Chefes de Estado, que recentemente me visitaram, disse-me que a sua principal preocupação diz respeito à difundida incapacidade de tomar decisões definitivas, com o temor de perder a própria liberdade.

Na realidade, o homem torna-se livre quando se vincula, quando encontra raízes, porque só assim pode crescer e amadurecer. Educar à paciência, ao discernimento e realismo, mas sem falsos compromissos, para impedir que o Evangelho se desvirtue!

A experiência destes últimos vinte anos ensinou-nos que cada Jornada Mundial da Juventude constitui, num certo sentido, um renovado início para a pastoral juvenil do país que a hospedou. A própria preparação de tais acontecimentos mobiliza pessoas e recursos. Pudemos vê-lo também aqui, precisamente na Alemanha: como uma verdadeira “mobilização” invadiu o país, activando energias. Por fim, a celebração propriamente dita traz consigo um sopro de entusiasmo, que é necessário secundar e, por assim dizer, tornar definitivo. Trata-se de uma enorme potencialidade de energias, que pode aumentar ulteriormente, espalhando-se por todo o território. Penso nas paróquias, nas associações e nos movimentos. Penso nos presbíteros, nos religiosos, nas religiosas, nos catequistas e nos animadores comprometidos com os jovens. Acredito que na Alemanha todos saibam quantos colaboraram para a realização deste acontecimento. Rezo a fim de que, para cada um daqueles que cooperaram possa assinalar um autêntico crescimento no amor a Cristo e à Igreja, enquanto encorajo todos a darem continuidade, em conjunto e com um renovado espírito de serviço, ao trabalho pastoral no meio das novas gerações. Devemos voltar a aprender a capacidade do serviço e transmiti-la.

A maior parte dos jovens alemães vive em boas condições sociais e económicas. Todavia, sabemos muito bem que não faltam situações difíceis. Em todas as camadas sociais, e de maneira especial nas classes mais abastadas, aumenta o número de jovens provenientes de famílias desagregadas. Infelizmente, o desemprego juvenil na Alemanha conheceu um incremento. Além disso muitos jovens, rapazes e moças, se sentem confusos, desprovidos de respostas válidas para as interrogações sobre o sentido da vida e da morte, acerca do seu presente e do seu porvir. Muitas propostas da sociedade moderna impelem para o vazio e infelizmente numerosos jovens terminam por cair nas “areias movediças” do álcool e da droga, ou então nas espirais de grupos extremistas. Uma boa parte dos jovens alemães, sobretudo no Leste do País, nunca conheceu pessoalmente a Boa Nova de Jesus Cristo. Nas próprias regiões tradicionalmente católicas o ensino da religião e a catequese nem sempre conseguem dar vida a vínculos duradouros dos jovens com a Comunidade eclesial, e por este motivo todos vós estais comprometidos em conjunto bem sei na busca de novos caminhos para chegar aos jovens, e neste sentido, a Jornada Mundial da Juventude constituiu como já dizia o Papa João Paulo II um especial “laboratório”.

Julgo que todos nós estamos a reflectir e nos outros países ocidentais não acontece diversamente sobre o modo como tornar a catequese mais eficaz. Li na HERDER-Korrespondenz que publicastes um novo documento catequético, que infelizmente ainda não pude ver, mas é-me grato constatar com que apreço manifestais a vossa solicitude a propósito desta problemática. Com efeito, para todos nós é preocupante o facto de que, apesar do tradicional ensino da religião, o saber religioso é escasso e muitas pessoas ignoram coisas não raro simples e elementares. O que é que podemos fazer? Não sei. Talvez seja necessária uma espécie de pré-catequese de acesso aos pagãos, que sobretudo abra à fé e este é também o conteúdo de muitas tentativas catequéticas mas por outro lado é necessária sempre de novo a coragem de transmitir o próprio mistério na sua beleza e na sua grandeza, e tornar possível o impulso em vista de o contemplar, aprender a amá-lo e depois reconhecer: é precisamente isto! Na homilia de hoje, observei que o Papa João Paulo II nos ofereceu dois instrumentos extraordinários: o Catecismo da Igreja Católica e o seu Compêndio, também por ele desejado. Conseguimos fazer com que a tradução alemã estivesse pronta por ocasião da presente Jornada Mundial da Juventude. Na Itália, já foi vendido meio milhão de exemplares. Pode-se comprá-lo nos quiosques de jornais, e assim suscita a curiosidade das pessoas: o que é que ele contém? O que diz a Igreja Católica? Na minha opinião, também nós deveríamos ter a coragem de estimular esta curiosidade e de procurar fazer com que precisamente tais livros, que representam o conteúdo do mistério, façam parte da catequese, de tal maneira que, incrementando o conhecimento da nossa própria fé, aumente também a alegria que da mesma promana.

Tenho muito apreço por outros dois aspectos. O primeiro é constituído pela pastoral vocacional. Julgo que a recitação das Vésperas na igreja de São Pantaleão nos incutiu também a coragem de ajudar os jovens, e de fazê-lo da maneira correcta, de tal modo que eles consigam ser alcançados pelo chamamento do Senhor e então possam interrogar-se: “Ele deseja-me?”, e que assim voltar a aumentar a disponibilidade a fazer-se interpelar e a ouvir tal chamamento. Outro aspecto que para mim é muito importante é a pastoral familiar. Vemos as ameaças que se apresentam às famílias, mas ao mesmo tempo também as instâncias laicas reconhecem como é importante que a família viva como célula primeira no seio da sociedade, que os filhos possam crescer num clima de comunhão entre as gerações, para que se conserve a continuidade entre o presente, o passado e o futuro, e que perdure inclusive a continuidade dos valores, de forma que seja incrementada a sua capacidade de permanecer e viver em conjunto: é precisamente isto que permite edificar um país em comunhão.

Desejei abordar precisamente estes três aspectos: a catequese, a pastoral vocacional e a pastoral familiar.

Como pudemos observar, um papel importante no mundo dos jovens é desempenhado pelas associações e pelos movimentos que, sem dúvida, constituem uma riqueza. A Igreja tem o dever de valorizar estas realidades e, ao mesmo tempo, deve orientá-las com sabedoria pastoral a fim de que, mediante os seus diversificados dons, possam contribuir da melhor maneira possível para a edificação da comunidade, sem jamais entrarem em concorrência umas com as outras construindo cada qual, por assim dizer, a sua própria igrejinha mas respeitando-se reciprocamente e colaborando em conjunto a favor da única Igreja da única paróquia como igreja do lugar em vista de suscitar nos jovens a alegria da fé, o amor pela Igreja e a paixão pelo Reino de Deus. Na minha opinião, este é precisamente o outro aspecto importante: esta comunhão genuína, por um lado entre os diversos movimentos, cujas formas de exclusivismo devem ser eliminadas e, por outro entre as Igrejas locais e estes mesmos movimentos, de tal maneira que as Igrejas locais reconheçam esta particularidade, que para muitos parece estranha, e que a acolham em si como uma riqueza, conscientes de que na Igreja existem numerosos caminhos e que todos juntos formam uma sintonia da fé. As Igrejas particulares e os movimentos não estão em oposição uns com os outros, mas ambos constituem a estrutura viva da Igreja.

Queridos Irmãos, se Deus quiser, haverá outras oportunidades para aprofundar as questões que interpelam a nossa solicitude pastoral conjunta. Desta vez desejei, certamente de maneira breve e não exaustiva, acolher a mensagem que a imponente peregrinação dos jovens nos deixou. Parece-me que no final deste acontecimento, o pedido que os jovens nos dirigem poderia ser resumido assim: “Sim, viemos adorá-lo. E encontrá-mo-lo. Agora, ajudai-nos a tornarmo-nos seus discípulos e suas testemunhas”. Para o coração do Pastor, trata-se de um apelo exigente, mas mais consolador do que nunca. Que a lembrança destes dias transcorridos aqui em Colónia, sob o sinal da esperança, possa sustentar o nosso ministério conjunto! Transmito-vos o meu afectuoso encorajamento que é, ao mesmo tempo, uma fraterna e sentida súplica: para que procedais e trabalheis sempre em concórdia, tendo como vosso fundamento uma comunhão que na Eucaristia encontra o seu momento culminante e o seu manancial inesgotável. Confio todos vós a Maria Santíssima, Mãe de Cristo e da Igreja, enquanto de todo o coração vos concedo, a cada um de vós e às vossas respectivas Comunidades, a Bênção Apostólica.

Obrigado!

DISCURSO DO PAPA BENTO XVI
N
A CERIMÓNIA DE DESPEDIDA

Ilustre Presidente
Caros jovens amigos
Senhoras e Senhores

No final desta minha primeira viagem à terra alemã como Bispo de Roma e Sucessor de Pedro sinto ainda a necessidade de expressar o vivo reconhecimento pelo acolhimento reservado à minha pessoa, aos meus colaboradores e, especialmente, aos numerosos jovens vindos a Colónia de todos os continentes por ocasião desta Jornada Mundial da Juventude. O Senhor chamou-me para suceder o amado Pontífice João Paulo II, genial iniciador das Jornadas Mundiais da Juventude.

Com trepidação, mas também com alegria, recolhi esta herança e agradeço a Deus que me concedeu a oportunidade de viver junto com tantos jovens esta ulterior etapa da sua peregrinação espiritual de continente em continente seguindo a Cruz de Cristo.

Agradeço a quantos concretamente trabalharam para que todas as fases e momentos deste extraordinário encontro se desenvolvessem com ordem e serenidade. Os dias passados juntos permitiram a tantos jovens provenientes do mundo inteiro conhecer melhor a Alemanha. Todos nós estamos conscientes do mal derivado  da  nossa  pátria  no século XX, e reconhecemo-lo com vergonha e dor. Nestes dias, contudo, graças a Deus, mostrou-se amplamente que existia e existe também a outra Alemanha um país de singulares recursos humanos, culturais e espirituais. Faço votos para que tais recursos, graças também ao evento destes dias, voltem a irradiar-se no mundo!

Agora os jovens de todo o mundo podem retornar para as suas nações enriquecidos pelos contactos e pela experiência de diálogo e fraternidade vivida em diversas regiões da nossa Pátria.

Estou certo de que a sua estadia, caracterizada pelo típico entusiasmo da idade, deixa uma agradável lembrança às populações que generosamente os hospedaram, constituindo ainda um sinal de esperança para a Alemanha. De facto, pode-se dizer que nestes dias a Alemanha foi o centro do mundo católico. Os jovens de todos os continentes e culturas, estreitando-se com fé em volta dos seus Pastores e do Sucessor de Pedro, tornaram visível uma Igreja jovem, que com imaginação e coragem quer desenhar o rosto de uma humanidade mais justa e solidária. Seguindo o exemplo dos Magos, os jovens colocaram-se a caminho para encontrar Cristo, como recorda o tema da Jornada Mundial da Juventude. Agora regressam às suas províncias e cidades para testemunhar a luz, a beleza, o vigor do Evangelho, do qual fizeram uma renovada experiência.

Antes de partir sinto a necessidade de agradecer a quantos abriram o coração e as casas a estes inumeráveis jovens peregrinos. Agradeço às Autoridades governativas, aos Responsáveis políticos e às diversas Administrações civis e militares, como também aos serviços de segurança e às múltiplas Organizações de voluntariado que, com grande dedicação trabalharam para a preparação e para a realização profícua de cada iniciativa e manifestação desta Jornada Mundial. Agradeço aos que cuidaram dos encontros de reflexão e de oração, assim como das celebrações litúrgicas, nas quais nos foram oferecidos eloquentes exemplos da vitalidade jubilosa da fé que anima os jovens do nosso tempo. Gostaria ainda de estender a expressão da minha gratidão aos responsáveis das demais Igrejas e Comunidades eclesiais, e aos representantes das outras Religiões que quiseram estar presentes neste importante encontro e faço votos para que o empenho conjunto se intensifique a fim de formar as jovens gerações nos valores humanos e espirituais que se revelam indispensáveis para construir um futuro de verdadeira liberdade e paz.

O meu agradecimento mais sentido dirige-se ao Cardeal Joachim Meisner, Arcebispo de Colónia, Arquidiocese que hospedou este Encontro Mundial, ao Episcopado alemão, guiado pelo seu Presidente, Cardeal Karl Lehmann, aos sacerdotes, religiosos e religiosas, às comunidades paroquiais, às associações laicais e aos movimentos que se empenharam para tornar a estadia dos jovens espiritualmente fecunda. Afectuosamente dirijo um agradecimento especial aos jovens alemães, que de vários modos se mostraram disponíveis para o recebimento dos seus coetâneos e com eles compartilharam momentos de fé que podemos qualificar como memoráveis. O meu desejo é que este evento eclesial permaneça impresso na vida dos católicos da Alemanha e seja incentivo para um renovado impulso espiritual e apostólico! Que o Evangelho seja acolhido na sua integridade e testemunhado com paixão por todos os discípulos de Cristo, a fim de que se revele como fermento de autêntica renovação de toda a sociedade alemã, graças também ao diálogo com as diversas comunidades cristãs e com os seguidores das demais religiões.

Enfim, a minha deferente e grata saudação dirige-se às Autoridades políticas, civis e diplomáticas que quiseram participar neste encontro. Em particular, agradeço a V. Ex.cia, Senhor Presidente, a sua cortesia ao ter querido receber-me pessoalmente no início da minha visita e ao estar de novo presente na cerimónia da minha despedida. Obrigado de coração. Na sua pessoa agradeço aos membros do Governo e a todo o Povo alemão, do qual numerosos representantes me demonstraram tão grande afecto nessas horas intensas de comunhão. Com o coração repleto das emoções e recordações destes dias, preparo-me para retornar a Roma, invocando sobre todos a abundância das bênçãos divinas para um futuro de serena prosperidade, concórdia e paz.

Publicado el 20 agosto, 2013 en VIAJES y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 6 comentarios.

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